viernes, 3 de abril de 2020

François Bernier, Nueva división de la Tierra por las diferentes especies o razas humanas que la habitan


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Es poco digno el concepto moderno de razas humanas, cuyo origen muchos tratadistas sitúan en la breve obra que comunicamos. Desde antiguo se había reconocido nuestra enorme diversidad, que causaba asombro en Plinio el Viejo: «Ver cuán diferentes son los razonamientos, el lenguaje y las palabras entre los hombres, de suerte que un forastero o extraño de una nación, al que es de ella le parece no ser hombre; y ver también, que supuesto que en nuestro rostro hay diez miembros, o pocos más, apenas se hallarán dos entre tantos millares de hombres, que el uno no se diferencie del otro; cosa que cuando quisiese hacerla un gran artífice, aun no podría en pocas figuras.» Esta enorme variedad es inclasificable, y por tanto prefiere adentrarse en una atractiva relación de seres prodigiosos: arismaspos, androginos, cinocéfalos, monoscelos, astomos… Múltiples viajeros posteriores visitarán, si no países remotos, estas páginas de la Historia Natural, como hizo siglos después nuestro improbable conocido, Juan de Mandeville.

Pero la antigüedad cristiana subrayó el origen común de la humanidad, hija de Adán y Eva. Y así Isidoro de Sevilla aborda el problema de forma distinta: «Gens es una muchedumbre de personas que tiene un mismo origen o que proceden de una nación distinta de acuerdo con su particular identificación como Grecia y Asia. De ahí su nombre de gentilidad.» Y a partir de los tres hijos de Noé y sus descendientes acabará por contar hasta setenta y dos o setenta y tres gentes diferentes, de las que emanan todos los pueblos existentes, que enumerará con morosidad en el libro IX de las Etimologías. Posteriormente, viajeros, comerciantes, piratas y conquistadores recorrieron mares y continentes y mantuvieron esa capacidad de asombro ante la inagotable variedad humana.

Pues bien, en un momento determinado François Bernier, del que ya hemos comunicado sus aventuras en la India del Gran Mogol, tiene la idea de racionalizar ―estamos en el siglo de Luis XIV― la frondosa maraña de grupos humanos, y dejarla reducida a cuatro únicas razas. Atiende a las características física, especialmente del rostro, y no a a sus capacidades y temperamentos, como se generalizará más adelante. Tampoco acuña todavía las que pronto serán denominaciones canónicas, pero de algún modo se encuentran implícitas la de blancos, negros y orientales. Añade un poco sorprendentemente una cuarta raza, la de los lapones, de la que asegura haber visto sólo dos individuos. Y tras valorar la existencia de una raza de aceitunados en América, generosamente la incluye en la nuestra.

Todo esto asemeja una mera ocurrencia, traída un tanto por los pelos, sin elaborar ni desarrollar, destinada a llenar unas pocas páginas en Le Journal des Sçavans del 24 de abril de 1684. Podría ser prueba de ello el hecho de que agota pronto su argumento, y en elegante quiebro pasa a tratar de la hermosura de las mujeres, partiendo del hecho de que «ciertamente, se encuentran bellas y feas en todas partes», y en todas las razas, como ejemplifica con la ajada galantería de la época. Parece, pues, un poco excesivo considerar este mero, vulgar, casi inane divertimento como punto de partida del racismo moderno, existente desde tiempo atrás en su vertiente práctica, pero que aun tardará en gozar de una construcción ideológica que lo justifique e impulse, como ocurrirá a partir de la sombría obra de Gobineau y su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas.


viernes, 27 de marzo de 2020

Christoph Weiditz, Libro de vestimentas (Trachtenbuch)

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Katherine Louise Bond, en su reciente tesis Costume Albums in Charles V’s Habsburg Empire (2017) estudia con profundidad la obra que hoy presentamos: un manuscrito con cuidadosas ilustraciones que representan las diferentes formas de vestir, según regiones y grupos sociales, que a su autor le fue dado observar durante un viaje por España. Y entre todas ellas, algunos retratos aislados: el de Hernán Cortés (que ya utilizamos en su día en Clásicos de Historia) y el de Andrea Doria, recién incorporado al servicio del Emperador. Traducimos de forma apresurada algunos párrafos de la profesora Bond: «El Trachtenbuch, o álbum de vestimentas, del retratista sobre medallas de Augsburgo Christoph Weiditz (c. 1500-59)... constituye una obra de profunda observación etnográfica en la que se representan costumbres y culturas en gran medida contempladas directamente por el artista cuando viajó a la corte española de Carlos V en 1529.»

«En 1927, Theodor Hampe, director del Germanisches Nationalmuseum en Nuremberg, identificó a Christoph Weiditz como el autor del vívido manuscrito ilustrado de formaba parte de su colección, y que contenía trajes regionales y actividades populares, que había permanecido desapercibido en el departamento de grabados y manuscritos durante casi sesenta años. Contiene 154 folios con ilustraciones en su mayoría situadas en España, aunque también se hallan representados individuos de Portugal, Italia, Francia, los Países Bajos y Alemania, entre otros lugares. Hampe relacionó el álbum con el itinerario que siguió en su viaje Weiditz durante los años 1529-32, concluyendo que la figura ilustrada del álbum de un hombre con ropa de marino y llamado Stoffel weyditz era el propio autor de aquellas pinturas al gouache.

»Georg Habich había identificado en 1913 a Christoph Weiditz como un hábil creador de retratos sobre medallas. Los documentos descubiertos en los archivos y un rastro de medallas producidas para los clientes en toda Europa, llevaron a Habich a determinar que Weiditz hizo un viaje a la corte imperial española alrededor de 1529 para intentar ser recibido por el emperador Carlos V, y así resolver un conflicto con el gremio de orfebres de Augsburgo. Diversos detalles del álbum sugieren que acompañó al famoso armero Kolman Helmschmid (c. 1471-1532), protegido desde hacía tiempo por los Habsburgo, antes de unirse al séquito imperial en Castilla (...) Si bien la relación del álbum con los viajes de Weiditz entre 1529 y 1532 se ha demostrado de manera irrefutable, es importante destacar que el trabajo no es un cuaderno de bocetos de vistas contempladas in situ. Fue realizado posteriormente en el taller del artista, y presenta un dibujo a tinta trazado con esmero, un color cuidadosamente aplicado, y áreas delicadamente superpuestas pan de oro y plata. Pero a pesar de su producción posterior, los bocetos producidos en el campo seguramente determinaron el resultado final reelaborado que ha sobrevivido.

»El debate académico sobre el álbum de Weiditz ha tendido a centrarse en su propósito general y la naturaleza de sus contenidos, lo que lleva a diferentes posturas sobre cómo debe clasificarse. Ha sido muy cuestionado hasta qué punto los vestidos son el objetivo principal del trabajo. El álbum es generalmente conocido como Trachtenbuch de Weiditz (Libro de vestimentas), una denominación que fue utilizada por primera vez por Hampe para llamar la atención del público. Situando la obra en el género de libros de vestimentas, definido por Heinrich Doege en 1903, Hampe afirmó que (...) podría reconocerse como la más antigua de éstos. El álbum comparte con los libros de vestimentas posteriores un interés palpable en la ropa de diversas poblaciones, así como un diseño de composición que aísla las figuras contra un fondo en blanco y las combina con breves descripciones. Sin embargo, existe un consenso en la investigación actual de que esta obra hace algo más que mostrar diferentes formas de vestir, y que mantiene ambiciones más amplias. Se ha convertido, por ejemplo, en una fuente visual utilizada frecuentemente por los académicos para analizar la cultura y la sociedad de la España de principios del siglo XVI. Albrecht Classen y Dennis Conrad han preferido interpretar el álbum de Weiditz en relación con la literatura de viajes.»

Danza morisca

viernes, 20 de marzo de 2020

Isa Gebir, Suma de los principales mandamientos y devedamientos de la ley y sunna


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Pascual de Gayangos (1809-1897) editó en 1853 dos interesantes obras redactadas en el seno de las comunidades musulmanas del reino de Castilla. Las presenta así en su introducción, con ocasionales y característicos tonos elevado de la época: «De los dos tratados que a continuación se imprimen, el primero es copia de un códice del siglo XIV que se conservaba hace algunos años en la biblioteca del Colegio mayor de S. Ildefonso de Alcalá (…) Su contenido se reduce a una de esas compilaciones legales que tan comunes debieron ser entre los mudéjares de Castilla y Aragón sujetos a nuestra dominación, y que habiendo con el tiempo olvidado su propia lengua, hubieron necesariamente de valerse de la castellana en sus escritos, así como en toda clase de contratos civiles. Sabido es que luego que empezó la obra grandiosa de la reconquista, cuando Toledo y toda Castilla la Nueva cayó en manos de Alfonso VI, gran número de moros quedaron para siempre privados de todo roce y comunicación con sus hermanos de allende Sierra Morena, prefiriendo la condición de vasallos al abandono del hogar doméstico. Otro tanto sucedía en Aragón y Valencia, donde D. Jaime el Conquistador extendiendo los límites de sus fronteras, dejaba encerrados dentro de ellas a millares de muslimes. Pero tanto en Castilla como en Aragón los conquistadores otorgaron al vencido el libre ejercicio de su religión, sus leyes, usos y costumbres, como se echa de ver por los fueros y capitulaciones de Toledo, Zaragoza, Tudela, Tortosa y otras ciudades.

»Nada, pues, tiene de extraño que entre los mudéjares de Castilla corriera una compilación autorizada de las leyes que los regían, hecha por algún alfaquí o persona notable de entre ellos, y en castellano por haber olvidado su lengua natal aquellos mismos para quien se escribía. Aun cabe la suposición de que este código civil, si así puede llamarse, recibiera la sanción del soberano que a la sazón reinaba en Castilla, pues habiéndose de juzgar por él súbditos de su corona, aunque moros e infieles, parece razonable tuviera en él algún género de intervención. Como quiera que esto sea, es el más antiguo de cuantos han llegado hasta nosotros, y presenta la singularidad de hallarse omitida en él toda la parte ritual y ceremonias de la ley mahometana, quedando reducido a un mero código civil. Por lo que respecta a sus disposiciones, nada hemos hallado en él que no esté enteramente conforme con los principios consignados en el Corán, con la tradición y la Zunna, con las doctrinas del rito málequi que se siguió en África y en España, y con la letra de otras compilaciones legales del mismo género; sólo sí se advierte de vez en cuando alguna mas minuciosidad en explicar y comentar ciertas leyes relativas al comercio y a todo género de contratos civiles.

»Del segundo (texto, el que aquí comunicamos) que es de época más reciente, puesto que lo escribió en 1462 Ice Gebir, alfaquí mayor y muftí de la aljama de Segovia, se conservan además del códice original y autógrafo que ha servido para esta impresión, dos copias bastante antiguas, de las cuales una, en 4.°, señalada Q. 195, se halla en la Biblioteca Nacional, y parece hecha por algún morisco por los años de 1600, y la otra, en folio con la marca G. 138, fue del doctor Zárate, del tribunal de la Inquisición. Este segundo tratado, que se intitula Suma de los principales mandamientos y devedamientos de la Ley y Çunna, comprende todo lo que el muslim debe creer y está obligado a hacer; los cinco fundamentos en que estriba la religión mahometana, que son: 1.° La confesión de la unidad de Dios. 2.° La azala u oración. 5.° La limosna. 4.° El ayuno del mes de Ramadán. 5.° La hicha o peregrinación a los santos lugares; y por último un resumen de las principales leyes acerca del matrimonio, divorcio, compras y ventas, tutorías, encomiendas, etc. Es, pues, un compendio de la Sunna que abraza a un tiempo la parte religiosa y civil del Corán.»

El prestigio de Isa Gebir debió ser considerable. Se sabe que colaboró en una traducción del Corán que el teólogo Juan de Segovia (1395-1458), asistente al Concilio de Basilea y muy activo por toda Europa en defensa del conciliarismo, utilizó en su refutación del Islam.


Familia morisca de viaje. Christoph Weiditz, Trachtenbuch, c. 1530

viernes, 13 de marzo de 2020

Sebastian Münster, Cosmographiae Universalis. Mapas y vistas urbanas

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El alemán Sebastian Münster (1488-1552) es un acabado ejemplo de humanista. Nacido en la vieja Renania, ingresó en la orden franciscana lo que le llevó a estudiar y después enseñar en numerosas universidades: Heildelberg, Lovaina, Friburgo y otras. Su adhesión a la Reforma le decidió a establecerse en Basilea, donde desarrolló lo más granado de su carrera académica. Aunque sus intereses fueron múltiples (matemáticas, astronomía, gnomónica, cartografía, por supuesto teología), Münster fue ante todo hebraísta: estudios gramaticales, vocabularios, y sobre todo la edición, traducción y comentario de numerosos textos: desde la Biblia hebrea hasta las obras de Maimónides.

Sin embargo, su mayor éxito editorial le vendrá por su Cosmographiae Universalis, editada en alemán en 1544 y pronto traducida al latín, al italiano, al francés y al checo. Con los años fue ampliada y modificada, hasta alcanzar 35 ediciones diferentes en menos de un siglo. Su propósito, dejó escrito, había sido elaborar una «Cosmografía o descripción de todas las tierras, principados y ciudades importantes de toda la tierra, así como sus circunstancias, características, religión, costumbres, historia y sus particularidades.» Buena parte de su éxito procedió de los abundantes grabados en madera que enriquecen la obra, como ya había hecho medio siglo antes Hartmann Schedel con sus Crónicas de Nuremberg (1493). Sin embargo, a partir de 1570 la obra quedará definitivamente superada con el Theatrum orbis terrarum de Abraham Ortelius y las Civitates orbis terrarum, de Braun y Hogenberg.

Presentamos un repertorio bastante completo de los mapas y las vistas de ciudades de la obra de Münster.

viernes, 6 de marzo de 2020

Joaquim Rubió y Ors, Manifiestos catalanistas. Prólogos de Lo gayter del Llobregat


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Continuamos agregando a Clásicos de Historia textos fundamentales sobre el nacimiento y desarrollo del nacionalismo catalán. Presentamos esta semana el que suele ser considerado como el primer manifiesto de la Renaixença, con su característica preocupación por la dignificación del idioma mediante el impulso a su uso en lo literario. Lo publicó el joven Joaquim Rubió y Ors al frente de su colección de poemas en catalán, Lo Gayter del Llobregat (1841). Casi dos décadas después la obra fue ampliada y reeditada, y el nuevo prólogo muestra el cambio de situación al respecto: la literatura en catalán se encuentra ya en pleno desarrollo. Estamos en el reinado de Isabel II, y el renacimiento de la lengua y literatura catalana fue recibido entonces y más tarde con interés por parte de muchos intelectuales del resto de España, como lo muestra el prólogo que Menéndez Pelayo redactará para la edición que conmemora el cincuentenario de la primera de las poesías de Rubió, y que incluimos en este aporte. Y es que este movimiento catalanista, básicamente reducido al ámbito de la cultura, aun tardará en transformarse en movimiento nacionalista, de carácter político. Cuando esto se produzca, años después, nuestro conocido Antonio Rovira escribirá en su El nacionalismo catalán (1917):

«Los hombres de la escuela romántica catalana fueron los iniciadores verdaderos del movimiento catalán. De ellos proviene directamente el renacimiento poético que empezó a mediados del siglo XIX. Entre aquellos hombres hubo uno, uno solo, que tuvo fe plena en la vitalidad y en el porvenir de la lengua catalana. Este hombre fue Rubió y Ors, fundador del catalanismo literario, que más tarde debía producir el catalanismo político y luego el nacionalismo actual. Describiendo el esfuerzo de su ilustre padre, dice Rubió y Lluch que aquel, “solo, con sus débiles fuerzas, luchando con inveteradas preocupaciones y quizá con el ridículo, atrevióse a acometer empresa tan arriesgada. Mi padre fue el único de aquella generación que levantó con valentía la bandera de la independencia literaria de Cataluña, en el prólogo de su Gaiter, que es todo un manifiesto de nuevas orientaciones y una de las páginas más curiosas y vibrantes de la historia de nuestro Renacimiento.” Por nuestra cuenta queremos añadir que el mentado prólogo tiene un fortísimo sentido catalanista, sin mezcla de sentimiento españolista, es decir, sin convencional identificación del amor a Cataluña y el amor a España. A Cataluña le llama Rubió y Ors repetidamente, nación.

»Durante algunos años, quedóse solo Rubió y Ors. Todos sus compañeros escribían en castellano. Mas, aunque un poco tardíos, dio frutos espléndidos el esfuerzo de Rubió. “Él fue —dice Pi y Margall— quien inició el renacimiento de la poesía catalana.” Y agrega: “De él deriva ese catalanismo que tanto hoy acongoja y asusta a nuestros hombres de Estado.” No previo Rubió y Ors, probablemente, todas las consecuencias de su obra literaria. Y como si se hubiese azorado de esas consecuencias, apenas intervino luego en el movimiento. Los eruditos, como Milá y el clérigo Torres Amat, rebuscaban los tesoros de la vieja literatura catalana. Los arqueólogos, como Piferrer, estudiaban los monumentos olvidados. En el decenio de 1850 a 1860, el ejemplo de Rubió y Ors tuvo sus primeros imitadores. En el prólogo de la segunda edición de Lo Gayter del Llobregat (1860), lejos de quejarse Rubió, como en el prólogo de la primera, de encontrarse solo en el cultivo poético del catalán, consignaba satisfecho que eran ya legión los que se habían dedicado a este cultivo.»

viernes, 28 de febrero de 2020

Manuel Azaña, La velada en Benicarló. Diálogo de la guerra en España


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Volvemos a Manuel Azaña y a su ensayo-ficción sobre la guerra civil, La velada en Benicarló, escrito antes de que se cumpliera un año del inicio de la contienda, «la orilla donde ríen los locos», que dijo Ramón J. Sender en su monumental y madura novela sobre la cuestión. Por su parte, el en aquellos desquiciados años su correligionario, Claudio Sánchez Albornoz, le calificaba así en la extensa entrevista que le hizo Carmen Samiento en Buenos Aires en 1976, antes de regresar del exilio: « Era un hombre muy inteligente, un verdadero hombre de Estado. No obstante, estaba prisionero de una tradición de desdenes, de fracasos políticos personales y del clima moral que dominaba en la gran mayoría de los republicanos (…) Azaña era el primer orador del Parlamento, el hombre más capaz; sin embargo, había tenido que esperar la llegada de la República en medio de la hostilidad de gentes de ideas cercanas a las suyas. Había llevado una vida casi marginal, y esa triste espera había agriado su carácter. Le oí referir a él mismo que, una vez, una mujer pública le había mordido y se había asustado por lo amargo de su sangre. Era agrio todo él (...)

»Bueno, no le descubro a usted el Mediterráneo si le digo que Azaña era un burgués liberal; él mismo se definió así en el mitin de Mestalla. Cuando llegábamos a los pueblos y saludábamos desde la ventanilla, nos recibían con el grito de ¡Abajo la burguesía!, hasta que en una de ésas, Azaña se cansó, sacó la cabeza por la ventanilla y contestó: ¡Idiotas, yo soy burgués! Azaña era un intelectual puro, con todas sus virtudes y defectos que ello implica, y sufrió mucho en el ejercicio del poder. Las matanzas de la retaguardia republicana, y especialmente las de la cárcel modelo, le hicieron pronunciar una frase que le honra: No quiero ser presidente de una República de asesinos. Y digo que le honra porque en el campo contrario se cometían idénticos crímenes; pero nadie tuvo un gesto parecido y a todos les parecieron lógicos los asesinatos (...) Recuerdo que en Valencia me dijo: La guerra está perdida; pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban

Más acre es el juicio de Andrés Trapiello, que en su canónico Las armas y letras, retrata así a nuestro personaje: «Fue Azaña el personaje más hondamente tolstoiano de aquellos tres sangrientos años de guerra. Como el Pierre de Guerra y Paz, vemos a Azaña cruzar el campo de batalla, aturdido, alucinado, colérico ante la estupidez del mundo, tanto como conmovido por el dolor de los pobres y la tragedia de los desposeídos. Quizá pensara, cuando ya se había desatado la mayor tempestad de todo el siglo, que él no era sino un involuntario sembrador de vientos. Ahora bien, si lo pensó, nunca lo dijo. Siempre echó la culpa a alguien (…) Entre las confidencias de La velada en Benicarló se encuentran estas otras palabras, que bien podrían representar al propio Azaña: Nada tengo que hacer en la vida pública. No es desengaño. De nada tenía que desengañarme. Me reconozco ajeno a este tiempo. Los hombres como yo hemos venido demasiado pronto o demasiado tarde. A no ser que nuestra inutilidad pertenezca a todos los tiempos, a todas las situaciones


José Gutiérrez Solana, Recogiendo a los muertos, 1937

viernes, 21 de febrero de 2020

François Bernier, Viajes del Gran Mogol y de Cachemira


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Desde los últimos tiempos de la Edad Media, innumerables europeos se han dado a recorrer el mundo, comerciando, predicando, conquistando… y dedicándose a la piratería. Y muchos de ellos dejaron por escrito sus experiencias, en las que se refleja siempre una mayor o menor curiosidad por esas sociedades que se perciben (quizás equivocadamente), tan disímiles de las propias. Pues bien, esta semana será uno de estos viajeros impenitentes y perspicaces, el francés François Bernier, médico y filósofo, el que nos guiará por la India del siglo XVII, donde se había constituido uno de los grandes imperios musulmanes de la época. Pero antes, acudamos a René Pillorget, en su Del absolutismo a las revoluciones, para familiarizarnos con el escenario y la época:

«En la India, la penetración turca se remontaba a 1526, fecha de la victoria de Babur ―descendiente de Tamerlán por su padre y de Gengis-Khan por su madre― sobre el sultán de Delhi. A su muerte, Babur dejó un imperio ―el que los europeos llamaban del Gran Mogol― llamado a conocer dos siglos, por lo menos, de una prodigiosa fortuna, y que era una inmensa construcción armada, como todas sus antecesoras, sobre un fondo indesarraigable de hinduismo. El Islam había ganado por todas partesnuevas posiciones, por las armas, por el comercio y por la emigración. Sin embargo, por importantes que fuesen, como en el Gudjerat, en la cuenca del Ganges o en la región de Hayderabad, aquellos núcleos de islamizaciónseguían siendo poca cosa a escala de la India. Fuera de dos regiones de fuerte implantación ―el valle del Indo y Bengala― el Islam era sobre todo un fenómeno de ambientes sociales elevados: príncipes, soldados, funcionarios, mercaderes. No se insinuó ni profunda, ni masivamente en el pueblo indio, y no pudo sobrevivir más que pactando. Akbar (1556-1605) había basado su política sobre la alianza con estos hinduistas que componían la mayoría de sus súbditos… Pero sus sucesores se revelaron incapaces de continuar su política… El Imperio vivió en un estado de larvada anarquía hasta que llegó al poder un príncipe enérgico, Aurangzeb, en 1658.» Eso sí, mediante una cruenta guerra civil que nos narrará con todo detalle François Bernier, testigo de excepción.

En la Nota biográfica que antecede la edición española de esta obra (1921), se presenta así a nuestro autor: «El filósofo, médico y viajero Francisco Bernier, nació en Joué (Angers, Francia) en 1620 y murió en París en 1688. Recibió con Chapelle, Molière, Hesnault, y acaso con Cyrano de Bergerac, lecciones de filosofía de Gassendi (1642). Visitó Italia, Alemania y Polonia, se recibió de médico en Montpellier, y tras la muerte de su maestro, partió en 1656 para Siria, Egipto y, finalmente, la India. Fue médico de Aureng-Zeb y enseñó a su agah Danech-mend-kan los descubrimientos anatómicos de Harvey y de Pecquet, con las doctrinas filosóficas de Gassendi y Descartes. A su vez estudió las ideas religiosas y filosóficas de los indios, el imperio del Gran Mogol, que sorprendió en el instante de su mayor florecimiento, visitó Cachemira y regresó a Francia en 1669 tras ausencia de trece años. El relato de su viaje, impreso en 1670-71, le valió celebridad perdurable. Pero Bernier no es sólo el viajero observador y reflexivo que acierta a contarnos de modo inimitable la magnificencia del imperio del Gran Mogol, el íntimo encanto del reino de Cachemira, sumido en las más excelsas montañas del mundo; es también el filósofo fino y sutil de su tiempo, pleno del futuro del siglo XVIII francés.

»Amigo de las gentes más ilustres del siglo de Luis XIV, compone con Racine y Boileau el Arrêt burlesque, que deja en ridículo al Parlamento y a la Universidad, y evita la proscripción de la filosofía de Descartes y de Gassendi; inspira a La Fontaine motivos de sus fábulas; a Moliére, Le Malade imaginaire; hace, casi tan popular como el cartesianismo, la filosofía de Gassendi, su maestro siempre amado, de cuyas doctrinas, con todo, duda al final de su vida, rica y varia, siempre en gran señor espiritual. Aparte de sus Voyages, cuya traducción castellana aquí se ofrece, dejó escritas: Abrégé de la philosophie de Gassendi (1674, 7 volúmenes); Doutes sur quelquesuns des principaux chapitres de l’Abrege de la philosophie de Gassendi (1682); Eclaircissement sur le livre de M. Delaville (1684); Traité du libre et du volontaire (1685); Mémoire sur le quietisme des Indes (1688); Extrait de diverses pièces: Introduction a la lecture de Confucius, Description du canal des Deux Mers, Eloge de Chapelle (Journal des Savants, 1688).»