lunes, 12 de septiembre de 2022

Alfredo Chavero, Explicación del Lienzo de Tlaxcala

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Hacia 1552, las autoridades tlaxaltecas, copartícipes con los españoles de las conquistas de Hernán Cortés, Nuño de Guzmán o Pedro de Alvarado, entre 1519 y 1541, patrocinaron la elaboración del denominado Lienzo de Tlaxcala, un extenso documento pictográfico sobre algodón, de unos cinco por dos metros, en el que se testimonia su participación en las anteriormente citadas campañas. Se realizaron tres originales: uno se remitió a Carlos I, otro al virrey de la Nueva España, y el tercero se conservó en el ayuntamiento de Tlaxcala. En la segunda mitad del siglo XIX ya sólo se conservaba el último, pero reclamado por las autoridades del segundo imperio, fue llevado a Méjico y se perdió su rastro. Sin embargo se conservan varias copias totales o parciales, más o menos fidedignas: Diego Muñoz Camargo copió en el siglo XVI numerosas imágenes en sus Relaciones Geográficas de Tlaxcala; en 1773 Juan Manuel Yllanes realizó una copia directa del original, al óleo, aunque introduciendo ciertos cambios al gusto dieciochesco, como el modelado; por último, existió otra copia fidedigna en manos de Alfredo Chavero (1841-1906), a partir de la cual encargó a Genaro López las excelentes litografías que aquel publicó en 1892, y que aquí reproducimos. Historiador y artista colaboraron en numerosas ocasiones (lo que aparentemente condujo al artista a emprender una cierta carrera de falsificador de códices mesoamericanos...)

Antonio Jaramillo, Margarita Cossich y Federico Navarrete han publicado recientemente (Glocalism 2021) un interesante artículo sobre el Lienzo y su importancia, del que entresacamos algunos párrafos: «La versión tlaxcalteca de la “conquista” consignada en el Lienzo y los documentos relacionados a éste gozó de gran prestigio durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Los herederos de Maxixcatzin, Xicoténcatl el viejo, Tlehuexolotzin y Citlalpopoca, señores de Tizatlan, Ocotelulco, Tepeticpac y Quiahuiztlan respectivamente, lograron mediante probanzas de méritos y servicios que les fueran reconocidos sus derechos como conquistadores. Por estas razones, podemos estar seguros que el Lienzo de Tlaxcala ―¿o deberíamos llamarlo el mapa de la conquista de la Nueva España de 1552?― es una historia visual compleja en la que los conquistadores tlaxcaltecas y sus descendientes guardaron la memoria social de su participación protagónica en los acontecimientos de la primera mitad del siglo XVI. Esta memoria fue constituida muy tempranamente, dos o tres décadas después de los eventos de la conquista, por una generación que la había vivido y sus herederos, en el afán de consolidar la condición de Tlaxcala como ciudad en el Imperio Español, con su territorio sagrado construido a la manera mesoamericana y cristiana (…)

»Por otro lado, es también la historia más extensa y completa de las guerras mesoamericanas de 1519 a 1541. Fue comisionado meses antes de la publicación de la Historia de la Conquista de México de Francisco López de Gómara y antecede por varias décadas al famoso texto de Bernal Díaz del Castillo. Ningún autor o colectivo europeo pudo haber escrito una historia tan extensa y detallada como la presentada en el Lienzo de Tlaxcala, pues ningún capitán castellano estuvo en todas las campañas descritas en el Lienzo (…) La versión tlaxcalteca de los acontecimientos de la conquista tuvo enorme éxito durante la época colonial dentro y fuera de Tlaxcala. A nivel imperial, los tlaxcaltecas lograron hacerse un espacio en el orden legal español, manteniendo grandes niveles de autonomía y de gobierno propio. Además, la exitosa campaña tlaxcalteca en la corte española se convirtió en un precedente para otros americanos que buscaron conservar y ampliar sus privilegios legales. Incluso es posible que la manera en que los tlaxcaltecas adoptaron y adaptaron las instituciones de gobierno españolas en el interior de su altépetl, pudo haber servido como modelo e inspiración para el régimen de “repúblicas de indios” establecido a mediados del siglo XVI en la Nueva España. Los fueros tlaxcaltecas ganados por las acciones de los indios conquistadores provenientes de su ciudad en la primera mitad del siglo XVI, seguían siendo parte de las Leyes de Indias que regían en toda América hasta el siglo XVIII.»



lunes, 5 de septiembre de 2022

Ramón Menéndez Pidal, Tres artículos sobre Bartolomé de Las Casas

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En los Preliminares a su El Padre Las Casas. Su doble personalidad, Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) se refiere así a los tres artículos que comunicamos esta semana: «Este esbozo biográfico responde a una preocupación mía ya antigua. Comenzó ella en 1940 a causa de una sugestión por mí recibida para que ampliase ideas sobre América y Carlos V, adelantadas hacía poco en La Habana; mi impresión entonces fue francamente adversa respecto a Las Casas, al observar su intenso y monótono apasionamiento, siempre violento en acusar a conquistadores y encomenderos, siempre melifluo en exaltar a los indios. Mucho después, en 1956, los dominicos del célebre convento de San Esteban de Salamanca me hicieron la invitación, para mí tan atrayente como honrosa, de que hablase en el solemne centenario de aquella insigne casa, y al tratar entonces del Padre Vitoria y de Las Casas, comencé a ver que la grave inequidad de éste no era una falta moral, sino intelectual; aclarándoseme todo por completo, en 1957, mediante la consideración de un documento fehaciente. Desde entonces, a pesar de otros trabajos para mí más apremiantes, no cesó mi preocupación en el problema lascasiano, impresionado sobre todo por una notable falta de crítica muy arraigada en las biografías de Las Casas, falta debida a muy particulares circunstancias que concurrieron para formar y propagar la fama póstuma del biografiado.»

Naturalmente, la figura y la obra de Bartolomé de las Casas sigue siendo controvertida, desde lo hagiográfico a lo kakográfico, aunque no falte el esfuerzo en ponderar y comprender. Pero es que, además, debe valorarse el uso que la posteridad le ha dado. El norteamericano Philip W. Powell, en su Árbol de odio, señala que «Bartolomé de Las Casas, héroe de los hispanófobos desde mediados del siglo XVI hasta nuestros días, es la persona más responsable de nuestros deformados puntos de vista sobre los españoles y su papel en América. Este obispo español, tan a menudo santificado en la literatura durante cuatro siglos y colocado hoy en un nicho de santo de la propaganda antiespañola, hizo más que cualquiera otro individuo para manchar el nombre de un pueblo y de una nación ―la suya propia. Seguramente no fueron estas sus intenciones, ya que no podía adivinar cuánto su trabajo iba a favorecer los propósitos extranjeros; pero sus escritos permanecen cerca del corazón y centro de la denigración de España. Él es, entre otras cosas, un magnífico caso de estudio para valorar el daño que a largo plazo puede hacer un exaltado irresponsable, cuando es explotado por los fabricantes de propaganda dirigida contra su propia casa.»

Y más adelante: «La controversia sobre los méritos y defectos de Bartolomé de Las Casas continuará sin duda eternamente, en principio, porque siempre habrá gente que creerá en su total condenación de los españoles y porque otros habré que reconocerán y censurarán sin reservas el prejuicio y fanatismo patentes que guiaron su lengua, su personalidad y su pluma. Hay quienes respetan a Las Casas, pasando por alto la injusticia de sus métodos, para guardar como reliquia la nobleza de su causa, y existen aquellos que ya durante siglos, sin preocuparse mucho de la causa, los métodos o los hechos verídicos, se recrean solamente en la elevación de Las Casas a la categoría de héroe de la propaganda antiespañola.»

La Brevísima relación de la destrucción de las Indias, y las intervenciones de Las Casas en la conocida Controversia de Valladolid, están disponibles en Clásicos de Historia. De Menéndez Pidal, asimismo, su Idea imperial de Carlos V, a la que añadimos los textos de los discursos del Emperador en los que se basa el gran filólogo e historiador.

Fray Bartolomé de Las Casas, por Félix Parra (1875)

lunes, 29 de agosto de 2022

Américo Vespucio, Tres cartas sobre el Nuevo Mundo (1500-1504)

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Roberto Levillier inició su estudio de la carta Mundus Novus, de Américo Vespucio, con el epígrafe «la carta que revolucionó la geografía», en referencia a su afirmación de que las tierras descubiertas por Colón constituían un nuevo continente. Tradicionalmente se atribuyen al florentino varias cartas dirigidas a su protector, Lorenzo Pedro de Medicis, con el relato de sus viajes, que fueron múltiples veces traducidas e impresas por toda Europa, con las consiguientes variantes, imprecisiones y contradicciones. Su éxito y gran difusión, justifica que en la temprana fecha de 1507 el cartógrafo Martín Waldseemüller denominara con su nombre de pila al cuarto continente y, en las ilustraciones del mapa, lo confrontara (imagen superior) junto al Nuevo Mundo, con el venerable Ptolomeo acompañado del Viejo.

El historiador argentino antes citado valora así la importancia de Vespucio: «Las noticias eran revolucionarias. Revelaban por primera vez estos secretos de la naturaleza: las nuevas tierras descubiertas forman un continente independiente; es lícito llamarlas un nuevo mundo; los antípodas son habitables por los blancos; las gentes de esas tierras son casi todos caníbales, sin dioses, ni reyes. Vespucio indica en la primera edición de París [del Mundus Novus], con el gráfico de un triángulo recto, que la posición de la gente que habita las nuevas tierras hasta 50° Sur, es en relación a la que vive en Lisboa como la hipotenusa que partiendo del zenit de Lisboa, en 40° Norte, se une al zenit de 50° S. formando los catetos, un triángulo recto (...) Estas cuatro novedades aislaron a Vespucio de los demás nautas, y lo elevaron a una notoriedad sin par, acaso algo exagerada, no porque hubiese hecho más que otros, sino porque ningún español, portugués o italiano innovó en geografía, contra la tradición de Tolomeo, concretándolo como él lo hizo (…) Lo que hizo Vespucio fue dirigir la visión de los nautas hacia las tierras australes y hacer progresar la conquista de ellas hasta 50° de latitud, preparando así la ruta a Magallanes, que reconoció expresamente en Patagonia, en 1519, la precedencia del florentino, en ese suelo.»

Por su parte, y más recientemente, Dietrich Briesemeister valoraba así las cartas de nuestro autor: «Al inicio de la época moderna, ningún otro corpus de textos ha fijado tan duraderamente la imagen del Nuevo Mundo en Europa como las relaciones sobre el descubrimiento de aquella parte de América llamada Brasil que desde 1512 circulaban en numerosas ediciones tanto latinas como vernáculas y en folletos ilustrados bajo el nombre de Vespucci (…) Solamente en el primer tercio del siglo XVI salieron de las imprentas europeas más de 60 ediciones (sin contar las perdidas) del texto presuntamente vespuciano. Entre las 37 ediciones tempranas ―en italiano, francés, neerlandés, pero ninguna en castellano ni en portugués― se registran nada menos que 17 en alemán, mientras que sólo 23 de las 60 ediciones aparecieron en latín. En la literatura extensa y controvertida sobre la imagen temprana de América estos textos impresos son muchas veces interpretados sin vacilar como si hubieran sido escritos de la mano de Vespucci, pero no es así. La mayoría de los investigadores modernos admite sólo dos de los cuatro viajes transatlánticos de Vespucci como comprobados.»

Y más adelante: «Las cartas dirigidas a Lorenzo di Pier Francesco de Medici están dirigidas a impresionar a quien es su Patrón y se adaptan en el estilo al rango del alto destinatario: le informan de los conocimientos más recientes del mundo, comunican experiencias personales y observaciones nuevas, suscitan intereses y procuran el apoyo para futuras empresas, instruyen y ofrecen el deleite de la lectura “come frutta dipoi levata la mensa”, Vespucci define sus misivas como scritta, menzione, lettera o “buena e vera relazione” con la función de “dare notizia” o “dare conto per lettera”. En la época de los descubrimientos el género epistolar alcanza una importancia extraordinaria. La carta como informe oficial adquiere el carácter de confirmación oficial de la toma de posesión, hace una relación de los hechos en la ejecución de un encargo (Cristóbal Colón, Hernán Cortés). La carta transmite novedades y comenta los eventos (Pedro Mártir de Anglería), profiere acusaciones públicas (Bartolomé de las Casas). La carta erudita está muy cerca del ensayo o del tratado.»

lunes, 22 de agosto de 2022

Publilio Siro, Sentencias

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Disfrutábamos la pasada semana con las Noches áticas de Aulo Gelio. En el libro XVII, cap. XIV, nos presenta así a nuestro autor de esta semana: «Publio escribió mimos que le merecieron puesto al lado de Laberio. C. César estaba de tal manera ofendido por la malicia e insolencia de Laberio, que prefería a sus mimos los de Publio. Cítanse de éste multitud de pensamientos notables, muy a propósito para adornar la conversación; de los que elijo los siguientes, contenidos [cada uno en un único verso], que tengo verdadera satisfacción en copiar aquí: Mala resolución es aquella que no puede uno cambiar. Dar a quien lo merece, es recibir al dar. Soporta y no te quejes de lo que no puedes evitar. Se puede más allá de lo justo, se quiere más allá de lo posible. En viaje un compañero que habla bien, vale por un carro. La buena reputación la robustece la frugalidad. Lágrimas de heredero, risa oculta. Paciencia cansada se convierte en furor. No se debe acusar a Neptuno en el segundo naufragio. Al vivir con tu amigo, piensa que podrá ser tu enemigo. Perdonar una injuria antigua es provocar una nueva. No se triunfa del peligro sin peligro. Excesiva discusión aleja la verdad. Atenta negativa es semi favor.»

Publilio Siro se cree que nació hacia el 85 a de C. en Antioquía. Todavía niño, fue hecho esclavo y conducido a Roma, donde algunos años después obtuvo la libertad y se dedicó al mimo, el género teatral de origen griego y carácter popular que por entonces se difundía con gran éxito por Italia. Este género menor se caracterizaba por la actuación de actores y actrices (mimi y mimæ), sin caretas ni coturnos, que imitaban, reproducían de forma grotesca la vida cotidiana, con breves escenas humorísticas, canciones, bailes, improvisaciones y abundante gestualidad. Con frecuencia las representaciones derivaban hacia lo chabacano y licencioso, lo que motivó cierto rechazo por parte de algunos censores. Nuestro Marco Valerio Marcial, ya en el Imperio, se burla de dichos críticos en el prólogo a su libro I de epigramas: «Conociendo los dulces ritos de la jocosa Flora, las chanzas festivas y la licencia del vulgo, ¿por qué has venido, severo Catón, al teatro? ¿No habrás venido tan sólo para salirte?»

El autor de esta semana alcanzó gran fama en estos menesteres, y reconocimiento del mismo Julio César. Sin embargo, cuando dos siglos después lo evoca Aulo Gelio, como indicábamos más arriba, ya se había producido una curiosa conversión del personaje y de su obra: ésta se ha reducido a una extensa colección de breves sentencias, destiladas de sus mimos, y aquel ocurrente satírico se ha transmutado en profundo moralista. El éxito y pervivencia de este su nuevo avatar fue considerable: las Sentencias fueron usadas para la enseñanza, copiadas y citadas durante la baja romanidad y la época medieval. Su fama se revitalizó con el Renacimiento: aunque se imprimen por primera vez en Nápoles en 1475 (atribuidas a Séneca), será la selección y publicación que lleva a cabo Erasmo de Rotterdam en Lovaina en 1514, la que la popularice y difunda, como prueban las numerosas ediciones en las siguientes centurias.

Junto al texto latino, tomado de la Bibliotheca Augustana, reproducimos la vieja traducción (1893) de nuestro conocido Francisco Navarro y Calvo.

Ilustraciones de Delaby & Dufaux.

lunes, 15 de agosto de 2022

Aulo Gelio, Noches áticas

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Presentamos esta semana lo más semejante a un misceláneo blog de la época de los Antoninos. Aulo Gelio, nacido en Roma hacia el año 130, residió en su juventud en Atenas (etapa que parece añorar el resto de su vida), en estrecho contacto con gramáticos y filósofos varios. Es posible que entonces iniciara su hábito de anotar y extractar sus lecturas, las enseñanzas de sus admirados maestros (coetáneos o no) como Favorino, sus animados debates con amigos en ocios y festines, sus perspicaces desenmascaramientos de pretenciosos falsarios e ignorantes… Él mismo expresa su propósito: «mi único objeto al componerla ha sido preparar a mis hijos recreos literarios, para cuando, libres de negocios, quieran proporcionar plácido descanso al espíritu. He seguido el orden fortuito de mis apuntes, porque acostumbraba, siempre que leía un libro griego o latino, u oía algo notable, anotar en seguida lo que me llamaba la atención, y conservar de este modo, sin orden ni concierto, apuntes de toda clase; viniendo a ser como materiales que hacinaba en mi memoria, a la manera de almacén literario, con objeto de que, si me ocurría necesitar un hecho o un vocablo y me faltaba el recuerdo, o no tenía a mano el libro necesario, tener medio seguro de encontrarlo en seguida. Así, pues, en este trabajo aparece la misma incoherencia de materias que en las breves notas tomadas sin método alguno en medio de mis investigaciones y variadas lecturas.»

Javier Velaza, en un interesante artículo de 2012, en el que señalaba (y emprendía) la necesidad de una edición crítica de esta obra, nos la caracterizaba así: «El compendio de informaciones que Gelio fue recopilando desde sus años de estudiante in agro terrae Atticae y que decidió mucho más tarde redactar en forma de miscelánea para provecho de sus hijos es de tal variedad y abundancia que abarca prácticamente todos los ámbitos de la erudición, desde la fonética, la morfología y la lexicografía hasta el derecho, de la filosofía a la estética, de la mitología y la religión a la historia pasando por la música, la geometría, la anticuarística o la crítica textual. Los veinte libros que contienen 369 commentarii de desigual extensión y en voluntario desorden son hoy la fuente fundamental, cuando no única, para nuestro conocimiento de anécdotas y episodios de todo tenor, de textos fragmentarios y de palabras o expresiones que solo gracias a ellos se nos conservan. Por lo demás, constituyen el testimonio de una sociedad tan culta como decadente, por más que el propio autor se esfuerce en el prefacio en revestir su inagotable curiositas con los ropajes de la utilitas y de identificar su público con el prototipo del vir civiliter eruditus

Reproducimos la venerable traducción de Francisco Navarro y Calvo (1893), en la Biblioteca Clásica. Como ya señalamos en la entrada correspondiente a la Historia Augusta, también suya, fue supuestamente vertida desde el original latino, aunque en realidad ambas eran plenamente deudoras de versiones francesas anteriores, y contenían no pocos errores. Francisco García Jurado estudió a fondo esta cuestión, de especial interés porque «esta fue precisamente la traducción que hizo posible la moderna lectura de Gelio dentro del ámbito hispano a uno y otro lado del Atlántico, pues hasta el siglo XXI, curiosamente, no se llevarán a cabo las nuevas traducciones al español», y recalca la gran difusión de que gozó, y su influencia en «autores capitales como Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar.»

lunes, 8 de agosto de 2022

Tito Lucrecio Caro, De la naturaleza de las cosas

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Escriben Martín de Riquer y José María Valverde en su clásica Historia de la literatura universal: «Escasas noticias se tienen de Tito Lucrecio Caro (c. 98-55 a. de J.C.), de quien testimonios tardíos bastante suspectos nos informan de que se suicidó y de que redactó su famoso poema en los intervalos de lucidez que presentaba su locura. De la naturaleza (De rerum natura) quedó a su muerte en estado inconcluso y falto de revisión, tarea a la que, según se cree, se entregó Cicerón. Se trata de una epopeya científica y filosófica escrita en verso hexámetro, en la cual Lucrecio, con un vigor y a veces una destemplanza impresionantes, desarrolla de un modo personal las ideas físicas, morales y religiosas de su maestro Epicuro, a favor de las cuales intenta un ferviente proselitismo. Lucrecio, que abomina del arte insubstancial y que no lleve en sí una intención superior al mero placer literario o a la pura experiencia intelectual, cree que la poesía es un agradable recurso engañador, un halago o cebo para atraer al lector a unas ideas de carácter científico y filosófico en las que cree ciegamente y que quiere imponer, aun en pugna contra el más común opinar de sus contemporáneos y en franca oposición a las creencias religiosas del vulgo, al que en el fondo desprecia.

»Su exaltado entusiasmo y la intensidad de su sentimiento hacen que lo que pudiera haber degenerado en una fría exposición filosófica se eleve a una brillante interpretación poética, llena de episodios vigorosos y que desborda incluso cuando desarrolla temas abstrusos y apunta genialmente en medio de disquisiciones prosaicas. Lucrecio ha dado a su libro este aliento poético con toda conciencia y con preocupación de escritor, a pesar de su creencia en el valor accidental de la poesía. Afirma en una ocasión: “No se me oculta cuán oscura es la materia; pero, con agudo tirso, una gran esperanza de gloria hirió mi corazón y, a la vez, le infundió un dulce amor a las Musas; instigado por él, con vívido pensamiento recorro ahora los descaminados parajes de las Piérides, de nadie antes hollados. Pláceme descubrir fuentes intactas y de ellas beber; pláceme coger flores recientes y tejer para mi sien una insigne guirnalda, como nunca las Musas ciñeron la frente de un hombre”. La poesía de Lucrecio, trasunto de un drama personal, es, en efecto, de visión límpida y da una extraordinaria vida a todo cuanto cae en sus manos y a cuanto fantasea su intensa imaginación. El estilo de Lucrecio es rudo y sus versos no son perfectos (sin duda por haber muerto el poeta antes de poder limar su obra); la austeridad se impone a la belleza formal y la concepción del arte, típicamente arcaizante, se vincula a la obra de Ennio.»

Presentamos la ya venerable traducción en endecasílabos blancos de José Marchena (1768-1821), obra de juventud, elogiada por Menéndez Pelayo, su primer editor. En su Historia de los heterodoxos españoles escribió: «No era Marchena bastante poeta para hacer una traducción clásica de Lucrecio, pero estaba identificado con su pensamiento; era apasionadísimo del autor y casi fanático de impiedad; y, traduciendo a su poeta, le da este fanatismo un calor insólito y una pompa y rotundidad que contrasta con la descolorida y lánguida elegancia de Marchetti y de Lagrange. Los buenos trozos de esta versión son muy superiores a todo lo que después hizo, si es que la vanidad de poseedor no me engaña.»

Recientemente se preguntaba el afamado traductor Jordi Fibla sobre esta versión: «¿Vale la pena leerla? Uno de los aspectos más interesantes del libro que sobre el abate publicó Menéndez Pelayo es la ecuanimidad con que señala los fallos y aciertos de la traducción. Sí, contiene errores que claman al cielo, pero también logros que rozan lo sublime. Marchena hace suya la filosofía epicúrea de Lucrecio, se mete en su piel, por así decirlo, y, en 1791, traduce De rerum natura en unos versos que se me antojan más modernos que buena parte de lo que se escribía bien entrado el siglo XIX.» Y concluye: «Para Menéndez Pelayo “traducir no es ceñirse a poner en una lengua los pensamientos o los afectos de un autor que los ha expresado en otra. Débense convertir también en la lengua en que se vierte el estilo, las figuras; débesele dar el claro oscuro del autor original”. Y también: “Añadiremos que ninguno es buen traductor sin ser excelente autor, y que todavía es dable ser escritor consumado y menos que mediano intérprete”. En definitiva, a la pregunta de si vale la pena leer la traducción del poema de Lucrecio que hizo José Marchena en su juventud, respondo que sí, y lo mismo digo de la obra que Menéndez Pelayo, en sus antípodas ideológicas, escribió sobre él.»

lunes, 1 de agosto de 2022

Aurelio Prudencio Clemente, Psicomaquia o Pelea de las virtudes y los vicios

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En su día comunicamos el memorable Peristephanon o Libro de las Coronas del hispano Prudencio, del que en su Historia de la literatura romana Ernst Bickel destaca sus aptitudes formales y su fecundidad poética: «Con su poema alegórico Psycomachia, “el combate por el alma”, en el que siete parejas de virtudes y vicios se disputan el alma del hombre, produjo Prudencio grandísima impresión. La alegoría tiene entre los griegos su historia (…) Pero la gran irrupción de la alegoría en el mundo de griegos y romanos se produjo merced a la explicación alegórica de los mitos por obra del estoicismo. La predisposición del estoicismo a admitir influjos orientales fue evidente en este punto como en otros de esta filosofía.

»En Prudencio, el arte alegórico da a entender ante todo la vinculación de España con África, en donde la alegoría de origen oriental había encontrado terreno abonado y propicio. En el arte, vivificado por Oriente, de la provincia romana de África había tenido la alegoría, en la época de los Antoninos, su entrada triunfal en la leyenda de Amor y Psyche de Apuleyo. Sobre todo por mediación de Prudencio, el pensamiento alegórico influyó en la Edad Media cristiana. En Prudencio especialmente aprendieron los literatos cristianos de la Edad Media a perderse, con la interpretación plástica y alegórica, en las etéreas lejanías de la fantasía, así como a agotar en pedantesca rigidez los sucesos religiosos y morales de la vida del hombre por medio de comparaciones y personificaciones.»

Como señala Jennifer Solivan Robles en un interesante artículo: «La Psychomachia alcanzó una elevada cuota de popularidad, de hecho, en el siglo V circulaban ya abundantes copias en distintas partes de Europa. A propósito de su difusión, Isidoro Rodríguez afirmaba: “Le estudiaron con afán y le imitaron con celo todas las clases, edades y sexos; los monjes y los obispos, los seglares y las mujeres. Se le leía en las isla Británicas, en Alemania, Bélgica, Suiza, Francia, Italia, España…; por todas las latitudes hallamos sus manuscritos. Se le leía en casa, en las abadías y catedrales, centros oficiales de estudio del Medioevo, y los venerables jerarcas de la Iglesia prodigaban el códice prudenciano a los tiernos efebos…” Gracias a la popularidad que gozaron las obras del autor durante la Edad Media, hoy en día sobreviven en toda Europa más de trescientas copias. La más antigua, del siglo VI, es el manuscrito Lat. 8084 de la Biblioteca Nacional de Francia, y junto con este se conservan una veintena de ejemplares miniados dispersos en diferentes instituciones de dicho continente.»

Y más adelante: «La plasmación de las virtudes y los vicios a principios del siglo XII de los manuscritos iluminados se trasladó a la escultura monumental. El cambio de soporte requirió igualmente modificaciones en el lenguaje icónico, y para que esto fuera posible los escultores románicos simplificaron y sintetizaron el poema en un momento específico de la narrativa: el final del combate y el triunfo de las primeras sobre las segundas (…) Las representaciones escultóricas de la Psychomachia gozaron de gran popularidad en el suroeste de Francia, zona en la que se encuentran los ejemplos más tempranos con fecha de comienzos del siglo XII (…) La mayoría de estas representaciones se insertan en la fachada de iglesias que se encuentran en la ruta de peregrinación a Santiago de Compostela. Dada su monumentalidad, su ubicación no solo en relación con el edificio, sino también geográficamente, cabe suponer que estas gozaron de un público numeroso.»

Presentamos esta capital obra en la dieciochesca traducción romanceada que, dedicada a Godoy, publicó en 1794 Josef Félix Cano, autor asimismo de un Compendio de los modos de oraciones, que se hallan en los autores latinos, para facilitar el uso de la traduccion, y composicion. Y la acompañamos con la reproducción de las miniaturas de principios del siglo X procedentes de dos códices carolingios y deudores de un mismo arquetipo anterior perdido: el excelente 264 de la Burgerbibliothek de Berna (que sin embargo sólo alcanzan hasta el combate entre Humildad y Soberbia), y el 10066-77 de la Bibliothèque Royale de Bruselas.