lunes, 16 de mayo de 2022

Julián Ribera, Lo científico en la Historia

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El arabista Julián Ribera (1858-1934), algunas de cuyas obras hemos comunicado en Clásicos de Historia, lleva a cabo su tarea cuando el positivismo y el historicismo dominan ampliamente en el mundo intelectual, y tienden a imponer su visión del mundo en la cultura popular. En 1898, Langlois y Seignobos han publicado su Introduction aux études historiques, que se convertirá en uno de los referentes metodológicos más respetados. Sin embargo, diversos pensadores han puesto de relieve los límites del positivismo, desde el idealismo, el neokantismo..., lo que influye en la concepción de la historia. Y se avizoran los cambios que se multiplicarán tras la Gran Guerra.

En estas circunstancias, Ribera se cuestiona su propio trabajo. En una serie de artículos publicados en la Revista de Aragón entre 1902 y 1905, y finalmente editados en un volumen en 1906, valora algunos aspectos de este debate, reflexiona, y concluye por plantear sus propias consideraciones. No tienen nada de revolucionarias, pero, resultan bastante atractivas en buena medida por su sentido común y la consecuente actualidad de muchas de ellas. Su punto de partida está en la dificultad de precisar el concepto de historia: «unos incluirán en su significado los relatos mentirosos inventados por un poeta, sin más realidad que la de un sueño; otros entenderán por historia la relación de un hecho realmente acontecido, o la relación tramada de sucesos ocurridos unos tras otros; y de esa manera llegaremos hasta las grandes construcciones artísticas en que se han lucido eminentes literatos, al desplegar su fecundo ingenio retórico o de invención, y a las magistrales investigaciones llevadas a efecto, del modo más nimio y apurado, por los hombres de ciencia.»

Y más adelante: «los hechos pasados pueden estudiarse con idénticos fines que los hechos presentes; la historia, como la pradera de que hablamos, puede servir para todo; si a la pradera puede ir el naturalista a estudiar la flora, el poeta para inspirarse en los colores de la primavera, el labrador para segar el heno con la dalla, y el ternero a juguetear, sin embargo, no deben confundirse con denominación común tales faenas; la vaca que tiende la barriga sobre la verde alfombra y rumia perezosamente, no hace el mismo oficio que el naturalista. Mas lo que en la realidad presente nadie confunde, lo confunden muchos en el estudio de lo pasado ¡cuántos borregos insignes se figurarán hacer ciencia, rumiando perezosamente las noticias de lo pasado! (…) No hay que ponerse nerviosos porque los hechos del pasado sirvan para todo, como la antedicha pradera: a unos lo histórico sólo proporciona entretenimiento; a otros satisface curiosidad; otros buscan experiencia; otros motivos para novelar y reír; otros, como el poeta, van tras el interés de una acción que a todo el mundo impresione por lo conocida; otros irán por argumentos de drama, etc., y, por fin, ¿no podrá servir de objeto para la observación científica?»

Y por ello distingue entre la necesaria y rigurosa erudición, con la que alude al estudio de las fuentes, y la necesaria y propiamente histórica observación, con sus operaciones características. Y deberán evitarse comunes errores, que podemos constatar bien presentes más de un siglo después: «Es sencillamente tonto proponerse fin extraño a la ciencia y decir que es científico, v. g., acudir a los hechos pasados para probar una tesis no sacada del estudio de los hechos mismos, sino forjada por el interés personal o la pasión de secta o partido. Forzando la interpretación de los hechos se ha llegado a descubrir una naturaleza humana que no ha existido jamás, y se ha dificultado por medio de fábulas, hasta el conocimiento científico de lo existente. Ciertas amistades platónicas con falsas edades pretéritas, ciertos cariños arqueológicos, han tenido la virtud de transformar a ciertos eruditos, convirtiéndolos, de personas discretas, en eximios botarates.

»Son muchos los que sacan de la historia lo que no hay. Para extraer esencia de muchas rosas frescas, que se palpan, que son reales, se trabaja mucho y a la postre se consigue extraer unas gotitas; en cambio con operaciones de la mente se puede sacar a montones todo lo que uno imagina; y quien tiene en la propia cabeza el grifo para hacer chorrear, no es difícil que suelte inundaciones de conceptos políticos, morales, etc., que no responden a nada verdadero y real.

»Concebir la historia como tribunal que juzga de la moralidad, rectitud, etc., de los hombres pasados, es la negación del espíritu científico; eso no es más que la parodia ridícula del juicio final: oficiar de Dios que reparte a diestra y siniestra premios y castigos. El tribunal inapelable de la historia es una insustancialidad completamente incientífica.

»Los hechos de los hombres podrán discutirse apasionadamente al tiempo de ejecutarse, cuando influyen de cerca en nuestra felicidad o infelicidad; pero cuando se estudian con intentos científicos, es preciso despojarse de todo interés pasional. Algunos creen esto imposible: ¡como si fuera imposible estudiar el oro, olvidándose al propio tiempo de que es metal que sirve para las transacciones del mercado; como si no fuera posible mirarlo por otro aspecto que el del avaro!

»Tampoco es científico proponerse resucitar lo antiguo entero, vivo y moviéndose, y, cuando falten materiales, suplirlos con invención o adivinación, no; el fin científico no es crear un ser viviente; pues aunque la ciencia pudiera ser útil para tales oficios, no es ése el fin directo de la ciencia; no es decir que sea abominable esa tarea, sino que no es científica, y nada adelanta la ciencia con tales aplicaciones. La historia no es cosa viva, sino muerta. Quede para el arte esa virtud de resucitar a los muertos.»

lunes, 9 de mayo de 2022

Wenceslao Fernández Flórez, Columnas de la República 1931-1936

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Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964) recibe la República con interés positivo: «De repente este pueblo que no existía se presenta trayendo la República; porque nadie lo hizo sino él. Ni el prestigio de un hombre-cumbre, que no se reveló todavía; ni los discursos de los mítines, que eran rosarios de tópicos; ni una acción violenta. Cuando los constitucionalistas pensaban en apelar a las Cortes, y las izquierdas, a la revolución, y un hombre del talento de Cambó afirmaba reiteradamente que era imposible un cambio de régimen sin la activa intervención del Ejército, llega ese pueblo, y, suavemente, sorprendiendo a todos, implanta la República. Una República que ascendió por capilaridad —cada hombre, una gotita— hasta la superficie donde los hechos se cuajan. Ventaja inmensa, porque impide que haya santones, con o sin sable, que, por regla general, suelen cobrar muy caras las deudas que los pueblos contraen con ellos. En la historia de Europa sólo recuerdo un hecho parecido: la separación de Suecia y Noruega para constituir dos Estados independientes, sin convulsión, sin luchas, por acuerdo pacífico y ejemplar.»

Sin embargo, pronto aparecerán santones y figurones que resquebrajarán su confianza en la posibilidad de edificar una República propiamente liberal: «Entre todos mis defectos, el que de día en día siento pesar sobre mí más abrumadoramente es mi liberalismo. Hoy es moda reírse del liberalismo, pero yo no conozco aún otro ambiente en que sea posible mayor felicidad espiritual. Acaso sea porque el amor a la Libertad fue un morbo del siglo XIX, y a fines de él nací yo y adquirí el contagio. O quizá porque la producción artística impone por su esencia propia la devoción a aquella diosa de la que hoy se dice desdeñosamente que no es más que un prejuicio “pequeño-burgués”. Por lo que sea. Pero a mí me molesta que se haga del mundo un cuartel donde los movimientos, las necesidades y los pensamientos estén previstos, ordenados y atendidos, sancionados y sometidos a disciplina inquebrantable. Una cosa es afirmar que el liberalismo tiene grandes defectos que deben ser corregidos y que incurrió en graves torpezas, más por su romántica puerilidad que por los fundamentos de su posición, y otra intentar que sea extirpada del espíritu la tendencia a la Libertad, vieja como el mismo hombre, componente sin el que nunca podrá cuajarse la felicidad o el remedo de felicidad a que podemos aspirar los humanos. Pero el antiliberalismo actual no es más que una moda por reacción.»

Y, en 1934, todas las alarmas se disparan: «Usted, hombre que ha cumplido la cuarentena, tiene los ojos asustados. ¿A qué mundo ha sido transportado repentinamente? Le han instruido en ciertos dogmas, en ciertos respetos, en ciertos convencionalismos. La sociedad humana firmó con usted un pacto, en el que, a cambio de una determinada conducta y un determinado esfuerzo que usted debía realizar, le garantizaba las más importantes condiciones de su vida. Le enseñaron a venerar algunos ideales cuya inconmovilidad parecía garantizada. Y usted marchó sobre esos carriles. Estudió, trabajó, formó una familia... Bruscamente, en unos cuantos años —muy pocos— lo antiguo se derrumba (...) Hay un estremecedor retorno a la ferocidad. Un día son fusiladas sin formación de causa varias docenas de hombres sobresalientes, en una nación de vieja cultura. Otro día es un canciller europeo el que se desangra sobre la alfombra de su despacho, pidiendo socorro con voz débil, entre la cruel quietud de sus asesinos. Aquí y allá, en los países de más fuerte moral aparente, bandas de hombres luchan con otras bandas de hombres. Tabletea la ametralladora en ciudades ilustres, las trincheras ponen breves fronteras al odio. Se mata implacablemente en nombre de aspiraciones que nadie —ni los asesinos mismos— sabe cómo pueden ser satisfechas. Un miedo expectante, una acritud sin disimulo corren de Norte a Sur por todos los meridianos del mundo.»

Y como otros muchos liberales, de izquierdas y de derechas, unos antes y otros después, se pregunta, con talante profético: «¿Cuántos son los españoles de espíritu antes decididamente inclinado al liberalismo que ahora ansían, en secreto o en público, una situación “de autoridad”, una dictadura intransigente que les permita vivir con la tranquilidad de que hoy se carece? Toda esa generosa predisposición la han destruido los partidos que tan mal manejaron el mando desde que está implantada la República. Han sembrado de sal el campo donde los amigos del progreso se prometían recoger buenas cosechas. Han arruinado hasta la fe en las ideas que mejor armonizan con nuestro tiempo. Mal episódico, porque esas ideas revivirán. Pero ¿cuánto tiempo y cuántos esfuerzos serán precisos para ello?»

Las citas anteriores, excepto la primera, corresponden a artículos publicados en torno a 1934, antes y después de la revolución de octubre, cuando se agudiza su desencanto. Sin embargo, observa igual de críticamente a los gobernantes de ambos bienios republicanos, aunque también mantiene una independencia de criterio que le lleva a dar la razón, en el fondo, a la Generalitat en el conflicto con el Tribunal de garantías constitucionales, alabar al mismo tiempo a Fernando de los Ríos y a Sainz Rodríguez, y a denunciar la interesada censura de unos y otros, sucesivamente. Sólo a partir de febrero del 36, cuando los enfrentamientos se hacen cada vez mayores y se presiente ya «la orilla donde sonríen los locos» (Sender), nuestro autor se distanciará del día a día de la política. Presentamos esta semana una amplia selección de los artículos políticos y crónicas parlamentarias que publica en el diario ABC (al que agradecemos la puesta a disposición de los interesados de su completa hemeroteca) durante la Segunda República. A través de ellos dispondremos de una veraz aunque personal historia de ésta, como podemos hacer a través de los repertorios de Unamuno, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón o Josep Plá (estos últimos publicados por Xavier Pericay en 2006), o la colección de dibujos políticos de Areuger (Gerardo Fernández de la Reguera).

Una última cita sobre su postura ideológica y su personal uso del humor: «Raro es, en verdad, el periódico que en estos cuatro años no disparó alguna vez una flechita contra mí. Lo que los de izquierda y los de derecha suelen decir es tan contradictorio que se neutraliza momentáneamente en mi atención. Para los unos soy un sacristán; para los otros, un anarquista. Yo sumo. Menos uno y más uno, cero. Y me olvido. Pero hay dos recursos de aniquilamiento que emplean con la misma fruición los dos bandos, y su repetición temática hace que no pueda borrarlos de la memoria. Son, a saber: Primero, llamarme Fernández. Segundo, acusarme ante el orbe de ser un chistoso contumaz (…) Quizá la actitud irónica tenga más fuerza, más poder que la trágica. Acaso lo que yo digo en un comentario burlón se prende más en la memoria y en la sensibilidad de la gente que un artículo de fondo barbudo y bigotudo. No sé (…) Yo creo en la eficacia de la sonrisa. Yo creo que una carcajada puesta junto a un hombre o a una institución o a un sistema de ideas, les hace saltar mejor que una bomba de dinamita. ¿Ustedes prefieren el artículo lacrimógeno, la glosa dramática, los crespones de la retórica sollozante? Yo saludo con todo respeto a los crespones, a los sollozos y al reflexivo ademán con que se puede mesar una barba. Cada cual con su estilo.»

El gobierno provisional se presenta ante las primeras Cortes republicanas

lunes, 2 de mayo de 2022

Dolores Ibárruri “Pasionaria”, Artículos, discursos e informes 1936-1978

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     «¡Queridos camaradas y amigos! ¡Querido Yósif Visarionovich!
     »En este día memorable llegan hacia usted cordiales mensajes de saludo y adhesión de millones de hombres y de mujeres de todos los rincones de la Tierra. Y entre el clamor entusiasta de esas voces jubilosas se escucha también la voz del pueblo español, que no quiere vivir de rodillas y que lucha por la liberación de la Patria con el nombre de Stalin en los labios. Ni el terror ni las persecuciones de los verdugos franquistas pueden apagar en el corazón de las masas populares españolas el fuego sagrado del cariño hacia Stalin y hacia la Unión Soviética.
     »No hace mucho tiempo fueron ejecutados en Sevilla varios comunistas por su participación en la lucha contra el régimen franquista. Y ante el tribunal que los condenó, ellos proclamaron orgullosamente: “Nuestra devoción a la Unión Soviética, al Partido Bolchevique y a Stalin es nuestro más noble orgullo y alto honor.” Así piensan y sienten nuestros hombres, que no olvidan que en nuestra penosa lucha contra el fascismo, el mejor y más consecuente defensor de la República española es la Unión Soviética, es usted, querido Yósif Visarionovich.
     »Y en nombre de los españoles que luchan por la libertad, yo quiero condensar en breves palabras, salidas de lo hondo del alma, los ardientes sentimientos de mi pueblo, diciendo: ¡Viva la Unión Soviética, cuyas grandiosas realizaciones llevan indeleblemente grabadas el nombre inmortal de Yósif Visarionovich Stalin! ¡Viva por largos años el genial creador del comunismo, camarada Stalin!»
(Mundo Obrero, París, 29 de diciembre de 1949.)

Así se pronuncia Dolores Ibárruri en la sesión solemne con la que se celebra el 70 aniversario de Stalin. Es el 21 de diciembre de 1949, y estamos en el Teatro Bolshoi de Moscú. En la presidencia del acto están todos los que son alguien en el movimiento comunista, acompañando al homenajeado: los soviéticos Kosyguin, Kaganovich, Bulganin, Kruschev, Suslov, Malenkov, el temible Beria, Voroshilov, Molotov…; también los principales dirigentes de los nuevos estados comunistas: el chino Mao, el alemán Ulbricht, el mongol Tsedenbal, el rumano Gheorghiu-Dej, el búlgaro Cervenkov, el checoslovaco Siroky, el húngaro Rakosi…; y con ellos el italiano Togliatti, el austríaco Koplenig, y la española Dolores Ibárruri, tres comunistas procedentes de Europa occidental, que no disfrutan del poder en sus países. Naturalmente, no asisten el yugoslavo Tito ni el polaco Gomulka, que pronto será condenado a prisión.

Dolores Ibárruri (1895-1989), que utilizaba el apodo de “Pasionaria” desde 1919, tuvo efectivamente un protagonismo considerable en la historia general del siglo, en buena medida gracias a sus dotes de agitación y propaganda. Además, puede representar perfectamente el sinuoso (¿o dialéctico?) rumbo del Partido Comunista de España desde su fundación, con continuos y radicales cambios políticos, en buena medida en función de las decisiones del todopoderoso hermano mayor soviético, el PCUS. Elorza y Bizcarrondo señalaron que «el análisis de la actuación de Comintern en España viene a probar algo que constituía una intuición generalizada hasta 1939: no cabe hablar en rigor de historia del Partido Comunista de España, sino de historia de la Sección española de la Internacional Comunista. Las decisiones que luego ejecutaban los distintos órganos del PCE no eran fruto de una discusión colectiva en el Buró Político o en el Comité Central del Partido, ni emanaban del buen sentido revolucionario de José Díaz o Dolores Ibárruri (…) Todo ha de subordinarse a la perspectiva teleológica que tiene por meta la revolución mundial, lo cual en el tiempo que nos ocupa es tanto como decir subordinación a Stalin y a los intereses de la URSS.» (Queridos camaradas, Barcelona 1999)

Esta dependencia se mantendrá incólume durante la república, durante la guerra civil, y en la larga etapa del exilio, también tras la muerte de Stalin, y explica absolutamente los cambios de estrategia y táctica (y hasta de expresión) que se observan en la docena de textos escogidos. Los primeros corresponden a la época en que Stalin, tras abandonar en 1935 su campaña contra los llamados “socialfascistas” (los partidos de la segunda Internacional), promueve el acercamiento a socialistas, sindicalistas y radicales burgueses, y la creación de Frentes Populares para enfrentarse a fascistas y reaccionarios. Pero lo exiguo de sus resultados (donde más éxito ha logrado ha sido en España, con un PCE hegemónico en el bando republicano) le llevan a la alianza con Hitler, y a las primeras grandes ganancias territoriales de la URSS. Ibárruri respaldará plenamente esta política, y condenará rotundamente a los socialistas y a las potencias aliadas, mientras evitará cualquier referencia a la Alemania nazi. Más aún, condenará de forma absoluta el propio estado polaco, considerado como artificial y eminentemente antisoviético. (Podemos encontrar una cierta similitud en los actuales argumentos rusos para justificar su ataque a Ucrania...)

Ahora bien, la Operación Barbarroja provoca un nuevo quiebro. Otra vez el enemigo es el fascismo, y por tanto es no sólo aceptable sino recomendable la alianza con potencias antes tildadas de imperialistas. En el mismo sentido, Ibárruri propugna para luchar contra el franquismo la Unión Nacional con sectores sociales ―la Iglesia, la burguesía, socialistas y anarquistas― antes condenados como reaccionarios. El fin de la guerra mundial y el inicio de la guerra fría da lugar a un nuevo giro. Ahora el enemigo es Estados Unidos, verdadera amenaza a la paz que propugnan la Unión Soviética y las nuevas democracias populares. Por ello apuntala a Grecia, a Yugoslavia, y a la misma España franquista. En consecuencia el partido debe absorber los elementos sanos dentro del sindicalismo, del socialismo, de la intelectualidad, obviando a sus vendidos líderes.

A la muerte de Stalin (en cuyos solemnes funerales estará presente Ibárruri) seguirá poco después una nueva política, la coexistencia pacífica, que también será convenientemente aplicada por el PCE: ahora se busca la reconciliación nacional, se abandona definitivamente la lucha armada para combatir el franquismo, y se renueva el esfuerzo para establecer lazos de colaboración con todos los sectores que no apoyen directamente al dictador: por supuesto socialistas y sindicalistas, pero también clases medias, democristianos, monárquicos, nacionalistas vascos y catalanes, la Iglesia… Los cambios culturales de los años sesenta, el llamado eurocomunismo, y la muerte de Franco, explicarán los cambio del comunismo durante la Transición: aceptación plena de la democracia, de la monarquía, y hasta de la misma bandera tradicional de España. Pero la “Pasionaria”, aunque sigue presidiendo el partido y es diputada, hace tiempo que carece de poder ejecutivo: se ha convertido en buena medida en un símbolo que sigue la línea política de los dirigentes; lo que, por otra parte, siempre había hecho, también cuando ocupaba la Secretaría General. Su muerte coincidió prácticamente con la caída del muro de Berlín; no llegó a ver la desaparición de la Unión Soviética.

Dolores Ibárruri, a la derecha, bajo el gran cuadro de Stalin.

lunes, 25 de abril de 2022

Gregorio Marañón, Artículos republicanos 1931-1937

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Andrés Trapiello nos presenta así al protagonista de esta semana en su tantas veces citada Las armas y las letras: «Marañón fue toda una institución política y humanística del momento. Era médico, político, historiador, ensayista, biógrafo, dedicaba muchas horas al laboratorio y muchas a la medicina hospitalaria, llegó a ser miembro de todas las academias, y cada cierto tiempo, con relativa frecuencia, publicaba inamovibles volúmenes sobre cualesquiera de estas materias, sin contar el tiempo que le llevaba hacer la visita diaria a los ilustres enfermos que solicitaban su atención y diagnóstico. Su vocación política, por lo menos antes de la República, fue neta y no menor que la médica. Había estado preso en tiempos del general Primo, como conspirador, en una de esas prisiones que más que desdorar el currículum del interesado, lo bruñían con rapidez y prestancia y lo lanzaban a nuevas campañas triunfales. Fue fundador, con Ortega y Pérez de Ayala, de la Agrupación al Servicio de la República, que emitió su proclama el 10 de febrero de 1931, y también, como Ortega y Ayala, diputado en las Cortes Constituyentes.»

Pues bien, de entre la inmensa producción intelectual de Marañón, relacionada exhaustivamente por Antonio López Vega en su Biobibliografía de Gregorio Marañón (2009), hemos seleccionado una treintena de artículos periodísticos en los que se ocupa de la vida política española tras el 14 de abril, en la que participa activamente hasta su renuncia al escaño en las Cortes en 1933. Su posicionamiento a favor de la república es patente y entusiasta. Su punto de partida, desde su progresismo, es el rechazo de la monarquía, tanto por su respaldo a la dictadura de Primo de Rivera como por la misma esencia y funcionamiento del régimen de la Restauración. En el marco de la crisis general del sistema liberal provocada por la Gran Guerra, Marañón no es capaz de percibir el carácter abierto y perfectible del sistema regido por la constitución de 1876, aunque unos años después rectificará.

Roberto Villa, en su esclarecedor 1917 El estado catalán y el soviet español (2021) afirma que «la España de 1917 poco tenía que ver ya con esa caricatura que, cuando alude a los aspectos sociales y económicos, se define en término de “atraso”, “estancamiento” o “fracaso”, y que cuando se menciona lo político se etiqueta con “oligarquía” y “caciquismo”, el manido lema de Joaquín Costa. La España de hace un siglo era una nación dinámica y progresiva (…) Desde un punto de vista político, España se regía por medio de una monarquía constitucional con un gobierno parlamentario. Su entramado de reglas e instituciones era equiparable al de cualquier otro país liberal y poseía innegables potencialidades democráticas, culminadas con la concesión del sufragio universal masculino en 1890 (…) Hacia 1917 el sufragio universal funcionaba cada vez mejor y las elecciones fueron progresivamente más disputadas y limpias, comparadas con las del siglo XIX. Cabían pocas dudas de que, de mantenerse la arquitectura del régimen político, esa evolución electoral anticipaba la democracia liberal.»

Pero a muchos de los sectores republicanos, socialistas, catalanistas y militares que, en la vieja tradición liberal e historicista, mitificaban el concepto de la revolución como panacea transformadora de las sociedades, se les une una parte significativa aunque reducida de la clase política de la Restauración, y abundantes intelectuales y creadores de opinión, especialmente tras el fin de la dictadura. Con ellos, Gregorio Marañón participará significativamente en el establecimiento de lo que es por todos defendido como una inevitable ruptura de la legalidad; eso sí, según sus promotores, traído por un “Pueblo” abstracto e indeterminado: en realidad la autodeclarada “voluntad general” de Rousseau. El entusiasmo que manifestará Marañón es indudable, al igual que su confianza en el éxito del nuevo régimen, y se mantendrán durante bastante tiempo, a pesar de los conflictos, cada vez más graves: la quema de conventos, los sucesos de Castilblanco... Mientras que otros como Ortega y Unamuno se desencantan pronto, nuestro autor conservará y manifestará en sus artículo un cierto optimismo, que le lleva a minimizar problemas y excesos, y a considerarlos conflictos necesarios en todo proceso revolucionario. Con todo, progresivamente sus comentarios tienden a alejarse de la vida política directa, y a centrarse en cuestiones que puedan considerarse neutrales: la cultura, su difusión con carácter hispánico en Marruecos, Argelia, América…

Todavía en junio de 1936 observamos una cierta ambivalencia en nuestro autor: reconoce que «pasan muchas cosas graves, profundas (…) Cosas, es cierto, desagradables para muchos, incómodas y a veces trágicas. Pero profundamente serias, estructuradas bajo su aparente incoherencia y reveladoras de una vitalidad nacional que no puede menos de ser fecunda, aunque a costa del dolor de muchos. Incluso del dolor de quien esto escribe.» Pero confía en que «a costa sin duda de unos meses de fricción áspera y a veces violenta, entre las nuevas fuerzas políticas de España se podrá llegar a la estructura moderna sin que pasemos por la fase rigurosamente unilateral de otros países de Europa, rojos o negros (…) Ahora, ¿cuál será esa estructura moderna? (...) los pueblos marchan siempre hacia un mejor porvenir, que, naturalmente, no puede coincidir con los ideales y los intereses de todos. El que dude que dentro de unos años se habrá llegado a una transacción entre las dos fuerzas extremas que hoy luchan en el mundo está ciego. El comunismo está ya infestado de burguesía, y los regímenes fascistas tienen desde lejos reflejos rojos. Mientras los hombres tengan manos se golpearán con ellas, y luego se las estrecharán. Y así, en España, quién sabe si antes que en otros pueblos.»

Pero lo que llegó fue, en cambio, “la orilla donde sonríen los locos”, la guerra civil, y con ella su  cambio de postura, cuando por fin Marañón consiga salir de España, será definitivo: «Éstos son los términos exactos del problema. Una lucha entre un régimen antidemocrático, comunista y oriental, y otro régimen antidemocrático, anticomunista y europeo, cuya fórmula exacta sólo la realidad española, infinitamente pujante, modelará. Así como Italia o Flandes, en los siglos XV y XVI, fueron teatro de la lucha entre los grandes poderes que iban a plasmar la nueva Europa, hoy las grandes fuerzas del mundo libran en España su batalla. Y España aporta ―es su gloriosa tradición― la parte más dura en el esfuerzo por la victoria, que será para todos. En torno a estos términos es como la mayoría de los españoles han tomado su posición. Y en torno a ellos es como debe tomarlos el espectador extranjero, que quizá sea menos espectador de lo que se figura. O comunista o no comunista: no hay por el momento otra opción (…) Los liberales españoles saben ya a qué atenerse. Los del resto del mundo, todavía no.»

El presidente de Francia, Edouard Herriot, en Toledo,
con Azaña, De los Ríos y Marañón 
(31 de octubre de 1932)

lunes, 18 de abril de 2022

Emil Hübner, La arqueología de España

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Comunicamos esta semana el status quæstionis, las fuentes y estudios para el conocimiento de la Península Ibérica en la Antigüedad… en 1888. Su autor es Emil Hübner (1834-1901), el gran epigrafista (pero también experto en la geografía antigua, urbanismo, onomástica, lenguas prerromanas…), y lo presentó al concurso Martorell para premiar la mejor obra original sobre arqueología española, bajo lema Sic vos non vobis, que recuerda una vieja anécdota atribuida a Virgilio, que explaya así la frase: «Así vosotras, no para vosotras, hacéis la miel, abejas; así vosotros, no para vosotros, lleváis los arados, bueyes; así vosotras, no para vosotras, hacéis los nidos, aves; así vosotras, no para vosotras, lleváis los vellones, ovejas.» Hübner recogió de forma exhaustiva las fuentes geográficas, históricas, epigráficas, numismáticas y monumentales conocidas en su tiempo, y señaló distintas direcciones para las investigaciones subsiguientes.

José María Álvarez Martínez, en su artículo La influencia alemana en los inicios de la Arqueología e Historia Antigua españolas, nos lo presenta así: «Hübner llegó a España con 26 años en 1860 (había nacido en 1834) con el encargo de la Academia de Berlín de estudiar la posibilidad de recopilar todas las inscripciones romanas existentes en la Península con destino a la magna obra: Corpus Inscriptionum Latinarum, y en el que el elenco hispano iba a constituir su volumen II. Su estancia, de 20 meses, fue bien aprovechada, pues llegó a conocer lo más significativo en materia arqueológica de España y Portugal y a recopilar ya los primeros epígrafes. Durante esa fructífera estancia pudo conocer a muchos de los que serían sus colaboradores y corresponsales, quienes quedaron prendados ante la sólida formación del alemán y su hombría de bien, unida a una natural sencillez, que le llevaba a tratar con deferencia a todos los que se relacionaban con él, sin perjuicio de mostrar taxativamente su opinión, contraria en muchas ocasiones a la de sus interlocutores, cuando era menester (…)

»Fruto de esa primera estancia fue la publicación de una ilustrativa Memoria sobre su viaje, que presentó a la Academia de Berlín. En ella vertía comentarios sobre la arqueología española y portuguesa y se refería a sus monumentos más señalados (...) Un año más tarde, en 1862, igualmente en Berlín, editaría su conocida obra Die antiken Bildwerke in Madrid, sobre los fondos, fundamentalmente escultóricos, existentes en las más conocidas instituciones y colecciones privadas de Madrid y de algunas ciudades como Sevilla, Lisboa, Mérida (…) Por fin, en 1869, tras otros viajes efectuados, vio la luz el ansiado segundo volumen del Corpus Inscriptionum Latinarum, Inscriptiones Hispaniæ Latinæ, al que el epigrafista español Manuel Rodríguez de Berlanga llegó a definir como monumento imperecedero erigido por la Alemania contemporánea a la Hispania romana. En 1871 salían sus Inscriptiones Hispaniae Christianae. Sucesivamente, en 1892 el Supplementum al volumen II del Corpus; en 1893 su Monumenta linguæ ibericæ y en 1890, un año antes de su muerte, el Supplementum de las Inscriptionum Hispaniæ Christianarum (...)

»Su relación con los profesionales españoles fue siempre, además de fructífera, afectuosa y entrañable. Así lo he podido apreciar en estos días en la consulta de los archivos del Deutsches Archäologisches Institut, donde figuran cartas de pésame a la institución de parte de los más cualificados arqueólogos e historiadores de la antigüedad españoles. Entre los más allegados habría que citar a Fernández Guerra, Saavedra, Delgado, Berlanga, Mélida, Fita, el portugués Martins Sarmento etc. Fruto de ese conocimiento que adquirió sobre la arqueología española son sus duras palabras sobre el mal estado de la arqueología en nuestro país en su Arqueología española, editada en Barcelona, en 1888. Se extendía en analizar las deficiencias, que él basaba en la falta de medios y de bibliotecas especializadas, así como en el desinterés de los jóvenes por estas materias y su preferencia por otras actividades. Abundando en su visión de la arqueología española, bien expresada en la monografía anteriormente referida, Hübner dice que lo que él publica en el libro no es otra cosa que unas líneas generales de lo que considera necesario y a tener en cuenta en los estudios de arqueología: noticias geográficas, relaciones de hallazgos de restos arquitectónicos y escultóricos, de monedas etc., lo demás lo tendrán que hacer los eruditos en sus respectivos lugares de estudio.»

De una carta de Hübner a Fidel Fita. Berlín, 14 de noviembre de 1894.

lunes, 11 de abril de 2022

Juan Gálvez y Fernando Brambila: Ruinas de Zaragoza en su primer sitio

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La guerra de Ucrania sigue, con su cortejo inherente de sangre, sudor y lágrimas. Compasión por los padecimientos y admiración por su resistencia, ambas están continuamente presentes en medios de comunicación y redes sociales. Por ello vamos a continuar, una semana más, con los paralelos ―ciertamente difusos― con la guerra de Independencia, y más en concreto con los sitios de Zaragoza, que pueden recordarnos los actuales de Mariúpol y otras ciudades. Faustino Casamayor nos contó su vivencia de un modo inmediato, anotado día a día. Alcaide Ibieca elaboró la suya a lo largo de varios años, buscando un relato completo con rango de historia. Ahora bien, los sitios de Zaragoza por los franceses adquirieron en la práctica desde su arranque un poderoso carácter propagandístico, que inmediatamente se constituyó en mito.

En 2007, señalaba el hispanista francés Gérard Dufour: «Respecto a los Sitios de Zaragoza, podemos fijar con toda precisión la fecha y el lugar de nacimiento del mito: el jueves 18 de agosto de 1808, a las diez de la noche, en Madrid, en frente de los números 14–19 de la calle de las Carretas, sede de la Imprenta y Calcografía Real, que publicaba la Gaceta de Madrid. En efecto, intrigados por la iluminación del edificio, muchos madrileños habían acudido a este sitio. Se enteraron del motivo de tan extraordinario señal de alegría: el haber transmitido el Consejo de Castilla a los redactores de la Gazeta, para inmediata publicación en un número extraordinario, el texto del parte de Palafox por el cual anunciaba que los franceses habían levantado el sitio de Zaragoza huyendo vergonzosamente. Inmediatamente, la muchedumbre manifestó su alegría gritando ¡Viva la Virgen del Pilar, viva Palafox, viva Aragón! Al día siguiente, 19 de agosto, al mismo tiempo que circulaba por Madrid el número extraordinario que contenía el parte de victoria del general Palafox, la Gaceta publicó un largo artículo para comentar el fracaso de las tropas francesas ante Zaragoza» (…) El mito, nacido en la manifestación espontánea de la víspera, había adquirido al día siguiente sus características definitivas: exaltación de una defensa numantina, de la lealtad y constancia del general Palafox, e intrepidez y valentía de los valerosos esforzados aragoneses héroes defensores de la patria.»

Y más adelante: «Para dejar constancia de lo sufrido por Zaragoza, Palafox llamó al más prestigioso artista de su tiempo, Goya, para que realizara grabados de los monumentos destruidos. En ello, tenía toda la razón, pues las láminas desempeñaban entonces el papel que tendrá luego la prensa ilustrada y, desde los años de 1780 algunos periódicos ya intercalaban láminas entre sus páginas para llamar la atención de los lectores. Goya salió de Madrid poco después del 2 de octubre de 1808 y, según Alcaide Ibieca, tan sólo llegó a Zaragoza al final del mes. Pero pese a que la lámina 7 de los Desastres de la Guerra (¡Qué valor!) representa a Agustina de Aragón tirando del cañón (una escena que no pudo presenciar), Goya no tuvo tiempo para cumplir con su cometido, ya que, ante el resultado de la batalla de Tudela, abandonó la ciudad. En cambio, otros dos artistas, Fernando de Brambilla y Juan Gálvez, que habían venido a Zaragoza sin ser invitados y a sus propias expensas, realizaron una primera lámina sobre los Sitios que fue puesta en venta en Madrid a finales de noviembre de 1808. La conquista de Madrid por Napoleón les obligó a interrumpir su trabajo. Pero veremos que lo continuaron en Cádiz, con notable éxito.»

«En Cádiz, Brambilla y Gálvez, que habían huido de Madrid cuando Napoleón entró en ella, realizaron la serie de las ruinas de la capital de Aragón tales como habían podido verlas después del primer Sitio. No publicaron la serie de golpe, sino lámina por lámina y (¿deferencia hacia las Cortes, habilidad comercial o esperanza de la gratificación solicitada cuando la obra fue acabada?) obsequiaron al Congreso un ejemplar de los grabados en cuanto salían de las prensas. Los gaditanos que asistieron a las sesiones y cuantos leyeron el Diario de las sesiones las Cortes, El Conciso o El Redactor General cuando se hizo alusión a las gracias que había dado la asamblea a tan patriotas artistas, recordaron los heroicos sacrificios consentidos por los zaragozanos en defensa de la libertad. De su libertad. Y de la de la Patria. Hasta el final de la Guerra de la Independencia, los Sitios de Zaragoza constituyeron uno de los principales mitos (o el mito principal) en los cuales se fundó la Nación en armas en su resistencia al Ogro corso. Los defensores de la capital de Aragón constituyeron todo un modelo para los demás españoles.»

Juan Gálvez (1774-1847) y Fernando Brambila (1763-1834) publicaron las 36 estampas de su Ruinas de Zaragoza en su primer sitio entre 1812 y 1813, aunque alguna ya había gozado de impresiones previas. Su éxito dio lugar a una enorme difusión (y al correspondiente desgaste de las planchas originales). El programa previsto contenía todo lo necesario para alimentar el mito: doce retratos de héroes (Palafox, Agustina de Aragón, el tío Jorge...), doce escenas de la heroica defensa durante el primer sitio (la batalla de las Eras, la defensa de las baterías situadas junto a las puertas de la ciudad...), y otras doce con el luctuoso resultado: las ruinas que dan nombre al conjunto (el Hospital General, Santa Engracia, el Seminario...). En esta edición digital hemos adornado cada grabado con diversos textos alusivos, tomados de los más variados autores, y seleccionados un poco a la ligera, sin ninguna pretensión académica.



lunes, 4 de abril de 2022

Faustino Casamayor, Diario de los Sitios de Zaragoza (1808-1809)

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El autor, a últimos de agosto de 1808, da un suspiro que casi percibimos, y escribe: «Esto es cuanto hasta el día último de agosto ocurrió en el memorable primer sitio, relativo a las heroicas acciones ejecutadas en la Imperial Zaragoza, escritas en el mismo día que sucedieron y aunque no todo lo que pasó se incluye en este Diario (pues esto es imposible a un sujeto solo), cuando menos podrá formarse una razón exacta del día fijo de sus acontecimientos que deben ser el alma de esta clase de escritos, como lo fue de su autor, para perpetuar las brillantes empresas de sus compatriotas y eternizar su memoria.» Satisfecho con el fracaso y retirada del ejército francés que asediaba su ciudad, ignora que apenas tres meses después se va a reanudar el cerco, y que esta vez el resultado será muy distinto.

Concepción Sánchez Rojo, en la revista Rolde, núm. 124-125 (2008), escribía lo siguiente: «Faustino Casamayor y Ceballos, cronista, observador implacable de la vida cotidiana zaragozana, es sobradamente conocido por historiadores e investigadores, sobre todo, del periodo que comprende la Guerra de la Independencia, esto es, desde 1808 hasta 1814. La obra que le ha dado este reconocimiento es Años políticos e históricos de las cosas particulares ocurridas en la Imperial y Augusta ciudad de Zaragoza. Un diario que comenzó a escribir en el año 1782 y que terminaría en 1833, justo un año antes de su muerte y que ha resultado ser una utilísima fuente para el estudio, en su conjunto, de la vida cotidiana de la época. Faustino Casamayor nació en Zaragoza, el 15 de febrero de 1760, fue bautizado en la parroquia de San Miguel de los Navarros. Su vida transcurrió siempre en la misma ciudad excepto un breve periodo de tiempo, dos meses en 1817, en los que se trasladó a Madrid y que él mismo menciona en su diario.

»Son realmente escasas las ocasiones en las que el autor se incluye como afectado en el relato. Toda su obra transcurre desde el punto de vista del observador que describe, casi nunca del protagonista que actúa. Años políticos… comenzaba en 1782, por tanto, contaba el autor veintidós años. Había cursado estudios en la Universidad Literaria de Zaragoza, de Leyes, de Filosofía, de Cánones… desde 1774 en que ingresó hasta 1782 en que consta su última matriculación. Este último año fue un momento crucial para Casamayor, por un lado, terminaba o abandonaba sus estudios universitarios, heredaba laboralmente el cargo que ocupaba su padre, Juan Casamayor Ocaña, como Alguacil de la Real Audiencia de Aragón, por otro lado, junto a su tío, Lamberto Ansay, actuaba como apoderado de los condes de Robres y, a la vez, comenzaba su crónica, una tarea que le iba a acompañar toda su vida. Todos los años de estudios universitarios, sin duda, lo habían convertido en un personaje más cercano a un ilustrado de lo que su dedicación profesional daba a entender y lo capacitaban para llevar a cabo la tarea de dejar constancia día tras día de los sucesos cotidianos.»

Y más adelante: «Casamayor percibió la importancia histórica que suponía para Zaragoza el haber sufrido los dos asedios, y llevó a cabo el minucioso relato de lo acaecido día a día en el Diario de los Sitios de Zaragoza (…) La obra del Diario… está formada por dos tomos manuscritos, uno por cada asedio. El correspondiente al primer sitio comprende desde el 24 de mayo al 31 de agosto de 1808. Se trata de una obra que triplica al volumen del segundo ejemplar. Consta de 236 páginas manuscritas. La razón de esta densidad es la participación que tuvo en la defensa de la ciudad la población civil, y este hecho fue acicate para que el cronista describiera con un mayor lujo de detalles las acciones peligrosas, arriesgadas, temerarias, a las que los defensores zaragozanos se tuvieron que enfrentar cuando los ejércitos napoleónicos, que intentaban por todos los medios posibles entrar en la ciudad, atacaban sin descanso. El segundo tomo, de menor volumen, está formado por 81 páginas manuscritas y comprende desde el 29 de noviembre de 1808 hasta el 20 de febrero de 1809, día en que la ciudad ofreció su capitulación. Destaca el cronista en este volumen la participación del elemento militar que defendió, en mayor número que en el primer sitio, Zaragoza. Estas fuerzas militares, expertas ya en otras batallas, dieron lugar a que se redujera, en buena medida, a la hora de describir sus acciones, el impacto que había producido durante el primer asedio la inexperiencia y la bravura demostrada por los hombres y mujeres zaragozanos ante el invasor; situaciones y hechos que inmediatamente habían producido la creación del mito heroico por la resistencia ofrecida y que ha llegado hasta nuestros días con nombres célebres por todos conocidos.»

Reproducimos la edición que realizó José Valenzuela en 1908, con ocasión del primer centenario de los sitios, en la que descargó a la obra de una parte de su carga documental (bandos, Gacetas extraordinarias, etc.), que podía resultar un tanto innecesaria. La edición completa se encuentra en Diario de los Sitios de Zaragoza, edición prólogo y notas de Herminio Lafoz Rabaza, Editorial Comuniter, Zaragoza 2000. Una última reflexión: la obra, a pesar de su talante cronístico, que le lleva a anotar los hechos de forma trasparente y escueta, al tiempo que ocurren, no carece de interés para el lector ocasional. Y la misma reiteración, acumulación de excesos, calamidades y mortandad, resultan absorbente, y pienso que también para el lector que carece de intereses localistas, ya que muestra crudamente la atrocidad de la guerra, aunque ponga también de manifiesto el orgullo por la heroica defensa de los patriotas. Y también puede servirnos para evocar a Mariúpol y a las demás ciudades de Ucrania actualmente sitiadas.

Sobre los sitios de Zaragoza tenemos a nuestra disposición el clásico de Agustín Alcaide Ibieca, Historia de los dos Sitios de Zaragoza. José Mor de Fuentes, en su Bosquejillo de la vida y escritos delineado por él mismo, nos cuenta su breve participación en los comienzos del primer sitio (y lanza algún venablo contra Alcaide Ibieca). En sus libros quinto y séptimo de su monumental Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, el Conde de Toreno se ocupa de ellos. Y respecto a la ficción, no podemos olvidarnos de Zaragoza, en la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.


A. Convento de carmelitas descalzas, las Fecetas.
B. Residencia de Palafox en los últimos días del segundo sitio.
C. Postigo o salida a la ribera del Ebro, llamado de Aguadores.
D. Casas de la Ciudad, en cuya sala consistorial celebra el Excmo. Ayuntamiento sus sesiones.
E. La Lonja de la ciudad.
F. Palacio de la Real Audiencia, antigua casa de la Diputación del reino.
G. Palacio del señor Arzobispo.
H. Palacio de los marqueses de Lazán, en donde nació el general Palafox.
I. La Aduana.
J. Casa de la Diputación del Reino.
K. Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis.
L. Colegio de trinitarios calzados.
M. Hospitalito de huérfanos de ambos sexos .
N. Casas que quedaron arruinadas con la explosión del almacén de pólvora, el 27 de junio.
O. Puerta Cineja, frente a la Cruz del Coso.
P. Plazuela de la Virgen del Rosario.
Q. Manzana en donde existe la casa del autor.
R. Casa de Sardaña.
S. Palacio de los condes de Aranda.
T. Casa de don Jacinto Lloret, donde estaba la Tesorería.
U. Casa del procurador don Manuel Aguilar.
X. Plazuela de las Estrevedes.
Y. Palacio de los Gigantes. Antes, morada de los capitanes generales; hoy, Real Audiencia.
Z. Arco de Toledo.
(Agustín Alcaide Ibieca, Historia de los dos Sitios de Zaragoza)