martes, 11 de agosto de 2026

Alphonse Daudet, Tartarín en los Alpes. Nuevas hazañas del héroe de Tarascón

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Casi veinte años después de su Tartarín de Tarascón, Alphonse Daudet (1840-1897) publicará en 1885 Tartarín en los Alpes, una segunda entrega de las aventuras de su héroe provenzal, tan quijotesco como sanchopancesco. Para entonces ya es famoso, y el mismo Daudet había celebrado satisfecho el triunfo de su personaje en un artículo de La Nouvelle Revue (julio-agosto de 1883), y bromea (galéja, en provenzal) con la inquina que todavía le mantienen los de Tarascón:

«Aunque hace casi quince años que publiqué Las aventuras de Tartarín, Tarascón todavía no me ha perdonado, y viajeros fidedignos me aseguran que cada mañana, a la hora en que la pequeña ciudad provenzal abre las persianas de sus tiendas y sacude sus alfombras al aliento del gran Ródano, de cada umbral, de cada ventana, surge el mismo puño irritado, el mismo resplandor de los ojos negros, el mismo grito de rabia dirigido hacia París: ¡Oh! ese Daudet... si un día se le ocurre bajar por aquí...»

En realidad, «Tarascón era para mí simplemente un nombre que escogí en el ferrocarril París-Marsella, porque sonaba bien con el acento del sur y resonaba, en los avisos de las estaciones, como el grito de un guerrero apache. En realidad, la tierra de Tartarín y de los cazadores de gorras está un poco más allá, a cinco o seis leguas, al otro lado del Ródano. Fue allí donde, de niño, vi al baobab languideciendo en su pequeña maceta, vi la figura de mi héroe refugiado en su pequeño pueblo, donde los Rebuffa cantaban el dúo de Roberto el Diablo; fue desde allí, finalmente, que un día de noviembre de 1861, Tartarín y yo, armados hasta los dientes y vistiendo la chechia, partimos a cazar al león en Argelia.»

En la nueva entrega Tartarín viajará a los Alpes, y sus andanzas permitirán a Daudet construir una bienhumorada y acabada sátira (aunque superficial) de ese mundo burgués fin de siècle, que cuestiona los propios valores y convenciones burguesas, por supuesto sin renunciar a su disfrute (algún paralelismo podríamos encontrar con la actualidad…) Encontraremos divertidas descripciones del turismo de alto nivel que coloniza/falsea los espacios naturales, del recién nacido culto al deporte y a sus récords, de la adoración a los mitos nacionales, aunque realmente no se crea en su veracidad. Y para que no falte nada del elenco de la época, Daudet introduce en la trama al grupo de nihilistas rusos, aparentemente ricos de familia… Chocantemente, son los que permiten introducir personajes típicamente románticos: Sonia, la joven terrorista de la que se enamora Tartarín, y su infortunado hermano, que morirá tuberculoso.

Naturalmente, toda la acción gira en torno a Tartarín. Dufief y Melison-Hirchward, en su estudio de uno de los borradores de Daudet (Le Petit Chose, nº 109, 2020), lo caracterizan así: «Tartarin es el héroe del relato; como en el primer volumen, se encuentran elementos característicos de un tipo cómico: su equipamiento innecesario (ropa y material de alpinismo), su gusto por la caza, su ingenuidad, su tendencia a la vanidad y a la invención de historias, así como cualidades como su alegría de vivir, su buen humor y su necesidad de hablar. Se ha humanizado, y ha ganado profundidad psicológica: aunque todavía encarna la coexistencia en un solo cuerpo de Don Quijote y Sancho Panza, también es capaz de experimentar un sentimiento amoroso, de mostrar cierto valor, altruismo y dedicación.»

Respecto a los demás personajes: «Bompard es su doble exagerado; caricaturesco, está únicamente caracterizado por su imaginación fabuladora que le vale su apodo, el impostor. Alrededor de Tartarín, los personajes se distribuyen en varios grupos: los turistas, los suizos, los nihilistas, los tarasconenses. Los turistas son solo marionetas, apenas individualizados por palabras, expresiones que se repiten como leitmotivs: dantsir, ballir, el miembro del Jockey Club (...); su repetición indica que los clientes del circulaire Cook son intercambiables. Daudet emplea técnicas de caricatura: estereotipos físicos, comparaciones con animales o tipos convencionales.»

En cambio, «el grupo de los nihilistas cuenta con cuatro personajes claramente individualizados (…) La jerarquía social está presente dentro del grupo, pero sus miembros están unidos por la ideología y la determinación de luchar contra el zar mediante acciones violentas. Todos son jóvenes (…) La importancia que se le da a los nihilistas desde la redacción del borrador se puede analizar de dos maneras. Tienen una importancia funcional en la trama: Tartarín simpatiza con ellos, les ayuda, casi forma parte del grupo. Pero también defienden una causa que atrae a Daudet/Tartarín, por más que la rechace.»

Pero volvamos al artículo de Daudet con el que iniciamos esta presentación: «Juzgado libremente, años después, Tartarín, con su espíritu desenfrenado y salvaje, me parece poseer las cualidades de la juventud, de la vida y de la verdad; una verdad de más allá del Loira que se hincha, exagera, nunca miente y siempre está tarasconeando. La escritura no es ni muy fina ni muy escogida. Es lo que yo llamo literatura de a pie, hablada, gesticulada, con las maneras desbordantes de mi héroe. Pero debo confesar, por mucho que aprecie el estilo, la prosa bella, armoniosa y colorida, que en mi opinión no lo es todo para el novelista.

»Su verdadera alegría seguirá estando en la creación de seres, en el establecimiento, a través de la pura verosimilitud, de tipos de humanidad que luego circulan por el mundo con el nombre, el gesto, la mueca que se les dio, y que hacen que se hable de ellos —ya sean odiados o amados— independientemente de su creador y sin que se pronuncie el nombre de éste. Por mi parte, me sigo emocionando cuando, refiriéndose a uno de los miles de títeres de la comedia política, artística o social, oigo a alguien decir: Es un Tartarín... Un escalofrío me recorre el cuerpo, el escalofrío orgulloso de un padre, oculto entre la multitud mientras aplauden a su hijo, y que siente constantemente ganas de gritar: ¡Ese es mi chico!»

* * *

La traducción es del periodista y escritor aragonés Eusebio Blasco (1844-1903), que en el Prólogo presume de su amistad con Daudet, reproduce una carta que éste le dirige, y nos explica el significado de una de las muletillas tarasconesas que continuamente repiten los personajes. La publicó en 1887.

Daudet alude en el segundo capítulo de Tartarín en los Alpes a un breve texto publicado originariamente en 1871, La defensa de Tarascón, que se refiere a la guerra franco-prusiana. Por entonces ya se habían publicado en Le Figaro las primeras versiones de su Tartarín, aun con los nombres de Chapatín primero y de Barbarín después. En La defensa no figura nuestro personaje, aunque sí el presidente del Círculo Bompard, el general Bravida, el recaudador Pegoulade… y el ambiente y la misma ciudad son plenamente tartarinescas. Finalmente, el texto pasará a formar parte de los Cuentos del lunes (1873). Lo hemos incluido como Apéndice.

Cartel de la adaptación teatral (1913)

sábado, 1 de agosto de 2026

George Orwell, La Bomba Atómica y tú. Artículos para después de una guerra

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Eric Arthur Blair (1903-1950), el reconocido Georges Orwell, publicará tras la Segunda Guerra Mundial sus dos grandes novelas, Rebelión en la Granja (1945), y 1984 (1949), eficaces y clásicas (y por tanto vigentes) condenas del comunismo. Éste resultaba ser el totalitarismo que había triunfado sobre sus rivales, a los que nuestro autor también había combatido con anterioridad; incluso brevemente con las armas en la mano. Y ahora lo va a hacer sin renunciar ni a su ideología socialista, que ha de considerarse revolucionaria, ni a sus acendradas exigencias éticas.

Y es que Orwell es ante todo un periodista que se implica profundamente en las cuestiones que investiga, sumergiéndose en ellas como un actor más para poder narrarlas desde dentro, comprenderlas y valorarlas, mejor que juzgarlas, aunque sin miedo a tomar partido. Sustanciosos frutos de esta actitud habían sido sus anteriores y espléndidos libros-reportaje Sin blanca en París y Londres (1933), El camino a Wigan Pier (1937) y Homenaje a Cataluña (1938).

En esta entrega de Clásicos de Historia se han traducido una veintena de artículos seleccionados entre los más de un centenar y medio de artículos que coleccionaron Sonia Orwell y Ian Angus en su In front your Nose 1945-1950 (Londres 1968). Hemos elegido preferentemente aquellos en los que Orwell reflexiona sobre el mundo que ha surgido tras la guerra. Puede resultar sorprendente en ellos su percepción profundamente humana y su mirada ética por encima de ideologías y modas dominantes.

Lo vemos así en el artículo La venganza es amarga, escrito en un momento en el que menudeaban los ajustes de cuenta con el enemigo vencido, «en el incómodo y autojustificativo periodo de caza a los colaboracionistas que siguió a la Liberación», como dice Orwell en otro artículo que también reproducimos. Pues bien, afirma que «la venganza es un acto que se desea cometer cuando uno se siente impotente y precisamente por eso, en cuanto desaparece la sensación de impotencia, el deseo también se desvanece.» Qué distante del viejo refrán español...

Orwell aborda muchas otras cuestiones, por ejemplo el cientifismo dominante que ensalza al científico y convierte la ciencia en una verdad revelada, con desprecio de las humanidades: «¿Pero es realmente cierto que un científico, en este sentido más restringido, tenga más probabilidades que otras personas de abordar problemas no científicos de manera objetiva? No hay muchas razones para pensarlo.»

Su rechazo constante al imperialismo no le impide condenar también los nacionalismos recalcitrantes: «Pero, ¿por qué se tienen que tolerar los peores extremos del jingoísmo y el racialismo cuando provienen de un irlandés? ¿Por qué una afirmación como Mi país, tenga razón o no, es reprensible si se aplica a Inglaterra y digna de respeto si se aplica a Irlanda (o, para el caso, a la India)?»

En otro artículo acuña la fórmula del Gradualismo Catastrófico como el medio al que se acude para justificar lo injustificable (un régimen, un gobierno). «Según esta teoría, nada se logra sin derramamiento de sangre, mentiras, tiranía e injusticia, pero, por otro lado, no se debe esperar un cambio considerable para bien como resultado incluso de la mayor agitación (…) La fórmula que se emplea habitualmente es No se puede hacer una tortilla sin romper huevos. Y si uno responde, Sí, pero ¿dónde está la tortilla?, la respuesta probablemente sea: Bueno, no se puede esperar que todo suceda de inmediato.»

Orwell toca asuntos muy diversos: Los que llamó Buenos malos libros, siguiendo una expresión de Chesterton; el maniqueísmo político que tienta a los periodistas en A través de un color de rosa; la influencia política en determinadas actuaciones policiales, en Libertad en Hyde Park; una interesante confrontación de Un mundo feliz con Nosotros, de Huxley y Zamiatín, justo cuando ha iniciado la escritura de 1984; el antisemitismo, a raíz de un texto de Sartre en el que percibe cierta cercanía paradójica al prejuicio racial; una reseña de las memorias de Churchill, al que equivocadamente considera «realmente desahuciado» en lo político, y a las que, a pesar de situarlas en sus antípodas ideológicas, elogia porque «en general, los escritos de Churchill se parecen más a los de un ser humano que a los de una figura pública.»

Acabemos con una ligera referencia al premonitorio artículo titulado La bomba atómica y tú, en el que denuncia la atrocidad que ésta entraña, y anuncia el equilibrio del miedo que caracterizará a la Guerra Fría: posiblemente la bomba atómica «ponga fin a las guerras a gran escala a costa de prolongar indefinidamente una paz que no es paz.» Pero podemos constatar una interesante coincidencia entre dos autores tan considerablemente disímiles. Orwell elogia a «varios físicos británicos y estadounidenses (que) se negaron desde el principio a investigar la bomba atómica, sabiendo bien para qué se usaría. Aquí tienen un grupo de hombres sensatos en medio de un mundo de lunáticos.»

Apenas un par de meses antes, Tolkien había escrito en una carta a su hijo movilizado Christian: «La noticia de hoy acerca de las bombas atómicas es tan aterradora que uno queda aturdido. La completa locura de esos físicos lunáticos al consentir llevar a cabo un trabajo semejante con fines belicistas: ¡planear con calma la destrucción del mundo! Semejantes explosivos en manos de los hombres, mientras su condición moral e intelectual declina, es poco más o menos tan seguro como dar armas de fuego a los internos de una cárcel diciendo que se espera que eso asegure la paz.» Y en otra carta: «No se puede luchar con el Enemigo con su propio Anillo, sin convertirse uno a su vez en Enemigo; pero desdichadamente la sabiduría de Gandalf parece haber desaparecido con él hace mucho en el Verdadero Oeste...»

Las dos ilustraciones son de Sébastien Verdier

martes, 21 de julio de 2026

Gilbert Keith Chesterton, El hombre que fue Jueves. Una pesadilla

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Jorge Luis Borges en Otras inquisiciones (1952): «Edgar Allan Poe escribió cuentos de puro horror fantástico o de pura bizarrerie; Edgar Allan Poe fue inventor del cuento policial. Ello no es menos indudable que el hecho de que no combinó los dos géneros. No impuso al caballero Auguste Dupin la tarea de fijar el antiguo crimen del Hombre de las Multitudes o de explicar el simulacro que fulminó, en la cámara negra y escarlata, al enmascarado príncipe Próspero. En cambio, Chesterton prodigó con pasión y felicidad esos tours de force…  Chesterton pensó, como Whitman, que el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna  desventura debe eximirnos de una suerte de cósmica gratitud… (Y así) Chesterton se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka, pero... algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central.»

Aprovechando este tiempo de descanso veraniego, traemos aquí El hombre que fue Jueves, la gran novela que Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) publicó en 1908. Fantástica narración en la que, junto a una trama policíaca y un fondo metafísico, se nos permite acercarnos y contemplar los años finales de la Belle époque, los años en que culmina la soberbia de ese Occidente formado a partes alícuotas por capitalismo, nacionalismo, imperialismo, racismo, cientifismo, esteticismo… un gigante con pies de barro aun bastante ignorados, pero que se pondrán de manifiesto con el estallido de la Gran Guerra. Pero mientras tanto, la enorme seguridad en sí misma de esta sociedad burguesa, convencida de caminar con firmeza por la senda del Progreso (lo que hoy llaman «estar en el lado correcto de la historia») hace que se desprecien las amenazas, y entre éstas la del Anarquismo, que tiende a percibirse como una mera molestia que, por más magnicidios y atentados indiscriminados que lleve a cabo, no deja de ser la reacción impotente de seres brutales e inferiores.

La reflexión, o mejor fábula, de Chesterton no podrá ser más diversa. Pero quizás sea mejor que atendamos a lo que el mismo autor nos dice sobre esta obra en su Autobiografía (1936), al hilo de la narración de sus preocupaciones u obsesiones juveniles:

«Todavía estaba esclavizado por aquella pesadilla metafísica de contradicciones entre mente y materia, por la perversa imaginería del mal y el peso de los misterios del cuerpo y el cerebro, pero para entonces ya me había rebelado contra ellos e intentaba construir una cosmología más saludable, aunque me pasara de la raya en lo relativo a la salud; incluso me califiqué a mí mismo de optimista porque estaba a un paso de ser un pesimista. Esa es la única excusa que puedo ofrecer. Toda esta parte del proceso fue después recogida en la informe forma de una novela titulada El hombre que fue Jueves (The Man Who Was Thursday). En su momento, el título llamó mucho la atención y los periodistas hicieron bromas a su costa. Algunos, al referirse a mis supuestas opiniones jocosas, simulaban confundirlo con El hombre que tenía sed (The Man Who Was Thirsty). Otros suponían naturalmente que Jueves era el hermano negro de Viernes. Y también los había que, con mayor perspicacia, lo trataban como un título totalmente anárquico como La mujer que fue ocho y media o La vaca que fue mañana por la noche. Pero me interesa lo siguiente: apenas nadie entre quienes leyeron el título parece haber visto el subtítulo —Una pesadilla— que daba respuesta a muchísimas preguntas de la crítica.

»Hago aquí una pausa porque esto es hasta cierto punto importante para comprender aquella época. Me han preguntado con frecuencia qué significado tiene en esta obra la monstruosa pantomima del ogro que recibe el nombre de Domingo; algunos han sugerido, y en cierto sentido no sin razón, que representaba una versión blasfema del Creador. Pero la cuestión es que toda la historia es una pesadilla sobre las cosas, no tal como son, sino como le parecían al joven ligeramente pesimista de los años noventa; y el ogro, que aparece brutal pero que  también es, en el fondo, benevolente, no es tanto Dios, en un sentido religioso o antirreligioso, sino la Naturaleza a los ojos de un panteísta cuyo panteísmo naciera del pesimismo. En cuanto al sentido de la historia, intentaba empezar pintando un cuadro negro del mundo y avanzar hasta dar a entender que el cuadro no era tan negro como se había pintado en un principio. Ya he explicado que todo esto era fruto del nihilismo de los noventa, patente ya en la dedicatoria que escribí a mi amigo Bentley, quien había vivido una etapa y unos problemas parecidos, y en la que preguntaba retóricamente: “¿Quién puede comprenderlo sino tú?” Un crítico respondió con mucha sensatez diciendo que si nadie salvo Mr. Bentley entendía el libro, no parecía razonable pedir a otros que lo leyeran.

»Pero hablo de ello aquí porque, aunque sucedía al principio de la historia, estaba destinado a significar otra cosa antes del final de la novela. Sin aquel lejano efecto final, el recuerdo puede parecer tan absurdo como el libro, pero de momento sólo puedo dejar aquí constancia de los dos hechos que, de alguna forma y en cierto sentido, conseguí ratificar. En primer lugar, intentaba de una manera vaga fundar un nuevo optimismo, no sobre el máximo bien sino sobre el mínimo. No me importaba demasiado el pesimista que se quejaba de que lo bueno existiera en una proporción tan pequeña, sino que me enfurecía —al borde del asesinato— el pesimista que preguntaba para qué servía lo bueno. En segundo lugar, incluso en los primeros tiempos y por los peores motivos, yo ya sabía demasiado como para fingir que me libraba del mal. Al final, introduje un personaje que, con total comprensión de lo que hace, realmente rechaza y desafía al bien. Mucho después, el padre Ronald Knox, con aquel modo suyo tan singular, me dijo que estaba seguro de que usarían el resto del libro para probar que yo era un panteísta y un pagano, y que los futuros críticos demostrarían fácilmente que el episodio del Acusador era una interpolación escrita por algún cura.

»Ese no era el caso, sino realmente todo lo contrario. En aquella época, me habría molestado tanto como a cualquier otro escritor en millas a la redonda si hubiera descubierto que un cura se metía en mis asuntos o hacía acotaciones a mis manuscritos. Escribí aquella declaración en la novela para dar testimonio del peor pecado (el imperdonable pecado de no desear ser perdonado), no porque lo hubiera aprendido de algunos de los millones de curas que nunca había conocido, sino porque lo había aprendido de mí mismo. Yo ya estaba bastante seguro de que, si lo deseaba, podía apartarme de la vida completa del universo. Cuando le preguntan a mi esposa quién la convirtió al catolicismo, siempre responde: “el diablo”.

»Pero todo aquello sucedió tanto tiempo después que no guarda relación con la filosofía llena de vacilaciones y conjeturas de la novela en cuestión. Preferiría citar el homenaje de un hombre totalmente distinto que fue, no obstante, uno de los pocos que, por una u otra razón, han sacado algo en limpio de esta desgraciada historia de mi juventud. Era un distinguido psicoanalista de los más modernos y científicos, no un cura, ni mucho menos; podríamos decir como el francés al que le preguntaron si había almorzado en el bote: “au contraire”. No creía en el demonio, Dios no lo quisiera, si es que existía algún Dios para quererlo. Pero era un entusiasta y vehemente estudioso de su especialidad, y me puso los pelos de punta cuando me comentó que había encontrado muy útil aquella novela mía de juventud como remedio para sus pacientes más patológicos; sobre todo, el proceso por el que los anarquistas más diabólicos resultan ser buenos ciudadanos disfrazados. “Conozco unos cuantos hombres que casi se volvieron locos —dijo gravemente—, pero se salvaron porque habían entendido realmente El hombre que fue jueves.” Es posible que fuera generosamente exagerado y por supuesto, es posible que él mismo estuviera loco, pero entonces también lo estaba yo. Confieso que me halaga pensar que, en aquella época mía de locura, pude resultar de alguna utilidad a otros lunáticos.»

La novela tuvo una considerable repercusión y fue rápidamente traducida a las principales lenguas. El gran escritor mejicano Alfonso Reyes (1889-1959) llevó a cabo la excelente versión española, y le antepuso un Prólogo muy interesante, fechado en 1919. Es la vieja edición de Austral. Más tarde la profesora Alicia Bleiberg (n. 1938) realizó otra, también excelente, para Alianza. Como ambas traducciones están todavía protegidas por los derechos de autor, hemos preparado otra más, que lógicamente no podrá competir con aquellas; tan sólo se propone salir del paso. Fueron también muy numerosas las adaptaciones radiofónicas de la novela, y entre todas debemos mencionar la que realizó en 1938 Orson Welles para el Mercury Theatre on the Air, unas semanas antes de la tan célebre emisión de La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Podemos imaginar qué papel habría hecho como Domingo el desaforado Orson en una conjetural película sobre la novela...

En Clásicos de Historia ya incluimos en su día otra novela de Chesterton, La esfera y la cruz, publicada en 1909, en la traducción de Manuel Azaña.

Ilustración de Chesterton para otra historia.

sábado, 11 de julio de 2026

Rajani Palme Dutt, Los cambios de rumbo del comunismo británico en los años treinta

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Rajani Palme Dutt (1896-1974) fue un importante dirigente del Partido Comunista de Gran Bretaña, que formó parte de su Comité ejecutivo desde 1923 hasta 1965, y durante varios años se ocupó de distintas responsabilidades en la Comintern. Entre 1939 y 1941 fue nombrado secretario general del Partido en sustitución de Harry Pollit, que lo venía siendo desde 1929, y que recuperaría el cargo en 1941, conservándolo hasta 1956. Dutt ocupó la secretaría general en la etapa más delicada del Partido, cuando obedeciendo las directrices de Moscú hubo de rechazar la resistencia británica contra Alemania. Fue también uno de los principales teóricos del partido, con una abundante producción escrita. Fundó y dirigió la revista Labour Monthly, y fue editor del semanario Workers’ Weekly, antecesor del conocido The Daily Worker, periódico oficial del Partido. Junto a sus numerosos folletos propagandísticos, escribió libros tan influyentes como Fascism and social revolution (1935), India Today (1940, muy ampliados en sucesivas reediciones), y The crisis of Britain and the British Empire (1952).

Dutt fue, por tanto, un destacado estalinista, fiel cumplidor de la línea general establecida por Moscú, para cuya aplicación se empleó a fondo en sus cargos orgánicos y con sus dotes publicistas. Ha de tenerse en cuenta que durante esa época los Partidos Comunistas ortodoxos fueron en la prácticas meras secciones del Partido Comunista de la Unión Soviética. Y esto fue especialmente evidente durante la década de los treinta, desde la Gran Depresión hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando los cambios de rumbo del Partido se hicieron constantes. Incluimos en esta entrega de Clásicos de Historia una selección de artículos, folletos y un pasaje de uno de sus libros, publicados todos ellos en los años treinta que muestran perfectamente la agudeza con que justifican estos pronunciados meandros políticos.

* * *

La Gran Depresión se percibió por parte del comunismo como la crisis definitiva del capitalismo, que iba cambiando su ropaje democrático parlamentario por el del fascismo, sin alterar su esencia explotadora. En el folleto de 1931 ¿Capitalismo o socialismo en Gran Bretaña? Dutt se enfrenta y condena a los «muchos aspirantes a reformadores del capitalismo, incluidos los propagandistas del Partido Laborista y el Partido Laborista Independiente.» El laborismo está en el gobierno desde hace dos años, «y la desilusión no se ha hecho esperar. La situación de los trabajadores ha empeorado; no hay señales de avance hacia el socialismo; el gobierno laborista ha actuado como representante del capitalismo en contra de los trabajadores.» Y es que «el reformismo en el período de extrema decadencia capitalista se convierte inevitablemente en social-fascismo.» Por ello, «es necesario romper con el Partido Laborista, sí. Esta es la condición para avanzar; pues el Partido Laborista se ha convertido en el principal instrumento del capitalismo para la esclavitud de los trabajadores y en el principal obstáculo para la revolución socialista.»

En 1933, con la subida de Hitler al poder, el Partido Comunista propone la creación de un Frente Obrero junto con el Partido Laborista y las organizaciones sindicales, naturalmente aplicando las políticas revolucionarios que los comunistas propugnan. Ante el rechazo laborista y sindical, Dutt en su Democracia y fascismo, señala cómo aquellos «a los trabajadores que sufren el látigo del ataque capitalista, la violencia capitalista y la destrucción capitalista de las formas democráticas, solo les ofrecen un sermón de principios abstractos sobre las bellezas de la democracia y los métodos pacíficos… Así, el Partido Laborista rechaza el frente unido de la clase trabajadora contra el fascismo, pero se une al frente unido con el capitalismo (y con el fascismo) contra el comunismo.» Y concluye: «El Partido Laborista británico ya está contribuyendo al desarrollo del Estado capitalista británico hacia el fascismo. Llegado el momento, se adaptará al fascismo, tal como lo hizo la socialdemocracia alemana.»

Dos años después, Dutt publica un pormenorizado volumen en este sentido; Fascim and social revolution. A Study of the Economics and Politics of the Extreme Stages of Capitalism in Decay. En un apéndice final, Fascismo y Anti-Fascismo, junio 1934-marzo 1935, explica los éxitos que ha cosechado la política del Frente Unido contra el capitalismo, ya sea parlamentario o fascista, en aras de la revolución social. Y como mejor ejemplo, la Revolución de Asturias. Y sin embargo, «el Partido Laborista británico y algunos otros partidos socialdemócratas, especialmente los escandinavos, los neerlandeses, los belgas, los suizos y los checoslovacos, se opusieron activamente al Frente Unido e incluso desarrollaron medidas disciplinarias ampliadas para impedir su realización.» Y la explicación de esta actitud es patente: «no se excluye la posibilidad de que el fascismo en dificultades pueda recurrir a la colaboración de una sección de la dirigencia socialdemócrata y sindical antigua, como lo hicieron Primo de Rivera en España, Pilsudski en Polonia, el fascismo búlgaro, etc.»

Pero unos pocos meses después, Stalin decide una nueva estrategia totalmente opuesta: es necesario ponerse de acuerdo no sólo con los motejados hasta entonces como social-fascistas, sino incluso con las fuerzas burguesas de izquierda; son los Frentes Populares. La revolución social se deja ad calendas graecas, y, sorprendentemente, lo importantes ahora es salvar la hasta ahora denigrada democracia parlamentaria y capitalista. A Dutt, en El Frente Popular, no le supondrá ningún problema defender la nueva política: «Tal concentración de fuerzas es esencial si queremos ganar la batalla presente por la paz y contra la reacción.» Naturalmente, se elude cualquier reconocimiento del viraje trascendental que supone, ya que podría interpretarse como signo de debilidad. Simplemente deja de identificarse a liberales y socialistas con el fascismo. Eso sí, se recalca que el Frente Popular no es una mera coalición electoral, «sino la acción unida de las masas en la lucha.»

Al año siguiente, en Gran Bretaña y España, Dutt se congratula del éxito que supone para el Partido Comunista el estallido de la guerra civil española, y cita el primer manifiesto de la Internacional Comunista (1919): «La guerra civil se impone a las clases trabajadoras por sus archienemigos. La clase trabajadora debe responder golpe por golpe, si no quiere renunciar a su propio objetivo y a su propio futuro, que a la vez es el futuro de toda la humanidad. Los Partidos Comunistas, lejos de conjurar la guerra civil...» Naturalmente, «esto no es una guerra entre dos sectores del pueblo español. Es una guerra de las fuerzas mundiales de la reacción y el fascismo contra el pueblo español y su gobierno electo.» El comunismo británico se considera beligerante, y promoverá la participación por medio de las Brigadas Internacionales. Pero el gran objetivo en el artículo consiste en combatir el Pacto de No Intervención, por el que se rechaza suministrar armamento a los contendientes. Y para ello Dutt se reviste de un novedoso y paradójico respeto a las burguesas legalidades democrática e internacional.

Pero en 1938, en Después de Munich, con el acuerdo de Chamberlain y Daladier con Hitler y Mussolini, Dutt deja vislumbrar un nuevo cambio. Ahora, cuando la nueva guerra se da por segura, el viejo Frente Unido contra el capitalismo, que se sustituyó por el Frente Popular contra el fascismo, vuelve a transformarse, ahora en un Frente por la Paz: «Están en juego la existencia y el futuro de la democracia en Francia, en Gran Bretaña y en Europa, así como la paz mundial.»

En agosto de 1939 culmina el viraje y se hace necesario defender una nueva política. La URSS de Stalin y la Alemania de Hitler han llegado a un acuerdo, en parte secreto, para repartirse los países situados entre ambas potencias. Ha estallado la guerra, y la Unión Soviética atacará sucesivamente a Polonia, los países bálticos y Finlandia, eso sí, en nombre de la Paz. El 1 de noviembre de ese año, cuando Gran Bretaña y Francia han declarado la guerra únicamente a Alemania por el ataque a Polonia, Dutt publica ¿Por qué esta guerra? y deja claro que los comunistas rechazan la guerra contra la Alemania nazi: «Esta guerra no es una guerra por la democracia contra el fascismo. No es una guerra por las libertades de las naciones pequeñas. No es una guerra para defender la paz contra la agresión.»

La verdadera causa de la declaración de la guerra a Alemania por parte del gobierno británico, es que ¡Alemania ha dejado de ser antisoviética! Por eso Chamberlain quiere «imponer en Alemania una nueva forma de gobierno que, si bien mantendrá al pueblo alemán sometido, obedecerá a los financieros británicos y franceses y llevará a cabo sus objetivos antisoviéticos.» Es más, «Polonia ha sido sacrificada deliberadamente por los estadistas británicos y franceses para proporcionar la ocasión para su guerra de saqueo.» Sólo la URSS ha ayudado al pueblo polaco, y por eso «la liberación de los pueblos de Ucrania Occidental y Rusia Blanca Occidental será recibida con beneplácito por todo demócrata y socialista. En lugar de los antiguos pogromos, la opresión nacional y la servidumbre a los terratenientes, los campesinos conquistan el poder, se adueñan de la tierra y se integran al legado de la prosperidad y la cultura socialistas. Esta transformación tendrá, inevitablemente, repercusiones de gran alcance en sus vecinos, incluyendo al pueblo de Polonia Occidental, que pasó de estar bajo el yugo de sus antiguos opresores fascistas a caer bajo el dominio del invasor nazi, pero cuya liberación llegará con el colapso del régimen nazi.»

En conclusión: «La continuación de esta guerra no beneficia ni al pueblo llano de este país ni a ninguno de los países en guerra. Esto solo beneficia a un puñado de tiburones y buitres que obtienen millones de ganancias a costa de las necesidades del pueblo y del derroche de dinero público destinado a la financiación de la guerra. Sólo beneficia a la minoría gobernante que desea destruir la democracia e instaurar el fascismo en Gran Bretaña.» Y por ello, «el Gobierno debe verse obligado a firmar la paz. Exigimos un armisticio inmediato y la convocatoria de una conferencia de paz.»

El gobierno británico dejará de ser fascista, y la Paz dejará de ser urgente y necesaria a cualquier precio, no durante la Batalla de Inglaterra, sino con la Operación Barbarroja, cuando Alemania ataque a la Unión Soviética. En el artículo del 8 de julio de 1941 Gran Bretaña y la Unión Soviética Dutt expone: «El conflicto presente abre a escala mundial la línea básica de división entre fascistas y los amigos reaccionarios del fascismo por un lado, y por el otro, las fuerzas de la libertad alineadas con la Unión Soviética... en esta nueva situación se ha anunciado un acuerdo temporal por parte del gobierno británico para la colaboración con la Unión Soviética.» Y luego: «La declaración de colaboración entre Gran Bretaña y la Unión Soviética abren el camino a una colaboración real y efectiva entre ambos pueblos para la derrota del fascismo. Pero no hay lugar para delirios. Las fuerzas reaccionarias profascistas y antisoviéticas en Gran Bretaña continúan poderosas y activas. Para el momento se cuidan de ocultar sus rostros y se expresa mucho sentimiento a favor de una estrecha asociación.» De ello se deduce que hasta ahora, han sido las fuerzas reaccionarias profascistas y antisoviéticas británicas las que han estado luchando contra Hitler…

Concluimos con dos necrológicas que se publicaron tras el fallecimiento de Dutt en 1974. Una de ellas es del secretario general de Partido Comunista John Gollan (1911-1977), que había sucedido a Harry Pollitt en el cargo en el año 1956. La otra es de Jim Higgins (1930-2002), que abandonó el Partido Comunista en 1956 en protesta por la invasión soviética de Hungría, y desde entonces militó en partidos comunistas independientes de carácter revolucionario.

Manifestantes comunistas en Londres (1936)

miércoles, 1 de julio de 2026

Víctor de Tunnuna, Cronicón

El emperador Zenón

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Desde fecha temprana, algunos intelectuales cristianos se apresuran a estudiar e interpretar la historia, con el propósito de relacionar la tradición clásica greco-romana con la bíblica y la posterior cristiana. Quizás podemos considerar como iniciador de esta tarea a Eusebio de Cesarea (263-339) autor de una Crónica, Παντοδαπὴ ἱστορία, que resultó fundamental. En esta obra se recogen y se citan pormenorizadamente numerosas fuentes, de las que en ocasiones sólo se han conservado estos fragmentos (es el caso de Manetón, Beroso y Megástenes). Dicha Crónica será traducida al latín por Jerónimo de Estridón (340-420), que la amplía al continuar el registro de los principales acontecimientos de su tiempo. Por entonces el hispano Paulo Orosio (383-420) compone la primera gran historia universal romano cristiana, gran esfuerzo de síntesis e interpretación.

Pero son mucho más abundantes los humildes continuadores de Eusebio y de Jerónimo, que se limitan a registrar aquellos acontecimientos de los que tienen noticia directa o indirectamente. Entre ellos están Próspero de Aquitania (390-455), Idacio de Chaves (400-469),Víctor de Tunnuna († 570), Juan de Biclaro (540-621), e Isidoro de Sevilla (560-636). Algunos lectores de estas Crónicas manuscritas que tan penosamente se difunden, incluso desean colaborar, anotando al margen, en el epígrafe con la fecha correspondiente, los hechos que han llegado a su conocimiento. Es lo que hizo un anónimo habitante de la Tarraconense, quizás de Zaragoza, que enriquece así con marginalia su ejemplar del Cronicón de Víctor de Tunnuna. Mommsen los recogió y publicó con el nombre de Crónica Caesaraugustana (450-568).

Pues bien, hoy presentamos la Crónica que redactó el obispo Víctor de Tunnuna, ciudad del África proconsular sufragánea de Cartago, y en su vida bajo el dominio primero del reino de los vándalos, y luego del emperador romano Justiniano. Aymenn Jawad Al-Tamimi nos la presenta así en su traducción inglesa del Cronicón:

«Víctor de Tunnuna fue un obispo del norte de África (probablemente de la actual Túnez) que vivió en el siglo VI d. C. y defendió con firmeza lo que consideraba la verdadera ortodoxia católica, tanto al afirmar las actas del Concilio de Calcedonia (451 d. C.) en su totalidad como en sus detalles. Por ello, fue un defensor acérrimo de la visión cristiana convencional actual de que Cristo tenía dos naturalezas en una sola persona (una naturaleza plenamente humana y una naturaleza plenamente divina). Además, abrazó la visión ortodoxa de las tres personas de la Trinidad (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) como consustanciales y coeternas, en contraposición a los vándalos arrianos que dominaron su región hasta su exterminio por los bizantinos.

»A la luz de las inquietudes teológicas de Víctor, gran parte de su crónica, que constituye una continuación de la crónica de Próspero de Aquitania y abarca un período de poco menos de 125 años (c. 444-567 d. C.), consiste en entradas que tratan sobre la oposición al Concilio de Calcedonia, representada principalmente por las corrientes miafisitas y/o monofisitas (es decir, aquellos que sostenían que Cristo tenía una sola naturaleza en lugar de dos), y posteriormente sobre la controversia en torno a tres capítulos específicos del Concilio. Por su defensa de estos tres capítulos, en contraposición a la supuesta oposición del emperador bizantino Justiniano, Víctor sufrió repetidos encarcelamientos, palizas y exilio. También parece haber muerto en el destierro.

»El enfoque geográfico de la crónica se centra en la región natal del autor, el norte de África, y en los territorios del Imperio Romano de Oriente (que sobrevivió al colapso del Imperio Romano de Occidente y que posteriormente se conocería como el Imperio Bizantino). Italia, corazón del antiguo Imperio Romano de Occidente, recibe poca atención en cuanto a los acontecimientos políticos posteriores a su colapso, centrándose la atención en la sucesión de los obispos de Roma (es decir, los papas católicos). Mientras tanto, España no se menciona en absoluto.»

Vasili Súrikov, El concilio de Calcedonia (1876)

domingo, 21 de junio de 2026

Isidoro de Sevilla, Varones ilustres

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Completamos con esta entrega la terna de obras históricas de Isidoro de Sevilla (aprox. 556-636), tras la Crónica Universal y la Historia de los reyes godos, vándalos y suevos. A ellas añadimos ahora los Varones ilustres, que presentamos en su original latino y una traducción propia. El gran latinista Jacques Fontaine (1922-2015), en su espléndido Isidoro de Sevilla. Génesis y originalidad de la cultura hispánica en tiempos de los visigodos (Madrid 2002) se refería así a esta obra:

«Jerónimo había querido mostrar, el año 384, la creatividad literaria de los cristianos, realizando un primer catálogo de ciento diecisiete noticias en las que incluía al menos los nombres de los autores y los títulos de sus obras; lo había titulado, a la antigua Hombres ilustres. Hacia el año 470, Genadio de Marsella lo completó con un segundo opúsculo que llevaba el mismo título. El de Isidoro de Sevilla, escrito entre el 615 y el 618, bajo el reinado de Sisebuto, había sido precedido, probablemente, en el siglo VI, por otro catálogo, africano o español, que la tradición manuscrita no debía de asociar al de Isidoro hasta el siglo XII. El estudio reciente de esta tradición ha permitido distinguir estos dos estratos, todavía confundidos en la versión larga en 48 capítulos publicada por Arévalo en el siglo XVIII. De ellos, sólo el primero y los treinta y tres últimos son considerados hoy como obra de Isidoro.

»En este De uiris de Isidoro está representada España por 12 noticias, Italia por 7 y África por 6, la Galia y el Oriente griego por cuatro cada uno. Las noticias hispánicas proporcionan una idea del trasfondo cultural del siglo VI, sobre el que se destaca, en Sevilla, la actividad literaria de Isidoro. En él se percibe la importancia de lo que hemos llamado hace algunos años los prerrenacimientos periféricos, acaecidos en el contorno de la península.

»De ello dan testimonio Justo de Urgel, Máximo de Zaragoza y Juan de Gerona en la Tarraconense; Liciniano de Cartagena, Justiniano de Valencia y Eutropio (monje venido de África) en la Cartaginense; Apringio de Beja, de cuyo comentario al Apocalipsis tomó mucho Isidoro, en el sur de la Lusitania; la alta figura monástica y pastoral de Martín de Braga en el noroeste, en el antiguo reino suevo; y por último, en la Bética, Severo de Málaga —del que tal vez se ha identificado recientemente un extenso fragmento de epopeya bíblica en versos hexámetros, conservado en un manuscrito de Maguncia—, por no añadir aquí nada sobre Leandro de Sevilla, a quien Isidoro consagra la noticia más extensa, después de la dedicada a su amigo el papa Gregorio.

»Aparte de Juan (Crisóstomo) sólo aparecen tres orientales, y tratados de una manera bien mezquina, empezando por una noticia minúscula sobre el gran emperador Justiniano. Isidoro no retiene en esencia de sus obras —medio siglo después de su muerte— más que los rescriptos dirigidos por él contra los defensores africanos de los Tres Capítulos.»

Pero hay una importante aunque lógica carencia en los Varones ilustres: no figura el propio Isidoro de Sevilla, cumbre de los intelectuales de aquellos siglos, repetidamente copiado por toda Europa, y uno de los primeros autores cuya obra fue impresa en el siglo XV. Lo solucionamos agregando en apéndice la Renotatio que le dedica su discípulo, colaborador y amigo Braulio de Zaragoza.

Otro aspecto a subrayar es el hecho de que la práctica totalidad de los retratados son clérigos: diáconos, presbíteros, abades, obispos y papas. Quedan al margen una mujer, Proba esposa de Adelfio, y el emperador Justiniano. En otros dos casos, Toranio Rufino y el galo Juliano, no se especifica su estado. Eso sí, la práctica totalidad de las obras que se citan son de temática religiosa: Sagradas Escrituras, reflexión teológica, herejías, reglas monásticas, decretales y rescriptos, moralidad, etc. Pero no faltan otros asuntos, especialmente los referentes a la historia (Idacio, Víctor de Tunnuna, además de los citados más arriba), y en ocasiones se expresa que el autor citado es «hombre versado en los estudios liberales», algo que se sobreentiende en los demás. Son numerosas las referencias a la versificación, a la calidad del estilo, y al recuerdo y aprovechamiento de los autores clásicos, como hace la mencionada Proba con Virgilio.

Es evidente que en el siglo VI la alta cultura del Occidente europeo es eminentemente religiosa, y que Isidoro nos proporciona un elenco de intelectuales cristianos en su inmensa mayoría eclesiásticos. En cierta época se juzgó este hecho como síntoma de un retroceso cultural o de una cultura inferior. Ahora bien, no sabemos si ocurrió que la alta cultura se reservaba a los intelectuales clérigos, o si más bien los intelectuales creadores de la alta cultura consideraban lógico hacerse clérigos, del mismo modo que hoy se hacen profesores universitarios. Se podría alegar que el saber de entonces se basaba en una creencia. Pero lo mismo se puede afirmar del saber actual, que descansa también en múltiples creencias consideradas hoy evidentes e indiscutibles, entre ellas la de que cualquier tiempo pasado fue peor. En realidad, ambas altas culturas, la del siglo VI y la del siglo XXI, representan esfuerzos denodados por comprender, explicar y remediar el mundo en el que se vive; y en mayor o menor grado, sus esfuerzos obtienen unos resultados relativos pero apreciables. Y quizás lo más satisfactorio sea observarlas en sus avances, sus retrocesos, sus hallazgos y sus limitaciones, sin descalificaciones globales ni prejuicios (juicios previos), y valorándolas cada uno desde sus propios presupuestos libre y conscientemente elegidos.

* * *

En ésta y en otras entradas de Clásicos de Historia hemos utilizado como retrato de Isidoro un fragmento de la miniatura que aquí presentamos completa. Procede de un ejemplar de las Etimologías del siglo X (Codex 167 Einsielden, Suiza), y aparecen dos figuras identificadas como Braulio e Isidoro. Pero gracias a Ignacio Cabello Llano averiguo que en realidad representaban a Isidoro y su escriba, y que en un momento posterior fueron alteradas las inscripciones. La figura entronizada de la izquierda, con palio y báculo episcopales, pasó a ser el obispo de Zaragoza Braulio, y la derecha, en pupitre, con pluma y estilete, se convirtió en Isidoro.

Sin embargo existen otras miniaturas que emparejan a Isidoro y Braulio, como la que incluimos a continuación. Pertenece al Codex Monacensis latinus 13031, de Baviera, y es del siglo XI.

jueves, 11 de junio de 2026

Gareth Jones, Un periodista galés en la Unión Soviética (1930-1935)

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La víspera de cumplir treinta años, tras apenas cinco de carrera periodística, Gareth Richard Vaughan Jones fue asesinado por los bandidos que lo habían secuestrado, en algún lugar de la Mongolia china, colindante tanto con la Unión Soviética como con la Manchuria ocupada por Japón. El ex primer ministro británico David Lloyd George recordaba así al que había sido su secretario:

«Esa parte del mundo es un hervidero de intrigas y conflictos, y seguramente uno u otro grupo de personas involucradas sabía que el señor Gareth Jones estaba demasiado al tanto de lo que sucedía. Le apasionaba descubrir qué ocurría en tierras extranjeras, dondequiera que hubiera problemas, y en el discurrir de sus investigaciones no rehuía ningún peligro. Siempre temí que se arriesgase demasiado. Nada escapaba a su observación, y no permitía que ningún obstáculo lo desviara de su camino cuando creía que había algún dato que podía obtener. Tenía la habilidad casi infalible de llegar a lo que importaba.»

Gareth Jones (1905-1935) tuvo una preparación, una actividad y una influencia considerable a pesar de su corta vida. Con una extraordinaria capacidad para las lenguas, además de sus nativos galés e inglés, hablaba francés, alemán y ruso. Esto le permitió contactar directamente con la gente corriente de muchos países, más allá de la esfera oficial. Fue principalmente un periodista independiente, que publicó sus reportajes, crónicas y entrevistas en un gran número de periódicos británicos y norteamericanos, aunque mantuvo una especial relación con The Western Mail, de Cardiff. Se interesó especialmente por los estados totalitarios de los años treinta, a todos los cuales viajó: Unión Soviética, Alemania y Japón; y en general, por las relaciones internacionales. Pero no descuidó asuntos más próximos, como Irlanda y su Gales natal.

La mayor repercusión de su trabajo la obtuvo con sus artículos sobre la hambruna soviética. Viajó a la URSS en 1930, 1931 y 1933, y en los sucesivos artículos que publica se puede apreciar cómo se deteriora progresivamente la situación económica y social con la colectivización agraria. En su último viaje logra desembarazase de la tutela gubernamental y recorre a pie zonas rurales de Ucrania, donde comprueba la extrema gravedad de la hambruna. Nada más salir del país convoca en Berlín una conferencia de prensa en la que denuncia la catastrófica situación en que se encuentra el mayoritario campesinado de Ucrania y otras zonas. Corrobora así lo que había expresado por esas mismas fechas Malcom Muggeridge en los artículos que incluimos en la pasada entrega de Clásicos de Historia.

Los informes tuvieron una enorme difusión, y naturalmente fueron rechazados rápidamente por intelectuales de izquierda y compañeros de viaje. El corresponsal de The New York Times, Walter Duranty, se apresuró a negar la hambruna y a minimizar aquellas dificultades alimentarias. Las justificó, además, de un modo que será recordado: «Pero, para decirlo sin rodeos, no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos.» En su respuesta, Gareth Jones denuncia el esfuerzo por maquillar la terrible situación: «A la hambruna la llaman eufemísticamente escasez de alimentos y suavizan la expresión morir de hambre para que se lea como mortalidad generalizada por enfermedades debidas a la desnutrición

Hemos tomado estos modélicos ejemplos de investigación periodística de la excelente web de The Gareth Jones Society, con la que su familia y amigos velan por la memoria y la obra de este gran periodista. Son unos cuarenta artículos publicados en The News Chronicle, The Times, The Western Mail, New York Evening Post, The Daily Express, The London Evening Standard, The New York Times, New York American, y Los Angeles Examiner. Quizás puedan resultar un tanto reiterativos, ya que las anécdotas y las reflexiones se repiten necesariamente. Y sin embargo este hecho puede contribuir a que el lector reciba un poderoso efecto acumulativo de la angustia y desesperación que trasmiten al autor los campesinos ucranianos con los que convive.

Ivan Vladimirov, Lección de comunismo a los campesinos

lunes, 1 de junio de 2026

Malcolm Muggeridge, La denuncia de la hambruna soviética

Retrato por Amrita Sher-Gil, 1935

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Las catástrofes humanas (que no humanitarias) se producen por causas naturales o por la acción del hombre, y en este segundo caso con frecuencia son consideradas como meros daños colaterales, consecuencias no deseadas o no previstas (aunque por lo general previsibles). Pero en ocasiones la catástrofe parece ser el fin realmente buscado con unas acciones determinadas. Es el caso de la hambruna que en los años treinta asoló buena parte de la Unión Soviética: especialmente Ucrania, pero también el Cáucaso, Asia central y otras zonas. Posiblemente su objetivo fue doble: sojuzgar definitivamente al campesinado imponiendo la colectivización de la agricultura, y doblegar a las poblaciones culturalmente no rusas.

Sus trágicos resultados, evidentes sobre el terreno, se pretendió que fueran rigurosamente ignorados en el extranjero mediante una cerrazón informativa severa, y también por medio de una propaganda desbocada, en buena parte gracias a la afectuosa colaboración de los numerosos compañeros de viaje occidentales. Sólo unos pocos periodistas, como Muggeridge o Gareth Jones, fueron capaces de atravesar el cordón sanitario establecido por las autoridades soviéticas, visitar las zonas afectadas, y alertar a la opinión mundial.

Malcolm Muggeridge (1903-1990) fue un destacado periodista y escritor británico. Socialista convencido, se trasladó a Moscú en 1932 como corresponsal de The Manchester Guardian. En marzo de 1933 envía por valija diplomática las tres primeras crónicas sobre la hambruna que llegan a Occidente, con el título general de El Soviet y el campesino. Notas de un observador. Aunque su periódico las publica (sin identificar a su autor, como era usual), las evidencias que presenta chocan con su línea editorial. Muggeridge es despedido, y expulsado lógicamente de la URSS. Poco después publicará otra serie de artículos bajo el título Rusia al descubierto, ahora en el diario conservador The Morning Post. Son los artículos que reproducimos aquí en traducción propia. 

También incluimos, como anexo, la carta pública del también periodista Gareth Jones en corroboración de los artículos de Muggeridge; un pasaje de la obra de éste último The Thirties in Great Britain, publicada en Londres en 1940, en el que se refiere a los numerosos intelectuales y periodistas compañeros de viaje de los comunistas, admiradores absolutos de la URSS, que naturalmente se posicionaron en contra de las informaciones de Muggeridge; y como representación de estos últimos, otra carta pública de Bernard Shaw, también de 1933.

En Clásicos de Historia disponemos de un cierto número de obras en las que sus autores quieren transmitir su experiencia personal en la Unión Soviética: el comunista Anton Makarenko, el socialista Fernando de los Ríos, el anarquista Ángel Pestaña, el conservador belga Joseph Douillet, el periodista liberal Manuel Chaves Nogales. Y también sus análisis: el norteamericano John Reed, los españoles Francisco Cambó y Andrés Nin, y el británico Francis Yeats-Brown.

Iván Vladimirov, Requisando el trigo en las cercanías de Pskov, 1922

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Como complemento, traducimos aquí el artículo que Ian Hunter en Report Magazine del 27 de marzo de 2000, con el título A tale of truth and two journalists. Ian Hunter es profesor emérito de la Facultad de Derecho de la Universidad de Western Ontario y fue el primer biógrafo de Malcolm Muggeridge.

UNA HISTORIA VERDADERA Y DOS PERIODISTAS

Cuesta creer que haya pasado una década desde la muerte de Malcolm Muggeridge el 14 de noviembre de 1990. Siendo uno de los periodistas más fascinantes, casi no pasa un día sin que recuerde alguna de sus reflexiones o me maraville de nuevo ante su visión profética.

La integridad periodística de Muggeridge se forjó a raíz de una experiencia traumática: en 1932 viajó a Moscú como corresponsal de The Manchester Guardian. Las dos grandes obsesiones de Joseph Stalin —la colectivización de la agricultura y la deskulakización de los campesinos— se encontraban entonces en su apogeo más sangriento, pero pocos occidentales podrían haberlo intuido a partir de la servil cobertura periodística extranjera. El máximo exponente de la prensa en Moscú era Walter Duranty, del New York Times. Joseph Alsop diría más tarde de él: «Mentir era el oficio de Duranty.»

Durante dos décadas, Duranty fue el corresponsal extranjero más influyente en Rusia. Sus crónicas eran consideradas fidedignas; de hecho, Duranty contribuyó a moldear la política exterior norteamericana. Su biógrafa, Susan Taylor (autora de Stalin’s Apologist, Oxford University Press, 1990), ha demostrado que los reportajes de Duranty fueron un factor crucial en la decisión del presidente Roosevelt en 1933 de reconocer oficialmente a la Unión Soviética.

Duranty, un hombrecillo poco atractivo, hipersexualizado y con una pierna de palo, falsificó hechos, difundió mentiras y medias verdades, inventó sucesos que nunca ocurrieron e hizo la vista gorda ante la hambruna provocada por el hombre que causó la muerte por inanición de más de 14 millones de personas (según una Comisión Internacional de Juristas que examinó esta tragedia entre 1988 y 1990). Cuando comenzaron a filtrarse fragmentos de la verdad, Duranty acuñó la frase: «No se puede hacer una tortilla sin romper huevos». Esta frase, o alguna variante, ha resultado útil desde entonces para una gran variedad de ideólogos que sostienen que un fin noble justifica los medios viles. Sin embargo, cuando el comité del Pulitzer le otorgó el premio a Duranty (en 1932, en el apogeo de la hambruna), citaron su «erudición, profundidad, imparcialidad, buen juicio y excepcional claridad».

Una historia que circulaba entre los informantes de Moscú que intentaban explicar a Duranty era que era necrófilo; a cambio de reportajes favorables, las autoridades soviéticas podrían haberle permitido acceso nocturno sin supervisión a las morgues de la ciudad. Sea cierto o no (y la biógrafa de Duranty, Susan Taylor, deja esta cuestión abierta), lo cierto es que el régimen ejercía algún tipo de control sobre Duranty; lo colmaban de privilegios: un lujoso apartamento, un automóvil y caviar fresco a diario.

Entra entonces en escena Malcolm Muggeridge. En la primavera de 1933, Muggeridge hizo algo audaz: sin permiso, emprendió un viaje en tren a través de lo que antes había sido el granero de la Unión Soviética, Ucrania y el Cáucaso Norte. Muggeridge jamás olvidó lo que presenció. En una serie de artículos que sacó clandestinamente en la valija diplomática, describió una hambruna provocada por el hombre que se había convertido en un holocausto: millones de campesinos muriendo como ganado hambriento, a veces a la vista de graneros repletos, custodiados por el ejército y la policía. «Una madrugada, en una estación de tren, vi una fila de personas con las manos atadas a la espalda, siendo empujadas a punta de pistola hacia vagones de ganado; todo tan silencioso, misterioso y horrible en la penumbra, como un macabro ballet». En una granja cooperativa alemana, un oasis de prosperidad en la colectivización del desierto, vio a campesinos arrodillados en la nieve, mendigando un trozo de pan. En su diario, Muggeridge escribió: «Sea lo que sea que haga o piense en el futuro, jamás fingiré no haber visto esto. Las ideas van y vienen; pero esto es más que una idea. Son campesinos arrodillados en la nieve pidiendo pan. Algo que he visto y comprendido.»

Pero pocos le creyeron. Sus despachos fueron recortados. Fue despedido por The Guardian y obligado a abandonar Rusia. Muggeridge fue vilipendiado, calumniado y difamado, sobre todo en las páginas de The Manchester Guardian, donde la simpatía por lo que se denominaba «el gran experimento soviético» era la norma. La voz de Walter Duranty encabezó el coro de denuncias y negaciones, aunque en privado Duranty le comentó a un conocido del Ministerio de Asuntos Exteriores británico que al menos diez millones de personas habían muerto de hambre, añadiendo, con su característico humor: «Pero sólo son rusos.»

Beatrice Webb (tía política de Muggeridge) admitió que «en la Unión Soviética, la gente desaparece», pero aun así calificó los informes de Muggeridge sobre la hambruna como «viles mentiras». El reverendo Hewlett Johnson, decano de Canterbury, aplaudió la «firmeza y generosidad» de Stalin. George Bernard Shaw realizó una gira relámpago y se declaró plenamente satisfecho de que hubiera comida suficiente para todos en el paraíso obrero.

Si bien la reivindicación tardó en llegar, no pudo ser más dulce que cuando la biógrafa de Duranty, Susan Taylor, escribió en 1990: «De no ser por los relatos de Muggeridge sobre la hambruna de la primavera de 1933 y su tenaz crónica del suceso, las consecuencias del crimen para quienes lo sufrieron bien podrían haber permanecido ocultas al escrutinio público, tal como pretendían sus perpetradores. Ha recibido poco reconocimiento por ello a lo largo de los años, aunque cada vez son más quienes reconocen el singular acto de honestidad y valentía que supuso su reportaje.»

Por desgracia, cuando estas palabras se escribieron, Muggeridge ya había fallecido. Aun así, merece la pena recordarlas.

Ivan Vladimirov, Requisando la vaca.

jueves, 21 de mayo de 2026

José Amador de los Ríos, Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España

Retrato por Federico de Madrazo en 1875

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El profesor Norman Roth, en su artículo Algunos de los primeros hebraístas de España y sus influencias, se refería así a nuestro autor Clásico de esta entrega: «El primer investigador de la cultura y la historia de los judíos españoles fue José Amador de los Ríos. Sin embargo, no fue un hebraísta como (Fidel) Fita, por ejemplo. Amador de los Ríos (1818-1877) es conocido también por sus libros y artículos sobre el arte y la arquitectura de España (tal es el caso de su importante libro Toledo Pintoresca). Fue catedrático de lengua y literatura española en la Universidad de Madrid, y su más importante trabajo sin duda (aunque hoy no es utilizado suficientemente por los investigadores modernos, ni de la literatura ni de la historia) es su Historia de la Literatura Española. También en aquellos magníficos volúmenes hay muchas cosas importantes sobre la literatura y la filosofía judía.

»Pero fue por su libro Estudios Históricos, Políticos y Literarios sobre los Judíos de España (1848) por el que ganó su entrada en la Real Academia de la Historia, y en gran medida también su cátedra en la Universidad de Madrid. Evidentemente, conoció un poco el hebreo, pero no bien; hay errores elementales como, por ejemplo, mashmidim (en caracteres hebreos) en lugar de meshumadim por “conversos”. Más graves son las numerosas erratas de transcripción de nombres hebreos (o arábigos) de autores o sabios judíos, en todos sus libros: Estudios, Historia de la Literatura, y su Historia... de los Judíos. Como Fita, también Amador de los Ríos fue no sólo un investigador objetivo sino simpático. Muchas veces deploró el trato de los judíos españoles a manos de los cristianos —y también a manos de los conversos. Sus “conclusiones” sobre la historia de los judíos en la España medieval son, aun hoy, de gran valor.»

Unos pocos años antes de su muerte, José Amador de los Ríos recordaba así la publicación de la obra juvenil que aquí reproducimos, al iniciar el primer tomo de su Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, versión considerablemente corregida y ampliada de la anterior:

«Hace ya veintisiete años que di a luz los Estudios históricos políticos y literarios sobre los Judíos de España (1848). Logrando estos Ensayos, así en la Península como fuera de ella, acogida sin duda muy superior a su mérito, impúsome desde luego aquel satisfactorio éxito el indeclinable deber de quilatarlos de nuevo, acaudalándolos y perfeccionándolos en lo posible. Ocho años habían apenas trascurrido desde que salieron al público, y más de cinco, sin que hubiera un ejemplar en el mercado: sólo satisfacía los pedidos del extranjero la traducción francesa, debida al entendido Mr. de Magnabal, apasionado cultivador de las letras españolas (…) Otros, en fin, me han favorecido, ahora extractando los expresados Ensayos en revistas y diarios, ahora traduciéndolos parcialmente, no siendo para olvidado en este sitio el peregrino trabajo que, a poco de ser conocidos los indicados Estudios, hicieron los judíos de Constantinopla, imprimiendo en caracteres rabínicos la parte histórica, que constituía el primer Ensayo.»

Pero de lo que se muestra más satisfecho el autor es del reconocimiento general de su imparcialidad, «que me han otorgado no ya solamente los escritores católicos, sino en general los protestantes y los judíos. Dirigiéndose los israelitas de Alemania y en su nombre el doctor Philipson, Rabino de Magdeburgo y redactor principal del Universal del Judaísmo, a las Cortes Constituyentes de 1854, declaraba en efecto de un modo solemne que eran los Estudios sobre los Judíos de España obra enteramente imparcial.»

Y luego concluye: «Inspirados única y exclusivamente por el amor de la verdad... hemos dirigido a este ambicionado blanco, con viva fe y no desmayado anhelo, todos nuestros tiros. Jamás hemos creído que es lícito al historiador apartar su corazón y su inteligencia de la inflexible vara y fiel balanza de la justicia: por eso al publicar en 1848 los Estudios históricos, políticos y literarios sobre los Judíos de España y al trazar ahora, con mayor copia de documentos y mayor severidad expositiva, la Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, hemos esquivado con todo empeño así el cobijar nuestra cabeza con el thephilin de los judíos, como el cubrir nuestro pecho con el escudo del Santo Oficio.»

Hagadá Dorada, Barcelona, 1320

lunes, 11 de mayo de 2026

Joaquim Pedro de Oliveira Martins, Brasil y las colonias portuguesas

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En su Historia de Portugal Joaquim Pedro de Oliveira Martins (1845-1894) se ocupó de la primera fase del imperio portugués, centrado en el Oriente, y expuso su creación y su pronta destrucción. El Brasil y las colonias portuguesas, en cambio, se dedica al imperio americano y africano. Su punto de vista quiere ser riguroso y severo, naturalmente a partir de su posicionamiento ideológico: radical, anticlerical, ejemplo acabado del socialismo de cátedra de tipo fabiano, tan dominante por entonces entre la intelectualidad occidental que se consideraba avanzada.

Y naturalmente, profundamente racista: asume como evidente la superioridad de la raza aria, su necesaria expansión, y por tanto el justificado dominio o erradicación de las consideradas razas inferiores o salvajes: «Contra las patéticas opiniones de un Las Casas se observa el hecho de la incapacidad del indio para pasar por sí mismo de la condición de cazador a la de pastor, y mucho menos a la de agricultor; lo atestigua el fracaso de los asentamientos, experimentos estériles que solo condujeron, por un camino diferente, a la idéntica esclavitud obligatoria, precursora de una extinción fatal.»

Y es que: «los diferentes tipos de hombre forman una jerarquía, dotados de forma diferente; y entre el indio antropófago, entre el hombre que engorda a sus hijos para devorarlos y los vende; entre la madre de cuyos pechos cuelga de un lado al recién nacido, del otro un perro o un mono, y que amamanta a ambos con igual amor; entre estas insignificantes razas humanas y los hombres superiores, existen diferencias tan esenciales como entre ellas y los tipos superiores de animales mudos. En la lucha por la vida, no solo las bestias luchan contra los hombres: los hombres luchan entre sí, y la naturaleza condena a la extinción a quienes están más próximos de las bestias.»

Desde estos presupuestos valora Oliveira Martins el imperio portugués. La distinción clave se encuentra entre las colonias de plantación, que exigen un considerable capital y la servidumbre de muchos trabajadores no blancos, férreamente dominados cuando no directamente esclavizados, y las auténticas colonias formadas por colonos blancos que se adaptan a las nuevas condiciones físicas, reemplazan en su caso a la población preexistente, y recrean las sociedades y cultura de la metrópoli. Es el caso del Brasil y es el modelo preferible para el autor. De hecho recomienda la emigración de los excedentes de población portugueses al todavía imperio brasileño, independiente desde hace años, antes que a las precarias colonias africanas.

El propósito del imperialismo, de las colonias, sostiene Oliveira Martins, radica en el interés de los imperialistas, de los colonizadores, y no en el de las poblaciones dominadas. Considera inútiles los esfuerzos de misioneros y filántropos para elevarlas por encima de su situación presente: «La idea de educar a los negros es, por lo tanto, absurda no solo a la luz de la historia, sino también a la luz de la capacidad mental de estas razas inferiores. Sólo un mestizaje lento y prolongado con sangre más fértil puede transformarlos gradualmente; y eso es precisamente lo que ha estado ocurriendo de forma espontánea y natural desde una época en que los europeos aún no se interesaban por África.» Sostenido este mestizaje a lo largo de los siglos, se producirá un blanqueamiento progresivo, hasta la definitiva desaparición de las razas inferiores y la omnipresencia de la blanca. La ilustración que adjuntamos ejemplifica este planteamiento, que el paso de los años hasta hoy ha demostrado absolutamente erróneo.

* * *

Traducimos a continuación el artículo titulado O deplorável racismo de Oliveira Martins, neurastenia oitocentista e o mito ariano del escritor Joaquim Magalhães de Castro, tomado de Nova Portugalidade (tan nacionalista como nuestro autor, pero aparentemente en sus antípodas ideológicas), 19 de febrero de 2018:

El deplorable racismo de Oliveira Martins,
la neurastenia del siglo XIX y el mito ario

En su obra Entre chinos y malayos, el cardenal José da Costa Nunes (1880-1976), obispo de Macao, responsable de las misiones de Malaca, Singapur y Timor en las primeras décadas del siglo XX, nos da pruebas de la vitalidad de las comunidades cristianas existentes allí, especialmente las de Serembam y Kuala Lumpur, adonde viajó en compañía de «un portugués de Malaca llamado Lopes». Allí lo esperaban 200 personas de ascendencia portuguesa, entre ellas funcionarios del gobierno inglés, médicos, abogados, profesores, comerciantes, terratenientes, empleados de banca y empresas comerciales, «muchas damas y caballeros», en resumen, toda una población euroasiática que se expresaba en papiá kristang y presumía de sus apellidos y su ascendencia portuguesa.

Quizás debido a esta experiencia sobre el terreno, el prelado nacido en las Azores se rebeló contra la postura que, al respecto, mantenía una de las figuras más importantes de la vida intelectual portuguesa de finales del siglo XIX, el historiador, político y sociólogo Joaquim Pedro de Oliveira Martins. Costa Nunes escribe lo siguiente: «Cuando escritores de cualquier país pretenden reivindicar sus glorias nacionales, Oliveira Martins parece sentir un cruel placer en negarlas, como sucede, por ejemplo, en la cuestión de la prioridad del descubrimiento de Australia atribuida a Manuel Godinho de Erédia, natural de Malaca.»

Asumiendo un tono derrotista y padeciendo la neurastenia que afectaba a los hombres de su tiempo, Oliveira Martins atribuyó la posesión de Macao a «una banda de piratas portugueses», y en su opinión, Malaca no era más que «un convento y un cuartel donde comerciaban frailes y soldados», considerando miserables a las poblaciones mestizas de la ciudad y clasificándolas de «degeneradas, simiescas y abyectas». He aquí algunas de sus declaraciones: «Por encima de todo se alza el portugués, con su Erx, templo o fortaleza, que debería haber sido de civilización o de exterminio, y que al final, es una lástima decirlo, fue simplemente el barco que nos llevó, a los portugueses de Malaca, a descender a la condición de degenerados, contaminando nuestra sangre aria, olvidando nuestras tradiciones europeas. Ya he dicho con melancolía que aún hoy hay portugueses en Malaca, pero que estos portugueses son como los orangutanes. Al entrar en contacto con la descomposición venenosa del Lejano Oriente, nos intoxicamos.»

El renombrado historiador, reconocido como «derrotado por la vida», iría más allá, avalando las apreciaciones de un antropólogo, el Dr. Yvan, quien había analizado la constitución física de los cristianos portugueses de Malaca, afirmando que «son físicamente horrendos y moralmente abyectos, que tienen rasgos bestiales, que son moralmente degenerados, que son inferiores a los malayos y que ya ha sido borrada de su memoria la tradición, esa añoranza de las razas caídas.» En resumen, un pensamiento muy en línea con el filósofo francés Arthur de Gobineau, autor de Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1855) e inventor de uno de los grandes mitos del racismo contemporáneo, el mito ario, a quien se atribuye la famosa frase: «No creo que descendamos de los monos, pero creo que vamos en esa dirección.»

Cabe recordar que fue en hombres como Gobineau, y posteriormente en el inglés Houston Stewart Chamberlain, en quienes Adolf Hitler se inspiró para poner en práctica su tristemente famosa «solución final».

Al igual que Gobineau, Oliveira Martins era abiertamente racista, pues defendía la tesis de que los pueblos formados por negros e indígenas eran incapaces del tan ansiado progreso. Parece obvio que el distinguido historiador nunca pisó el Lejano Oriente, si es que alguna vez abandonó la Península Ibérica, que tanto admiraba, pues era un iberista acérrimo.

Persistentes, conscientes de sus tradiciones centenarias, los habitantes de aquel vecindario, los calificados como orangutanes por Oliveira Martins, afortunadamente sobrevivieron a todas estas dificultades y continúan celebrando la Navidad, el Carnaval, la Pascua y, sobre todo, la festividad de San Pedro, patrón de los pescadores, a finales de junio, incluida en el calendario oficial de los servicios turísticos de Malasia. La festividad más popular del país, San Pedro, como se le conoce, es una excelente excusa para el reencuentro entre residentes y sus familias de Singapur, Kuala Lumpur y otras provincias de Malasia. Pero hablaremos de esa festividad otro día.

Joaquim Magalhães de Castro

La Redención de Cam (1895), del hispano-brasileño Modesto Brocos, es una muestra del planteamiento racista dominante en buena parte de las sociedades de la época: la abuela negra, la hija mulata, la nieta blanca. La satisfacción del padre blanco de esta última, al igual que el título de la obra, atestigua el enaltecimiento del blanqueamiento, el objetivo de hacer desaparecer de la población del Brasil (y quizás en todas partes) los caracteres considerados inferiores.