PDF, EPUB Y MOBI EN INTERNET ARCHIVE
Casi veinte años después de su Tartarín de Tarascón, Alphonse Daudet (1840-1897) publicará en 1885 Tartarín en los Alpes, una segunda entrega de las aventuras de su héroe provenzal, tan quijotesco como sanchopancesco. Para entonces ya es famoso, y el mismo Daudet había celebrado satisfecho el triunfo de su personaje en un artículo de La Nouvelle Revue (julio-agosto de 1883), y bromea (galéja, en provenzal) con la inquina que todavía le mantienen los de Tarascón:
«Aunque hace casi quince años que publiqué Las aventuras de Tartarín, Tarascón todavía no me ha perdonado, y viajeros fidedignos me aseguran que cada mañana, a la hora en que la pequeña ciudad provenzal abre las persianas de sus tiendas y sacude sus alfombras al aliento del gran Ródano, de cada umbral, de cada ventana, surge el mismo puño irritado, el mismo resplandor de los ojos negros, el mismo grito de rabia dirigido hacia París: ¡Oh! ese Daudet... si un día se le ocurre bajar por aquí...»
En realidad, «Tarascón era para mí simplemente un nombre que escogí en el ferrocarril París-Marsella, porque sonaba bien con el acento del sur y resonaba, en los avisos de las estaciones, como el grito de un guerrero apache. En realidad, la tierra de Tartarín y de los cazadores de gorras está un poco más allá, a cinco o seis leguas, al otro lado del Ródano. Fue allí donde, de niño, vi al baobab languideciendo en su pequeña maceta, vi la figura de mi héroe refugiado en su pequeño pueblo, donde los Rebuffa cantaban el dúo de Roberto el Diablo; fue desde allí, finalmente, que un día de noviembre de 1861, Tartarín y yo, armados hasta los dientes y vistiendo la chechia, partimos a cazar al león en Argelia.»
En la nueva entrega Tartarín viajará a los Alpes, y sus andanzas permitirán a Daudet construir una bienhumorada y acabada sátira (aunque superficial) de ese mundo burgués fin de siècle, que cuestiona los propios valores y convenciones burguesas, por supuesto sin renunciar a su disfrute (algún paralelismo podríamos encontrar con la actualidad…) Encontraremos divertidas descripciones del turismo de alto nivel que coloniza/falsea los espacios naturales, del recién nacido culto al deporte y a sus récords, de la adoración a los mitos nacionales, aunque realmente no se crea en su veracidad. Y para que no falte nada del elenco de la época, Daudet introduce en la trama al grupo de nihilistas rusos, aparentemente ricos de familia… Chocantemente, son los que permiten introducir personajes típicamente románticos: Sonia, la joven terrorista de la que se enamora Tartarín, y su infortunado hermano, que morirá tuberculoso.
Naturalmente, toda la acción gira en torno a Tartarín. Dufief y Melison-Hirchward, en su estudio de uno de los borradores de Daudet (Le Petit Chose, nº 109, 2020), lo caracterizan así: «Tartarin es el héroe del relato; como en el primer volumen, se encuentran elementos característicos de un tipo cómico: su equipamiento innecesario (ropa y material de alpinismo), su gusto por la caza, su ingenuidad, su tendencia a la vanidad y a la invención de historias, así como cualidades como su alegría de vivir, su buen humor y su necesidad de hablar. Se ha humanizado, y ha ganado profundidad psicológica: aunque todavía encarna la coexistencia en un solo cuerpo de Don Quijote y Sancho Panza, también es capaz de experimentar un sentimiento amoroso, de mostrar cierto valor, altruismo y dedicación.»
Respecto a los demás personajes: «Bompard es su doble exagerado; caricaturesco, está únicamente caracterizado por su imaginación fabuladora que le vale su apodo, el impostor. Alrededor de Tartarín, los personajes se distribuyen en varios grupos: los turistas, los suizos, los nihilistas, los tarasconenses. Los turistas son solo marionetas, apenas individualizados por palabras, expresiones que se repiten como leitmotivs: dantsir, ballir, el miembro del Jockey Club (...); su repetición indica que los clientes del circulaire Cook son intercambiables. Daudet emplea técnicas de caricatura: estereotipos físicos, comparaciones con animales o tipos convencionales.»
En cambio, «el grupo de los nihilistas cuenta con cuatro personajes claramente individualizados (…) La jerarquía social está presente dentro del grupo, pero sus miembros están unidos por la ideología y la determinación de luchar contra el zar mediante acciones violentas. Todos son jóvenes (…) La importancia que se le da a los nihilistas desde la redacción del borrador se puede analizar de dos maneras. Tienen una importancia funcional en la trama: Tartarín simpatiza con ellos, les ayuda, casi forma parte del grupo. Pero también defienden una causa que atrae a Daudet/Tartarín, por más que la rechace.»
Pero volvamos al artículo de Daudet con el que iniciamos esta presentación: «Juzgado libremente, años después, Tartarín, con su espíritu desenfrenado y salvaje, me parece poseer las cualidades de la juventud, de la vida y de la verdad; una verdad de más allá del Loira que se hincha, exagera, nunca miente y siempre está tarasconeando. La escritura no es ni muy fina ni muy escogida. Es lo que yo llamo literatura de a pie, hablada, gesticulada, con las maneras desbordantes de mi héroe. Pero debo confesar, por mucho que aprecie el estilo, la prosa bella, armoniosa y colorida, que en mi opinión no lo es todo para el novelista.
»Su verdadera alegría seguirá estando en la creación de seres, en el establecimiento, a través de la pura verosimilitud, de tipos de humanidad que luego circulan por el mundo con el nombre, el gesto, la mueca que se les dio, y que hacen que se hable de ellos —ya sean odiados o amados— independientemente de su creador y sin que se pronuncie el nombre de éste. Por mi parte, me sigo emocionando cuando, refiriéndose a uno de los miles de títeres de la comedia política, artística o social, oigo a alguien decir: Es un Tartarín... Un escalofrío me recorre el cuerpo, el escalofrío orgulloso de un padre, oculto entre la multitud mientras aplauden a su hijo, y que siente constantemente ganas de gritar: ¡Ese es mi chico!»
* * *
La traducción es del periodista y escritor aragonés Eusebio Blasco (1844-1903), que en el Prólogo presume de su amistad con Daudet, reproduce una carta que éste le dirige, y nos explica el significado de una de las muletillas tarasconesas que continuamente repiten los personajes. La publicó en 1887.
Daudet alude en el segundo capítulo de Tartarín en los Alpes a un breve texto publicado originariamente en 1871, La defensa de Tarascón, que se refiere a la guerra franco-prusiana. Por entonces ya se habían publicado en Le Figaro las primeras versiones de su Tartarín, aun con los nombres de Chapatín primero y de Barbarín después. En La defensa no figura nuestro personaje, aunque sí el presidente del Círculo Bompard, el general Bravida, el recaudador Pegoulade… y el ambiente y la misma ciudad son plenamente tartarinescas. Finalmente, el texto pasará a formar parte de los Cuentos del lunes (1873). Lo hemos incluido como Apéndice.
![]() |
| Cartel de la adaptación teatral (1913) |





















,%20de%20Modesto%20Brocos.jpg)