martes, 21 de abril de 2026

Edgar Allison Peers, La tragedia española 1930-1936. Dictadura, república y caos

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El pasado martes fue el nonagésimo quinto aniversario de la proclamación de la Segunda República, que falleció a la tierna edad de cinco años tras sufrir abundantes penalidades en su corta vida. Y como ocurrió con el Cid y con Lenin, su cadáver fue traído y llevado hábilmente durante casi tres años más… y también hasta nuestros días su recuerdo mitificado y manipulado en aras de la propaganda. En rigor, no parece que todo esto sea motivo de celebración, como no lo es el noningentésimo nonagésimo quinto aniversario de la deposición del último de los califas de Córdoba. Las consecuencias de estos hechos complejos de hace 95 o 995 años fueron diversos y abundantes, con aspectos positivos y negativos, y los comportamientos de las gentes implicadas, desprendidos e interesados, generosos y egoístas, violentos y pacíficos, justos e injustos… Pero si no hay mucho que celebrar, ni siquiera conmemorar, sí que merecen ser rememorados, es decir, traídos a la memoria, analizados e investigados.

Comunicamos hoy una de las primeras historias de la Segunda República que se publicaron, si no es la primera de todas: habrá que esperar hasta 1940 para que lo hagan las de Josep Plá, Melchor Fernández Almagro y Henry W. Buckley, pero esta última con un carácter de reportaje periodístico muy acusado. Aunque son muy abundantes las obras memorialísticas, las de propaganda, la recogida de documentos y los estudios sobre aspectos determinados, no fueron numerosas las síntesis con cierta exigencia científica. En 1956 se publicó el primero de los cuatro tomos que le dedicó Joaquín Arrarás; en 1961 la síntesis, más equilibrada, de Carlos Seco; en 1965 la de Gabriel Jackson

Pues bien, a todas ellas se adelantó el prestigioso hispanista británico Edgar Allison Peers (1891-1952), quizás no tan conocido como otros hispanistas de su tiempo o posteriores. Con largas estancias en España año tras año, Peers fue un importante experto en literatura española, especialmente en el campo de la mística renacentista y barroca, y en el del romanticismo, con numerosas publicaciones y traducciones al inglés. También editó en 1930 una interesante guía de viaje: Spain. A companion to Spanish travel. Un año antes, dedicado a sus alumnos y con la colaboración de otros hispanistas, había coordinado una atractiva síntesis de la geografía, historia, literatura, arte y música española titulada Spain, a Companion to Spanish Studies, que gozará de larga vida con nuevas versiones y nuevos autores.

Allison Peers fue también el fundador en 1923 y editor del importante Bulletin of Spanish Studies, en el que desde 1929 informó sobre la actualidad española en la sección que se llamó «Spain Week by Week», que se convertirá en la fuente principal, junto con los periódicos españoles e ingleses, de su historia de la Segunda República. La redactará fundamentalmente en 1935 y se publicará a finales del año siguiente, por lo que podrá referirse al estallido de la guerra civil en el prefacio, datado en septiembre de 1936, y en el último capítulo de la obra. Y ¿cómo podemos valorarla? ¿qué tendencia política manifiesta? ¿hacia qué lado se inclina? El mismo Peers nos contesta:

«Si bien la imparcialidad absoluta siempre es difícil de alcanzar, he intentado describir los acontecimientos de estos años con la mayor objetividad posible; y los políticos de cualquier bando buscarán en vano sus exageraciones favoritas. No he afirmado, por ejemplo, junto con un autor reciente, que el rigor con el que se libra la guerra contra los católicos supera cualquier cosa imaginable, ni con otro, aún más reciente, que la represión del gobierno fascista español contra los trabajadores de Asturias es tan espantosa que supera cualquier cosa que se haya oído hasta ahora sobre cualquier otro país del mundo.» De todos modos, y a pesar de su sostenido esfuerzo en no tomar partido, pienso que Peers no se molestaría si se le recordara que el interés y simpatía que en él despierta la sociedad catalana, le lleva a aceptar con cierta facilidad algunos planteamientos catalanistas, que no catalanes…

En cualquier caso, su talante es centrado y comprensivo, pero también lúcido y riguroso. Rechaza las fatuas interpretaciones puramente propagandísticas: «En el extranjero, hemos tendido a considerar la guerra como un enfrentamiento entre fascistas y comunistas, entre la mano alzada y el puño cerrado, entre Mussolini y Moscú… (Sin embargo se ha de reconocer) la naturaleza muy heterogénea de las fuerzas de ambos bandos... Entre los rebeldes, unos luchan por distintas manifestaciones del antiguo régimen: por la Iglesia, por la nobleza, quizá por el Rey. Algunos, sin duda, por un retorno a 1923 y a un Estado fascista en una Europa ahora plagada de fascismo. Otros, sin duda, por un retorno a 1931 y un nuevo comienzo en el camino de las reformas, pero con un progreso lento y moderado, no por una continuación del ritmo al que España se había precipitado cuesta abajo hacia su propia destrucción. Las tropas leales (a la República) luchan por objetivos bastante más diversos: algunos simplemente por el derecho inalienable del pueblo a un gobierno de su elección; otros por las reformas que la izquierda ya había emprendido para esa otra República...; algunos por la revolución proletaria...; otros finalmente, por la destrucción de las instituciones odiadas, por la destrucción de cualquier cosa, por la destrucción a secas.»

George Orwell, en 1937, refiriéndose a otra de las obras de Peers de la misma temática, Catalonia Infelix, comenta: «El profesor Allison Peers es la principal autoridad inglesa en Cataluña. Su libro es una historia de la región y, naturalmente, en este momento, los capítulos más interesantes son los del final, en los que describe la guerra y la revolución. A diferencia del Sr. Lunn, el profesor Peers comprende la situación interna del bando gubernamental, y el capítulo XIII de su libro ofrece un excelente análisis de las tensiones y los conflictos entre los distintos partidos políticos. Cree que la guerra puede durar años, que es probable que Franco gane y que no hay esperanza de democracia en España cuando termine la guerra. Todas son conclusiones desalentadoras, pero las dos primeras son muy probablemente correctas y la última, sin duda alguna.» (Time and Tide, 11 de diciembre de 1937; cit. por Joaquim Nadal en Edgar Allison Peers: un hispanista británico y la guerra civil española.)

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La Universidad de Liverpool recuerda así al que fue uno de sus más ilustres profesores:

«Edgar Allison Peers (1891-1952) nació en Leighton Buzzard, hijo de un funcionario que, debido a su trabajo, viajaba frecuentemente al extranjero, lo que le inculcó desde niño una gran pasión por España y todo lo español. Peers estudió en la Dartford Grammar School y posteriormente en el Christ's College de Cambridge. Se licenció en Filología Inglesa y Francesa por la Universidad de Londres y obtuvo la máxima calificación en Lenguas Modernas en Cambridge. Después, cursó estudios de magisterio y enseñó Lenguas Modernas en la Millhill School, la Felstead School en Essex y, finalmente, en el Wellington College.

»Peers fue nombrado profesor de español en 1920 y catedrático Gilmour de español en 1922 en la Universidad de Liverpool, donde permaneció el resto de su vida. Tras la Primera Guerra Mundial, reconoció rápidamente la importancia de los estudios hispánicos en Gran Bretaña y, en 1923, fundó el Bulletin of Hispanic Studies, que incluía su columna de análisis contemporáneo, “Spain, Week by Week”. Peers mantenía una estrecha relación con España, a la que consideraba su segundo hogar, pasando allí cuatro meses de cada doce. Publicó varios libros de viajes, entre ellos Santander (1927), reeditado en español en 2008.

»Cuando estalló la Guerra Civil Española en julio de 1936, Peers se encontraba en una posición privilegiada para explicar al mundo angloparlante las causas subyacentes del conflicto. Lo hizo en The Spanish Tragedy (1936), The Spanish Dilemma (1940) y Spain in Eclipse (1943). De manera aún más significativa, también contribuyó a que un grupo de estudiantes de la Universidad de Liverpool, que habían viajado a un curso de verano en San Sebastián, regresaran a salvo a sus hogares tras verse atrapados en el estallido de la Guerra Civil.

»Edgar Allison Peers fue autor o editor de unos 60 libros, entre ellos Studies of the Spanish Mystics (1927-1930), The History of the Romantic Movement in Spain (1940) y traducciones de las obras completas de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, así como Spain, the Church and the Orders (1939). Bajo el seudónimo de Bruce Truscot, publicó dos libros controvertidos y de gran influencia: Redbrick University (1943) y Redbrick and these Vital Days (1945). Edgar Allison Peers falleció de insuficiencia cardíaca el 21 de diciembre de 1952, y su albacea legó a la Universidad una selección de libros de su biblioteca en 1953.

»La Facultad de Culturas, Lenguas y Estudios Regionales (SOCLAS) patrocina un programa de escritores visitantes residentes en honor a Edgar Allison Peers, y también existe un Peers Memorial Prize

sábado, 11 de abril de 2026

Jorge de Sena, El polígrafo barroco Manuel de Faria e Sousa

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Como complemento de la entrega anterior de Clásicos de Historia, presentamos el brillante y sugestivo estudio que dedicó Jorge de Sena a nuestro conocido Manuel de Faria en 1972, con motivo del IV Centenario de la publicación de Os Lusíadas. Apareció al frente de la cuidada edición en facsímil de Lusíadas de Luis de Camões, Príncipe de los poetas de España. Al Rey N. Señor Felipe Cuarto el Grande. Comentadas por Manuel de Faria y Sousa, Caballero de la Orden de Cristo, y de la Casa Real, publicado originalmente en 1639, y que puede ser considerado como la obra cumbre del polígrafo barroco.

Sena muestra no sólo su extenso conocimiento de la época, sino su comprensión profunda de las circunstancias, fenómenos y actitudes que se producen en respuesta a la grave crisis de aquellos años cruciales de de la Monarquía Hispánica. Subraya lo innegable: el arraigado patriotismo portugués de Faria, patente en toda su obra, con la que desea impulsarlo y darlo a conocer, que sin embargo coexiste aparentemente sin problema con la desacomplejada aceptación del marco superior hispánico, que se expresa tanto en la elección del castellano como su lengua de expresión escrita preferente, como en la obediencia debida al señor natural, valor clave de larga tradición.

En realidad, podemos añadir, las dos lealtades, a la Nación y a la Monarquía, son perfectamente compatibles en aquella época, como lo son las otras muchas identidades parciales que conforman las complejas personalidades de entonces: la Religión, el Grupo, la Familia, la Condición... Habrá que aguardar al mundo contemporáneo para encontrarnos con el esfuerzo denodado para hacer depender al individuo de una sola identidad que le determina y domina de forma excluyente. El problema surgirá (además de lo impositivo del intento) en el conflicto entre las diversas propuestas de identidad, que se rechazan unas de otras de forma absoluta: la Nación (al modo nacionalista), la Ideología (al modo liberal), la Clase (al modo revolucionario).

La postura intelectual de Faria al respecto, la lealtad a Portugal compatible con la lealtad a España, es absolutamente común a muchos otros literatos, historiadores, fueristas y letrados, que agotan las prensas con las defensas de sus patrias y tradiciones. Y la elección del castellano como lengua franca española, es también habitual, por lo menos desde el siglo XV. Incluso entre muchos de los partidarios o contrarios a la separación de Cataluña de la Monarquía, como Gaspar Sala y Berart, Alejandro de Ros, o el portugués Francisco Manuel de Melo.

Y sin embargo, tradicionalmente se han valorado de forma muy negativa los personajes que se consideraron españolizados (y no sólo en Portugal). Y Sena considera que «ese juicio contra los hispanizados, no ha sido en gran medida objeto de una revisión adecuada, debido a la perpetuación superpuesta de actitudes polémicas superficiales que, desde la Ilustración del siglo XVIII, han visto sucesivamente con hostilidad la castellanización o el bilingüismo del siglo XVII, identificándolos —sin una comprensión crítica actualizada— con composiciones ideológico-literarias opuestas a las luces que brillaban, o se suponía que brillarían, más allá de los Pirineos. El setecentismo portugués disimuló mucho de lo que heredó y continuó del Barroco en esta transferencia de lealtades culturales, el romanticismo siguió naturalmente sus pasos, matizándolas con convicciones de nacionalismo mitológico, y el positivismo del siglo XIX aportó a éstas el aparato crítico de una pseudo-ciencia etnográfica-histórica.»

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Jorge de Sena (1919-1978) es uno de los más destacados intelectuales portugueses del siglo XX. Ingeniero de formación y ejercicio durante bastantes años, compatibilizó aquel con una esforzada y muy abundante dedicación a la escritura. En 1959 abandona Portugal y se establece en el Brasil, con la intención de dedicarse exclusivamente a la literatura; quizás también a causa de una ligera implicación en la conspiración antisalazarista de carácter predominantemente militar conocida como la Revolta da Sé. A partir de entonces se centra exclusivamente en el desarrollo de una considerable labor académica y literaria, primero en el Brasil y tras ocho años, en los Estados Unidos, donde fallecerá. Mantuvo sin embargo estrechos contactos con el mundo cultural portugués, con publicaciones frecuentes y su participación en distintos eventos. Además de destacado poeta, Sena fue un profundo conocedor de la literatura y cultura portuguesa y española, que enseñó en São Paulo, Wisconsin y California.

En un escueto affiche de la Biblioteca Nacional de Portugal con motivo de una exposición sobre el autor, se resume así su obra: «Su obra, además de más de 12 libros de poesía (sin incluir antologías y ediciones póstumas), abarca cuentos (Andanças do demónio y Novas andanças do demónio, Os grão-capitães), novelas (Sinais de fogo), teatro (O Indesejado, Mater imperialis, Amparo de mãe, etc.), y traducciones de obras de ficción (Hemingway, Faulkner, Erskine Caldwell, Thomas Love Peacock, Graham Greene, DuBose Heyward, Evelyn Waugh, etc.) y la poesía (Cavafi, Emily Dickinson, poemas ingleses de Fernando Pessoa, y decenas de otros poetas, reunidos en Poesia de 26 séculos). Además de su extensa obra crítica y académica, que abarca temas que van desde la Edad Media hasta el Renacimiento, el hispanismo y la época contemporánea, destaca el trabajo de Jorge de Sena sobre Inês de Castro, estudios sobre Camões (incluida su tesis doctoral sobre Uma Canção de Camões e o Soneto Quinhentista Peninsular), Maquiavelo, Marx, Florbela, Pessoa, la literatura brasileña, la generación de Presença y la poesía moderna y contemporánea, entre otros. Jorge de Sena también se dedica a la crítica cinematográfica (recogida en Sobre Cinema) y la crítica teatral (recogida en Do teatro em Portugal).»

El profesor y también poeta José Luis García Martín, con motivo de la publicación de una antología de la obra poética de Sena, nos proporcionó hace unos años un interesante retrato del autor: «Jorge de Sena vivió siempre con la convicción de que era un hombre demasiado grande para un país demasiado pequeño. Y era, en verdad, un hombre extraordinario, capaz de destacar en cualquier género literario y en la más minuciosa erudición universitaria (...) Todo su empeño estaba puesto en obtener el premio Nobel de Literatura; se creía con derecho a ser el primer escritor de lengua portuguesa al que se concediera ese galardón. El último artículo que escribió —se publicó unos días después de su muerte— llevaba el título de Aleixandre o el premio Nobel a los insignificantes; no comprendía que en 1977 los académicos suecos hubieran optado por Aleixandre, sólo poeta, y no por él, poeta e infinitas cosas más (...) Jorge de Sena aspiró a desempeñar en Portugal el papel que Unamuno había ejercido en la España de su tiempo: a ser el maestro reconocido por todos y a la vez el jefe de la oposición intelectual. No pudo conseguirlo y siempre vivió con la sensación de que no era suficientemente reconocido y admirado.»

Grabado de El Gran Iuſticia de Aragõ Don Martin Batiſta de Lanuza…
por Manuel de Faria i Souſa, Cav.° 
đ la Ordẽ đ Chriſto i de la Caſa Real.
Madrid 1650.

miércoles, 1 de abril de 2026

Manuel de Faria y Sousa, Epítome de las historias portuguesas

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Manuel de Faria y Sousa (1590-1649) es un espléndido y prolífico polígrafo barroco: poeta, historiador y sobre todo estudioso, comentador y editor de la obra cumbre de la literatura portuguesa, Os Lusíadas de Camoẽs. Como tantos otros escritores de la época tuvo que emplearse al servicio de destacados personajes, algunos de las ramas más preclaras de su extensa familia fidalga. Y asimismo como tantos otros paisanos suyos, Faria fue bilingüe y utilizó preferentemente el castellano, lengua que valoraba así: «siendo de común consentimiento, a quien la entiende, suave y majestuosa, no puedo acabar de entender la razón de hacerse difícil a algunas naciones, y principalmente a aquellas que le son tan cercanas, y en sus idiomas no diferencian de éste cosa considerable.» Se estableció en Madrid, donde publicó una parte importante de su obra, y permanecerá en la villa y corte hasta su muerte, tras la separación de Portugal de la monarquía compuesta hispánica.

Como historiador, Faria publicó su Epítome de las historias portuguesas en 1628, obra que fue varias veces reeditada y gozó de considerable difusión por Europa, constituyéndose en la fuente principal para el conocimiento del pasado portugués. Pero también fue discutida, lo que le impulsó a llevar a cabo un trabajo de documentación, rectificación, análisis y ampliación enorme, cuyos frutos sólo se publicarán unos años después de su muerte por impulso de su hijo, ya en Lisboa: los tres tomos de Europa portuguesa, los otros tres de Asia portuguesa y uno de África portuguesa. Desgraciadamente, el dedicado a la América portuguesa, o no fue concluido, o se perdió.

La historia de Portugal que hoy comunicamos es un excelente ejemplo de historia barroca, heredera y continuadora de la renacentista. Naturalmente, inicia su historia con Túbal, y prosigue con los reyes míticos, sus sucesores: Ibero, Idubeda, Brigo…, lo que le lleva a lanzar una andanada a las «opiniones escrupulosas», esto es escépticas, de Juan de Mariana. En cualquier caso, para Faria, Lusitania, esto es, Portugal, ya está constituido desde estos tiempos primigenios, y se explayará en la exposición de las admirables acciones de sus habitantes en sus tierras y fuera de ellas. Y así seguirá el paso de los siglos hasta la creación del reino de Portugal con Alfonso I, a partir del cual se sucederán los reinados de sus sucesores, en cuya narración ya podrá echar mano de la tradición cronística y cada vez más de fuentes diversas. Concluirá con la descripción geográfica y organizativa de Portugal.

El Epítome es, naturalmente, obra de su tiempo. Podemos reprocharle un talante crítico menor que el de Ambrosio de Morales o Mariana. Por otra parte, no faltan los pulidos discursos y arengas puestos en boca de personajes destacados, como en sus admirados modelos clásicos. Sobreabunda hasta el agotamiento la búsqueda de paralelos antiguos para cualquier acontecimiento moderno que se narra. El lenguaje es típicamente barroco, y aunque Faria es amigo de Lope de Vega (que escribe sobre él y le admira) y abomina de Góngora y su escuela, observamos una cierta exuberancia de lo que podríamos considerar períodos salomónicos y estípites verbales, que pueden acabar fatigando un tanto.

Hemos incluido en esta entrega de Clásicos de Historia los grabados que figuran en la edición original de Madrid 1628, con la evolución del escudo de armas portugués, y la galería de los reyes de Portugal que se estampa en la edición del Epítome de Bruselas 1677. Inicia la serie el conde don Henrique, y se continúa hasta Felipe IV (III de Portugal y de Aragón). Por la coincidencia con las descripciones de Manuel de Faria en el texto, los grabados parecen corresponderse con los retratos oficiales que se exponían en el palacio real de Lisboa, y luego en el de Madrid. Tras describir el aspecto físico de Alfonso IV, al tratar de su reinado, Manuel de Faria escribe: «Débese crédito a esta imagen, porque él mismo se hizo retratar, y con sus antecesores: imitáronle los herederos, y están hoy en el Palacio de Madrid estos retratos originales de nuestros reyes.»

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Si bien Faria logró reconocimiento (más bien moral que de otro tipo) en vida y en la inmediata posteridad, pronto se convirtió en un autor relegado o conscientemente rechazado, a causa de su elección del castellano como medio principal de expresión escrita, sus abundantes conexiones con los medios culturales y políticos de la monarquía hispánica, y su permanencia en Madrid tras la independencia de Portugal. El profesor y poeta Jorge de Sena, en un interesante estudio de 1972 escribía:

«No se puede decir que la personalidad y la vasta obra de Faria e Sousa hayan sido controvertidas, pues se generalizó y aceptó fácilmente, sin visión crítica, condenarlo sin apelación, basándose en dos cuestiones convergentes: el hecho de que, en 1640, permaneciera en España, y la valoración peyorativa que la mayoría de los eruditos del siglo XIX hicieron de su inmensa labor como polígrafo —poeta, crítico, historiador, ensayista, etc. Se acumularon errores de perspectiva, y quizás también el intento más indecente de ocultar cuánto, al despreciarlo ostentosamente, se extraía de su erudición, de sus enfoques críticos, etc., especialmente en los estudios sobre Camões, al que había elevado a la categoría de gigantesco monumento.

»La cuestión de juzgar a un autor por el hecho de no haber regresado a Portugal después de la Revolución de 1640, que restableció el país separado del esquema de la Monarquía Dual, que, muy del agrado de las oligarquías portuguesas, había funcionado durante sesenta años (hasta que las dificultades españolas hicieron peligrar esa estructura, que daba a la aristocracia portuguesa una posición privilegiada en el complejo hispánico, y la hizo para ellos menos interesante que la independencia restaurada), es claramente una extrapolación política, e incluso desde una perspectiva histórica: muchos de los grandes portugueses y sus sirvientes no regresaron hasta después de que sus privilegios fueran garantizados por el tratado de paz de 1668, y el mismo anatema no pesa sobre ellos. Ni, que se sepa, llevaron a cabo una tarea semejante —la defensa y difusión internacional, en la lengua franca de la Europa del siglo XVII que era el castellano, de las glorias y la dignidad de Portugal—, a la que desempeñó Faria e Sousa con sus obras historiográficas y su actividad como polígrafo.»

Y más adelante: «La obra de Faria e Sousa, como la de tantos otros de uno de los períodos más curiosos y menos estudiados de la historia portuguesa, debe juzgarse en el contexto político y cultural de su época, y no con los anacronismos del nacionalismo burgués y romántico que aún pesan tanto sobre los prejuicios historicistas portugueses. Portugal fue durante mucho tiempo —si no lo es ya— un país hispánico y actuó como tal, cuya historia y cultura resultan incomprensibles si se toman aisladamente del complejo ibérico, del mismo modo que la historia y la cultura de España, debido a la tremenda vanidad del imperialismo castellano, son de hecho incomprensibles sin la influyente y decisiva presencia de ese Portugal que, en 1580, ya contaba con más de cuatro siglos, no sólo como nación independiente, sino como una nación que se había proyectado, antes que ninguna otra, en una expansión deslumbrante, y desde fronteras que, con ligeras diferencias, se mantienen estables hasta nuestros días, tal como se habían establecido a mediados del siglo XIII.»

Lusitania triunfante, flanqueada por la Fe y la Fortaleza,
entronizada sobre el Orbe arrastrado por América, Europa, Asia y África.
Cada una de estas personificaciones cabalga sobre el animal que se le asocia:
caballo, toro, elefante y león, respectivamente.
Grabado incluido en la edición de Bruselas 1677.