sábado, 21 de febrero de 2026

Winston S. Churchill, La guerra civil española. Artículos y discursos 1936-1939

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En un artículo publicado el 23 de febrero de 1939, cuando ya se da por descontado el final de la guerra civil española, Winston Churchill acuñará la expresión sangre, sudor y lágrimas, que recuperará al año siguiente para aplicarla al propio Reino Unido lacerado por la Batalla de Inglaterra. Pero ahora se refiere con ella a los dos bandos españoles, a los que no ve tan disímiles en su forma de actuar y en sus padecimientos, y a los que reclama un necesario mutuo entendimiento: «La mitad de una nación no puede exterminar ni subyugar a la otra mitad. Debe reconciliarse con el resto de sus compatriotas.»

Pero esta consideración no le ha impedido afirmar desde el principio unas causas determinantes de la guerra: «A finales de julio de 1936, la creciente degeneración del régimen parlamentario en España y la fuerza de los movimientos que impulsaban una revolución comunista, o alternativamente una anarquista, desembocaron en una revuelta militar que llevaba tiempo gestándose. Inmediatamente estalló una feroz guerra civil, con ejecuciones masivas, asesinatos de clase y las correspondientes represalias.» Y la reacción de las potencias europeas le parece hipócrita: se acuerda una política de no intervención que impide la ayuda militar a cualquiera de los bandos, pero desde el principio no se respeta por parte de los estados totalitarios (y tampoco por Francia), en beneficio de ambas partes enfrentadas.

Winston S. Churchill (1874-1965) se encuentra en los años treinta un tanto sumido en el ostracismo, sexagenario y con una espléndida carrera que parece haber quedado ya definitivamente a su espalda. Había ocupado importantes cargos ejecutivos desde 1908: presidente de la Junta de Comercio, ministro de Interior, primer lord del Almirantazgo (hasta el fracaso de Gallípoli), ministro de Municiones, secretario de Estado de Guerra y Aire, secretario de Estado para las Colonias, y Canciller, esto es, ministro de Hacienda. Pero el triunfo laborista de 1929 le aparta del poder, y cuando los conservadores lo recuperan progresivamente a partir de 1931, primero Baldwin y luego Chamberlain parecen considerarle ya amortizado y se le ignora a la hora de los nombramientos. Churchill discrepa de algunas políticas del gobierno (la colonial, el apaciguamiento…) y se esfuerza en mantener su presencia pública desde el Parlamento, y por medio de sus siempre abundantes artículos, conferencias y libros.

Se han recogido para esta entrega de Clásicos de Historia la decena de artículos y tres intervenciones en la Cámara de los Comunes, que dedicó a la situación de España (la había visitado apenas unos meses ante del estallido de la guerra); lógicamente le preocupa ante todo cómo podía afectar la guerra a la situación interna británica y a los intereses del imperio, y cómo desestabilizaba todavía más la tambaleante Europa. También se incluyen diez breves pasajes de otros tantos discursos en los que incidentalmente se refiere a España.

Por último, se incluye como Apéndice el capítulo XII de Cómo se fraguó la tormenta, primero de los seis volúmenes de las extensas Memorias de Churchill referentes a La Segunda Guerra Mundial, que fue publicado en 1948. Lo cierto es que respecto a la guerra de España no añade gran cosa a lo que ya había publicado en los periódicos en su momento, y que luego había recogido en su libro de 1939 Step by step, de donde los hemos tomado para esta entrega de Clásicos de Historia. En realidad los reproduce en buena medida. Sin embargo puede resultar de interés para encuadrar las observaciones de Churchill sobre la guerra, en el contexto de las otras cuestiones que le preocupaban y ocupaban durante aquellos años.

Clive Branson, Demonstration in Battersea, 1939

miércoles, 11 de febrero de 2026

Francisco Javier Simonet, La mujer arábigo-hispana y otros estudios andalusíes

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Naturalmente, no existe la historia imparcial. Todo indagador honesto en el pasado, ya se centre en acontecimientos o personas o ideas o sociedades o economías o culturas, busca respuestas a las preguntas que se hace para comprenderlo. Y siempre es consciente de que esas respuestas son parciales y provisionales, y de que en mayor o menor grado derivan de sus propios planteamientos previos: la respuesta depende de la pregunta. Y eso conduce al historiócalo a avanzar un poco a tientas, y a dudar de sí mismo y de sus certezas. Por eso son tan múltiples las interpretaciones de la historia, y tantas de ellas válidas y enriquecedoras, por más contradictorias que sean entre sí. Y es que no existe, en tantas dimensiones de la vida, el conocimiento absoluto de la realidad. Por lo menos en este mundo.

Por tanto, no existe una interpretación canónica sobre cualquier fenómeno histórico, sean las guerras púnicas o el franquismo. Esa pretensión podemos cedérsela al historiócaco que considera la historia como una mera herramienta para «ganar el relato», es decir, para lograr un beneficio que en resumidas cuentas es propio, personal. Es el terreno abonado de la propaganda, la agit-prop de toda la vida, la memoria histórica o democrática: todo se resume en decirle a la gente lo que debe creer, y obligarle a creerlo. Sobran los interrogantes, sobra el acercamiento titubeante al pasado, sobra el mismo pasado. El pasado se crea en función de los intereses del presente.

En los grandes historiadores (y también en los pequeños, claro) es patente, sobre todo con el paso de los años, lo que deben a sus planteamientos ideológicos, a sus presupuestos antropológicos: interpretan la historia como interpretan el mundo en que viven. Pero esto no quita nada de valor a su obra; al contrario, se compartan o no, nos permite observar las cosas desde otro punto de vista, lo cual resulta enriquecedor. No se trata de creerse lo que dicen, sino de prestarles atención, comprenderlos y reflexionar. No importa si sus planteamientos son marxistas, nacionalistas, liberales o tradicionalistas. Se trata de distinguir, separar y aprovechar.

Un buen ejemplo de lo anterior es Francisco Javier Simonet (1829-1897), ilustre arabista del que ya comunicamos en su día su Historia de los mozárabes de España. Pues bien, en esta nueva entrega se han reunido una serie de memorias, discursos y artículos de fechas comprendidas entre 1860 y 1895: La mujer arábigo-hispana, El Siglo de Oro de la literatura arábigo-española, Influencia del elemento indígena en la cultura de los Moros de Granada, Biografía de Omar Ebn Hafsun, Caída del reino visigodo y conquista de España por los sarracenos, y por último el Prólogo que redacta para la traducción española de La Croix et le Croissant de Godefroid Kurth, incluida en la anterior entrega de Clásicos de Historia.

Simonet lleva a cabo un exhaustivo estudio de las fuentes existentes, publica numerosas de ellas, y naturalmente las interpreta, sin ocultarlo, desde sus planteamientos tradicionalistas y nacionalistas. Esto le lleva progresivamente a subrayar (y privilegiar) el factor indígena e hispánico de muladíes y mozárabes en la cultura y realizaciones de la España musulmana, que superaría ampliamente a la influencia árabe y norteafricana. Como todo escrito interesante sobre el pasado, esta tesis no sólo es discutible, sino que es un acicate para una fructífera discusión, y Simonet no la rehúye: en sus obras son incontables las referencias elogiosas al gran arabista holandés Reinhart Dozy, por más que rechace buena parte de sus tesis.

No ocurre lo mismo con las obras de propaganda ideológica o política, o de mero propósito crematístico, pero revestidas de aparato (o revestimiento) historiográfico. Un ejemplo de ello sería Ignacio Olagüe (1903-1974), que dio una curiosa vuelta de tuerca a la tesis de Simonet en su Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne, título con el que se publicó en 1969 lo que después se llamaría La Revolución Islámica en Occidente. Como nacionalista español (había militado en las JONS) Olagüe hispaniza totalmente Al-Ándalus: no habría sido invadido en ningún momento, sino que los antitrinitarios arrianos españoles se transmutaron ellos mismos en musulmanes. Mientras que el valor de esta obra para la mejor comprensión de la España musulmana es nulo, puede resultar de interés observar el contraste entre el autor (que afirma que Al-Ándalus no debe nada a árabes y norteafricanos) y los actuales defensores y promotores de dicha obra (que defienden la pertenencia de España a Dar al-Islam).

La Alhambra, por supuesto.

domingo, 1 de febrero de 2026

Godefroid Kurth, ¿Qué es la Edad Media? y otros artículos polémicos

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Durante un milenio, la Cristiandad divide la Historia en seis edades, conjuntando las tradiciones clásicas, judías y cristianas, y las reflexiones de san Agustín y de Orosio. La primera edad arranca con la Creación, la segunda con el Diluvio, la tercera con Abraham, la cuarta con la construcción del Templo, la quinta con el Cautiverio, y la sexta con el nacimiento de Cristo. Si le añadimos una más futura, con el Anticristo y el fin del mundo, obtenemos la prodigiosa cifra de siete que nos permite relacionarlas con los siete días de la Creación, con los siete planetas, con las siete edades del individuo... Macrocosmos y microcosmos. Vemos ya explícita esta compartimentación del tiempo en la Crónica Universal de Isidoro de Sevilla, y todavía será reverencialmente seguida casi mil años después, por ejemplo en la espléndida Crónica de Nuremberg de Hartmann Schedel.

Sin embargo a partir del siglo XII algunos escritores, ante la prolongada duración de la sexta edad y el interés por el pasado reciente, comienzan a distinguir entre antiquitas y modernitas. Esta última sería «el curso de los últimos cien años, cuyo término aún se desarrolla, cuyo recuerdo de todas las cosas que han sido dignas de contar es suficientemente reciente y claro, cuando hay todavía algunos ancianos centenarios vivos, y hay innumerables hijos que poseen, por la narración de sus padres y abuelos, un conocimiento cierto de cosas que no han visto.» (Gualterio Map, muerto en 1209, lo escribe en su De nugis curialium, cit. por José Miguel de Toro Vial.) Naturalmente, antiquitas será lo anterior…

Pero los humanistas del siglo XV, que aunque parezca difícil incrementan la reverencia hacia griegos y romanos mantenida por la Cristiandad a lo largo de los siglos, se autoconvencen de ser ellos los descubridores de ese Mediterráneo glorioso del pasado, para el que reservan el término de Antigüedad. Y, lógicamente, su Modernidad quiere reproducirla, quiere ser una nueva Antigüedad. ¿Y qué son los mil años que separan estos dos polos de la historia? Nada, un periodo intermedio, medioevo, caracterizado por la barbarie y la regresión: un largo descenso seguido de una lenta ascensión. Nace así el concepto de Edad Media, con su carga de significado negativo, que pesará poderosamente no sólo en el imaginario popular, sino también en el de los especialistas.

Godefroid Kurth (1847-1916) fue un prestigioso historiador belga que publica en 1905 un breve texto con el título Qu’est-ce que le Moyen Age? con el que quiere deshacer esa falsa percepción de la Edad Media en la que «era inevitable llegar a creer que era completamente cruda, bárbara, ignorante, falta de inteligencia, sucia, engañada por sacerdotes astutos y por sus propios prejuicios, sometida a toda forma de violencia o que la cometía, incapaz de espíritu cívico, incapaz de alcanzar los grandes ideales de nación, progreso, justicia social y vida intelectual.»

Pero es que esa visión deleznable de la Edad Media se basa en buena medida en leyendas sin base y falsedades clamorosas, que Kurth disecciona y rechaza. Y concluye: «lejos de ser un período intermedio entre la civilización antigua y la moderna, la Edad Media es en sí misma el comienzo de la civilización moderna. Lejos de situar su punto de partida en el Renacimiento, cabe señalar, por el contrario, que surge del cristianismo... Estas sociedades todavía subsisten con la base que recibieron entonces, esto es, la moral cristiana. Iniciándose en los siglos conocidos como la Edad Media, continúa en los llamados modernos y contemporáneos. Somos herederos de la Edad Media, y no, como suele decirse, hijos de Grecia y Roma.»

Hemos incluido otros dos artículos, también orientados hacia la polémica con sus contemporáneos, en los que se ocupa de otros aspectos conexos. En uno de ellos, Le Concile de Maçon et les femmes, explica el curioso origen del fake sobre la supuesta carencia de alma en las mujeres, que todavía se aduce de vez en cuando hoy en día. En el otro, La Croix et le Croissant, lleva a cabo un intento de interpretación del papel que ha jugado el Islam en la historia, hasta el presente. Su valoración es en buena medida negativa, al enmarcar su análisis en el marco de un conflicto de civilizaciones opuestas que compiten entre sí (y en el momento álgido del imperialismo contemporáneo en que se escribe, podemos añadir.)

El último texto de esta entrega de Clásicos de Historia es diferente. Escrito en los últimos meses de su vida, se publicará póstumamente en 1919. Le guet-apens prussien en Belgique trata de la ocupación de la neutral Bélgica por parte de Alemania en la primera Guerra Mundial. Kurth, originario de la zona belga de lengua alemana, describe pormenorizadamente con los datos de que dispone el proceso del ultimátum, invasión y especialmente los intentos alemanes de justificar sus actos. «Invoco a Alemania ante el tribunal de la conciencia humana: ¡que intente responder a mi acusación! Aquí solo encontrarán hechos que ella misma admite; ¡hablo basándome en sus periódicos y revistas! Cuando cito testimonios belgas, han sido cuidadosamente verificados. He enseñado y practicado la crítica histórica durante cuarenta años, y he aplicado aquí su método con aún mayor rigor porque siento plenamente el peso de la responsabilidad que recae sobre mí. ¿Es necesario decir que esta no es una obra de odio ni de venganza?»

Les Tours de Bois-Maury, de Hermann, es una larga novela gráfica iniciada en 1984, en la que se pueden
apreciar buena parte de los tópicos que aun hoy se aplican a la Edad Media. Eso sí, con gran calidad artística.