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lunes, 1 de abril de 2024

Manuel Chaves Nogales, La vuelta a Europa en avión (los reportajes del Heraldo)

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Manuel Chaves Nogales (1897-1944) fue un prestigioso periodista y escritor, doblemente exiliado de los dos bandos de la guerra civil, como tantos otros intelectuales de esos años. En los años veinte fue redactor jefe del Heraldo de Madrid, periódico madrileño de gran tirada, y en los treinta subdirector del nuevo diario Ahora, muy influyente durante la segunda república. Despertaron gran interés sus reportajes y entrevistas, aunque hoy día se le recuerde sobre todo por su A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, colección de relatos ambientados en la guerra civil escritos en 1937, y publicados en periódicos de diferentes países, y como libro en Santiago de Chile ese mismo año. De este autor comunicamos en su día sus Crónicas de la Revolución de Asturias.

En 1928, en los últimos tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, Chaves Nogales lleva a cabo un recorrido periodístico por buena parte de Europa, y entre agosto y noviembre publica en el Heraldo un conjunto de crónicas que arrancan en Madrid, y se desplazan a Francia, Suiza, Alemania y sobre todo Rusia, el verdadero objetivo del viaje: se ocupa de ella en diecinueve de los veintiocho artículos que componen la serie. Recorre durante varias semanas buena parte de Rusia: Smolensk, Moscú, el Cáucaso (con Bakú) y Leningrado:

«Yo he recorrido Rusia de punta a punta, he andado a mi placer por ciudades importantes y por aldeas, he viajado solo, siempre solo, sin decir a nadie a dónde iba ni con qué objeto, en avión, en ferrocarril, en auto y hasta en carro. Nadie me ha molestado nunca, ni me ha pedido un documento, ni me ha puesto la menor dificultad. Tengo, sin embargo, la impresión de que se me han seguido los pasos y de que se ha sabido en todo momento adonde iba y con quién me entrevistaba. Sería cándido suponer lo contrario. Pero no me ha ocasionado ni la más mínima molestia; como si yo fuese el amo de Rusia. Por eso afirmo que la Policía soviética es la mejor del mundo… como policía política.»

Unos meses después, ya en 1929, corregirá y ampliará considerablemente los artículos anteriores, y los publicará en libro con el título La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, cuando todavía perdura la dictadura en España. Tiene cierto interés observar las diferencias entre los artículos y el libro posterior, por lo que hemos incluido algunas notas y, como anexo, algunos pasajes relativos a la estancia del autor en Rusia, no incluidos en las crónicas periodísticas de su viaje.

Puede resultar llamativo el grado de libertad de expresión existente durante la dictadura de Primo de Rivera, a pesar de la existencia de la represión y de la censura previa: Chaves alaba los sistemas democráticos europeos y numerosos aspectos del régimen comunista ruso, y critica otros del español. Generalmente se califica la primera dictadura española del siglo XX como un régimen militar, autoritario y conservador. Y verdaderamente es así, pero al mismo tiempo fue también un régimen reformista que reconoció el voto femenino, que por primera vez nombró a mujeres para cargos públicos (desde concejales hasta parlamentarias), y que gozó del apoyo y colaboración de socialistas y ugetistas como Largo Caballero y de la propia organización…

Otra cuestión interesante es el plantearnos si podemos incluir a Chaves entre los abundantes intelectuales compañeros de viaje de los soviéticos en los años veinte y treinta. Se puede constatar su admiración sincera por muchas de las realizaciones que han llevado a cabo los comunistas, su creencia en que verdaderamente son los proletarios (esto es, los trabajadores industriales) los que ejercen y disfrutan el poder, su certidumbre de la pureza de motivaciones de los bolcheviques, su convicción en el apoyo absoluto de la población a los comunistas…

Pero Chaves también certifica la carencia absoluta de libertad de expresión, así como el talante represivo, militarista, burocrático y policíaco del régimen, y exclama: «Los bolcheviques no han conseguido sino aquello que los socialistas van logrando en los países capitalistas por medio de un procedimiento evolutivo. ¡Y para conseguir tan poco han sido necesarias esas infamias, esos crímenes de la Checa, las matanzas de Arkángel, el hambre, la guerra civil, el bloqueo, los niños abandonados y el Ejército Rojo!»

¿En qué quedamos? Quizás la explicación de esta ambivalencia nos la proporciona el mismo Chaves Nogales en las líneas primeras de su libro: «Para ponerse a escribir en los periódicos hay que disculparse previamente por la petulancia que esto supone, y la única disculpa válida es la de contar, relatar, reseñar. Contar y andar es la función del periodista (...), que no reclama la atención del lector si no es con un motivo: contarle algo, informarle de algo. Claro es que ésta no es la única misión del periodista, ni siquiera la más importante. Pero es la única que puede uno proponerse si no quiere sentar plaza de mixtificador.»

Y luego: «No aspiro a que cuanto digo tenga autoridad de ninguna clase. Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado, montado en un avión, describo paisajes, reseño entrevistas y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no les doy. Admito la posibilidad de equivocarme. Mi técnica —la periodística— no es una técnica científica. Andar y contar es mi oficio.»

viernes, 6 de abril de 2018

Manuel Chaves Nogales, Crónicas de la Revolución de Asturias


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¿Qué hacemos con las revoluciones, con los golpes de estado que fracasan? ¿Cómo las relatamos, cómo las explicamos, cómo las gestionamos? Refiriéndose a una época ya distante, aunque aun presente recta o torcidamente, escribe Andrés Trapiello (“La dura realidad”, en Cuatro historias de la República, Destino, Barcelona 2003):

«El peligro de los periodistas son las prisas y el de los políticos la lentitud. Aquellos tienden a ser superficiales y éstos a la retórica, que es el arte de dar vueltas. Para unos las cosas vuelan y para los otros no acaban de llegar. Chaves es en todo caso un buen observador. Veamos este ejemplo. Está escribiendo un reportaje sobre el agro andaluz, en los primeros meses de la República. En el ambiente flota la necesidad de una Reforma Agraria que los terratenientes temen como el pedrisco y los braceros esperan como el maná. “Sin ningún propósito derrotista ―nos dice―, ateniéndose objetivamente a la dura realidad de su vida, los braceros del campo andaluz, los pequeños colonos, los arrendatarios y hasta los propietarios mismos, ponen el grito en el cielo y afirman que la situación es catastrófica, hasta el punto de que tendrá que venir una revolución formidable que acabe con este angustioso estado en que se encuentran; revolución formidable que unos esperan del lado de las izquierdas y otros del de las derechas. Todos están ciertamente incómodos, angustiados si se quiere, y por no ser capaces de sufrir esta incomodidad o esta angustia, sueñan con una convulsión que lo eche todo a rodar.” Esto, cuando fue escrito, en noviembre de 1931, bajo los efectos de la borrachera del catorce de abril, tenía por fuerza que sonar a una intemperancia, pero cuando la profecía vino a cumplirse, en julio de 1936, ya nadie se acordaba de ella.»

...Y ya antes en octubre de 1934. Manuel Chaves Nogales (1897-1944) había escrito entonces en el diario Ahora: «Es cierto, rigurosamente cierto, que la rebelión ha tenido esta vez caracteres de ferocidad que no ha habido nunca en España. Ni siquiera durante la gesta bárbara de los carlistas hubo tanta crueldad, tanto encono y una tan pavorosa falta de sentido humano. Todo cuanto se diga de la bestialidad de algunos episodios es poco. Dentro de cien años, cuando sean conocidos a fondo, se seguirán recordando con horror. La revolución de los mineros de Asturias, fracasada, no tiene nada que envidiar, en punto a crueldad, a la revolución bolchevique triunfante. No creo que los guardias rojos de Lenin se echasen sobre la burguesía rusa con tan terrible ímpetu. Asturias en dos semanas ha quedado arrasada para mucho tiempo. Pasarán varios lustros antes de que pueda levantar cabeza si España entera no acude en su auxilio. Oviedo, la ciudad muerta, recuerda, apenas se entra en ella, aquellas ciudades del frente occidental devastadas por el fuego cruzado de dos ejércitos potentísimos. Más de sesenta edificios destruidos totalmente —la mayor parte de ellos, en el corazón de la ciudad— y el medio millar de muertos habidos en el casco de la población y los alrededores dicen elocuentemente lo que ha sido la revolución.

»Pero, con ser esto cierto, no es posible, sin embargo, silenciar que, aparte determinados episodios de ferocidad jamás igualada, que harán pasar a la historia este alzamiento como una de esas etapas en las que la humanidad retrocede a la barbarie, ha habido una gran masa humana lanzada a la revolución que ha sabido detenerse en los umbrales de la bestialidad y que incluso ha podido hacer gala en ocasiones de unos sentimientos humanitarios de los que no se les creería capaces. Para reconocer esto basta advertir, por una parte, el ensañamiento con que se han cometido algunos crímenes, y por otra, la cifra relativamente exigua de las víctimas, dado el hecho de que en muchos sitios los titulados guardias rojos han sido dueños absolutos de vidas y haciendas durante quince días. Preveo que, en esto como en todo, la opinión española se dividirá en dos bandos igualmente irreconciliables. El de los que afirmarán que la población minera de Asturias lanzada al movimiento es una horda de caníbales y el de los que sostendrán que todo fue un juego de inocentes criaturas o, a lo sumo, de cabezas alocadas sin responsabilidad. Para contribuir en lo posible a dar una sensación exacta de lo que ha sido la intentona revolucionaria, no encuentro más camino que el de ir acumulando testimonios para que cada cual, con arreglo a su conciencia, pueda formular su veredicto.»

Oviedo tras la revolución