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viernes, 1 de mayo de 2026

Joaquim Pedro de Oliveira Martins, Historia de Portugal

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El portugués Joaquim Pedro de Oliveira Martins (1845-1894) fue un autor afortunado en nuestro país, repetidamente encomiado por autores tan disímiles como Menéndez Pelayo, Valera, Juderías, Unamuno y Altamira, y en su día comunicamos su Historia de la Civilización Ibérica, que fue traducida al español en vida del autor. No así otras dos interesantes obras que nos proponemos incluir en Clásicos de Historia: la Historia de Portugal y la que podemos considerar su complemento, Brasil y las colonias portuguesas (dejamos por ahora de lado su Portugal contemporáneo). En una Advertencia preliminar en la primera de estas obras, Oliveira Martins se expresa así:

«En la Historia de la Civilización Ibérica intentamos estudiar el sistema de instituciones e ideas de la sociedad peninsular para explicar su vida colectiva, orgánica y moral. Allí consideramos la sociedad como un individuo y buscamos representarla física y moralmente. Ahora nuestro propósito es diferente... La mitad de la historia portuguesa está, por lo tanto, escrita en la Historia de la Civilización Ibérica: la mitad que trata de la vida de la sociedad, como un ente orgánico y moral. Se entenderá, pues, que nos abstendremos ahora de repetir lo dicho y que nos limitaremos a remitir al lector al libro precedente, indicando, cuando sea necesario, dónde se encuentra la explicación de las causas generales a las que el texto alude.

»Queda por hacer la segunda mitad; queda por caracterizar lo particular de la historia portuguesa. Resta dar vida a sus personajes y representar de forma realista el escenario en el que se desenvuelven: tal es el propósito de este libro, cuyas dificultades de ejecución superan con creces las del anterior. Antes, bastaban el conocimiento y el pensamiento; uno para describir cómo eran las cosas, el otro para indicar el principio y el sistema de la civilización. Ahora se requiere un talento especial, intuición histórica y un estilo que transmita la vitalidad propia de los seres vivos. Será necesaria toda la paciencia del lector para disculpar las imperfecciones del libro.

»Es necesario señalar otro aspecto y evitar una impresión equivocada en quien lea ambas obras sucesivamente. La Historia de Portugal consiste en una serie de escenas en las que, en su mayoría, el carácter de los hombres, sus acciones, los motivos inmediatos que las determinan y las condiciones y la forma en que se realizan, merecen más reproche que aplauso. Crímenes brutales, pasiones viles, abyecciones y miserias suelen componer la existencia humana; y por ello, más de un moralista ha condenado el estudio de la historia como perjudicial para la educación. En cambio, la Historia de la Civilización Ibérica destila un entusiasmo optimista que, a primera vista, parecería contradictorio con el carácter mezquino y ruin que presentan las acciones humanas. Un ejemplo bastará para demostrar este antagonismo: antes considerábamos las conquistas americanas y asiáticas una hazaña heroica; y ahora veremos la montaña de ignominia que es el imperio portugués en Oriente.»

Naturalmente, esta Historia de Portugal resulta bien diferente del Epítome barroco de Manuel de Faria, que presentamos hace unas semanas. En primer lugar, parte de lo evidente: Portugal nace con la creación del condado de Portugal y de su separación del reino de León; la nación es el resultado de la actuación de una persona determinada. Y Oliveira, además, puede aprovechar el ingente trabajo realizado por numerosos investigadores, como Alexandre Herculano (1810-1877), autor de una documentada y extensa Historia de Portugal (que sólo alcanza el siglo XIII).

Pero la obra de Oliveira es, como todas, hija de su tiempo… y de sus planteamientos ideológicos: el autor juzga, toma partido ante los acontecimientos, y hace responsable a los culpables. Así, en lo referente al fracaso del imperio portugués en Asia (capítulo «El viaje a la India»), la deplorable casa de Avis, la incuria de la Inquisición, la catástrofe de la Jornada de África, el dominio español, la incapacidad de la casa de Braganza... Y durante tres siglos el papel atroz que atribuye a los jesuitas en el decurso de los acontecimientos, que resulta curiosamente similar al que desde las orillas ideológicas contrarias se atribuye a la masonería.

Oliveira tiene claro que el resultado necesario de todo ello es, por tanto, la decadencia: tras el éxito en la creación de la nación portuguesa, que culmina con la victoria en Aljubarrota y con la prodigiosa época de los descubrimientos, se produce la progresiva descomposición del reino. La responsabilidad está en las élites, imbuidas de un jesuitismo atroz, pero también en el pueblo, seducido por un sebastianismo adormecedor, esperanzado en la llegada de un redentor prodigioso. Los intentos de corregir la situación (el marqués de Pombal, el oro del Brasil, el liberalismo…) han dado unos resultados limitados por la persistencia de tendencias negativas en la sociedad portuguesa. Olivera concluye así: «¿Continúa la decadencia nacional, aparentemente interrumpida tan solo por ideas revolucionarias y por la restauración de las fuerzas económicas impulsadas por el utilitarismo universal? ¿O estamos presenciando un fenómeno de oscura reconstitución?»

Armada portuguesa, Livro de Lisuarte de Abreu.

sábado, 11 de abril de 2026

Jorge de Sena, El polígrafo barroco Manuel de Faria e Sousa

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Como complemento de la entrega anterior de Clásicos de Historia, presentamos el brillante y sugestivo estudio que dedicó Jorge de Sena a nuestro conocido Manuel de Faria en 1972, con motivo del IV Centenario de la publicación de Os Lusíadas. Apareció al frente de la cuidada edición en facsímil de Lusíadas de Luis de Camões, Príncipe de los poetas de España. Al Rey N. Señor Felipe Cuarto el Grande. Comentadas por Manuel de Faria y Sousa, Caballero de la Orden de Cristo, y de la Casa Real, publicado originalmente en 1639, y que puede ser considerado como la obra cumbre del polígrafo barroco.

Sena muestra no sólo su extenso conocimiento de la época, sino su comprensión profunda de las circunstancias, fenómenos y actitudes que se producen en respuesta a la grave crisis de aquellos años cruciales de de la Monarquía Hispánica. Subraya lo innegable: el arraigado patriotismo portugués de Faria, patente en toda su obra, con la que desea impulsarlo y darlo a conocer, que sin embargo coexiste aparentemente sin problema con la desacomplejada aceptación del marco superior hispánico, que se expresa tanto en la elección del castellano como su lengua de expresión escrita preferente, como en la obediencia debida al señor natural, valor clave de larga tradición.

En realidad, podemos añadir, las dos lealtades, a la Nación y a la Monarquía, son perfectamente compatibles en aquella época, como lo son las otras muchas identidades parciales que conforman las complejas personalidades de entonces: la Religión, el Grupo, la Familia, la Condición... Habrá que aguardar al mundo contemporáneo para encontrarnos con el esfuerzo denodado para hacer depender al individuo de una sola identidad que le determina y domina de forma excluyente. El problema surgirá (además de lo impositivo del intento) en el conflicto entre las diversas propuestas de identidad, que se rechazan unas de otras de forma absoluta: la Nación (al modo nacionalista), la Ideología (al modo liberal), la Clase (al modo revolucionario).

La postura intelectual de Faria al respecto, la lealtad a Portugal compatible con la lealtad a España, es absolutamente común a muchos otros literatos, historiadores, fueristas y letrados, que agotan las prensas con las defensas de sus patrias y tradiciones. Y la elección del castellano como lengua franca española, es también habitual, por lo menos desde el siglo XV. Incluso entre muchos de los partidarios o contrarios a la separación de Cataluña de la Monarquía, como Gaspar Sala y Berart, Alejandro de Ros, o el portugués Francisco Manuel de Melo.

Y sin embargo, tradicionalmente se han valorado de forma muy negativa los personajes que se consideraron españolizados (y no sólo en Portugal). Y Sena considera que «ese juicio contra los hispanizados, no ha sido en gran medida objeto de una revisión adecuada, debido a la perpetuación superpuesta de actitudes polémicas superficiales que, desde la Ilustración del siglo XVIII, han visto sucesivamente con hostilidad la castellanización o el bilingüismo del siglo XVII, identificándolos —sin una comprensión crítica actualizada— con composiciones ideológico-literarias opuestas a las luces que brillaban, o se suponía que brillarían, más allá de los Pirineos. El setecentismo portugués disimuló mucho de lo que heredó y continuó del Barroco en esta transferencia de lealtades culturales, el romanticismo siguió naturalmente sus pasos, matizándolas con convicciones de nacionalismo mitológico, y el positivismo del siglo XIX aportó a éstas el aparato crítico de una pseudo-ciencia etnográfica-histórica.»

* * *

Jorge de Sena (1919-1978) es uno de los más destacados intelectuales portugueses del siglo XX. Ingeniero de formación y ejercicio durante bastantes años, compatibilizó aquel con una esforzada y muy abundante dedicación a la escritura. En 1959 abandona Portugal y se establece en el Brasil, con la intención de dedicarse exclusivamente a la literatura; quizás también a causa de una ligera implicación en la conspiración antisalazarista de carácter predominantemente militar conocida como la Revolta da Sé. A partir de entonces se centra exclusivamente en el desarrollo de una considerable labor académica y literaria, primero en el Brasil y tras ocho años, en los Estados Unidos, donde fallecerá. Mantuvo sin embargo estrechos contactos con el mundo cultural portugués, con publicaciones frecuentes y su participación en distintos eventos. Además de destacado poeta, Sena fue un profundo conocedor de la literatura y cultura portuguesa y española, que enseñó en São Paulo, Wisconsin y California.

En un escueto affiche de la Biblioteca Nacional de Portugal con motivo de una exposición sobre el autor, se resume así su obra: «Su obra, además de más de 12 libros de poesía (sin incluir antologías y ediciones póstumas), abarca cuentos (Andanças do demónio y Novas andanças do demónio, Os grão-capitães), novelas (Sinais de fogo), teatro (O Indesejado, Mater imperialis, Amparo de mãe, etc.), y traducciones de obras de ficción (Hemingway, Faulkner, Erskine Caldwell, Thomas Love Peacock, Graham Greene, DuBose Heyward, Evelyn Waugh, etc.) y la poesía (Cavafi, Emily Dickinson, poemas ingleses de Fernando Pessoa, y decenas de otros poetas, reunidos en Poesia de 26 séculos). Además de su extensa obra crítica y académica, que abarca temas que van desde la Edad Media hasta el Renacimiento, el hispanismo y la época contemporánea, destaca el trabajo de Jorge de Sena sobre Inês de Castro, estudios sobre Camões (incluida su tesis doctoral sobre Uma Canção de Camões e o Soneto Quinhentista Peninsular), Maquiavelo, Marx, Florbela, Pessoa, la literatura brasileña, la generación de Presença y la poesía moderna y contemporánea, entre otros. Jorge de Sena también se dedica a la crítica cinematográfica (recogida en Sobre Cinema) y la crítica teatral (recogida en Do teatro em Portugal).»

El profesor y también poeta José Luis García Martín, con motivo de la publicación de una antología de la obra poética de Sena, nos proporcionó hace unos años un interesante retrato del autor: «Jorge de Sena vivió siempre con la convicción de que era un hombre demasiado grande para un país demasiado pequeño. Y era, en verdad, un hombre extraordinario, capaz de destacar en cualquier género literario y en la más minuciosa erudición universitaria (...) Todo su empeño estaba puesto en obtener el premio Nobel de Literatura; se creía con derecho a ser el primer escritor de lengua portuguesa al que se concediera ese galardón. El último artículo que escribió —se publicó unos días después de su muerte— llevaba el título de Aleixandre o el premio Nobel a los insignificantes; no comprendía que en 1977 los académicos suecos hubieran optado por Aleixandre, sólo poeta, y no por él, poeta e infinitas cosas más (...) Jorge de Sena aspiró a desempeñar en Portugal el papel que Unamuno había ejercido en la España de su tiempo: a ser el maestro reconocido por todos y a la vez el jefe de la oposición intelectual. No pudo conseguirlo y siempre vivió con la sensación de que no era suficientemente reconocido y admirado.»

Grabado de El Gran Iuſticia de Aragõ Don Martin Batiſta de Lanuza…
por Manuel de Faria i Souſa, Cav.° 
đ la Ordẽ đ Chriſto i de la Caſa Real.
Madrid 1650.

miércoles, 1 de abril de 2026

Manuel de Faria y Sousa, Epítome de las historias portuguesas

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Manuel de Faria y Sousa (1590-1649) es un espléndido y prolífico polígrafo barroco: poeta, historiador y sobre todo estudioso, comentador y editor de la obra cumbre de la literatura portuguesa, Os Lusíadas de Camoẽs. Como tantos otros escritores de la época tuvo que emplearse al servicio de destacados personajes, algunos de las ramas más preclaras de su extensa familia fidalga. Y asimismo como tantos otros paisanos suyos, Faria fue bilingüe y utilizó preferentemente el castellano, lengua que valoraba así: «siendo de común consentimiento, a quien la entiende, suave y majestuosa, no puedo acabar de entender la razón de hacerse difícil a algunas naciones, y principalmente a aquellas que le son tan cercanas, y en sus idiomas no diferencian de éste cosa considerable.» Se estableció en Madrid, donde publicó una parte importante de su obra, y permanecerá en la villa y corte hasta su muerte, tras la separación de Portugal de la monarquía compuesta hispánica.

Como historiador, Faria publicó su Epítome de las historias portuguesas en 1628, obra que fue varias veces reeditada y gozó de considerable difusión por Europa, constituyéndose en la fuente principal para el conocimiento del pasado portugués. Pero también fue discutida, lo que le impulsó a llevar a cabo un trabajo de documentación, rectificación, análisis y ampliación enorme, cuyos frutos sólo se publicarán unos años después de su muerte por impulso de su hijo, ya en Lisboa: los tres tomos de Europa portuguesa, los otros tres de Asia portuguesa y uno de África portuguesa. Desgraciadamente, el dedicado a la América portuguesa, o no fue concluido, o se perdió.

La historia de Portugal que hoy comunicamos es un excelente ejemplo de historia barroca, heredera y continuadora de la renacentista. Naturalmente, inicia su historia con Túbal, y prosigue con los reyes míticos, sus sucesores: Ibero, Idubeda, Brigo…, lo que le lleva a lanzar una andanada a las «opiniones escrupulosas», esto es escépticas, de Juan de Mariana. En cualquier caso, para Faria, Lusitania, esto es, Portugal, ya está constituido desde estos tiempos primigenios, y se explayará en la exposición de las admirables acciones de sus habitantes en sus tierras y fuera de ellas. Y así seguirá el paso de los siglos hasta la creación del reino de Portugal con Alfonso I, a partir del cual se sucederán los reinados de sus sucesores, en cuya narración ya podrá echar mano de la tradición cronística y cada vez más de fuentes diversas. Concluirá con la descripción geográfica y organizativa de Portugal.

El Epítome es, naturalmente, obra de su tiempo. Podemos reprocharle un talante crítico menor que el de Ambrosio de Morales o Mariana. Por otra parte, no faltan los pulidos discursos y arengas puestos en boca de personajes destacados, como en sus admirados modelos clásicos. Sobreabunda hasta el agotamiento la búsqueda de paralelos antiguos para cualquier acontecimiento moderno que se narra. El lenguaje es típicamente barroco, y aunque Faria es amigo de Lope de Vega (que escribe sobre él y le admira) y abomina de Góngora y su escuela, observamos una cierta exuberancia de lo que podríamos considerar períodos salomónicos y estípites verbales, que pueden acabar fatigando un tanto.

Hemos incluido en esta entrega de Clásicos de Historia los grabados que figuran en la edición original de Madrid 1628, con la evolución del escudo de armas portugués, y la galería de los reyes de Portugal que se estampa en la edición del Epítome de Bruselas 1677. Inicia la serie el conde don Henrique, y se continúa hasta Felipe IV (III de Portugal y de Aragón). Por la coincidencia con las descripciones de Manuel de Faria en el texto, los grabados parecen corresponderse con los retratos oficiales que se exponían en el palacio real de Lisboa, y luego en el de Madrid. Tras describir el aspecto físico de Alfonso IV, al tratar de su reinado, Manuel de Faria escribe: «Débese crédito a esta imagen, porque él mismo se hizo retratar, y con sus antecesores: imitáronle los herederos, y están hoy en el Palacio de Madrid estos retratos originales de nuestros reyes.»

* * *

Si bien Faria logró reconocimiento (más bien moral que de otro tipo) en vida y en la inmediata posteridad, pronto se convirtió en un autor relegado o conscientemente rechazado, a causa de su elección del castellano como medio principal de expresión escrita, sus abundantes conexiones con los medios culturales y políticos de la monarquía hispánica, y su permanencia en Madrid tras la independencia de Portugal. El profesor y poeta Jorge de Sena, en un interesante estudio de 1972 escribía:

«No se puede decir que la personalidad y la vasta obra de Faria e Sousa hayan sido controvertidas, pues se generalizó y aceptó fácilmente, sin visión crítica, condenarlo sin apelación, basándose en dos cuestiones convergentes: el hecho de que, en 1640, permaneciera en España, y la valoración peyorativa que la mayoría de los eruditos del siglo XIX hicieron de su inmensa labor como polígrafo —poeta, crítico, historiador, ensayista, etc. Se acumularon errores de perspectiva, y quizás también el intento más indecente de ocultar cuánto, al despreciarlo ostentosamente, se extraía de su erudición, de sus enfoques críticos, etc., especialmente en los estudios sobre Camões, al que había elevado a la categoría de gigantesco monumento.

»La cuestión de juzgar a un autor por el hecho de no haber regresado a Portugal después de la Revolución de 1640, que restableció el país separado del esquema de la Monarquía Dual, que, muy del agrado de las oligarquías portuguesas, había funcionado durante sesenta años (hasta que las dificultades españolas hicieron peligrar esa estructura, que daba a la aristocracia portuguesa una posición privilegiada en el complejo hispánico, y la hizo para ellos menos interesante que la independencia restaurada), es claramente una extrapolación política, e incluso desde una perspectiva histórica: muchos de los grandes portugueses y sus sirvientes no regresaron hasta después de que sus privilegios fueran garantizados por el tratado de paz de 1668, y el mismo anatema no pesa sobre ellos. Ni, que se sepa, llevaron a cabo una tarea semejante —la defensa y difusión internacional, en la lengua franca de la Europa del siglo XVII que era el castellano, de las glorias y la dignidad de Portugal—, a la que desempeñó Faria e Sousa con sus obras historiográficas y su actividad como polígrafo.»

Y más adelante: «La obra de Faria e Sousa, como la de tantos otros de uno de los períodos más curiosos y menos estudiados de la historia portuguesa, debe juzgarse en el contexto político y cultural de su época, y no con los anacronismos del nacionalismo burgués y romántico que aún pesan tanto sobre los prejuicios historicistas portugueses. Portugal fue durante mucho tiempo —si no lo es ya— un país hispánico y actuó como tal, cuya historia y cultura resultan incomprensibles si se toman aisladamente del complejo ibérico, del mismo modo que la historia y la cultura de España, debido a la tremenda vanidad del imperialismo castellano, son de hecho incomprensibles sin la influyente y decisiva presencia de ese Portugal que, en 1580, ya contaba con más de cuatro siglos, no sólo como nación independiente, sino como una nación que se había proyectado, antes que ninguna otra, en una expansión deslumbrante, y desde fronteras que, con ligeras diferencias, se mantienen estables hasta nuestros días, tal como se habían establecido a mediados del siglo XIII.»

Lusitania triunfante, flanqueada por la Fe y la Fortaleza,
entronizada sobre el Orbe arrastrado por América, Europa, Asia y África.
Cada una de estas personificaciones cabalga sobre el animal que se le asocia:
caballo, toro, elefante y león, respectivamente.
Grabado incluido en la edición de Bruselas 1677.

lunes, 13 de enero de 2025

La falsa vida del falsario Saavedra (relatos y refutaciones)

Rafael, El cardenal (1510)

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Alonso Pérez de Saavedra ha pasado a la (pequeña) historia con el apelativo de el falso nuncio de Portugal. Desde mediados del siglo XVI se difundió por España la noticia de que este excelente pendolista cordobés, derivado en falsificador y estafador enriquecido, se hizo pasar por nuncio del papa en Portugal, fue recibido con toda pompa por su rey, y con los abundantes documentos fabricados por él mismo, logró establecer la Inquisición en Portugal, al modo de Castilla, para perseguir a judíos y judeoconversos. Pero, descubierto tras seis meses de representar tan espléndido papel y vuelto a España, fue procesado y condenado a galeras.

La breve relación supuestamente redactada por el mismo Saavedra, de la que se aseguraba que su original autógrafo estaba en El Escorial, circuló en abundantes copias manuscritas. Y su fama se agrandó con la representación de una comedia que popularizó (como las series actuales) el relato. El historiador Gonzalo de Illescas (1521-1574) y el cortesano y curioso escritor Luis Zapata de Chaves (1526-1595) aseguraron haberlo conocido, cuando ya estaba amarrado al duro banco. Hay referencias al caso en el anónimo Viaje de Turquía (anterior a 1557), en el historiador Jerónimo Román (1536-1597) y otros muchos autores. En fin, Luis de Páramo tradujo al latín la relación de Saavedra en 1598. Posteriormente, algunos autores portugueses, con largos periodos de residencia en Castilla tras la incorporación de Portugal a la Monarquía de Felipe II, también darán crédito al caso: Vicente da Costa Mattos en 1623, y el historiador Manuel de Faria e Sousa (1590-1649).

Pero será otro portugués, el estudioso de la Inquisición Antonio de Sousa (1580-1632) el primero que realice una pormenorizada investigación y concluya en 1628 que «De todo lo dicho hasta aquí, y de las Bulas Apostólicas, cuyos ejemplares se guardan en los Reales Archivos y en los Secretos de la Santa Inquisición, y también de los Libros de las Inquisiciones particulares de este Reino, se colige claramente que es falso... que Saavedra instituyó en Portugal el Santo Tribunal de la Inquisición, o que a lo menos fue causa de su institución (…) A esto se agrega que este hecho no se halla en memoria alguna de este Reino, ni por escritura ni por tradición de hombres, cuando hemos conocido muchos de aquel tiempo, los cuales nunca hablaron cosa alguna de este asunto; ni el hecho es de tal naturaleza que fácilmente se olvidase.» Y moteja a Saavedra de «ladrón, falsario, embustero e infame.»

Y sin embargo, la falsa historia seguirá corriendo… y creciendo. A la escueta Relación original se le van agregando circunstancias, anécdotas, opiniones, en la línea de la novela picaresca, hasta cuajar en una nueva y más extensa Vida del falso nuncio de Portugal. Pero en 1734 el muy admirado e influyente ilustrado Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) publica en el sexto tomo de su Theatro Crítico Universal una descalificación total de lo que considera una mera fábula. Lo cual no impide que de nuevo se reedite como verdad histórica en Madrid en 1739 y 1788, por parte de Bernardino Antonio Ochoa de Arteaga y Juan Bernardino Roxo respectivamente. Ambos publican la nueva versión extendida, y no se privan de criticar acerbamente a Feijoo por su refutación de Saavedra. En cambio Josef Marcos Hernández defenderá a Feijoo en su traducción (1789) de la obra de Antonio de Sousa antes mencionada.

Aun podemos citar un último creyente en la historia del falso nuncio, aunque sea ponderándola y aminorándola: en 1817 el ilustrado, secretario de la Inquisición, emigrado y liberal Juan Antonio Llorente (1756-1823), publica su Histoire critique de l’Inquisition d’Espagne, de gran difusión y pronto retraducida al castellano. Sin embargo, la fábula del falso nuncio ya ha perdido todo su brillo. Cuando Alexandre Herculano, el importante historiador decimonónico portugués, publica en 1864 su amplia Historia da origem e estabelecimento da Inquisição em Portugal, en tres tomos, omite naturalmente cualquier referencia al falsario Saavedra.

¿Qué nos queda de contrastado y cierto de todo lo anterior? Quizás quien mejor lo concluye es Feijoo: «Lo único, pues, que puedo admitir como verdadero en esta historia, es aquello poco que se requiere para que la mentira fuese hija de algo. Creíble es que Saavedra se fingiese Legado Pontificio, e hiciese el papel de tal en algunas aldeas o lugares cortos de Castilla y Portugal, donde sin mucha dificultad podría hacer valer el embuste, y utilizarse mucho en él, ya pidiendo dineros prestados, ya beneficiando dispensaciones; y que después sobre el pie de esta verdad añadiese en su relación circunstancias fabulosas, que engrandeciesen la historia hasta el grado de hazaña heroica en la línea de la trampa.»

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Presentamos en esta entrega Clásicos de Historia dos de las variadas versiones de la historia del falso nuncio: una breve y más antigua, y otra extensa y más moderna. Pero lo que verdaderamente nos ha interesado es cómo recibieron y trasmitieron la noticia diversos historiadores y polígrafos varios; la facilidad con que aceptaron como verdadera una narración tan peregrina, y tan ausente de cualquier documentación y pruebas; la indiferencia o rechazo ante los alegatos críticos de algunos autores como Sousa y Feijoo… Podemos preguntarnos por las razones que tuvieron para ello. En realidad parecen ser muy variadas: el gusto creciente por lo sorprendente y maravilloso; la justificación de la conducta criminal de Saavedra porque condujo a un fin considerado positivo, como fue el establecimiento de la Inquisición; y al contrario, en fechas posteriores, porque demostraría la falsía y malevolencia de esa institución…

La perduración de mitos y leyendas durante mucho tiempo, por más que se haya probado una y otra vez su falsedad, es algo frecuente: la idea de que los antiguos pensaban que la tierra era plana; los terrores del año 1000; el convencimiento de la ignorancia, barbarie y superstición generalizada en la Edad Media cristiana y, por contra, el refinamiento y feliz convivencia pacífica en el Al Ándalus medieval; la creencia en la existencia de razas y de sus distintas capacidades física, intelectuales o morales… Y actualmente se siguen acuñando y promoviendo nuevos mitos y leyendas sobre el constante y permanente cambio climático, sobre unas consideraciones de los géneros dignas de los gnósticos neoplatónicos...

En cualquier caso, en nuestro bulo o fake de esta semana parece dominar la percepción del protagonista como un embaucador de personalidad atractiva, capaz de seducir y engañar a altos personajes y a la gente del común, con unas dotes excelsas como falsificador, pero que además es generoso y amigo de hacer el bien a los que le rodean: esa viuda con la que inicia su carrera criminal, esa preocupación por sus sirvientes. Sólo consigue rentas y dinero de los ricos y poderosos, a los que se supone que no les hace un auténtico perjuicio... Es el característico maleante bueno de la literatura y la tradición. En el fondo, disfrutaremos de un trasunto suyo en los protagonistas de la oscarizada película El golpe, de George Roy Hill; a ellos tampoco les vemos estafar a gente humilde y del común que, previsible, razonablemente, serían sus principales clientes

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Para saber más disponemos del artículo que me ha guiado oportunamente en la recolección de todos estos textos: Jesús-Antonio Cid, La Relación de la vida del falso nuncio de Portugal, en sus reescrituras, y los orígenes de la ficción autobiográfica en España. Revista Criticón, núm. 76, 1999. Pág. 53-98.

Una de las abundantes copias manuscritas.