Mostrando entradas con la etiqueta García-Cárcel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta García-Cárcel. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de mayo de 2020

Alejandro de Ros, Cataluña desengañada. Discursos políticos

Clérigo anónimo del siglo XVII

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Tras el Epítome de Gaspar Sala de la pasada semana, que celebraba los primeros éxitos de los catalanes rebeldes con la ayuda de sus aliados franceses, comunicamos hoy otra voz catalana aunque diametralmente opuesta. Ricardo García-Cárcel en un reciente artículo, presentaba así a Alejandro de Ros: «Este personaje es el modelo del clérigo catalán muy bien integrado en las estructuras de poder y de la monarquía española de su tiempo. El contrapunto de Pau Claris. Nació en Lleida, hijo de Doménec de Ros, natural de Berga, y de la noble lleidatana Isabel de Gomar. Estudió gramática en el Estudio de la Compañía de Jesús, en Lleida, y profesó en el mismo colegio como sacerdote. Se desplazó a Zaragoza, donde convivió con Gracián. En 1633 pasó a un colegio de Girona como profesor y tres años más tarde se trasladaría al colegio jesuita de Gandía. Participó en el Concilio Provincial de Tarragona, publicando su célebre Memorial en defensa de la lengua castellana para que se predique en ella en Cataluña, que escribió con el pseudónimo de Juan Gómez Adrín. Su posición fue siempre castellanista como la de la mayoría de los jesuitas (con alguna excepción como Jaume Puig).»

Y más adelante: «La vida de Ros siguió su escalada política. En 1638, era conventual del colegio de Belén de Barcelona. Dejaría el hábito de jesuita hacia 1639 pasando a Roma, donde entró al servicio del cardenal Francesco Barberini y se movió en la órbita del papa francófilo Urbano VIII al que dedicó el panegírico Abeja Barberina. Fue premiado con el decanato de Tortosa del que tomaría posesión en 1642. En el marco del proceso de separación de Cataluña de la monarquía hispánica optaría decididamente por la causa olivarista. Se enfrentó a los Barberini, y huyó a Nápoles donde sirvió a varios nobles castellanos. Escribió en 1642 un sermón de glosa a la figura de Santa Teresa de Jesús, canonizada hacía veinte años y un texto necrológico a la muerte de la virreina Luisa de Sandoval y Rojas.

»En 1646 salió a la luz en Nápoles su obra, la Cataluña desengañada. Aunque algunos se la han atribuido a Guillem de la Carrera está probado que fue Ros quien la escribió. Constituye una crítica dura del gobierno francés en Cataluña. Ros defendía en primer lugar que la guerra entre Cataluña y la monarquía no era útil para Cataluña por las calamidades ocasionadas por los ejércitos extranjeros: Tú que eras la provincia más quieta del mundo te has hecho funesto campo de batallas y teatro sangriento. Por otra parte, para él, la guerra no era fácil porque la monarquía tenía todavía mucho poder: Tuvo Cataluña el error de que ha engañado a muchos creyendo que por las pérdidas y desgracias se acababa la monarquía. Se denuncian los principios falsos en que se basaba la guerra: No es el castellano el que os aflige, sino vuestros mismos naturales que usurpando el santo y venerable nombre de defensores del bien público son tiranos de vuestra libertad. Y desde luego, se esforzaba en demostrar la incompatibilidad estructural entre catalanes y franceses.

»La obra sería traducida inmediatamente al italiano en Nápoles y fue muy bien vista por la corte española. Don Juan José de Austria, enviado a Nápoles para solucionar los conflictos sociales, se hizo muy amigo de Ros. En 1649 éste viajó a Madrid. Dos años más tarde se convertía en predicador real pero por razones desconocidas tuvo que volver a la diócesis de Tortosa. Apoyó a Don Juan José de Austria en el esfuerzo por recuperar Barcelona, lo que se lograría en noviembre de 1652. Un año más tarde publicaría un sermón en acción de gracias por la reducción de Cataluña.

»Ros acabó siendo embajador de la Generalitat en la Corte de Madrid. Se le propuso ser obispo de la Seu d'Urgell aunque él rechazó la prebenda. Murió en 1656 dejando una sobrina en el convento de Santa Clara de Tortosa. Fue, en definitiva, un clérigo fiel a los criterios político-religiosos de la corte de Felipe IV, poco antes de la gran escisión del clero catalán que se produciría en el marco de la guerra de Sucesión. El primer predicador del desengaño político ante las experiencias de ruptura con la monarquía.»

sábado, 12 de septiembre de 2015

Antonio de Capmany, Centinela contra franceses

Capmany, por Marès (Barcelona)
|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Escribe Ricardo García Cárcel: «Ciertamente, no todos los ilustrados liberales, desde luego, coincidieron en el mismo concepto de España o compartían el mismo discurso nacionalista. Algunos tuvieron auténtica vocación de pepitos grillos. Ahí está, sobre todo, Antoni de Capmany, que en los años setenta y ochenta fue más radical autocrítico de lo que fueron sus nada queridos Campomanes o Cadalso. El alegato que escribió, con el seudónimo de Pedro Fernández, y que exhumó Marías, es bien expresivo de su punto de vista. Capmany me recuerda en muchas cosas a Mayans: No tienen razón nuestros paisanos de enfurecerse contra aquel que les diga que España ha dormido siglo y medio […]. Nosotros hemos sido grandes y hemos sido pequeños, hemos sidos ilustrados y hemos sido ignorantes […]. Es muy perniciosa toda opinión que nos mantenga en la desvanecida creencia que no podemos ser mejores y de que los antiguos trabajaron de pensar y obrar bellas cosas. Esto sería sepultarnos en la indolencia y la pereza. Siempre debemos pensar que valemos poco para esforzarnos a valer mucho, y que podemos ser mejores que nuestros antepasados […]. No adelantamos el amor de la Patria hasta el amor de sus abusos, ni despreciamos las demás naciones, pensando en honrar la nuestra.

»Más tarde escribiría: No comparto el patriotismo de los que lo muestran aborreciendo a los extraños, esto es barbarie; otros pintándonos superiores a todos, esto es soberbia; otros, encontrándonos perfectos y primeros en todo, esto es vanidad (Teatro histórico-crítico de la elocuencia). Su concepto de España parecía evocar la nostalgia del austracismo perdido. Como académico de la Historia, censuró el libro de Alonso Casariego Idea de un príncipe justo o elogio de Felipe V, rey de España (1782). Y sus evocaciones de una España horizontal tendrían poco que ver con el discurso oficial del momento: Cada provincia se esperezó y se sacudió a su manera. ¿Qué sería ya de los españoles, si no hubiese habido aragoneses, valencianos, murcianos, andaluces, asturianos, gallegos, extremeños, catalanes, castellanos, etc.? Cada uno de estos nombres inflama y envanece y de estas pequeñas naciones se compone la masa de la gran nación.

»El síndrome Capmany: la fragilidad del andamiaje del nacionalismo español ilustrado, liberal y cívico, se pondría en evidencia en 1789. La tensión del radicalismo ideológico ante la coyuntura de la Revolución francesa acabó derivando hacia la ofensiva apropiadora de España por el tradicionalismo (...). El tirón radical, ya sea de la Inquisición, ya sea de la revolución, rompió la conjunción patria-liberalismo configurada en la década de los setenta y ochenta del siglo XVIII. Unos, para no dejar de ser patriotas, se deslizarían hacia el conservadurismo, como Zevallos. Otros ―la mayoría―, por no dejar de ser liberales, abdicarán de su patriotismo haciéndose afrancesados, como Urquijo o Cabarrús, en un primer momento, y Lorente, Arjona, Lista o Reinoso más tarde. Pocos se mantuvieron firmes en el modelo Campomanes. Jovellanos será, sin duda, el emblema de los mismos.

»Pero si el miedo a la Revolución francesa había roto la entente nacionalismo-liberalismo de la Ilustración, 1808 abriría paso a un nuevo patriotismo colectivo, sentimental, visceral. 1808 hizo más españoles que los que pudieron educar en la nacionalidad española nuestros atildados ilustrados dieciochescos y, desde luego, abrirá paso a contradicciones flagrantes entre los ilustrados del momento. Por ejemplo, veremos a Capmany, el tan autocontrolado catalán Capmany, desmelenarse en su Centinela contra franceses, asumiendo la bandera del nacionalismo español más populista, o veremos al afrancesado Llorente luchar contra el foralismo vasco a la busca de una España centralista y liberal, que triunfaría en las Cortes de Cádiz, pero que él nunca iba a poder disfrutar.»

Ricardo García Cárcel, «Los proyectos políticos sobre España en el siglo XVIII», en Vicente Palacio Atard (editor), De Hispania a España. El nombre y el concepto a través de los siglos, Madrid 2005, pp. 249-250.