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lunes, 13 de mayo de 2024

Juan Moneva y Puyol, Disertaciones políticas (republicanas y regionalistas)

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AHORA EN INTERNET ARCHIVE 

Hace unos meses presentábamos Política de represión y otros textos del interesante personaje que fue el catedrático, abogado y publicista Juan Moneva y Puyol (1871-1951). Ahora traemos una selección de los artículos que publicó entre 1930 y 1933 en el diario zaragozano La Voz de Aragón, muchos de ellos con el epígrafe común de Disertaciones políticas. Aunque siempre había estado interesado en estas cuestiones, e incluso había desempeñado una dirección general durante varios meses en un gobierno Maura, es ahora, tras el fin de la dictadura de Primo de Rivera en la que había sido procesado por un tribunal militar, cuando sus constantes y abundantes colaboraciones periodísticas se centran más en las cuestiones políticas.

Consciente de los desaciertos de los gobiernos Berenguer y Aznar, recibe esperanzado la proclamación de la república. Juzga así las elecciones municipales que la trajeron: «El acierto de la elección del 12 abril 1931, aun afectada como está la incongruencia de no atender a su finalidad mas a otra diversa, finca en que corresponde exactamente a la opinión pública; la gente sentía al igual de lo que expresaron los escrutinios; la gente se hallaba conforme con dar a los sufragios una aplicación diferente de la legalmente confesada, que era elegir concejales.»

Y pocos días después: «Afirmo... ser lo que llaman la derecha... sostenemos el derecho a ser cristianos católicos y el de inspirar en eso toda nuestra actuación de las cosas humanas… Nos queda solamente la República; ni aun podemos decir que nos han quitado la Monarquía y el Monarca que preferíamos; había, respecto de eso, en las derechas, muchos descontentos; todos los que detestábamos la Dictadura; todos los que consideramos primer tesoro político la libertad ciudadana. Por eso... porque la República no repugna a nuestra conciencia ni es incompatible con nuestro programa de fondo, opino que todo político de derecha debe avenirse llanamente, sinceramente, cuanto antes, a la República, laborar en ella y formar en sus partidos o, si ninguno de ellos satisface a nuestras ideas, formar otro de sus partidos.»

Moneva se definirá, pues, como liberal, católico, de derechas y aragonesista. Pero su talante crítico le llevó pronto a reprochar algunas actuaciones de la naciente república, si al principio menores e incluso disculpables y disculpadas, pronto de mayor gravedad, como el tan desacertado como interesado sistema electoral impuesto, que mantenía fuera del censo a las mujeres, que sí había incluido la pasada dictadura, y que conjugaba el sistema mayoritario con el predominio de distritos electorales provinciales, favoreciendo así el monopolio del poder de la coalición gobernante:

«Pero los hombres del Nuevo Régimen, cuyo único título, para comenzar a imperar y para seguir imperando, es llevar la representación del Pueblo, no quisieron exponerse a que el Pueblo pudiera votar con criterio político, eligiendo en listas homogéneas; fue conservado el sistema antiguo, invitatorio a la promiscuidad, que hace imposible conocer el criterio político del País. Y hubo promiscuidad en las candidaturas; a veces, más candidaturas promiscuas que de las otras; de las otras; no sé caracterizarlas de otro modo, pues la más extendida, por ser la ministerial, era promiscua; la formaban, como queda ya dicho, representantes de políticas incompatibles entre sí; y esto, cuando más interesaba definir la actitud política de cada cual, pues la labor de las Cortes elegidas había de ser Constituyente; más política, pues, que la de otras Cortes cualesquiera.»

Posteriormente sus críticas aumentarán a causa de la política represiva del gobierno, por su talante cada vez más anticatólico, y por su descomunal ocupación del Estado, repartido como un botín: «botín, premio útil de la victoria, no ganado por el esfuerzo laborioso, son los haberes, únicos pocas veces, múltiples las más; las comisiones retribuidas; la acumulación de favores; tales puestos dados graciosamente, sin que en el nombrado preceda la prueba de un concurso, o de aquel esfuerzo y sobresalto que es una oposición; ingreso en carreras por lo alto de sus escalafones; dispensa de servir un cargo, sin disminución de sus ventajas. Y botín, para otro estamento, es el nuevo régimen agrario… y botín —enorme paradoja—, todo el régimen administrativo del Trabajo, iniciado, no ya sólo en tiempo de Monarquía, mas en tiempo de Dictadura… (cuando) en el Ministerio del Trabajo imperó la Unión General de Trabajadores tanto como ahora.»

Además, y en paralelo, buena parte de estos artículos se ocuparán de la promoción del nacionalismo o regionalismo aragonés (que Moneva considera lo mismo) y su rechazo del centralismo estatal. Aunque partícipe en Acción Popular, su influencia en este sentido fue muy limitada o nula, porque las «derechas detestan el Regionalismo, a no ser lo que ellas dicen un Regionalismo sano, lo cual quiere decir cantador de loores, en primer lugar, a la omnipotencia del Estado; un Regionalismo con la bandera estatal en lugar preferente; después de lo cual aun alguna vez se atreven a izar la bandera de la Región; pero nunca osan ensalzar la Región sin dar, oficiosas, la excusa no pedida de sin perjuicio de la supremacía de la Patria u otro giro análogo.» Con impotencia, considera su incapacidad para cambiar la situación como su último fracaso político.

El viejo sistema de la Restauración había garantizado medio siglo de funcionamiento ordinario del sistema liberal, de enorme inestabilidad hasta entonces, por medio de una alternancia política pacífica, y con la aceptación e inclusión de aquellos que rechazaban el propio sistema: tradicionalistas, republicanos, nacionalistas, socialistas… Pero con el fracaso de los esfuerzos modernizadores (Maura, Canalejas…), en 1923 se entraba definitivamente en lo que en otras ocasiones he llamado la etapa autoritaria de la España contemporánea, que se prolongará hasta la transición a la democracia. Cada ideología se reafirma y se hace más intolerante, rechazando cualquier componenda con aquellas otras que se le oponen. El poder se ocupa, y ya no se está dispuesto a compartirlo: todo lo más, a llegar a acuerdos oportunistas en los que cada parte quiere prevalecer.

Este conjunto de artículos de Moneva nos muestra su percepción muy personal sobre el devenir de la segunda república, con múltiples facetas y matices. Pero, además, muchas de sus reflexiones pueden ser confrontadas con acontecimientos actuales. Por ejemplo, la incidental que escribe el 15 de mayo de 1930: Sánchez-Guerra «quiso procesarme, año de 1914, por un artículo en el cual acusé de insinceras aquellas elecciones en las que fueron usados contra Maura y los mauristas papel sellado, talegos y trabucos. Me libró de aquella molestia una amnistía que dio aquel Gobierno; las amnistías son siempre modos que usa una situación política, no primordialmente para perdonar algo malo que otros han hecho, mas para hacerse perdonar algo malo que ha hecho ella.»

Plaza de la Constitución de Zaragoza, 14 de abril de 1931

lunes, 5 de febrero de 2024

Juan Moneva y Puyol, Política de represión y otros textos

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Julián Marías, en su siempre sugestiva España inteligible, caracterizaba así las circunstancias a las que nos acercamos esta semana: «A medida que la modernización de España se va consiguiendo, que la industrialización va teniendo más peso en la economía y la sociedad, el problema obrero se hace más apremiante. Y a esto se añade que los movimientos de resistencia, o francamente subversivos como el anarquismo, se extienden al campo, donde las condiciones de vida son precarias... Las organizaciones son más poderosas, más capaces de presión; se reacciona a ello con temor o coacción, más que con esfuerzos de plantear inteligentemente los problemas; las tensiones aumentan. Esta situación es aprovechada con fines estrictamente políticos, en ambos sentidos; no se buscan, o demasiado poco, soluciones técnicas que procuren el aumento de la riqueza, muy escasa, y una distribución más justa de ella… Acontecimientos como la Semana Trágica en Barcelona (1909) o la huelga general de 1917 agravan la situación. Cada vez más van tomando cuerpo la subversión y la represión, actitudes que hacen imposible el diálogo, y más aún el tratamiento razonable de los problemas reales… Finalmente, sobre todo en Cataluña y en su tendencia anarquista, se producirá una oleada de terrorismo obrerista, combatido en ocasiones por otro de signo contrario, y las tensiones llegarán a tener suma gravedad.»

Son los años de plomo, una época de luchas sociales en progresión constante. Y es en 1921 cuando el abogado y catedrático de Derecho Juan Moneva y Puyol pronuncia la interesante conferencia que presentamos, en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de Madrid. En ella parte de la evidencia todavía negada por muchos: existe una auténtica guerra social, con los mismos modos y procedimientos y justificaciones de la guerra militar. Ambas son equiparables. Ahora bien, con esta afirmación no quiere dignificar la guerra social: le niega cualquier tipo de gloria al igual que hace con la guerra militar. «Los intelectuales, los hombres de paz, y más que todo eso, los cristianos, no tenemos para qué distinguir especies de guerra; todas las guerras, toda clase de guerras, son catálogos de hechos tales que cada uno, en sí, es crimen patente.»

Clases acomodada y proletaria se encuentran enfrentadas, ambas defendiendo su derecho al bienestar. Y hoy por hoy no existe un superior dirimente que haga justicia, que reconozca a cada una lo que corresponde. Al contrario, los gobiernos toman partido por los fuertes, los acomodados, y quieren solucionar el enfrentamiento mediante la aplicación de la ley, mediante la represión. Y hay un error de fondo en ello, el de caracterizar como delitos tan sólo a los crímenes de la otra clase, mientras se toleran, se disimulan o se embellecen los de la propia. Todo el rigor se reserva para el enemigo: «ha habido represión; está habiendo represión; no es calculable el término de ella, y en cada disposición represiva no es tan de temer el rigor de una Autoridad, sanguinaria que fuese, como la inevitable abdicación de esa Autoridad en el criterio de sus informadores», esto es, de la arbitrariedad. Y refiere listas de proscripciones, torturas, ley de fugas…

Pero Moneva no atribuye el mal sólo a gobernantes y acomodados, sino a la violencia que caracteriza a la sociedad española. «El pueblo español es sanguinario… desde niños aprenden la violencia, padecida de todo mayor con quien topan; a veces también les es enseñada la crueldad como virtud en las figuras de los grandes atormentadores de individuos y pueblos; Cortés y Pizarro son más glorificados en las escuelas de primera enseñanza que San Francisco de Asís y que Newton.» Y, con ribetes de profecía, se lamenta: «es la revelación de una conciencia colectiva, y también un augurio de cómo será cada generación así formada.» Y concluye: «la Justicia no ha de venir de superponer una mano a otra mano en señal de triunfo y de dominio, sino de juntar una mano a otra mano en alianza de amor; y esto sin ilusiones de una Arcadia inactual, utópica y fantástica, mas en realidad social plena de Paz lograda por el sacrificio de todos, principalmente por el sacrificio de quien tiene muchas ventajas que sacrificar.»

Completamos el texto de esta conferencia con varios artículos de prensa en los que Moneva se refiere a concretos conflictos sociales y políticos, y a la represión que provocan. Podríamos considerarlo aplicaciones prácticas de lo anterior. Los tres primeros se refieren a unos asesinatos en el marco de un duro conflicto laboral en la Zaragoza de 1920. Otro, de 1931, se refiere al revanchismo y represión que ha emprendido la nueva clase dirigente contra los considerados enemigos políticos de la naciente república. La crítica en este sentido se agudiza al año siguiente, y le lleva a recordar la conferencia de 1921; y en otro artículo posterior a la sublevación de Sanjurjo insiste en la necesidad de reconciliación. Los acontecimientos, como sabemos, evolucionaron en sentido contrario, y cuando en 1936 España llegue a la senderiana «orilla donde sonríen los locos», todavía levantará públicamente la voz en el último artículo que publicamos, con un transparente llamamiento al cese de fusilamientos y represión desaforada que se ha generalizado.

Moneva, desde su arraigado talante moral que le había impuesto enfrentamientos y denuncias de diversas autoridades en tiempos de la monarquía, de la dictadura de Primo de Rivera y de la República, aprovechará ahora su prestigio y relaciones, y multiplicará las gestiones en este sentido. Naturalmente esta actitud le saldrá cara: temporalmente suspendido de empleo y sueldo, multado y sometido a proceso por parte primero de la Comisión Depuradora de Universidades, y después por el Tribunal de Responsabilidades políticas. De todos ellos, sin embargo, saldrá bien parado. Incluimos en esta entrega los dos escritos con los que se defiende de los cargos que se le imputan, así como algunos de los informes que se presentaron. 

Juan Moneva y Puyol (1871-1951) fue un destacado intelectual aragonés. Su carácter tan personal, su independencia de criterio, su tendencia a la contradicción, hicieron de él un personaje popular fuente de continuas anécdotas en la Zaragoza de la primera mitad del siglo XX. Se licenció en Química y en Derecho, fue abogado ejerciente y catedrático de Derecho canónico. Pero sus intereses superaron su dedicación oficial, al igual que ocurre con el catedrático de griego que fue Unamuno. Durante gran parte de su vida fue un fecundísimo colaborador de la prensa. Se ocupó de gran variedad de temas, pero entre todos ellos destacan los aragonesistas (un tanto al modo de Cambó), los pedagógicos (centrados en la enseñanza universitaria, lo que le depara algunos enfrentamientos con sus compañeros y algún expediente), los políticos (especialmente en tiempos de la segunda república), y siempre los moralistas. Aunque se han publicado diversas selecciones de sus artículos, muchos quedan todavía enterrados en las hemerotecas...

Jesús Bogarín Díaz, en su contribución a La memoria del jurista español (2019) lo califica así: «además de destacar su mérito en la ciencia canonística que oficialmente profesó, podríamos describir a don Juan Moneva Puyol, siquiera de modo impresionista, llamándolo de estirpe zaragozana, hombre de gran personalidad, docente práctico, erudito investigador del derecho histórico aragonés, defensor y promotor del derecho foral, apasionado aragonesista, exiliado canónico en Huesca, amigo no separatista de Cataluña, examinador multilingüe, innovador en el mundo de la fotografía, reconocido lingüista y, en particular, lexicógrafo, pionero laboralista, político escasamente militante, literato cabal, crítico literario y tertuliano… a man for all seasons

E indudablemente, un Quijote.