Mostrando entradas con la etiqueta Ortega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ortega. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de junio de 2022

Manuel García Morente, Idea de la Hispanidad

 |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |  

En sus Meditaciones del Quijote (1914), José Ortega y Gasset se pregunta: «Dios mío, ¿qué es España? En la anchura del orbe, en medio de las razas innumerables, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana sin fin, bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo astral, ¿qué es esta España, este promontorio espiritual de Europa, ésta como proa del alma continental? ¿Dónde está —decidme— una palabra clara, una sola palabra radiante que pueda satisfacer a un corazón honrado y a una mente delicada —una palabra que alumbre el destino de España? ¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesidad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia! El individuo no puede orientarse en el universo sino al través de su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera.»

Desde el origen de la escritura se testimonia el propósito de caracterizar a las más diversas agrupaciones humanas con los que se consideran sus rasgos físicos, intelectuales y morales. No importa el criterio empleado para determinar aquellas, que pueden ser etnias, religiones, estados, naciones, más recientemente ideologías políticas… y hasta equipos de fútbol. Estas características que se atribuyen a nuestro grupo o al extraño, pueden ser autoafirmadoras, ridiculizadoras, condenatorias; pueden compensar fracasos, o explicarlos; pueden ser el impulso de planes de futuro… Naturalmente, sean positivas y negativas, tienen un origen postizo, artificial, que tiende a proyectarse sobre los individuos y a modelar, por activa o por pasiva, al grupo. Se acepten o se rechacen, influyen poderosamente en su conducta.

Con los nacionalismos modernos ―construidos a partir del humanismo, de la Ilustración, de las revoluciones, del romanticismo...― se generaliza la idea del Volksgeist, el espíritu nacional. Se considera que cada nación tiene una esencia propia y diferenciada que le proporciona unos rasgos comunes e inmutables, que podrán ser conculcados y traicionados, pero que siempre renacerán. Naturalmente este concepto es siempre, asimismo, artificial y polimorfo: de cualquier nación existe tantas concepciones diferenciadas y contradictorias como el número de individuos que se ponen a determinarlas. Cada uno de ellos escoge, entre los múltiples caracteres, personajes, costumbres, modas y acontecimientos que le proporciona cualquier grupo humano, aquellos que le permiten demostrar su intuición, su idea previa de la nación. Y así, España es para unos la patria de las libertades (Padilla, Bravo y Maldonado, Lanuza, Cádiz…), y para otros la nación católica por excelencia (Trento, san Ignacio de Loyola, la cristianización de América…)

Nuestro autor de esta semana, Manuel García Morente (1886-1942), desde su abundante labor filosófica (son suyas una parte importante de las traducciones al castellano de las obras capitales del pensamiento moderno), en unas circunstancias determinadas y calamitosas de la sociedad y de su propia vida personal, va a intentar dar respuesta ―una nueva respuesta― a la angustiada pregunta de Ortega con la que que comenzamos. Quiere definir lo que considera una cuasi-persona histórica, España. Pero «la España a que nos referimos y que aspiramos a definir no es el territorio material en que la historia española se ha desarrollado; ni es tampoco la lengua con que los españoles se entienden; ni es tampoco ninguna de las realidades concretas —instituciones, artes, costumbres, ciencia, etc.— que España ha producido. La España que queremos definir y simbolizar no es la que en la historia se ha hecho, sino la que ha hecho la historia. No es un cuerpo, no es el cuerpo de España en tal o cual momento de su historia, sino la íntima fuerza que propulsa la historia, la energía morfogenética que crea todos y cada uno de los contenidos de la vida española actual y pretérita.» Y esa íntima fuerza es la hispanidad, como fenómeno expansivo, y la catolicidad, como fenómeno universal.

Naturalmente, esta interesante filosofía de la historia es hija de su tiempo y del posicionamiento ideológico de su autor en los últimos años de su vida. Pero es lo mismo que podemos decir de las anteriores España invertebrada de Ortega, Defensa de la Hispanidad de Maeztu, o El destino de España en la historia universal de García Villada, y de las obras posteriores que nos quieren definir el ser de España, tanto desde el exilio republicano ―La realidad histórica de España de Américo Castro (1948 con el título de España en su historia, y definitivamente 1954) a la que se enfrentará Claudio Sánchez Albornoz con su monumental España: un enigma histórico (1956)―, como dentro del franquismo ―España como problema (1949) de Pedro Laín Entralgo, frente a España sin problema (1949) de Rafael Calvo Serer.

Propuestas distintas y opuestas entre sí, cuyos autores no parecen advertir lo que García Morente señala en la obra que comunicamos, y que él mismo parece dejar pronto un tanto de lado: «El intento es, por la índole propia del problema, irrealizable. La esencia de una nación, como la de un individuo, no se puede definir, no se puede reducir a conceptos intelectuales; es tan característica, tan singular y única, que resulta imposible subsumirla en un conjunto de notas lógicamente inteligibles. Por eso lo único que podremos ―acaso― lograr será dar una sensación general de lo que es la hispanidad, ayudar al lector a tener una intuición de lo hispánico; nunca, empero, definir en conceptos ese germen, a la vez producto y productor, que ha engendrado y engendrará todavía un indefinido número de formas concretas y particulares en la sucesión del tiempo.»

Tiziano, La Religión socorrida por España, 1572-75

viernes, 29 de noviembre de 2019

José Ortega y Gasset, Un proyecto republicano (Artículos y discursos 1930-1932)


 |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

José Ortega y Gasset es uno de los numerosos intelectuales liberales, como también Unamuno, que progresivamente pasan de la crítica del régimen liberal de la Restauración, a su condena más absoluta y global, con inclusión de la propia monarquía. Al filo de 1930, la recién concluida dictadura del general Primo de Rivera es considerada por Ortega nada más que un avatar de lo que él considera el antiguo régimen, y de ahí la urgencia del Delenda est Monarchia y del activismo político en un intento de modelar la opinión pública, desde las páginas de la prensa. Nuestro autor recibirá la República con entusiasmo contenido, y dará el salto a la política activa, a las elecciones, a las Cortes… y a un pronto desencanto. Alejandro Haro Honrubia, en su El pensamiento político de José Ortega y Gasset, en los Anales del Seminario de Historia de la Filosofía (2015), se refiere así a este periodo:

«Ortega encuentra en la Agrupación al Servicio de la República (ASR) que funda en 1931 junto a Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala la posibilidad de materializar sus ideas filosóficas orientadas a la revitalización de España como nación (Política vitalista de nación). Los miembros de la ASR no eran políticos, sino intelectuales que actuaban en la vida social y pública del país, porque comprendían que era su deber. No se trataba pues de un partido político, aun cuando estaban en contacto con los partidos o grupos que se mostraban favorables a la República. La ASR se decantó por la europeización de España: conquistar para España el nivel de los tiempos, que España ascendiera en la escala histórica. Ortega, desde la ASR, hizo de nuevo, como ya hiciera en 1914 y en 1922, un llamamiento a los hombres más destacados de cada actividad social como agentes pedagógicos cuya misión era lograr la revitalización social y nacional. El nuevo Estado nacional republicano tendría que encabezar un gran proyecto de organización nacional, es decir, debería organizar la vida social y pública española con vistas a lograr el despertar de nuestro pueblo a una existencia social más enérgica.

»Sin embargo, el proyecto de construcción del nuevo Estado nacional republicano fracasó. Se produce entonces un cierto distanciamiento de Ortega frente a la República; de ahí, su famoso discurso de rectificación de la República el 6 de diciembre de 1931. Con anterioridad a este mes de diciembre, el teórico español ya se había percatado del tortuoso camino que había tomado la República: el tono que se ha dado a la vida republicana (...), no responde a su origen ni a la realidad profunda de la nación. La política republicana fue, en opinión de Ortega, una reencarnación del particularismo, antítesis de la nacionalización del Estado republicano español. El 6 de diciembre de 1931 afirma Ortega que los republicanos han hecho una República triste y agria.» Es el inicio de sus proyectos para rectificar la república. Ortega se empeña, dice el profesor Haro, «en la construcción de un gran Partido Nacional Republicano. Había que hacer posible un enorme partido nacionalizador, por encima de derechas e izquierdas: Un enorme partido arrollador, tan grande y tan sin manías, que casi no pudiese llamársele partido y que excluye el nacionalismo (...). Vayamos a un gigantesco partido nacional que se proponga nacionalizar el Estado español (...), que se proponga instaurar la plena decencia en la vida pública española. Un partido de rigurosa disciplina, que sea capaz de imponerse, de defenderse frente a todo partido partidista. Un gran partido de amplitud nacional tendente, principalmente, a la educación política de las masas: La victoria del Estado docente, como elemento clave en el devenir histórico del país. Desgraciadamente, sus propuestas políticas no tuvieron otra salida que el fracaso.»

Presentamos los cuarenta artículos, con algunos de los discursos que gozaron de más repercusión, que Ortega publicó en los diarios El Sol, Crisol y Luz, en los años 1930 (crítica al renuente intento de vuelta a la legalidad constitucional tras la dictadura), 1931 (esfuerzo propagandístico para infundir sus principios políticos a la naciente república), y 1932 (desencanto con lo realizado e intento de forzar un viraje al curso de la república). Los resultados no acompañaron los deseos, y en octubre se disuelve la Agrupación al Servicio de la República, y Ortega se retira a un segundo plano de la vida política. Sin embargo, en diciembre de 1933, tras las elecciones generales de noviembre que han supuesto un absoluto vuelco político, publica el artículo ¡Viva la República!, que supone un nuevo repaso del discurrir del régimen, y un similar rechazo del bloque dominante en el anterior bienio, y del que acaba de triunfar.


Crisol, 7 de diciembre de 1931

domingo, 11 de septiembre de 2016

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Gonzalo Redondo, en su Las libertades y las democracias, se refería así a la obra que nos ocupa: «… la cuestión que le ocupó siempre y a la que dedicó sus mejores energías: la cuestión que es el núcleo de La rebelión de las masas (1929) y que Ortega formuló aguda y desgarradamente al establecer la marcha de la historia en la relación entre “el ejemplar y sus dóciles”. Los cambios orteguianos se muestran en sus maneras distintas de explicar cómo el ejemplar alcanza a ser ejemplar; y en qué consiste su ejemplaridad. Pero no hay cambios respecto a su papel rector de las masas.

»En torno al inicio de la Guerra Europea, Ortega, al releer a Husserl, concibe la vida como la interacción entre el yo y las circunstancias. Hacia 1920, Scheler atrae su atención con la filosofía de los valores. Por estos mismos años se fija en Verweyen y su Der Edelmensch und seine Werte (el noble y sus valores). Y es que Ortega captó, como muchos de sus mejores contemporáneos, que la existencia misma de la civilización, de la cultura, estaba amenazada por la ausencia de normas. La dificultad residía en cómo transmitir las normas del hombre noble a unas masas en universal crecida. Más aún cuando Ortega recogía la tesis de Verweyen de que la moral nació de la renuncia a todos los impulsos que envilecen al hombre, y las masas no parecían dispuestas a renunciar a nada: eran incluso animadas a que a nada renunciasen.

»El fondo de La rebelión de las masas es la creencia de Ortega en que él es uno de esos nobles con una filosofía salvadora, un hombre selecto destinado a innovar ―que es salvar― la cultura. Lo plasma bellamente al afirmar que la unidad que innova la historia no es el héroe (conforme decían Nietzsche o el mismo Verweyen), ni la masas (según creía Marx). La unidad innovadora es la interacción del yo y su circunstancia histórica, del noble y de las muchedumbres. No se ha de olvidar que en la perspectiva orteguiana ni las élites ―los hombres ejemplares― ni los hombres-masa son identificables con clases o grupos sociales, sino con modos de comportamiento, esquemas mentales y concepción de la vida.

»En torno a 1930, la influencia de Heidegger ―crítico de la antropología, inclinado como Dilthey a ver al hombre como ser dinámico histórico― le permitirá a Ortega matizar su visión del “ejemplar”. Se centrará, a partir de estas fechas, en el análisis de la historia en sí misma y de la vida de los hombres célebres vistos como seres condicionados en primer término por factores históricos. Y abandonará la visión del Goethe (1913) de Georg Simmel (1858-1918) ―que hacía el elogio de la vida humana en cuanto proceso, fuera cual fuera su contenido― para hablar de que, donde cuaja el hombre ejemplar, es en la vida considerada como tarea y problema. Esto es lo que Ortega ofrecerá en su preciso Pidiendo un Goethe por dentro, de 1932, o en las conferencias ya más tardías (1949) sobre el mismo tema.

»La tragedia de Ortega ―tragedia profunda que veló si innegable empeño ordenador― fue vivir un radical y esforzado liberalismo en un tiempo en que ya era realidad el orden impuesto por los sistemas democráticos*. Y Ortega, como buen liberal, no casaba con la democracia. Ortega llegó tarde, pues llegó en el momento de la crisis definitiva del mundo liberal de la Modernidad que tanto amaba. Alcanzó tan sólo a teorizar su quiebra última.»

De José Ortega y Gasset (1883-1955) ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su España invertebrada; y en otro lugar, las Meditaciones del Quijote.

――――――
* Gonzalo Redondo se refiere a la democracia en el contexto de la crisis del liberalismo desde principios del siglo XX. Lo ha explicado así al inicio de la obra citada: «La democracia dejó de ser un simple método, empleado por hombres liberales, poseedores de una norma de conducta individual, y utilizado para elegir periódicamente a unos gobernantes mediante el sufragio universal, para convertirse en un fin. Mediante la democracia se crearía de forma colectiva una norma de comportamiento común que podría terminar con el desorden liberal y con las arbitrariedades voluntaristas de los dictadores. El nuevo dirigente social no sería más que el conductor, el Führer, de los anhelos de una raza elegida o de una clase social dotada de una misión mesiánica. Sólo cuando todos aceptaran ―o se les hiciera aceptar― la norma elaborada por todos ―o que se aseguraba que de todos procedía― podría llegar la paz, y el progreso, y el orden. Y también el bienestar.»

viernes, 15 de abril de 2016

José Ortega y Gasset, España invertebrada

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

«Las ideas expuestas por Ortega en España invertebrada (1921) resultan de sobra conocidas: España, a diferencia de Francia y Alemania, careció de un feudalismo auténtico, y a lo largo de la historia le han faltado minorías rectoras; de ahí que su vertebración como nación sea débil. Varios de los temas esbozados entonces alcanzarán luego un desarrollo cumplido, caso de la escasez de minorías, al que dedicaría su internacionalmente famoso libro La rebelión de las masas (…)

Ortega, en mi opinión, innovó radicalmente el modo de aproximación a la problemática histórico-cultural. Siguiendo el camino abierto por el historiador suizo Jacob Burckhardt y prolongado por el humanista holandés Johan Huizinga, amigo suyo, conjugará los datos históricos de una manera desconocida en los talleres del humanismo español (…) La obra de Ortega supuso la oportunidad hace tres cuartos de siglo de que el estudio de la cultura española entrara por los carriles del cuestionamiento de las premisas teóricas (metodológicas), tanto históricas como filosóficas, de que a la tradición erudita (…) se le sumara una de interpretación, basada en el contraste de los métodos de análisis.»

(Heilette van Ree, El análisis cultural moderno: España invertebrada de José Ortega y Gasset)