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lunes, 12 de septiembre de 2022

Alfredo Chavero, Explicación del Lienzo de Tlaxcala

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Hacia 1552, las autoridades tlaxaltecas, copartícipes con los españoles de las conquistas de Hernán Cortés, Nuño de Guzmán o Pedro de Alvarado, entre 1519 y 1541, patrocinaron la elaboración del denominado Lienzo de Tlaxcala, un extenso documento pictográfico sobre algodón, de unos cinco por dos metros, en el que se testimonia su participación en las anteriormente citadas campañas. Se realizaron tres originales: uno se remitió a Carlos I, otro al virrey de la Nueva España, y el tercero se conservó en el ayuntamiento de Tlaxcala. En la segunda mitad del siglo XIX ya sólo se conservaba el último, pero reclamado por las autoridades del segundo imperio, fue llevado a Méjico y se perdió su rastro. Sin embargo se conservan varias copias totales o parciales, más o menos fidedignas: Diego Muñoz Camargo copió en el siglo XVI numerosas imágenes en sus Relaciones Geográficas de Tlaxcala; en 1773 Juan Manuel Yllanes realizó una copia directa del original, al óleo, aunque introduciendo ciertos cambios al gusto dieciochesco, como el modelado; por último, existió otra copia fidedigna en manos de Alfredo Chavero (1841-1906), a partir de la cual encargó a Genaro López las excelentes litografías que aquel publicó en 1892, y que aquí reproducimos. Historiador y artista colaboraron en numerosas ocasiones (lo que aparentemente condujo al artista a emprender una cierta carrera de falsificador de códices mesoamericanos...)

Antonio Jaramillo, Margarita Cossich y Federico Navarrete han publicado recientemente (Glocalism 2021) un interesante artículo sobre el Lienzo y su importancia, del que entresacamos algunos párrafos: «La versión tlaxcalteca de la “conquista” consignada en el Lienzo y los documentos relacionados a éste gozó de gran prestigio durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Los herederos de Maxixcatzin, Xicoténcatl el viejo, Tlehuexolotzin y Citlalpopoca, señores de Tizatlan, Ocotelulco, Tepeticpac y Quiahuiztlan respectivamente, lograron mediante probanzas de méritos y servicios que les fueran reconocidos sus derechos como conquistadores. Por estas razones, podemos estar seguros que el Lienzo de Tlaxcala ―¿o deberíamos llamarlo el mapa de la conquista de la Nueva España de 1552?― es una historia visual compleja en la que los conquistadores tlaxcaltecas y sus descendientes guardaron la memoria social de su participación protagónica en los acontecimientos de la primera mitad del siglo XVI. Esta memoria fue constituida muy tempranamente, dos o tres décadas después de los eventos de la conquista, por una generación que la había vivido y sus herederos, en el afán de consolidar la condición de Tlaxcala como ciudad en el Imperio Español, con su territorio sagrado construido a la manera mesoamericana y cristiana (…)

»Por otro lado, es también la historia más extensa y completa de las guerras mesoamericanas de 1519 a 1541. Fue comisionado meses antes de la publicación de la Historia de la Conquista de México de Francisco López de Gómara y antecede por varias décadas al famoso texto de Bernal Díaz del Castillo. Ningún autor o colectivo europeo pudo haber escrito una historia tan extensa y detallada como la presentada en el Lienzo de Tlaxcala, pues ningún capitán castellano estuvo en todas las campañas descritas en el Lienzo (…) La versión tlaxcalteca de los acontecimientos de la conquista tuvo enorme éxito durante la época colonial dentro y fuera de Tlaxcala. A nivel imperial, los tlaxcaltecas lograron hacerse un espacio en el orden legal español, manteniendo grandes niveles de autonomía y de gobierno propio. Además, la exitosa campaña tlaxcalteca en la corte española se convirtió en un precedente para otros americanos que buscaron conservar y ampliar sus privilegios legales. Incluso es posible que la manera en que los tlaxcaltecas adoptaron y adaptaron las instituciones de gobierno españolas en el interior de su altépetl, pudo haber servido como modelo e inspiración para el régimen de “repúblicas de indios” establecido a mediados del siglo XVI en la Nueva España. Los fueros tlaxcaltecas ganados por las acciones de los indios conquistadores provenientes de su ciudad en la primera mitad del siglo XVI, seguían siendo parte de las Leyes de Indias que regían en toda América hasta el siglo XVIII.»



viernes, 26 de febrero de 2016

Martín Fernández de Navarrete, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra

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Próximamente se cumplirán los cuatrocientos años del fallecimiento de Miguel de Cervantes. Martín Fernández de Navarrete (1765-1844) fue un interesante historiador, y autor de la primera biografía rigurosa del genial escritor, que publicó en 1819. Luis Astrana Marín, en el tomo I de su monumental Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid 1948, pág. XXVII-XXXIV, se refiere así a la obra que presentamos:

«Ya don Martín Fernández de Navarrete recogía noticias, desde 1804, para componer su de todo punto extraordinaria y admirable biografía del gran genio. Siguiendo en el estilo el método de Ríos y en la investigación el de Pellicer, se propuso, y lo consiguió, forjar una obra documental con el auxilio principalmente de los archivos, fuente verdadera científica y entonces casi inexplorada. Y así, pudo lisonjearse “de haber dado tanta luz y novedad a los sucesos de Cervantes, que parece la vida de otro sujeto diferente si se compara con las anteriormente publicadas”. Sobre sus investigaciones propias, apeló a la erudición y cultura de los archiveros, bibliotecarios, académicos y demás personas de relieve intelectual en España, solicitando de ellos documentos, inquiriendo datos y sometiéndoles cuestiones e interrogatorios. Véase cómo explica el resultado feliz (aunque no siempre lo fuera) de sus afanes: “El Ilmo. Sr. D. Manuel de Lardizábal (escribe), secretario de la Academia Española, que residía en Alcalá de Henares, registró por sí mismo y por otros amigos suyos los libros parroquiales, los del Ayuntamiento y los de la Universidad, y examinó cuantas memorias podían existir allí de Cervantes y de su familia. El teniente de navío D. Juan Sans de Barutell, individuo de la Academia de la Historia, que se hallaba reconociendo por orden del Rey el Archivo General de Simancas, encontró en él varios documentos que dieron nuevas luces sobre los destinos de nuestro escritor en las campañas de Italia, de Levante y de África, y sobre la embajada del cardenal Aquaviva (...)”

»La nueva biografía apareció en 1819, formando parte, como tomo de los cuatro que integran El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de Mancha, Cuarta edición corregida por la Real Academia Española, en cuyo Prólogo se anuncia diciendo “que ahora se publica”. Pero su gran difusión hízose en tirada aparte. Del concienzudo trabajo de Fernández de Navarrete, magnífico a la par por su fina y cuidada prosa, bastará con decir que, a pesar de haber transcurrido bastante más de una centuria desde su publicación, todavía se consulta con fruto, por la innumerabilidad de documentos que contiene, no sólo referentes a Cervantes y su familia, sino también a otras personas enlazadas con hechos atinentes a él. Los primeros suben en conjunto al número de treinta y siete, treinta y uno de los cuales se hallan exclusivamente relacionados con nuestro autor. Fue, pues, la primera biografía extensa asentada sobre rigurosas bases científicas, que no tuvo después superación en este punto concreto.

»El defecto de ella es que Fernández de Navarrete, escritor admirable por otro lado, carecía de talento constructivo. No acertaba a distribuir bien las partes de un libro docto, darles la debida proporción y armonía, arrancar para la narración lo importante de los documentos y extraer de ellos todo su relieve, a fin de infundir a los hechos el máximo vigor y belleza. Su biografía, consecuentemente, está mal compuesta, como está la de Máinez, de que luego hablaremos: obras no de verdaderos literatos y artistas profesionales, sino de muy ilustres aficionados. A la vista de tanta documentación, uno y otro hiciéronse, como vulgarmente se dice, un lío, sin atinar a disponerla ni a que rindiese en su lugar el debido provecho. Relegan lo más sobresaliente de la misma a ilustraciones, apéndices, notas y autoridades, fuera de los capítulos, caos que desorienta, confunde y fatiga al lector. A menudo dichas ilustraciones, colocadas al fin, ofrecen más interés que la narración principal. Así, la Vida de Fernández de Navarrete, volumen respetable de 644 páginas, sobre parca en examen crítico, termina propiamente el relato en la 199; las ilustraciones, documentos y citas, en medio de los cuales intercala bibliografía, llenan desde la página 200 a la 539; después coloca las notas de la parte primera, y, por último, las notas y autoridades de la parte segunda. Y si bien el índice de las principales materias no deja nada que desear, la obra en total resulta informe y desordenada. Por ello, casi nunca se ha reimpreso íntegra, sino sólo sus 199 primeras paginas.
En las ilustraciones recogió catorce poesías de Cervantes, una de ellas, a mi juicio, apócrifa, procedente de cierto manuscrito de 1631; y las demás, genuinas, impresas por aquél en libros de autores contemporáneos.

»Hoy, a la luz de la investigación moderna, pueden señalarse muchos yerros en la obra de Fernández de Navarrete. Los más admiten excusa: son esclarecimientos posteriores; pero no pocos dimanan de su fantasía y de acoger equivocaciones precedentes sin someterlas a análisis. Conviene enumerarlos, por haber nutrido las biografías subsiguientes y considerarse en buena parte como ciertos. En primer lugar es falso todo cuanto asienta referente a la genealogía de Cervantes. Cree que estudió primeras letras en Alcalá, habla de haber compuesto “una especie de poema pastoral” titulado Filena, y llama al duque de Sessa don Carlos de Aragón: todo ello erróneo. Afirma respecto de la Mancha: “no puede dudarse que vivió en ella mucho tiempo, especialmente en Argamasilla [de Alba], que hizo patria de su Ingenioso hidalgo”. Nada más disparatado. Sostiene que dejó por albacea a su mujer y “al licenciado Francisco Núñez”, confundiéndolo con Francisco Martínez, y que las monjas trinitarias se habían fundado en 1612 en la calle del Humilladero. También se equivoca al suponer que Cervantes y Shakespear (sic) murieron el mismo día. Yerra asimismo en mantener que las citadas religiosas se establecieron en 1633 “en el nuevo convento de la calle de Cantarranas”, y que trasladaron allí los restos enterrados en la iglesia de su primitiva residencia, y, por tanto, los de Cervantes.

»Es autor de la presunción gratuita de que éste fue admitido en la comitiva de monseñor Aquaviva y marchó con él a Roma. Se engaña al escribir que hay sobrados fundamentos para creer que trató familiarmente a Francisco Pacheco, concurrió a su academia y éste pintó su retrato. Aventuró la tesis incierta de haber estudiado dos años en Salamanca, e hizo monja en las trinitarias descalzas a su hija Isabel. Consignó igualmente, atenido a un documento equivocado, que el cura Francisco de Palacios vivía en Madrid en la misma casa que su hermana doña Catalina la mujer de Cervantes. Tuvo por seguro que en La Galatea retrató éste a su esposa. Niega, contra lo ya probado por Pellicer, que doña Magdalena de Sotomayor fuese hermana de Cervantes, consideró a éste el último de los hijos de su padre Rodrigo y estableció la leyenda de que la hija de Cervantes lo era de “alguna dama portuguesa”. Se equivoca en varios años al fijar la data del fallecimiento del referido padre de Cervantes, a pesar de haber tenido en sus manos la partida de defunción, por tomar a la letra una declaración de su esposa, que se fingió viuda para mover a los poderes públicos a la entrega de adjutorios destinados al rescate de Miguel. Rebate sin razón lo certeramente sugerido por Nicolás Antonio, de que Cervantes oyó de joven representar a Lope de Rueda en Sevilla, creyendo que donde le escuchó fue en Segovia. Habla de un hermano mayor de Cervantes llamado Rodrigo, bautizado con el nombre de Andrés, y yerra, con Herrera y Cabrera de Córdoba, en establecer la Corte en Madrid el año 1560 (…)

»La nueva biografía, por otro lado inmejorable como semblanza moral de Miguel, anuló a las precedentes y no fue superada ni aún igualada, en el orden documental, por las posteriores, a pesar de que algunas contaron con datos inéditos, producto de la investigación ajena. Porque en adelante las conquistas que irán esclareciendo los contornos obscuros de la vida del autor, se deberán a los investigadores, y no a los biógrafos; a la crítica docta y no, a los narradores ocasionales, adversarios de la erudición y los archivos. Con la Vida de Fernández de Navarrete, las letras españolas, excluidos los lunares marcados, tuvieron una importante y magnífica biografía, punto precioso e ineludible de arranque para futuros y más completos trabajos biográficos.»