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lunes, 11 de mayo de 2026

Joaquim Pedro de Oliveira Martins, Brasil y las colonias portuguesas

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En su Historia de Portugal Joaquim Pedro de Oliveira Martins (1845-1894) se ocupó de la primera fase del imperio portugués, centrado en el Oriente, y expuso su creación y su pronta destrucción. El Brasil y las colonias portuguesas, en cambio, se dedica al imperio americano y africano. Su punto de vista quiere ser riguroso y severo, naturalmente a partir de su posicionamiento ideológico: radical, anticlerical, ejemplo acabado del socialismo de cátedra de tipo fabiano, tan dominante por entonces entre la intelectualidad occidental que se consideraba avanzada.

Y naturalmente, profundamente racista: asume como evidente la superioridad de la raza aria, su necesaria expansión, y por tanto el justificado dominio o erradicación de las consideradas razas inferiores o salvajes: «Contra las patéticas opiniones de un Las Casas se observa el hecho de la incapacidad del indio para pasar por sí mismo de la condición de cazador a la de pastor, y mucho menos a la de agricultor; lo atestigua el fracaso de los asentamientos, experimentos estériles que solo condujeron, por un camino diferente, a la idéntica esclavitud obligatoria, precursora de una extinción fatal.»

Y es que: «los diferentes tipos de hombre forman una jerarquía, dotados de forma diferente; y entre el indio antropófago, entre el hombre que engorda a sus hijos para devorarlos y los vende; entre la madre de cuyos pechos cuelga de un lado al recién nacido, del otro un perro o un mono, y que amamanta a ambos con igual amor; entre estas insignificantes razas humanas y los hombres superiores, existen diferencias tan esenciales como entre ellas y los tipos superiores de animales mudos. En la lucha por la vida, no solo las bestias luchan contra los hombres: los hombres luchan entre sí, y la naturaleza condena a la extinción a quienes están más próximos de las bestias.»

Desde estos presupuestos valora Oliveira Martins el imperio portugués. La distinción clave se encuentra entre las colonias de plantación, que exigen un considerable capital y la servidumbre de muchos trabajadores no blancos, férreamente dominados cuando no directamente esclavizados, y las auténticas colonias formadas por colonos blancos que se adaptan a las nuevas condiciones físicas, reemplazan en su caso a la población preexistente, y recrean las sociedades y cultura de la metrópoli. Es el caso del Brasil y es el modelo preferible para el autor. De hecho recomienda la emigración de los excedentes de población portugueses al todavía imperio brasileño, independiente desde hace años, antes que a las precarias colonias africanas.

El propósito del imperialismo, de las colonias, sostiene Oliveira Martins, radica en el interés de los imperialistas, de los colonizadores, y no en el de las poblaciones dominadas. Considera inútiles los esfuerzos de misioneros y filántropos para elevarlas por encima de su situación presente: «La idea de educar a los negros es, por lo tanto, absurda no solo a la luz de la historia, sino también a la luz de la capacidad mental de estas razas inferiores. Sólo un mestizaje lento y prolongado con sangre más fértil puede transformarlos gradualmente; y eso es precisamente lo que ha estado ocurriendo de forma espontánea y natural desde una época en que los europeos aún no se interesaban por África.» Sostenido este mestizaje a lo largo de los siglos, se producirá un blanqueamiento progresivo, hasta la definitiva desaparición de las razas inferiores y la omnipresencia de la blanca. La ilustración que adjuntamos ejemplifica este planteamiento, que el paso de los años hasta hoy ha demostrado absolutamente erróneo.

* * *

Traducimos a continuación el artículo titulado O deplorável racismo de Oliveira Martins, neurastenia oitocentista e o mito ariano del escritor Joaquim Magalhães de Castro, tomado de Nova Portugalidade (tan nacionalista como nuestro autor, pero aparentemente en sus antípodas ideológicas), 19 de febrero de 2018:

El deplorable racismo de Oliveira Martins,
la neurastenia del siglo XIX y el mito ario

En su obra Entre chinos y malayos, el cardenal José da Costa Nunes (1880-1976), obispo de Macao, responsable de las misiones de Malaca, Singapur y Timor en las primeras décadas del siglo XX, nos da pruebas de la vitalidad de las comunidades cristianas existentes allí, especialmente las de Serembam y Kuala Lumpur, adonde viajó en compañía de «un portugués de Malaca llamado Lopes». Allí lo esperaban 200 personas de ascendencia portuguesa, entre ellas funcionarios del gobierno inglés, médicos, abogados, profesores, comerciantes, terratenientes, empleados de banca y empresas comerciales, «muchas damas y caballeros», en resumen, toda una población euroasiática que se expresaba en papiá kristang y presumía de sus apellidos y su ascendencia portuguesa.

Quizás debido a esta experiencia sobre el terreno, el prelado nacido en las Azores se rebeló contra la postura que, al respecto, mantenía una de las figuras más importantes de la vida intelectual portuguesa de finales del siglo XIX, el historiador, político y sociólogo Joaquim Pedro de Oliveira Martins. Costa Nunes escribe lo siguiente: «Cuando escritores de cualquier país pretenden reivindicar sus glorias nacionales, Oliveira Martins parece sentir un cruel placer en negarlas, como sucede, por ejemplo, en la cuestión de la prioridad del descubrimiento de Australia atribuida a Manuel Godinho de Erédia, natural de Malaca.»

Asumiendo un tono derrotista y padeciendo la neurastenia que afectaba a los hombres de su tiempo, Oliveira Martins atribuyó la posesión de Macao a «una banda de piratas portugueses», y en su opinión, Malaca no era más que «un convento y un cuartel donde comerciaban frailes y soldados», considerando miserables a las poblaciones mestizas de la ciudad y clasificándolas de «degeneradas, simiescas y abyectas». He aquí algunas de sus declaraciones: «Por encima de todo se alza el portugués, con su Erx, templo o fortaleza, que debería haber sido de civilización o de exterminio, y que al final, es una lástima decirlo, fue simplemente el barco que nos llevó, a los portugueses de Malaca, a descender a la condición de degenerados, contaminando nuestra sangre aria, olvidando nuestras tradiciones europeas. Ya he dicho con melancolía que aún hoy hay portugueses en Malaca, pero que estos portugueses son como los orangutanes. Al entrar en contacto con la descomposición venenosa del Lejano Oriente, nos intoxicamos.»

El renombrado historiador, reconocido como «derrotado por la vida», iría más allá, avalando las apreciaciones de un antropólogo, el Dr. Yvan, quien había analizado la constitución física de los cristianos portugueses de Malaca, afirmando que «son físicamente horrendos y moralmente abyectos, que tienen rasgos bestiales, que son moralmente degenerados, que son inferiores a los malayos y que ya ha sido borrada de su memoria la tradición, esa añoranza de las razas caídas.» En resumen, un pensamiento muy en línea con el filósofo francés Arthur de Gobineau, autor de Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1855) e inventor de uno de los grandes mitos del racismo contemporáneo, el mito ario, a quien se atribuye la famosa frase: «No creo que descendamos de los monos, pero creo que vamos en esa dirección.»

Cabe recordar que fue en hombres como Gobineau, y posteriormente en el inglés Houston Stewart Chamberlain, en quienes Adolf Hitler se inspiró para poner en práctica su tristemente famosa «solución final».

Al igual que Gobineau, Oliveira Martins era abiertamente racista, pues defendía la tesis de que los pueblos formados por negros e indígenas eran incapaces del tan ansiado progreso. Parece obvio que el distinguido historiador nunca pisó el Lejano Oriente, si es que alguna vez abandonó la Península Ibérica, que tanto admiraba, pues era un iberista acérrimo.

Persistentes, conscientes de sus tradiciones centenarias, los habitantes de aquel vecindario, los calificados como orangutanes por Oliveira Martins, afortunadamente sobrevivieron a todas estas dificultades y continúan celebrando la Navidad, el Carnaval, la Pascua y, sobre todo, la festividad de San Pedro, patrón de los pescadores, a finales de junio, incluida en el calendario oficial de los servicios turísticos de Malasia. La festividad más popular del país, San Pedro, como se le conoce, es una excelente excusa para el reencuentro entre residentes y sus familias de Singapur, Kuala Lumpur y otras provincias de Malasia. Pero hablaremos de esa festividad otro día.

Joaquim Magalhães de Castro

La Redención de Cam (1895), del hispano-brasileño Modesto Brocos, es una muestra del planteamiento racista dominante en buena parte de las sociedades de la época: la abuela negra, la hija mulata, la nieta blanca. La satisfacción del padre blanco de esta última, al igual que el título de la obra, atestigua el enaltecimiento del blanqueamiento, el objetivo de hacer desaparecer de la población del Brasil (y quizás en todas partes) los caracteres considerados inferiores.

viernes, 1 de mayo de 2026

Joaquim Pedro de Oliveira Martins, Historia de Portugal

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El portugués Joaquim Pedro de Oliveira Martins (1845-1894) fue un autor afortunado en nuestro país, repetidamente encomiado por autores tan disímiles como Menéndez Pelayo, Valera, Juderías, Unamuno y Altamira, y en su día comunicamos su Historia de la Civilización Ibérica, que fue traducida al español en vida del autor. No así otras dos interesantes obras que nos proponemos incluir en Clásicos de Historia: la Historia de Portugal y la que podemos considerar su complemento, Brasil y las colonias portuguesas (dejamos por ahora de lado su Portugal contemporáneo). En una Advertencia preliminar en la primera de estas obras, Oliveira Martins se expresa así:

«En la Historia de la Civilización Ibérica intentamos estudiar el sistema de instituciones e ideas de la sociedad peninsular para explicar su vida colectiva, orgánica y moral. Allí consideramos la sociedad como un individuo y buscamos representarla física y moralmente. Ahora nuestro propósito es diferente... La mitad de la historia portuguesa está, por lo tanto, escrita en la Historia de la Civilización Ibérica: la mitad que trata de la vida de la sociedad, como un ente orgánico y moral. Se entenderá, pues, que nos abstendremos ahora de repetir lo dicho y que nos limitaremos a remitir al lector al libro precedente, indicando, cuando sea necesario, dónde se encuentra la explicación de las causas generales a las que el texto alude.

»Queda por hacer la segunda mitad; queda por caracterizar lo particular de la historia portuguesa. Resta dar vida a sus personajes y representar de forma realista el escenario en el que se desenvuelven: tal es el propósito de este libro, cuyas dificultades de ejecución superan con creces las del anterior. Antes, bastaban el conocimiento y el pensamiento; uno para describir cómo eran las cosas, el otro para indicar el principio y el sistema de la civilización. Ahora se requiere un talento especial, intuición histórica y un estilo que transmita la vitalidad propia de los seres vivos. Será necesaria toda la paciencia del lector para disculpar las imperfecciones del libro.

»Es necesario señalar otro aspecto y evitar una impresión equivocada en quien lea ambas obras sucesivamente. La Historia de Portugal consiste en una serie de escenas en las que, en su mayoría, el carácter de los hombres, sus acciones, los motivos inmediatos que las determinan y las condiciones y la forma en que se realizan, merecen más reproche que aplauso. Crímenes brutales, pasiones viles, abyecciones y miserias suelen componer la existencia humana; y por ello, más de un moralista ha condenado el estudio de la historia como perjudicial para la educación. En cambio, la Historia de la Civilización Ibérica destila un entusiasmo optimista que, a primera vista, parecería contradictorio con el carácter mezquino y ruin que presentan las acciones humanas. Un ejemplo bastará para demostrar este antagonismo: antes considerábamos las conquistas americanas y asiáticas una hazaña heroica; y ahora veremos la montaña de ignominia que es el imperio portugués en Oriente.»

Naturalmente, esta Historia de Portugal resulta bien diferente del Epítome barroco de Manuel de Faria, que presentamos hace unas semanas. En primer lugar, parte de lo evidente: Portugal nace con la creación del condado de Portugal y de su separación del reino de León; la nación es el resultado de la actuación de una persona determinada. Y Oliveira, además, puede aprovechar el ingente trabajo realizado por numerosos investigadores, como Alexandre Herculano (1810-1877), autor de una documentada y extensa Historia de Portugal (que sólo alcanza el siglo XIII).

Pero la obra de Oliveira es, como todas, hija de su tiempo… y de sus planteamientos ideológicos: el autor juzga, toma partido ante los acontecimientos, y hace responsable a los culpables. Así, en lo referente al fracaso del imperio portugués en Asia (capítulo «El viaje a la India»), la deplorable casa de Avis, la incuria de la Inquisición, la catástrofe de la Jornada de África, el dominio español, la incapacidad de la casa de Braganza... Y durante tres siglos el papel atroz que atribuye a los jesuitas en el decurso de los acontecimientos, que resulta curiosamente similar al que desde las orillas ideológicas contrarias se atribuye a la masonería.

Oliveira tiene claro que el resultado necesario de todo ello es, por tanto, la decadencia: tras el éxito en la creación de la nación portuguesa, que culmina con la victoria en Aljubarrota y con la prodigiosa época de los descubrimientos, se produce la progresiva descomposición del reino. La responsabilidad está en las élites, imbuidas de un jesuitismo atroz, pero también en el pueblo, seducido por un sebastianismo adormecedor, esperanzado en la llegada de un redentor prodigioso. Los intentos de corregir la situación (el marqués de Pombal, el oro del Brasil, el liberalismo…) han dado unos resultados limitados por la persistencia de tendencias negativas en la sociedad portuguesa. Olivera concluye así: «¿Continúa la decadencia nacional, aparentemente interrumpida tan solo por ideas revolucionarias y por la restauración de las fuerzas económicas impulsadas por el utilitarismo universal? ¿O estamos presenciando un fenómeno de oscura reconstitución?»

Armada portuguesa, Livro de Lisuarte de Abreu.

miércoles, 21 de enero de 2026

Juan Valera, Sobre el concepto que hoy se forma de España y otros artículos sobre la leyenda negra y la guerra de Cuba

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El egabrense Juan Valera (1824-1905) es uno de los más destacados intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX. Diplomático, escritor especialmente epistolar, crítico literario y político ocasional, es el autor de Pepita Jiménez, una de las más afamadas novelas realistas españolas. Su carrera y su dominio de las principales lenguas clásicas y modernas le llevará por gran número de países de Europa y América: Nápoles (cuando la revolución de 1848), Lisboa y Río de Janeiro (le hicieron iberista convencido), Dresde y Francfort (el reino de Sajonia y la ciudad-estado), San Petersburgo (donde escribe sus Cartas desde Rusia, que tanto interesarán a Azaña), Washington (de 1884 a 1886, cuando se incrementan las campañas antiespañolas), Bruselas (dice de los belgas que combinan la arrogancia francesa con la pesadez alemana) y finalmente Viena, su último destino, del que se retirará en 1896. Vuelto a España, desde entonces incrementará su labor literaria, también en los periódicos.

En su día incluimos la extensa continuación de la Historia General de España de Modesto Lafuente, que realizó junto con Andrés Borrego y Juan Pirala. En esta entrega de Clásicos de Historia se han reunido diversos textos en los que Valera se ocupa de cómo se percibe a España en el exterior (y también en el interior). El más antiguo de ellos, y que sirve de título al conjunto, se publica en el umbral del caótico sexenio democrático, y el autor se lamenta de la creciente distancia a la que queda «el poderío, la riqueza y el bienestar de Francia, Inglaterra, Rusia, Alemania y otros Estados». Y señala:

«El concepto que en el día forman de España los extranjeros es casi siempre pésimo. Es más; en el afán, en el calor con que se complacen en denigrarnos se advierte odio a veces. Todos hablan mal de nuestro presente: muchos desdoran, empequeñecen o afean nuestro pasado. Contribuye a esto, a más de la pasión, el olvido en que nosotros mismos ponemos nuestras cosas. En lo tocante al empequeñecimiento de nuestro pasado hay, a mi ver, otra causa más honda. En cualquier objeto que vale poco o se cree valer poco, en lo presente, se inclina la mente humana a rebajar también el concepto de lo que fue, y al revés, cuando lo presente es grande, siempre se inclina la mente a hermosear y a magnificar los principios y aun los medios, por más humildes y feos que hayan sido.»

Los restantes textos que incluimos corresponden ya a la época de la Restauración, cuando ha cesado (o al menos se ha mitigado por un tiempo) el espasmo revolucionario del medio siglo anterior. En ellos analiza y critica lugares comunes como la atribución de la decadencia española a una supuesta y excepcional intolerancia española, que Valera observa similar o mayor en los restantes países europeos. Como hombre de letras que es, se ocupa ante todo de los libros en que se describe tergiversada o erróneamente a España, como los de J. W. Draper, C. King o H. C. Chatfield-Taylor. En otro extenso trabajo expone sus planteamientos iberistas, al comentar diversas obras de J. P. Oliveira Martins, sus coincidencias y discrepancias, lo que le permite precisar el significado que da a conceptos como nación, cultura, estado, región...

A partir de su jubilación, y durante un tiempo, se multiplican sus colaboraciones periodísticas, muchas de ellas de crítica literaria, pero también de temas de actualidad, como los tardoseculares nacionalismos regionales, los atentados anarquistas y su represión... Pero sobre todo de la guerra de Cuba y del apoyo norteamericano a los rebeldes, cuestiones con las que había tenido que bregar durante su embajada en Washington. Su pretensión es ante todo el análisis y crítica de los argumentos empleados por los independentistas cubanos. Lástima que algunos de sus planteamientos participen, aunque sea de forma templada, de ese racismo dominante en el liberalismo decimonónico.

Sin embargo tras el Desastre, en el último artículo que incluimos, parece contrarrestarlo en este lastimero párrafo: «La idea, por ejemplo, de la constante y creciente superioridad de unas razas humanas sobre otras, y de que se da una lucha por la vida en la que deben extinguirse más o menos lentamente los pueblos inferiores o decaídos, a fin de que ocupen su lugar y prevalezcan e imperen los pueblos superiores, más inteligentes y briosos, y la idea de la selección por cuya virtud van elevándose y magnificándose los mencionados pueblos y pereciendo los que decaen y se hunden, hacen que en nuestra época, aunque se hable mucho de filantropía y de justicia, sólo se atienda a la fuerza, se aprecie al que la tiene y el débil sea desdeñado y vejado; se profetice su próxima muerte como cosa segura y hasta se le niegue el derecho de seguir viviendo.»

Puck, Nueva York, noviembre de 1898

viernes, 23 de febrero de 2018

Joaquin Pedro de Oliveira Martins, Historia de la civilización ibérica


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Menéndez Pelayo escribía a Valera en 1886: «Debe Vd. llamar la atención sobre el libro de Oliveira Martins, que, además de estar muy bien escrito y de traer puntos de vista nuevos (...) es hasta ahora lo más ibérico que ha salido de pluma alguna española ni de allá ni de acá.» Y años después Miguel de Unamuno afirmaba que Oliveira Martins es «el historiador más artista que ha tenido la península en el pasado siglo, y yo creo que el único historiador artista de ella. El más artista y el más penetrante. Su fantasía llegó a profundidades que la fatigada ciencia de otros no ha llegado. Su História da Civilização Ibérica debería ser un breviario de todo español y de todo portugués culto, y no debía haber tampoco americano, de los que tan a menudo buscan en nuestra historia y casta los antecedentes de la suya, que no conociera ese libro admirable. En vez de repetir una vez más los lugares comunes respecto a lo que fue el alma española en los tiempos del descubrimiento y conquista de América, bueno fuera ir a buscar en libros como el de Oliveira Martins riquísimas sugestiones.» Y en parecido sentido, y desde distintas posiciones ideológicas, se pronunciarán Rafael Altamira, Julián Juderías, Ramiro de Maeztu, y tantos más.

Recientemente, César Rina Simón, en su iluminador Iberismos. Expectativas peninsulares en el siglo XIX, Madrid 2016, señala que para este autor «no cabía duda del espíritu civilizador compartido por españoles y portugueses, más centrados en las creaciones artísticas y en cuestiones religiosas que en el espíritu utilitarista de los pueblos del norte. Oliveira Martins, en su obra Historia da Civilização Ibérica publicada en 1879, rechazó el iberismo político de Sinibaldo de Más para encaminarlo hacia la unidad de civilización, cultural y literaria, pero partiendo del respeto de la autonomía de cada territorio. El autor había dirigido unas minas en Santa Eufemia, Córdoba, entre 1870 y 1874, período en el cual se fue alejando de las doctrinas socialistas. Allí se acercó al pensamiento de Pi y Margall y Castelar, y regresó a Portugal convencido de la comunión espiritual de ambos pueblos. Antes de su visita a España, Oliveira Martins ya había destacado por su critica a los mitos anti-castellanos de la política portuguesa, ideas que recogió en 1867 en el libro Febus y Moniz. Fruto de su experiencia durante el Sexenio Democrático redactó Theoria do Socialismo y Portugal e o Socialismo. Durante el Sexenio Revolucionario, Oliveira Martins participó en la prensa portuguesa con artículos favorables al iberismo federalista, rechazando la unión ibérica bajo una dinastía. Sin embargo, a partir de 1873, observamos un giro gradual de sus postulados federalistas e internacionalistas hacia posiciones más historicistas y esencialistas, entendiendo el problema ibérico como una cuestión de cultura, de civilización, más que política o económica.»

Y más adelante: «La Historia de la Civilización Ibérica apostaba por superar la decadencia peninsular poniendo en valor la unicidad del espíritu ibérico, constatado por la historia cultural. Para Oliveira Martins, el término “España” no hacía referencia a un reino en concreto, sino al conjunto de pueblos que habitaron y habitan la península Ibérica ―como ya hiciera Camões o Herculano―. Fue el primer autor que concibió la Península como un ente orgánico formado por diferentes cuerpos dotados de variables funciones pero indivisibles en su esencia mecanicista. El reino de Portugal habría alcanzado su independencia gracias a la ambición personal de Afonso Henriques, no en base a criterios diferenciales culturales, étnicos o lingüísticos. En la obra, Oliveira Martins, que había residido en España entre 1870 y 1874 (...) rechazaba el planteamiento historiográfico que pretendía comprender la historia de España o de Portugal de una manera autónoma. Para ello recurrió al análisis histórico de las semejanzas y vinculaciones entre las naciones peninsulares. Desde el espíritu fronterizo al carácter de los pueblos bereberes, insistió en la idea de la tradición “democrática y municipalista” del medievo  y en la decadencia peninsular propiciada por el absolutismo, la expansión ultramarina y la intransigencia religiosa. La solución a la crisis pasaba por recuperar los principios democráticos de las sociedades peninsulares. En ningún caso Martins sentó las bases de una futura unión ibérica, pero permitió cuestionar una de las barreras principales para alcanzarla: la visión tradicionalista del nacionalismo luso como superación del anexionismo de Castilla.»

Y aún: «Oliveira Martins escribió Historia de la Civilización Ibérica en un contexto dominado por el avance del imperialismo británico y alemán, la emergencia de Estados Unidos y la toma de conciencia del cambio de campo de poder del sur al norte de Europa, en un momento personal en que estaba evolucionando del federalismo proudhoniano al socialismo de cátedra. Como contrapeso a la preponderancia política del norte, realizó una profunda caracterización del genio peninsular, subrayando elementos como la independencia o el heroísmo. Esta raza había tenido la misión histórica de explorar el mundo o contrarrestar la influencia anglosajona. Si la raza británica se caracterizaba por el utilitarismo, el empirismo y la dimensión material de la vida, la misión de los pueblos ibéricos era oponerse a este dominio cultural con sus principios espirituales, guerreros e idealistas. Sin embargo, no se trataba de restaurar el imperio filipino o la explotación de las colonias, si no aprovechar los caracteres constitutivos del carácter hispánico para impulsar un nuevo renacimiento volcado hacia las naciones hispanoamericanas.»

Y concluimos: «La principal aportación de Oliveira Martins fue la introducción del concepto de civilización en los estudios peninsulares. Esta civilización, orgánica, planteaba la división del mundo en diferentes culturas, al margen de las fronteras estatales. Este concepto iba más allá de las narrativas patrióticas y de los límites geográficos nacionales para configurarse como una noción espiritual amplia de pertenencia a una comunidad cultural determinada. En este sentido, la civilización ibérica era resultado del cruce de pueblos, de su situación periférica en el occidente europeo y de su carácter fronterizo con África y el Atlántico. Así mismo, estaría dotada de una psicología colectiva y una caracterología compartida, como había señalado Edgar Quinet en 1846 y, posteriormente, Rafael de Labra, Miguel de Unamuno, Ribera i Rovira o Ángel Ganivet.»