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martes, 21 de octubre de 2025

Augustin Cochin, Las sociedades de pensamiento y la democracia. Estudios sobre la Revolución Francesa

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Augustin Cochin (1876-1916) fue uno de tantos millones de víctimas de la Gran Guerra, la tragedia que de algún modo podemos considerar como el dantesco final de la etapa histórica inaugurada en cierto sentido por la Revolución Francesa. Y al estudio de esta última dedicó sus esfuerzos, aunque lo prematuro de su muerte hizo que sólo se centrase básicamente en el estudio de dos cuestiones: la campaña electoral de 1789 para elegir a los representantes en los Estados Generales, y el gobierno revolucionario de 1793. Realizó su tarea de un modo profundamente innovador que, naturalmente, no gozó de gran reconocimiento entre el establishment académico de su tiempo.

En primer lugar, fue uno de los introductores del método sociológico en la Historia. Se basa en Durkheim, aunque despojándolo de su determinismo. Da así un paso adelante desde la ya entonces ritualizada historia positivista, centrada en la escrupulosa recogida de datos, pero también dependiente del relato y del personaje. En segundo lugar, Cochin se sitúa outside de la canónica reverencia a la Revolución por parte del nacionalismo francés, lo cual le depara suspicacias varias y una injusta identificación con los Barruel y legitimistas partidarios del Antiguo Régimen, anhelantes por descubrir planes y conspiraciones tenebrosas de los revolucionarios (especulares, por cierto, de los que sus contrarios atribuyen a los tiránicos reyes, nobles y clérigos).

Pero lo que nuestro autor realmente pretende es la comprensión del fenómeno, los procedimientos colectivos mediante los que se actúa, la difusión y el conflicto social de las ideas y propósitos con los que buscan justificarse... Propondrá el concepto de la sociedad de pensamiento (o de la idea) para explicarlo, y comprender el discurrir de los acontecimientos. Y es que la tarea del historiador no es la del juez de instrucción o el moralista que absuelven o condenan, no es la del calificador de concurso que reparte premios y castigos. De algún modo Cochin se adelanta a la famosa invocación de Marc Bloch: «Robespierristas, antirrobespierristas, por piedad, decidnos simplemente quién fue Robespierre.»

La obra que comunicamos es póstuma; se publicó en 1921. Recoge ensayos, artículos, conferencias y un prólogo, varios inéditos, escritos entre 1904 y 1912. El conjunto es significativo: se ocupa en primer lugar de la emergencia y desarrollo de la nueva intelectualidad de los filósofos, es decir, de los ilustrados a los revolucionarios. En segundo lugar, de su actuación concreta en un momento clave: la elección de representantes para los Estados Generales de 1789; la estudia detenidamente en Bretaña y en Borgoña. Y por último, en el ensayo que titula La crisis de la historia revolucionaria, defiende la obra de Hippolyte Taine (1828-1893) del ataque que le dirigió el entonces santón reconocido de los historiadores de la Revolución: Alphonse Aulard (1849-1928).

François Furet estudió la figura de Cochin en un artículo luego incluido en Pensar la Revolución Francesa. Lo valora así: «Lo que la obra de Cochin tiene de extraordinario, y creo, de excepcional, es la coexistencia del tema de su estudio con el carácter teórico de su reflexión. Cochin no se interesa por el problema planteado por Tocqueville que es el del balance revolucionario a largo plazo; no ve en la Revolución un proceso de continuidad institucional, social y estatal entre el Antiguo Régimen y el nuevo; lo que desea entender, por el contrario, es la explosión del acontecimiento, la ruptura del entramado histórico, todo aquello que empuja hacia adelante durante seis o siete años, como un flujo irresistible, el movimiento revolucionario, su dinámica interior: lo que en el siglo XVIII podría haberse llamado su resorte. No es, pues, por casualidad si dedicó su vida de archivista a ofrecer y a publicar, como Aulard, materiales sobre el Comité de Salud Pública y sobre el jacobinismo. Cochin está interesado por el mismo problema que Aulard o Mathiez; al igual que ellos considera que el jacobinismo es el fenómeno central de la Revolución, pero él intenta conceptualizar su naturaleza en vez de ver simplemente en él la matriz de la defensa republicana

Y más adelante: «El jacobinismo no es, pues, para Cochin un complot, o la respuesta política a una coyuntura, o incluso una ideología: es un tipo de sociedad, cuyas tensiones y reglas es necesario descubrir para comprenderla, independientemente de las intenciones y de los discursos de los actores. En la historiografía de la época y directamente en la historiografía de la Revolución Francesa, esta manera de plantear el problema del jacobinismo es tan original que fue o incomprendida, o enterrada, o ambas cosas a la vez.» Y quizá podamos trasponer esa mirada perspicaz de Cochin a los políticos, intelectuales y activistas de aquel tiempo, que Furet analiza detenidamente, y aplicarla a los políticos, intelectuales y activistas de nuestro presente.

Comité revolucionario del año II, por Jean-Baptiste Huet


lunes, 7 de agosto de 2023

Gustave de Beaumont, Estados Unidos en 1831: esclavitud, racismo, religión, tribus indias y otros aspectos

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Poco después de la Revolución de Julio, dos jóvenes amigos parten de Francia hacia los Estados Unidos. Ambos son noveles magistrados, y llevan el encargo oficial de estudiar el sistema penitenciario norteamericano, que se considera adelantado en cuanto a la rehabilitación del delincuente. A su regreso publicarán en dos tomos su Du système pénitentiaire aux États-Unis et son application en France, París 1833. Sin embargo Alexis de Tocqueville (1805-1859) y Gustave de Beaumont (1802-1866), los dos viajeros, han tenido unos propósitos mucho más amplios: estudiar una sociedad democrática que no ha requerido de la Convención y la guillotina que caracterizaron la propia de la revolución francesa.

François Furet, en su artículo Toqueville: el descubrimiento de América (1986), lo explica así: «En el origen del viaje americano está pues la separación, operada por Tocqueville, entre la idea de democracia y la idea de revolución: separación que marca su profunda originalidad en la filosofía política liberal de la época, si se piensa por ejemplo que Guizot no llegará jamás a concebirla. La superioridad de Tocqueville es una superioridad de abstracción: consigue disociar el concepto de democracia de su referencia empírica, la Revolución francesa, de manera tal que puede interpretar a través de él una democracia no revolucionaria, América, y una democracia revolucionaria, Francia. El mismo pensamiento que lo libera de la obsesión de la Revolución francesa, característica de toda su generación, le da la idea del viaje a América. Se trata de poder elaborar una teoría de la sociedad democrática con la cual relacionar el caso francés.»

Y ambos jóvenes se apresurarán a comunicar las experiencias que han recabado en Estados Unidos y las conclusiones a las que han llegado. En 1835 Tocqueville publicará el primer tomo de La democracia en América, que resultará ser una obra clave en la evolución del pensamiento político occidental. En ella se referirá así a la obra paralela, aunque con objetivos distintos, de su amigo y compañero de viaje: «En la época en que publiqué la primera edición de esta obra, M. Gustave de Beaumont, mi compañero de viaje por Norteamérica, trabajaba aún en su libro intitulado María, o la esclavitud en los Estados Unidos, que apareció después. El fin principal de M. de Beaumont ha sido poner de relieve y dar a conocer la situación de los negros en medio de la sociedad angloamericana. Su obra arrojará una viva y nueva luz sobre el problema de la esclavitud, de vital importancia para las Repúblicas. No sé si me engaño; pero me parece que el libro de M. de Beaumont, después de haber interesado vivamente a quienes deseen buscar en él emociones y cuadros, debe obtener un éxito más sólido y durable entre los lectores que, ante todo, desean encontrar puntos de vista sinceros y verdades profundas.»

Beaumont le devolverá los elogios en su obra, aunque también subrayará las diferencias: «Mr. de Tocqueville y yo publicamos casi al mismo tiempo, cada uno, un libro sobre asuntos tan diferentes, cuanto pueden serlo el gobierno de un pueblo y sus costumbres. El que lea estas dos obras puede ser que reciba impresiones diferentes sobre la América, y se imagine que no hemos juzgado de un mismo modo el país que hemos recorrido juntos. Ésta, no obstante, no es la causa de la disidencia aparente que se ha de notar; la verdadera razón es ésta: Mr. de Tocqueville ha descrito las instituciones; yo he tratado de bosquejar las costumbres. Ahora, la vida política en los Estados Unidos es más bella y mejor aprovechada que la vida civil: mientras que el hombre encuentra allí pocos goces en el seno de su familia, muy pocos placeres en la sociedad, el ciudadano goza en la esfera política cuantos derechos pudiera apetecer. Examinando la sociedad americana bajo puntos de vista tan diferentes, claro está que no hemos podido, al pintarla, servirnos de los mismos colores.»

El título completo de su obra es María o La esclavitud en los Estados Unidos. Pintura de costumbres en la América del Norte. Y decide darle la forma de novela, pero en la que la ficción se documenta y acompaña con extensos apéndices, en los que analiza, y con frecuencia denuncia, distintos aspectos de la sociedad norteamericana: la condición de los negros esclavos y libres, los variadísimos e influyentes movimientos religiosos, y el estado antiguo y actual de las tribus indias. Y aun añade en múltiples notas breves análisis de otros aspectos: la condición de las mujeres, el ejército, la prensa, la igualdad dominante entre la sociedad blanca… Y concluye con la narración del motín racista que tuvo lugar en Nueva York en 1834. Esta parte ensayística es la que incluimos en esta entrega de Clásicos de Historia.

Finley, Mapa de Estados Unidos, 1827

lunes, 11 de diciembre de 2017

Mao Zedong, Citas del Presidente o El pequeño libro rojo


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François Furet, en su El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, compara a Stalin con Mao Zedong, y considera al segundo como el auténtico continuador del primero: «Mao quiso, como Stalin, hacer una revolución en la revolución: su gran “salto adelante” puede compararse con las marchas forzadas de los primeros planes quinquenales, y su “revolución cultural” con el socialismo en un solo país. Ambos líderes quisieron destruir el partido del que seguían siendo las cabezas; Stalin por medio de su policía, Mao recurriendo a sus “guardias jóvenes”. Ambos fueron los grandes maestros sucesivos de un catecismo marxista-leninista expuesto en fórmulas sencillas y sacramentales: Fundamentos del leninismo y El pequeño libro rojo: dos grandes best-sellers mundiales.»

Las Citas del presidente Mao Tse-Tung (como se transliteró habitualmente su nombre entre nosotros) o simplemente Libro Rojo, es una colección de más de cuatrocientos fragmentos procedentes de más de un centenar de textos de Mao, seleccionados en 1964 bajo la dirección de Lin Biao. Constituyó una herramienta clave para la recuperación del poder ejecutivo por parte de Mao, lo que culminará con la Revolución Cultural. En este sentido, no parece ser casualidad que el texto más citado en esta antología sea Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo (del 27 de febrero de 1957), que figura en casi la cuarta parte de la paginación total de la obra. A este texto le siguen por la abundancia de las citas: Sobre el gobierno de coalición (24 de abril de 1945), y el Discurso ante la Conferencia Nacional del Partido Comunista de China sobre el Trabajo de Propaganda (12 de marzo de 1957).

Durante los agitados años que siguieron, esta breve obra adquirirá una importancia que supera incluso lo propiamente propagandístico, para constituirse en un emblema casi sagrado de la Revolución y del culto al líder. En su pormenorizado análisis sobre La revolución cultural china, MacFarquhar y Schoenhals se refieren así al hecho de que «a principios de 1968, millones y millones de personas a lo largo y ancho de China practicaban variaciones más o menos elaboradas del ritual. El posteriormente premio Nobel Gao Xingjian describió el proceso de este modo: “A las seis en punto de la mañana, la corneta llamaba a filas a la gente, que tenía veinte minutos para lavarse los dientes y lavarse un poco. Entonces se ponían en pie delante del retrato del Gran Líder en la pared para pedir las instrucciones de la mañana, cantar canciones de las Sentencias de Mao y, con el Pequeño Libro Rojo en alto, gritar tres veces larga vida antes de ir al comedor a comer gachas. Después venía la asamblea, y las Obras Selectas de Mao eran recitadas durante media hora antes de que la gente se cargara al hombro sus azadones y sus picos para trabajar la tierra.” Una de las trabajadoras hablaría por muchos cuando posteriormente escribió: Yo encontraba el ritual sin sentido, humillante y monótono, pero obviamente no lo podía decir

sábado, 15 de octubre de 2016

Edmund Burke, Reflexiones sobre la revolución de Francia

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El escritor y político británico Edmund Burke (1729-1797) fue ante todo un defensor de la gloriosa revolución de 1688, un old whig. Pero justifica y enaltece dicha revolución, origen de la monarquía parlamentaria que ha sido fuente de inspiración para muchos de los ilustrados continentales, subrayando por un lado su carácter necesario y excepcional, y por otro su enraizamiento en el pasado, en la common law fuente de las libertades inglesas (derechos de los ingleses en oposición a derechos humanos, como subrayó Hannah Arendt). Por ello resultó natural que ante los acontecimientos que se producen en la vecina Francia desde 1789, y más aun ante los propagandistas británicos de la nueva revolución, se apresurara a trazar una extensa crítica en la que quiere condenar unos principios que, desde los suyos propios más bien empiristas, le resultan abstractos y vaporosos, pura construcción teórica; pero también rechaza su aplicación práctica, especialmente desde los sucesos del 6 de octubre, con la marcha a Versalles. Considera que el resultado de todo ello supone el arranque de una democracia anarquizante que conduce a la tiranía, a la ruina del país, a la resistencia de los campesinos, y a una posible asunción del poder por un caudillo militar.

François Furet, en La revolución a debate (1999), se ocupó extensamente de Burke: «Será así el primer pensador y también el más profundo de los que advirtieran que la cuestión clave planteada por 1789 estribaba en la relación de los franceses con su propia historia. Para él, la rareza o insolitez más acusada del acontecimiento galo derivará precisamente de aquello de lo que los franceses se muestran orgullosos, la reprobación de lo que bautizaron como el Ancien Régime y su exaltación de una ruptura palingenésica. Exactamente ahí se situará la incompatibilidad de de la historia inglesa con la francesa, en esa figura despegada del tiempo, un descubrimiento propio de la Revolución francesa. En puridad, sería poco decir que Burke condena dicho desgarramiento. Le será incluso muy difícil imaginarlo. Un pueblo sin pasado es como una empresa sin capital, una colectividad huérfana de lo que realmente la conforma, esto es, el trabajo acumulado por generaciones mediante el cual se dio sus pautas civilizadoras, su modo de ser, su constitución política.» Furet continúa su análisis confrontándolo con el muy diferente y esclarecedor de Tocqueville, pero dejémoslo aquí.

Podemos concluir señalando que Burke cree estar defendiendo el régimen fruto de la revolución parlamentaria británica, y para ello ataca la naciente revolución francesa, que amenaza con destruir ―si se propaga― con sus logros, éxitos y beneficios. Y sin embargo, un lector actual no dejará de percibir en sus páginas el anuncio de lo que muy pronto, una vez asimilados buena parte de estos novedosos principios, constituirá el enfoque conservador del liberalismo (e incluso de la actual democracia), y de su crítica a la izquierda. Sirva como muestra el siguiente párrafo:

«No respetan la sabiduría de otros; pero en vez de esto ponen en la suya una confianza ilimitada. Para destruir un orden antiguo de cosas, les basta que la cosa sea antigua; y en cuanto a lo nuevo no se inquietan en manera alguna por la duración de un edificio construido precipitadamente, porque la duración es de ninguna importancia para los que estiman en muy poco o en nada lo que se ha hecho antes de ellos, y que colocan toda su esperanza en los descubrimientos. Piensan muy sistemáticamente que son perniciosas todas las cosas que llevan el carácter de duraderas; y en consecuencia declaran una guerra de exterminio a todo establecimiento. Creen que los gobiernos pueden variar como la moda del peinado, sin que esto traiga consecuencia alguna, y que para adherirse a la constitución cualquiera del estado, no es necesario tener otro principio que la conveniencia del momento. Se producen continuamente como si fueran de opinión que el pacto ya celebrado entre ellos y los magistrados es de una naturaleza simple; que sólo obliga a estos, pero que nada tiene de recíproco; y que la majestad del pueblo puede variarlo sin más motivo que quererlo. Su misma adhesión a la patria no dura sino mientras está de acuerdo con sus proyectos variables: comienza y acaba por tal o tal plan de política que por el momento se conforma con su opinión. Estas doctrinas, o más bien, estas ideas parecen ser las que prevalecen entre vuestros nuevos políticos; pero son totalmente diversas de las que hemos seguido en este país.»


James Gillray, grabado de 1792

viernes, 3 de junio de 2016

Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia

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El francés Georges Sorel (1847-1922), a caballo de dos siglos y dos épocas, rechazará el acomodamiento reformista y burgués de los partidos marxistas, dirigidos por una élite profesionalizada que resume en la figura de su detestado Jaurès. Por contra, defenderá la vuelta a lo que considera un revolucionarismo límpido representado por la voluntarista y violenta huelga general, a la que concede carácter de auténtico mito capaz de movilizar a un proletariado que, en paralelo, adquiere carácter heroico. François Furet, en su determinante El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (1995), nos lo presenta así:

«El desprecio al derecho como a un disfraz formal de la dominación burguesa, la apología de la fuerza como partera de la historia: esos temas son muy anteriores al comienzo del siglo XX en el pensamiento político de Occidente, y su virulencia crece particularmente en los decenios que preceden a la guerra de 1914, tanto en la izquierda como entre la derecha. A este respecto, Georges Sorel sigue siendo uno de los autores más interesantes de esta época, a la vez por el encarnizamiento con que denuncia la irrisoria pusilanimidad del parlamento burgués, y por la esperanza que deposita en la violencia, gran verdad oculta del mundo moderno. Autor interesante pro siempre un tanto sospechoso, porque navega entre el sindicalismo revolucionario y la Acción Francesa, porque es antisemita y porque admirará a la vez a Lenin y a Mussolini, aunque precisamente por esto deberíamos leerlo con una curiosidad particular. Pero lo que aquí me interesa no sólo es lo que sus escritos pueden tener de proféticos, sino también el hecho de que nos permiten medir, una vez más, la distancia que hay entre la teoría y la práctica. O, dicho de otro modo, entre los intelectuales y la vida real.

»La violencia en Sorel es inseparable de la actividad creadora. Aclarada por una gran idea, la huelga general tiende a desgarrar el velo de la mentira que cubre a la sociedad y a restituir a los individuos, con el sentido de su existencia colectiva, su dignidad moral. Permite, como en Nietzsche, el reencuento con la grandeza del hombre por encima de la mezquindad universal de los tiempos democráticos. El burgués vive en la hipocresía; la lucha de clases hace regresar la virtud a la escena pública en provecho del proletariado. Da a la violencia una finalidad ética, y equipara al militante revolucionario con el héroe. Si el hombre de la huelga general admiró a Lenin y a Mussolini, fue como a dos prodigios de voluntad que se hicieron cargo de sus pueblos para conducirlos a la realización del hombre nuevo. ¡Pobre Georges Sorel! Él, el hijo de Proudhon, el anarquista individualista, aquí lo vemos lleno de admiración por los fundadores de regímenes al lado de los cuales el aborrecido Estado burgués parecería una utopía libertaria.

»Sólo ve en ellos lo que los emparenta con sus pasiones y sus ideas. Lenin es el sucesor de los grandes zares, tan revolucionario como Pedro el Grande, tan ruso como Nicolás I. Mussolini se inscribe en la tradición traicionada del Risorgimento republicano. Uniendo el renacimiento nacional a la idea socialista devuelta a su vocación revolucionaria, esos dos conductores de pueblos destruyen por la fuerza el orden burgués en nombre de una idea más elevada de la comunidad. En realidad (concluye Furet), ni el terror rojo ejercido por Lenin para mantenerse en el poder ni el terror fascista utilizado por Mussolini para conquistarlo, tienen mucho que ver con la idea filosófica de la violencia desarrollada por el teórico de la huelga general. Más que de una idea, ambas nacieron de un acontecimiento: la guerra.»

domingo, 25 de enero de 2015

Marx y Engels, Manifiesto del partido comunista

Marx en 1861
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El siglo XX ha estado marcado por la competencia de tres amplias teorías seculares de la política, cuyo origen compartido se puede llevar al rico magma de la Ilustración. En su aplicación práctica, dos de ellas ya han alcanzado hasta cierto punto unos espectaculares finales wagnerianos, en 1945 y en 1989. Sin embargo, ambas conservan actualmente sus cortejos de seguidores, entre añorantes y reivindicadores, y han logrado en ocasiones conservarse dominantes en ciertos países. A pesar de ello, su ciclo histórico parece, hoy por hoy, finalizado. Pero resulta llamativo que la percepción de estas dos ideologías en las sociedades occidentales es muy diferente: a la execración generalizada de los fascismos se corresponde una condena mucho más matizada de los comunismos. 

Para explicarlo, François Furet atribuye la superioridad del marxismo-lenismo «para empezar, al hecho de que enarbola en su estandarte el nombre del más poderoso y sintético filósofo de la historia que haya surgido en el siglo XIX. En materia de demostración de las leyes de la historia, Marx es inigualable. Ofrece con qué complacer tanto a los espíritus doctos como a los más simples, según que se lea el Capital o el Manifiesto. Parece revelarles a todos el secreto de la divinidad del hombre, que sucede a la de Dios: actuar en la historia sin las incertidumbres de la historia, puesto que la acción revolucionaria revela y realiza las leyes del desarrollo. Una vez juntas, la libertad y la ciencia de esta libertad, no hay bebida más embriagante para el hombre moderno, privado de Dios. Frente a esto, ¿qué valen la especie de postdarwinismo hitleriano o hasta la exaltación de la idea nacional?» (François Furet, El pasado de una ilusión.)

Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) concluyeron en 1848 este Manifiesto del partido comunista, en los prolegómenos del gran estallido revolucionario europeo de ese año. Sus planteamientos e influencia son todavía muy limitados, y para que cobren peso habrá que esperar a las polémicas con Proudhon y a la creación de la Asociación Internacional de los trabajadores.


Portada de la primera edición del Manifiesto del partido comunista

lunes, 12 de enero de 2015

Adolphe Thiers, Historia de la Revolución Francesa

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Tomo II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
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En el lento pero constante transformarse de las sociedades, hay acontecimientos y procesos a los que se concede un relieve poderoso y un significado determinante: en la reflexión histórica suponen hitos, centros de gravedad en torno a los cuales se referencia y se explica toda una época... y hasta nuestro presente. Ahora bien, el mismo carácter determinante que se les confiere provoca que se multipliquen las interpretaciones en las que el honrado propósito de conocer y explicar, queda en ocasiones enmascarado por los presupuestos ideológicos de sus autores. El debate histórico puede así convertirse en en un auténtico campo de Agramante político. Lo cual ha ocurrido en muchas ocasiones en lo referente a la Revolución francesa.

Adolphe Thiers (1797-1877) fue abogado, periodista, historiador y político, alcanzando puestos decisivos en el estado francés. Su orientación política es el liberalismo doctrinario que se transforma en conservador, auténtico hijo de la Revolución pero que abomina tanto de la tiranía del antiguo régimen como de los excesos de los sectores radicales. En 1827 concluyó su Historia de la Revolución Francesa que (como su continuación, la más tardía Historia del Consulado y el Imperio) pronto se convertirá en una de las narraciones más populares entre las clases medias y acomodadas, a las que concede un papel decisivo en su reconstrucción histórica. Así lo explica François Furet: «La generación liberal de los años 1820... medita e incluso escribe la historia de la Revolución antes de lanzarse al ruedo político en julio de 1830. Thiers, Mignet, Guizot, inventan el determinismo histórico, la lucha de clases como motor de éste y, en fin, 1789 y la victoria de lo que denominan la clase media a guisa de culminación de la dialéctica histórica. El año 1793 no es más que un episodio pasajero, y por demás deplorable, de la historia de la burguesía, episodio atribuible a circunstancias excepcionales cuya repetición debe evitarse a toda costa. El gobierno de la multitud (Mignet) no formaba parte de lo inevitable. Lo esencial, efectivamente, el sentido de la historia, continúa siendo el tránsito de la aristocracia a la democracia, de la monarquía absoluta a las instituciones libres.» (François Furet, La revolución a debate).

Naturalmente, esta interpretación centrada en los revolucionarios moderados, en el papel decisivo de París, en el respeto al orden público y a la propiedad, resulta parcial y limitada, al igual que las de las obras canónicas de orientación contraria. En realidad, está reflejando sus propios valores, correspondientes a una formal y tolerada oposición liberal al régimen de la Restauración. La lectura de esta obra, sin embargo, resulta útil y valiosa, tanto por la abundantísima información y documentación que contiene, como precisamente por lo que transmite de mentalidad y percepciones de esta generación posterior a la revolución y a la época napoleónica. Y no estará de más que terminemos con los siguientes luminosos y profilácticos párrafos de dos grandes historiadores franceses. Aunque ninguno de los dos fue especialista en la Revolución Francesa, parecen tenerla in mente cuando los redactaron (en el caso de Bloch, en circunstancias dramáticas).

«Una generación de historiadores que poniéndose en pie, como el fiscal de una película policíaca, se dedica a exigir las penas más severas contra los actores o los comparsas de la historia en nombre de una moral que varía en sus principios, y de una política inspirada unas veces por la ideología de derechas y otras por la ideología de izquierdas: los fiscales de izquierda se indignan, con buena fe, por lo demás, contra los de derecha y recíprocamente. Ya es hora de acabar con esas interpelaciones retrospectivas, esa elocuencia de abogado y esos efectos de toga. El historiador no es un juez. (…) No, el historiador no es un juez. Ni siquiera un juez de instrucción. La historia no es juzgar; es comprender, y hacer comprender.» (Lucien Febvre, Combates por la historia).

«Ahora bien, durante mucho tiempo el historiador pasó por ser una suerte de juez de los Infiernos, encargado de distribuir a los dioses muertos el elogio o la condena. Esta actitud responde probablemente a un instinto poderosamente arraigado. Porque todos los maestros que han corregido trabajos de estudiantes saben cuan difícil es para esos jóvenes dejarse disuadir de jugar, desde lo alto de sus pupitres, el papel de Minos o de Osiris. Más que nunca las palabras de Pascal se hacen vigentes: Al juzgar todo mundo hace de dios: eso es bueno o malo. (…) Como además nada es por naturaleza más variable que semejantes sentencias sometidas a todas las fluctuaciones de la conciencia colectiva o del capricho personal, la historia, al permitir tan a menudo que los honores aventajen a la libreta de experimentos, gratuitamente se ha dado el aire de la más incierta de las disciplinas: a las vacías inculpaciones suceden otras tantas rehabilitaciones triviales. Robespierristas, antirrobespierristas, por piedad, díganos simplemente quién fue Robespierre.» (Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio de historiador).