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lunes, 25 de noviembre de 2024

Pedro Mártir de Angleria, Décadas del Nuevo Mundo

Retrato de un humanista, atribuido a Scorel

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Hace un tiempo comunicamos las Cartas del Nuevo Mundo de Pedro Mártir de Angleria (1457-1526), con las que transmitía brevemente a sus corresponsales las noticias que le llegaban de las entonces denominadas Indias. El humanista milanés afincado en España se encontraba en la mejor posición para recabar la más exhaustiva información: en la corte desde la guerra de Granada, desempeñará importantes cargos y embajadas, será nombrado cronista real de Castilla, y miembro del Supremo Consejo de Indias desde 1524, cuando lo crea Carlos I.

Hoy presentamos su obra mayor a este respecto, las Décadas del Nuevo Mundo, redactadas en latín desde 1493 hasta el mismo año de su muerte, en la traducción venerable que realizó Joaquín Torres Asensio con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento. Si para la presentación de las Cartas recurrimos al maestro Menéndez Pelayo, vamos a reproducir ahora algunos párrafos del artículo que con el título Pedro Mártir de Angleria, contino real y cronista de Castilla. La invención de las nuevas Indias le dedicó el profesor José A. Armillas Vicente en 2013:

«De Orbe Novo Decades, redactada en latín, está constituida por ocho décadas, divididas en diez libros que están dedicados a diferentes personas, en las que se recogen cuantas informaciones llegaron a la Corte acerca de la invención de las nuevas Indias, proporcionadas por los propios protagonistas, partiendo del propio Colón y sus familiares, difundiendo interesantes informaciones acerca de los naturales, costumbres y referencias de índole etnológica y antropológica, alcanzando hasta la conquista cortesiana del imperio Mechica y la circunvalación del orbe por Juan Sebastián Elcano.

»Comenzó la redacción —según afirmación propia— el 13 de noviembre 1493, imprimiéndose la primera Década en 1511, desinteresándose de la publicación al conocer el constante plagio de que era objeto su obra. Pedro Mártir de Anglería había comenzado a elaborar sus Décadas poco tiempo después del primer viaje colombino, circulando su obra manuscrita que se vería reproducida, en traducciones e impresiones foráneas a nombre de otros autores. Pedro Mártir protestó, además, en varias ocasiones contra las copias que circulaban —ajenas a mi voluntad— en ciertos pasajes de su obra… Lo cierto es que la obra no se imprimió completa hasta 1530, con carácter póstumo, merced al empeño puesto por Antonio de Nebrija, que tampoco llegó a ver la edición.»

Y más adelante: «Representa una constante el natural entusiasmo con que Mártir recoge las noticias que le llegan de las Indias y que mantendría intacto durante los treinta años largos que separan el inicio de la conclusión de las Décadas. En los comienzos abunda en expresiones optimizadoras haciendo suyas las informaciones que le han transmitido los protagonistas de las empresas (...) Pero aquel entusiasmo primigenio no empañará el juicio de cuanto no encaje en la comprensión de su contenido conforme va avanzando en la redacción de las Décadas y tal entusiasmo se va matizando. Con frecuencia adopta una actitud acrítica cuando alguna información no le convence, acudiendo a la frase “así me lo cuentan, así te lo cuento”, pero no responde a una constante por cuanto abundan sus propias opiniones adornando las informaciones colombinas.»

La lectura de las Décadas resulta muy atractiva, además de por la viveza casi periodística de su estilo, por la riqueza de datos que aporta, ya que su autor interroga a todos los conquistadores, administradores y clérigos que acuden constantemente a la Corte, y la abundantísima documentación que generan las Indias pasa habitualmente por sus manos. Naturalmente la visión que le transmiten sus informadores tiende a ser justificativa de sus acciones, pero llama la atención lo poco que se preocupan de disimular la abrumadora sed de oro que les posee. Pedro Mártir de Angleria mantiene su independencia de criterio, como podemos apreciar en estos párrafos que seleccionamos como ejemplo:

Sobre el exterminio de los isleños: «Resta decir algo acerca de la Española, madre de las otras islas. Se ha rehecho su Senado añadiendo cinco jueces que den leyes a todas aquellas regiones. Pero pronto cesarán de recoger oro en ella, aunque está llena de él, porque faltará quien lo excave; se han reducido a exiguo número los infelices indígenas de quien se han servido para explotar el oro. Desde el principio les consumieron duras guerras, y el hambre mató muchos más el año que arrancaron la raíz de yuca con que hacían el pan de los nobles, y se abstuvieron de sembrar el maíz que es el pan del pueblo; y a los demás las enfermedades de viruelas, hasta ahora desconocidas entre ellos, que en el año pasado, 1518, se cebaron en ellos como en rebaños apestados con hálito contagioso; también, para no mentir, la codicia de oro, que en excavarlo, acribarlo y escogerlo, después que habían hecho la siembra los ocupaban con demasiada falta de humanidad, cuando ellos estaban acostumbrados a ociosos juegos y danzas, a pescar y a cazar.» (Década cuarta, libro X)

Sobre el divorcio entre las leyes que se aprueban y su aplicación práctica: «Pero me parece que a las quejas y llantos de los infelices inocentes se ha levantado alguna deidad a vengar tanto estrago y el haber perturbado la tranquilidad de tantas naciones, visto que, por más que digan que los mueve el deseo de extender la religión, luego se entregan a la ambición, la avaricia y la violencia. Pues han muerto, o a manos de los mismos oprimidos, o heridos con saetas envenenadas, o sumergidos en el mar, o afligidos con varias enfermedades, todos los que fueron los primeros agresores, yendo por otro camino del que les había sido mandado por los Reyes.

»Las disposiciones de las leyes que se les dieron, siendo testigo yo que diariamente las estudié con los demás colegas, están formadas con tanta justicia y equidad, que más santas no puede haberlas; porque está decretado desde hace muchos años que se conduzcan con aquellas nuevas naciones nacidas con el esplendor de la edad, con benignidad, compasión y suavidad, y que los caciques asignados con sus súbditos a cualquiera que sea, sean tratados a modo de súbditos y miembros tributarios del Estado, y no como esclavos; que sean bien alimentados, dándoles la debida ración de carne y pan para soportar el trabajo; que se les dé todo lo necesario, y, como a jornaleros, el premio de cavar durante el día en vestidos o adornos a propósito; que no falten habitaciones en que descansen de noche; que no se les despierte antes de salir el sol, y que den de mano antes de la tarde; que en ciertas temporadas del año, dejándoles libres de las minas, se dediquen a sembrar la raíz de yuca y el trigo maíz; que en los días de fiesta descansen de todo trabajo, asistan a los templos, y después de Misa les permitan entretenerse en sus acostumbrados juegos y danzas, y en armonía con esto las demás cosas dispuestas, con razones de prudencia y humanidad, por varones jurisconsultos y religiosos.

»¿Pero qué sucede? Idos a mundos tan apartados, tan extraños, tan lejanos, por las corrientes de un océano que se parece al giratorio curso de los cielos, distantes de las autoridades, arrastrados de la ciega codicia del oro, los que de aquí se van mansos como corderos, llegados allá se convierten en rapaces lobos. Los que se olvidan de los mandatos del Rey, se les reprende, se les multa, se les castiga a muchos; pero cuanto más diligentemente se cortan las cabezas de la hidra, tantas más vemos pulular. Aténgome al proverbio aquel: en lo que muchos pecan impune queda.» (Década séptima, libro IV)

Sobre la rivalidad y constantes luchas sangrientas entre los conquistadores: «Cuánto tira cada uno de por sí en esta fascinadora materia de la ambición, en la cual ninguno sufre apaciblemente el mando de otro, bastante se ha visto en lo que precede, donde se trató de las enemistades entre Santiago Velázquez, vicegobernador de Fernandina, que es Cuba, y Hernán Cortés; y luego entre el mismo Cortés y Pánfilo de Narváez, y con Grijalba, de quien tomó nombre el río en la provincia de Yucatán; y luego de la rebelión de Cristóbal de Olid, que se apartó de Cortés, y después de las (diferencias) entre Pedro Arias, Gobernador del creído continente, y Gil González, y últimamente de la codicia general de buscar un estrecho del mar septentrional al del Sur; pues de todas partes acuden los capitanes que hay por aquellas tierras en nombre del Rey.» (Década octava, libro II)

Rechácese, pues, la leyenda negra, pero con idéntica rotundidad hágase lo mismo con la leyenda rosa.

Copia parcial de Johann Georg Kohl (1840) del mapamundi de Diego Ribero, 1529

lunes, 19 de febrero de 2024

Pedro Mártir de Angleria, Cartas del Nuevo Mundo 1493-1525

Retrato de un humanista, atribuido a Scorel

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Con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento de América, Marcelino Menéndez y Pelayo se ocupó del autor de esta semana en su ensayo De los historiadores de Colón:

«El humanista milanés Pedro Mártir de Angleria o Anghiera, andante en corte de los Reyes Católicos y de sus sucesores desde 1488 a 1526, preceptor de la juventud cortesana en las artes liberales; canónigo de Granada, que vio conquistar; primer Abad de la Jamaica, donde no residió nunca; embajador al Sultán del Cairo; miembro del primitivo Consejo de Indias; corresponsal asiduo de Papas, Cardenales, príncipes, magnates y hombres de letras, ofrece en su persona uno de los más antiguos y señalados tipos del periodismo noticiero. Mientras otros latinistas se esforzaban en renovar las formas clásicas de la historia y vestir con la toga y el laticlavio a los héroes contemporáneos, él escribía al día, en una latinidad moderna muy abigarrada y pintoresca, muy llena de chistosos neologismos, cuanto pasaba a su lado, cuantos chismes y murmuraciones oía, dando con todo ello incesante pasto a su propia curiosidad, siempre despierta, y a la de sus amigos italianos y españoles.

»Tenía para su oficio la gran cualidad de interesarse en todo y de no tomar excesivo interés por ninguna cosa, con lo cual podía pasar sin esfuerzo de un asunto a otro, y dictar dos cartas mientras le preparaban el almuerzo. Acostumbrado a tomar la vida como un espectáculo curioso, gozó ampliamente de cuantos portentos le brindaba aquella edad, sin igual en la historia, y estuvo siempre colocado en las mejores condiciones para verlo y comprenderlo todo, desde la guerra de Granada hasta la revuelta de las Comunidades. Su espíritu, generalmente recto, propendía más a la benevolencia que a la censura, sobre todo con aquellos de quienes esperaba honores y mercedes que contentasen su vanidad, muy subida de punto, aunque inofensiva, y su muy positivo amor a las comodidades y a las riquezas, que la fortuna le concedió ciertamente con larga mano.

»Hombre de ingenio fino y sutil, italiano hasta las uñas, quizá presumía demasiado de su capacidad diplomática; pero poseyó en alto grado el don de observación y el conocimiento de los hombres. Sus juicios no han de tomarse por definitivos, pero reflejan viva y sinceramente la impresión del momento. Él mismo, como todos los escritores de su género, rectifica a cada paso y sin violencia alguna lo que en cartas anteriores había consignado. El Opus Epistolarum es un periódico de noticias en forma epistolar, dividido en 812 números, y así es como debe juzgarse. Por desgracia, no lo poseemos en su forma primitiva. Retocado por el autor cuando había perdido ya la memoria de muchos incidentes, refundido (probablemente) después por mano desconocida, que dio a la mayor parte de las cartas una cronología absurda, barajó unas con otras y quizá se permitió graves intercalaciones, el Opus Epistolarum comienza a ser mirado como documento sospechoso (...) Tal paradoja no ha prosperado mucho, porque el carácter personalísimo de la correspondencia y el tono de actualidad que en ella reina parecen alejar la idea de un fraude, cuyo objeto tampoco se comprende; pero siempre quedan en pie graves sospechas de adulteración, y el testimonio de Pedro Mártir, cuando no está confirmado por otras autoridades más seguras, no obtiene ya aquella ilimitada confianza que le daba Prescott, por ejemplo.

»Afortunadamente, para nuestro objeto, estas dudas importan poco, puesto que no son muchas ni muy extensas las cartas del Opus Epistolarum que hablan de Colón, si bien todas ellas son curiosísimas como primeras nuevas y boletines de la victoria lograda sobre el Océano. La obra de Pedro Mártir que derecha y exclusivamente se refiere a los descubrimientos de América, es decir, sus ocho Décadas de Orbe Novo, no han sido de autenticidad sospechosa para nadie ni pueden serlo, puesto que en parte fueron publicadas en vida del autor mismo. De la veracidad de sus noticias responde no menor autoridad que la de Fr. Bartolomé de las Casas. “De los que escribieron cerca de estas primeras cosas, a ninguno se debe dar más fe que a Pedro Mártir, que escribió en latín sus Décadas, estando aquellos tiempos en Castilla, porque lo que en ellas dijo tocante a los principios fue con diligencia del mismo Almirante, descubridor primero, a quien habló muchas veces, y de los que fueron en su compañía inquirido, y de los demás que aquellos viajes a los principios hicieron. En las otras, pertenecientes al discurso y progreso destas Indias, algunas falsedades sus Décadas contienen.”

»Tenemos, pues, en las Décadas de Pedro Mártir una nueva versión de origen colombino (a lo menos en su mayor parte), favorable por consiguiente al descubridor, menos detallada y menos técnica que la de sus diarios y cartas, más artificiosa que la de Bernáldez: acomodada en suma al paladar del público letrado de Italia, que ávidamente devoraba estas Décadas, dando ejemplo de ello el mismo Papa León X, que las leía de sobremesa a su sobrina y a los Cardenales. Pedro Mártir debía buscar, por sus instintos de periodista, lo más ameno, lo más exótico, lo más pintoresco y divertido de aquella materia novísima, deteniéndose sobre todo en las rarezas de historia natural y en notar maligna y curiosamente los ritos y costumbres y supersticiones de los indígenas en aquello que más contraste presentaban con los hábitos del Viejo Mundo. Predominan en él, por consiguiente, los detalles antropológicos, y algunos se encuentran por primera vez en sus Décadas. sirva de ejemplo la exposición de la mitología de los indios en la Española, tomada de un librillo manuscrito que había compuesto Fr. Román Pane, de la Orden de San Jerónimo, primer catequista de aquellos salvajes; libro que luego insertó a la letra don Fernando Colón en la biografía de su padre. Esta especie de carnosidad científica realza sobremanera el libro de Pedro Mártir, además del habitual agrado de su estilo, incorrectísimo ciertamente y nada clásico, pero muy suelto, chispeante e ingenioso (...)

»De todos modos, es harto evidente el servicio que Pedro Mártir hizo a la historia de nuestro más glorioso reinado para que por defectos de forma hayamos de regatearle sus méritos de observador incansable y curioso, no menos que de abreviador sensato y lúcido. Trabajó, como Bernáldez, sobre papeles del Almirante, y además recogió de la tradición oral muchas noticias, porque “hablaba con todos y todos se holgaban de darle cuenta de lo que veían y hallaban, como a hombre de autoridad, y él que tenía cuidado de preguntarlo”, según dice Fr. Bartolomé de las Casas. Estaba en Barcelona en 1493, y presenció el triunfal recibimiento de Colón, sobre el cual por raro caso guardan absoluto silencio los documentos de nuestros archivos. El Almirante mismo le escribía de continuo y vivía con él en íntima familiaridad, intima familiaritate devinctus, como quien le había conocido aún antes de la toma de Granada. Tuvo, por consiguiente, las mejores ocasiones de informarse: convidaba a los conquistadores a su mesa, los abrumaba a preguntas como un reporter, y con el buen juicio que tenía, procuraba separar de sus relaciones la parte de hipérbole y de vanagloria. Algunas veces tropezó, no obstante, por la ligereza con que escribía; otras por falta de conocimientos náuticos.»

En esta entrega de Clásicos de Historia reproducimos las cartas en que Pedro Mártir se ocupa del Nuevo Mundo. La traducción procede del primer tomo de Joaquín Torres Asensio, Fuentes históricas sobre Colón y América, Madrid 1892. Los correspondientes textos originales en latín los hemos extraído de Opus epistolarum Petri Martyris Anglerii mediolanensis, París 1670.