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martes, 21 de julio de 2026

Gilbert Keith Chesterton, El hombre que fue Jueves. Una pesadilla

PDF, EPUB Y MOBI EN INTERNET ARCHIVE 

Jorge Luis Borges en Otras inquisiciones (1952): «Edgar Allan Poe escribió cuentos de puro horror fantástico o de pura bizarrerie; Edgar Allan Poe fue inventor del cuento policial. Ello no es menos indudable que el hecho de que no combinó los dos géneros. No impuso al caballero Auguste Dupin la tarea de fijar el antiguo crimen del Hombre de las Multitudes o de explicar el simulacro que fulminó, en la cámara negra y escarlata, al enmascarado príncipe Próspero. En cambio, Chesterton prodigó con pasión y felicidad esos tours de force…  Chesterton pensó, como Whitman, que el mero hecho de ser es tan prodigioso que ninguna  desventura debe eximirnos de una suerte de cósmica gratitud… (Y así) Chesterton se defendió de ser Edgar Allan Poe o Franz Kafka, pero... algo en el barro de su yo propendía a la pesadilla, algo secreto, y ciego y central.»

Aprovechando este tiempo de descanso veraniego, traemos aquí El hombre que fue Jueves, la gran novela que Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) publicó en 1908. Fantástica narración en la que, junto a una trama policíaca y un fondo metafísico, se nos permite acercarnos y contemplar los años finales de la Belle époque, los años en que culmina la soberbia de ese Occidente formado a partes alícuotas por capitalismo, nacionalismo, imperialismo, racismo, cientifismo, esteticismo… un gigante con pies de barro aun bastante ignorados, pero que se pondrán de manifiesto con el estallido de la Gran Guerra. Pero mientras tanto, la enorme seguridad en sí misma de esta sociedad burguesa, convencida de caminar con firmeza por la senda del Progreso (lo que hoy llaman «estar en el lado correcto de la historia») hace que se desprecien las amenazas, y entre éstas la del Anarquismo, que tiende a percibirse como una mera molestia que, por más magnicidios y atentados indiscriminados que lleve a cabo, no deja de ser la reacción impotente de seres brutales e inferiores.

La reflexión, o mejor fábula, de Chesterton no podrá ser más diversa. Pero quizás sea mejor que atendamos a lo que el mismo autor nos dice sobre esta obra en su Autobiografía (1936), al hilo de la narración de sus preocupaciones u obsesiones juveniles:

«Todavía estaba esclavizado por aquella pesadilla metafísica de contradicciones entre mente y materia, por la perversa imaginería del mal y el peso de los misterios del cuerpo y el cerebro, pero para entonces ya me había rebelado contra ellos e intentaba construir una cosmología más saludable, aunque me pasara de la raya en lo relativo a la salud; incluso me califiqué a mí mismo de optimista porque estaba a un paso de ser un pesimista. Esa es la única excusa que puedo ofrecer. Toda esta parte del proceso fue después recogida en la informe forma de una novela titulada El hombre que fue Jueves (The Man Who Was Thursday). En su momento, el título llamó mucho la atención y los periodistas hicieron bromas a su costa. Algunos, al referirse a mis supuestas opiniones jocosas, simulaban confundirlo con El hombre que tenía sed (The Man Who Was Thirsty). Otros suponían naturalmente que Jueves era el hermano negro de Viernes. Y también los había que, con mayor perspicacia, lo trataban como un título totalmente anárquico como La mujer que fue ocho y media o La vaca que fue mañana por la noche. Pero me interesa lo siguiente: apenas nadie entre quienes leyeron el título parece haber visto el subtítulo —Una pesadilla— que daba respuesta a muchísimas preguntas de la crítica.

»Hago aquí una pausa porque esto es hasta cierto punto importante para comprender aquella época. Me han preguntado con frecuencia qué significado tiene en esta obra la monstruosa pantomima del ogro que recibe el nombre de Domingo; algunos han sugerido, y en cierto sentido no sin razón, que representaba una versión blasfema del Creador. Pero la cuestión es que toda la historia es una pesadilla sobre las cosas, no tal como son, sino como le parecían al joven ligeramente pesimista de los años noventa; y el ogro, que aparece brutal pero que  también es, en el fondo, benevolente, no es tanto Dios, en un sentido religioso o antirreligioso, sino la Naturaleza a los ojos de un panteísta cuyo panteísmo naciera del pesimismo. En cuanto al sentido de la historia, intentaba empezar pintando un cuadro negro del mundo y avanzar hasta dar a entender que el cuadro no era tan negro como se había pintado en un principio. Ya he explicado que todo esto era fruto del nihilismo de los noventa, patente ya en la dedicatoria que escribí a mi amigo Bentley, quien había vivido una etapa y unos problemas parecidos, y en la que preguntaba retóricamente: “¿Quién puede comprenderlo sino tú?” Un crítico respondió con mucha sensatez diciendo que si nadie salvo Mr. Bentley entendía el libro, no parecía razonable pedir a otros que lo leyeran.

»Pero hablo de ello aquí porque, aunque sucedía al principio de la historia, estaba destinado a significar otra cosa antes del final de la novela. Sin aquel lejano efecto final, el recuerdo puede parecer tan absurdo como el libro, pero de momento sólo puedo dejar aquí constancia de los dos hechos que, de alguna forma y en cierto sentido, conseguí ratificar. En primer lugar, intentaba de una manera vaga fundar un nuevo optimismo, no sobre el máximo bien sino sobre el mínimo. No me importaba demasiado el pesimista que se quejaba de que lo bueno existiera en una proporción tan pequeña, sino que me enfurecía —al borde del asesinato— el pesimista que preguntaba para qué servía lo bueno. En segundo lugar, incluso en los primeros tiempos y por los peores motivos, yo ya sabía demasiado como para fingir que me libraba del mal. Al final, introduje un personaje que, con total comprensión de lo que hace, realmente rechaza y desafía al bien. Mucho después, el padre Ronald Knox, con aquel modo suyo tan singular, me dijo que estaba seguro de que usarían el resto del libro para probar que yo era un panteísta y un pagano, y que los futuros críticos demostrarían fácilmente que el episodio del Acusador era una interpolación escrita por algún cura.

»Ese no era el caso, sino realmente todo lo contrario. En aquella época, me habría molestado tanto como a cualquier otro escritor en millas a la redonda si hubiera descubierto que un cura se metía en mis asuntos o hacía acotaciones a mis manuscritos. Escribí aquella declaración en la novela para dar testimonio del peor pecado (el imperdonable pecado de no desear ser perdonado), no porque lo hubiera aprendido de algunos de los millones de curas que nunca había conocido, sino porque lo había aprendido de mí mismo. Yo ya estaba bastante seguro de que, si lo deseaba, podía apartarme de la vida completa del universo. Cuando le preguntan a mi esposa quién la convirtió al catolicismo, siempre responde: “el diablo”.

»Pero todo aquello sucedió tanto tiempo después que no guarda relación con la filosofía llena de vacilaciones y conjeturas de la novela en cuestión. Preferiría citar el homenaje de un hombre totalmente distinto que fue, no obstante, uno de los pocos que, por una u otra razón, han sacado algo en limpio de esta desgraciada historia de mi juventud. Era un distinguido psicoanalista de los más modernos y científicos, no un cura, ni mucho menos; podríamos decir como el francés al que le preguntaron si había almorzado en el bote: “au contraire”. No creía en el demonio, Dios no lo quisiera, si es que existía algún Dios para quererlo. Pero era un entusiasta y vehemente estudioso de su especialidad, y me puso los pelos de punta cuando me comentó que había encontrado muy útil aquella novela mía de juventud como remedio para sus pacientes más patológicos; sobre todo, el proceso por el que los anarquistas más diabólicos resultan ser buenos ciudadanos disfrazados. “Conozco unos cuantos hombres que casi se volvieron locos —dijo gravemente—, pero se salvaron porque habían entendido realmente El hombre que fue jueves.” Es posible que fuera generosamente exagerado y por supuesto, es posible que él mismo estuviera loco, pero entonces también lo estaba yo. Confieso que me halaga pensar que, en aquella época mía de locura, pude resultar de alguna utilidad a otros lunáticos.»

La novela tuvo una considerable repercusión y fue rápidamente traducida a las principales lenguas. El gran escritor mejicano Alfonso Reyes (1889-1959) llevó a cabo la excelente versión española, y le antepuso un Prólogo muy interesante, fechado en 1919. Es la vieja edición de Austral. Más tarde la profesora Alicia Bleiberg (n. 1938) realizó otra, también excelente, para Alianza. Como ambas traducciones están todavía protegidas por los derechos de autor, hemos preparado otra más, que lógicamente no podrá competir con aquellas; tan sólo se propone salir del paso. Fueron también muy numerosas las adaptaciones radiofónicas de la novela, y entre todas debemos mencionar la que realizó en 1938 Orson Welles para el Mercury Theatre on the Air, unas semanas antes de la tan célebre emisión de La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Podemos imaginar qué papel habría hecho como Domingo el desaforado Orson en una conjetural película sobre la novela...

En Clásicos de Historia ya incluimos en su día otra novela de Chesterton, La esfera y la cruz, publicada en 1909, en la traducción de Manuel Azaña.

Ilustración de Chesterton para otra historia.

martes, 14 de agosto de 2018

Guillermo de Poitiers, Los hechos de Guillermo, duque de los normandos y rey de los anglos


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Guillermo de Poitiers (c. 1020-1090) fue un clérigo normando (Poitiers fue meramente un lugar de exilio y residencia, como nos informa en un pasaje de la obra), antiguo caballero, que formó parte de la corte y séquito del duque de Normandía Guillermo el Conquistador (1028-1087). Aunque no tomó parte en la campaña de Inglaterra que culmina en la batalla de Hastings (1066), aprovechó su posición y relaciones para redactar la crónica titulada Gesta Willelmi ducis Normannorum et regis Anglorum, apenas unos años después de la conquista, entre 1071 y 1077, de la que constituye una de las principales fuentes más cercanas en el tiempo a los hechos, junto con el conocido como Tapiz de Bayeux. Fue aprovechada por historiadores posteriores como el cronista inglés Orderico Vital, en su Historia Eclesiástica. No se ha conservado íntegra, y el texto actual deriva de la edición que realizó el importante historiador francés André Duchesne en 1619, a partir de manuscritos hoy perdidos. Abarca los años comprendidos entre 1047 y 1068, con referencias a acontecimientos anteriores.

Por supuesto, es un panegírico de su protagonista, al que parangona con otro conquistador de Britania, Julio César. Lo elabora al modo de los admirados modelos clásicos: «Recuerda la antigua Grecia que el átrida Agamenón marchó con mil naves para vengar el tálamo de su hermano: nosotros damos testimonio de que Agamenón fue a buscar la Corona regia con más de mil. Se cuenta que Jerjes unió mediante un puente de naves las famosas ciudades de Sestos y Ábidos, separadas por el mar. Nosotros no decimos sino la verdad, que Guillermo reunió bajo el único timón de su poder las tierras normandas y anglas.» En este sentido, François Guizot, en su traducción de la obra (Caen, 1826) señala: «Guillaume de Poitiers est, à coup sûr, un des plus distingués de nos anciens historiens; il ne manque ni de sagacité pour démêler les causes morales des événemens et le caractère des acteurs, ni de talent pour les peindre. Il connaissait les historiens Latins, et s'est évidemment appliqué à les imiter; aussi Orderic Vital et plusieurs de ses contemporains l'ont-ils comparé à Salluste; il en reproduit quelquefois en effet, avec assez de bonheur, la précision et l'énergie; mais il tombe bien plus souvent dans l'affectation et l'obscurité.»

¿Y qué podemos añadir sobre el personaje historiado y ensalzado? Guillermo el Conquistador pasa por ser el primer rey de Inglaterra. El siempre sugerente y discutible Chesterton, en su Pequeña historia de Inglaterra (1917, en plena y patente crisis del liberalismo), lo trasciende y envuelve en su visión del Jano Bifronte que para él constituyen Francia e Inglaterra: «Hay paradojas permitidas si han de servir para enderezar añejos errores, y hasta puede exagerárselas sin peligro, siempre que no vengan aisladas. Tal la que propongo al comenzar el presente capítulo refiriéndome a la energía de los monarcas débiles. Su complemento —aplicable al caso de la crisis del gobierno normando— es la debilidad de los monarcas fuertes: Guillermo de Normandía triunfó por el momento, pero no definitivamente; había en su gran triunfo un germen de fracaso cuyos frutos brotarían después de su muerte. Su principal objeto era reducir el organismo de Inglaterra a una aristocracia popular como la de Francia. A este fin despedazó las posesiones feudales; exigió voto directo de sumisión por parte de los vasallos, y se volvió contra los barones de todas las armas, desde la alta cultura de los eclesiásticos extranjeros hasta las más rudas reliquias de la costumbre sajona.

»Pero el paralelo de este estado de cosas con el de Francia hace aún más verdadera nuestra paradoja. Es proverbial que los primeros reyes de Francia fueron unos muñecos; que los insolentes mayordomos de palacio eran los reyes de los reyes. Con todo, el muñeco se convirtió en ídolo, en ídolo popular de sin igual poder, ante el cual se inclinaban todos los mayordomos y los nobles. En Francia sobrevino el gobierno absoluto, precisamente porque no era gobierno personal. El rey era una entidad como la república. Las repúblicas medievales se mantenían rígidas, animadas del derecho divino. En la Inglaterra normanda, en cambio, parece que el gobierno fue demasiado personal para poder ser absoluto. En cierto sentido recóndito, pero real, Guillermo el Conquistador fue de hecho Guillermo el Conquistado. A la muerte de sus dos hijos, todo el país se derrumbó en un caos feudal, sólo comparable al que precedió a la Conquista. En Francia, los príncipes, que habían sido esclavos, se transformaron en seres excepcionales, casi sacerdotes, y uno de ellos llegó a ser santo. Pero nuestros mayores reyes continuaron siempre siendo barones, y, por la misma causa, nuestros barones vinieron a ser nuestros reyes.»


viernes, 27 de abril de 2018

Juan I de Inglaterra, La Carta Magna


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Escribía Juan Reglá en su conocido manual de Historia de la Edad Media, tomo II: «La derrota angloangevina de Bouvines obligó a Juan Sin Tierra a capitular ante sus barones sublevados, los cuales, con el apoyo del clero y de la burguesía londinense, impusieron al monarca la Carta Magna (1215), primer monumento de las libertades inglesas. La curia de los reyes ingleses, limitada a una misión consultiva, integrada por los barones, prelados y delegados de la ciudad de Londres ―Concilium magnum generale― se convertía ahora en órgano esencial del gobierno, ya que era indispensable su consentimiento para establecer cualquier impuesto real. Los barones, la Iglesia y la burguesía limitaron el absolutismo a que tendía la realeza en nombre de los derechos nacionales. En 1216, ya bajo Enrique III, el Concilium tomó el nombre de Parlamento y se convirtió en una asamblea política. En la Carta Magna de 1215 radica la base de las instituciones sobre las cuales se levantaría el edificio de la Historia británica. El país, con un mayor grado de centralización que las restantes monarquías de la época, se divide en condados gobernados por funcionarios, los sheriffs. El monarca posee en todo el territorio los poderes jurisdiccionales, que ejerce por medio de jueces y jurados de notables. A fines de la centuria se organiza el procedimiento de apelación para las causas criminales. Bajo la influencia directa del Derecho romano, a través de la famosa escuela de Bolonia, la jurisprudencia y los statuts del monarca crean un Derecho nacional coherente.»

Por su parte, el siempre sugestivo Gilbert Keith Chesterton, en su Breve historia de Inglaterra, la valoraba así hace casi un siglo: «Durante el reinado de Juan y de su hijo, siguieron siendo los barones los dueños del poder, y no el pueblo; pero entonces comenzaron sus contemporáneos ―y los historiadores constitucionales después― a percibir cierta justificación para hacerse con él (…) La Carta Magna no fue un paso adelante en el camino de la democracia, sino un paso atrás en el despotismo. Esta doble interpretación nos facilita la inteligencia de todos los ulteriores sucesos. Un régimen aristocrático algo tolerante vino así a conquistar, y muchas veces lo mereció, el nombre de libertad. Y toda la historia de Inglaterra podría resumirse advirtiendo que, de los tres ideales de la divisa francesa —Libertad, Igualdad, Fraternidad— los ingleses han demostrado gran apego al primero y han perdido, en cambio, los otros dos.»



domingo, 24 de diciembre de 2017

Gilbert Keith Chesterton, La esfera y la cruz


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Nuestra sección de ficciones se nutre hoy con la obra que adjuntamos, magistralmente traducida por Manuel Azaña. La esfera y la cruz nos permite acercarnos al penúltimo cambio de siglo, antes de la Gran Guerra, desde la penetrante, divertida, anticipadora e inquietante mirada de Chesterton. Pero dejémoslo aquí; hace unos días Fernando Savater publicó en El País un espléndido artículo con el título El hombre que fue Chesterton, del que entresacamos algunos párrafos que aventajan cualquier otra apreciación que pudiéramos hacer:

«Uno de los empeños más evidentes de Chesterton (Londres, 1874-Beaconsfield, 1936) en casi todas las páginas que escribió es refutar la perspectiva moderna, pero de raíces clásicas, que describe el mundo con tintes lúgubres y pesimistas, un lugar donde incluso los goces sensuales y rebeldes están tocados por el ala negra de la desesperación. Para Chesterton la verdadera herejía moderna no es haber rechazado o ignorar a Dios sino rechazar o ignorar en qué consiste la alegría. No oculta su intención apologética, más bien blasona de ella hasta el punto que a veces su particular cruzada llega a hartar un poco incluso a quienes sentimos mayor simpatía por él. No es que predique con demasiado entusiasmo sino que su enorme entusiasmo sólo alcanza su cénit en el arrebato predicador. Pero no hay que confundir su actitud con una postura conformista que conjura los abismos de la existencia irreligiosa con abluciones de agua bendita. Al contrario, apuesta por la ortodoxia descartada en la era moderna pero desde una orilla trémula e incierta que tras un velo de humor resulta tan inquietante como el peor paganismo. No promete un futuro feliz para tranquilizarnos sino que precisamente nos inquieta por medio de él. Por decirlo con las mismas palabras con que describe la función de la buena poesía, “clama contra todos los mojigatos y progresistas desde las mismísimas profundidades y abismos del corazón destrozado del hombre, que la felicidad no es sólo una esperanza, sino en cierto extraño sentido un recuerdo y que somos reyes en el exilio” (…)

»Borges señaló perspicazmente que una característica de Oscar Wilde que suelen menospreciar hasta los que más festejan sus boutades y trallazos de ingenio es que por lo común además tiene razón. Algo semejante puede decirse del estilo pugnaz de G. K. Chesterton: no busca sobre todo sorprender o desconcertar (aunque es evidente que no le disgusta conseguirlo) sino hacernos pensar dos veces y desde un ángulo menos trillado lo que suponemos obvio… porque vemos a otros aceptarlo como tal. Cuando polemiza con escritores de talento a los que sin duda admira (Chesterton tenía buen ojo literario y nunca desprecia a un autor por no compartir sus ideas) se nota especialmente este tipo de chocante esgrima. Elijo un ejemplo entre mil. (…) También la creciente idolatría de la naturaleza, que ya apuntaba en su tiempo en la aplicación del darwinismo a la moral y en el nuestro en la psicología evolutiva o la ecología, le mueve a reflexiones oportunas: “Basarse en la teoría evolutiva permite ser inhumano o absurdamente humano, pero no humano. Que tú y el tigre seáis lo mismo puede ser un motivo para ser amable con el tigre. O para ser tan cruel como él”. En cuanto a sus ideas políticas, la fundamental para él era la democracia y la entendía del mejor modo posible: “He ahí el primer principio de la democracia: que lo esencial en los hombres es lo que tienen en común y no lo que los separa”. Aún no se había puesto de moda lo de que la mayor riqueza humana es la diversidad y quincalla intelectual semejante…»

Concluyamos con un último desacuerdo con Chesterton. La esfera y la cruz no debió ser una de sus obras preferidas, según la chispeante dedicatoria que puso al frente del ejemplar de un amigo (nos lo cuenta Pearce en su Sabiduría e inocencia):

                                                                «No me gusta a mí este libro,
                                                                lléveselo a Heckmondwikw,
                                                                triste y espantoso exilio,
                                                                castigado por ser malo.
                                                                Ni lo saque del estante
                                                                (leerlo intenté una vez:
                                                                se dialoga a trompicones,
                                                                los capítulos se alargan
                                                                y además la historia entera
                                                                no tiene pies ni cabeza).
                                                                Escóndalo entre los páramos,
                                                                en donde nadie hable inglés.»

viernes, 21 de julio de 2017

William Morris, Noticias de Ninguna Parte


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Completamos nuestra selección de utopías con Noticias de Ninguna Parte, o Una era de reposo, publicada por un maduro y afamado en tantos campos William Morris (1834-1896). Ha pasado medio siglo desde el Viaje por Icaria de Étienne Cabet, medio siglo repleto de cambios: el triunfo aparentemente definitivo del liberalismo, la segunda revolución industrial, el reparto del mundo entre un puñado de potencias imperialistas… Es la Belle Époque, henchida de convencimiento en el progreso ilimitado de la humanidad, de un optimismo tal que fácilmente deriva en un patente complejo (europeo) de superioridad. Las transformaciones de todo tipo parecen tan benéficas como irreversibles, pero no faltan voces ―aunque sean minoritarias― que se esfuerzan en desvelar el revés de la trama, desde contrapuestas posturas socialistas, católicas, extraeuropeas…, y que proponen diversos revolucionarios futuros o variopintos pasados idealizados, todas ellos tan hijos de su época como la sociedad a la que se oponen.

William Morris es un ejemplo redondo de ello. Con una maestría y prestigio indiscutidos en las artes aplicadas, se ha constituido en uno de los introductores del socialismo en Inglaterra, aunque su protagonismo en el campo político naufragará en los enfrentamientos entre marxistas y anarquistas. En la obra que presentamos Morris se esforzará en describir una sociedad futura ideal. En la mejor tradición del género, el punto de partida es la desaparición de la propiedad privada, con la consiguiente eliminación de las clases sociales y de cualquier tipo de conflicto. Pero a ello le añade la decisiva erradicación del Estado, y con él de las instituciones liberales: no existe gobierno, y el Parlamento de Londres ha sido convertido en el mercado de estiércol. Y del mismo modo se han eliminado las cárceles, los colegios y el matrimonio. Estamos, por tanto, en una sociedad plenamente anarquista. Pero Morris va más lejos: el maquinismo, la industria, el ferrocarril, las grandes ciudades, los mismos avances tecnológicos, también se volatizan, dejando espacio a una sociedad agrícola y artesanal cuyos individuos se realizan en l'obra ben feta, que diría Xènius, en el trabajo predominantemente manual.

Quizás este aspecto hizo especialmente sugestivo (pero limitado en eficacia) su planteamiento. Gilbert Keith Chesterton, pocos años después, en 1904, tomará esta vuelta al pasado como base de El Napoleón de Notting Hill; y más tarde, y de modo más riguroso, en El regreso de Don Quijote (1927). Y así mismo en el proyecto político distributista que pondrá en marcha junto con Hilaire Belloc. Sin embargo, Chesterton no deja de advertir lo que considera «el punto débil de William Morris como reformista: que pretende reformar la vida moderna cuando la odiaba en vez de amarla. El Londres moderno es ciertamente una bestia lo bastante grande y lo bastante negra como para ser la gran bestia del Apocalipsis, con un millón de ojos encendidos y rugiendo con un millón de voces. Pero a menos que el poeta pueda amar a este monstruo tal como es, y pueda sentir, con algún grado de generosa excitación, su gigantesca y misteriosa alegría de vivir, la escala inmensa de su anatomía de hierro y el latido atronador de su corazón, no podrá transformar a la bestia en el príncipe encantado. La desventaja de Morris consistía en que no era en realidad un hijo del siglo XIX: no podía entender dónde radicaba la fascinación de ese siglo.»

¿Y después de Morris? Se olvidará la esencia persistente de las utopías, el hecho de que están en ninguna parte, y se las quiere construir tanto en sociedades autoritarias como en sociedades abiertas, con el consiguiente resultado: el siglo XX. Podemos dejar correr la imaginación y suponer a un veinteañero Pol Pot leyendo esta novela en París, al filo de 1950, y acumulando convicciones de rechazo del mundo moderno… Es lógico, por tanto, que el género se transmute insensiblemente en distopía, como ya se vislumbraba en El Talón de Hierro, de Jack London (1908), al centrarse exclusivamente en la época previa al triunfo de la fraternidad humana… Pero la primera distopía auténtica será Nosotros, de Zamiatín (1921), a la que siguen las espléndidas Un Mundo feliz (1932) de Huxley La guerra de las salamandras (1936) de Čapek, y 1984 de Orwell, publicada en 1949. Un intento de volver a la utopía clásica, aunque para este lector su lectura resulta tremendamente distópica e ilustradora del presente, es Walden Dos (1948) de Skinner.