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martes, 10 de junio de 2025

Ricardo Macías Picavea, El problema nacional: hechos, causas, remedios

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Presentamos la obra de uno de los más destacados regeneracionistas que desde fines del siglo XIX reaccionan ante lo que perciben como decadencia española, especialmente a partir de la derrota ante Estados Unidos en 1898. Supone en el fondo el cuestionamiento absoluto de la fallida revolución liberal en España —una de las más tempranas entre las europeas y americanas—, que a su juicio ha sido incapaz de establecer una sociedad moderna y desarrollada como las que se perciben en los países de su entorno. Ricardo Macías Picavea (1847-1899) fue un geógrafo, publicista y ocasional político republicano. Rafael Altamira, en su Psicología del pueblo español (1901 y 1917) caracterizó esta influyente obra así:

«Es interesante advertir que, de ordinario, cuando se ha pretendido analizar nuestra situación presente —y así ocurrió en casi toda la literatura llamada de la regeneración (1898-1901), y aun en algunos libros anteriores—, el examen se ha limitado a los defectos propiamente dichos, deteniéndose en ellos, sin apreciar a su vera otros signos no menos nuestros y de la hora presente, que alguna vez importan y pesan más que los defectos mismos. Esa limitación era y es, por otra parte, muy natural. Lo primero que hiere a todo patriota (y en general a todo hombre) es lo malo, cuyos efectos dolorosos sufre con la consiguiente reacción para librarse de ellos, y en su afán de remediarlos insiste en su examen, lo ahonda y a menudo exagera su alcance y su arraigo. Semejante posición, con necesitar que se la rectifique limpiándola de exageraciones y del fácil pesimismo a que lleva, es, no obstante, preferible a la inconsciencia del peligro, a la corchadura de la piel que no siente los pinchazos del mal y ha perdido los reflejos de la defensa espontánea.

»Tomemos como ejemplo uno de los libros más valientes que se han escrito acerca de nuestros defectos actuales: El problema nacional, del señor Macías Picavea. Para el señor Macías, prematuramente arrebatado a la enseñanza patria, España es un pueblo enfermo, cuyos defectos superan por modo incomparable a las buenas condiciones, o las han soterrado bajo tan espesa capa de vicios, que es ya imposible su nuevo afloramiento.

»Enumera el señor Macías esos vicios o caracteres de la enfermedad nacional del siguiente modo: idiocia, es decir, paralización del progreso, de la marcha evolutiva social; psitacismo o predominio de la palabra, de la retórica, sobre el pensamiento; atrofia de los órganos de la vida nacional (regiones, consejos, gremios, clases, corporaciones sociales); olvido y suplantación de la tradición; pérdida de la personalidad; desorientación; incultura, ideologismo, vagancia, pobreza, moral bárbara, irreligiosidad decadentista, incivilidad regresiva; todo ello derivado de las siguientes lacerías históricas, cuya cuna fue el entronizamiento de la Casa de Austria: cesarismo; despotismo ministerial y caciquismo, degeneraciones de aquél; centralismo; teocratismo; unidad católica e intolerancia; militarismo y parálisis de la evolución.

»El señor Macías es, como se ve, muy pesimista o, por mejor decir, ve muy negro el cuadro de nuestras enfermedades. Quizá por esto es llevado a desconfiar, no sólo de la masa, sino aun de todo esfuerzo colectivo, aunque proceda de una colectividad reducida; y por ello pide «un hombre», es decir, un genio, uno de esos dictadores tutelares que, al parecer, han sido los productores de grandes transformaciones sociales. A la misma conclusión van a parar otros autores de la misma época, unos claramente, otros quizá sin darse cuenta de ello. Y así, aunque tal vez no fuese esa su intención, sobre el coro de tremendas acusaciones y pesimismos irredimibles se levanta la voz del instinto que confía en un remedio, aunque éste consista temporalmente en la sustitución de la actividad colectiva por una fuerza individual redentora.»

Acertó Altamira en su análisis. El siglo XX español muestra una secuencia de recetas redentoras, autoproclamadas cada una como la única eficaz, auténtica materialización del costista cirujano de hierro, y por tanto merecedora de imponerse a la fuerza tan violentamente como sea preciso: el anarco-sindicalismo, la dictadura de Primo de Rivera, el republicanismo de izquierda, los nacionalimos catalán y vasco, el nacional-sindicalismo falangista de la república y del primer franquismo, el colectivismo socialista y comunista de la guerra civil, los sucesivos modelos autoritarios del franquismo... Todas se implantaron en diversa medida, con un coste considerable, hasta la última de ellas, en la que se quiso ver, según lo predicho por Macías Picavea, «el hombre histórico, el hombre genial, encarnación de un pueblo y cumplidor de sus destinos… Patriota ferviente, encarnaría en todas sus resoluciones el alma de la patria; mano de hierro, ante ella caerían, como ante el rayo las torres cuarteadas, oligarcas, banderías y caciques; apóstol y Mesías del pueblo.»

Para pasar página de todos estos redentores (por ahora), habrá que esperar a la Transición: entonces se constatará un intento de acción colectiva que aúne desarrollistas, aperturistas, opositores más o menos democráticos y nacionalistas varios. También nuestro autor lo había vaticinado en cierto sentido, cuando se dirige a la nación entera: «¿Por qué, quemando en arranque de suprema abnegación sobre el ara de la patria en peligro los propios ídolos, no se han de levantar todos los españoles, instituciones, clases, poderes, a fundir sus fuerzas en una fuerza para sustituir con nuestra voluntad y conciencia la que el destino nos niega?» E invoca a la reina, al pueblo, al ejército, a la Iglesia, y a republicanos, carlistas, fusionistas y conservadores.

En Clásicos de Historia hemos comunicado algunas de las obras regeneracionistas más destacadas: Los males de la patria y la futura revolución española (1890) de Lucas Mallada; Idearium español (1897) de Ángel Ganivet; Oligarquía y caciquismo (1901) de Joaquín Costa; y la antología Patriotismo y nacionalismos. Textos regeneracionistas (1898-1934) de Santiago Ramón y Cajal.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Rafael Altamira, Psicología del pueblo español


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Dice José Luis Abellán en su conferencia Rafael Altamira como arquetipo del intelectual moderno (2011): «Estaba este profundamente marcado tanto por su educación institucionista como por los condicionamientos históricos del momento. En lo que se refiere a la primera, se prolongó durante sus años de estudiante universitario, mediante la colaboración con Joaquín Costa, primero, y con Gumersindo de Azcárate, después, que llegó a convertirse en director de su tesis doctoral sobre el derecho comunal. Por lo que se refiere a los condicionamientos históricos, nada influyó tanto en Altamira como la repercusión en su ánimo de la derrota de 1898, que le hizo meditar profundamente sobre las causas de la decadencia española; para él estaba claro que todo era una consecuencia de la falta de patriotismo, y desde este momento adquiere plena conciencia de que hay que restaurar este a toda costa, lo que exige a su vez una meditación al respecto.

»Como con gran acierto ha señalado un reconocido estudioso de su obra [Rafael Asín], Altamira hace confluir algunas actitudes políticas, sociales regeneradoras y educativas en un solo término: patriotismo. Ese concepto guía su interés científico, su producción historiográfica y su actividad pública. El patriotismo es defensa de la idiosincrasia y amor a la patria y a lo que uno es de forma incondicional y crítica a la vez. Y no se trata de retórica, eso es muy fácil, sino de actitud y de constancia. El patriotismo como empresa común se va forjando lentamente, con contradicciones, pero subyace y se consolida en el inconsciente colectivo como lo demuestra la actitud de todo un pueblo en la guerra de la Independencia. La crítica a lo propio y el egoísmo eran sus peores enemigos. Esto se debe a nuestro acentuado individualismo si bien este no es siempre una característica negativa porque garantiza la libertad espiritual. La dejadez, la ignorancia y el menosprecio por lo nuestro son las señales inequívocas que muestran hasta qué punto el valor del concepto patriotismo se ha devaluado entre nosotros. Ya se ha explicado que como consecuencia de estas reflexiones una tarea fundamental de Altamira consistió en la vindicación de España y de su papel en la Historia.»

De Rafael Altamira (1866-1951) hemos comunicado anteriormente los dos tomos de su Historia de España y de la civilización española, la Filosofía de la historia y teoría de la civilización, y el prólogo de la edición española de la obra de Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Miguel Serviá, Relación de los sucesos del armada de la Santa Liga, y entre ellos el de la Batalla de Lepanto, desde 1571 hasta 1574

Jacopo Bassano, Un franciscano

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Miguel Serviá, natural de Mallorca y franciscano, fue uno de los capellanes de Don Juan de Austria que le acompañaron durante las campañas mediterráneas que encabezó contra los turcos, a raíz de la formación de la Santa Liga, compuesta por Venecia, la Santa Sede, y la Monarquía Hispánica. Fue anotando brevemente los principales recursos, mandos, operaciones y acontecimientos, con ocasionales referencias a los lugares que recorre, de los que gusta añadir pequeñas pinceladas repletas de referencias a la Antigüedad, típicamente renacentistas. El relato se trunca con la muerte del autor en Palermo en 1574.

Rafael Altamira, en su Historia de España y la civilización española, nos valora los acontecimientos del siguiente modo, a partir de la exitosa defensa de la isla de Malta: «Esta victoria libró, indudablemente, al Mediterráneo occidental, de convertirse en un mar turco; pero no quebrantaba por completo el poderío del imperio de Constantinopla, el cual siguió extendiendo sus conquistas y desembarcos por el archipiélago griego y el Adriático, atacando principalmente las posesiones venecianas. Al amenazar seriamente la isla de Chipre (1569), que pertenecía a Venecia, esta república pidió auxilio al Papa (Pío V), quien a su vez excitó el celo del rey español para que apoyara una acción decisiva contra los turcos. Felipe (II) contestó afirmativamente, viendo en esto una ocasión de aniquilar el poder turco. Se concertó una liga entre el Papa, España y Venecia, y, predicada la cruzada contra los turcos, formóse una escuadra poderosa, de 264 naves mayores y menores con 79.000 marineros y combatientes, cuyo mando tomó un hijo bastardo de Carlos I, Don Juan de Austria, de quien volveremos a hablar más adelante. La escuadra zarpó de Mesina y se dirigió hacia Grecia, encontrando a la turca en el golfo de Lepanto, donde se dio una terrible batalla (7 de Octubre de 1571) completamente favorable a los cristianos, merced al ardimiento que a sus tropas comunicó Don Juan, y a la serenidad y táctica de Don Álvaro de Bazán. En esta batalla luchó y quedó manco a consecuencia de una herida, Miguel de Cervantes.

»Por segunda vez, España libraba del peligro turco a Europa: pero, como a menudo ocurre en casos semejantes, de la victoria de Lepanto no se sacaron todas las consecuencias políticas que naturalmente pudo producir. En vez de proseguir la campaña, el Rey dio orden a Don Juan para que se retirase hacia Túnez. Contribuyeron a esta decisión varias causas: la muerte de Pío V, que quebrantó la liga; el acomodamiento buscado por Venecia con el Sultán turco; los graves sucesos de Holanda, que preocupaban mucho a Felipe y distraían las fuerzas, y el recelo que el monarca tenía por los planes ambiciosos de su hermano. Don Juan, en efecto, soñaba con reconquistar a Constantinopla, restaurando el antiguo imperio bizantino, y para esto hallaba apoyo entre los personajes de la curia romana, y el clero en general. Pero Felipe no envió los socorros pedidos, y Don Juan tuvo que desistir, dirigiéndose a Túnez (octubre de 1575), cuya capital tomó, trocando su primer sueño por el de un imperio en el norte de África. Tampoco le alentó en esto su hermano. Le ordenó que arrasase las fortificaciones de Túnez, y Don Juan desobedeció la orden, dejando en la plaza una guarnición de 8.000 españoles. El monarca suprimió de raíz todo auxilio, y Don Juan tuvo que renunciar al desarrollo de sus planes. Un año después, Túnez y la Goleta caían nuevamente en poder de los turcos.»

Contemporáneo a los acontecimientos, Juan de Mariana, en su Historia General de España, refleja el entusiasmo que se generaliza a partir de la Batalla de Lepanto: «En conclusión, esta victoria fue la más ilustre y señalada que muchos siglos antes se había ganado, de gran provecho y contento, con que los nuestros ganaron renombre no menor que el que los antiguos y grandes caudillos en su tiempo ganaron. Grandes fiestas y regocijos, llegada la nueva, se hicieron por todas partes, dudo que a los herejes no les fue nada agradable. Diose esta batalla a 7 de octubre; en Toledo se hace fiesta y se celebra la memoria de esta victoria cada un año el mismo día.»


viernes, 7 de julio de 2017

Julián Ribera, La enseñanza entre los musulmanes españoles


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De Julián Ribera ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana, sus interesantes conferencias sobre La supresión de los exámenes, y sus ediciones de la Historia de los jueces de Córdoba de Al-Jušanī, y de la Historia de la conquista de Al-Ándalus de Ibn al-Qutiyya.

Rafael Altamira, en su Historia de España y de la civilización española, § 182, resumía así la obra que comunicamos ahora, para así exponer las características de la enseñanza andalusí: «No se conoció entre los musulmanes lo que hoy llamamos instrucción pública, es decir, una organización oficial de la enseñanza, pagada por el Estado o por las ciudades, ni aun en la forma rudimentaria de los romanos. Hasta fines del siglo XI no se fundaron universidades o colegios generales en Oriente, empezando por el de Bagdad (1065); pero en España no tomó pie esta innovación, aunque más tarde (en el siglo XIII) la inició en Murcia un rey cristiano, Alfonso el Sabio, creando un colegio musulmán para que un sabio árabe enseñase las ciencias a moros, judíos y cristianos juntamente; ejemplo que copiaron, aunque efímeramente, los árabes de Granada.

»En todo el período que ahora nos ocupa no hubo más enseñanza que la privada, es decir, la que daban, ora gratuitamente, ora mediante paga, los particulares que se dedicaban a esta profesión. Alguna vez hubo califas que pagaron a sabios extranjeros venidos a España y les hicieron dar conferencias o lecciones públicas; pero esto fue temporal, y no respondió a organización reflexiva de la enseñanza. También Alhakam II fundó, como particular y en acto de penitencia, algunas escuelas para enseñar la doctrina a los hijos de los pobres y desvalidos de Córdoba. Tratábase, pues, en este caso, de una manda o legado pío del sultán, y el ejemplo fue seguido en la España árabe por muchos particulares, que fundaron otras para enseñanza de los pobres, con legados de esta clase y sin que interviniese para nada la Administración.

»Si el Estado no intervenía, pues, directamente en la enseñanza, el sacerdocio musulmán la impulsó mucho al principio, especialmente por lo que se refería a la instrucción religiosa, enseñando con gran fervor por todas partes las máximas del Alcorán y las tradiciones de Mahoma: pero más tarde, cuando se hubieron desarrollado las ciencias y se formaron sectas diferentes (aun entre los Ortodoxos), la dominante, que era la de Málik, como sabemos, se hizo muy intolerante, coartando la libertad de los maestros siempre que podía, y en especial de los filósofos que se apartaban de la ortodoxia. Más de una vez se quemaron los libros de éstos y fueron desterrados los profesores, como ya dijimos.

»Pueden distinguirse en la enseñanza musulmana dos grados: el primario y el superior. El primario comprendía, como base, la lectura y escritura del Alcorán, a título de preparación religiosa y gramatical al propio tiempo; uníanse a esto trozos de poesía, ejemplos de composición epistolar, y finalmente elementos de gramática árabe, aprendidos de memoria. La lectura y escritura se enseñaban juntamente, no haciendo que el alumno trazase cada letra en particular, sino imitando las palabras enteras que se les daban por modelo. Para escribir se usaban unas tablillas de madera pulimentada, sobre las que se trazaban los caracteres con un pedazo de caña afilada (cálamo), empapada en tinta. Acabado un ejercicio, se mojaba la tablilla, se borraba lo escrito y servía de nuevo. Muchas veces, la instrucción era gratuita, dándola por puro gusto los maestros. Otras veces eran pagados por los discípulos, costumbre que, andando el tiempo, fue la dominante; a pesar de lo cual, se difundió tanto la lectura, y la escritura en especial, que la mayor parte de los musulmanes españoles sabían leer y escribir, aventajando en esto a las demás naciones europeas.

»La enseñanza superior, como libre que era, no guardaba plan uniforme. Cada maestro enseñaba más o menos cosas, según su cultura o preferencias. Generalmente se empezaba por enseñar las tradiciones religiosas, leyendo párrafos de libros, que explicaba el profesor, y preguntando los alumnos, con toda libertad, cuando no entendían bien una palabra o un razonamiento. La base del estudio era siempre la memoria. Además de las tradiciones, se estudiaban los comentarios del Alcorán, la gramática, el diccionario, la medicina, la filosofía y, sobre todo, la jurisprudencia y la literatura. En punto a jurisprudencia, derivada de la exposición y comentario de las leyes jurídicas del Alcorán, llegó a haber gran número de autores que escribieron tratados, comentarios, compendios, diccionarios, etc. La escuela de Córdoba se hizo famosa.»

Aristóteles enseña astronomía a sus discípulos.

viernes, 21 de abril de 2017

Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI


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La obra que presentamos esta semana es un acabado ejemplo de divulgación de combate: el autor se ocupa de una cuestión que considera mal explicada o directamente tergiversada, a causa del desconocimiento en unos casos, y de la animadversión en otros. Ante la ignorancia, la envidia, la malevolencia y otros oscuros propósitos (principalmente políticos) que han generalizado una interpretación errónea y condenatoria de unos hechos, personajes o naciones, el justiciero escritor emprende lo que él mismo percibe como un desigual combate en defensa de los perjudicados, y restituirles así el honor mancillado. Y en muchas ocasiones sus propósitos son plenamente razonables. El problema es que con frecuencia cae en el mismo defecto que critica, mediante una simple inversión de la valoración: los héroes y los villanos de la versión dominante intercambian sus papeles, y la leyenda negra se transforma en leyenda rosa. La historia, que persigue simplemente profundizar en el conocimiento del pasado, continúa enmascarada en una historia-instrumento, herramienta para alcanzar determinados objetivos, que busca imponer una determinada visión sesgada de la realidad. Por ejemplo la mal llamada (y malhadada) memoria histórica.

Charles F. Lummis (1859-1928) fue un interesante intelectual norteamericano de múltiples ocupaciones e intereses: arqueólogo, etnógrafo, historiador, poeta… Y en buena parte de ellas, hispanista que deriva en hispanófilo. Nuestro conocido Rafael Altamira, que lo trató personalmente en Los Ángeles, lo caracteriza así en el prólogo a la versión castellana de la obra que comunicamos: «Lummis tiene tanto corazón como voluntad y cerebro, y es así capaz de sentir el más cálido entusiasmo por todas las cosas del mundo que lo merecen, y capaz también de expresar su sentimiento en palabras que suenan como una poesía. Quien le ha oído hablar de España (yo he tenido esa fortuna) y calificar de bendición de madre algo que de ella procedía, como reconocimiento de la gran labor hispanófila que Lummis ha realizado, sabe bien qué profundo sentido artístico hay en el ama viril y aventurera (sanamente aventurera) del autor de este libro.»

Pero, aunque Altamira celebra la publicación de Los exploradores españoles del siglo XVI, no deja de poner de relieve algunas inconsistencias o errores (y quizás esto sea la causa de que su prólogo desapareciera de algunas de las numerosas ediciones posteriores). Y Altamira concluye: «la manera eficaz de vindicar nuestra historia en todo lo que deba ser vindicado, consiste en saber de ella más y mejor que los que puedan tener, en cualquier momento, interés de contrahacerla, o simplemente carezcan del de mostrarla tal como fue en todos sus aspectos. Mientras nuestro conocimiento de lo que hicimos en cualquier orden de nuestra vida interior o exterior dependa de los libros extraños, nos encontraremos en una enorme inferioridad para intervenir en la polémica. Conquistemos en esto nuestra independencia mediante una persistente labor, y el resto se nos dará por añadidura.»

Pues bien, ¿qué interés conserva hoy este centenario texto? A pesar de que Lummis construye la imagen de los conquistadores españoles a partir de los pioneers del Far West; a pesar de que toma partido por unos (Pizarro, por ejemplo), y critica a otros en los que ve conductas o intenciones torcidas (Hernán Cortés). Y a pesar, lo que resulta más llamativo, de que un defensor de los indios norteamericanos descalifique por principio las culturas precolombinas: «aquellos sorprendentes seres, cuyo imaginado gobierno deja tamañita a cualquiera nación civilizada y moderna, no eran más que indios.» A pesar de todo ello, la obra de Lummis continúa siendo valiosa, tanto por facilitar un primer acercamiento a la exploración y conquista de América, como por constituir una excelente muestra de los enfrentamientos nacionalistas a la hora de imponer la propia interpretación del pasado.


miércoles, 30 de diciembre de 2015

Rafael Altamira, Filosofía de la historia y teoría de la civilización

Retrato, por Sorolla
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De Rafael Altamira (1866-1951) ya hemos incluido en Clásicos de Historia su extensa Historia de España y de la civilización española. Presentamos ahora una breve obra de 1915 que recoge su reflexión por el sentido e interpretación de la historia, naturalmente desde su específico interés por la denominada historia interna y de los hechos culturales (y especialmente por la historia de las instituciones y normas jurídica). Su propósito es superar los límites de la historia fáctica, e introducirse en un campo más bien filosófico:

«Llega el historiador a conocer, o a creer que conoce, los principales hechos de la historia humana; describe el origen, esplendor y decadencia de los grandes imperios; fija el proceso de la civilización, sus distintas etapas, el movimiento oscilante y a veces contradictorio de su caminar, los entronques y aprovechamientos que de la labor de unos pueblos hacen otros, el resultado que en los tiempos modernos se ha conseguido, la trayectoria o ley de desarrollo y orientación de las instituciones fundamentales y de las aspiraciones que consideramos de más importancia, y todavía después de esto quedan aquellas preguntas inquietantes en que está todo el programa de la Filosofía de la Historia: ¿Adonde va la Humanidad? ¿Hay para ella un fin de que no tiene conciencia todavía, pero hacia el que marcha la corriente central de su historia? ¿Le impulsa hacia ese fin algo que está fuera de ella misma? ¿Qué significado, qué valor tiene su vivir dentro de la realidad toda del proceso universal? ¿Está entregada al azar, o lleva una orientación? Y si la hay, ¿cabe deducirla, o adivinarla a través de lo que de sus hechos conocemos? ¿Existe en sus mismas condiciones de vida, algún factor que dé la piedra angular de la Historia? Y en función de todo eso, ¿qué estado es el que marca o marcará el esplendor de esa Historia, la situación culminante y más conforme con los fines del Universo? ¿Es posible el señalamiento para lo futuro de una trayectoria fundamental de la humanidad, o la Filosofía de la Historia no debe traspasar el momento presente?»

Y el concepto central sobre el que construye su reflexión es el de civilización. Pero si en el siglo XIX ha culminado la antiquísima oposición entre civilización y barbarie (que hemos visto todavía dominante en El origen del hombre de Darwin, y en La rama dorada de Frazer, por ejemplo), en estas primeras décadas del siglo XX se está gestando el estudio de las civilizaciones, plurales y autosuficientes, como sujeto histórico determinante y múltiple: muy pronto las obra de Spengler y Toynbee iniciarán un debate que llega a nuestros días, con autores como Quigley y Huntington. Rafael Altamira muestra bien esta transición. Aunque todavía se sitúa en el concepto universalista y eurocéntrico de que «la civilización es un estado de vida humana integrado por varios elementos fundamentales (desarrollo material, intelectual, moral, artístico, del carácter, antropológico, social, etcétera), todos necesarios porque responden a condiciones también fundamentales de la vida humana», reconoce la existencia de otras civilizaciones: «hay otros pueblos a quienes no podemos negar la realidad de haber llegado a estados de gran progreso en diferentes órdenes de la vida —por lo cual no cabe excluirlos propiamente del grupo de los civilizados—, y cuyo ideal difiere sensiblemente del nuestro en muchas cosas fundamentales.»

Y desde estas consideraciones, Altamira expresa de forma tajante su rechazo al imperialismo todavía dominante, partiendo del modo como se le justificaba habitualmente: «Los pueblos, como los niños, necesitan ser educados a la altura de su misión; si no se educan voluntariamente, hay que intervenir en su vida para levantarlos al nivel que les corresponde, cumpliendo así los más adelantados una función tutelar, de ayuda y cooperación en beneficio de todos … Pero, aun suponiendo que aceptáramos la teoría ..., la Historia nos ofrece contra ella una objeción poderosísima, y es que si la enseñanza obligatoria supone una coacción, ésta no se utiliza para maltratar al niño ..., sino para proporcionarle un bien en forma igualmente buena; mientras que ... la teoría referida no se aplica nunca entre los pueblos sino en la forma de conquista. Y aun suponiendo que no sea un disfraz del puro apetito de dominación, esa forma (que sirve de medio para realizarlo) lleva consigo casi siempre condiciones que la invalidan. En efecto, quienes la invocan para intervenir en un Estado, apoderarse de su territorio y dirigir su vida, no suelen determinarse por el provecho de la nación conquistada (este es el hecho, cualesquiera que sea el nombre dado a la intervención), sino por el suyo propio, egoísta (aprovechamiento de productos naturales y de mercados, expansión de la raza, goce de la dominación, etc.) ..., y en vez de la obra de amor, de concordia, de trabajo en común, se hace obra de odio, de violencia, de despojo más o menos encubierto.»


jueves, 8 de enero de 2015

Juan Huarte de San Juan, Examen de ingenios para las ciencias

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En la dedicatoria de su obra al rey Felipe II, el médico Juan Huarte de San Juan (1529-1588) propone lo siguiente: «Considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes con perfección sin que en la una faltase y, porque no errase en elegir la que es natural estaba mejor, había de haber diputados en la República, hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio, haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía y no dejarlo a su elección, de lo cual resultaría en vuestros estados y señoríos haber los mayores artífices del mundo, no más de por juntar el arte con la naturaleza.»

Esta aseveración nos sorprende por su modernidad, al plantear la necesidad de determinar las capacidades de cada individuo, y las tareas (teóricas o prácticas) que mejor se corresponden con ellas. Y al mismo tiempo nos resulta inquietante la expresión «haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía y no dejarlo a su elección», o la insistencia en un cierto determinismo impuesto por lo orgánico en la conducta humana. Ambos aspectos son muestra de lo mucho revolucionario que contiene esta obra, aunque ello no nos debe hacer obviar lo mucho tradicional que también conserva, como la aceptación sin crítica de pintorescas consideraciones anatómicas, a causa del prestigio de las autoridades que las defienden. Lo innovador de sus planteamientos, métodos y contenidos se amalgama con lo recibido: es hija de su época, como toda obra humana. En cualquier caso, fue un auténtico éxito editorial en su tiempo, que se extendió por toda Europa una vez traducido al latín.

Rafael Altamira  sintetiza así su importancia: «Huarte de San Juan, cuyo libro Examen de ingenios para las ciencias se imprimió en 1575 y se tradujo pronto a varios idiomas, es el primer representante español de una serie de tratadistas que, enlazando los estudios físicos con los psicológicos, trataron de demostrar la influencia del cuerpo sobre el espíritu en el hombre y la posibilidad de deducir, de los datos anatómicos y del temperamento, las cualidades intelectuales y morales de los individuos. Es, con esto, juntamente, precursor de la frenopatía y de todos los autores que, en el siglo XVIII, elevaron a la calidad de cuestión palpitante ésta de las relaciones entre lo físico y lo espiritual, que en el siglo XVI tomó con Huarte caracteres muy salientes. Huarte es, además, digno de ser considerado por sus observaciones pedagógicas, enlazadas con su tema de la fijación de las aptitudes esenciales e innatas en los individuos.»

Por su parte, José Biedma señala que «el método de Huarte es estrictamente moderno: una argumentación racional que se da por contenido la experiencia natural. Por cierto, que... Huarte utiliza la palabra ensayo con el sentido de experimento. Antes que Galileo, Huarte razona desde un nuevo paradigma que recrea la analítica y la dialéctica de los griegos, a los que cita crítica y originalmente, aunque eche mano también secundariamente de la retórica de Cicerón o del saber de Galeno. Su papel como precursor de la frenología de Gall (quien le cita expresamente), o del pensamiento naturalista de Cabanis, está fuera de duda. Así como su influencia en el perfil psicológico de que Cervantes dota a su ingenioso hidalgo don Quijote, demostrada por Salillas. También es conocida la influencia que Huarte debió ejercer en la obra de Lessing, pues éste preparó su versión alemana y presentó para su doctorado una disertación sobre el doctor Huarte y su libro. Y, en fin, su huella es perceptible en una gran multitud de lingüistas, preceptistas, pedagogos y filósofos, algunos tan cercanos a nosotros como Schopenhauer o Nietzsche.»

lunes, 1 de diciembre de 2014

Alfonso de Valdés, Diálogo de las cosas acaecidas en Roma

Retrato por Cornelisz Vermeyen (Londres, National Gallery), con una miniatura de Gattinara

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Se dice que el duque de Borbón arengaba así a sus tropas, a las puertas de Roma: «Yo hallo muy ciertamente, hermanos míos, que ésta es aquella ciudad que en los tiempos pasados pronosticó un sabio astrólogo diciéndome que infaliblemente en la presa de una ciudad el mi fiero ascendente me amenazaba la muerte. Pero yo ningún cuidado tengo de morir, pues que, muriendo el cuerpo, quede de mí perpetua fama por todo el hemisferio.» (citado por Menéndez Pelayo en su Historia de los Heterodoxos). Y se cumplió el pronóstico, y se produjo el decisivo saco de Roma de 1527: el ejército del emperador humilló la Urbe, caput mundi del viejo imperio y del mundo cristiano. Muchas trayectorias variarán en consecuencia, en lo político, en lo religioso y en lo cultural...

Pues bien, Alfonso de Valdés (1490-1532), humanista como su hermano Juan, el autor del Diálogo de la lengua, escribe a su admirado Erasmo: «El día que nos anunciaron que había sido tomada y saqueada Roma por nuestros soldados, cenaron en mi casa varios amigos, de los cuales unos aprobaban el hecho, otros le execraban, y, pidiéndome mi parecer, prometí que le daría in scriptis, por ser cosa harto difícil para resuelta y decidida tan de pronto. Para cumplir esta promesa escribí mi diálogo De capta et diruta Roma en que defiendo al césar de toda culpa, haciéndola recaer en el pontífice, o más bien en sus consejeros, y mezclando muchas cosas que tomé de tus lucubraciones, oh Erasmo. Temeroso de haber ido más allá de lo justo, consulté con Luis Coronel, Sancho Carranza, Virués y otros amigos si había de publicar el libro o dejarle correr tan sólo en manos de los amigos. Ellos se inclinaban a la publicación, pero yo no quise permitirla. Sacáronse muchas copias, y en breve tiempo se extendió por España el Diálogo, con aplauso de muchos» (Ibid.)

Rafael Altamira  nos presenta a nuestro autor así: «Entre los erasmistas (españoles), distinguióse en los primeros años del reinado de Carlos I un escribiente de la cancillería llamado Alfonso de Valdés, que luego ocupó el cargo de secretario del monarca. Merced a esto, pudo favorecer y defender grandemente a Erasmo contra sus perseguidores en España y difundió los escritos del humanista alemán, incluso costeando ediciones de su peculio. El asalto y saqueo de Roma le dieron motivo para escribir un diálogo en que, además de sincerar al rey de la parte de culpa que podía corresponderle en aquel hecho, y de considerar éste como justo y natural castigo de la corrupción de la curia romana, desliza proposiciones evidentemente análogas a otras protestantes, por lo cual le consideran hoy muchos autores como uno de los primeros reformistas españoles, aunque su doctrina no es acentuada ni explícita.» (Historia de España y de la civilización española).

La finalidad de la obra es doble, política y religiosa, y siempre en defensa de objetivos reformistas para mejorar la sociedad, eliminando las lacras que la corrompen. Ahora bien, la solución que se propone es la intervención decisiva del podre temporal, del emperador: «―Vos querríais, según eso, hacer un mundo de nuevo.―Querría dejar en él lo bueno y quitar de él todo lo malo.―Tal sea mi vida. Pero no podréis salir con tan grande empresa.―Vívame a mí el Emperador don Carlos y veréis vos si saldré con ello.» Esta consideración resulta de un modernidad inquietante, signo y anuncio de los derroteros que va a seguir Occidente, y presentes aún en nuestros días...



viernes, 31 de octubre de 2014

Rafael Altamira, Historia de España y de la civilización española


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La romántica, liberal y nacionalista Historia de España de Modesto Lafuente, que ya conocemos, triunfó de forma generalizada durante la segunda mitad del siglo XIX. Pero al mismo tiempo comienza a ser enmendada por obras realizadas desde posturas ideológicas diferentes (como la Historia de los heterodoxos de Menéndez Pelayo), o a consecuencia del considerable avance historiográfico de la época de la Restauración (que se puede resumir en los tomos que llegaron a publicarse de la Historia general de España promovida por la Real Academia de la Historia y dirigida por Cánovas del Castillo, a partir de 1892). A pesar de ello la obra de Lafuente mantuvo y prolongó preeminencia y popularidad durante muchos años, como muestra su interesante continuación, obra de Valera, Borrego y Pirala.

Pues bien, el joven jurista Rafael Altamira (1866-1951), procedente del ámbito republicano y de la Institución Libre de Enseñanza, próximo al regeneracionismo costista, emprendió hacia el cambio de siglo el proyecto de esta Historia de España y de la civilización española, una nueva historia de España en la que predominara el talante científico (y positivista), que recogiera las abundantes aportaciones recientes y, sobre todo, que superara definitivamente el tradicional predominio de la historia política, ampliando el campo de visión a otros aspectos hasta entonces poco estudiados: lo legal e institucional, lo social, lo económico, lo cultural, hasta lo referente a indumentarias y costumbres: la llamada historia interna.

Su objetivo era al principio modesto: en el prólogo a la primera edición presentaba «un libro elemental, de vulgarización, que no tiene pretensiones eruditas (...). Al escribirlo, se ha pensado ante todo en ese público, falto de tiempo y de preparación para leer obras extensas o de carácter crítico, como para enfrascarse en la ardua tarea de estudiar monografías e ir traduciendo luego, poco a poco, el conjunto de los resultados parciales, en conclusiones de alcance general; y también se han tenido en cuenta las necesidades de una gran masa escolar que cada día exige con mayor imperio, libros acomodados a los modernos principios de la historiografía y a los progresos indudables que la investigación ha realizado, de pocos años a esta parte, en lo que se refiere a la vida pasada del pueblo español.» Sin embargo, el éxito de su empresa y las sucesivas ediciones lo irán ampliando considerablemente, especialmente en el aspecto que más interés tiene para Altamira, la historia del derecho.

La obra tiene un valor considerable, a pesar de los límites que el propio autor se impone, ya que muestra el punto de partida de una tendencia que va a dominar junto con otras corrientes historiográficas durante el siglo XX. Pese a ello su repercusión fue limitada, y significativamente el momento de mayor fama de la obra se produjo cuando desde el punto de vista científico ya podía considerarse superada, en los años finales del franquismo y durante la transición. Influyó en ello la consecuente postura política que mantuvo a lo largo de su vida, y que le condujo al exilio tras la guerra civil. Este revival por motivos no historiográficos fue criticado por algunos historiadores que rechazaron dicha sacralización. Así, por ejemplo Antonio Domínguez Ortiz señalaba en 1965 de un modo que no deja de parecernos excesivo: «El texto es denso, amazacotado, los hechos no están expuestos con relieve y perspectiva. No se da el estado actual de las cuestiones. El estilo poco fluido (…); pero la información es amplia; ciertas materias fueron incorporadas por primera vez a una obra de este tipo, y en conjunto no se puede negar al señor Altamira el mérito de haber sido un precursor.»


Tomo I: Hasta el final del reinado de los Reyes Católicos.

Tomo II: Desde 1517 hasta 1808.