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lunes, 12 de diciembre de 2022

Claudio Claudiano, Elogio de Serena

Jean-Paul Laurens, Honorio (1880)

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La hispana Flavia Serena, sobrina del emperador Teodosio, fue adoptada por éste y casada con su más destacado general, el vándalo de origen aunque romanizado Estilicón. Cuando muere en 395 aquel último gran emperador romano, y con sus hijos y herederos Arcadio y Honorio se consuma la división entre Oriente y Occidente, Estilicón se hará cargo del segundo, de apenas once años de edad, como su tutor y regente. Durante una década Estilicón será el auténtico gobernante de las provincias del oeste, y casará al nominal emperador sucesivamente con sus dos hijas, María y Termancia. Pero las abundantes incursiones germánicas y la sucesiva pérdida de apoyos acabará con su poder: en 408 será acusado de conspirar contra Honorio, y ejecutado. Poco después lo será Serena, su esposa, parece ser que a instigación de su prima Gala Placidia.

Con un estilo que nos puede resultar un tanto declamatorio y decimónico, Adolfo de Castro publicó en 1870 una obra con el título de Serena. Recuerdo de historia y filosofía cristiana. En ella se refiere así al autor de esta semana: «Al par de un guerrero de origen bárbaro [Estilicón] que quería restaurar la libertad de Roma, había un poeta egipcio que hacía revivir las glorias de las Musas latinas. Claudiano vivió en Alejandría treinta años hasta la destrucción del templo de Serapis. Pasó a Bizancio, y de Bizancio a Italia en la hueste que Teodosio mandaba para el castigo de los matadores de Valentiniano. En Roma con Olybrio y Probino, sus Mecenas, oradores, poetas y ciudadanos, aprendió la lengua latina; en el ejército de Estilicón, político y guerrero, hábil sobre todo encarecimiento, recibió las inspiraciones para sus cantos. Homero, Virgilio y Lucano celebraron héroes que no conocieron sino por las tradiciones. Claudiano celebraba lo que veía y lo celebraba con más enérgico colorido que Tíbulo y que Lucano mismo. Estilicon fue su protector: también fue el objeto de la mayor parte de sus poemas. La admiración y la gratitud acrecentaban su numen. ¿Y Serena? Serena también sirvió de bellísimo asunto a sus alabanzas: él celebró la rubia cabellera y la blancura de Serena: él la ofrece a nuestros ojos como discreta al par que modesta uniendo dos virtudes desconocidas en aquel siglo...»

Es decir, el alejandrino (algunos lo hacen originario de Asia Menor) Claudiano se convirtió en el poeta cortesano de la poderosa pareja que constituían Estilicón y Serena. De modo más conciso lo expresan así Martín de Riquer y José María Valverde en su conocida Historia de la literatura universal: «Claudio Claudiano, nacido en Alejandría y cultivador de la literatura griega, fue entre los años 394 y 404 poeta oficial de la corte de Arcadio y Honorio, protegido por Estilicón; logró dominar la versificación latina, en la que tuvo por modelos a los clásicos. Claudiano es un fervoroso admirador de la pretérita gloria de Roma, cuyos valores, virtudes y estilo pretende hallar en la decadente corte a la que se encuentra vinculado; escribe poemas sobre temas mitológicos, como el rapto de Prosérpina, poesías ocasionales laudatorias y aparatosamente solemnes, epigramas con agudeza e intención. En conjunto la obra de Claudiano semeja un hábil y barroco remedo de los antiguos líricos latinos, si bien su condición de poeta áulico hace que en ciertos aspectos parezca un escritor medieval.»

Su Elogio a Serena, que no ha llegado íntegro a nuestros días, nos puede interesar también por otro motivo: el panegírico de Hispania, origen de ella y de su familia. Ramón Menéndez Pidal, en su Universalismo y nacionalismo, romanos y germanos (Introducción al tomo III de la Historia de España que dirige), la compara con la conocida Laus Spaniae de Isidoro de Sevilla: «Esta férvida Laus Spaniae se inspira, a mi ver, principalmente en la Laus Serenae de Claudiano… Isidoro, con su vaga mención de la riqueza de España en príncipes y gentes, nos impresiona menos que Claudiano con sus precisas alusiones a los augustos hispanos; es que Isidoro tiene el mal acuerdo (lo mismo en todo su relato histórico) de buscar elevación o elegancia en la vaguedad, huyendo la individuación de personas y lugares; no estima, como Claudiano, el alto valor poético de lo concreto.»

Presentamos el original latino y la esmerada traducción que Luis María Ramírez y de las Casas-Deza publicó en la revista El mundo pintoresco del 7 de octubre de 1860.

Díptico de Estilicón, Serena y su hijo Euquerio (hacia el año 400).

lunes, 8 de agosto de 2022

Tito Lucrecio Caro, De la naturaleza de las cosas

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Escriben Martín de Riquer y José María Valverde en su clásica Historia de la literatura universal: «Escasas noticias se tienen de Tito Lucrecio Caro (c. 98-55 a. de J.C.), de quien testimonios tardíos bastante suspectos nos informan de que se suicidó y de que redactó su famoso poema en los intervalos de lucidez que presentaba su locura. De la naturaleza (De rerum natura) quedó a su muerte en estado inconcluso y falto de revisión, tarea a la que, según se cree, se entregó Cicerón. Se trata de una epopeya científica y filosófica escrita en verso hexámetro, en la cual Lucrecio, con un vigor y a veces una destemplanza impresionantes, desarrolla de un modo personal las ideas físicas, morales y religiosas de su maestro Epicuro, a favor de las cuales intenta un ferviente proselitismo. Lucrecio, que abomina del arte insubstancial y que no lleve en sí una intención superior al mero placer literario o a la pura experiencia intelectual, cree que la poesía es un agradable recurso engañador, un halago o cebo para atraer al lector a unas ideas de carácter científico y filosófico en las que cree ciegamente y que quiere imponer, aun en pugna contra el más común opinar de sus contemporáneos y en franca oposición a las creencias religiosas del vulgo, al que en el fondo desprecia.

»Su exaltado entusiasmo y la intensidad de su sentimiento hacen que lo que pudiera haber degenerado en una fría exposición filosófica se eleve a una brillante interpretación poética, llena de episodios vigorosos y que desborda incluso cuando desarrolla temas abstrusos y apunta genialmente en medio de disquisiciones prosaicas. Lucrecio ha dado a su libro este aliento poético con toda conciencia y con preocupación de escritor, a pesar de su creencia en el valor accidental de la poesía. Afirma en una ocasión: “No se me oculta cuán oscura es la materia; pero, con agudo tirso, una gran esperanza de gloria hirió mi corazón y, a la vez, le infundió un dulce amor a las Musas; instigado por él, con vívido pensamiento recorro ahora los descaminados parajes de las Piérides, de nadie antes hollados. Pláceme descubrir fuentes intactas y de ellas beber; pláceme coger flores recientes y tejer para mi sien una insigne guirnalda, como nunca las Musas ciñeron la frente de un hombre”. La poesía de Lucrecio, trasunto de un drama personal, es, en efecto, de visión límpida y da una extraordinaria vida a todo cuanto cae en sus manos y a cuanto fantasea su intensa imaginación. El estilo de Lucrecio es rudo y sus versos no son perfectos (sin duda por haber muerto el poeta antes de poder limar su obra); la austeridad se impone a la belleza formal y la concepción del arte, típicamente arcaizante, se vincula a la obra de Ennio.»

Presentamos la ya venerable traducción en endecasílabos blancos de José Marchena (1768-1821), obra de juventud, elogiada por Menéndez Pelayo, su primer editor. En su Historia de los heterodoxos españoles escribió: «No era Marchena bastante poeta para hacer una traducción clásica de Lucrecio, pero estaba identificado con su pensamiento; era apasionadísimo del autor y casi fanático de impiedad; y, traduciendo a su poeta, le da este fanatismo un calor insólito y una pompa y rotundidad que contrasta con la descolorida y lánguida elegancia de Marchetti y de Lagrange. Los buenos trozos de esta versión son muy superiores a todo lo que después hizo, si es que la vanidad de poseedor no me engaña.»

Recientemente se preguntaba el afamado traductor Jordi Fibla sobre esta versión: «¿Vale la pena leerla? Uno de los aspectos más interesantes del libro que sobre el abate publicó Menéndez Pelayo es la ecuanimidad con que señala los fallos y aciertos de la traducción. Sí, contiene errores que claman al cielo, pero también logros que rozan lo sublime. Marchena hace suya la filosofía epicúrea de Lucrecio, se mete en su piel, por así decirlo, y, en 1791, traduce De rerum natura en unos versos que se me antojan más modernos que buena parte de lo que se escribía bien entrado el siglo XIX.» Y concluye: «Para Menéndez Pelayo “traducir no es ceñirse a poner en una lengua los pensamientos o los afectos de un autor que los ha expresado en otra. Débense convertir también en la lengua en que se vierte el estilo, las figuras; débesele dar el claro oscuro del autor original”. Y también: “Añadiremos que ninguno es buen traductor sin ser excelente autor, y que todavía es dable ser escritor consumado y menos que mediano intérprete”. En definitiva, a la pregunta de si vale la pena leer la traducción del poema de Lucrecio que hizo José Marchena en su juventud, respondo que sí, y lo mismo digo de la obra que Menéndez Pelayo, en sus antípodas ideológicas, escribió sobre él.»

lunes, 25 de julio de 2022

Luciano de Samósata, Historias verdaderas

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«Así como los atletas y los que se dedican a ejercicios corporales no se cuidan exclusivamente del gimnasio y de conservar sus fuerzas, sino de oportunos descansos que consideran como parte principal de su ejercicio, creo yo que a los consagrados a las letras les conviene, después de largas y serias lecturas, dar algún reposo al pensamiento, vigorizándolo de esta suerte para nuevos trabajos. Y esta remisión de quehaceres les será provechosa, si leen obras no simplemente recreativas por su ingenio y gracia, sino que reúnan la ciencia a la amenidad del arte, como sucede, si no me equivoco, en la presente.» El consejo es valioso, viniendo de quien viene, y ahora que nos aproximamos al ecuador del verano, puede ser un buen momento para aplicarlo en Clásicos de Historia. Vayamos al siglo segundo de nuestra era, y atendamos a Martín de Riquer y José María Valverde, dos clásicos que nos presentan así al autor de esta semana y de la anterior sabia reflexión.

«En este… período, que se suele considerar de decadencia, encontramos a uno de los más inteligentes escritores de la literatura griega, Luciano de Samósata (125-192). Luciano, en algunas de sus obras se llama a sí mismo “el sirio”, y efectivamente, la siria era su lengua materna. Ya mayor pasó a Jonia, donde se educó a la griega y donde asimiló de un modo sorprendente la cultura helena. Vale la pena de poner de relieve estos datos biográficos porque gracias a ellos advertimos la curiosa personalidad de Luciano, que llegará a ser uno de los escritores griegos más típicos, que dominará la lengua hasta tal punto que su prosa es parangonable con la más pura de los clásicos y que logrará adaptarse a la mentalidad y al gusto del tiempo de Pericles. En este aspecto, Luciano nos parece una especie de humanista, dando a esta palabra el sentido que tiene cuando la aplicamos a los renacentistas que vivían y escribían remedando la antigüedad clásica. De Jonia, Luciano se trasladó a Roma y al sur de las Galias, dando lecciones públicas de retórica, y finalmente se retiró a Atenas, donde se dedicó a cultivar toda suerte de géneros literarios.

»Luciano es el prototipo de escritor profundamente inteligente, independiente en sus creencias y en su moral, que no se esclaviza a ninguna doctrina y que lo contempla todo en actitud crítica, burlesca y desdeñosa, alejado de la común opinión del vulgo, al que satiriza sin compasión y al que hace desfilar en una especie de ingeniosa comedia humana. Los vicios y las vanidades de la humanidad son objeto de una intencionada y pintoresca descripción, de una crítica demoledora y displicente no con finalidad moralizadora sino en atención a su valor como tema artístico para un ejercicio literario destinado a ganarse un público refinado. De ahí que muchas veces Luciano sea un simple libelista que fustiga costumbres o actitudes literarias y que no se cansa de decir verdades, por más que escuezan a sus contemporáneos. Pero a pesar de ello Luciano no pretende corregir ni llevar por buen camino a los que fustiga, pues es demasiado escéptico para adoptar esta actitud moralizadora y carece de principios positivos.»

Y tras caracterizar su más destacas obras, concluyen: «Tiene carácter novelesco, asimismo, la inverosímil narración llamada Historia verdadera (Ἀληθὴς ἱστορία), parodia de los relatos de navegantes... El conjunto de la producción de Luciano, que comprende más de ochenta títulos, ofrece la impresión de una rica variedad, fruto de una sorprendente imaginación y de un agudo y fino sentido literario. Con él se puede decir que se cierra la literatura griega clásica, aunque le cupiera vivir en tiempos en que había caducado una serie de factores del clasicismo.» Incluimos en su día en Clásicos de Historia su interesante Cómo ha de escribirse la historia, y Las Saturnales.

viernes, 14 de agosto de 2020

Luis de Camoens, Los lusíadas


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En su clásica Historia de la literatura universal, Martín de Riquer y José María Valverde escriben así sobre Luis de Camoens (1524-1580): «Hay en su vida reyertas, luchas, naufragios, encarcelamientos y toda clase de azares; conoce la universidad y la corte, pero también las más exóticas y lejanas tierras; tiene amores con damas encumbradas y con esclavas, que le son incentivos literarios, y en sus versos se transparenta ora el paisaje lusitano ora el de tierras orientales. Vida intensa y zarandeada, que le lleva a conocer países que nunca hasta entonces había transfigurado literariamente ningún hombre de nuestra cultura y a estrenar piezas de teatro en lengua romance en ciudades del área de la vieja literatura sánscrita.»

Y más adelante: «Los lusíadas (Os Lusíadas), poema épico renacentista en diez cantos, escrito en octavas reales, es la obra cumbre de la literatura portuguesa y una de las creaciones más considerables de la literatura europea. Su título, los lusíadas, significa sencillamente los portugueses, y es un vocablo erudito creado por los humanistas del siglo XVI, de acuerdo con ciertas ideas mitológicas sobre los orígenes de Lusitania, cuya fundación era atribuida a Luso, compañero según unos, hijo según otros, de Baco. La palabra, mal entendida, fue transformada hasta tal punto que se llegó a llamar al poema Las lusíadas o La lusíada, en contradicción con el pensamiento de Camoens que, según manifiesta en las primeras estrofas del poema, quiere cantar la gloria y hazañas de aquellos portugueses que llegaron por vez primera a las Indias Orientales.

»El asunto de Los lusíadas es, fundamentalmente, la narración poética del viaje de Vasco de Gama, quien a impulsos del rey don Manuel el Afortunado, doblando el cabo de las Tormentas ―hoy de Buena Esperanza― llegó a Calicut, en la India, en el año 1498. Pero al propio tiempo, gracias a hábiles digresiones, a interpolaciones en forma de relatos, de sueños y de profecías, recursos consagrados por la técnica de la epopeya clásica y admitidos por la renacentista, Los lusíadas desarroll los más gloriosos episodios de la historia de Portugal, desde sus míticos orígenes hasta los tiempos del poeta.

»No hay duda de que Los lusíadas debe mucho a la epopeya clásica y a la italiana. De la primera imita infinidad de recursos, entre ellos el de iniciar la acción in media res, como la Eneida, y toda la máquina mitológica; de la segunda, la octava real e infinidad de recursos estilísticos. Los rasgos esenciales del poema portugués se advierten si lo comparamos con otras obras contemporáneas del mismo carácter, como son La Araucana de Alonso de Ercilla y La Francíada de Pierre de Ronsard, impresas las tres entre 1569 y 1572 (…) En Los lusíadas tiene amplia cabida el elemento mitológico, de origen virgiliano, pero no es básico ni general. Se trata de un mundo artificioso, y hasta artificial, que se superpone a un relato histórico y veraz, y aunque hay cierta vinculación entre ambos elementos, tienen una vida y un ritmo propios, algo así como los dos mundos que figuran arriba y abajo del Entierro del Señor de Orgaz de El Greco.

»Pero hay algo sumamente capital: la biografía de Camoens, comparada con la de Ronsard, y las maravillosas navegaciones de los portugueses del siglo XVI, comparadas con la desunión y luchas intestinas armadas e ideológicas de la Francia de aquella época. La Francíada es un fracaso por su fundamental falsedad; Los lusíadas y La Araucana, en cambio, son dos aciertos por responder a una realidad histórica y transparentar un espíritu heroico y aventurero totalmente real y situarse en un exotismo en el que vivieron intensamente los poetas que compusieron los dos poemas. No olvidemos que tanto Camoens como Ercilla realizaron unos viajes, y participaron en una luchas y se sumieron en una extraordinarias aventuras que no tan sólo jamás vivió Virgilio, sino que incluso superaron las andanzas y trances por los que pasaron los míticos Ulises y Eneas. Camoens narra en Los lusiadas un viaje histórico, efectuado un siglo antes por hombres de su país, de su raza y de su lengua, por tierras que él visitó y conoció y por las que tuvo que luchar y exponerse a penosas navegaciones, en las que no faltaron tormentas y naufragios.»

viernes, 11 de agosto de 2017

Cayo Julio César, Comentarios de la Guerra Civil


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Martín de Riquer y José María Valverde, en el primer tomo de su clásica Historia de la Literatura Universal, se refieren así a nuestro autor de esta semana: «Cayo Julio César (100-44 a. C.), cuya vida e importancia histórica nadie desconoce, escribió varias obras ―un elogio de Hércules, una tragedia sobre Edipo, un tratado sobre la analogía gramatical, una sarcástica réplica al elogio de Catón de Útica hecho por Cicerón, etc.―, pero sólo han llegado hasta nosotros sus Comentarios a la guerra de las Galias (Comentarii de bello Gallico), y Comentarios a la guerra civil (Comentarii de bello civili). Era costumbre de los políticos generales romanos escribir una especie de apología propia o autodefensa al terminar su gestión y tras haber llevado a cabo acciones importantes; de tales comentarios ―que así se llamaban― los de César son los únicos que se han conservado, sin duda porque en ellos esta especie de informe adquiere un altísimo valor literario. Así pues, de un documento oficial el genio de Julio César ha hecho uno de los mayores primores de la prosa latina.

»No hay duda de que en sus Comentarios César persigue una finalidad política, y de que los escribe pensando en sus partidarios y, más aún, en sus detractores. Hombre habilidísimo, adopta una actitud ante la que tendrán que rendirse los más intransigentes entre estos últimos, o sea una absoluta veracidad, una calculadísima objetividad y una tajante sencillez, a fin de que los hechos no puedan parecer deformados por recursos retóricos. Como hizo antes Jenofonte, habla de sí mismo en tercera persona, lo que da al relato un tono desapasionado que produce la impresión de haber sido escrito por alguno de sus subalternos, y le infunde una serenidad que obra inconscientemente en el lector. Jamás exalta su persona y hace que sea la exposición objetiva de los hechos lo que dé idea de su extraordinaria medida como general y como político, y con la misma sencillez imperturbable narra sucesos insignificantes y deslumbrantes victorias. Todo ello lo consigue César gracias al extraordinario primor de su estilo, verdadero alarde de sencillez, exento de cualquier rebuscamiento de forma, en el que nada sobra ni falta y todo está ordenado en una eficiente perfección que casi se podría denominar estratégica. Cicerón, tan opuesto a César en política y estilo, ya admiró de sus Comentarios la concisión luminosa y sencilla y la gracia, despojada, como de un vestido, de todo adorno oratorio.»

Tradicionalmente se agregan a los tres libros que componen esta obra, los Comentarios de la Guerra de Alejandría, atribuidos a Aulo Hircio, y los Comentarios de la Guerra de África y los Comentarios de la Guerra de España, ambos de autores anónimos.


viernes, 2 de junio de 2017

Aurelio Prudencio Clemente, Peristephanon o Libro de las Coronas

Prudencio en un códice hacia 900

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«Tengo en la actualidad cincuenta y siete años. Se aproxima el fin, y Dios va mostrando a mi ancianidad el día vecino. ¿Qué cosa de provecho he llevado a término en el decurso de un tiempo tan largo? La edad primera la pasé bajo las férulas batientes de los maestros. La mocedad viciosa me enseñó luego a fingir y no pasó inocuamente por mi alma. La insolencia peligrosa y la ostentación provocativa, ¡ay, me avergüenzo y me pesa!, manchó mi juventud con sus inmundicias y su lodo. Luego, los pleitos predispusieron mi alma ya confusa, y la funesta obstinación del triunfo forense me guió en multitud de casos escabrosos. Dos veces goberné ciudades nobles con las riendas de las leyes, e hice justicia, siendo la égida de los buenos y el terror de los malos. Por fin, la liberalidad del príncipe me puso en el escalafón militar, destinándome cerca de sí en un orden próximo a su persona. Mientras la vida me conducía voluntaria por estas vicisitudes, cayó sobre mi cabeza de anciano la canicie, arguyéndome del olvido del viejo cónsul Salia, bajo cuyo consulado nací. Cuántos inviernos hayan pasado y cuántas veces hayan substituido las rosas al hielo de los prados, la nieve de mi cabeza te lo dice.»

Así se presenta a sí mismo, en el Praefatio a sus obras, Aurelio Prudencio Clemente (348-c. 413), natural de Calahorra o de Zaragoza. Martín de Riquer y José María Valverde se refieren así a su Peristephanon o Libro de las Coronas, «colección de himnos dedicados en su mayoría a españoles que habían recibido el martirio. Este libro constituye el monumento más importante de la primitiva poesía latina cristiana y se caracteriza no tan sólo por la belleza de los versos, a veces ampulosos y preciosistas, siempre fervorosos y apasionados, sino también por el hecho de aceptar tradiciones populares que se habían formado en torno de los mártires. Es de suma importancia reparar en este aspecto, insólito en las letras latinas, donde es raro que un poeta culto, extraordinariamente cuidadoso de la forma y sabio en la versificación, deje entrar elementos tradicionales.»

Para valorar el Peristephanon se debe tener en cuenta este múltiple carácter ―literario, religioso, ritual, didáctico...―, y que proporciona más bien información sobre los valores, actitudes y formas de comportamiento en la compleja sociedad tardorromana, en pleno proceso de cambio, que información fidedigna sobre los procesos a los mártires que nos narra. Así, por ejemplo, en una obra reciente (Por el ojo de una aguja. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente), Peter Brown ejemplifica con un conocido pasaje de la obra que nos ocupa los cambios de valoración de la riqueza y de la pobreza que se afirman en esta época. Y es lógica su utilidad en este sentido, dado el propósito tácito de Prudencio, que hace tiempo resumió así el profesor John Matthews: sus himnos presentan «no otra cosa que una alternativa cristiana al patriotismo cívico del Imperio pagano.» (cit. Por Javier Arce en su Bárbaros y romanos en Hispania).

De otro códice del siglo X con las obras de Prudencio.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Hesíodo, Teogonía. Los trabajos y los días

Antes Séneca, ahora Hesíodo...
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En su Historia de la literatura universal, Martín de Riquer y José María Valverde escriben: «Hacia el año 700 a. de J. C. floreció en Beocia el poeta Hesíodo, cuya personalidad, sobre la cual no caben dudas, podemos imaginarnos con detalles concretos, en oposición a la vaguedad que envuelve la figura de Homero. Aunque también la leyenda se apoderó de Hesíodo (…) sus obras revelan constantemente la presencia y la intención personal de un autor y sabemos por ellas que el poeta pertenecía a una familia de ricos agricultores, que él mismo cultivó la tierra y que por la posesión de la heredad sostuvo pleitos con un hermano suyo, en los que no siempre resplandeció la justicia. Nos encontramos, pues, frente a un campesino que domina el difícil arte de la poesía en hexámetros, conocedor de mitos y de leyes, y que ha experimentado la injusticia y la ingratitud, lo que halla eco en el pesimismo de su obra. De las leyendas objetivas de Homero, cantor de un mundo heroico y aristocrático, pasamos a la poesía de un campesino que habla en nombre propio y de una experiencia personal, e interpreta el pensamiento de una clase, profundamente religiosa, que sufre con frecuencia el rigor de la injusticia.

»La Teogonía o Genealogía de los dioses (Θεογονία) es un poema de más de mil versos en el que Hesíodo intenta dar una sistematización racional de los principales mitos del pueblo griego, desde las sombras del caos hasta la lucha de los titanes y la victoria de Zeus (Júpiter). La personalidad del poeta se advierte en su esfuerzo de síntesis al conciliar, a veces con poca habilidad, distintas leyendas sobre los mismos temas, y al recoger la tradición mitológica que se funde en las obras homéricas y los datos que podían proporcionarle poemas cosmogónicos anteriores, hoy perdidos. La nota más destacada de la Teogonía es el pesimismo que revela respecto a la condición humana al señalar la voluntad de los dioses como justificación de ciertas miserias de los hombres. (...)

»El pleito con su hermano por la heredad paterna y la corrupción de los jueces que lo fallaron constituyeron el motivo de otro poema de Hesíodo, Los trabajos y los días (Ἔργα καὶ ἡμέραι), conjunto de máximas morales y preceptos que giran en torno a la exaltación del trabajo y de la justicia. De ahí que la obra se extienda, en su segunda parte, en una serie de consejos sobre la economía familiar y las labores del campo, de acuerdo con las estaciones del año, y en una especie de calendario del agricultor. Desaparece la objetividad de la epopeya cuando, partiendo de un acontecimiento real de la vida del poeta, unas verdades de carácter moral y práctico se ordenan en la constitución de un poema que, siempre en actitud profundamente religiosa, desarrolla una especie de filosofía de los ambientes campesinos. La lucha de los héroes de Homero, guerreros o aventureros, se transforma en la lucha cotidiana del labrador con la tierra, en la gesta del campesino que pertenece a una sociedad que necesita del trabajo para vivir. El campo griego es todavía independiente de la Ciudad y Hesíodo se convierte en su educador y mentor moral. El pesimismo del poeta busca su razón de ser en el mito: Prometeo quiso sustraer a los hombres a la voluntad de Zeus (Júpiter); Pandora derramó toda suerte de dolores por el mundo, y de ahí las penas y los trabajos de la vida humana y la necesidad del trabajo. La justicia, por otra parte, se ve constantemente ofendida por la rapacidad de los poderosos, que es patrimonio de las bestias, al paso que la equidad es propia de los hombres.»


William Blake, Hécate (1795)

viernes, 13 de marzo de 2015

Sagrada Biblia

Papiro Rylands 52 (c. 125)
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Martín de Riquer y José María Valverde la caracterizaban así en el primer tomo de su conocida Historia de la Literatura Universal: «El Antiguo Testamento, primera parte del conjunto de libros sagrados que el Cristianismo denomina con el nombre griego de Biblia, constituye la más impresionante obra literaria del pueblo hebreo, que lo llama Torá (ley), Nebim (profetas) y Ketubim (escritos) (…)

»El hecho de constituir la verdad revelada y proceder de inspiración divina en el sentir de la inmensa mayoría de la humanidad civilizada hace que los libros del Antiguo Testamento, a pesar de haber sido escritos en épocas remotísimas, se hallen muy inmediatos a nosotros, nos sean familiares desde la infancia y podamos acercarnos a sus páginas sin necesidad de un esfuerzo especial. Esta singularísima circunstancia, no igualada jamás por ningún otro género de literatura, se da, sin soluciones de continuidad, a lo largo de la Edad Media y perdura hasta nuestros días. No es preciso haber leído ni una sola página del Antiguo Testamento, ni siquiera es necesario pertenecer confesionalmente al cristianismo ni al judaísmo para hallarse en aquella actitud de proximidad y familiaridad con estos textos en hebreo hace varios miles de años; basta estar vinculado al mundo civilizado para llevar dentro de sí su espíritu y su legado. Por otro lado, toda la literatura de occidente, desde los albores de los tiempos medios, gracias al Cristianismo, se halla más o menos compenetrada con el espíritu del Antiguo Testamento, el cual tiene, en la historia de la literatura, un papel similar al de la grecolatina clásica (…)

»Junto con Grecia, Israel es el único pueblo de la antigüedad que cultiva la historia en su sentido propio, tal como nosotros la entendemos, y sin limitarse a la simple enumeración de hechos y de cronologías o al relato de la fábula cosmológica y mitológica, como es frecuente en otras culturas. Los libros históricos del Antiguo Testamento narran los sucesos con detalle, dramatizan con su estilo claro y directo los acontecimientos, desarrollan las peripecias y engarzan el relato del pasado presentando como protagonista al pueblo de Israel. Lo esencial de la historiografía hebrea es su carácter providencialista, debido a lo cual los sucesos humanos están siempre referidos a la ordenación de Dios, como corresponde al espíritu religioso y moral de los autores de estos libros.»

Por su parte, Luis Suárez resume así el planteamiento históriográfico que subyace en la Biblia, cosmovisión que en buena medida pasará al Cristianismo:

«Las más importantes ideas que concurren a moldear el sentido de la Historia en nuestra cultura proceden de la Biblia. Pero la interpretación judía de la Historia —señala Yeherzkel Kaufmann— ha tardado muchos siglos en constituirse y, durante ellos, estuvo sometida a influencias caldeas y egipcias que la afectaron en su forma externa, aunque no en la conciencia central de que Dios es voluntad absoluta y libre (…) Lo que nos queda de la abundante literatura hebrea es en gran parte un libro de Historia, la Biblia. No es nada extraño porque la religión de Israel, lo mismo que el Cristianismo, es por esencia histórica y hace referencia a hechos perfectamente establecidos en espacio y tiempo. La fórmula de la ofrenda del Deuteronomio —«un arameo errante fue mi padre y bajó a Egipto»—, lo mismo que el Credo cristiano —«padeció bajo el poder de Poncio Pilato»—, muestran el esfuerzo de precisión histórica. Más aún, puede decirse que toda la doctrina religiosa judaica se basa en una interpretación histórica de la trayectoria de la Humanidad en espera de un futuro cumplimiento. Humanidad única, pues procede de una sola pareja, Adán y Eva. Humanidad histórica que, en un tiempo, fue sacada de Egipto para ser llevada a la tierra de promisión. Humanidad sobre todo volcada a la Salvación cuando, en el futuro, sea instalado el reino de Dios en la tierra y desaparezca de ella la idolatría.

»Hacia el año 760 a. de J. C, Amós de Tekoa —o quien haya sido el autor que redactó bajo este nombre— pudo elaborar, con los materiales dispersos anteriores, una primera interpretación general de la Historia del mundo, asentándola sobre una dinámica moral, las relaciones entre Dios y los hombres. El gran pecado es la idolatría, que Dios castiga tanto en los hebreos como en los otros. La Historia obedece a un plan de Dios, quien ensalza y destruye a los pueblos de acuerdo con este plan, que es, a un propio tiempo, manifestación de su gloria y promesa de salvación para los mortales. De la primitiva Humanidad prevaricadora, Dios ha escogido un solo pueblo, manifestándose en su poder y su gloria al sacarlo de Egipto y darle las Tablas de la Ley; pero el pueblo será castigado por su infidelidad. Lo que Amós anuncia es el destierro, que no tarda en cumplirse. Cuando Ezequiel escriba, consumado el cautiverio de Babilonia, una nueva esperanza le anima: el advenimiento de un Mesías que habrá de cambiar las espadas por arados.

»El cautiverio de Babilonia y los tiempos que inmediatamente le precedieron —Isaías, Oseas, Joel, Jeremías— tienen gran importancia en la elaboración de este esquema bíblico de la Historia de Salvación. Entonces se establecieron los principales datos. Fue fijada cronológicamente la Creación del hombre —el año 3760 a. de J. C.— y perfilada la esperanza en el próximo advenimiento del Mesías. La lucha entre el hombre y Dios, esencia dramática de la Historia, se define como alternativas en el apartamiento y la obediencia. La Humanidad es única; si una gran parte de ella se ha apartado de Dios, tiempo vendrá en que toda ella se vuelva a Iahvé. Dios es el motor de la Historia que usa a los pueblos de acuerdo con sus fines para cumplir este proceso único de salvación final de la Humanidad.

»Con Daniel llega a su cima esta interpretación histórica sobre la que se basaron los historiadores cristianos de la Edad Media. Punto de partida, la Caída de Hombre; con su expulsión del paraíso comienza la Historia. Prevarica la Humanidad y Dios la destruye por medio del Diluvio, no sin salvar antes una parte de la misma a través de Noé, pues de su descendiente Abraham saldrá el pueblo, los hijos de Israel, mediante cual desea manifestarse. Moisés es sacado de Egipto y llevado a la Tierra de Promisión. Las prevaricaciones del pueblo son castigadas, y el Cautiverio de Babilonia es el principal castigo. Pero todo son caminos para el cumplimiento del plan de Dios. También los cuatro Imperios paganos que han de sucederse, asirio, babilónico, persa y el futuro, que aún ha de transcurrir antes de que se establezca el reino de Dios.

»La oposición entre este esquema histórico y la interpretación dada por los griegos no puede ser más radical. Historia única en lugar de ciclos sin sentido. Una voluntad omnisciente y exterior a la Historia es quien la mueve de acuerdo con un plan. Este plan incluye un progreso, no material, sino espiritual, y es superior a la Naturaleza. La Historia profana se subordina a esta única Historia sagrada.» (Luis Suárez, Grandes interpretaciones de la Historia)

San Mateo, Evangelios de la Coronación, fol. 15v (790-810)


Tomo I: Antiguo Testamento: libros históricos.

Tomo II: Antiguo Testamento: libros poéticos, sapienciales y proféticos.

Tomo III: Nuevo Testamento.

lunes, 2 de marzo de 2015

Cayo Salustio Crispo, La conjuración de Catilina

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Martín de Riquer y José María Valverde, en su Historia de la literatura universal, tomo I, analizan así a nuestro autor: «Militante en el partido de César, el historiador Cayo Salustio Crispo (86-35 a. de C.) … fue hombre poco afortunado en el desempeño de cargos políticos y militares, administrador deshonesto y se enriqueció sin escrúpulos. En sus escritos, en cambio, hace gala de una rígida austeridad moralizadora, pinta con negros colores la inmoralidad de la época y se recrea en hacer resaltar los vicios de la aristocracia, por la que siente una franca animadversión tanto por sus ideas políticas como por su origen plebeyo. Retirado de la vida pública, y gozando de las riquezas que acaparó en el ejercicio de aquella, Salustio escribe dos impresionantes monografías sobre hechos históricos que vivió de cerca: La conjuración de Catilina (De coniuratione Catilinae) y La guerra de Yugurta (Bellum Iugurtinum). En la primera, con un vigoroso arte de escritor, pinta la corrupción de Catilina y la desmoralización de la aristocracia, y hace derivar tristes hechos históricos de aquellas causas morales (…) Salustio es un historiador que da un fuerte dramatismo a sus relatos, que escudriña psicológicamente a los personajes que describe, que insiste con apasionado calor en sucesos de los que puede extraer consecuencias que le interesan y que siguiendo el estilo de Tucídides, historiador al que manifiestamente imita, intercala en el relatos parlamentos inventados ―pero que reflejan una verdad histórica― en los cuales su prosa adquiere una vivacidad sorprendente. Ora sentencioso, ora poético, abrupto y enérgico, Salustio es un escritor personalísimo, con su bilis, sus prejuicios y su peculiarísimo temperamento, que tan diáfanamente se transparenta en su robusta prosa.»

Pero precisamente uno de los aspectos más interesantes (y que la hace muy actual) sea el carácter propagandístico y político de esta obra. Ya lo había expresado el gran Theodor Mommsen, que en su monumental Historia de Roma, se refirió así a nuestro autor: «Me refiero al Catilina de Salustio, escrito por un cesariano de profesión, y publicado en el año 708, ya durante la regencia de César, ya durante el triunvirato de sus hombres. Este libro es toda una defensa política. En él, el autor habla al honor del partido democrático, que era ya el fundamento de la monarquía romana. Se empeña en lavar la memoria de César de una mancha negra y en mostrar blanco como la nieve al tío del triunviro Marco Antonio, lo mismo que en Yugurta Salustio había querido presentar a las claras las miserias del régimen oligárquico y celebrar a Cayo Mario, el corifeo de la democracia. Del hecho de que como escritor hábil supiese disimular sus tendencias apologéticas o acusadoras, no se sigue en manera alguna que sus libros, por más que sean admirables, dejen de tener cierto espíritu de partido.» Y ello será patente cuando analice y reconstruya los acontecimientos de un modo muy diverso al de Salustio...


John Leech, ilustración para The Comic History of Rome de Gilbert Abbott A'Beckett, 1850

lunes, 18 de agosto de 2014

Godofredo de Monmouth, Historia de los reyes de Britania

Retrato imaginario en Tintern, Gales
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Godofredo de Monmouth fue un monje de origen britano de mediados del siglo XII que vivió largo tiempo en Oxford ocupado en tareas docentes (en una época anterior a la fundación de la célebre universidad), que fue ordenado obispo (aunque posiblemente no llegó a ocupar su sede galesa), y que redactó en latín su Historia regum Britanniae, una de las falsificaciones históricas que alcanzaría mayor éxito en una época (¿en cuál no?) en la que abundan considerablemente.

Se propuso un objetivo muy ambicioso, historiar el curso vital de Britania ab initio, desde su primer poblamiento a cargo de Bruto, descendiente del troyano Eneas y emparentado por tanto con los futuros romanos. Tras numerosas aventuras aquel se establecerá en la deshabitada (con la excepción de los gigantes) Albión, a la que dará su nombre. Sus hijos serán el origen de britanos, escotos y galeses. La historia proseguirá con reinados tan sugestivos como el de Lear y sus conflictivas hijas y yernos, la ocupación de Roma por el naturalmente britano Brenio, la posterior conquista romana a cargo de Julio César... Pero la debilidad posterior de los romanos provoca la indefensión de los britanos. Para acabar con esta situación surgirán los grandes y heroicos reyes Aurelio Ambrosio, Úter Pendragón, y sobre todo el poderoso Arturo, modelado a semejanza de Carlomagno. Sus heroicas acciones ocuparán una cuarta parte de la obra.

Pero también aparecen antagonistas como Vortegirn, que por intereses torcidos abre las puertas a los sajones, la gran calamidad de Britania (en opinión del autor, claro). La figura providencial del mago Merlín, medio hijo de un genio o espíritu, profetizará el decurso posterior de la historia: tras una época de gran esplendor en la que Britania con su rey Arturo dominará sobre todo el mundo conocido y derrotará al viejo imperio romano, Britania caerá pero para volver a levantarse siglos después. A partir de los escuetos datos de la Crónica anglosajona y otras escasas obras, completados con viejas tradiciones folklóricas célticas, y aliñados con los más variados recuelos de las viejas historias grecorromanas, Godofredo de Monmouth ha construido una apasionante (aunque falsa) historia, de la que sus paisanos bretones y normandos podrán extraer razones y justificaciones para su presente: orgullo patrio por su mítico pasado en el caso de los primeros, y satisfacción por la valiosa conquista que han concluido recientemente los segundos.

Martín de Riquer y José María Valverde en su conocida Historia de la literatura universal, concluyen: «Hombre de fértil imaginación y hábil en la simulación histórica, Godofredo quiso dotar al pasado de su patria de una historia llena de maravillas que interesara a los conquistadores normandos que acababan de ocupar el país y que realzara la importancia de los bretones. Sus extensos conocimientos en literatura latina le ayudaron en la creación de esta fabulosa historia, de la que son fuentes la Eneida, la Farsalia, la Tebaida, las Metamorfosis y otras obras de Ovidio, la Biblia, cantares de gesta franceses, los libros romances sobre Alejandro, etc. Godofredo de Monmouth es un historiador mentiroso, pero si hubiera sido veraz pocos se acordarían de él. Sus mentiras y sus patrañas constituyen una importante obra de imaginación y la cantera de donde surgirán los primeros temas novelescos de la literatura caballeresca. (…)

»Es importante hacer notar que sus contemporáneos no se dieron cuenta de las supercherías de Godofredo de Monmouth y otorgaron fe a su historia, cuyo culto latín parecía una demostración de gravedad. En los orígenes de la novela románica el género será presentado al público como historia, no como invención, y se creerá ciegamente que personajes como Perceval o Lancelot existieron realmente en un pasado bretón lejano del mismo modo que Alejandro y César en el grecolatino.»


Otras historias míticas: Hal Foster y su Príncipe Valiente