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miércoles, 11 de febrero de 2026

Francisco Javier Simonet, La mujer arábigo-hispana y otros estudios andalusíes

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Naturalmente, no existe la historia imparcial. Todo indagador honesto en el pasado, ya se centre en acontecimientos o personas o ideas o sociedades o economías o culturas, busca respuestas a las preguntas que se hace para comprenderlo. Y siempre es consciente de que esas respuestas son parciales y provisionales, y de que en mayor o menor grado derivan de sus propios planteamientos previos: la respuesta depende de la pregunta. Y eso conduce al historiócalo a avanzar un poco a tientas, y a dudar de sí mismo y de sus certezas. Por eso son tan múltiples las interpretaciones de la historia, y tantas de ellas válidas y enriquecedoras, por más contradictorias que sean entre sí. Y es que no existe, en tantas dimensiones de la vida, el conocimiento absoluto de la realidad. Por lo menos en este mundo.

Por tanto, no existe una interpretación canónica sobre cualquier fenómeno histórico, sean las guerras púnicas o el franquismo. Esa pretensión podemos cedérsela al historiócaco que considera la historia como una mera herramienta para «ganar el relato», es decir, para lograr un beneficio que en resumidas cuentas es propio, personal. Es el terreno abonado de la propaganda, la agit-prop de toda la vida, la memoria histórica o democrática: todo se resume en decirle a la gente lo que debe creer, y obligarle a creerlo. Sobran los interrogantes, sobra el acercamiento titubeante al pasado, sobra el mismo pasado. El pasado se crea en función de los intereses del presente.

En los grandes historiadores (y también en los pequeños, claro) es patente, sobre todo con el paso de los años, lo que deben a sus planteamientos ideológicos, a sus presupuestos antropológicos: interpretan la historia como interpretan el mundo en que viven. Pero esto no quita nada de valor a su obra; al contrario, se compartan o no, nos permite observar las cosas desde otro punto de vista, lo cual resulta enriquecedor. No se trata de creerse lo que dicen, sino de prestarles atención, comprenderlos y reflexionar. No importa si sus planteamientos son marxistas, nacionalistas, liberales o tradicionalistas. Se trata de distinguir, separar y aprovechar.

Un buen ejemplo de lo anterior es Francisco Javier Simonet (1829-1897), ilustre arabista del que ya comunicamos en su día su Historia de los mozárabes de España. Pues bien, en esta nueva entrega se han reunido una serie de memorias, discursos y artículos de fechas comprendidas entre 1860 y 1895: La mujer arábigo-hispana, El Siglo de Oro de la literatura arábigo-española, Influencia del elemento indígena en la cultura de los Moros de Granada, Biografía de Omar Ebn Hafsun, Caída del reino visigodo y conquista de España por los sarracenos, y por último el Prólogo que redacta para la traducción española de La Croix et le Croissant de Godefroid Kurth, incluida en la anterior entrega de Clásicos de Historia.

Simonet lleva a cabo un exhaustivo estudio de las fuentes existentes, publica numerosas de ellas, y naturalmente las interpreta, sin ocultarlo, desde sus planteamientos tradicionalistas y nacionalistas. Esto le lleva progresivamente a subrayar (y privilegiar) el factor indígena e hispánico de muladíes y mozárabes en la cultura y realizaciones de la España musulmana, que superaría ampliamente a la influencia árabe y norteafricana. Como todo escrito interesante sobre el pasado, esta tesis no sólo es discutible, sino que es un acicate para una fructífera discusión, y Simonet no la rehúye: en sus obras son incontables las referencias elogiosas al gran arabista holandés Reinhart Dozy, por más que rechace buena parte de sus tesis.

No ocurre lo mismo con las obras de propaganda ideológica o política, o de mero propósito crematístico, pero revestidas de aparato (o revestimiento) historiográfico. Un ejemplo de ello sería Ignacio Olagüe (1903-1974), que dio una curiosa vuelta de tuerca a la tesis de Simonet en su Les Arabes n’ont jamais envahi l’Espagne, título con el que se publicó en 1969 lo que después se llamaría La Revolución Islámica en Occidente. Como nacionalista español (había militado en las JONS) Olagüe hispaniza totalmente Al-Ándalus: no habría sido invadido en ningún momento, sino que los antitrinitarios arrianos españoles se transmutaron ellos mismos en musulmanes. Mientras que el valor de esta obra para la mejor comprensión de la España musulmana es nulo, puede resultar de interés observar el contraste entre el autor (que afirma que Al-Ándalus no debe nada a árabes y norteafricanos) y los actuales defensores y promotores de dicha obra (que defienden la pertenencia de España a Dar al-Islam).

La Alhambra, por supuesto.

viernes, 15 de julio de 2016

Juan de Gorze, Embajada del emperador de Alemania Otón I al califa de Córdoba Abderrahmán III

Otón I
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Francisco Javier Simonet, en su Historia de los mozárabes de España, nos enmarca el asunto de la obra que presentamos de este modo: «Por este tiempo Abderrahman III andaba en negociaciones con el emperador de Alemania, Otón I, con motivo, según parece, de los destrozos causados por los moros españoles que, anidados en Fraxinetum, sobre el golfo de Saint-Tropez, infestaban los dominios de aquel monarca, sobre todo por la parte de Italia. A consecuencia de sus reclamaciones, Abderrahman envió en 950 a Otón una embajada, a cuya cabeza iba cierto obispo mozárabe, cuyo nombre y sede ignoramos. Sólo sabemos haber muerto en la corte de Alemania durante su misión, que se dilató demasiado, porque las letras del Sultán a Otón estaban escritas en un estilo musulmán que pareció injurioso a nuestra santa religión [No es verosímil que un obispo mozárabe se pusiera a presidir una embajada portadora de semejante misiva, y es de creer que en la corte de Alemania no la interpretaron rectamente, nota de Simonet], y fueron tan mal recibidas, que los embajadores cordobeses quedaron retenidos como prisioneros por espacio de tres años. Al cabo de este tiempo, Otón resolvió enviar a Córdoba una embajada, y con ella una respuesta merecida a la carta del sultán, rechazando sobre la secta de Mahoma las ofensas inferidas en aquélla contra la religión cristiana. Esta carta fue escrita por Bruno, hermano de Otón, sabio arzobispo de Colonia, y su portador fue un monje del convento de Gorze, en la Lorena, llamado Juan, varón que fue posteriormente beatificado e incapaz de intimidarse por lo largo y peligroso del viaje ni por las iras del sultán.»

Fernando Valdés Fernández, en su De embajadas y regalos entre califas y emperadores, nos informa así (AWRAQ n.º 7. 2013): «El texto al que me refiero aquí se conserva en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de Francia y fue publicado en español por Antonio Paz y Meliá. Su autor fue Juan, abad de San Arnoldo, que había sido fraile en Gorze, monasterio cercanos a Metz (Francia), de donde, a su vez, había sido abad Juan de Gorze. La obra, donde se recogía la biografía del personaje y su embajada a Córdoba, había comenzado a escribirse cuando aún vivía, lo que se deduce del análisis del texto, por su dictado o por el de su compañero de embajada, Garamano. Al fallecer aquél, los abades de los monasterios próximos pidieron a Juan de San Arnoldo que finalizase la biografía, que forzosamente debió estar acabada en 984, al desaparecer este personaje. El manuscrito quedó inacabado, precisamente en la narración de la embajada que nos ocupa. Juan de Gorze debió de nacer hacia el 900, miembro de una familia rica. Durante su formación había viajado a Italia y, en 934, se estableció con otros compañeros en el abandonado monasterio de Gorze. Se creó allí una pequeña comunidad, cuya intención era reformar la vida monástica en aquella región. Juan se encargó de las relaciones exteriores del monasterio. Su labor parece haber sido decisiva en la restauración y administración del cenobio y de la comunidad.»

Además de la información sobre las relaciones internacionales del siglo X, el breve texto sobre la embajada que se nos ha conservado (falta el desenlace) resulta de gran interés al mostrarnos, a través de los recuerdos, si no perspicaces sí fidedignos, de Juan de Gorze, los distintos ámbitos culturales e ideológicos sajón o andalusí por un lado, y centroeuropeo o mozárabe por otro, y la difícil comunicación entre ellos. Ya Simonet supo percibir, hace más de un siglo, la incomprensión mutua, la difícil comunicación entre sistemas referenciales diversos. Editamos el original latino y la traducción de A. Paz y Meliá (1872).


Dionisio Baixeiras, Embajada de Juan de Gorze a Abderramán-III (1885)

domingo, 13 de julio de 2014

Francisco Javier Simonet, Historia de los mozárabes de España

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En 1897, próximo ya a la muerte, el catedrático de lengua árabe de la Universidad de Granada Francisco Javier Simonet (1829-1897) comienza a revisar las pruebas de imprenta de su gran obra Historia de los mozárabes de España. Un poco tarde: la obra había permanecido inédita desde que fue premiada por la Academia de la Historia treinta años antes, cuando el primer régimen liberal español se descompone a marchas forzadas en vísperas de la Gloriosa Revolución. En cualquier caso, será el joven Manuel Gómez-Moreno el que concluya la revisión de la edición definitiva de la obra, muy ampliada y corregida.

La historia medieval hispánica de cualquier época se había centrado en el acontecer de los reinos cristianos peninsulares, considerados como espejos de las auténticas esencias hispánicas, y continuadores de romanos y visigodos. Sin embargo, el desarrollo del arabismo desde el siglo XVIII (con la llegada de Miguel Casiri) y especialmente en el XIX (Pascual de Gayangos, Emilio Lafuente...) propicia un conocimiento más profundo de Al-Ándalus a través de los númerosos códices hispano-árabigos conservados. Pues bien, Simonet se centrará en el estudio de los cristianos sometidos de las sociedades andalusíes, recopilando y analizando de forma exhaustiva todas las fuentes arábigas y latinas a las que tiene acceso. Crea, por tanto, la obra de referencia básica sobre el tema, que todavía hoy se sigue utilizando y citando.

Aunque también criticando. Simonet es hijo de su época, y considera a los mozárabes como propia y auténticamente españoles, al igual que los conversos al Islam (que sin embargo, desde su punto de vista, traicionan su nacionalidad). En cambio los descendientes de los conquistadores árabes, yemeníes o sirios, y bereberes norteafricanos son vistos como básicamente extranjeros. Es evidente que nos encontramos en una época en la que la percepción nacional basada en la raza y la religión está en la base de muchas ciencias y creencias...

Consagrará definitivamente, además, el término mozárabe, de origen árabe pero usado por los escritores hispano-latinos («jamás hemos logrado hallarlo en ningún escritor hispano-muslímico», señala), y cuyo uso se documenta sobre todo en el Toledo posterior a la conquista de Alfonso VI. Simonet lo convierte en una categoría general y muy amplia, y lo aplica a objetos muy variados: las poblaciones cristianas sometidas (con diversidad de orígenes), sus descendientes en los reinos cristianos, y sus realizaciones culturales de todo tipo: arquitectura, literatura, arte, rituales, música... Autores posteriores analizarán la utilidad de este término, y lo matizarán considerablemente.

Representante eximio de los historiadores decimonónicos, Simonet y su Historia de los mozárabes de España no escapa a los enfrentamientos ideológicos de su siglo. Como ya hemos visto, no elude su alineamiento con los defensores de la España tradicional cristiana, tanto en la edad media como en su contemporaneidad. Y sus pronunciamientos en este sentido son constantes en numerosos capítulos. A pesar de ello, no omite su admiración, reconocimiento y amistad con historiadores situados en posturas contrarias, como el gran arabista holandés Reinhart Dozy, profusamente citado y encomiado a lo largo de toda la obra. Y ello no le impide discrepar tajantemente cuando lo considera oportuno, como en la exhaustiva crítica que realiza en 1879 de la traducción española de su obra cumbre, la Histoire des Musulmans d’Espagne (a cargo del krausista Federico de Castro).



Epitafio mozárabe de Ciprianus (Granada)