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sábado, 20 de junio de 2015

Jerónimo Borao, Historia del alzamiento de Zaragoza en 1854

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«D. Jerónimo Borao, conocido desde sus primeros años como poeta, y mucho más adelante como hombre político, había ganado la cátedra de literatura de la Universidad mediante oposición sufrida en Madrid; había sido infatigable campeón de las ideas liberales, ya en el Espectador ya en los periódicos de Zaragoza, cuando había peligro en proclamarlas; había soportado toda clase de persecuciones políticas, en 1844 con motivo del alzamiento de Zurbano, en 1848 con ocasión de los acontecimientos de París y Madrid, en 1854 con el pretexto de los sucesos del 20 de Febrero. Su energía y dignidad se habían revelado en todos los actos de su vida, cuando, rebajando el justo prestigio de la Universidad de Zaragoza, se consiguió hacerla vulgar instrumento de las miras de un gobierno aborrecido, obligando a sus profesores a que firmaran la oferta de vidas y haciendas, él se levantó a a sostener los derechos y la independencia del cuerpo y se negó a suscribir aquel documento que a todas luces debió ser rechazado; cuando el Gobernador Roda quiso obligarle a que votara por el candidato ministerial, le contestó rotundamente con una inesperada negativa; cuando en 1849 se le confió el discurso inaugural de la Universidad, alzó su voz luchando contra el espíritu de la política dominante, y aun pudiéramos decir contra el de aquella corporación, en defensa de la libertad a quien probó que se debían las grandes épocas literarias; cuando los señores Olózaga y Escosura vinieron como candidatos a la diputación por Zaragoza, él, no obstante la presión que el gobierno ejercía y a pesar de la ya dura enemiga que se había suscitado, no omitió medio alguno para coadyuvar al triunfo que después en un banquete patriótico celebró con entusiasmo por medio de unos versos a la Libertad

Así escribe de sí mismo, en tercera persona, nuestro ya conocido autor de La imprenta en Zaragoza, al relacionar el levantamiento progresista de 1854, en el que ha tenido una participación destacada. Es una obra hija del momento, con el que que quiere dejar constancia de los acontecimientos recién sucedidos. El tono general es de una parcialidad manifiesta y consciente, de acuerdo con las características de este género literario de carácter político (que no ideológico). Su talante esparterista brilla dominante y excluyente: por un lado, «reyes fanáticos», «el clero astuto» y «el poder (que) nos ha dado Estatutos, Constituciones de 1845, golpes de Estado»; y por otro, «el pueblo (que) se ha tomado la Constitución de 1837 y la que va a producir en estos momentos la asamblea constituyente». En resumen, una historia de buenos y malos. La simpleza de este planteamiento maniqueo, carente de un análisis ideológico mínimamente riguroso, contrasta más si lo comparamos con la obra que su estricto contemporáneo Francisco Pi y Margall publica al mismo tiempo: La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales. En la presentación de esta obra señalábamos que podía ser considerada el primer intento serio de dotar al liberalismo radical español de una fundamentación filosófica y científica.

De todos modos esta obra de Jerónimo Borao posee en sí misma considerable interés. La narración de los acontecimientos nos muestra la visión, de sí misma y de sus acciones, de la Junta revolucionaria de Zaragoza durante el verano del 54, en el breve periodo en que su influencia se extiende por buena parte del territorio nacional. En dicha narración, y en parte gracia a las mismas limitaciones a que hemos hecho referencia, resalta el esfuerzo de crear un recuerdo, una interpretación canónica (¿una memoria histórica?) que reivindique el carácter determinante que Zaragoza habría tenido en la revolución, con el fracasado pronunciamiento de febrero y el triunfante levantamiento de julio. Por otra parte, el extenso apéndice documental, con más de sesenta documentos, añade interés historiográfico a la obra.


Zaragoza, Puerta del Duque de la Victoria

sábado, 30 de mayo de 2015

Jerónimo Borao, La imprenta en Zaragoza

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La obra que presentamos ejemplifica el renovado interés por la historia local propiciado por la generalización de los planteamientos románticos, liberales (o antiliberales) y nacionalistas del siglo XIX. La modernización de las sociedades occidentales y sus cambios acelerados (profundos o superficiales, pero siempre patentes) se compensa en muchos casos por una búsqueda de las raíces propias en un pasado, si bien imaginado en gran medida, lo suficiente consistente como para dar firmeza a una sociedad que parece diluirse en constantes transformaciones, y para que ésta mantenga una personalidad diferenciada en un mundo cada vez más homogéneo e intercambiable. Regionalismos y nacionalismos (indiferenciados, u opuestos, o en una suave transición de unos a otros) son el generalizado resultado de todo ello.

Jerónimo Borao (1821-1878) constituye un excelente aunque modesto ejemplo de esta época. Publicista, catedrático de Literatura, político esparterista, rector de la Universidad de Zaragoza (naturalmente en los períodos de predominio de su partido), posiblemente deba ser considerado ante todo un característico prócer local, una de las fuerzas vivas que articulan la vida provinciana. En contacto con los círculos intelectuales y políticos de Madrid y Barcelona, mantendrá una estrecha relación con personajes claves de la época, como Víctor Balaguer. Su obra es reducida pero variada: varios dramas de temática histórica y aragonesa, la interesante Historia del alzamiento de Zaragoza en 1854, la Historia de la Universidad de Zaragoza, La imprenta en Zaragoza, El ajedrez. Tratado de sus principios fundamentales, y sobre todo su Diccionario de voces aragonesas, quizás la que ha gozado de mayor repercusión.

En un reciente estudio biográfico* sobre este autor, José Eugenio Borao Mateo analiza así la obra que presentamos: «Otro de los temas que le mantuvo interesado fue la relación entre la tipografía, la cultura y la política desde un punto de vista histórico, lo cual concluyó en 1860 con la edición de su Historia de la imprenta en Zaragoza. En realidad las “especulaciones”, como él mismo dice, tienen lugar en el capítulo primero de dicha obra, evocando con añoranza romántica un pasado que ve necesario recuperar: Aunque más de una vez nos hemos lamentado del abatimiento literario que pesa sobre la capital de Aragón en pleno siglo XIX, nos es forzoso repetir ahora de nuevo la amargura que nos causa esa atonía inexplicable, habiendo de remontarnos muy pronto á sus épocas de prosperidad, que son las que nos ofrecen más patente aquel contraste. Zaragoza, que tan brillante papel desempeña en la historia de los pueblos tipográficos, hoy no tiene más imprentas, teniendo muchas, que para ocurrir a las necesidades burocráticas é industriales crecientes cada día.

»Pero ese primer capítulo ofrece algo más, pues hace un breve recorrido por lo que ha sido la cultura en Zaragoza en los últimos treinta años. Habla de su lucha personal por el fortalecimiento de las letras, repasando sus principales contribuciones, pero en la otra balanza coloca, en tono de fracaso, la muerte del Liceo, la ausencia de un cronista oficial, la ausencia o apatía de un público interesado que impulsara la iniciativa y creatividad cultural y literaria. Más interesante es la explicación que da de dicha “parálisis literaria”. En primer lugar, la dirección científica que han ido tomando los estudios con su correspondiente énfasis en los intereses materiales. Borao no reniega de ellos, pero reclama la misma protección para las letras. En segundo lugar, el protagonismo de la política, que anula los “perpetuos goces de la belleza literaria”. Y aunque Borao no reniega tampoco del “predominio de la controversia política y del ejercicio de la vida pública”, señala un elemento diferenciador en el caso de Aragón, aunque no explique la razón de ello: Sucede por el contrario que el movimiento, y aún no sabemos si decir la agitación, de los intereses políticos saca á la superficie de la sociedad todas las fuerzas activas de los pueblos y ha producido de hecho en las naciones antiguas y modernas una alta temperatura en el barómetro literario, habiendo esto sucedido en la misma nacion española, pero no por desgracia en Zaragoza (p. 5).

»Aún da una tercera explicación del declive, que según él no es solo provincial, sino de toda la Península, y es “el monopolio privativo y prohibitivo que con una tiranía, verdaderamente sistemática ejerce de suyo la corte”. Pasa a dar ejemplo de ello, y no sin resquemor cita una recién aparecida Antología española, de Carlos Ochoa, publicada en París, en donde solo se citan autores madrileños, ignorando incluso escritores como Arolas. Reconoce, no obstante, que hay ciudades que logran tener su vida literaria propia, en especial Barcelona. Pero no encuentra en ese monopolio la razón suficiente para señalar los verdaderos “fundamentos de la nulidad literaria de Zaragoza y de su apatía inconcebible”. Solamente enumera su contribución literaria y cultural, madura ya a sus 39 años, para exculparse de dicho fracaso. En el extenso capítulo 2 procede a una revisión bibliográfica de las principales obras publicadas en Zaragoza desde el siglo XV, y concluye con las del año 1859, incluyendo su Diccionario de Voces Aragonesas

* José Eugenio Borao Mateo, Jerónimo Borao y Clemente (1821-1878) Escritor romántico, catedrático y político aragonés, Institución Fernando el Católico, Zaragoza 2014, p. 63 ss.


Manipulus curatorum