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sábado, 18 de junio de 2016

Alonso Sánchez y José de Acosta, Debate sobre la guerra contra China

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En la quinta de las llamadas cartas de relación (1526) Hernán Cortés propone al rey Carlos I proseguir las conquistas de la Nueva España hacia lo que ve como su lógica continuación, las Especierías, Malaca y la China… Pero puntualiza: «que vuestra majestad no haya la Especiería por vía de rescate, como la ha el rey de Portugal, sino que la tenga por cosa propia, y los naturales de aquellas islas le reconozcan y sirvan como a su rey y señor, y señor natural; porque yo me ofrezco, con el dicho aditamento, de enviar a ellas tal armada, o ir yo con mi persona, por manera que las sojuzgue y pueble y haga en ellas fortalezas, y las abastezca de pertrechos y artillería de tal manera, que a todos los príncipes de aquellas partes, y aun a otros, se puedan defender.» La propuesta quedó en nada, ya que realmente constituía una mera huida hacia adelante con la que Cortés intenta sin mucho éxito congraciarse con la corte.

Pero a finales del siglo, una situación diferente vuelve a renovar estos proyectos. A la presencia estable española en Filipinas se suma el esfuerzo diplomático para integrar en la monarquía hispánica las posesiones portuguesas, incluyendo la valiosa plaza de Macao, tras la crisis sucesoria de 1580. Los intereses comerciales, religiosos y políticos explican las propuesta de Alonso Sánchez (1545-1593), un jesuita natural de Guadalajara, colaborador del obispo de Manila y que ha realizado varios viajes por China en 1582 y 1585. Firme partidario de la guerra de conquista para lograr la conversión de un imperio que le resulta admirable bajo muchos conceptos, redactará un Memorial en defensa de estos planes, que desgraciadamente no ha llegado a nuestros días. Encontrará considerables resistencias entre las autoridades civiles, religiosas y especialmente de su propia orden, pero finalmente, en 1586 se dirigirá hacia Europa para impulsarlos.

Pero, de camino, en Méjico se encontrará con el también jesuita José de Acosta (1540-1600), recién llegado del Perú, y del que ya hemos editado su magna Historia natural y moral de las Indias, y alguna otra obra. Ahora analizará pormenorizadamente los fundamentos con los que Sánchez justifica la guerra contra China (lo que, ante la ausencia del original, nos permite conocerlos) y rebatirá cada uno de ellos. El resultado son los dos textos que incluimos, que suponen una excelente aplicación práctica del naciente derecho de gentes que la Escuela de Salamanca venía propiciando en aquellos tiempos, especialmente en torno a la figura de Francisco de Vitoria.

Su rechazo a la guerra es patente. Incluso, concluye, si la guerra se produjera, la conquista se consumara, y de resultas se lograra la conversión de China, los que la hubieran llevado a cabo habrían actuado absolutamente mal. «No puedo dar parecer que la guerra sea lícita, ni me cargaré por cuanto haya debajo del cielo de los innumerables daños que se siguieran de esa guerra; si con el parecer de otros, bueno o malo o sin él, se quisiere la guerra y sucedieren después esotros bienes, será coger Dios donde no sembró, sacando bienes de males, y, como dice San Agustín, será extenderse la Iglesia a la siniestra, que es por malos y fingidos cristianos, no a la diestra, que es por medios santos y buenos como está en la profecía, que ha de extenderse a diestra y a siniestra. Mas conviene acordarse mucho quien da parecer en casos tan grandes, de la sentencia de Cristo: Necesse est ut eveniant scandala; verumtamen vae homini illi per quem scandalum venit.»

Página de un sanzijing (una especie de cartilla) cristianizado.

viernes, 21 de noviembre de 2014

José de Acosta, Peregrinación de Bartolomé Lorenzo antes de entrar en la Compañía

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En el tomo quinto de su obra Varones Ilustres de la Compañía de Jesús (1666), Alonso de Andrade imprimió por primera vez la breve biografía que había redactado José de Acosta (1540-1600) unos ochenta años antes. Este destacado escritor (del que ya hemos editado su Historia natural y moral de las Indias) cuenta en la carta introductoria cómo conoció a Bartolomé Lorenzo, y de qué modo logró que le narrara sus aventuras en América antes de incorporarse a la Compañía, durante unos seis años, cuando contaba entre veinte y treinta de edad. El texto se había difundido considerablemente con anterioridad mediante copias manuscritas desde que su autor lo había remitido al General de los jesuitas en 1586, posiblemente a causa de su valor puramente religioso y providencialista.

Sin embargo, la obra posee además un interés histórico: nos presenta las andanzas, sencillas y sin pretensiones de uno de tantos aventureros que a mediados del siglo XVI buscan en las Indias fortuna o simplemente refugio (como es el caso del protagonista). El relato no puede estar más alejado de los estereotipos de la colonización, no tanto por lo que narra (intervienen piratas y cimarrones, naufragios, expediciones de captura de indios...), sino por el propio protagonista, bondadoso e inocente, que rehuye pueblos y ciudades y se refugia  una y otra vez en la soledad de la naturaleza salvaje. Nada más alejado del tipo característico de conquistador espadachín y sanguinario.

Lorenzo Rubio González concluye su estudio sobre la obra del siguiente modo: «es un documento de historia particular que completa en la esfera de los sucesos menores la historia de la presencia de los españoles en América durante el siglo XVI. A su valor histórico más genérico se suma el interés de la peripecia humana de un personaje tímido y bondadoso, que se ve envuelto en las continuas dificultades que le presentan la geografía, el clima, su propia simplicidad y el no saber con seguridad qué hacer en un mundo que le resulta desconocido y en el que se siente extraño.»


sábado, 24 de mayo de 2014

José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias

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El jesuita José de Acosta (1540-1600) vivió en América casi veinte años, tras los que regresó a su España natal. A caballo de los dos continentes y en paralelo a su labor religiosa, elaboró su Historia natural y moral de las Indias: en que se tratan las cosas notables del cielo y elementos, metales, plantas, y animales dellas y los ritos, y ceremonias, leyes y gobierno, y guerras de los indios, que se publicó en Sevilla en 1590. Es una auténtica enciclopedia del nuevo mundo, al que describe como un conjunto unitario aunque diverso. Se ocupa de cuestiones geográficas, geológicas, climáticas..., de la hidrología, de la flora y de la fauna. Su curiosidad científica le lleva a analizar numerosas cuestiones para las que propone explicaciones en algunos casos adelantadas a su tiempo: el problema del poblamiento del continente, la influencia de la altitud sobre el nivel del mar en relación con las temperaturas, el soroche o mal de altura... Pero todo ello desde la perspectiva de sus habitantes, con los que se identifica plenamente. En la segunda mitad de la obra se centra en la descripción de las distintas sociedades, especialmente de los incas y los aztecas. Se ocupa de su religión y creencias, su cultura, su organización política y su historia. El resultado es muy innovador: una auténtica historia comparado de carácter etnográfico. En su esfuerzo para comprender sus costumbres, ritos, sistemas de escritura..., Acosta las relaciona con otras de las más diversas civilizaciones a las que tiene acceso: el mundo islámico, la India, China, Japón y, por supuesto, España. Pero tras este esfuerzo hay un objetivo claro.

Al comenzar el libro sexto de esta obra, el autor señala: «... pretendo en este libro escribir de sus costumbres y policía y gobierno (de los indios), para dos fines: el uno, deshacer la falsa opinión que comúnmente se tiene de ellos, como de gente bruta y bestial y sin entendimiento, o tan corto, que apenas merece ese nombre; del cual engaño se sigue hacerles muchos y muy notables agravios, sirviéndose de ellos poco menos que de animales y despreciando cualquier género de respeto que se les tenga. (…) El otro fin que puede conseguirse... (es que) deben ser gobernados conforme a sus fueros, que son como sus leyes municipales. Por cuya ignorancia se han cometido yerros de no poca importancia, no sabiendo los que juzgan, ni los que rigen, por dónde han de juzgar y regir sus súbditos. Que demás de ser agravio y sinrazón que se les hace, es en gran daño por tenernos aborrecidos como a hombres que en todo, así en lo bueno como en lo malo, les somos y hemos siempre sido contrarios.» No duda en condenar el abundante comportamiento inhumano de los conquistadores españoles (aunque no lo generaliza ni absolutiza al modo de Las Casas). Así, en otra de sus obras (De procuranda indorum salute) denuncia: «durante la guerra que se hizo contra los incas, se acostumbraba a exponer en la plaza pública a las mujeres colgadas en lo alto, que sostenían a sus propios bebés, asimismo colgados de sus pechos taladrados, para que en el mismo suplicio las madres estranguladas se vieran obligadas a ser la horca de sus hijos. ¡Ejemplo inaudito de crueldad!»

A causa de algunos problemas de salud y de ciertos conflictos internos en su orden, regresará a Europa tras su larga estancia americana, aunque todavía joven. Felipe III le enviará como agente suyo a Roma, lo que aparentemente agudizará su enfrentamiento con los superiores de la Compañía, y ya no ocupará puestos determinantes dentro de su orden. Juan de Mariana, coetáneo y también jesuita, se refiere un par de ocasiones a nuestro autor en su Discurso de las cosas de la Compañía: «...lo que hicieron con el padre Josef de Acosta y lo que buscaron contra él en los archivos, sólo porque pretendió, contra la voluntad del general, que se juntase congregación, que a mi ver, entre rufianes no pasaran más adelante.»