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Johannes Scherr (1817-1886) fue un afamado historiador de la cultura; aunque alemán, desarrolló casi toda su carrera académica y literaria en Suiza, a la que se exilió tras su dedicación a la política en el parlamento de Württemberg y en la fracasada revolución de 1849. En 1852 publicó su extensa Geschichte deutscher Cultur und Sitte, “que comienza en el período de las migraciones, se extiende hasta el siglo XIX e incluye acontecimientos políticos únicamente para ilustrar los cambios en los estilos de vida y las actitudes intelectuales, y para criticar las formas despóticas de gobierno y la guerra. Sus descripciones de la cultura material, las condiciones sociales y las desigualdades, así como las costumbres y tradiciones, son particularmente significativas. Es una historia contada desde la perspectiva de la gente común. Scherr criticó la ortodoxia eclesiástica con la misma dureza con la que, en sus escritos posteriores a 1871, criticó la falta de contenido democrático en la constitución imperial de Bismarck.” (Hans Schleier)
En 1876, poco después de consumada la unificación alemana, publicó una síntesis de la anterior con el título Germania. Zwei Jahrtausende deutschen Lebens, que gozó de considerable difusión al ser traducida a otras lenguas. En español la edita Montaner y Simón en 1882, y es la versión que comunicamos esta semana. Es un interesante y acabado ejemplo de historia cultural, en este caso realizado desde un planteamiento liberal avanzado y radicalmente nacionalista. Supone al mismo tiempo una personal interpretación de la historia de Alemania, con continuos avances y retrocesos hacia su destino teleológicamente presentido: su unidad estatal y su primacía en el concierto de las naciones. Este planteamiento es la piedra de toque que le permite enjuiciar acontecimientos, actuaciones, costumbres y modas en cuanto a que contribuyan o no al cumplimiento de este destino.
Scherr observa la continuidad del carácter germano desde la Antigüedad. Así con la derrota de los germanos que invaden la Galia Cisalpina en la batalla de Vercelas (101 a. de C.): “De esta manera se inició el contraste histórico entre el carácter germánico y el romano, contraste que existe desde hace casi dos mil años, y que, si bien presentándose durante este tiempo bajo diversas formas, se ha conservado esencialmente el mismo, constituyendo hoy todavía el polo sobre el que gira el desarrollo europeo.” La oposición entre romanismo y germanismo constituye así para Scherr un eje perenne de la historia: ésta constatará los sucesivos avances y retrocesos de uno y otro:
“Fácilmente se comprenderá que el espíritu nacional debe lamentar que no se permitiera al pueblo alemán desarrollar su individualidad independientemente y libre de contacto con el extranjero, o en aquel caso con los romanos; pero la historia de la civilización tiene que prescindir muchas veces de tan bellos sentimientos para consignar hechos positivos, por más que no sean agradables, y para confirmar que en todas partes se ha dado el caso de que allí donde una cultura inferior se pone en contacto con otra superior, ésta es la que domina, o por lo menos influye en ella mucho, y no puede menos de suceder así.”
Carlomagno crea el gran imperio germánico sobre las tierras y las gentes dominadas por los germanos. Pero el momento decisivo es el posterior reparto de Verdún: “Del año 843 data, pues, la separación nacional, la independencia política de Alemania. La forma de gobierno siguió siendo por lo pronto la monárquica-carolingia, pero la debilidad de los ineptos sucesores de Ludovico el Alemán dio lugar a la paulatina decadencia de la monarquía.” Y la creación del Sacro Imperio Romano Germánico no será la solución, al disolverse en múltiples estados enfrentados. Las realizaciones culturales alemanas, científicas, técnicas, literarias…, serán espléndidas, pero su insuficiencia política trabará durante siglos su debido desarrollo. Y así, siglo tras siglo, hasta la prodigiosa resolución final que llevará a cabo el genio alemán representado por el reino de Prusia:
“Sabemos que la estupidez, la ignorancia, la mentira, la envidia y la malicia son grandes potencias en la tierra; pero el poder reunido de estas cinco grandes potencias no basta para oscurecer el esplendor glorioso del trabajo titánico que Alemania efectuó en siete meses. Con duraderas letras de fuego, como el rayo las inscribe en las rocas, la historia apuntará el trascurso de este trabajo en el libro de la eternidad, y allí podremos leer, cuando las pasiones, las calumnias y el odio de la edad presente hayan desaparecido, que la grandiosidad del drama heroico alemán de 1870 y 1871 fundóse primero, en la pureza y justicia de nuestra causa; segundo, en la unidad, hasta ahora sin ejemplo en la historia de nuestro país, de todas las clases, castas y oficios, en el pensamiento nacional (pues no importó nada que una minoría apenas visible hubiera querido hacer traición a este pensamiento), y tercero, en el aislamiento de la nación alemana; de modo que sin auxilio alguno de fuera, confiada sólo en su propia fuerza, logró tan asombrosos resultados y el justo premio de sus victorias, la Alsacia y la Lorena, propiedad nuestra antes robada y ahora reivindicada a sangre y fuego.”

















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