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viernes, 23 de marzo de 2018

Louis-Prosper Gachard, Don Carlos y Felipe II


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Escribe Manuel Fernández Álvarez, en Felipe II y su Tiempo (Madrid 1998): «El año 1568 está marcado a sangre y fuego en la biografía de Felipe II. Es el annus horribilis, tanto por lo que hace a los sucesos de la Monarquía como a los avatares familiares. De pronto se encienden los dos focos de la gran rebelión, en el Norte y en el Sur, ambos con connotaciones religiosas, aunque de muy dispar signo como el que va del cristianismo ―según la reforma de Calvino, que empezaba a ganar tanto terreno en los Países Bajos en la década de los sesenta― a lo musulmán, con tantas raíces en el reino granadino (…) Y en ese mismo año, tan cargado de problemas en el cuerpo de la Monarquía, es cuando se producen las muertes del príncipe don Carlos y de la reina Isabel de Valois; esto es, del Príncipe heredero y de la esposa del Rey. Dos muertes que no tendrían entre sí nada en común, salvo el hecho de su estrecha conexión con el monarca, pero que darían pie a la más formidable propaganda antifilipina y precisamente desencadenada por la principal figura de la revuelta flamenca: el príncipe Guillermo de Orange.»

Y más adelante: «Estamos ante uno de los acontecimientos de mayor relieve en la historia de España, de los que más han sido divulgados dentro y fuera de nuestras fronteras, con hondo eco en las artes y en las letras, en especial en el teatro y en la ópera, gracias sobre todo al genio de Schiller, en Alemania, y de Verdi, en Italia; no olvidemos que el Don Carlos, de Verdi, sigue representándose, año tras año, en los grandes teatros de ópera de todo el mundo occidental. Y dado que en ese teatro y en esa ópera se distorsiona el pasado histórico, cabría preguntarse si con el tema de Don Carlos nos encontramos ante una de las piezas clave de la leyenda negra antifilipina, y aun si de ella se desprende una descalificación no ya sólo del propio Rey, sino también del mismo pueblo español, junto con otros brochazos dados a ese cuadro de la leyenda: los horrores de la Inquisición, los atropellos de los conquistadores y los desmanes de los tercios viejos en Europa.» Y el maestro Fernández Álvarez continúa analizando magistralmente el caso de Don Carlos y su repercusión.

Pero lo que aquí nos ocupa es comunicar la obra del gran historiador belga Louis-Prosper Gachard (1800-1885), su Don Carlos y Felipe II, que en 1863 se publicó tanto el original francés como una traducción española a veces algo apresurada. En opinión del historiador que hoy nos guía, «el mejor libro escrito sobre el tema», aunque en ocasiones discrepe de algunas de sus conclusiones. Nos lo presenta así: «… el gran historiador belga que había escrito páginas tan admirables sobre Carlos V. Investigando no sólo en Simancas, sino también en los archivos belgas, publicaría a mediados de siglo su voluminosa obra: Correspondence de Philippe II sur les affaires des Pays-Bas (Bruselas, 1848-1879, 5 vols.), completada después con otro libro suyo: Correspondance de Marguerite d'Autriche avec Philippe II (1559-1565) (Bruselas, 1887-1891, 3 vols., en parte extractos del anterior). Y sería Gachard el que resultara recompensado por su infatigable labor investigadora con el hallazgo más notable sobre la personalidad de Felipe II: las cartas del Rey a sus hijas, escritas durante su estancia en Portugal entre 1580 y 1583, encontradas casualmente en el Archivo de Turín: Lettres de Philippe II à ses filles les Infantes Isabelle et Catherine écrites pendent son voyage en Portugal (1581-1583) (París, 1884).»


Antonio Gisbert, Últimos momentos del príncipe Don Carlos (1858)

viernes, 8 de julio de 2016

Ramón Menéndez Pidal, Idea imperial de Carlos V

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El maestro Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), exiliado durante la guerra civil española, pronuncia en 1937 una conferencia en la Institución Hispano-Cubana de Cultura. Para acercarnos a su contenido y a su importancia, acudimos al también maestro Manuel Fernández Álvarez, que en su Carlos V, el césar y el hombre (Madrid 1999) analiza así este «precioso ensayo de Ramón Menéndez Pidal, Idea imperial de Carlos V, en el que defiende el magisterio político de los Reyes Católicos, con su carga ética sobre la tarea política».

«He aquí una vieja polémica iniciada en los años treinta y que durante mucho tiempo fue tema obligado de nuestros manuales de Historia. Todo arrancó en 1933, cuando el gran historiador alemán, Karl Brandi, publicaba su estudio en torno al influjo del canciller Gattinara sobre el Emperador: Eigenhändige Aufzeichnungen Karls V, aus dem Anfag des Jahres 1525. Der Kaiser und sein Kanzler. En él, estudiaba unos apuntes autógrafos del Emperador aparecidos en el Archivo de Viena compuestos poco antes de la victoria de Pavía. De este estudio deduce su conocida tesis: la idea imperial de Carlos V era una creación del canciller piamontés, quien supo inculcársela a su imperial señor. A su vez, Gattinara era un humanista que estaba plenamente imbuido del pensamiento político de una Monarquía universal al modo como la había soñado Dante.

»Frente a la tesis de Brandi, Menéndez Pidal sostiene que el concepto imperial no era algo inventado por el César ni por su canciller, sino noción viejísima que estaba en el ambiente de principios del siglo XVI. Para el historiador español, en lugar de la figura de Gattinara las que hay que destacar son las de Mota, Valdés y Guevara. Para él, había que subrayar cuatro documentos, cuatro jalones en el quehacer carolino que nos dan la pauta de su idearium político, que se corresponden con otras tantas expresiones públicas imperiales. Sería el primero el discurso de la Corona pronunciado por el obispo Mota ante las Cortes de La Coruña en 1520; el segundo, la declaración de fe religiosa tan solemnemente hecha por el Emperador en la Dieta de Worms de 1521, en la que se enfrenta con el luteranismo; el tercero, la reacción de la cancillería imperial frente al saco de Roma, donde aparece la figura de Alfonso de Valdés; el cuarto, el discurso citado de 1528: cuatro jalones a los que añade otro que tiene un sentido más ideológico que cronológico, que nuestro gran historiador titula el del imperio euroamericano.

»Hasta aquí, en esta visión de aquel debate sobre la idea imperial de Carlos V que tanto preocupó a los historiadores de hace medio siglo, se puede ver cómo su pregunta radical se centraba en precisar a qué personaje de la Corte cabe achacar la influencia máxima sobre Carlos V, hasta el punto de considerarle el creador del programa de la política imperial (…) Todo lo cual nos hace olvidar el sujeto principal de la cuestión; que tras esos ministros importantes y valiosísimos no se esconde un hombre de paja, sino un emperador de voluntad firmísima, que pronto destaca sobre ellos. La primera manifestación de la independencia de su criterio, de su personalísima dirección de los negocios del Estado, nos la da en 1521, ante la Dieta de Worms. Después, y a lo largo de su vida, sea con ocasión de las negociaciones de paz con su rival Francisco I en 1525 y en 1526, sea con motivo de su paso a Italia, en 1529, sea cuando ha de negociar con el Pontífice de Roma, en el histórico año de 1536, o cuando ha de enfrentarse con el protestantismo alemán por la vía de las armas, o, finalmente, cuando decide llevar a cabo su abdicación, siempre nos encontramos con el soberano, no con sus ministros.»

Y al concluir su obra, Fernández Álvarez concluye: «¿Qué es, pues, lo que destacaríamos, en este juicio final sobre Carlos V? Su comportamiento caballeresco, su respeto a la palabra dada, su sacrificio personal en pro de sus pueblos, demostrado tanto en aquel modo de vivir como el rey-soldado que como el rey-viajero. En suma, su sentido ético de la existencia, que tanto llamó la atención a Menéndez Pidal, tan por encima del comportamiento de sus brillantes rivales ―Francisco I como Enrique VIII―, y que pondría a prueba hasta el final, con su patético adiós al poder, cuando ya reconoce que le faltan las fuerzas para gobernar como él creía que un Emperador debía gobernar a su pueblo.»

A la edición de este breve ensayo, añadimos a modo de apéndice los cinco discursos de Carlos V sobre los que construye su argumentación Menéndez Pidal.


Sebastiano del Piombo, Clemente VII y Carlos V, British Museum

miércoles, 2 de abril de 2014

Carlos V, Memorias

Cranach, Carlos V
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Es Carlos V el que dicta en 1552:

«Esta historia es la que yo hice en romance, cuando vinimos por el Rin, y la acabé en Augusta; ella no está hecha como yo quería. Y Dios sabe que no la hice con vanidad, y si de ella Él se tuvo por ofendido, mi ofensa fue más por ignorancia que por malicia; por cosas semejantes Él se solía mucho enojar, no querría que por ésta lo hubiese hecho ahora conmigo. Así por ésta como por otras ocasiones no le faltarán causas. Plegue a Él de templar su ira, y sacarme del trabajo en que me veo. Yo estuve por quemarlo todo, mas porque si Dios me da vida confío ponerla de manera que Él no se deservirá de ella, para que por acá no ande en peligro de perderse, os la envío, para que hagáis que allá sea guardada y no abierta hasta...»

Y el destacado historiador Manuel Fernández Álvarez comenta en el exhaustivo estudio que realiza al editar esta obra:

«He aquí, lector, las Memorias de aquel Emperador que se llamó Carlos V. Es posible que, admirado, corras tras ellas, aunque no es ciertamente cosa insólita que un gran personaje de la Historia escriba sobre su vida. Al punto vienen al recuerdo los Comentarios de Julio César, las Memorias de Luis XIV o las escritas en el destierro por Napoleón. Tras la figura histórica late el hombre, y éste, sea el vencedor de las Galias, el creador de Versalles o el que muere en Santa Elena, se deja ganar por la vanagloria de escribir sobre sí mismo; aunque también por algo más que por mera vanidad: por el imperioso afán de dejar oír su propia voz a todos aquellos que han de conocerle. Quiero decir que sienten la ineludible necesidad de encararse con la posteridad. Se presentan, quieren presentarse espontáneamente ante el Tribunal de la Historia.

»Y esto mismo ocurre con Carlos V, aunque no sea cuestión tan conocida. En efecto, puede que no sean muchos los que sepan que también él escribió sus Memorias, si descontamos −claro está− el grupo de los historiadores profesionales (…) Quizá, tampoco se debieran llamar Memorias, sino Comentarios, como sugiere Brandi; pues en verdad Carlos V sólo trata con alguna extensión los acontecimientos bélicos desarrollados entre los años 1544 y 1547. Es cierto que, conforme a su modo de ser, se remonta a la adolescencia, arrancando desde los años de Flandes, los años en que todavía no era más que Duque de Borgoña y Archiduque de Austria.

»Por esa razón, por nacer sobre todo como un diario de campaña, no se encuentran aquí al punto aquellas intimidades que pediría de buena gana nuestra curiosidad: los detalles por los que pudiéramos entrar en el por qué y el cómo de los principales problemas históricos surgidos a lo largo de su vida, o bien el sabor de su reacción ante los sucesos más íntimos.

»Al menos ésa es la impresión que se saca de una lectura precipitada; pues cuando se lee con más sosiego van apareciendo ante los ojos muchos de los rasgos del Emperador: su sentido de la responsabilidad, su acendrada fe religiosa, su amor a las armas... Al pasar las páginas de las Memorias se oye hablar al depositario del triple legado: el borgoñón, el austríaco, el español. Junto al caballero cruzado se ve surgir al político renacentista; al lado del que siente vivos los ideales de la Baja Edad Media se percibe también al que ama la gloria ante la posteridad.

»Todo esto asoma a las páginas de las Memorias de Carlos V. ¿Será preciso añadir algo más para destacar su importancia?»


De las exequias de Carlos V