Mostrando entradas con la etiqueta MenendezPidal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MenendezPidal. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de junio de 2024

Isidoro de Sevilla, Historia de los reyes godos, vándalos y suevos

De un códice del siglo X

 |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  | 

 AHORA EN INTERNET ARCHIVE 

Ramón Menéndez Pidal, en su Universalismo y nacionalismo. Romanos y germanos (1940), extensa introducción al tomo III de la monumental Historia de España que dirigía, se refiere así a la obra que comunicamos esta semana.

«Al leer a Idacio asistimos al laborioso parto de España y de su historia; en el Biclarense vemos crecer una historia de España , aunque sujeta todavía a una crónica de emperadores; Isidoro es el primero que saca esta historia de la tutela imperial, para darle independencia y espíritu propio. El metropolitano de Sevilla no es godo, como el monje Biclarense es romano, y, sin embargo, participa del mismo entusiasmo goticista, pues ya para unos como para otros los destinos de España estaban indisolublemente ligados a los del pueblo que había hecho de la Península una monarquía poderosa. La historia isidoriana del pueblo glorioso temido de Alejandro, de Pirro, de César, toda ella computada por la era española, termina en el año 624 con las victorias de Suintila, en especial la conquista de las últimas ciudades que el Imperio romano conservaba en la Bética; así se repite: Suintila fue el primero que tuvo la monarquía de toda España, totus Hispaniæ, del lado de acá del Estrecho. La marina creada por Sisebuto acechaba el momento de transfretar, para hacerse con la Tingitana, que aún retenía el Imperio bizantino y que era parte integrante de la España romana.

»Es época de entusiasmo gótico, y ese entusiasmo dicta a Isidoro el prólogo de su Historia, en loor de España, De laude Spaniæ, donde define qué es para él España y qué es lo que la hace amable.

»De todas las tierras cuantas hay desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sacra España, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos. Bien se te puede llamar reina de todas las provincias…; tú, honor y ornamento del mundo, la más ilustre porción de la tierra, en quien la gloriosa fecundidad de la raza goda se recrea y florece. Natura se mostró pródiga en enriquecerte; tú, exuberante en fruta, henchida de vides, alegre en mieses…; tú abundas de todo, asentada deliciosamente en los climas del mundo, ni tostada por los ardores del sol, ni arrecida por glacial inclemencia… Tú vences al Alfeo en caballos y al Clitumno en ganados; no envidias los sotos y los pastos de Etruria, ni los bosques de Arcadia… Rica también en hijos, produces los príncipes imperantes, a la vez que la púrpura y las piedras preciosas para adornarlos. Con razón te codició Roma, cabeza de las gentes, y aunque te desposó la vencedora fortaleza Romulea, después de florentísimo pueblo godo. Tras victoriosas peregrinaciones por otras partes del orbe, a ti te amó, a ti raptó, y te goza ahora con segura felicidad, entre la pompa regia y el fausto del Imperio.

»Esta férvida Laus Sapaniæ se inspira, a mi ver, principalmente en la Laus Serenæ de Claudio, que ya conocemos. Isidoro, con su vaga mención de la riqueza de España en príncipes y gentes, nos impresiona menos que Claudiano con sus precisas alusiones a los augustos hispanos; es que Isidoro tiene el mal acuerdo (lo mismo en todo su relato histórico) de buscar elevación o elegancia en la vaguedad, huyendo la individuación de personas y lugares; no estima, como Claudiano, el alto valor poético de lo concreto. Sin embargo, él comunica más emoción a sus palabras y mayor alcance desde el momento que, lejos de hablar de una región del mundo entero, habla como historiador de un pueblo. Por esto el loor isidoriano se aparta de toda la serie de loores de España que produjo la literatura latina. No es el postrero en la serie de ellos; no es, como se ha dicho, el canto del cisne de la provincia romana, sino, al contrario, es el canto auroral de la alondra que acompaña a los desposorios de España con el pueblo godo y anuncia el advenimiento de la nueva nación. El nuevo loor lo dice; por eso Isidoro, que sabe bien lo que en la nueva edad del Occidente significa el germanismo, confunde la historia de España con la del antiquísimo pueblo emigrante introducido en ella por Ataúlfo.

»Esa concepción de San Isidoro era participada por todos. La patria y los godos son dos cosas inseparables; Gothorum gens ac patria es la expresión corriente, lo mismo en las leyes que en los cánones, para significar el interés general del Estado.

»En esta edad germanorromana el universalismo imperial desaparece, quedando sólo representado por el universalismo eclesiástico, y surge un sentimiento contrario: el nacionalismo político y cultural. Los germanos son los que suelen dar nombre a estos círculos nacionales nuevos: Anglia, Francia, Burgundia, Lombardía…; España está a punto de ser una Gotia si no es porque Ataúlfo dijo que no quería que eso sucediera; pero aunque el rasgo fisonómico más saliente de los nuevos países es germánico, el sentimiento nacional es una creación románica. Lo vimos, como escabulléndose del universalismo agustiniano, surgir de la provincialización del Imperio en Paulo Orosio. Isidoro nos lo da ya perfecto, en cuanto a lo político, en el loor de España; y en cuanto a lo cultural, nos lo formula el concilio IV por él presidido, proclamando la unificación de la Iglesia en toda España (téngase presente que en esta época la cultura es exclusivamente eclesiástica): una misma disciplina, una liturgia, unos mismos himnos para todos los que vivimos —dice el concilio— abrazados por una misma fe y un mismo reino, qui una fide complectimur et regno. Al lado del Estado nacional se crea, no digamos una Iglesia nacional en el sentido propio de la frase, pero sí una Iglesia nacionalizada y coherente, bajo la supremacía de Toledo, Iglesia unificada por una liturgia especial, que fue llamada isidoriana, la cual no dejará de existir sino en el siglo XI por tenaz empeño de Gregorio VII.

»A pesar de la desaparición del Estado godo, las posteriores historias de España se llamaron frecuentemente Historia de los godos, imitando a la de Isidoro; y la autoridad del gran polígrafo hizo que la Laus Spaniæ, el himno natalicio del pueblo hispanogodo, quedase entre los connacionales del obispo hispalense como el credo nacionalista profesado durante muchos siglos, reiterado y refundido en múltiples formas, lo mismo en tiempos muy críticos para el amor patrio que en épocas de nueva exaltación optimista.»

Presentamos el texto original del año 624, ampliación de otra versión anterior más reducida, y una traducción propia. También hemos agregado unos pocos pasajes de las Etimologías —la gran obra de Isidoro y la de mayor difusión a lo largo de los siglos—, referentes a su concepción de la Historia, a los pueblos godos, vándalos, suevos e hispanos, y a la propia Hispania. En su día ya comunicamos su Crónica Universal.

El inicio de la Historia Vandalorum en un códice de los siglos XI o XII.

lunes, 12 de diciembre de 2022

Claudio Claudiano, Elogio de Serena

Jean-Paul Laurens, Honorio (1880)

 |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |  

La hispana Flavia Serena, sobrina del emperador Teodosio, fue adoptada por éste y casada con su más destacado general, el vándalo de origen aunque romanizado Estilicón. Cuando muere en 395 aquel último gran emperador romano, y con sus hijos y herederos Arcadio y Honorio se consuma la división entre Oriente y Occidente, Estilicón se hará cargo del segundo, de apenas once años de edad, como su tutor y regente. Durante una década Estilicón será el auténtico gobernante de las provincias del oeste, y casará al nominal emperador sucesivamente con sus dos hijas, María y Termancia. Pero las abundantes incursiones germánicas y la sucesiva pérdida de apoyos acabará con su poder: en 408 será acusado de conspirar contra Honorio, y ejecutado. Poco después lo será Serena, su esposa, parece ser que a instigación de su prima Gala Placidia.

Con un estilo que nos puede resultar un tanto declamatorio y decimónico, Adolfo de Castro publicó en 1870 una obra con el título de Serena. Recuerdo de historia y filosofía cristiana. En ella se refiere así al autor de esta semana: «Al par de un guerrero de origen bárbaro [Estilicón] que quería restaurar la libertad de Roma, había un poeta egipcio que hacía revivir las glorias de las Musas latinas. Claudiano vivió en Alejandría treinta años hasta la destrucción del templo de Serapis. Pasó a Bizancio, y de Bizancio a Italia en la hueste que Teodosio mandaba para el castigo de los matadores de Valentiniano. En Roma con Olybrio y Probino, sus Mecenas, oradores, poetas y ciudadanos, aprendió la lengua latina; en el ejército de Estilicón, político y guerrero, hábil sobre todo encarecimiento, recibió las inspiraciones para sus cantos. Homero, Virgilio y Lucano celebraron héroes que no conocieron sino por las tradiciones. Claudiano celebraba lo que veía y lo celebraba con más enérgico colorido que Tíbulo y que Lucano mismo. Estilicon fue su protector: también fue el objeto de la mayor parte de sus poemas. La admiración y la gratitud acrecentaban su numen. ¿Y Serena? Serena también sirvió de bellísimo asunto a sus alabanzas: él celebró la rubia cabellera y la blancura de Serena: él la ofrece a nuestros ojos como discreta al par que modesta uniendo dos virtudes desconocidas en aquel siglo...»

Es decir, el alejandrino (algunos lo hacen originario de Asia Menor) Claudiano se convirtió en el poeta cortesano de la poderosa pareja que constituían Estilicón y Serena. De modo más conciso lo expresan así Martín de Riquer y José María Valverde en su conocida Historia de la literatura universal: «Claudio Claudiano, nacido en Alejandría y cultivador de la literatura griega, fue entre los años 394 y 404 poeta oficial de la corte de Arcadio y Honorio, protegido por Estilicón; logró dominar la versificación latina, en la que tuvo por modelos a los clásicos. Claudiano es un fervoroso admirador de la pretérita gloria de Roma, cuyos valores, virtudes y estilo pretende hallar en la decadente corte a la que se encuentra vinculado; escribe poemas sobre temas mitológicos, como el rapto de Prosérpina, poesías ocasionales laudatorias y aparatosamente solemnes, epigramas con agudeza e intención. En conjunto la obra de Claudiano semeja un hábil y barroco remedo de los antiguos líricos latinos, si bien su condición de poeta áulico hace que en ciertos aspectos parezca un escritor medieval.»

Su Elogio a Serena, que no ha llegado íntegro a nuestros días, nos puede interesar también por otro motivo: el panegírico de Hispania, origen de ella y de su familia. Ramón Menéndez Pidal, en su Universalismo y nacionalismo, romanos y germanos (Introducción al tomo III de la Historia de España que dirige), la compara con la conocida Laus Spaniae de Isidoro de Sevilla: «Esta férvida Laus Spaniae se inspira, a mi ver, principalmente en la Laus Serenae de Claudiano… Isidoro, con su vaga mención de la riqueza de España en príncipes y gentes, nos impresiona menos que Claudiano con sus precisas alusiones a los augustos hispanos; es que Isidoro tiene el mal acuerdo (lo mismo en todo su relato histórico) de buscar elevación o elegancia en la vaguedad, huyendo la individuación de personas y lugares; no estima, como Claudiano, el alto valor poético de lo concreto.»

Presentamos el original latino y la esmerada traducción que Luis María Ramírez y de las Casas-Deza publicó en la revista El mundo pintoresco del 7 de octubre de 1860.

Díptico de Estilicón, Serena y su hijo Euquerio (hacia el año 400).

lunes, 5 de diciembre de 2022

Concilio IV de Toledo (633)

Tremis de Sisenando

 |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |  

En la Introducción al tomo III de la gran Historia de España que dirige, Ramón Menéndez Pidal subraya la importancia de las ideas políticas de Isidoro de Sevilla: «Esta concepción de San Isidoro era participada por todos. La patria y los godos son dos cosas inseparables; Gothorum gens ac patria es la expresión corriente, lo mismo en las leyes que en los cánones, para significar el interés general del Estado. En esta edad germanorromana el universalismo imperial desaparece, quedando sólo representado por el universalismo eclesiástico, y surge un sentimiento contrario: el nacionalismo político y cultural. Los germanos son los que suelen dar nombre a estos círculos nacionales nuevos: Anglia, Francia, Burgundia, Lombardía…; España está a punto de ser una Gotia si no es porque Ataúlfo dijo que no quería que eso sucediera; pero aunque el rasgo fisonómico más saliente de los nuevos países es germánico, el sentimiento nacional es una creación románica.»

Pues bien, tras el decisivo Concilio III de Toledo este proceso culminará en el IV, convocado en 633 para solucionar una de las frecuentes crisis políticas. Suintila había sido depuesto por Sisenando, con ayuda militar de los francos, y el nuevo rey de los godos ―nos cuenta Juan de Mariana en su Historia general de España― «como persona discreta advirtió que, por estar los naturales divididos en parcialidades y quedar todavía muchos aficionados al partido contrario, corría peligro de perder en breve lo ganado si no buscaba alguna traza para acudir a este peligro. Parecióle que el mejor camino sería ayudarse de la religión y del brazo eclesiástico, capa con que muchas veces se suelen cubrir los príncipes y aún solaparse grandes engaños. Juntó de todo su señorío como setenta obispos en Toledo con voz de reformar las costumbres de los eclesiásticos, por las revueltas de los tiempos muy estragadas; mas su principal intento era procurar que el rey Suintila fuese condenado por los padres como indigno de la corona, para que los que le seguían y de secreto le eran aficionados, mudado parecer, sosegasen (…) Lo que se pretendía con este decreto, y a que todo lo demás se enderezaba, era asegurar en el reino a Sisenando, y junto con esto para lo de adelante dar aviso que ninguno imitase ni se atreviese a hacer locuras semejantes.»

Lo que respondió inicialmente a un intento de remediar un conflicto determinado, acabará por tomar una importancia decisiva. Así lo explica José Orlandis, en su Época visigoda (409-711): «El canon 75, último de los promulgados por el concilio, tuvo extraordinaria importancia y puede considerarse como el fundamento de la constitución política del reino. El carácter notoriamente excepcional que en la España del siglo VII se atribuía a este decreto lo resalta el hecho de que el quinto concilio toledano ordenase que en todos los concilios que se celebrasen en lo sucesivo fuera preceptiva la lectura de aquel texto, para que su memoria no se perdiera con el paso del tiempo. El canon del cuarto concilio toledano debía ser ―así se pretendió― la ley fundamental de la Monarquía católica y el texto constitucional por el que los principios doctrinales isidorianos se plasmaban en la realidad política. La finalidad perseguida por el decreto conciliar era, según sus propias palabras, fortalecer el poder de los monarcas y garantizar la estabilidad de la gens gothorum ―el pueblo de los godos― frente a las infidelidades y traiciones, tantas veces reiteradas en tiempos pasados. Como fundamento del deber moral de respeto y obediencia a los reyes, se aducen aquí unas razones de índole religiosa, que eran las apropiadas para la monarquía electiva y sacral que se trataba definitivamente de instituir.»

Sin embargo Chris Wickham, en su El legado de Roma, señala que «las leyes sobre la sucesión legítima dictadas por el cuarto concilio de Toledo en 633, por ejemplo, casi nunca se cumplieron. Pero los textos legales, tanto seculares como canónicos, eran moneda corriente en la práctica política hispánica. La gente (al menos cuando se trataba de obispos o aristócratas) sabía de su existencia; e incluso los reyes, si no disponían de apoyos lo bastante fuertes… podían verse atrapados por ellas. Esto indica una diferencia con respecto al estilo de la política franca [y de los otros reinos germánicos, añadimos]: en la Hispania visigoda, como también en menor medida en la Italia lombarda, los principios legales representaban importantes puntos de referencia; lo mismo había ocurrido en el imperio tardorromano, un imperio del cual, en ciertos aspectos, visigodos y lombardos distaban menos que de los francos.»

Códice Albeldense

lunes, 21 de noviembre de 2022

Ramón Menéndez Pidal, Lenguas y nacionalismos. Artículos y polémicas

 |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |   

Cuando en 1982 Diego Catalán presenta una nueva edición de Los españoles en la Historia, el prólogo de Menéndez Pidal al tomo I (1947) de la Historia de España que dirigió, originalmente con el expresivo subtítulo Cimas y depresiones en la curva de su vida política, subraya su carácter liberal, su pertenencia a la nacionalista generación del 98, y su relación con los trágicos enfrentamientos de los años anteriores, en España y en el mundo. Y concluye: «Pero en 1947 le pareció a Menéndez Pidal perentorio proponer unas bases para la reconciliación entre esas semi-Españas que, en el decenio anterior, habían intentado desembarazarse la una de la otra. Con un optimismo que pocos compartían por entonces, creyó posible superar “el siniestro empeño de suprimir al adversario” y pretendió convencer a las dos mitades de España de la necesidad de huir de extremosidades y reducir su lucha a la pugna natural de las fuerzas necesarias a la vida de todo pueblo: tradición e innovación. Esta “España total”, “sin amputar su brazo izquierdo ni su brazo derecho”, que Menéndez Pidal proponía en 1947 (reafirmando su vieja fe en un concepto progresista de la “tradición”, sonaba en aquel entonces como una visión utópica, sospechosamente teñida de nacionalismo para la España del exilio, subversiva para la España sin problema».

Presentamos esta semana una pequeña colección extraída de la ingente y capital obra de nuestro autor: principalmente artículos de prensa con los que quiere informar, puntualizar e influir en la sociedad, respecto al problema que cada vez resulta más conflictivo, de la convivencia de las lenguas españolas y la emergencia de los nacionalismos particularistas. Considera el bilingüismo un fenómeno natural y predominante por todo el mundo, y procura aunar la defensa del español con el conocimiento y defensa de las lenguas regionales. Sus títulos son suficientemente expresivos: El catalán y los catalanistas. Cataluña bilingüe (1902), La expansión del castellano. Lo que fue y lo que será en Cataluña (1916), La lengua española (1918), Federarnos es algo parecido a divorciarnos, Personalidad de las regiones. Sobre la supresión de la frase “nación española”, Más sobre la nación española (los tres de 1931).

Y con ellos, su discurso en el Homenatge als intel·lectuals castellans (1930) en Barcelona, el momento en el que, tras la dictadura del general Primo de Rivera, más próximos (afectiva, aunque por los resultados no efectivamente) se mostraron los intelectuales catalanes y los del resto de España. Pero junto con la toma de postura y los ocasionales aplausos, la polémica. Menéndez Pidal será contestado con artículos y cartas privadas por parte de numerosos publicistas, en tonos muy variados: Arturo Masriera, Jaume Massó Torrents, Antoni Rovira y Virgil, Francesc Pujol… Incluimos algunos textos, y las respuestas y argumentos de Menéndez Pidal. Concluimos con un pequeño fragmento del ensayo antes citado, Los españoles en la historia.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Ramón Menéndez Pidal, Tres artículos sobre Bartolomé de Las Casas

 |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  | 

En los Preliminares a su El Padre Las Casas. Su doble personalidad, Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) se refiere así a los tres artículos que comunicamos esta semana: «Este esbozo biográfico responde a una preocupación mía ya antigua. Comenzó ella en 1940 a causa de una sugestión por mí recibida para que ampliase ideas sobre América y Carlos V, adelantadas hacía poco en La Habana; mi impresión entonces fue francamente adversa respecto a Las Casas, al observar su intenso y monótono apasionamiento, siempre violento en acusar a conquistadores y encomenderos, siempre melifluo en exaltar a los indios. Mucho después, en 1956, los dominicos del célebre convento de San Esteban de Salamanca me hicieron la invitación, para mí tan atrayente como honrosa, de que hablase en el solemne centenario de aquella insigne casa, y al tratar entonces del Padre Vitoria y de Las Casas, comencé a ver que la grave inequidad de éste no era una falta moral, sino intelectual; aclarándoseme todo por completo, en 1957, mediante la consideración de un documento fehaciente. Desde entonces, a pesar de otros trabajos para mí más apremiantes, no cesó mi preocupación en el problema lascasiano, impresionado sobre todo por una notable falta de crítica muy arraigada en las biografías de Las Casas, falta debida a muy particulares circunstancias que concurrieron para formar y propagar la fama póstuma del biografiado.»

Naturalmente, la figura y la obra de Bartolomé de las Casas sigue siendo controvertida, desde lo hagiográfico a lo kakográfico, aunque no falte el esfuerzo en ponderar y comprender. Pero es que, además, debe valorarse el uso que la posteridad le ha dado. El norteamericano Philip W. Powell, en su Árbol de odio, señala que «Bartolomé de Las Casas, héroe de los hispanófobos desde mediados del siglo XVI hasta nuestros días, es la persona más responsable de nuestros deformados puntos de vista sobre los españoles y su papel en América. Este obispo español, tan a menudo santificado en la literatura durante cuatro siglos y colocado hoy en un nicho de santo de la propaganda antiespañola, hizo más que cualquiera otro individuo para manchar el nombre de un pueblo y de una nación ―la suya propia. Seguramente no fueron estas sus intenciones, ya que no podía adivinar cuánto su trabajo iba a favorecer los propósitos extranjeros; pero sus escritos permanecen cerca del corazón y centro de la denigración de España. Él es, entre otras cosas, un magnífico caso de estudio para valorar el daño que a largo plazo puede hacer un exaltado irresponsable, cuando es explotado por los fabricantes de propaganda dirigida contra su propia casa.»

Y más adelante: «La controversia sobre los méritos y defectos de Bartolomé de Las Casas continuará sin duda eternamente, en principio, porque siempre habrá gente que creerá en su total condenación de los españoles y porque otros habré que reconocerán y censurarán sin reservas el prejuicio y fanatismo patentes que guiaron su lengua, su personalidad y su pluma. Hay quienes respetan a Las Casas, pasando por alto la injusticia de sus métodos, para guardar como reliquia la nobleza de su causa, y existen aquellos que ya durante siglos, sin preocuparse mucho de la causa, los métodos o los hechos verídicos, se recrean solamente en la elevación de Las Casas a la categoría de héroe de la propaganda antiespañola.»

La Brevísima relación de la destrucción de las Indias, y las intervenciones de Las Casas en la conocida Controversia de Valladolid, están disponibles en Clásicos de Historia. De Menéndez Pidal, asimismo, su Idea imperial de Carlos V, a la que añadimos los textos de los discursos del Emperador en los que se basa el gran filólogo e historiador.

Fray Bartolomé de Las Casas, por Félix Parra (1875)

viernes, 1 de junio de 2018

Libro de los Jueces o Fuero Juzgo

Recesvinto, en el Códice Albeldense

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
El códice |  PDF  |

Ramón Menéndez Pidal, en su Introducción al volumen dedicado a la España visigoda en la monumental Historia de su dirección: «El bondadoso y sensual Recesvinto alcanza en el quinto año de su largo reinado el máximo de su actividad, que fue ante todo legislativa. Él fue autor de la redacción principal del código visigótico, publicado en 654, donde se aprovecha el Código de Eurico, ampliado por Leovigildo, y se añaden noventa y nueve leyes de Chindasvinto, más ochenta y siete del mismo Recesvinto.

»Cuando cada porción del reino franco buscaba leyes diversas para aquitanos, francos, borgoñones o alamanes, la Lex visigothorum es única para todo el reino, respondiendo al concepto unitario: una fides, unum regnum. Los godos han unificado a España, igualándose ellos a los hispanos no sólo en la fe, sino en toda la cultura. Así el Código de Recesvinto tiene por fuentes principales el Derecho romano y el canónico, rechazando expresamente todo Derecho no escrito, con lo cual rechaza las costumbres germánicas, que sólo habrán de obtener reconocimiento legal después de destruido el Estado godo. Han desaparecido las diferencias que separaban las dos razas en tiempo de Eurico. En la Lex visigothorum se recoge una ley antigua, al parecer de Leovigildo, derogatoria de la prohibición de matrimonios mixtos entre gentes godas y romanas, según la Constitución imperial de Valentiniano. Los godos ahora no conservan más que una superioridad; la de no ser elegible rey sino uno de su raza.

»Este código, elaborado por tantos reyes (después lo reformarán Ervigio, Egica y Witiza), pudo, por su alto valor, servir de ley a toda España durante muchos siglos después de acabado el reino godo, lo mismo a los mozárabes que a los cristianos del Norte, desde Santiago a Barcelona. Tuvo, además, bajo sus redacciones más viejas de Eurico y Leovigildo, conocido influjo sobre las primitivas legislaciones occidentales de salios, burgundios, alamanes, bávaros y longobardos. Esta excelencia de la Lex visigothorum responde al desarrollo general de la cultura visigoda.»

En el mismo volumen, Ramón Prieto Bances explica así la génesis del Liber iudiciorum: «Propónese Recesvinto ordenar la legislación y pide al concilio VIII de Toledo un proyecto legislativo. Nada contienen las actas del concilio toledano respecto al cumplimiento de este encargo; pero es lógico suponer que, dada la importancia de la obra, y requiriendo mayor espacio de tiempo que el brevísimo de las doce sesiones invertidas en la deliberación de los cánones establecidos, la misma asamblea nombrase de entre sus miembros una comisión de legistas para hacer la reforma. La compilación de Recesvinto se denominó Liber iudiciorum por ser destinada exclusivamente para uso y aplicación de los tribunales de justicia. El Liber iudiciorum no es un código, sino una mera compilación. No se llegó a la simplicísima unidad de un código, sino que se mantuvo la personalidad de cada uno de los variadísimos elementos legales de que se compuso (...)

»Formóse el Liber iudiciorum con trescientas diecinueve leyes anteriores a Recaredo, que llevan casi todas el título de Antiqua, y algunas el de Antiqua emendata, por haber sido corregidas por los compiladores recesvindianos; van, además, tres de Recaredo, dos de Sisebuto, noventa y ocho de Chindasvinto y ochenta y nueve de Recesvinto, y quince capítulos de filosofía política, tomados de las Etimologías de San Isidoro. Estos quince capítulos carecen de inscripción; pero los demás, que corresponden a Recaredo y a sus sucesores, llevan el nombre del monarca que los hizo. En total suman quinientos veintiséis capítulos (… Su) contenido es, pues, principalmente, Derecho civil, Derecho penal y Derecho procesal. No trata nada de Derecho político.» Una generación después, hacia 681, Ervigio promueve una reforma: añade un nuevo título dedicado a los judíos y compuesto de veintiocho leyes, otras nueve leyes, y elimina cuatro más. También se procede una corrección general de todo el texto.

«Los principales códices en que se transmite el Liber iudiciorum son: el Vaticanus Reginae Christinae (número 1.024), del siglo VIII, y el Parisiensis (Lat. 4.668), del siglo IX, donde se conserva completo; y los códices del Museo Británico (33, 610), de los siglos VIII o IX, y el Holkhanensis (210), del siglo IX, que lo conservan completo. De las ediciones del Liber iudiciorum, la más perfecta es la de Zeumer, publicada en 1902. También es interesante la que hizo la Academia Española en 1815.» Es esta última la que hemos utilizado, y reproducimos aquí la versión romanceada en el siglo XIII, del códice conservado en el Archivo municipal de Murcia.


Fol. 44

viernes, 11 de noviembre de 2016

Alfonso X el Sabio, Estoria de Espanna

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Es Inés Fernández-Ordóñez, en su Las Estorias de Alfonso el Sabio (1991), la que nos presenta esta obra de capital importancia en la historiografía hispana: «La Historia, tal como la concibe Alfonso X en sus dos grandes compilaciones (la General Estoria y la Estoria de España), es historia de los pueblos que ensennorearon la tierra (sea ésta el mundo entero, una de las cuatro partes en que éste se dividió o determinados territorios, España, por ejemplo), y ante todo, de sus príncipes o señores naturales. Es la línea de sucesión en el imperium (o señorío, como lo llama Alfonso) el principio fundamental organizador de toda la Historia, y no una cronología universal permanente (tal como ocurre en los Cánones Crónicos de Eusebio y Jerónimo). Este principio organizador se manifiesta tanto en la historia universal como en la historia particular de España, aunque su aplicación en cada una plantee problemas distintos y requiera decisiones bastante diversas.

»Como bien señaló Menéndez Pidal, la Estoria de España se estructuró siguiendo un plan general que la dividía en los señoríos de los distintos pueblos que dominaron sucesivamente la Península. Después del dominio de los griegos, descendientes de Jafet, siguieron, según la reconstrucción alfonsí, los sennorios de los almujuces, los africanos o cartagineses, y los romanos. Los pueblos bárbaros (vándalos, suevos, hunos, alanos y silingos) pusieron fin al imperium romano en el suelo peninsular y ellos, a su vez, fueron expulsados por los godos, pueblo que obtuvo el dominio definitivo sobre Hispania, ya que los árabes sólo tuvieron, según Alfonso, un sennorio limitado sobre la Península. En efecto, la monarquía asturleonesa que nace en el Norte después de la invasión árabe siempre se consideró legítima heredera de los derechos godos al imperium peninsular, usurpados por los advenedizos provenientes del Norte de África. Esta idea, presente a lo largo de la Edad Media en los reinos cristianos del Norte, proporciona la base legal de la Reconquista, ya que los herederos de los godos luchaban por recuperar sus pertenencias legítimas, y aclara el motivo por que la Estoria de España nunca reconoció estructuralmente la existencia de un sennorio árabe (…)

»Como hemos mencionado ya, la Estoria de España nunca reconoció estructuralmente la existencia de un señorío árabe en España, aunque los musulmanes fueran señores de más de la mitad del territorio peninsular hasta casi los tiempos de Alfonso X. La historia de Al-Andalus se expone par a par con la de la monarquía goda subordinada al año de reinado del monarca astur-leonés (posteriormente, leonés o castellano), que tiene el sennorio de España (…) Tampoco admite estructuralmente la Estoria de España el imperium de los reyes de otros reinos cristianos peninsulares. Es la monarquía astur-leonesa y los reyes de León y Castilla quienes poseen la herencia indivisible de los derechos godos al señorío de las Españas. De acuerdo con esta idea, nunca se cita, ni siquiera como sincronía adicional, el año de reinado de los reyes navarros, aragoneses y portugueses. Tales sincronías hubieran resultado un tanto impertinentes, dado que la Estoria de España no simultaneó la historia de los reinos cristianos de Navarra, Aragón y Portugal con la del reino castellano-leonés (en contraste con su sincronización de la historia árabe con la de la monarquía astur-leonesa-castellana).

»Siguiendo el esquema expositivo de la Historia Gothica del arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada, la Estoria de España incluye la historia completa de estas dinastías reales hispánicas al tener que hablar de su entronque con la castellano-leonesa. La historia de los reyes navarros se inserta, en efecto, para explicar cómo Sancho el Mayor se convierte en el primer rey de Castilla por estar casado con Elvira, hija del conde castellano Sancho García, y haber sido asesinado el heredero de Castilla, el infante García, cuando acude a León para obtener el título de rey, concedido por su suegro, Vermudo III. Con ese motivo, los capítulos 783-786 y 790... se dedican a resumir la historia de la dinastía navarra desde su origen hasta el presente sin acoplarla cronológicamente con la del reino castellano-leonés. Idéntica estructura de excurso presenta, a su vez, la historia de la dinastía aragonesa (capítulos 792-798), que se incluye en el año 2º de Vermudo III porque es entonces cuando el reino de Aragón, fundado por Ramiro I, hijo bastardo de Sancho el Mayor, aparece en la configuración política peninsular. Del mismo modo, la Estoria de España, de acuerdo con el Toledano, incluye la historia completa del reino portugués (hasta Sancho II, rey contemporáneo del arzobispo), interpolándola en el reinado de Alfonso VII el emperador, rey de Castilla y León, ya que durante ese reinado Alfonso Enríquez, sobrino del emperador, gana la independencia portuguesa, convirtiéndose en Alfonso I de Portugal (caps. 969-972).»

Editamos la vieja edición Menéndez Pidal, a pesar de que incluye numerosas ampliaciones posteriores sobre todo del siglo XIV, como pusieron de relieve Diego Catalán y tantos otros autores.

viernes, 8 de julio de 2016

Ramón Menéndez Pidal, Idea imperial de Carlos V

|  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

El maestro Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), exiliado durante la guerra civil española, pronuncia en 1937 una conferencia en la Institución Hispano-Cubana de Cultura. Para acercarnos a su contenido y a su importancia, acudimos al también maestro Manuel Fernández Álvarez, que en su Carlos V, el césar y el hombre (Madrid 1999) analiza así este «precioso ensayo de Ramón Menéndez Pidal, Idea imperial de Carlos V, en el que defiende el magisterio político de los Reyes Católicos, con su carga ética sobre la tarea política».

«He aquí una vieja polémica iniciada en los años treinta y que durante mucho tiempo fue tema obligado de nuestros manuales de Historia. Todo arrancó en 1933, cuando el gran historiador alemán, Karl Brandi, publicaba su estudio en torno al influjo del canciller Gattinara sobre el Emperador: Eigenhändige Aufzeichnungen Karls V, aus dem Anfag des Jahres 1525. Der Kaiser und sein Kanzler. En él, estudiaba unos apuntes autógrafos del Emperador aparecidos en el Archivo de Viena compuestos poco antes de la victoria de Pavía. De este estudio deduce su conocida tesis: la idea imperial de Carlos V era una creación del canciller piamontés, quien supo inculcársela a su imperial señor. A su vez, Gattinara era un humanista que estaba plenamente imbuido del pensamiento político de una Monarquía universal al modo como la había soñado Dante.

»Frente a la tesis de Brandi, Menéndez Pidal sostiene que el concepto imperial no era algo inventado por el César ni por su canciller, sino noción viejísima que estaba en el ambiente de principios del siglo XVI. Para el historiador español, en lugar de la figura de Gattinara las que hay que destacar son las de Mota, Valdés y Guevara. Para él, había que subrayar cuatro documentos, cuatro jalones en el quehacer carolino que nos dan la pauta de su idearium político, que se corresponden con otras tantas expresiones públicas imperiales. Sería el primero el discurso de la Corona pronunciado por el obispo Mota ante las Cortes de La Coruña en 1520; el segundo, la declaración de fe religiosa tan solemnemente hecha por el Emperador en la Dieta de Worms de 1521, en la que se enfrenta con el luteranismo; el tercero, la reacción de la cancillería imperial frente al saco de Roma, donde aparece la figura de Alfonso de Valdés; el cuarto, el discurso citado de 1528: cuatro jalones a los que añade otro que tiene un sentido más ideológico que cronológico, que nuestro gran historiador titula el del imperio euroamericano.

»Hasta aquí, en esta visión de aquel debate sobre la idea imperial de Carlos V que tanto preocupó a los historiadores de hace medio siglo, se puede ver cómo su pregunta radical se centraba en precisar a qué personaje de la Corte cabe achacar la influencia máxima sobre Carlos V, hasta el punto de considerarle el creador del programa de la política imperial (…) Todo lo cual nos hace olvidar el sujeto principal de la cuestión; que tras esos ministros importantes y valiosísimos no se esconde un hombre de paja, sino un emperador de voluntad firmísima, que pronto destaca sobre ellos. La primera manifestación de la independencia de su criterio, de su personalísima dirección de los negocios del Estado, nos la da en 1521, ante la Dieta de Worms. Después, y a lo largo de su vida, sea con ocasión de las negociaciones de paz con su rival Francisco I en 1525 y en 1526, sea con motivo de su paso a Italia, en 1529, sea cuando ha de negociar con el Pontífice de Roma, en el histórico año de 1536, o cuando ha de enfrentarse con el protestantismo alemán por la vía de las armas, o, finalmente, cuando decide llevar a cabo su abdicación, siempre nos encontramos con el soberano, no con sus ministros.»

Y al concluir su obra, Fernández Álvarez concluye: «¿Qué es, pues, lo que destacaríamos, en este juicio final sobre Carlos V? Su comportamiento caballeresco, su respeto a la palabra dada, su sacrificio personal en pro de sus pueblos, demostrado tanto en aquel modo de vivir como el rey-soldado que como el rey-viajero. En suma, su sentido ético de la existencia, que tanto llamó la atención a Menéndez Pidal, tan por encima del comportamiento de sus brillantes rivales ―Francisco I como Enrique VIII―, y que pondría a prueba hasta el final, con su patético adiós al poder, cuando ya reconoce que le faltan las fuerzas para gobernar como él creía que un Emperador debía gobernar a su pueblo.»

A la edición de este breve ensayo, añadimos a modo de apéndice los cinco discursos de Carlos V sobre los que construye su argumentación Menéndez Pidal.


Sebastiano del Piombo, Clemente VII y Carlos V, British Museum