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lunes, 12 de julio de 2021

Valentín Almirall, Contestación al discurso leído por D. Gaspar Núñez de Arce en el Ateneo de Madrid

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Como hemos visto las pasadas semanas, el catalanismo político comienza a despegar con fuerza en torno a 1885, lo que motivó la crítica de Gaspar Núñez de Arce. Ésta resultó superficial y destemplada en varios aspectos, como en el desdén conque trata el renacimiento literario del catalán. La respuesta de Valentín Almirall, tan deslavazada como la del primero, aumentó en cambio el tono denigratorio y el argumento ad hominem, y fue aprovechada para incrementar la propaganda particularista. Argumentos y contraargumentos (si podemos considerarlos así) reafirmaron el choque de dos nacionalismos: uno consagrado por el tiempo, el otro que pugnaba por afirmarse. De ahí que, desde entonces, se descalifique al contrario motejándolo con la doble especular falsedad del castellanismo-separatismo. Y el planteamiento proseguirá incansable en el tiempo… En 2007, en el X Congreso de Historia de Barcelona, el profesor Josep Maria Figueres y Artigues escribía lo siguiente, que comunicamos en traducción apresurada y aproximada:

«En 1885, Almirall se encuentra en un momento óptimo de su imagen pública, en el punto máximo de su popularidad y del prestigio intelectual. Por primera vez su producción periodística aparecerá en tribunas alejadas del pensamiento republicano-federal que hasta ahora la había caracterizado, o de cabeceras propias que él mismo había creado. Así, La Renaixença publica su Contestación al discurso de Núñez de Arce, que también se edita como libro a finales de 1886. Se trata de una réplica al más que famoso discurso que hizo este político madrileño el 8 de noviembre, en Madrid, y que levantó una muy notable polvareda, ya que representaba una argumentación contra el empuje que tomaba la lengua, la cultura y la identidad catalana. Un discurso que motivó otras muchas réplicas y actos públicos de la sociedad catalana, en un proceso de exigencia de normalización y protesta de la discriminación y subordinación al que la sometía el constante centralismo español.

»Almirall replicó Núñez inmediatamente tras llegarle la noticia del discurso y antes de leerlo: bastó conocer el ataque del Ateneo de Madrid para anunciar  respuesta. Y lo escribe inmediatamente, en sólo cuatro días, y hace también campaña pública con cartas, actos, y en la presentación de su escrito en un acto público. El texto aparece también, como hemos dicho, en La Renaixença, que es el periódico fundamental del catalanismo, al ser el único diario de la capital escrito en catalán, ante las dos docenas que aparecen en Barcelona en castellano. La respuesta de Almirall será publicada en seis partes, pero también de forma unitaria, con todos los textos, en los mismos meses de otoño: será un libro famoso en el que aparecerá la vez el discurso de Núñez y la respuesta de Almirall. Además, el Centre Catalá hará campaña, enviando ejemplares en una extensa difusión, como una más de las maniobras de extensión de la argumentación del catalanismo. Almirall hizo lo mismo con España tal como es (...)

»La réplica catalana al discurso de Núñez es multitudinaria. Desde el semanario La Campana de Gràcia, su director, Roca y Roca, y bajo su habitual firma, P.K., escribe: “No somos catalanistas en el sentido con que se lo dicen los que de tales blasonan; pero conste que somos catalanes, y catalanes acérrimos. (...) Para destruir la forma de ser propia de una región determinada es necesario que la que pretenda uniformarla se imponga sobre ella. ¿Y cuál tendrá algún derecho para hacerlo? ¿La más fuerte? En este caso queda planteado el problema pavoroso de la violencia; queda encendida la guerra civil de que ha hablado con tanto recelo y temor D. Gaspar Núñez de Arce al inaugurar las conferencias del Ateneo de Madrid, si bien él cree, por efecto sin duda de un lamentable estrabismo intelectual, que la guerra civil debe venir, precisamente, si se deja de cohibir el espíritu regionalista que se despierta en determinadas provincias de la nación” (...)

»La Renaixença estaba muy sensibilizada por el discurso de Núñez. En la edición de la mañana del día 12 de noviembre, un redactor anónimo escribía expresiones como “ignorancia despreciativa”, “antagonismo entre dos pueblos”, etc., e incluso el término “odio” como expresión de la “justicia de nuestras aspiraciones”; palabras que ponen de manifiesto la profunda incomprensión de la capital del Estado a las reivindicaciones de igualdad que emanaban de la periferia catalana. Unos días después, el 18 de diciembre, La Renaixença apunta hacia Juan Tutau, presidente del Ateneu Barcelonès, al que le critican su pasividad, ya que se considera que debería haber respondido al Ateneo de Madrid: “Algunos entusiastas creerán tal vez que aquel discurso del señor Núñez de Arce exigía una contestación justa y merecida a la ofensa, desde el puesto ocupado por el señor Tutau. Pero el señor Tutau no se entusiasma ni mucho menos; sabe que la ofensa “no se dirigió a Cataluña” y “sí sólo al catalanismo y al regionalismo”, aunque apurando un poco la cosa encontraríamos que la ofensa va dirigida únicamente contra el señor don Valentín Almirall, autor de Lo Catalanisme. Pero algunos, al leer el discurso del señor Tutau, dirán: ¿en qué quedamos? ¿Contra quien va la ofensa? Porque no habrá nadie que le haga el escaso favor al señor Tutau de atribuirle la creencia de que un individuo sea Cataluña, ni el catalanismo, ni el regionalismo.”»

La Campana de Gràcia, 1 de agosto de 1886

lunes, 5 de julio de 2021

Gaspar Núñez de Arce, Estado de las aspiraciones del regionalismo en Galicia, País Vascongado y Cataluña

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Es durante la regencia de María Cristina de Habsburgo cuando el catalanismo político, nacido a partes iguales de la Renaixença literaria, de la resistencia al estado liberal, y del éxito económico, alcanza su primera madurez. Políticos e intelectuales lo observan, según los casos, con interés, con desdén o con preocupación. De estos últimos será Gaspar Núñez de Arce (1832-1903), poeta, autor teatral y político a la sazón liberal fusionista. El 8 de noviembre de 1886 pronuncia en el Ateneo de Madrid el discurso de apertura de sus cátedras, con lo que supone una de las primeras reacciones al auge de lo que acabará siendo el nacionalismo catalán. Desde su talante progresista, pone de relieve lo contradictorio de las bases ideológicas de los que entonces se denominan a sí mismos particularistas:

«Ayuntamiento híbrido, y por tanto estéril, de opiniones encontradas, aunque igualmente extremas, fundidas por el renacimiento literario en mortal enemiga contra Madrid y la lengua castellana, este catalanismo bastardo pide y desea en nombre del elemento ultramontano la resurrección de sus antiguallas forales, cuya bandera ha enarbolado D. Carlos, y a la vez, en nombre de elementos radicalísimos, la constitución de un Estado independiente, adherido a la nacionalidad española, a lo sumo, por vínculos nominales, si es que no llega en su extravío hasta proclamar las excelencias de una separación insensata. Con la jactancia de ser un sistema lógico, racional y práctico, es el delirio más confuso de cuantos pueden salir de cerebro humano enfermo. Simultáneamente teocrático y racionalista, monárquico y republicano, idólatra de los pasados tiempos y ardiente defensor de los principios proclamados por la revolución francesa, el particularismo catalán no es más, en resumen, que la reunión fortuita de dos exageraciones irreductibles, juntas, pero no confundidas, como dos fieras dentro de la misma jaula, en el círculo estrecho de un renacimiento literario, falto en su origen de generosos ideales y de amplios horizontes.

»Mas tal como es, marchando al través de las mayores contradicciones y de los más inexplicables contrasentidos, como viajero que camina sin guía y al azar por selvas vírgenes e inexploradas, ha formulado, bien desabridamente por cierto, sus ofensas, y ha presentado sus soluciones en tres textos curiosos que, según tengo entendido, son, si no obra de la misma mano, inspiración del mismo ingenio: la Memoria presentada el año pasado a S. M. el Rey D. Alfonso XII; unos artículos impresos primeramente en francés en la Revue du Monde Latin, no diré sobre España, sino contra España, y un libro publicado en catalán por el último presidente de los Juegos florales de Barcelona. Tienen, el autor, o los autores de estas obras, la pretensión de haberlas escrito abundando en el sentido práctico y analítico, propio del genio catalán, como para formar contraste con las vanas imaginaciones a que, según ellos, es tan inclinado el pueblo castellano; y en efecto, en las tres muestran su repugnancia invencible a las generalizaciones, generalizando desde el principio hasta el fin de un modo pasmoso.

»Es de ver de qué manera, en estas producciones —que podrían calificarse de catecismo regional de Cataluña, si Cataluña aceptara como suyas, lo cual está muy lejos de suceder, las opiniones de un grupo exiguo pero bullicioso— se plantean y resuelven con un rasgo de pluma, los más arduos problemas antropológicos, étnicos y políticos, y con qué soberana desenvoltura, por medio de afirmaciones rotundas, a las cuales sólo falta la demostración de la prueba para adquirir valor científico, se lanzan sus autores, hacha en mano, por las intrincadas espesuras de la historia nacional, para convencernos de que en España, como si se tratara de Inglaterra invadida y conquistada por los normandos, ha habido durante las últimas centurias, y lo que es más asombroso, hay todavía en nuestros tiempos democráticos, razas dominadoras y razas dominadas.»