Mostrando entradas con la etiqueta PiyMargall. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PiyMargall. Mostrar todas las entradas
jueves, 11 de enero de 2018
Juan de Mariana, Tratado sobre los juegos públicos
Juan de Mariana, del que ya hemos comunicado diversas obras, publicó en 1609 sus Joannis Marianae septem tractatus, de los que extraemos el que hoy nos ocupa. En el segundo volumen de su edición de una selección de sus obras, Pi y Margall la presentaba así: «En su tercer tratado, De spectaculis, traducido por el mismo Mariana al castellano y publicado en esta colección, denuncia los escandalosos abusos del arte teatral en aquella época, y se declara contra ella, si bien ya al fin de su libro, haciéndose cargo de que no ha de lograr desterrarle de su patria, propone para su reforma una multitud de medidas que han sido adoptadas en siglos posteriores, y algunas en nuestros mismos tiempos. Se hace cargo también de la prostitución, y al paso que reconoce la triste necesidad de tolerarla, declama con sobrada justicia contra el establecimiento de los lupanares y contra toda intervención oficial que pueda darle cierto carácter de legitimidad y mas o menos directamente autorizarla. Este tratado es digno de ser consultado por las noticias que da acerca del teatro antiguo, y más que todo por su teoría sobre el placer de que nos hemos ocupado en la división primera de nuestro Discurso.» Y también reflexiona sobre el arte del toreo.
viernes, 19 de mayo de 2017
Francisco Pi y Margall, La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor
El historiador Ogai el Viejo (según nos fabulaba Rafael Sánchez Ferlosio) tuvo la inmensa fortuna de hallar un antiguo y excelente ejemplo del género denominado testimonio: «Comenzaba con la forma ritual del testimonio: la autopresentación del autor, que lo caracteriza expresamente como relato personal, y, como era igualmente ritual, por la exposición del motivo. Esto último parece deberse a que los primeros testimonios, a partir de los cuales habría de configurarse y fijarse el género, eran confesiones o revelaciones de hechos —que, generalmente, por cualquier circunstancia, habían tenido que permanecer secretos— que se contaban, o dejaban contados, para cuando ya nadie pudiese dudar de ellos, ya sea por falta de beneficio alguno para su autor —debido, por ejemplo, a la muerte—, ya por cualquier otra razón, como el haber cesado el motivo para el secreto, y para que surtiesen algún efecto de justicia, como una reivindicación de inocencia o de buena fama o restauración del honor (…) A veces, sin embargo, el único efecto que buscaba el testimonio era el de producir como verdad ante los demás una versión de los hechos ignorada o, más a menudo, no creída en su día. El no creído escribía para después de su muerte, porque juzgaba que sólo desinterés o indiferencia de difunto podía garantizar y autorizar una verdad como verdad, supuesto que pasión, temor ni empeño alguno podían llevarle ya a preferir una versión mejor que otra.» (El testimonio de Yarfoz)
Políticos y gobernantes siempre han querido (y quieren) dejar constancia de su versión de los acontecimientos, y para ello dispusieron de abundantes y agradecidos propagandistas, artistas y escritores. Pero en la edad contemporánea, al tomar parte fracciones más numerosas de la población en el intrincado juego y teatro del poder, se hace mucho más urgente, necesario, pero también convencional y menos efectivo, el legar a la posteridad, y casi al hilo de los acontecimientos, la que se intenta sea la interpretación ortodoxa de la propia carrera política. Pero al deber competir dicha memoria con otras diferentes y opuestas, resultado de planteamientos diferentes, rivales, e incluso enemigos, ya no tienen sentidos las prevenciones que nos trasmitía Ogai el Viejo, correspondientes a la época de la dinastía de los Catránidas… Parece poco útil (criterio básico en la modernidad) aguardar hasta después de la propia muerte para dar a conocer nuestra verdad. Y resultaría excesiva (a no ser entre los plenamente adoctrinados) la presunción de considerar las memorias de políticos y gobernantes «la verdad sobre aquello».
Un excelente ejemplo es el que presentamos. Francisco Pi y Margall (1824-1901), de quien ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales (1855) y Las nacionalidades (1876). En La República de 1873. Apuntes para escribir su historia, se propone vindicarse ante las acusaciones que se le hacen por la culminación de su carrera política: los breves meses en que concentra un considerable poder primero como ministro de la Gobernación, después como jefe de gobierno, en la confusa república del llamado sexenio democrático, todo él también conflictivo y confuso. Escribe estas memorias cuando todavía subsiste el régimen republicano, aunque ya en manos de una (también confusa) coalición de progresistas, antiguos unionistas y demócratas más o menos cimbrios. Eso sí, sin parlamento y sin convocatoria de elecciones, y con una también confusa variedad de oposiciones: radicales, carlistas, alfonsinos, además de los propios republicanos. Jorge Vilches, en su Progreso y libertad (2001) caracteriza así a nuestro autor:
«Otra tendencia (del republicanismo) fue la que inspiró Pi y Margall, fundada sobre la idea de la emancipación política y social del cuarto estado, las clases trabajadoras, mediante la democracia, la división federal del poder público y las asociaciones obreras, como conjunto garante de la libertad. Este proyecto, federal y socialista, no transigía con ningún partido liberal, y su materialización, en palabras de Pi hasta 1873, no saldría más que de las bayonetas, esto es, del derecho de insurrección. Aunque luego en la República varió tal conclusión y hasta confesó su error, el discurso pimargalliano tuvo como principal resultado los pactos federales de 1869, que llevarían al levantamiento de ese año, al surgimiento de la facción ―que no fracción en este caso― intransigente que contaría sus actividades por insurrecciones durante el reinado de Amadeo I, y finalmente al cantonalismo de 1873. La organización del partido llevada a cabo por Pi y Margall durante ese período dio lugar a que el republicanismo fuera exclusivamente federal pactista o pimargalliano en sus principios teóricos y prácticos. El pactismo, esa construcción de abajo arriba de un sistema federal basado en la autonomía y voluntad individual y local, se convirtió en el proyecto regenerador de la masa federal y de los que se llamaron republicanos intransigentes o de provincias.»
Con La República de 1873, Pi y Margall quiso vindicar su labor de gobierno, justificar su fracaso (y el entonces ya previsible del régimen), a consecuencia no de posibles errores suyos, sino de la conjunción de circunstancias, apresuramientos y traiciones. Y al mismo tiempo, reconfortar a sus seguidores y mantener su fe en un futuro que, necesariamente, ha de ser pactista, sinalagmático, conmutativo y federal. La realidad quedó así justificada, y «el universo usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza», con palabras de Borges referidas a aquellos codiciosos bibliotecarios de Babel que «abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación (…) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero».
viernes, 10 de febrero de 2017
Francisco Pi y Margall, Las Nacionalidades
De Francisco Pi y Margall (1824-1901) ya hemos comunicado La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales, obra con la que en 1855 intenta proporcionar al liberalismo una base ideológica rigurosa. Con ella podemos considerar que inicia su carrera política, desde entonces encuadrada en el ámbito republicano federal y demócrata. Apenas veinte años después, ya convertido en uno de los referentes del movimiento, ocupará el ministerio de la gobernación y luego la presidencia de una república a la que se ha llegado de un modo que él rechaza: por medio de la decisión de una asamblea parlamentaria, en lugar de mediante una constelación de levantamientos revolucionarios por toda la geografía española. Serán unos breves meses —de febrero a junio, y de junio a julio de 1873— en los que sus principios ideológicos, políticos e incluso morales, chocarán con una confusa realidad en la que se entremezcla la lucha política entre republicanos conservadores, centristas e intransigentes, sobre el telón de fondo de las guerras cubana, carlista y cantonales. Durante la república autoritaria de 1874 y la subsiguiente Restauración, Pi mantendrá sus principios y su vida política activa, por lo menos hasta la muerte de Alfonso XII.
Reflejará su valoración de estos acontecimientos recientes con los que se ha intentado llevar a la práctica sus planteamientos en su La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor. Y a continuación redactará un nuevo texto teórico para fundamentar su defensa del federalismo, que publicará en 1876: Las Nacionalidades, que aquí presentamos. Supone un esfuerzo para justificar sus principios mediante el análisis de la organización política de cuatro estados federales: el Imperio Alemán, los Estados Unidos, el Imperio Austríaco, y Suiza. Y, en consecuencia, la conveniencia de su aplicación en el caso español para superar los errores del unitarismo. La obra merece la pena por retrotraernos a su época y a sus planteamientos radicales pero aún plenamente liberales, por más que flirtee con el naciente socialismo.
Pero aun posee otros valores que quizás pueden resultar más sorprendentes e innovadores en su época. El catalán Pi y Margall se siente profundamente español desde el punto de vista histórico, político y (lo que quizás era más importante para él) cultural: fue un excelente literato y editor de grandes obras de la literatura, como la Historia de España de Mariana. Y sin embargo en esta obra nos resulta gratamente refractario a los excesos nacionalistas entonces ya comunes y habituales desde todas las posturas políticas. Así, sostiene que las naciones no dependen ni de las lenguas, ni de las fronteras naturales, ni de la historia, ni de las razas. Abunda en lo contradictorio, opuesto y nocivo de todos estos criterios, especialmente el último de ellos, que relaciona con las ideas de Haeckel. Naturalmente, la solución que propone será que cualquier nación es, en último caso, resultado del pacto, de la decisión de convivir. Y lo ejemplifica en el caso suizo: «Dentro de la misma Europa hay una nación que corrobora lo que estoy diciendo. Me refiero a Suiza, compuesta de veintidós cantones o Estados. De estos cantones, unos son por su origen alemanes, otros franceses, otro italiano; unos son protestantes, otros católicos; unos entraron libremente en la Confederación, otros por la fuerza; unos empezaron por ser meros aliados de la república, otros meros súbditos. Viven, sin embargo, formando todos tranquilamente un solo cuerpo, sobre todo desde que establecieron en toda su pureza los principios democráticos, y como los Estados Unidos, les dieron la nación por salvaguardia y escudo.»
domingo, 21 de diciembre de 2014
Francisco Pi y Margall, La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales
En la España de mediados del siglo XIX, a rebufo de las revoluciones europeas del 48, se dan a conocer los llamados demócratas. Son un grupo de políticos e intelectuales que, desde las posturas entonces consideradas más avanzadas, someten a una crítica profunda el sistema liberal vigente, caracterizado por el predominio de los moderados; pero su crítica alcanza también a los progresistas. Hacen bandera del sufragio universal masculino, de la república, y de una novedosa preocupación social por las clases populares (especialmente por las urbanas). Pues bien, la revolución de 1854 les va a conceder protagonismo en los levantamientos de diversas ciudades, y aunque pronto se desencantarán del nuevo régimen que se establece y quedarán relegados, les permitirá incrementar la propagación de sus ideales. La obra que presentamos es uno de los mejores ejemplos de ello.
El joven Francisco Pi y Margall (1824-1901) se ha movilizado en el Madrid revolucionario, ha publicado el correspondiente panfleto (incluido como apéndice en esta obra) e, incluso, ha sido brevemente detenido. Y en los meses posteriores emprenderá la composición de una completa exposición de su pensamiento político, La reacción y la revolución. Reaprovecha textos publicados con anterioridad, y elabora el primer intento serio de dotar al liberalismo radical español de una fundamentación filosófica y científica. Partiendo de Hegel (sobre todo de su metodología) y de Proudhon (del que traducirá más tarde varias obras; pero lo interpreta desde los presupuestos liberales individualistas), analiza las sociedades y su historia. Rechaza el cristianismo (al que sustituye con un panteísmo idealista de carácter ateo), la monarquía (con la necesaria alternativa de la república), el sufragio censitario (a sustituir por el universal), el estado unitario (que obstaculiza el más consecuente sistema federal).
Rechaza la interpretación convencional de muchos principios liberales, como el de la soberanía popular, insiste en la necesidad de una auténtica mejora de las condiciones sociales y económicas, y no teme proclamarse socialista y anarquista: «Abjuremos ya toda esperanza en los gobiernos. Convenzámonos de que su intervención es y ha de ser siempre perniciosa, de que hasta su protección nos es funesta. Parecidos al caballo de Atila, donde sientan el pie no crece más la hierba. Abominémoslos. Solamente la libertad puede darnos lo que ansiamos, vivificar esta tierra, abrasada por la acción gubernamental de siglos.» Y en otro lugar: «La revolución social y la política son a mis ojos una. Yo no puedo nunca separarlas.»
La crítica a fondo del régimen liberal en el que vive (tanto el previo como el posterior a la Vicalvarada), desvelando su carácter de farsa, de tergiversación de los principios liberales que supuestamente les orientan, y que son conculcados en la práctica, pueden resultarnos muy actuales. También la denuncia de la corrupción, de las decisiones tomadas por motivos exclusivamente partidistas. Asimismo la obsesión por atacar a sus vecinos ideológicos más próximos, los progresistas. Ahora bien, cuando en la segunda parte comienza a enumerar de formar exhaustiva sus propuestas políticas y de administración, es cuando nos retrotrae a la época original de la obra. Es la época en la que lo revolucionario y extremista es el desmantelamiento del estado, al que se le debe impedir inmiscuirse en la vida de los individuos y de los pueblos; en la que se rechaza la red educativa pública erigida en la década anterior; en la que se opone la libre iniciativa de los individuos, a los intentos de planificación gubernamental de obras públicas; en la que se condena la regulación administrativa de las actividades productivas y profesionales; en la que, por tanto, se aboga por la disminución de los empleados públicos, que pueden llegar a ser innecesarios y perjudiciales...
Una última observación. La reacción y la revolución muestra el convencimiento con que su joven autor defiende posiciones y planteamientos. Es una auténtica cosmovisión, en la que su aguda curiosidad intelectual le lleva a pontificar sobre cualquier aspecto de la realidad, sin dejar resquicio alguno a la duda... Quizás por ello resulta inquietante y premonitorio el leitmotiv que recorre la obra «la revolución es la paz, la reacción la guerra».
El joven Francisco Pi y Margall (1824-1901) se ha movilizado en el Madrid revolucionario, ha publicado el correspondiente panfleto (incluido como apéndice en esta obra) e, incluso, ha sido brevemente detenido. Y en los meses posteriores emprenderá la composición de una completa exposición de su pensamiento político, La reacción y la revolución. Reaprovecha textos publicados con anterioridad, y elabora el primer intento serio de dotar al liberalismo radical español de una fundamentación filosófica y científica. Partiendo de Hegel (sobre todo de su metodología) y de Proudhon (del que traducirá más tarde varias obras; pero lo interpreta desde los presupuestos liberales individualistas), analiza las sociedades y su historia. Rechaza el cristianismo (al que sustituye con un panteísmo idealista de carácter ateo), la monarquía (con la necesaria alternativa de la república), el sufragio censitario (a sustituir por el universal), el estado unitario (que obstaculiza el más consecuente sistema federal).
Rechaza la interpretación convencional de muchos principios liberales, como el de la soberanía popular, insiste en la necesidad de una auténtica mejora de las condiciones sociales y económicas, y no teme proclamarse socialista y anarquista: «Abjuremos ya toda esperanza en los gobiernos. Convenzámonos de que su intervención es y ha de ser siempre perniciosa, de que hasta su protección nos es funesta. Parecidos al caballo de Atila, donde sientan el pie no crece más la hierba. Abominémoslos. Solamente la libertad puede darnos lo que ansiamos, vivificar esta tierra, abrasada por la acción gubernamental de siglos.» Y en otro lugar: «La revolución social y la política son a mis ojos una. Yo no puedo nunca separarlas.»
La crítica a fondo del régimen liberal en el que vive (tanto el previo como el posterior a la Vicalvarada), desvelando su carácter de farsa, de tergiversación de los principios liberales que supuestamente les orientan, y que son conculcados en la práctica, pueden resultarnos muy actuales. También la denuncia de la corrupción, de las decisiones tomadas por motivos exclusivamente partidistas. Asimismo la obsesión por atacar a sus vecinos ideológicos más próximos, los progresistas. Ahora bien, cuando en la segunda parte comienza a enumerar de formar exhaustiva sus propuestas políticas y de administración, es cuando nos retrotrae a la época original de la obra. Es la época en la que lo revolucionario y extremista es el desmantelamiento del estado, al que se le debe impedir inmiscuirse en la vida de los individuos y de los pueblos; en la que se rechaza la red educativa pública erigida en la década anterior; en la que se opone la libre iniciativa de los individuos, a los intentos de planificación gubernamental de obras públicas; en la que se condena la regulación administrativa de las actividades productivas y profesionales; en la que, por tanto, se aboga por la disminución de los empleados públicos, que pueden llegar a ser innecesarios y perjudiciales...
Una última observación. La reacción y la revolución muestra el convencimiento con que su joven autor defiende posiciones y planteamientos. Es una auténtica cosmovisión, en la que su aguda curiosidad intelectual le lleva a pontificar sobre cualquier aspecto de la realidad, sin dejar resquicio alguno a la duda... Quizás por ello resulta inquietante y premonitorio el leitmotiv que recorre la obra «la revolución es la paz, la reacción la guerra».
![]() |
| Eugenio Lucas, La Puerta del Sol durante la revolución de 1854 |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







