Mostrando entradas con la etiqueta Spencer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Spencer. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de septiembre de 2024

Jesse Ames Spencer, Historia de los Estados Unidos desde su primer período hasta la administración de Jacobo Buchanan

Desconocido.
Daguerrotipo norteamericano

Tomo I  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  

Tomo II |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  | 

AHORA EN INTERNET ARCHIVE 

Jesse Ames Spencer (1816-1898) fue un clérigo episcopaliano natural de Nueva York, al que ciertos problemas de salud le apartaron todavía joven de un ejercicio convencional de su ministerio parroquial. Por ello, y tras un viaje por Europa, Egipto y Palestina (sobre el que publicó más tarde el correspondiente libro), se centró en tareas docentes y literarias en las que acabaría destacando. A lo largo de su vida publicó numerosas obras, sobre todo de temática clásica (editó numerosos textos), religiosa, e histórica. Sin embargo, le fue bastante difícil en un principio su dedicación en exclusiva a tareas intelectuales.

Gregory M. Pfitzer, en su Jesse Spencer as Historian, señala cómo «resultó complicado dar con un trabajo intelectual serio que le proporcionara un salario digno. En 1854 entró en un período que él mismo describe como días oscuros durante el cual se vio obligado a escribir anuncios para artículos tales como betún para el calzado, imperdibles o cerveza de jengibre. Aunque desanimado por este infra dignitate, dependía, no obstante, de su escasa remuneración. Y añadió: En aquella situación, me vi necesariamente obligado a dirigir mi atención hacia otros terrenos... Junto con varias ocupaciones literarias diversas, comencé, en 1854-1855, la preparación de una obra extensa y laboriosa, a saber, la Historia de los Estados Unidos, desde el período más antiguo hasta el presente, que se publicará por entregas, con finos grabados en acero…

»Spencer creía que los historiadores norteamericanos tenían la obligación de adoptar un enfoque activo hacia el pasado. Consideró que debía recordar a los lectores la responsabilidad que conllevaba vivir su destino como norteamericanos en la década de 1850. Creía que la Providencia había trazado un rumbo especial para los norteamericanos, pero disponer de dicho plan no significaba tenerlo seguro. Los norteamericanos no podían sencillamente quedarse sentados, pasivos, como si una ignotas fuerzas controlaran su futuro; debían actuar basándose en sus convicciones morales para que no se desviarse del camino correcto. Por tanto, los historiadores no sólo habían de preservar la memoria del pasado; tenían que utilizar el pasado para mover a los ciudadanos a actuar en el presente y en el futuro.»

Esta Historia de los Estados Unidos es, naturalmente, obra de su tiempo: se centra fundamentalmente en los asuntos políticos y bélicos, tanto en su pasado colonial como en su vida independiente. Abundan las referencias a leyes y reglamentos, a disputas jurídicas, a reivindicaciones y derechos, operaciones militares y matanzas varias. Sin embargo no faltan algunos interesantes episodios en los que se incrementa lo puramente narrativo. Por ejemplo, la historias de Pocahontas, las brujas de Salem, el complot negro de Nueva York…

El autor se limita a afirmar en el arranque de la obra que «el único gran objetivo que me he propuesto ha sido presentar una narración veraz, imparcial y accesible sobre el origen, crecimiento y progreso de esta poderosa República que ahora ya se extiende de océano a océano, y que avanza, año tras año, a pasos agigantados, hacia un mayor poder e influencia entre la familia de naciones.» Pero naturalmente, es una obra cumplida, inadvertidamente nacionalista, cuyo planteamiento deriva evidentemente del Destino manifiesto del pueblo norteamericano, que justifica tanto la expulsión de los habitantes que quieren seguir siendo súbditos del rey de Inglaterra, las matanzas y deportaciones de la población india, el sistema esclavista y la discriminación de la población libre de color, las enormes ganancias territoriales por acuerdos políticos que dejan de lado a sus habitantes (Luisiana, Oregón) o directamente por la fuerza (Florida, Tejas, Nuevo Méjico, California).

Publicada esta Historia con anterioridad al estallido de la guerra civil, recoge perfectamente el conflicto latente entre el Norte y el Sur, y no sólo a causa de la esclavitud. Lógicamente, las ediciones posteriores de esta obra la amplían con la presidencia de Abraham Lincoln, la guerra, la abolición de la esclavitud y la presidencia de Johson. En cambio, la traducción española de 1873 agrega un interesante texto del ilustre periodista y editor Horace Greeley, que dirigió el New York Tribune, y que publicó asimismo The American conflict: a history of the Great rebellion in the United States of America, en dos volúmenes. Esperamos incluirlo en algún momento en Clásicos de Historia.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Herbert Spencer, El individuo contra el Estado


 |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Chesterton nos presentó en una de sus últimas obras a James Haggis, que «era de esos viejos progresistas que resultan más rígidos y dogmáticos que cualquier retrógrado; y, aunque teóricamente defendía un programa de austeridad y reformas, terminaba imponiendo que casi toda reforma era demasiado costosa para las exigencias de la austeridad. De esta traza su veto había desbaratado el generalizado apoyo suscitado por la admirable campaña del viejo Dr. Campbell para combatir la epidemia en los barrios pobres durante los momentos más críticos. Pero acaso sería una inferencia desmesurada colegir de sus objeciones económicas que era un demonio que disfrutaba viendo niños pobres morir de tifus (…) Por lo demás, era reconocidamente honrado en los negocios y fiel a su esposa y su familia.» (Las paradojas de míster Pond)

Mr Haggis nos recuerda al influyente victoriano Herbert Spencer (1820-1903), maestro y crítico de su tiempo en tantos saberes, habitualmente construidos a partir del liberalismo y el evolucionismo, siempre presentes, y también en sus reflexiones políticas: «Y, sin embargo, es extraño decirlo, ahora que se reconoce esta verdad (el evolucionismo de Darwin) por las personas más cultas, ahora que definitivamente han comprendido los eficaces resultados de la supervivencia de los más aptos, más que se comprendía en tiempos pasados, ahora, mucho más que nunca en la historia del mundo, ¡están haciendo todo lo que pueden para favorecer la supervivencia de los menos aptos! (…) Sí, ciertamente; su principio se deriva de la vida de los brutos , y es un principio brutal. No me persuadiréis de que los hombres deben vivir bajo la misma disciplina que los animales. No me importan sus argumentos de historia natural. Mi conciencia me enseña que se debe ayudar al débil y al desgraciado...» Pero anota a pie de página el caso de «una cierta hija del arroyo… Margaret, que fue la madre fecunda de una raza prolífica. Además de gran número de idiotas, imbéciles, borrachos, lunáticos, depauperados y prostitutas el Registro del condado cita doscientos de sus descendientes que han sido criminales. ¿Existió crueldad o bondad en permitir que se multiplicaran, generación tras generación, y que llegaran a constituir una calamidad para la sociedad?»

Hannah Arendt puso de manifiesto en Los orígenes del totalitarismo, como «Herbert Spencer, que consideraba la sociología como una parte de la biología, creía que la selección natural beneficiaba a la evolución de la humanidad y determinaría una paz perpetua. El darwinismo ofreció dos importantes conceptos para la discusión política: la lucha por la existencia, con la afirmación optimista sobre la necesaria y automática “supervivencia de los más aptos”, y las posibilidades indefinidas que parecían existir en la evolución del hombre a partir de la vida animal y que iniciaron la nueva “ciencia” de la eugenesia (…) La eugenesia prometía superar las perturbadoras incertidumbres de la supervivencia según las cuales era imposible predecir quién resultaría ser el más apto o proporcionar los medios para que las naciones llegaran a desarrollar una aptitud permanente.»

Y en lógica correspondencia, Spencer defiende el individualismo, la primacía del individuo sobre el Estado: condena lo que denomina una auténtica «superstición política», la pretensión del «derecho divino del Parlamento», heredado de los viejos reyes. Lo cual se traduce en una invasión de la privacidad de los ciudadanos a través de innumerables reglamentos que afectan todas las esferas de la vida social: asistencial, educativa, laboral... hasta la propia moralidad y usos. Con su intervencionismo, los gobiernos obstaculizan el progreso natural fruto del interés y la cooperación, ambas espontáneas, de los ciudadanos en sociedad. Muy crítico con los políticos de su tiempo, rechaza el abuso de las mayorías, su imposición sobre las minorías.