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lunes, 7 de abril de 2025

Luis Zapata de Chaves, Miscelánea o Varia historia

El Arte Poética de Horacio, por Luis Zapata, Lisboa 1592

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En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva un curioso manuscrito de fines del siglo XVI, transcrito y publicado por Pascual de Gayangos en 1859. Contiene dos centenares y medio de capítulos, la mayoría muy breves, con un sinfín de anécdotas, pensamientos, chistes, lecturas, noticias verdaderas y rematadamente falsas… De ahí que se la haya titulado comúnmente como Miscelánea, aunque su autor la denomina Varia historia. Realmente, no es equiparable a las Noches Áticas de Aulo Gelio, o a los Ensayos de Montaigne, pero poseen un gran atractivo como medio para acercarnos a los valores, intereses y vivencias de un representativo personaje renacentista.

La obra fue dictada a lo largo de los últimos años de su vida por el caballero extremeño Luis Zapata de Chaves (1526-1595), de la Orden de Santiago, y señor de vasallos. En el prólogo de su Libro de Cetrería (1583), nos informa de lo que podemos considerar su proyecto vital: «Por tres cosas alababa Platón a sus dioses: que le habían hecho hombre y no bestia, varón y no hembra, griego y no bárbaro; yo, en la juvenil edad que me hallé con aquellas mismas, y mejor la postrera, que es ser español, deseé otras tres: ser gran cortesano y ser gran poeta y justador. Lo que de esto alcancé, que cierto fue poco, a los juicios ajenos, que son los jueces, lo remito.»

Cortesano lo fue durante veinte años, desde que con nueve de edad se incorporó como paje al séquito del futuro Felipe II, del que era coetáneo. Junto a él recibió una extensa formación intelectual y física, el hábito de la Orden de Santiago, y la oportunidad de acompañar al príncipe en su felicísimo viaje (1548-1551) a través de Italia, Alemania y Flandes. En 1556 se desvinculará de la corte, cuando la abdicación del emperador. Zapata se casa y se establece en su Llerena natal, con frecuentes desplazamientos a Sevilla, Talavera…

Ejercitó con maestría las actividades más propias de la nobleza, la caza (especialmente la altanería) y las justas. Hay numerosas referencias a ello en la Miscelánea, y en obras de otros autores. Pero un caballero renacentista ha de ser también poeta. Su obra más ambiciosa es el Carlo Famoso (1566), epopeya que narra los hechos de Carlos I. Su publicación le deparó cuantiosos gastos, una escasa repercusión, y además fue seguida por una profunda caída que le conduce a una prisión severa durante dos años, y más limitada (vive con su familia y seis criados) durante otros veinte, hasta su rehabilitación plena en 1591.

Marcelino Menéndez Pelayo, en su Orígenes de la novela, se refiere así la obra que presentamos: «El caballero extremeño don Luis Zapata (...) retrájose en su vejez, después de haber corrido mucho mundo, a su casa de Llerena, “la mejor casa de caballero de toda España (al decir suyo), y aun mejor que las de muchos grandes”, y entretuvo sus ocios poniendo por escrito, sin orden alguno, en prosa inculta y desaliñada, pero muy expresiva y sabrosa, por lo mismo que está limpia de todo amaneramiento retórico, cuanto había visto, oído o leído en su larga vida pasada en los campamentos y en las cortes, filosofando sobre todo ello con buena y limpia moral, como cuadraba a un caballero tan cuerdo y tan cristiano y tan versado en trances de honra, por lo cual era consultor y oráculo de valientes.

»Resultó de aquí uno de los libros más varios y entretenidos que darse pueden, repertorio inagotable de dichos y anécdotas de españoles famosos del siglo XVI, mina de curiosidades que la historia oficial no ha recogido, y que es tanto más apreciable cuanto que no tenemos sobre los dos grandes reinados de aquella centuria la copiosa fuente de Relaciones y Avisos que suplen el silencio o la escasez de crónicas para los tiempos de decadencia del poderío español y de la casa de Austria.

»Para todo género de estudios literarios y de costumbres; para la biografía de célebres ingenios, más conocidos en sus obras que en su vida íntima; para empresas y hazañas de justadores, torneadores y alanceadores de toros; para estupendos casos de fuerza, destreza y maña; para alardes y bizarrías de altivez y fortaleza en prósperos y adversos casos, fieros encuentros de lanza, heroicos martirios militares, conflictos de honra y gloria mundana, bandos y desafíos, sutilezas corteses, donosas burlas, chistes, apodos, motes y gracejos, proezas de grandes soldados y atildamiento nimio de galanes palacianos; para todo lo que constituía la vida rica y expansiva de nuestra gente en los días del Emperador y de su hijo, sin excluir el sobrenatural cortejo de visiones, apariciones y milagros, alimento de la piedad sencilla, ni el légamo de supersticiones diversas, mal avenidas con el Cristianismo, ofrece la Miscelánea de Zapata mies abundantísima.»

Del manuscrito original

lunes, 19 de agosto de 2024

Alejandro Manzoni, Los novios. Historia milanesa del siglo XVII

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En sintonía con la anterior entrega, proseguimos en estos días veraniegos con otra novela romántica ambientada en unos dramáticos acontecimientos históricos. I promessi sposi (1827) es la obra cumbre de Alejandro Manzoni (1785-1873), y una de la más destacadas de la narrativa decimonónica en cualquier idioma.

La obra transcurre durante la guerra de los Treinta Años, en el Milanesado hispánico (del lago de Como a la capital), durante el problemático episodio de la sucesión del ducado de Monferrato, disputado por franceses, saboyanos y españoles. El argumento desarrolla las sucesivas adversidades que sufrirán los enamorados del título, malévolamente perseguidos y separados durante casi dos años. Manzoni incluye y hace participar de la acción a distintos personajes históricos, pero el verdadero protagonismo recae en las calamidades y acontecimientos de esa época. Hambre, guerra, peste y muerte —los cuatro jinetes del apocalipsis— intervienen sucesivamente en el devenir de la novela.

Marcelino Menéndez Pelayo (Estudios y discursos de crítica histórica y literaria) valoró así esta obra: «Universal aplauso ha valido a Manzoni su novela I Promessi Sposi, uno de los dos libros italianos más leídos en este siglo. A decir verdad, Manzoni, que era ante todo un lírico, no parecía nacido para el género de Walter Scott. La acción de I Promessi Sposi es un poco lánguida, y los personajes principales no interesan grandemente; pero si la obra no es un dechado de novela, como algunos (con error, a mi juicio) pretenden, es a lo menos un libro elocuente y conmovedor, de los que hablan al corazón y al entendimiento. Notaré, sobre todo, cuatro episodios, el de la monja de Monza, modelo de análisis psicológico, el de la conversión del Innominado, el del tumulto de Milán y el de la peste. En muy pocos libros de esta centuria pueden encontrarse páginas que se acerquen a las citadas.»

Las abundantes versiones al español enumeradas por el Diccionario Histórico de la Traducción en España nos hablan del éxito persistente de la obra: «El clérigo Félix Enciso Castrillón fue el primero en castellanizar la obra con el título Lorenzo, o Los prometidos esposos. Suceso de la historia de Milán del siglo XVII (Madrid, Cuesta, 1833), pero su total falta de respeto al original, parafraseado y censurado sistemáticamente, la despojan de valor; le siguió la versión mucho más fiel del liberal Juan Nicasio Gallego (Barcelona, Bergnes de las Casas, 1836-1837), realizada a instancias de Aribau, y cuya larga fortuna —debida a la agilidad y elegancia del estilo— se prolongó hasta todo el siglo XX, a menudo bajo forma de plagio (a este último tipo pertenece, entre otras, la firmada por Javier Olondriz en 1956, mientras que son meras reelaboraciones suyas las de Florencio S. Yarza y Javier Costa Clavell, respectivamente de 1931 y 1972).

»La primera traducción basada en el texto definitivo de 1840 fue la de José Alegret de Mesa (Los prometidos esposos), que incluyó también la Historia de la Columna Infame (Madrid, Cabello y Hermano, 1850), aunque, al igual que las anteriores, omitió la Introducción ideada por Manzoni para presentar la obra como reescritura personal de una crónica anónima. Su excesiva literalidad impidió que tuviera nuevas ediciones (salvo dos plagios aparecidos anónimamente en París, en 1852, y en Sevilla, en 1876), cosa distinta a lo ocurrido con otra versión, castiza y parafrástica, de Gabino Tejado, aparecida en 1859 (Los novios; Valencia, Imprenta Católica de Piles), y objeto de reediciones hasta los años 60 del siglo XX bajo el patrocinio de la Iglesia (Viada i Lluch refundió el texto para la editorial barcelonesa La Hormiga de Oro en 1933).

»En el año de la muerte del escritor, Manuel Aranda y Sanjuán tradujo nuevamente la novela, incluyendo por vez primera la Introducción y añadiendo grabados de diversos artistas (Los novios; Barcelona, La Ilustración, 1873-1874); sin embargo, pese a su pulcritud, nunca llegó a reimprimirse, y otro tanto ocurrió en el siglo XX con dos nuevas versiones ligadas a la letra original, la de Ramón Sangenís (Los novios; Barcelona, Fama, 1952) y la de Amando Lázaro Ros (Los novios; Madrid, Aguilar, 1961; editorial que había venido reimprimiendo la versión de Gallego).

»Las primeras décadas del siglo XX, en cambio, habían visto aparecer la única y excelente traducción catalana de la obra debida a Maria Antònia Salvà (Els promesos. Història milanesa del segle XVII; Barcelona, Editorial Catalana, 1923-1924, revisada por Francesc Vallverdú en 1981), mientras que las últimas aportaron dos nuevas traducciones en castellano atentas al estilo y al ritmo de la prosa original, la de Esther Benítez (Madrid, Alfaguara, 1978) y la de Nieves Muñiz (Madrid, Cátedra, 1985), ésta acompañada por amplio estudio introductorio y aparato de notas. A ellas se ha sumado en 1996 la versión gallega de Xavier Rodríguez Baixeras (Vigo, Galaxia), mientras que falta aún una traducción al euskera.»

Hemos escogido la traducción de Juan Nicasio Gallego (1777-1853), de 1836, aunque hemos utilizado su reedición en la benemérita Biblioteca Clásica (1880). Esta versión de Gallego se realizó por iniciativa de Buenaventura Carlos Aribau (1798-1862), admirador de Los novios desde años atrás, como se observa en el arranque de su más conocida obra, la Oda a la patria (1833): «A Déu siau, turóns, per sempre á Déu siau; / O serras desiguals, que allí en la patria mia...», evidentemente inspirado en la sentida despedida cuando los protagonistas se ven obligados a abandonar su pueblo natal, en el capítulo VIII de la novela.

Ercole Calvi, Familia de pescadores de Lecco, en el lago de Como

lunes, 19 de febrero de 2024

Pedro Mártir de Angleria, Cartas del Nuevo Mundo 1493-1525

Retrato de un humanista, atribuido a Scorel

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Con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento de América, Marcelino Menéndez y Pelayo se ocupó del autor de esta semana en su ensayo De los historiadores de Colón:

«El humanista milanés Pedro Mártir de Angleria o Anghiera, andante en corte de los Reyes Católicos y de sus sucesores desde 1488 a 1526, preceptor de la juventud cortesana en las artes liberales; canónigo de Granada, que vio conquistar; primer Abad de la Jamaica, donde no residió nunca; embajador al Sultán del Cairo; miembro del primitivo Consejo de Indias; corresponsal asiduo de Papas, Cardenales, príncipes, magnates y hombres de letras, ofrece en su persona uno de los más antiguos y señalados tipos del periodismo noticiero. Mientras otros latinistas se esforzaban en renovar las formas clásicas de la historia y vestir con la toga y el laticlavio a los héroes contemporáneos, él escribía al día, en una latinidad moderna muy abigarrada y pintoresca, muy llena de chistosos neologismos, cuanto pasaba a su lado, cuantos chismes y murmuraciones oía, dando con todo ello incesante pasto a su propia curiosidad, siempre despierta, y a la de sus amigos italianos y españoles.

»Tenía para su oficio la gran cualidad de interesarse en todo y de no tomar excesivo interés por ninguna cosa, con lo cual podía pasar sin esfuerzo de un asunto a otro, y dictar dos cartas mientras le preparaban el almuerzo. Acostumbrado a tomar la vida como un espectáculo curioso, gozó ampliamente de cuantos portentos le brindaba aquella edad, sin igual en la historia, y estuvo siempre colocado en las mejores condiciones para verlo y comprenderlo todo, desde la guerra de Granada hasta la revuelta de las Comunidades. Su espíritu, generalmente recto, propendía más a la benevolencia que a la censura, sobre todo con aquellos de quienes esperaba honores y mercedes que contentasen su vanidad, muy subida de punto, aunque inofensiva, y su muy positivo amor a las comodidades y a las riquezas, que la fortuna le concedió ciertamente con larga mano.

»Hombre de ingenio fino y sutil, italiano hasta las uñas, quizá presumía demasiado de su capacidad diplomática; pero poseyó en alto grado el don de observación y el conocimiento de los hombres. Sus juicios no han de tomarse por definitivos, pero reflejan viva y sinceramente la impresión del momento. Él mismo, como todos los escritores de su género, rectifica a cada paso y sin violencia alguna lo que en cartas anteriores había consignado. El Opus Epistolarum es un periódico de noticias en forma epistolar, dividido en 812 números, y así es como debe juzgarse. Por desgracia, no lo poseemos en su forma primitiva. Retocado por el autor cuando había perdido ya la memoria de muchos incidentes, refundido (probablemente) después por mano desconocida, que dio a la mayor parte de las cartas una cronología absurda, barajó unas con otras y quizá se permitió graves intercalaciones, el Opus Epistolarum comienza a ser mirado como documento sospechoso (...) Tal paradoja no ha prosperado mucho, porque el carácter personalísimo de la correspondencia y el tono de actualidad que en ella reina parecen alejar la idea de un fraude, cuyo objeto tampoco se comprende; pero siempre quedan en pie graves sospechas de adulteración, y el testimonio de Pedro Mártir, cuando no está confirmado por otras autoridades más seguras, no obtiene ya aquella ilimitada confianza que le daba Prescott, por ejemplo.

»Afortunadamente, para nuestro objeto, estas dudas importan poco, puesto que no son muchas ni muy extensas las cartas del Opus Epistolarum que hablan de Colón, si bien todas ellas son curiosísimas como primeras nuevas y boletines de la victoria lograda sobre el Océano. La obra de Pedro Mártir que derecha y exclusivamente se refiere a los descubrimientos de América, es decir, sus ocho Décadas de Orbe Novo, no han sido de autenticidad sospechosa para nadie ni pueden serlo, puesto que en parte fueron publicadas en vida del autor mismo. De la veracidad de sus noticias responde no menor autoridad que la de Fr. Bartolomé de las Casas. “De los que escribieron cerca de estas primeras cosas, a ninguno se debe dar más fe que a Pedro Mártir, que escribió en latín sus Décadas, estando aquellos tiempos en Castilla, porque lo que en ellas dijo tocante a los principios fue con diligencia del mismo Almirante, descubridor primero, a quien habló muchas veces, y de los que fueron en su compañía inquirido, y de los demás que aquellos viajes a los principios hicieron. En las otras, pertenecientes al discurso y progreso destas Indias, algunas falsedades sus Décadas contienen.”

»Tenemos, pues, en las Décadas de Pedro Mártir una nueva versión de origen colombino (a lo menos en su mayor parte), favorable por consiguiente al descubridor, menos detallada y menos técnica que la de sus diarios y cartas, más artificiosa que la de Bernáldez: acomodada en suma al paladar del público letrado de Italia, que ávidamente devoraba estas Décadas, dando ejemplo de ello el mismo Papa León X, que las leía de sobremesa a su sobrina y a los Cardenales. Pedro Mártir debía buscar, por sus instintos de periodista, lo más ameno, lo más exótico, lo más pintoresco y divertido de aquella materia novísima, deteniéndose sobre todo en las rarezas de historia natural y en notar maligna y curiosamente los ritos y costumbres y supersticiones de los indígenas en aquello que más contraste presentaban con los hábitos del Viejo Mundo. Predominan en él, por consiguiente, los detalles antropológicos, y algunos se encuentran por primera vez en sus Décadas. sirva de ejemplo la exposición de la mitología de los indios en la Española, tomada de un librillo manuscrito que había compuesto Fr. Román Pane, de la Orden de San Jerónimo, primer catequista de aquellos salvajes; libro que luego insertó a la letra don Fernando Colón en la biografía de su padre. Esta especie de carnosidad científica realza sobremanera el libro de Pedro Mártir, además del habitual agrado de su estilo, incorrectísimo ciertamente y nada clásico, pero muy suelto, chispeante e ingenioso (...)

»De todos modos, es harto evidente el servicio que Pedro Mártir hizo a la historia de nuestro más glorioso reinado para que por defectos de forma hayamos de regatearle sus méritos de observador incansable y curioso, no menos que de abreviador sensato y lúcido. Trabajó, como Bernáldez, sobre papeles del Almirante, y además recogió de la tradición oral muchas noticias, porque “hablaba con todos y todos se holgaban de darle cuenta de lo que veían y hallaban, como a hombre de autoridad, y él que tenía cuidado de preguntarlo”, según dice Fr. Bartolomé de las Casas. Estaba en Barcelona en 1493, y presenció el triunfal recibimiento de Colón, sobre el cual por raro caso guardan absoluto silencio los documentos de nuestros archivos. El Almirante mismo le escribía de continuo y vivía con él en íntima familiaridad, intima familiaritate devinctus, como quien le había conocido aún antes de la toma de Granada. Tuvo, por consiguiente, las mejores ocasiones de informarse: convidaba a los conquistadores a su mesa, los abrumaba a preguntas como un reporter, y con el buen juicio que tenía, procuraba separar de sus relaciones la parte de hipérbole y de vanagloria. Algunas veces tropezó, no obstante, por la ligereza con que escribía; otras por falta de conocimientos náuticos.»

En esta entrega de Clásicos de Historia reproducimos las cartas en que Pedro Mártir se ocupa del Nuevo Mundo. La traducción procede del primer tomo de Joaquín Torres Asensio, Fuentes históricas sobre Colón y América, Madrid 1892. Los correspondientes textos originales en latín los hemos extraído de Opus epistolarum Petri Martyris Anglerii mediolanensis, París 1670.

viernes, 6 de marzo de 2020

Joaquim Rubió y Ors, Manifiestos catalanistas. Prólogos de Lo gayter del Llobregat


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Continuamos agregando a Clásicos de Historia textos fundamentales sobre el nacimiento y desarrollo del nacionalismo catalán. Presentamos esta semana el que suele ser considerado como el primer manifiesto de la Renaixença, con su característica preocupación por la dignificación del idioma mediante el impulso a su uso en lo literario. Lo publicó el joven Joaquim Rubió y Ors al frente de su colección de poemas en catalán, Lo Gayter del Llobregat (1841). Casi dos décadas después la obra fue ampliada y reeditada, y el nuevo prólogo muestra el cambio de situación al respecto: la literatura en catalán se encuentra ya en pleno desarrollo. Estamos en el reinado de Isabel II, y el renacimiento de la lengua y literatura catalana fue recibido entonces y más tarde con interés por parte de muchos intelectuales del resto de España, como lo muestra el prólogo que Menéndez Pelayo redactará para la edición que conmemora el cincuentenario de la primera de las poesías de Rubió, y que incluimos en este aporte. Y es que este movimiento catalanista, básicamente reducido al ámbito de la cultura, aun tardará en transformarse en movimiento nacionalista, de carácter político. Cuando esto se produzca, años después, nuestro conocido Antonio Rovira escribirá en su El nacionalismo catalán (1917):

«Los hombres de la escuela romántica catalana fueron los iniciadores verdaderos del movimiento catalán. De ellos proviene directamente el renacimiento poético que empezó a mediados del siglo XIX. Entre aquellos hombres hubo uno, uno solo, que tuvo fe plena en la vitalidad y en el porvenir de la lengua catalana. Este hombre fue Rubió y Ors, fundador del catalanismo literario, que más tarde debía producir el catalanismo político y luego el nacionalismo actual. Describiendo el esfuerzo de su ilustre padre, dice Rubió y Lluch que aquel, “solo, con sus débiles fuerzas, luchando con inveteradas preocupaciones y quizá con el ridículo, atrevióse a acometer empresa tan arriesgada. Mi padre fue el único de aquella generación que levantó con valentía la bandera de la independencia literaria de Cataluña, en el prólogo de su Gaiter, que es todo un manifiesto de nuevas orientaciones y una de las páginas más curiosas y vibrantes de la historia de nuestro Renacimiento.” Por nuestra cuenta queremos añadir que el mentado prólogo tiene un fortísimo sentido catalanista, sin mezcla de sentimiento españolista, es decir, sin convencional identificación del amor a Cataluña y el amor a España. A Cataluña le llama Rubió y Ors repetidamente, nación.

»Durante algunos años, quedóse solo Rubió y Ors. Todos sus compañeros escribían en castellano. Mas, aunque un poco tardíos, dio frutos espléndidos el esfuerzo de Rubió. “Él fue —dice Pi y Margall— quien inició el renacimiento de la poesía catalana.” Y agrega: “De él deriva ese catalanismo que tanto hoy acongoja y asusta a nuestros hombres de Estado.” No previo Rubió y Ors, probablemente, todas las consecuencias de su obra literaria. Y como si se hubiese azorado de esas consecuencias, apenas intervino luego en el movimiento. Los eruditos, como Milá y el clérigo Torres Amat, rebuscaban los tesoros de la vieja literatura catalana. Los arqueólogos, como Piferrer, estudiaban los monumentos olvidados. En el decenio de 1850 a 1860, el ejemplo de Rubió y Ors tuvo sus primeros imitadores. En el prólogo de la segunda edición de Lo Gayter del Llobregat (1860), lejos de quejarse Rubió, como en el prólogo de la primera, de encontrarse solo en el cultivo poético del catalán, consignaba satisfecho que eran ya legión los que se habían dedicado a este cultivo.»

viernes, 17 de marzo de 2017

León de Arroyal, Pan y toros. Oración apologética en defensa del estado floreciente de España

Ilustración de Juillard
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La obra que hoy comunicamos fue un exitoso panfleto satírico político en defensa de las ideas políticas más innovadoras de su tiempo. Corrió manuscrito (atribuyéndose torticeramente su autoría a Jovellanos) por España desde 1793 o incluso antes, al rebufo de la polémica iniciada con los juicios críticos sobre España de los ilustrados como Montesquieu y Voltaire, incrementada con el artículo de Nicolás Masson en el tomo I de la Geografía de la Enciclopedia metódica, y contestada, entre otros, por la Oración apologética de Juan Pablo Forner. Pan y toros supone la asunción de las críticas francesas, y el cuestionamiento y rechazo expreso de la amalgama de nuevas ideas y tradición con las que Forner quiere responderles. Sólo será impresa a partir de 1812, y continuará apareciendo Jovellanos como autor. Su difusión fue grande, especialmente en los momentos de mayor agitación política. Y la expresión del título se convertirá en un lugar común, especialmente desde el estreno de la zarzuela Pan y toros, de Picón y Barbieri, en 1864.

En 1904, el hispanista francés Morel-Fatio solicitaba a su amigo Menéndez y Pelayo información sobre la autoría de esta obra, y éste le respondía así: «Quién fuera éste, no creo imposible averiguarlo. El mismo Carmena parece que nos pone en camino, describiendo (número 165 de su Bibliografía) un ejemplar que llevaba esta nota manuscrita: Esta obrita falsamente se atribuye a Jovellanos: su autor es D. Luis (sic) de Arroyal, escrita en 1792. Creo que este D. Luis es D. León del Arroyal, poetastro bastante conocido y cuyas ideas avanzadas se transparentan en muchos de sus Epigramas. Sospecho que son de Arroyal las curiosas Cartas Políticas que Rodríguez Villa publicó a nombre de Campomanes. Recuerde Vd. que una de estas cartas está fechada en Vara de Rey, 1787. Precisamente en ese pueblo de la provincia de Cuenca, que no sé si sería su patria, residía Arroyal cuando terminó sus escolios a los Dísthicos de Catón, 1787. El espíritu de las Cartas y el de Pan y Toros me parecen uno mismo, en lo que toca a la crítica de la antigua monarquía española, aunque en la oración se expresa con más violencia. Vd. dará a esta conjetura el valor que pueda tener, si es que tiene alguno.»

Esta intuición del polígrafo fue definitivamente confirmada por François Lopez en su «Pan y Toros». Histoire d'un pamphlet. Essai d'attribution. Bulletin Hispanique, tome 71, n°1-2, 1969. pp. 255-279, artículo del que extraemos la cita anterior. Así presentaba el destacado hispanista nuestra obra: «Dans le courant de l'année 1812, alors que, depuis un peu plus de trois ans, une relative liberté d'expression était pratiquement instaurée en Espagne et que discours, proclamations et journaux foisonnaient dans toutes les provinces, un imprimeur madrilène, Santiago Fernández, donna au public un pamphlet de trente-deux pages promis à une étonnante carrière. Il était intitulé : Pan y Toros. Oración apológica (sic), que en defensa del estado floreciente de España en el reynado de Carlos IV, dixo en la plaza de toros de Madrid, D. G. M. de Jovellanos. Quelques semaines après, une nouvelle édition de cette brochure sortait des presses de la Imprenta Patriótica à Cadix, et l'année suivante une traduction anglaise en était faite et imprimée à bord d'un navire britannique croisant en Méditerranée.

»Pour rencontrer un tel succès, il fallait que l'ouvrage fût d'actualité ou passablement scandaleux. De fait, il répondait bien à ces deux conditions, par la violente diatribe qu'on y trouvait contre l'Inquisition et par ses attaques furibondes contre le clergé et les dévotions populaires. Certes, l'ardent réquisitoire de Pan y Toros ne se bornait pas à cela. Mais, au moment où le public attendait le grand affrontement qui, dans l'enceinte des Cortès, devait opposer partisans et adversaires du Saint-Office, il était naturel que les libéraux n'y vissent qu'une satire anticléricale et le pendant, en somme, du Diccionario crítico-burlesco de Gallardo qui venait de soulever un beau tumulte. Avec le rétablissement de l'absolutisme et de l'Inquisition, sa carrière qui avait si bien débuté se trouva évidemment interrompue, mais le libelle condamné ne tomba point pour autant dans l'oubli, car, durant le triennat constitutionnel qui succéda à cette période, les éditions reprirent avec une exubérance exceptionnelle. Pour la seule année 1820, en effet, on n'en connaît pas moins de treize. Vint ensuite une nouvelle ère de répression et donc une nouvelle condamnation qu'enfreignirent du reste deux impressions furtives sans doute faites en Espagne et deux ou trois éditions parisiennes de 1826 dont de nombreux exemplaires durent passer les Pyrénées. Enfin, à partir du ministère Mendizábal, Pan y Toros sort à nouveau de la pénombre et bénéficie de 1836 à 1884 d'une très large diffusion, tantôt publié en brochure, tantôt inclus dans les oeuvres de Jovellanos.»


viernes, 10 de marzo de 2017

Juan Pablo Forner, Oración apologética por la España y su mérito literario


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Tradicionalmente se percibió a Juan Pablo Forner (1756-1797) a través de la visión encomiástica de Menéndez Pelayo: «Forner, aunque malogrado a la temprana edad de cuarenta y un años, fue varón sapientísimo, de inmensa doctrina al decir de Quintana, que por las ideas no debía admirarle mucho; prosista fecundo, vigoroso, contundente y desenfadado, cuyo desgarro nativo y de buena ley atrae y enamora; poeta satírico de grandes alientos, si bien duro y bronco; jurisconsulto reformador, dialéctico implacable, temible controversista y, finalmente, defensor y restaurador de la antigua cultura española y caudillo, predecesor y maestro de todos los que después hemos trabajado en la misma empresa (...) No ha dejado ninguna construcción acabada, ningún tratado didáctico, sino controversias, apologías, refutaciones, ensayos, diatribas, como quien pasó la vida sobre las armas, en acecho de literatos chirles y ebenes o de filósofos transpirenaicos. Su índole irascible, su genio batallador, aventurero y proceloso, le arrastraron a malgastar mucho ingenio en estériles escaramuzas, cometiendo verdaderas y sangrientas injusticias, que, si no son indicios de alma torva, porque la suya era en el fondo recta y buena, denuncian aspereza increíble, desahogo brutal, pesimismo desalentado o temperamento bilioso, cosas todas nada a propósito para ganarle general estimación en su tiempo, aunque hoy merezcan perdón o disculpa relativa.»

Y más adelante continúa: «Forner, enemigo de todo resto de barbarie y partidario de toda reforma justa y de la corrección de todo abuso, como lo prueba el admirable libro que dejó inédito sobre la perplejidad de la tortura y sobre otras corruptelas introducidas en el derecho penal, fue, como filósofo, el enemigo más acérrimo de las ideas del siglo XVIII, que él no se cansa de llamar siglo de ensayos, siglo de diccionarios, siglo de diarios, siglo de impiedad, siglo hablador, siglo charlatán, siglo ostentador, en vez de los pomposos títulos de siglo de la razón, siglo de las luces y siglo de la filosofía que le daban sus más entusiastas hijos. Contra ellos se levanta la protesta de Forner más enérgica que ninguna; protesta contra la corrupción de la lengua castellana, dándola ya por muerta y celebrando sus exequias; protesta contra la literatura prosaica y fría y la corrección académica y enteca de los Iriartes; protesta contra el periodismo y la literatura chapucera, contra los economistas filántropos, que a toda hora gritan: humanidad, beneficencia, y protesta, sobre todo, contra las flores y los frutos de la Enciclopedia. (… Y) aprovechó un instante de tregua para lanzar contra los enciclopedistas franceses su Oración apologética por la España y su mérito literario, (en respuesta a) un geógrafo oscuro, Mr. Masson de Morvilliers

Naturalmente, esta apreciación le situó, por mucho tiempo, entre las filas mal denominadas reaccionarias. Hubo que aguardar a las interpretaciones mucho más ricas de José Antonio Maravall y de François Lopez para obtener una percepción más completa de su compleja y poliédrica posición política. Pedro Carlos González Cuevas, en su Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días, lo sintetiza así: «Otro protonacionalista español de la época es Juan Pablo Forner. Pero con el extremeño entramos en otro horizonte filosófico, muy distinto al de Zeballos o el de los jesuitas expulsos. Forner era acérrimo partidario del absolutismo real, en cuanto éste suponía una racionalización del Antiguo Régimen. En este sentido, para Forner la monarquía debía ser regalista y el absolutismo implicar anticlericalismo. Por ello, José Antonio Maravall ha aportado una coherencia a toda la obra forneriana en el sentido de introducir las nociones significativas de nación y patria como conceptos anuladores de las diferencias entre el Forner racionalista e ilustrado y el Forner supuestamente reaccionario. Forner es, ante todo, un nacionalista español, cuyo objetivo es defender a España de las acusaciones de incultura y brutalidad proferidas por Masson de Morvilliers y otros ilustrados franceses. En su célebre Oración apologética por España y su mérito literario, el extremeño ataca a Rousseau y Voltaire como sofistas ultramontanos y hace un balance positivo de la cultura española desde la época romana a la de Carlos III para apostar claramente por las ciencias experimentales, las únicas realmente útiles. Aunque reconoce que no hemos tenido un Cartesio o un Newton, hemos tenido justísimos legisladores y excelentes filósofos prácticos.»

viernes, 9 de diciembre de 2016

Juan Ginés de Sepúlveda, Demócrates segundo o de las justas causas de la guerra contra los indios

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En el prólogo a su edición y traducción de esta obra, Marcelino Menéndez Pelayo nos la presenta así: «El tratado de Juan Ginés de Sepúlveda que por primera vez se imprime a continuación no es obra enteramente peregrina para los eruditos de las cosas de América, aunque hayan sido pocos hasta el presente los que han logrado la fortuna de leerla. Teníase bastante noticia de su contenido, así por los tratados de Fr. Bartolomé de las Casas como por el opúsculo que Juan Ginés de Sepúlveda compuso con el título de Apologia pro libro de justis belli causis, impreso por primera vez en Roma en 1550, y reimpreso en la colección de las obras de su autor publicada por nuestra Academia de la Historia en 1780, bajo la dirección de D. Francisco Cerdá y Rico, escritor curioso y diligente, que en la vida de Sepúlveda, con que encabeza la publicación, da muestras de haber tenido a la vista una de las copias del diálogo inédito que ahora publicamos, y aun extracta de él algunos párrafos. Es verdaderamente digno de admiración, y prueba irrefragable del singular respeto con que todavía en el siglo XVIII se miraban en España las doctrinas y opiniones de Fr. Bartolomé de las Casas y de los teólogos de su orden acerca del derecho de conquista y acerca de la condición de los indios, el que ni Cerdá y Rico ni los demás académicos que intervinieron en la edición de las obras de Sepúlveda, se atreviesen a incluir en ella este opúsculo que, de cualquier modo que se le considere, no podía tener en el siglo pasado ni puede tener ahora más que un valor histórico.

»Pero este valor es grande. Fr. Bartolomé de las Casas, que tenía más de filántropo que de tolerante, procuró acallar por todos los medios posibles la voz de Sepúlveda, impidiendo la impresión del Democrates alter en España y en Roma, concitando contra su autor a los teólogos y a las universidades, y haciendo que el nombre de tan inofensivo y egregio humanista llegase a la posteridad con los colores más odiosos, tildado de fautor de la esclavitud y de apologista mercenario e interesado de los excesos de los conquistadores. En esta gran controversia, que tan capital importancia tiene en los orígenes del Derecho de Gentes, apenas ha sido oída hasta ahora más voz que la de Fr. Bartolomé de las Casas. Justo es que hable Sepúlveda, y que se defienda con su propia y gallarda elocuencia ciceroniana, que el duro e intransigente escolasticismo de su adversario logró amordazar para más de tres siglos. La Apología de Sepúlveda la han leído pocos, y no era fácil de entender aislada como estaba de los antecedentes del asunto. El Democrates alter no le ha leído casi nadie, y es sin embargo la pieza capital del proceso. Quien atenta y desapasionadamente le considere, con ánimo libre de los opuestos fanatismos que dominaban a los que ventilaron este gran litigio en el siglo XVI, tendrá que reconocer en la doctrina de Sepúlveda más valor científico y menos odiosidad moral que la que hasta ahora se le ha atribuido. Fr. Bartolomé de las Casas trató el asunto como teólogo tomista, y su doctrina, sean cuales fueren las asperezas y violencias antipáticas de su lenguaje, es sin duda la más conforme a los eternos dictados de la moral cristiana y al espíritu de caridad. Sepúlveda, peripatético clásico, de los llamados en Italia helenistas o alejandristas, trató el problema con toda la crudeza del aristotelismo puro tal como en la Política se expone, inclinándose con más o menos circunloquios retóricos a la teoría de la esclavitud natural. Su modo de pensar en esta parte no difiere mucho del de aquellos modernos sociólogos empíricos y positivistas que proclaman el exterminio de las razas inferiores como necesaria consecuencia de su vencimiento en la lucha por la existencia. Los esfuerzos que Sepúlveda hace para conciliar sus ideas con la Teología y con el Derecho canónico no bastan para disimular el fondo pagano y naturalista de ellas. Pero no hay duda que si en la cuestión abstracta y teórica, Las Casas tenía razón, también hay un fondo de filosofía histórica y de triste verdad humana en el nuevo aspecto bajo el cual Sepúlveda considera el problema.»


Mural de Diego Rivera

viernes, 18 de diciembre de 2015

José María Blanco White, Autobiografía

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Marcelino Menéndez Pelayo se acerca a este nuestro autor con prevención (lógica dado su punto de vista) y al mismo tiempo con gran interés e incluso admiración por la agitada y sugestiva vida y obra de José María Blanco White (1775-1841), uno de los no infrecuentes literatos y políticos que en los tiempos de las primeras revoluciones se extrañaron de España, pero «el único que, escribiendo en una lengua extraña, ha demostrado cualidades de prosista original y nervioso.» Dice así en la Historia de los heterodoxos españoles, libro VII:

«Católico primero, enciclopedista después, luego partidario de la iglesia anglicana y a la postre unitario y apenas cristiano..., tal fue la vida teológica de Blanco, nunca regida sino por el ídolo del momento y el amor desenfrenado del propio pensar, que, con ser adverso a toda solución dogmática, tampoco en el escepticismo se aquietaba nunca, sino que cabalgaba afanosamente y por sendas torcidas en busca de la unidad. De igual manera, su vida política fue agitada por los más contrapuestos vientos y deshechas tempestades, ya partidario de la independencia española, ya filibustero y abogado oficioso de los insurrectos caraqueños y mejicanos, ya tory y enemigo jurado de la emancipación de los católicos, ya whig radicalísimo y defensor de la más íntegra libertad religiosa, ya amigo, ya enemigo de la causa de los irlandeses, ya servidor de la iglesia anglicana, ya autor de las más vehementes diatribas contra ella; ora al servicio de Channing, ora protegido por lord Holland, ora aliado con el arzobispo Whatel y ora en intimidad con Newmann y los puseístas, ora ayudando al Dr. Channing en la reorganización de unitarismo o protestantismo liberal moderno.

»Así pasó sus trabajos e infelices días, como nave sin piloto en ruda tempestad, entre continuas apostasías y cambios de frente, dudando cada día de lo que el anterior afirmaba, renegando hasta de su propio entendimiento, levantándose cada mañana con nuevos apasionamientos, que él tomaba por convicciones, y que venían a tierra con la misma facilidad que sus hermanas de la víspera; sincero quizá en el momento de exponerlas, dado que a ellas sacrificaba hasta su propio interés; alma débil en suma, que vanamente pedía a la ciencia lo que la ciencia no podía darle, la serenidad y templanza de espíritu, que perdió definitivamente desde que el orgullo y la lujuria le hicieron abandonar la benéfica sombra de santuario. Cómo, bajo la pesada atmósfera moral del siglo XVIII, se educó esta genialidad contradictoria y atormentadora de sí misma, bien claro nos lo han dicho las mismas confesiones o revelaciones íntimas que Blanco escribió en varios períodos de su vida, como ansioso de descargarse del grave peso que le agobiaba la conciencia»

domingo, 4 de mayo de 2014

Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles


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Tomo II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo III  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Un maduro Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) publica en 1910 la que considera edición definitiva de esta obra suya, «la más solicitada, aunque no sea ciertamente la que estimo más». La edición original se había publicado entre 1880 y 1882, en los primeros años de esa etapa de la historia de España a la que convencionalmente llamamos la Restauración, y produjo una considerable polémica en el mundo intelectual. Aceptando plenamente los planteamientos nacionalistas de la época, suponía un opuesto, un reflejo en el espejo de la ya canónica Historia de Modesto Lafuente. Si ésta representaba a la perfección la visión liberal-progresista del pasado hispánico, la Historia de los Heterodoxos va a poner el centro y punto de partida de su análisis en la cosmovisión cristiana y en el papel de la Iglesia, que durante medio siglo había sido criticada, discriminada, o directamente rechazada como aliada y sustento del oscurantismo ideológico y político, enemiga de las luces y de la libertad.

La obra es una historia del pensamiento, de las creaciones intelectuales que se han forjado en la península Ibérica a lo largo de los siglos, para explicar la realidad del mundo y del hombre; es decir, las ideas religiosas y filosóficas. Pero, como reacción al pensamiento entonces dominante, es una obra de combate, con un planteamiento inicial que se proclama desde su arranque: la abundancia de resultados fecundos en el campo ortodoxo en contraposición con su escasez y carácter endeble en el heterodoxo. Ahora bien, si los liberales han forjado una visión de España que desde sus orígenes lucha y defiende su Libertad (Viriato, don Pelayo, Villalar, Lanuza, el Dos de Mayo, Riego...), Menéndez Pelayo va a oponer una España igual de intemporal, que desde sus orígenes defiende y expande su Fe (los mártires, los Concilios de Toledo, la Reconquista, Trento, la cristianización de América...).

La Historia de los heterodoxos españoles podría haber sido una obra polémica más, destinada exclusivamente a la confrontación (y por tanto con fecha de caducidad), como tantas otras de la época que acuñó la expresión novela de tesis. Sin embargo posee valores relevantes en sí misma, que le hacen superar las limitaciones de  las circunstancias de su creación. En primer lugar, Menéndez Pelayo es un poderoso investigador que agota, reúne y analiza las fuentes disponibles, con considerable espíritu crítico. En segundo lugar, su curiosidad es omnímoda: su acercamiento comprensivo a los más peregrinos personajes los humaniza y, en contra de sus planteamientos previos, nos los hace en muchos casos atractivos (véase a Arnaldo de Vilanova, por ejemplo). Y en tercer lugar, está excelentemente escrita.

Pero es que además, hay que leerla como lo que es, una obra redactada durante la única etapa liberal del siglo XIX español en la que se alcanza la estabilidad, el respeto al contrario y la alternancia política pacífica (aunque corrupta). Y de ella es muestra fiel. Las abundantes malicias que contiene (por ejemplo, cuando hace un paralelo desfavorable y disímil entre Elipando y Nestorio, y aprovecha para trasladar la misma diferencia de talla intelectual entre el panteísmo de Krause y el de Spinoza o Schelling...) han de entenderse en el seno de una sociedad en la que la divergencia de opinión no impide un trato amistoso entre los oponentes, y una admiración y reconocimiento pleno de sus respectivas obras, sin renunciar a la discrepancia. Las abundantísimas referencias bibliográficas de esta obra son buena muestra de ello.

Tras esta obra de juventud, Menéndez Pelayo llevará a cabo una extensa y muy valiosa obra en el campo de la historia de la literatura, en el de las ideas estéticas... Siempre mantuvo un ingente esfuerzo para mantenerse al día en todos ellos: «Aprovechando, pues, todos los materiales, que he recogido, doy a luz nuevamente la Historia de los Heterodoxos, en forma que para mí habrá de ser definitiva, aunque no dejaré de consignar en notas o suplementos finales las noticias que durante el curso de la impresión vaya adquiriendo o las nuevas correcciones que se me ocurran. No faltará quien diga que con todo ello estropeo mi obra. ¡Como si se tratase de alguna novela o libro de pasatiempo! La Historia no se escribe para gente frívola y casquivana, y el primer deber de todo historiador honrado es ahondar en la investigación cuanto pueda, no desdeñar ningún documento y corregirse a sí mismo cuantas veces sea menester. La exactitud es una forma de la probidad literaria y debe extenderse a los más nimios pormenores, pues ¿cómo ha de tener autoridad en lo grande el que se muestra olvidadizo y negligente en lo pequeño? Nadie es responsable de las equivocaciones involuntarias; pero no merece nombre de escritor formal quien deja subsistir a sabiendas un yerro, por leve que parezca.»

Interior de la Biblioteca Menéndez Pelayo, Santander

Tomo I: Libros I, II y III. Edades Antigua y Media.

Tomo II: Libros IV y V. Siglos XVI y XVII.

Tomo III: Libros VI, VII y VIII. Siglos XVIII y XIX.