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viernes, 9 de octubre de 2020

Revolución y represión en Casas Viejas. Debate en las Cortes


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Escribe el decisivo anarquista Juan García Oliver en sus tardías memorias tituladas El eco de los pasos: «La táctica de la “gimnasia revolucionaria” alcanzó un punto álgido en enero de 1933. La Federación nacional de Ferroviarios de la CNT acordó lanzarse a la huelga nacional en demanda de reivindicaciones ampliamente debatidas. Y señaló como fecha para iniciar la huelga el 8 de enero. Por conducto de su delegado en el Comité nacional de la CNT, pidió que las secciones de Defensa Confederal de todo el país la sostuviesen enérgicamente, para crear una situación de alarma en torno a su conflicto, pues en manera alguna querían perderlo (…) Sin pérdida de tiempo se pasaron las consignas a los cuadros de Defensa. La consigna fue “preparados para intervenir con todos los efectivos de combate”, lo que significaba un estrecho contacto de los cuadros con sus responsables, con todos los elementos disponibles en armas y explosivos. El plan fue meticulosamente estudiado por los que integrábamos el Comité regional de Defensa de Cataluña, asignándose a cada uno de nosotros un cometido insurreccional. El plan, además de acciones frontales en cada barriada, incluía la voladura de los edificios de Capitanía General, Gobernación y Jefatura Superior de Policía, trabajo encomendado a la sección de Alcantarillas (…)

»Cuando, por conveniencias del Comité de Huelga de los ferroviarios, nos llegó la comunicación de suspender las acciones, consideramos, a propuesta mía, que no había lugar a ello, por considerar que nuestras fuerzas de choque se creaban por y para la revolución, pero no para maniobras de tipo sindical. Si se incurría en maniobreos, pronto desaparecería el espíritu revolucionario de los que al entrar a formar parte de los cuadros de Defensa lo hacían convencidos de que no serían utilizados por conveniencias ridículas. Y el 8 de enero se libró una de las batallas más serias entre los libertarios y el Estado español. Fue la lucha que más impacto tuvo en el aparato gubernamental y la que determinó que los partidos republicanos y el Partido Socialista perdiesen su influencia sobre la mayoría popular de los españoles.

»En Barcelona y en Cataluña, la conmoción fue enorme al enterarse la gente de las terribles palizas que nos propinaron los guardias de asalto en la Jefatura Superior de Policía, tanto a mí ―pero a mí con predilección― como a mis compañeros (…) que caímos presos en una muy bien preparada trampa que nos tendió la Guardia Civil. Pero lo que nos hicieron a nosotros en los pasillos de la Jefatura de Policía los guardias de asalto, que se dedicaron a machacar nuestras cabezas y costillas con las culatas de los mosquetones, fue pálida orgía comparado con la brutalidad con que los guardias de asalto llevaron el ataque contra el pueblecito de Casas Viejas, donde acribillaron a tiros y quemaron dentro de su casa al compañero Seis Dedos y a su familia.»

La sublevación anarquista de enero de 1933 fracasó, como lo había hecho la anterior en un año y las posteriores (antes de la guerra civil…). Pero fueron los acontecimientos de Casas Viejas, citados al paso por García Oliver, los que dieron lugar a considerables consecuencias políticas en la Segunda República. El gobierno Azaña, formado por republicanos de izquierdas y socialistas, reaccionó con dureza ante la insurrección, y los guardias de Asalto enviados a aquella pequeña localidad gaditana, donde ya se habían producido varias víctimas entre las escasas fuerzas de orden público, llevaron a cabo una durísima represión, con el incendio provocado de la casa en que se habían refugiado y seguían la lucha algunos anarquistas, y posteriormente el fusilamiento de doce vecinos escogidos poco menos que al azar.

Ahora bien lo que magnificó el sangriento episodio fue el esfuerzo por parte de las autoridades para, primero, ocultar el acontecimiento; después para maquillar las severas órdenes impartidas; y finalmente para rechazar cualquier vinculación que se les pudiera encontrar. Esta estrategia resultó inviable por la actuación de la prensa y de los diputados de oposición (básicamente los republicanos situados a izquierda y derecha de la coalición) desde que se reabrieron las sesiones en las Cortes el 1 de febrero. Los debates fueron elevando su tono conforme aumentó la información sobre lo realmente ocurrido, y sobre la responsabilidad del gobierno con las medidas adoptadas. Sin embargo, la coalición gobernante se mantuvo cohesionada y derrotó a la oposición en todas las votaciones que se hicieron a este efecto. Pero su triunfo fue aparente: su descrédito no hizo más que aumentar en los meses consecutivos, con severas derrotas en las elecciones municipales parciales, en la de miembros para el Tribunal de Garantía Constitucionales, y finalmente en las legislativas.

viernes, 28 de febrero de 2020

Manuel Azaña, La velada en Benicarló. Diálogo de la guerra en España


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Volvemos a Manuel Azaña y a su ensayo-ficción sobre la guerra civil, La velada en Benicarló, escrito antes de que se cumpliera un año del inicio de la contienda, «la orilla donde ríen los locos», que dijo Ramón J. Sender en su monumental y madura novela sobre la cuestión. Por su parte, el en aquellos desquiciados años su correligionario, Claudio Sánchez Albornoz, le calificaba así en la extensa entrevista que le hizo Carmen Samiento en Buenos Aires en 1976, antes de regresar del exilio: « Era un hombre muy inteligente, un verdadero hombre de Estado. No obstante, estaba prisionero de una tradición de desdenes, de fracasos políticos personales y del clima moral que dominaba en la gran mayoría de los republicanos (…) Azaña era el primer orador del Parlamento, el hombre más capaz; sin embargo, había tenido que esperar la llegada de la República en medio de la hostilidad de gentes de ideas cercanas a las suyas. Había llevado una vida casi marginal, y esa triste espera había agriado su carácter. Le oí referir a él mismo que, una vez, una mujer pública le había mordido y se había asustado por lo amargo de su sangre. Era agrio todo él (...)

»Bueno, no le descubro a usted el Mediterráneo si le digo que Azaña era un burgués liberal; él mismo se definió así en el mitin de Mestalla. Cuando llegábamos a los pueblos y saludábamos desde la ventanilla, nos recibían con el grito de ¡Abajo la burguesía!, hasta que en una de ésas, Azaña se cansó, sacó la cabeza por la ventanilla y contestó: ¡Idiotas, yo soy burgués! Azaña era un intelectual puro, con todas sus virtudes y defectos que ello implica, y sufrió mucho en el ejercicio del poder. Las matanzas de la retaguardia republicana, y especialmente las de la cárcel modelo, le hicieron pronunciar una frase que le honra: No quiero ser presidente de una República de asesinos. Y digo que le honra porque en el campo contrario se cometían idénticos crímenes; pero nadie tuvo un gesto parecido y a todos les parecieron lógicos los asesinatos (...) Recuerdo que en Valencia me dijo: La guerra está perdida; pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban

Más acre es el juicio de Andrés Trapiello, que en su canónico Las armas y letras, retrata así a nuestro personaje: «Fue Azaña el personaje más hondamente tolstoiano de aquellos tres sangrientos años de guerra. Como el Pierre de Guerra y Paz, vemos a Azaña cruzar el campo de batalla, aturdido, alucinado, colérico ante la estupidez del mundo, tanto como conmovido por el dolor de los pobres y la tragedia de los desposeídos. Quizá pensara, cuando ya se había desatado la mayor tempestad de todo el siglo, que él no era sino un involuntario sembrador de vientos. Ahora bien, si lo pensó, nunca lo dijo. Siempre echó la culpa a alguien (…) Entre las confidencias de La velada en Benicarló se encuentran estas otras palabras, que bien podrían representar al propio Azaña: Nada tengo que hacer en la vida pública. No es desengaño. De nada tenía que desengañarme. Me reconozco ajeno a este tiempo. Los hombres como yo hemos venido demasiado pronto o demasiado tarde. A no ser que nuestra inutilidad pertenezca a todos los tiempos, a todas las situaciones


José Gutiérrez Solana, Recogiendo a los muertos, 1937

viernes, 10 de enero de 2020

Manuel Azaña, Sobre el Estatuto de Cataluña


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El llamado problema catalán tiene siglo y medio de existencia (no más), y sobre él hemos comunicado en Clásicos de Historia algunas de las obras canónicas que establecieron y defendieron los principios nacionalistas. Son las de Valentí Almirall, Enric Prat de la Riba, Pompeu Gener, y Antoni Rovira y Virgil. También algunas de las reacciones ante el nacionalismo catalán, especialmente aunque no sólo durante la Segunda República, que oscilan entre un variado grado de rechazo (Antonio Royo Villanova, Miguel de Unamuno) y un esfuerzo de comprensión, cuando no de conllevancia (José Ortega y Gasset).

Agregamos ahora al que fuera ministro, jefe de gobierno y presidente de la República, Manuel Azaña (1880-1940), que puede representar el esfuerzo político más tenaz para resolver el problema catalán mediante el establecimiento de un régimen autonómico que dotara al Principado de un reconocimiento jurídico y de una capacidad limitada pero extensa de autogobierno. Este proyecto derivaba de los compromisos entre republicanos y catalanistas (a los que se sumaron los socialistas) en el Pacto de San Sebastián, que se recogieron plenamente en la nueva Constitución. Ahora bien, cuando llegó el momento de elaborar el Estatuto Catalán, la resistencia de amplios y variados sectores de la clase política (de los socialistas a las derechas) se hizo presente y dificultó su aprobación. La intervención de Azaña, resumida en su largo discurso en el debate a la totalidad del Estatuto en las Cortes, fue decisiva para mantener el apoyo de las distintas fuerzas ―republicanos de izquierdas y socialistas― que sostenían al gobierno. Aunque su aprobación todavía se dilatará, hasta que la situación creada por el fracaso de la insurrección de Sanjurjo agilice definitivamente la culminación de este proyecto.

Presentamos este decisivo y extenso discurso del 27 de mayo de 1932 en las Cortes, parece ser que de unas tres horas de duración, en el que fundamenta lo que considera un auténtico pleito histórico, plantea la solución, y desciende al detalle de sus implicaciones en los distintos campos de la administración, de la Hacienda a la Educación y al Orden Público. Se hace patente su gran capacidad oratoria, al mismo tiempo que su rigor y su característica dureza en el debate. Incluimos también sus intervenciones de los días 2 y 3 de junio, en las que da respuesta a las manifestaciones y críticas que le han sido dirigidas, especialmente por parte de Alejandro Lerroux, Melquíades Álvarez (su jefe político bastantes años atrás) y Ortega y Gasset. Es decir, Azaña se dirige, además de a sus filas y sus aliados, a los republicanos de la oposición, desde los radicales a la derecha. Pretende contrarrestar sus posiciones, y en la medida de lo posible ganarlos para su causa. Ignora, en cambio, a aquellos que aprecia como poco republicanos, por ejemplo los agrarios, o directamente como monárquicos.

Completamos estas intervenciones (que constituyen el grueso de la entrega) con unos textos que pueden contribuir a clarificar la postura y evolución de Azaña. Sus dos discursos de Barcelona: el de 1930 en el marco del viaje de intelectuales de toda España a Cataluña, tiene un carácter casi programático; el de septiembre de 1932, desde el palacio de la Generalitat, muestra el éxito de dicho proyecto. Los restantes textos expresan el desencanto progresivo de Azaña respecto a los nacionalistas catalanes y al modo en que están aplicando el Estatuto: son dos fragmentos de dos obras extensas: Mi rebelión en Barcelona (distanciamiento destacable puesto que la finalidad de la obra, de 1935, es justificarse políticamente y atacar sin miramientos a los gobiernos del centro y la derecha) y La velada de Benicarló (escrita en 1937 en vísperas del estallido interno de mayo, auténtica aunque breve guerra civil en el seno de la guerra civil). Completamos la entrega de esta semana con dos artículos que Azaña escribió en 1939, ya en el exilio, que no llegaron a publicarse. En ellos su desencanto manifiesta una auténtica amargura, fruto de lo que considera una verdadera traición a la República por parte de los nacionalistas catalanes.


viernes, 8 de abril de 2016

Ángel Ganivet, Idearium español

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Ángel Ganivet es, como tantos otros ―regeneracionismo, generaciones del 98, del 14, del 27―, hijo crítico del fructífero periodo de la Restauración. Todos ellos tienden a dar por supuestos los logros de ésta ―gobierno civil, poder compartido y alternancia política, marco de libertades, crecimiento económico que se traduce en progreso social, cultural y de nivel de vida―, que, a su atenta, perspicaz y casi obsesiva mirada, quedan enmascarados, prácticamente ocultos, por sus defectos ―caciquismo, corrupción, ignorancia, atraso secular, incuria...―, que pasan a ser apreciadas como la esencia propia de la nación. Es el llamado problema de España que ahora toma proporciones cada vez mayores, aunque posee viejas raíces; de las viejas y de las nuevas ya hemos incluido algunas muestras en Clásicos de Historia: Cadalso, Cánovas, Costa, Lucas Mallada, Juderías... Ahora bien, hacia el penúltimo cambio de siglo parecen agudizarse entre los intelectuales jóvenes la urgencia de buscar remedios a esta situación: es el siglo XX que agudiza las críticas al viejo liberalismo, decimonónico y burgués, y multiplica los análisis y la propuesta de soluciones.

El granadino Ángel Ganivet (1865-1898), cónsul de España en Amberes, Helsinki y Riga, por sus variados escritos y por su prematura muerte en esa última ciudad, será considerado como el precursor de la generación del 98. Su breve ensayo Idearium español, publicado en 1897, gozará de una considerable influencia, más por lo sugestivo del tono de la obra, que por el contenido estricto de sus apreciaciones. Naturalmente, su reflexión se enmarca en el estricto nacionalismo español que ha tomado forma desde el liberalismo y el tradicionalismo a lo largo del siglo XIX. Parte, por tanto, de la determinación de los componentes de lo español: influencia determinante de lo peninsular, senequismo, cristianismo y temperamento árabe. Y de su historia, con proyectos desmesurados y admirables, pero que han abocado a la decadencia. La solución estará en volverse hacia dentro, en reconcentrar sus energías, en un retraimiento que le aparte de una política exterior para la que no posee las energías y los medios necesarios. Relativiza, por tanto, los grandes proyectos nacionales: Gibraltar, el iberismo hispano-luso, las mismas conflictivas colonias caribeñas y asiáticas… Pone de relieve el gran defecto hispano, la abulia, la ausencia de voluntad. Y el remedio procederá de la restauración de la vida espiritual española.

Esta obra, a pesar de la considerable repercusión inicial de que gozó, con los años quedará relegado y un tanto olvidado. Manuel Azaña le dedicó varios ensayos, y puso de relieve sus limitaciones:  «El Idearium es un libro “inspirado”. Le inspira el amor a España, el sentimiento patriótico. Su móvil profundo es la necesidad de no verse, ―en cuanto español― solo, perdido en la historia, y el consiguiente deseo de poner a salvo los valores que naufragaban. El sentido general del Idearium es de reacción anticrítica; su espíritu, de conformidad con la tradición, que es especiosa, y como siempre, saca del mero hecho de haberse ido formando la razón mayor para subsistir e imponerse. Tal género de escritos rara vez evitan el peligro de alterar frívolamente las representaciones históricas. Pueden estar bien como efusión lírica, pero entremeter el sentimentalismo vago en tratados de filosofía de la historia, si es bueno para consolarse de añoranzas, lleva en derechura a confundir una emoción con un juicio, y al amparo de un goce estético pasan de contrabando, como verdades probadas, las imaginaciones del autor. En el Idearium, libro atrayente, entre otros motivos por el calor y la honrada intención con que está escrito, ese defecto es obvio, así como la flaqueza y confusión del discurso. No siempre se sabe cuándo el autor expone y cuándo aprueba. Pasa con excesiva sencillez de la crítica al donaire. Pretende explicar demasiadas cosas a fuerza de alegorías…» (Plumas y palabras, 1930)


martes, 3 de junio de 2014

George Borrow, La Biblia en España

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Borges nos resume lo problemático de los relatos de viajes en la patética figura de Abulcásim, viajero que desde Córdoba ha alcanzado la remota China: «...instaron a Abulcásim a referir alguna maravilla. Entonces como ahora, el mundo era atroz; los audaces podían recorrerlo, pero también los miserables, los que se allanaban a todo. La memoria de Abulcásim era un espejo de íntimas cobardías. ¿Qué podía referir? Además, le exigían maravillas y la maravilla es acaso incomunicable: la luna de Bengala no es igual a la luna del Yemen, pero se deja describir con las mismas voces. Abulcásim vaciló; luego, habló.» (La busca de Averroes)

Y hablar y escribir es lo que hizo el inglés andariego y políglota George Borrow (1803-1881). Y nos contó maravillas. Tras una juventud repleta de viajes emprendidos un tanto a la aventura, se dedica al mundo literario, y The Bible in Spain, or the Journey, Adventures, and Imprisonment of an Englishman in an Attempt to Circulate the Scriptures in the Peninsula (1843) constituirá su gran éxito. En esta obra narra su estancia en la España de la primera guerra carlista, como propagandista y representante de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, ocupado en la impresión y distribución de Nuevos Testamentos en español. Su interés por lo marginal y excepcional le llevan a editar traducciones del Evangelio de san Lucas al vasco y al caló, esta última de su autoría. Sus recorridos por la península le convierten en un personaje singular y famoso, don Jorgito el inglés.

Ahora bien, La Biblia en España debe ser considerada y valorada como lo que realmente es: un delicioso relato de viajes aderezado al gusto de sus potenciales lectores ingleses, en el que se mezcla sin ningún problema realidad y ficción. Entre los objetivos de Borrow no está el documentarse rigurosa y críticamente sobre la sociedad que recorre y que, claramente, le apasiona. Detectamos rancios recuelos de la leyenda negra; reiterativos (pero un tanto vaporosos, como por obligación) apóstrofes antipapistas; abundante parafernalia romántica (que incluye una misteriosa y poderosa sociedad judaica) muy poco original; una percepción del paisaje también deudora del romanticismo, pero que en ocasiones nos parece más sentida por el autor; una preferencia constante por los tipos dramáticos y extraordinarios; y una orgullosa superioridad inglesa ante todo lo que observa. Tampoco faltan abundantes préstamos de otras obras: por ejemplo las escenas de su estancia en la cárcel de Madrid recuerdan a los entonces recién publicados Papeles póstumos del Club Pickwick.

Pero en el centro de todo ello, dominando los acontecimientos y a las personas, un ser superior, su mejor personaje: él mismo. Como señala Azaña en la nota introductoria a su traducción, «vemos la imagen de un Don Jorge muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le adoraban; era la admiración de los manolos; temíanle los pícaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía la serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote, pero sin burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del pabellón británico.»

La facundia narrativa de Borrow nos atrapa desde las primeras páginas, y construye ante nuestros ojos un mundo real, aunque imaginario: el de la España romántica, violenta y oriental, la España de Carmen, la España diferente que reniega del mundo moderno... Y que acabará constituyendo una percepción bastante generalizada de nuestro país hasta nuestros días.

David Roberts, La Casa del Carbón en Granada, hacia 1835.