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viernes, 3 de febrero de 2017

Isidro Gomá y Tomás, Apología de la Hispanidad

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Ángel Ganivet, en su Idearium español (1897), escribía: «La idea de fraternidad universal es utópica; la idea de fraternidad entre hermanos efectivos es realísima; y entre una y otra existen gradaciones que participan de lo utópico y de lo real: las relaciones fraternales que engendra la vecindad, la conciudadanía, la raza, el idioma, la religión, la historia, la comunidad de intereses o de cultura. Yo he tenido ocasión de tratar a extranjeros de diversas naciones y a hispano-americanos, y no he podido jamás considerar a los hispanoamericanos como a extranjeros. No es que yo tenga una idea preconcebida ni que desee hacer alarde de sentimientos fraternales por el estilo de los que usa un orador o un propagandista para emocionar a su auditorio: es que noto que con un hispano-americano estoy en comunicación intelectual apenas hemos cruzado cuatro palabras; en tanto que con un extranjero necesito muy largas relaciones, muchos tanteos para conseguir entenderme con entera naturalidad: en un caso voy sobre seguro, porque sé que existe una comunidad ideal que suple la falta de confianza; en otro he de comenzar por apoyarme sobre las reglas banales de la urbanidad, hasta que con el tiempo voy allanando las dificultades que presenta el entenderse con una persona extraña, cuando no se posee, como yo no poseo, la flexibilidad necesaria para sacrificar las ideas y sentimientos propios en aras de las conveniencias sociales.»

El nacionalismo español de la época de los sucesivos desastres del penúltimo cambio de siglo ―1898, 1921, 1936―, buscará consuelo en la comunidad hispanoamericana, tan sentida y constatada como imaginada y proyectada. Lejos ya de cualquier pretensión de superioridad sobre las ahora consideradas repúblicas hermanas, se recalcan los elementos que se consideran compartidos: lengua, cultura, religión… Y esto se llevará a cabo desde las más contrapuestas orillas ideológicas. Buena prueba de ello lo constituirá el nutrido exilio ―transtierro, lo llamó José Gaos― tras la guerra civil, que reinsertará en las sociedades de la América Latina a un buen número de españoles, especialmente en Méjico, los cuales dejarán abundantes testimonios de su percepción de la Hispanidad. En este sentido el franquismo no inventará nada, simplemente incluirá en su visión del mundo y de la historia esta construcción ideológica. Pero su utilización ―con frecuencia más retórica que otra cosa― presentará dos rasgos decisivos: por un lado su hispanoamericanismo bebe de las fuentes más conservadoras y tradicionalistas (Maeztu, García Villada…); por otro el régimen autoritario que es le permitirá monopolizarlo, y hasta cierto punto identificarse con él. Lo cual conducirá necesariamente a una debilitación del concepto, especialmente con los grandes cambios ideológicos y sociales que cristalizan a partir de los años sesenta, y al consiguiente rechazo que le mostrarán.

La breve obra que presentamos es una conferencia pronunciada por el entonces arzobispo de Toledo Isidro Gomá (1869-1940) en el teatro Colón de Buenos Aires, con motivo del Congreso Eucarístico internacional de 1934. Aún está lejos el paradójico Gomá de la guerra civil, que por un lado supone el apoyo eclesiástico al bando autodenominado nacional, y por otro la resistencia a la fascistización del nuevo estado, en defensa de un indefinido estado católico, como ha estudiado José Andrés-Gallego. En el texto que presentamos, junto con la crítica de la denominada leyenda negra, se insiste ante todo en el carácter católico que percibe como decisivo en el concepto de Hispanidad. Incluimos como apéndice un breve artículo de 1944, en el que Zacarías de Vizcarra, al que tanto Maeztu como Gomá habían atribuido la creación del término Hispanidad, expone el origen de su nuevo uso político-cultural.

Cozzi. Ilustración para la portada de Pelayos 16-10-1938

viernes, 8 de abril de 2016

Ángel Ganivet, Idearium español

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Ángel Ganivet es, como tantos otros ―regeneracionismo, generaciones del 98, del 14, del 27―, hijo crítico del fructífero periodo de la Restauración. Todos ellos tienden a dar por supuestos los logros de ésta ―gobierno civil, poder compartido y alternancia política, marco de libertades, crecimiento económico que se traduce en progreso social, cultural y de nivel de vida―, que, a su atenta, perspicaz y casi obsesiva mirada, quedan enmascarados, prácticamente ocultos, por sus defectos ―caciquismo, corrupción, ignorancia, atraso secular, incuria...―, que pasan a ser apreciadas como la esencia propia de la nación. Es el llamado problema de España que ahora toma proporciones cada vez mayores, aunque posee viejas raíces; de las viejas y de las nuevas ya hemos incluido algunas muestras en Clásicos de Historia: Cadalso, Cánovas, Costa, Lucas Mallada, Juderías... Ahora bien, hacia el penúltimo cambio de siglo parecen agudizarse entre los intelectuales jóvenes la urgencia de buscar remedios a esta situación: es el siglo XX que agudiza las críticas al viejo liberalismo, decimonónico y burgués, y multiplica los análisis y la propuesta de soluciones.

El granadino Ángel Ganivet (1865-1898), cónsul de España en Amberes, Helsinki y Riga, por sus variados escritos y por su prematura muerte en esa última ciudad, será considerado como el precursor de la generación del 98. Su breve ensayo Idearium español, publicado en 1897, gozará de una considerable influencia, más por lo sugestivo del tono de la obra, que por el contenido estricto de sus apreciaciones. Naturalmente, su reflexión se enmarca en el estricto nacionalismo español que ha tomado forma desde el liberalismo y el tradicionalismo a lo largo del siglo XIX. Parte, por tanto, de la determinación de los componentes de lo español: influencia determinante de lo peninsular, senequismo, cristianismo y temperamento árabe. Y de su historia, con proyectos desmesurados y admirables, pero que han abocado a la decadencia. La solución estará en volverse hacia dentro, en reconcentrar sus energías, en un retraimiento que le aparte de una política exterior para la que no posee las energías y los medios necesarios. Relativiza, por tanto, los grandes proyectos nacionales: Gibraltar, el iberismo hispano-luso, las mismas conflictivas colonias caribeñas y asiáticas… Pone de relieve el gran defecto hispano, la abulia, la ausencia de voluntad. Y el remedio procederá de la restauración de la vida espiritual española.

Esta obra, a pesar de la considerable repercusión inicial de que gozó, con los años quedará relegado y un tanto olvidado. Manuel Azaña le dedicó varios ensayos, y puso de relieve sus limitaciones:  «El Idearium es un libro “inspirado”. Le inspira el amor a España, el sentimiento patriótico. Su móvil profundo es la necesidad de no verse, ―en cuanto español― solo, perdido en la historia, y el consiguiente deseo de poner a salvo los valores que naufragaban. El sentido general del Idearium es de reacción anticrítica; su espíritu, de conformidad con la tradición, que es especiosa, y como siempre, saca del mero hecho de haberse ido formando la razón mayor para subsistir e imponerse. Tal género de escritos rara vez evitan el peligro de alterar frívolamente las representaciones históricas. Pueden estar bien como efusión lírica, pero entremeter el sentimentalismo vago en tratados de filosofía de la historia, si es bueno para consolarse de añoranzas, lleva en derechura a confundir una emoción con un juicio, y al amparo de un goce estético pasan de contrabando, como verdades probadas, las imaginaciones del autor. En el Idearium, libro atrayente, entre otros motivos por el calor y la honrada intención con que está escrito, ese defecto es obvio, así como la flaqueza y confusión del discurso. No siempre se sabe cuándo el autor expone y cuándo aprueba. Pasa con excesiva sencillez de la crítica al donaire. Pretende explicar demasiadas cosas a fuerza de alegorías…» (Plumas y palabras, 1930)