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lunes, 16 de mayo de 2022

Julián Ribera, Lo científico en la Historia

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El arabista Julián Ribera (1858-1934), algunas de cuyas obras hemos comunicado en Clásicos de Historia, lleva a cabo su tarea cuando el positivismo y el historicismo dominan ampliamente en el mundo intelectual, y tienden a imponer su visión del mundo en la cultura popular. En 1898, Langlois y Seignobos han publicado su Introduction aux études historiques, que se convertirá en uno de los referentes metodológicos más respetados. Sin embargo, diversos pensadores han puesto de relieve los límites del positivismo, desde el idealismo, el neokantismo..., lo que influye en la concepción de la historia. Y se avizoran los cambios que se multiplicarán tras la Gran Guerra.

En estas circunstancias, Ribera se cuestiona su propio trabajo. En una serie de artículos publicados en la Revista de Aragón entre 1902 y 1905, y finalmente editados en un volumen en 1906, valora algunos aspectos de este debate, reflexiona, y concluye por plantear sus propias consideraciones. No tienen nada de revolucionarias, pero, resultan bastante atractivas en buena medida por su sentido común y la consecuente actualidad de muchas de ellas. Su punto de partida está en la dificultad de precisar el concepto de historia: «unos incluirán en su significado los relatos mentirosos inventados por un poeta, sin más realidad que la de un sueño; otros entenderán por historia la relación de un hecho realmente acontecido, o la relación tramada de sucesos ocurridos unos tras otros; y de esa manera llegaremos hasta las grandes construcciones artísticas en que se han lucido eminentes literatos, al desplegar su fecundo ingenio retórico o de invención, y a las magistrales investigaciones llevadas a efecto, del modo más nimio y apurado, por los hombres de ciencia.»

Y más adelante: «los hechos pasados pueden estudiarse con idénticos fines que los hechos presentes; la historia, como la pradera de que hablamos, puede servir para todo; si a la pradera puede ir el naturalista a estudiar la flora, el poeta para inspirarse en los colores de la primavera, el labrador para segar el heno con la dalla, y el ternero a juguetear, sin embargo, no deben confundirse con denominación común tales faenas; la vaca que tiende la barriga sobre la verde alfombra y rumia perezosamente, no hace el mismo oficio que el naturalista. Mas lo que en la realidad presente nadie confunde, lo confunden muchos en el estudio de lo pasado ¡cuántos borregos insignes se figurarán hacer ciencia, rumiando perezosamente las noticias de lo pasado! (…) No hay que ponerse nerviosos porque los hechos del pasado sirvan para todo, como la antedicha pradera: a unos lo histórico sólo proporciona entretenimiento; a otros satisface curiosidad; otros buscan experiencia; otros motivos para novelar y reír; otros, como el poeta, van tras el interés de una acción que a todo el mundo impresione por lo conocida; otros irán por argumentos de drama, etc., y, por fin, ¿no podrá servir de objeto para la observación científica?»

Y por ello distingue entre la necesaria y rigurosa erudición, con la que alude al estudio de las fuentes, y la necesaria y propiamente histórica observación, con sus operaciones características. Y deberán evitarse comunes errores, que podemos constatar bien presentes más de un siglo después: «Es sencillamente tonto proponerse fin extraño a la ciencia y decir que es científico, v. g., acudir a los hechos pasados para probar una tesis no sacada del estudio de los hechos mismos, sino forjada por el interés personal o la pasión de secta o partido. Forzando la interpretación de los hechos se ha llegado a descubrir una naturaleza humana que no ha existido jamás, y se ha dificultado por medio de fábulas, hasta el conocimiento científico de lo existente. Ciertas amistades platónicas con falsas edades pretéritas, ciertos cariños arqueológicos, han tenido la virtud de transformar a ciertos eruditos, convirtiéndolos, de personas discretas, en eximios botarates.

»Son muchos los que sacan de la historia lo que no hay. Para extraer esencia de muchas rosas frescas, que se palpan, que son reales, se trabaja mucho y a la postre se consigue extraer unas gotitas; en cambio con operaciones de la mente se puede sacar a montones todo lo que uno imagina; y quien tiene en la propia cabeza el grifo para hacer chorrear, no es difícil que suelte inundaciones de conceptos políticos, morales, etc., que no responden a nada verdadero y real.

»Concebir la historia como tribunal que juzga de la moralidad, rectitud, etc., de los hombres pasados, es la negación del espíritu científico; eso no es más que la parodia ridícula del juicio final: oficiar de Dios que reparte a diestra y siniestra premios y castigos. El tribunal inapelable de la historia es una insustancialidad completamente incientífica.

»Los hechos de los hombres podrán discutirse apasionadamente al tiempo de ejecutarse, cuando influyen de cerca en nuestra felicidad o infelicidad; pero cuando se estudian con intentos científicos, es preciso despojarse de todo interés pasional. Algunos creen esto imposible: ¡como si fuera imposible estudiar el oro, olvidándose al propio tiempo de que es metal que sirve para las transacciones del mercado; como si no fuera posible mirarlo por otro aspecto que el del avaro!

»Tampoco es científico proponerse resucitar lo antiguo entero, vivo y moviéndose, y, cuando falten materiales, suplirlos con invención o adivinación, no; el fin científico no es crear un ser viviente; pues aunque la ciencia pudiera ser útil para tales oficios, no es ése el fin directo de la ciencia; no es decir que sea abominable esa tarea, sino que no es científica, y nada adelanta la ciencia con tales aplicaciones. La historia no es cosa viva, sino muerta. Quede para el arte esa virtud de resucitar a los muertos.»

viernes, 16 de noviembre de 2018

Julián Ribera, La supresión de los exámenes


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De Julián Ribera (1858-1934) ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana, su La enseñanza entre los musulmanes españoles, y sus ediciones de la Historia de los jueces de Córdoba de Al-Jušanī, y de la Historia de la conquista de Al-Ándalus de Ibn al-Qutiyya. Hoy cambiamos de tercio. Los días 19 y 20 de abril de 1900, este ilustre arabista pronunció dos conferencias en la espléndida y no muchos años antes inaugurada Facultad de Medicina y Ciencias de la Universidad de Zaragoza, espléndida obra del arquitecto Ricardo Magdalena que todavía hoy luce en la plaza de Basilio Paraíso (otro interesante personaje de esos mismos años). En dichas conferencias hizo balance de los problemas de la universidad española, en un momento en el que se multiplicaban, tras el Desastre, las exigencias de reformas múltiples en un país y una sociedad a las que se tildaban de dormidas, enfermas, cuando no exánimes. Cabe suponer que sus críticas y propuestas fueran juzgadas como excentricidades de sabio. Y quizás también hoy. Sin embargo, consideramos de interés y actualidad su contenido.

En 1927, con motivo de su jubilación, se le ofreció a nuestro autor la tradicional obra de homenaje, titulada Disertaciones y Opúsculos, en dos volúmenes. La introducción corrió por cuenta de su discípulo Miguel Asín y Palacios (de quien comunicamos en su día La escatología musulmana en la Divina Comedia), y en ella señalaba que «extramuros del arabismo y de la historia buscó, además, terreno en que ejercitar sus dotes de observador de los fenómenos sociales, aspirando a resolver en sí mismo los problemas que estos fenómenos plantean, después de haberlos explicado históricamente. Y también en este estudio positivo Ribera atina a vislumbrar nuevos puntos de vista y soluciones originales en diferentes problemas.» Y un poco más adelante: «Plantea, finalmente, de manera original el problema pedagógico, señalando como la sola orientación útil para resolverlo el estudio de la manera de aprender, mejor que el de la manera de enseñar, punto de vista este último que ha sido la exclusiva preocupación de los pedagogos hasta el presente.» Y podríamos añadir que hasta hoy.

Ilustración de Ever Meulen.

viernes, 7 de julio de 2017

Julián Ribera, La enseñanza entre los musulmanes españoles


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De Julián Ribera ya hemos comunicado en Clásicos de Historia su Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana, sus interesantes conferencias sobre La supresión de los exámenes, y sus ediciones de la Historia de los jueces de Córdoba de Al-Jušanī, y de la Historia de la conquista de Al-Ándalus de Ibn al-Qutiyya.

Rafael Altamira, en su Historia de España y de la civilización española, § 182, resumía así la obra que comunicamos ahora, para así exponer las características de la enseñanza andalusí: «No se conoció entre los musulmanes lo que hoy llamamos instrucción pública, es decir, una organización oficial de la enseñanza, pagada por el Estado o por las ciudades, ni aun en la forma rudimentaria de los romanos. Hasta fines del siglo XI no se fundaron universidades o colegios generales en Oriente, empezando por el de Bagdad (1065); pero en España no tomó pie esta innovación, aunque más tarde (en el siglo XIII) la inició en Murcia un rey cristiano, Alfonso el Sabio, creando un colegio musulmán para que un sabio árabe enseñase las ciencias a moros, judíos y cristianos juntamente; ejemplo que copiaron, aunque efímeramente, los árabes de Granada.

»En todo el período que ahora nos ocupa no hubo más enseñanza que la privada, es decir, la que daban, ora gratuitamente, ora mediante paga, los particulares que se dedicaban a esta profesión. Alguna vez hubo califas que pagaron a sabios extranjeros venidos a España y les hicieron dar conferencias o lecciones públicas; pero esto fue temporal, y no respondió a organización reflexiva de la enseñanza. También Alhakam II fundó, como particular y en acto de penitencia, algunas escuelas para enseñar la doctrina a los hijos de los pobres y desvalidos de Córdoba. Tratábase, pues, en este caso, de una manda o legado pío del sultán, y el ejemplo fue seguido en la España árabe por muchos particulares, que fundaron otras para enseñanza de los pobres, con legados de esta clase y sin que interviniese para nada la Administración.

»Si el Estado no intervenía, pues, directamente en la enseñanza, el sacerdocio musulmán la impulsó mucho al principio, especialmente por lo que se refería a la instrucción religiosa, enseñando con gran fervor por todas partes las máximas del Alcorán y las tradiciones de Mahoma: pero más tarde, cuando se hubieron desarrollado las ciencias y se formaron sectas diferentes (aun entre los Ortodoxos), la dominante, que era la de Málik, como sabemos, se hizo muy intolerante, coartando la libertad de los maestros siempre que podía, y en especial de los filósofos que se apartaban de la ortodoxia. Más de una vez se quemaron los libros de éstos y fueron desterrados los profesores, como ya dijimos.

»Pueden distinguirse en la enseñanza musulmana dos grados: el primario y el superior. El primario comprendía, como base, la lectura y escritura del Alcorán, a título de preparación religiosa y gramatical al propio tiempo; uníanse a esto trozos de poesía, ejemplos de composición epistolar, y finalmente elementos de gramática árabe, aprendidos de memoria. La lectura y escritura se enseñaban juntamente, no haciendo que el alumno trazase cada letra en particular, sino imitando las palabras enteras que se les daban por modelo. Para escribir se usaban unas tablillas de madera pulimentada, sobre las que se trazaban los caracteres con un pedazo de caña afilada (cálamo), empapada en tinta. Acabado un ejercicio, se mojaba la tablilla, se borraba lo escrito y servía de nuevo. Muchas veces, la instrucción era gratuita, dándola por puro gusto los maestros. Otras veces eran pagados por los discípulos, costumbre que, andando el tiempo, fue la dominante; a pesar de lo cual, se difundió tanto la lectura, y la escritura en especial, que la mayor parte de los musulmanes españoles sabían leer y escribir, aventajando en esto a las demás naciones europeas.

»La enseñanza superior, como libre que era, no guardaba plan uniforme. Cada maestro enseñaba más o menos cosas, según su cultura o preferencias. Generalmente se empezaba por enseñar las tradiciones religiosas, leyendo párrafos de libros, que explicaba el profesor, y preguntando los alumnos, con toda libertad, cuando no entendían bien una palabra o un razonamiento. La base del estudio era siempre la memoria. Además de las tradiciones, se estudiaban los comentarios del Alcorán, la gramática, el diccionario, la medicina, la filosofía y, sobre todo, la jurisprudencia y la literatura. En punto a jurisprudencia, derivada de la exposición y comentario de las leyes jurídicas del Alcorán, llegó a haber gran número de autores que escribieron tratados, comentarios, compendios, diccionarios, etc. La escuela de Córdoba se hizo famosa.»

Aristóteles enseña astronomía a sus discípulos.

viernes, 7 de abril de 2017

Ibn al-Qutiyya (Abenalcotía el Cordobés), Historia de la conquista de Al-Ándalus

Ilustración de Bob de Moor

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María Jesús Viguera Molins se refiere a esta obra como una «compilación seguramente puesta por escrito a mediados del siglo X, a la que se aplica el título de Historia de la conquista de al-Andalus (Tarij Iftitah al-Andalus), recogiendo transmisiones procedentes del gramático, poeta y narrador Muhammad Ibn al-Qutiyya: (“el hijo de la Goda”) Abu Bakr b. Umar b. Abd al-Aziz b. Ibrahim b. Isa b. Muzahim, que llevó también ―como algunos de sus antecesores y descendientes― ese apelativo de el hijo de la Goda, otorgado a los hijos del primer matrimonio de Sara la Goda (al-Qutiyya) con Isa b. Muzahim (m. 136 H./755 d. C.), en principio para distinguirlos de la descendencia de Sara y su segundo marido. Los hechos referidos por Ibn al-Qutiyya se encuentran contrastados y aprovechados por contribuciones sucesivas de la investigación, bien planteadas tanto en el marco general de la historia de España en el siglo VIII, como en el marco concreto relativo a Ibn al-Qutiyya, su familia de ilustres antepasados, entre ellos los witizanos, y su personalidad cultural, carácter y situación de su obra histórica, acerca de este característico sabio andalusí, nacido quizás en Sevilla o ya en Córdoba, en la última decena seguramente del siglo IX, y que murió en Córdoba en 367 de la Hégira 977 d. C.» (La conquista de al-Andalus según Ibn al-Qutiyya, Aljaranda 81, 2011)

Por su parte, María Isabel Fierro había valorado la obra que nos ocupa de este modo: «Ribera y otros investigadores interpretan… que Ibn al-Qutiyya se habría sentido próximo a los muladíes de al-Andalus por sus orígenes hispano-godos: recuérdese que su tatarabuela, Sara la Goda, era nieta del rey visigodo Witiza (…pero más bien) Ibn al-Qutiyya sería un partidario de la integración de las diferentes etnias que coexistían entre los musulmanes de al-Andalus, integración posible a partir de ese elemento común: la religión musulmana. Resumiendo, el contenido del Tarij refleja el punto de vista de un mawlà partidario de los omeyas, y de un ulema con una concepción moralizante de la historia: Ibn al-Qutiyya con su Tarij quiere enseñar que el poder otorgado por Dios a los omeyas en al-Andalus se mantendrá siempre y cuando éstos gobiernen con justicia (para lo cual necesitan rodearse de buenos y fieles consejeros, dar los cargos religiosos a musulmanes de intachable conducta y mantener buenas relaciones con los ulemas) y siempre y cuando sepan poner fin, con los métodos adecuados a cada caso, a las rebeliones de árabes, beréberes y muladíes.» (La obra histórica de Ibn al-Qutiyya, Al-Qantara, X, 1989).


viernes, 24 de marzo de 2017

Julián Ribera, Bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana

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Claudio Sánchez Albornoz en su oceánica La España musulmana, señala al presentar su ramillete de textos andalusíes sobre los “Libros en Córdoba”: «Los cordobeses de la época califal amaban los libros. Sólo en el arrabal occidental de Córdoba se ganaban la vida copiando manuscritos 170 mujeres. Se publicaban al año en la ciudad sesenta mil volúmenes. El califa Al-Hakam reunió una biblioteca de cuatrocientos mil. Los nobles imitaron su ejemplo. Todos, magnates y estudiosos, rivalizaban en la adquisición de libros y en la formación de bibliotecas. Fue famosa la de Isa ben Futays. Había un floreciente increado de libros. Se pujaban en él las obras raras o lujosas. La noticia de uno de esos remates dice, más que ningún elogio, cuál había llegado a ser el gusto por el libro y la moda de reunirlos entre los cordobeses. Después, el dictador Almanzor, para congraciarse con los alfaquíes o teólogos, rígidamente intolerantes, y con las masas ignaras que les seguían, ordenó el espurgo de la magnífica biblioteca califal, única en Europa. Durante las revoluciones cordobesas, de principios del siglo XI, se perdieron ricos tesoros bibliográficos en los incendios y saqueos de Medina al-Zahra y de Medina al-Zahira y de los palacios de los grandes, y muchos de éstos hubieron de vender sus bibliotecas. Pero a pesar de tanto desastre, todavía a fines del siglo XII Córdoba era, según Averroes, la ciudad que poseía más libros.»

En realidad Sánchez Albornoz está espigando la información que recogió el autor de la obra que presentamos, así como sus discípulos y compañeros del arabismo de hace un siglo: «Los grandes maestros Ribera y Asín... —dice el autor de España, un enigma histórico— han dado un impulso decisivo a los estudios arábigos. Debemos al primero monografías de gran valor científico sobre la lengua, la literatura, la enseñanza, la música y las instituciones de la España musulmana. Ha revolucionado el segundo el conocimiento de la filosofía y la mística hispano-árabes. Ambos han descubierto horizontes insospechados sobre las influencias culturales de Al-Ándalus en el Occidente Europeo. Sus discípulos, ya maestros a su vez han continuado su labor por las sendas que ellos abrieron y han abierto otras nuevas, por lo que hace al arte, a la poesía, a la filología, al derecho... de la España islamizada.» Y más adelante: «Cada día va siendo aceptada por mayor número de estudiosos —y si no fuera de paternidad hispánica habría sido ya admitida sin contradicción— la teoría del maestro Ribera sobre el origen hispano-árabe de la música medieval de los trovadores y de los minnesinger. El gran patriarca del arabismo español ha ido marcando los cambios que los andaluces introdujeron en la música oriental —la transformaron de monódica en coral, y trocaron y vivificaron su tonalidad, su ritmo y su armonía— y ha ido señalando sus contactos con la música de aquende y de allende el Pirineo y las sendas por donde pudo llegar la arábigo-hispana hasta Provenza. Otra tesis del mismo Ribera, sobre el origen andaluz de la lírica europea, ha sido reforzada por los estudios de Nykl y ha sido demostrada en los últimos tiempos por un romanista de la talla de Menéndez Pidal.»

jueves, 3 de diciembre de 2015

Muḥammad al-Jušanī, Historia de los jueces de Córdoba

Julián Ribera
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Escribe Julián Ribera en el prólogo a su edición y traducción de esta obra del siglo X: «La plena convicción de que la crónica de Aljoxaní es una de las más interesantes y que mejor se prestan a realizar estudios acerca de la vida social de la España musulmana durante el emirato de los Omeyas, ha sido el principal motivo que me ha impulsado a publicar el texto árabe y su traducción española. A mi modo de ver, es la crónica que nos pone en contacto más directo con aquella sociedad: ninguna otra permite que penetremos tan adentro ni tan objetivamente.» Y continúa:

«Aunque el cronista, Abuabdala Mohámed ben Hárit El Joxaní, fue un extranjero, nacido en Cairuán y avecindado en Andalucía, el proyecto de realizar su obra debióse, sin duda alguna, a sugestiones de Alháquem II, y los materiales que le sirvieron para redactarla fueron exclusivamente españoles: colaboraron multitud de personas de Córdoba y de Andalucía, desde el monarca hasta individuos de las clases más populares. (…) Tuvo a su alcance todos los medios de información que podían proporcionarle las recomendaciones del príncipe. Unas son escritas: el archivo de la Casa Real, donde se conservaban aún en aquel tiempo copias de cartas reales expedidas por monarcas anteriores; el archivo de la curia de los jueces de Córdoba, en donde quizá se encontrara alguna providencia judicial que se cita como documento histórico; documentos particulares que se conservaban por ciertas familias; y algunos libros, de cuyo autor apenas dice nada, o si nombra el autor omite el título y naturaleza de la obra. Pero ésta se halla principalmente fraguada mediante tradiciones orales, por narraciones que corrían entre las varias clases sociales de Córdoba, desde las que se referían en las tertulias de los palacios, del monarca y de la nobleza, hasta las que recitaban públicamente los narradores de plazuela en los arrabales y barrios bajos.»

En cuanto a la valoración de la obra, Ribera admite que la labor crítica de al-Jušanī «no es muy severa ni escrupulosísima: se muestra excesivamente crédulo en admitir ciertas tradiciones forjadas por personas que no eran de fiar; pero hay que decir que aquéllas se refieren principalmente a los primeros tiempos, época sobre la que reina mucha oscuridad en los testimonios o hay casi carencia de noticias.» Pero por otra parte, en la obra no se advierte «el menor rastro de lo sobrenatural, ni el prejuicio teológico, ni aun siquiera el fanatismo político o adulación en favor de la dinastía reinante. El autor respeta y venera, claro es, a los monarcas cordobeses, que le favorecen y sustentan; pero el príncipe Alháquem debió ser hombre de criterio tan holgado, que dejó a Aljoxaní que pusiese en esta obra, entre las narraciones populares, algunas que no disimulan graves defectos de los monarcas antepasados suyos o que suponen desdén hacia cosas respetables para la ortodoxia dominante.»

«En resumen, Aljoxani ha compuesto un precioso mosaico histórico formado con multitud de pequeñas narraciones, agrupadas únicamente por personas, es decir, poniendo bajo el epígrafe de cada juez las diversas noticias de procedencia variada que a él se refieren, sin intento de hacer una narración original suya, antes bien trasladando íntegras, las más de las veces, las noticias sin transición alguna, sin añadidos ni pegaduras retóricas. Por consecuencia, no es su obra un cuadro sintético para cuyo conjunto uniforme se hayan fundido las noticias, sino una continuada sucesión de relatos expuestos tal y como han llegado a su conocimiento. Esa acumulación de materiales podrá constituir una obra de poco atractivo, por la escasa belleza literaria de la forma; tal vez parezca pesada, monótona e insufrible al lector distraído que vaya en busca de la amenidad; mas si éste es curioso y observador y desea conocer a fondo aquellos tiempos, encontrará una mina de anécdotas interesantísimas, cuadritos prosaicos, pero reales, de escenas contadas, en la mayoría de los casos, por testigos presenciales.»