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lunes, 11 de julio de 2022

Benjamin Constant, De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos

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Reproducimos el artículo de Antonio R. Rubio Plo publicado en el blog del Real Instituto Elcano, el 20 de febrero de 2019, con el título Las dos libertades de Benjamin Constant.

Hace doscientos años, el 20 de febrero de 1819, se dio a conocer uno de los más apasionados discursos en defensa de la libertad política. Lo pronunció Benjamin Constant de Rebecque en el Ateneo de París con el título De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos. Corría el reinado de Luis XVIII, y con él habían vuelto los Borbones a Francia tras la caída de Napoleón, aunque a este monarca no se le debería aplicar estrictamente aquella conocida frase de Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord de que los Borbones no habían aprendido nada ni olvidado nada. La Carta otorgada de 1814 representaba una pequeña apertura hacia un sistema representativo, y en aquel 1819 la presidencia del consejo de ministros la ejercía Élie Decazes, promotor de un liberalismo moderado acosado por los enemigos de uno y otro signo, y patrocinador de un eslogan que se revelaría imposible: “Royaliser la nation et nationaliser les royalistes”, pues la Revolución Liberal de 1830 derribó a la vieja monarquía e instauró la de Luis Felipe de Orleáns, el “rey ciudadano”, bien acogido por Decazes y Constant.

Benjamin Constant fue toda su vida un hombre de contradicciones, sobre todo por el hecho de que llegó a apoyar a Napoleón al retorno de la isla de Elba en 1814, pues se mostró sorprendentemente confiado en que el emperador iba a dotar a Francia de un marco institucional en el que se combinarían legalidad y legitimidad. Era el mismo Constant que un año antes había publicado un enérgico alegato contra Bonaparte con el expresivo título de Del espíritu de conquista y usurpación, pero que luego pareció confiar en que el Acta Adicional a las Constituciones del Imperio, redactada por él mismo a petición del emperador, podría abrir el camino hacia un régimen representativo, con un reconocimiento de la libertad de imprenta y de la existencia de dos cámaras.

El discurso pronunciado hace dos siglos pretende llamar la atención sobre el concepto de libertad, una palabra muy utilizada en la arena política desde las revoluciones inglesas del siglo XVII y consagrada definitivamente por la Revolución Francesa, pero como bien expresaría Charles Dickens en una conocida novela, el sentido de la palabra libertad llegó a ser muy diferente en Londres que en París. La libertad de los antiguos conllevaba la mitificación de Esparta, Atenas o la Roma republicana, y había sido el modelo de los revolucionarios franceses. Constant no cita explícitamente a Maximilien Robespierre, pero está pensando en él y en su gobierno, pues además fue un político que no tuvo reparo en proclamar que “Esparta brilla como la luz entre unas inmensas tinieblas”, una frase pronunciada en mayo de 1794, cuando ya había enviado a su antiguo compañero Georges-Jacques Danton a la guillotina. Sobre este particular, Constant añadía: “Yo sé bien que se ha pretendido seguir de alguna manera las huellas de ciertos pueblos de la Antigüedad, como la república de Lacedemonia, por ejemplo, y de nuestros antepasados los galos, pero con muy poca exactitud”. Continúa diciendo que los lacedemonios o espartanos estaban dominados por una “aristocracia monacal”, la de los éforos que limitaban la autoridad de los reyes y que irían progresivamente acaparando los poderes ejecutivo y legislativo. Subraya que estos magistrados nunca fueron una barrera contra la tiranía, sino otra forma de la misma. Constant pensaba, sin duda, en el Comité Central de Salvación Pública, presidido por Robespierre, e integrado por hombres que se atribuían a sí mismos el más alto de grado de las virtudes cívicas, al tiempo que se arrogaban el derecho de vida y muerte. Se trata de un régimen opuesto al sistema representativo, preconizado por Constant, y que como han hecho otros regímenes posteriores, solía justificar sus actuaciones en base a lo extraordinario del momento. Una vez sometidos o eliminados los enemigos, podría proclamarse la llegada de una edad de oro con el reinado definitivo de la libertad y la justicia. La revolución jacobina ha sido, al igual que otras más próximas en el tiempo, teocrática y guerrera. Es el espejo de quienes viven la contradicción de elevar a la razón a la categoría de diosa, aunque practican métodos de irracionalidad en nombre de una ideología elevada al estatus de nueva y absoluta religión. Suele surgir así un nuevo modelo de tiranía, mucho más temible que las anteriores, si hacemos caso a la visión anticipadora de Denis Diderot al afirmar que el peor de los tiranos es el tirano virtuoso. Pese a las mitificaciones interesadas en las que prevalecen las ideologías sobre los hechos, en los sistemas políticos de la Antigüedad existe una falta de noción de los derechos individuales.

Junto a la libertad de los antiguos, hay que hablar de la libertad de los modernos, que Benjamin Constant define en términos magistrales: “Es el derecho de no estar sometido sino a las leyes, no poder ser detenido, ni preso, ni muerto, ni maltratado de manera alguna por el efecto de la voluntad arbitraria de uno o de muchos individuos: es el derecho de decir su opinión, de escoger su industria, de ejercerla, y de disponer de su propiedad, y aún de abusar si se quiere, de ir y venir a cualquier parte sin necesidad de obtener permiso, ni de dar cuenta a nadie de sus motivos o sus pasos: es el derecho de reunirse con otros individuos, sea para deliberar sobre sus intereses, sea para llenar los días o las horas de la manera más conforme a sus inclinaciones y caprichos: es, en fin, para todos el derecho de influir o en la administración del gobierno, o en el nombramiento de algunos o de todos los funcionarios, sea por representaciones, por peticiones o por consultas, que la autoridad está más o menos obligada a tomar en consideración”.

Podemos observar en este texto que nuestro autor no identifica la libertad de los modernos con la casi exclusiva dedicación de los individuos a sus asuntos privados. Esto sería el triunfo de una mentalidad individualista e insolidaria, la de los happy few, difundida por Stendhal, aquel gran admirador de William Shakespeare. Por el contrario, Constant se anticipa a Alexis de Tocqueville con esta advertencia: “El peligro de la libertad moderna puede consistir en que, absorbiéndonos demasiado en el goce de nuestra independencia privada y en procurar nuestros intereses particulares, no renunciemos con mucha facilidad al derecho de tomar parte en el gobierno político”. La mala comprensión de la libertad de los modernos desemboca en el debilitamiento de la sociedad civil, cuya existencia es la piedra angular de la verdadera democracia.

Benjamin Constant no era hegeliano. No pretendió hacer una síntesis de la libertad antigua y moderna, pues los derechos individuales pasan también por la participación en los asuntos públicos. Las dos libertades deben ir juntas. Pero, además, en el discurso de 1819 previene contra las promesas halagadoras de felicidad difundidas desde el poder. Lo importante es que el poder practique la justicia, pues ya se encargarán los propios ciudadanos de ser felices. El papel del Estado debe ir en otra línea: “Respetando sus derechos individuales, manteniendo su independencia, no turbando sus ocupaciones, (el Estado) debe, sin embargo, procurarse que consagren su influencia hacia las cosas públicas; llamarles a que concurran con sus determinaciones y sufragios al ejercicio del poder; garantizarles un derecho de vigilancia por medio de la manifestación de sus opiniones y, formándoles de este modo por la práctica a estas funciones elevadas, darles a un mismo tiempo el deseo y la facultad de poder desempeñarlas.”

La Cámara de los Diputados en París hacia 1820.

viernes, 5 de junio de 2020

Paul Valéry, La crisis del espíritu


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Antonio R. Rubio Plo, del Real Instituto Elcano, escribía hace un año sobre la Europa de Paul Valéry: «En 1919 el impacto de la Primera Guerra Mundial era muy fuerte en Europa y siguió siéndolo en el período de entreguerras, época en la que el sentimiento de decadencia de Europa, y por definición de Occidente, arraigó en los medios intelectuales y pareció verse confirmado por la ascensión al poder de unos totalitarismos agresivos y expansionistas, cultivadores de un pasado mítico hecho a su medida. En los meses en que se prolongaba la Conferencia de Paz de París, que recogió los dictados de los vencedores de la guerra, se publicaron en una revista literaria londinense, The Athenaeum, dos cartas de Paul Valéry, que poco después se recogieron para su edición en Francia bajo el título de La crisis del espíritu. Desde entonces, y a lo largo de un siglo, en numerosos artículos y discursos, franceses y no franceses, han abundado las citas extraídas de estos textos de Valéry. Algunas de estas citas han sido premonitorias, otras, en cambio, pertenecen al género de apología de la decadencia, aunque siguen sirviendo para hacernos reflexionar a los europeos del siglo XXI. Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales…Elam, Nínive, Babilonia eran bellos y vagos nombres y la ruina total de esos mundos tenía tan poca significación para nosotros que su existencia misma. Pero Francia, Inglaterra, Rusia… serían también bellos nombres… Sentimos que una civilización tiene la misma fragilización que una vida. Las circunstancias que llevarían a las obras de Keats y de Baudelaire unirse a las obras de Menandro no son por completo inconcebibles: están en los periódicos.

»Se diría que Valéry tiene una cierta nostalgia por la Europa de 1914, el mundo de ayer al que se refería Stefan Zweig, un gran europeo que sucumbió a un pesimismo trágico. En efecto, la guerra tiene una capacidad destructiva que ha roto la fe en el progreso técnico-científico, como la única medida de la felicidad. El espíritu, que no es otro que el de la Ilustración, se siente desamparado y descubre, en un amargo despertar, que los logros de la razón han caído en manos de seres irracionalistas con metas tan estrechas como egoístas. La civilización europea puede morir, desaparecer al igual que otras civilizaciones de la Antigüedad, sepultadas en las arenas de un Oriente Medio que hace un siglo fue elevado a la máxima categoría de la geopolítica. ¿No sucederá lo mismo con las viejas naciones europeas, cargadas de siglos y de vastos legados culturales? Pero Valéry probablemente olvida una evidencia: las civilizaciones antiguas murieron porque todas sus ansias eran de conquista y dominio, que luego se pretendía afianzar con muros que al final demostraron ser inútiles. En cambio, Europa era un espacio de síntesis, de progresiva armonía entre culturas diferentes que dieron lugar a una civilización común, con una enriquecedora pluralidad de elementos, en la que el humanismo no excluía a la técnica, ni la técnica al humanismo. Cuando se lleva a cabo esa exclusión, y para ello no hacen falta los conflictos bélicos, se cumple aquello de que el sueño de la razón produce monstruos. Con todo, no deja de llamar la atención las referencias de Valéry a Charles Baudelaire y John Keats. ¿Qué tenían estos dos poetas en común? Quizás la mitificación de un antiguo orden, grecolatino o medieval, y en esa nostalgia, como dice el historiador libanés Georges Corm, Baudelaire se ha impuesto a Víctor Hugo, y acaso podríamos añadir que Keats se ha impuesto al sentido común del doctor Johnson.

»La paz es quizás, el estado de cosas en el que el la hostilidad natural de los hombres, se manifiesta en creaciones, en lugar de traducirse en destrucciones como hace la guerra. Paul Valéry es desconfiado, si bien podemos entender que no le faltan motivos: desde el siglo XVI Europa ha sido un campo de batalla por las pretensiones hegemónicas, pero esto no ha sido obstáculo para la creatividad humana, bien se tratara del Renacimiento o del Barroco, aunque tiene razón en que la paz fomenta mejor la creatividad. Curiosamente esta paz puede asemejarse a la del artesano suizo, maestro en el diseño de los quesos o los relojes, porque, después de todo, como dijo Winston Churchill en su famoso discurso de Zúrich de 1946, Europa debería ser una gran Suiza, libre y feliz. Hoy en día, eso no basta, pues esa Europa-Suiza tiene que abrirse al mundo y no autocomplacerse en su bienestar material. Recordemos que un gran filósofo del siglo XX, Emmanuel Lévinas, siempre recalcaba que los derechos humanos, ese patrimonio de la civilización europea, son los derechos de los otros. Una Europa cerrada nunca será creativa, porque perderá esos rasgos del espíritu europeo que subraya Valéry en sus artículos: una avidez activa, una curiosidad ardiente y desinteresada, una mezcla feliz de la imaginación y del rigor lógico, un cierto escepticismo no pesimista, un misticismo no resignado…

»¿Va a mantener Europa su preeminencia en todos los ámbitos? ¿O se convertirá en lo que es en realidad: una pequeña península del continente asiático? Esta cita es de plena actualidad, cuando tantos escritores y analistas políticos están saludando el retorno de Eurasia al primer plano de la escena internacional. Al parecer, el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda de China o el despertar del nacionalismo ruso a la búsqueda de áreas de influencia pérdidas, sin olvidar las aspiraciones político-económicas de la India y Japón, y unos Estados Unidos que tienen únicamente la predilección por la hegemonía comercial y el control de las rutas oceánicas, arrojaría a Europa a la irrelevancia. La pequeña península de Asia sería un apetecible bloque comercial y de inversiones, pero poco más. Su destino consistiría en mutar en un nuevo Bizancio, petrificado en la historia, condenado a la esclerosis político-económica, y en el que la defensa de sus valores específicos como la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho habría dejado de ser dinámica para convertirse en un dogmatismo sin alma. Esto significaría la victoria del determinismo geopolítico y geoeconómico sobre la libertad. Europa solo puede mantener su primacía, la de su espíritu, si se abre al exterior, a las otras civilizaciones, lo que no sería nada nuevo en su historia, pero no termina de hacerlo porque teme ser conquistada por elementos extraños. Lo cierto es que cuando tienes miedo de que desaparezca tu propia civilización, tiendes a refugiarte en una edad de oro inexistente y no comprendes el significado de esa civilización.

»Un solo ejemplo de ese espíritu, pero un ejemplo de primera clase –y de primera importancia: Grecia, porque hay que localizar Europa en todo el litoral mediterráneo, pues Esmirna y Alejandría son tan de Europa como Atenas y Marsella. Valéry rinde aquí homenaje a sus orígenes mediterráneos, hijo de un padre corso y de una madre de Trieste, un hombre que ve la luz en la localidad mediterránea de Sète, pero sus afirmaciones van más allá de su trabajo literario. Seguimos observando hoy que Europa no puede separarse del Mediterráneo, ni el Mediterráneo de Europa. Ese mar fue el escenario de encuentro de las raíces europeas provenientes de Jerusalén, Atenas y Roma, aunque hoy se ha convertido en un lugar de sombras y de muerte. Si Europa se atreviera a desempeñar un papel más activo, y no se conformara con el mero mantenimiento del statu quo, en la orilla sur, y aún más allá, los europeos no tendrían la percepción, alimentada por intereses políticos de signo diverso, de que el Mediterráneo se ha convertido en una muralla líquida.