sábado, 29 de agosto de 2015

Braulio de Zaragoza, Vida de san Millán

Miniatura otoniana, siglo X.
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Braulio de Zaragoza (c. 590-651) fue obispo de esta ciudad y uno de los referentes del considerable desarrollo cultural del reino de Toledo, la convencionalmente llamada España visigoda. Las 44 cartas conservadas en su Epistolario (32 escritas por Braulio, las otras a él dirigidas) nos muestran la relación con su maestro Isidoro de Sevilla (con interesantes referencias sobre la confección de las Etimologías, y su intervención en ella), Eugenio de Toledo, su también discípulo y sucesor en la diócesis Tajón, Fructuoso de Braga, el papa Honorio, y los reyes Chindasvinto y Recesvinto… Ahora bien, «la fama de Braulio actualmente está cimentada en sus cartas; es una fama reciente y limitada al mundo de los eruditos. Durante muchos siglos fue mucho más conocido por su Vida de San Emiliano. Él mismo confiaba en que esta obra pudiera salvarle de ser castigado en el otro mundo: Hoc opus, escribe citando a Juvenco, en el prefacio de la Vida, hoc etenim forsan me subtrahet igni. En el año 574, unos diez años antes del nacimiento de Braulio, murió en la región montañosa de Castilla la Vieja, en la región de la Rioja, el santo ermitaño cuya vida nos es conocida tan sólo gracias a la biografía de Braulio.» (C. Lynch y P. GalindoSan Braulio obispo de Zaragoza (631-651). Su vida y sus obras.)

«La España visigoda es una materia histórica fascinante, pero al mismo tiempo frustrante para el historiador. Por un lado, los hispanovisigodos nos han dejado un amplio elenco documental en sus leyes y en los cánones conciliares eclesiásticos pero, por otro lado, el tipo de material narrativo y diplomático que nos ayudaría a los historiadores para comprender cómo la ley y la legislación conciliar eran puestas en práctica es muy escaso. En particular, para la España del siglo VII no abunda la evidencia documental, y precisamente esto es muy frustrante, por cuanto sí disponemos de indicios según los cuales en esa época el sistema hispanovisigodo disfrutaba de una enjundiosa situación social, cultural y religiosa. Lo que nos gustaría conocer, sobre todo, es cómo ese sistema operaba en el nivel local y cómo interactuó con las élites locales, puesto que todo ello podría contarnos, en efecto, cómo era en realidad la España visigoda. Lo que sí tenemos del siglo VII, sin embargo, es un breve elenco de textos hagiográficos, consistente en cinco obras principales. En las manos de un interrogador hábil este material puede dar respuesta al menos a alguna de nuestras preguntas sobre la naturaleza del mundo que lo produjo. A fin de comprender nuestros textos en su integridad, debemos someterlos a un análisis tanto del género cultural como del contexto histórico.» (Paul Fouracre, en el prólogo a La hagiografía visigoda. Dominio social y proyección cultural, de Santiago Castellanos.)

San Millán y sus discípulos. Marfil, siglo XI.

martes, 25 de agosto de 2015

Jerónimo de San José, Genio de la Historia

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Jerónimo Ezquerra de Rozas (1589-1669) fue un prolífico escritor carmelita cuyo nombre de religión fue Jerónimo de San José. Al estudio de su orden y de sus miembros destacados dedicó la mayor parte de sus trabajos históricos, principalmente de carácter hagiográfico. Pero entre ellas destaca su Genio de la Historia, impreso en 1651 aunque redactado años atrás: su circulación manuscrita entre los círculos intelectuales que frecuenta nos es conocida por diversas referencias epistolares, como la laudatoria de Bartolomé Leonardo de Argensola en 1628: «Haga vuestra paternidad cuenta que este discurso histórico le han hecho en Atenas y en Roma los mayores historiadores Es un interesante tratado en el que el autor reflexiona sobre las características e índole (el genio) de la Historia. La definirá como «una narración llana y verdadera de sucesos y cosas verdaderas, escrita por persona sabia, desapasionada y autorizada en orden al público y particular gobierno de la vida.»

Su concepción de la historia toma como referencia la de los clásicos grecolatinos, naturalmente desde la recuperación y reinterpretación que han elaborado los humanistas del Renacimiento. Al mismo tiempo la herramienta racional que emplea es, inevitablemente, la que le proporciona la escolástica aristotélica común en su tiempo y que aún permanecerá vigente largo tiempo. No es por tanto una obra innovadora, y para el autor la historia es ante todo una obra retórica cuyo valor depende de su forma literaria y de su utilidad práctica y pública de carácter político o moral. De ahí que Jerónimo de San José dedica mucha más reflexión y espacio a las cuestiones de estilo y a los condicionantes que se le deben exigir al historiador, que a las cuestiones metodológicas sobre el acopio de información y su crítica. Quizás ésta sea la causa de su encomio entre los historiadores antiguos a Dextro y Máximo de Zaragoza, por entonces ya rechazados por muchos como meras falsificaciones.

Y sin embargo, podemos reconocer en el Genio de la Historia algunos planteamientos que nos resultan extrañamente modernos: su insistencia en la narratividad de la historia, en la historia como relato; sus precisiones sobre los diferentes conceptos de verdad histórica (diferenciando entre lo que Juan Cruz ha llamado verdad introversiva y verdad extroversiva); su preocupación por todos los aspectos de la realidad, hasta los que pueden considerarse nimios y sin importancia (particularizar cosas menudas, dice); su actualización del sine ira et studio de Tácito: «...el grave daño que a la república y al mundo se sigue de las falsas y apasionadas historias, y el remedio que en esto se debería poner, aunque sería mejor que el mismo historiador le pusiese, deponiendo el odio juntamente con el afecto demasiado. También debería deponer el temor; y armado de una enterísima constancia, atropellar con todo vano respeto, escribiendo lisamente la verdad, y con ella lo que siendo conveniente a la república, ha de herir a los que merecieron esta nota. De ejemplos buenos y de malos se compone la historia, y no la defrauda menos el que por temor calla los unos, que el que por odio los otros.»


martes, 4 de agosto de 2015

Amiano Marcelino, Historia del Imperio Romano del 350 al 378

Juliano el Apóstata
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Amiano Marcelino (c. 332-398) señala al terminar su obra: «Esta narración, comenzada en el reinado de Nerva, concluye en la catástrofe de Valente. Viejo soldado y griego de nación, he hecho cuanto he podido por desempeñar bien mi cometido; presentando mi trabajo al menos como obra sincera, y en el que la verdad, que profeso, en ninguna parte, que yo sepa, se encuentra alterada o incompleta. Que consignen lo demás otros más jóvenes y doctos, a los que aconsejo que escriban mejor que yo y eleven el estilo.»

Por su parte, Narciso Santos Yanguas, en su artículo El pensamiento historiológico de Amiano Marcelino nos presenta así al autor y su obra: «Con Amiano Marcelino la historiografía antigua, y más concretamente la romana, produce su último gran representante; es el historiador por excelencia de la decadencia de Roma en esta época tan conflictiva del Bajo Imperio; decadencia que ya puede rastrearse, no obstante, en los historiadores de los siglos anteriores, como Tácito, aunque no de manera tan patente como en el historiador antioqueno del que nos ocupamos. (…) Amiano Marcelino, natural de Antioquía de Siria, de cultura griega por tanto, historiador de un emperador principalmente, Juliano, griego en sus gustos y deseos, escogió como medio de expresión el latín. Calificándose a sí mismo de miles quondam et Graecus, precisa el ángulo de su visión histórica. Los historiadores modernos han insistido sobre su competencia militar, pero no han logrado retener de la palabra Graecus más que la acepción étnica (...). Hemos de considerar, en efecto, que bajo tal apelativo se encuentra el antecedente griego Ἔλλην, cuyo sentido evolucionó y que en el siglo IV d. J. C. se oponía no sólo a “bárbaro”, sino también a “cristiano”.

»Inmediatamente después de concluir su carrera política, marchó a Roma, donde instaló su lugar de trabajo y encontró una buena compañía de amigos, entre quienes sobresalía la familia de los Símacos. En tal situación, resaltan su aprobación del pasado glorioso de Roma y su crítica de la situación y desprecio de las estructuras socioeconómicas y políticas e ideología contemporáneas. Pese a todo, la obra de Amiano aparece mucho más enraizada de lo que en un principio se pensaba en estos conflictos político-religiosos de fines del siglo IV, con una orientación muy cercana a los medios senatoriales paganos de tiempos de los emperadores Graciano y Teodosio. Tomando a Tácito como modelo, ya que une su obra histórica a las Historiae de dicho historiador, que a su vez son una prolongación de los Annales, la estructura de las Res Gestae amianeas se explica en parte por una toma de posición sobre la política de los emperadores a quienes estudia. De este modo, cuando, al final de su obra, emplea la citada expresión, lo que intenta expresar no son sólo sus dos principales características como escritor, sino también las dos líneas de fuerza de su doctrina y el doble programa del emperador de quien Roma tenía necesidad y de quien ha trazado el retrato ideal, Juliano (…).

»Las Historias de Amiano nos han llegado mutiladas, pues, de los 31 libros de que en principio constaban, han desaparecido los trece primeros. La obra total abarcaba un período de casi tres siglos, desde los años 96 a 378 d. J. C., es decir, desde el reinado de Nerva a la muerte del emperador Valente en Adrianópolis; pero lo que se nos ha conservado no contiene más que los sucesos acaecidos durante el cuarto de siglo que transcurre entre los años 353 al 378, es decir, a lo largo de la ultima parte del reinado del emperador Constancio II, de los de Juliano, Joviano, Valentiniano y Valente y de la primera parte del de Graciano.» Desde los primeros libros conservados «se nos presenta la estructura que será típica en los restantes, con puesta en relación de los acontecimientos interiores y exteriores, orientales y occidentales, así como excursus religiosos, moralizadores y geográficos. Con ello es, pues, llevada a sus últimas consecuencias la técnica empleada por Tácito en los Annales.»

La Batalla de Adrianópolis, por McBride

domingo, 26 de julio de 2015

Jacques Bénigne Bossuet, Discurso sobre la historia universal

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Escribe Luis Suárez, en su Grandes interpretaciones de la Historia: «La Ilustración es un fenómeno de minorías (...) Durante el siglo XVIII el providencialismo perdura; en vísperas de él un gran obispo francés, Jacobo Benigno Bossuet, cuyo influjo intelectual en la Corte de Luis XIV era extraordinario, había tratado de adaptar la vieja interpretación a lo que entonces se llamaba espíritu del siglo. Y su obra fue considerada ampliamente como la recta doctrina cristiana acerca de la Historia, sin reparar en las contradicciones que contenía (…)

»El Discurso sobre la Historia Universal es obra polémica. Bossuet se había dejado impresionar por los argumentos que los librepensadores esgrimían contra la Providencia de Dios —la distribución del bien y el mal en el mundo está hecha de modo injusto e irracional; la Historia demuestra que, siendo un juego de pasiones, triunfa el mal y fracasa la justicia— y trató de responderles no con el recurso a la Fe, como era la tradición agustiniana, sino con razonamientos de orden natural. Colocarse en el terreno del adversario era error, que el prelado aumentó argumentando con motivos que tenían cierto aire conservador ingenuo: la doctrina de la providencia, dijo, es la mejor barrera puesta a la inmoralidad. De hecho Bossuet se colocaba en la línea de su siglo y pretendía demostrar que en el decurso histórico —único y no doble, como en San Agustín y Santo Tomás— se hacía visible de una manera actual el dedo de Dios. Dios dirige la Historia y esta doctrina forma parte de la Revelación, de modo que no puede ser negada. Bossuet explica su pensamiento en estas palabras: “Dios no declara a diario su voluntad por medio de sus profetas respecto a los reyes o monarquías que exalta o derroca. Pero habiéndolo hecho tantas veces en estos grandes imperios a que nos hemos referido, nos enseña, por medio de estos famosos ejemplos, cómo actúa en todos los otros, haciendo saber a los dirigentes de pueblos dos verdades fundamentales: que es Él quien funda los Imperios, para darlos a quienquiera Él desee, y que conoce cómo hacerlos durar, en su propio orden y tiempo, para cumplir los designios que tiene con referencia a su pueblo”. El tono pragmático, que veces se impone por encima del interés apologético, se debe a que el Discurso fue dedicado al Delfín, hijo de Luis XIV, como parte de su educación.

»Bossuet trataba de abarcar la época que media entre la Creación del mundo —para la que propone como fechas probables el 4693 y el 4004 a. de J. C— y la fundación del Imperio de Carlomagno. La exposición es pobre en datos y se divide en tres partes. La primera trata de las siete edades del mundo, siguiendo más el modelo de Eusebio que el de San Agustín: Cristo marca el comienzo de la séptima edad, pues la Iglesia católica es eterna e inmutable. La segunda explica la victoria de la religión, en el pueblo de Israel y en el Cristianismo. La tercera es un rápido examen de los Imperios. En conjunto la obra es tan sólo una apología de la Iglesia católica.»

sábado, 18 de julio de 2015

Apiano de Alejandría, Las guerras ibéricas

Antonino Pío
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Apiano de Alejandría (c. 95-165) ocupó importantes puestos en la administración imperial de Antonino Pío, lo que le permitió acceder a una abundante y variada documentación con la que elaborar su monumental Historia romana. Dividida en veinticuatro libros, sólo diez han llegado a nuestros días. El eje central de la obra, en torno del cual se ordena toda la información, son las guerras en las que se ha visto implicada Roma a lo largo de su historia: principalmente guerras de conquista, pero también guerras civiles. Renuncia por tanto a un método exclusivamente cronológico, y se centra en los diferentes territorios que constituyen la Romania, cada uno merecedor de un libros dedicado a su conquista: Italia (libro II, perdido en gran parte), Galia (IV, idem), Hispania (VI), Egipto (XVIII a XXI, perdidos), etc. Los grandes conflictos que podríamos considerar globales también se analizan por separado: la segunda guerra púnica (VII), las guerras civiles (XIII-XVII)...

Como señala Gómez Espelosín, Apiano «fue el autor de la historia más completa de la conquista romana que ha llegado hasta nosotros... Su obra, largamente desacreditada como una simple recopilación de fuentes perdidas cuyo exclusivo valor dependía estrechamente de la identificación de las mismas, ha logrado ya en la actualidad un cierto consenso favorable que lo sitúa dentro de una perspectiva mucho más positiva como autor independiente con sus propios objetivos historiográficos.» «La admiración de Apiano hacia Roma y su imperio era sincera pero no monolítica. A través de algunos pasajes de su obra se dejan sentir los ecos de un cierto descontento con el comportamiento romano hacia sus enemigos, ciudades que luchaban por su libertad o monarcas dotados de grandes cualidades como Perseo o Mitrídates. Alejandrino, griego y romano, las tres identidades entran a veces en contradicción y han dejado sus huellas a lo largo de su historia.» (Francisco Javier Gómez Espelosín, “Contradicciones y conflictos de identidad en Apiano”, en Gerión 2009, 27, núm. 1, pág. 231-250)

Presentamos aquí el libro VI, dedicado a la conquista de Hispania. Tras una breve presentación de la península, narra sucesivamente el inicio de la ocupación romana durante la segunda guerra púnica, y las posteriores guerras celtibéricas y lusitanas hasta la decisiva toma de Numancia (siglos II-II a. C.). Concluye con unos breves párrafos dedicados a las campañas del siglo I a. C, con una leve alusión final a las guerras cántabras augústeas. Incluimos, para completarlo, un fragmento del libro XIII (o primero de las Guerras Civiles), en el que se ocupa de la guerra sertoriana.

La traducción es obra del aragonés Miguel Cortés y López (1777-1854), que la editó en Valencia en 1832. Ángel Artal Burriel lo valora del siguiente modo: «Canónigo, profesor del Seminario Tridentino de Teruel y más tarde del de Segorbe, fue geógrafo, economista destacado y diputado a Cortes en 1820 por Teruel. Liberal a todas luces, tuvo que emigrar a Marsella en 1923 para regresar a Barcelona bajo la protección del consulado francés. Senador del reino con Isabel II, nombrado obispo de Mallorca, cargo al que tuvo que renunciar, fue chantre de la catedral de Valencia. Latassa señala que escribió las siguientes obras: Diccionario estadístico y geográfico. Imp. Nacional 1836; Guerras Ibéricas; Vida de San Pablo (..); Catecismo cristiano; dos oraciones fúnebres y varios opúsculos.» (Ángel Artal Burriel, “Historias locales. Bibliografía turolense”, Xiloca, 27, 2001, pág. 231-247)

José de Madrazo, La muerte de Viriato, 1807

lunes, 13 de julio de 2015

Pedro Rodríguez Campomanes, El Periplo de Hannón ilustrado

Terracota púnica. Ibiza
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Escribe Luis Gil: «El Periplo de Hannón pretende ser la versión griega del relato en lengua púnica que habría hecho Hannón, rey de Cartago, de su larga navegación costera por el África occidental. Se conserva en dos códices, uno del siglo IX, el Codex Palatinus (o Heidelbergensis) Graecus 398, fols. 55r-56r, y otro del siglo XIV, dependiente del anterior, el Codex Vatopedinus 655. Custodiado este último en su día en el monasterio de Βατοπεδιου del monte Atos, en 1840 fue dividido en dos partes que actualmente se encuentran en Londres (British Museum, additional Ms. 19391) y en París (Bibliothèque Nationale de Paris, suplément grec 443 A). Es el fragmento parisino el que contiene el apógrafo del Periplo de Hannón.» (Luis Gil, “Sobre el Periplo de Hannón de Campomanes”, Cuadernos de Filología Clásica: Estudios griegos e indoeuropeos, vol. 13, 2003, pp. 213-237.)

Por su parte, Francisco J. González Ponce señala: «El secular debate mantenido por la crítica en torno al significado del opúsculo anónimo que conocemos como Periplo de Hanón se halla en la actualidad en una vía muerta, incapaz de reconciliar dos posturas definitivamente antagónicas: sigue habiendo quienes creen estar ante la versión griega, más o menos fiel, del informe que –como reza en el título que le precede en el manuscrito– el sufete cartaginés Hanón depositara en el templo de Baal Moloch tras su expedición por las costas atlánticas de África en las primeras décadas del s. V a. C.; por contra, desde mediados del pasado siglo parece afianzarse aquella otra visión que insiste en primar la naturaleza esencialmente literaria de la obra, con independencia de su posible vinculación al hipotético modelo originario. Sin embargo, no todo han sido discrepancias a lo largo de ese dilatado trayecto compartido. Sin duda, el punto de encuentro más palpable entre ambas corrientes de interpretación viene marcado por la unánime defensa de la estructura bipartita del Periplo, según la cual dicha obra estaría integrada por una primera parte... en la que primaría la actividad colonizadora, a la que seguiría entonces una segunda y última... donde se rendiría cuenta de la mera exploración del tramo costero al sur de Cerne. Y, a pesar de que esta última sección parece exhibir de forma detallada y sincera los pormenores de un viaje real a lo largo de las costas tropicales del África antigua, se da por hecho, y se hace también de forma prácticamente unánime, que es ella la que acusa un mayor grado de endeudamiento literario: en efecto, el menos ambicioso de los análisis filológicos pone de manifiesto sus múltiples e indudables paralelismos con los más destacados prosistas griegos, desde Heródoto hasta los autores del bajo helenismo.» (Francisco J. González Ponce, “Veracidad documental y deuda literaria en el Periplo de Hanón, 1-8”, Mainake, XXXII (II), 2010, pp. 761-780.)

Pues bien, esta breve obra fue traducida y estudiada por el destacado abogado, político, lingüista e historiador Campomanes (1723-1802) de modo modélico que nos ilustra a la perfección el modo de hacer historia de la época. El resultado de su trabajo fue la obra Antigüedad marítima de la república de Cartago, con el periplo de su general Hannón, traducido del griego e ilustrado por don Pedro Rodríguez Campomanes, abogado de los Consejos, asesor general de los Correos y Postas de España, etc., publicada en 1756. Se compone de dos partes diferenciadas (incluso con paginación distinta: un Discurso preliminar sobre la marina, navegación, comercio y expediciones de la república de Cartago que constituye una historia general de este pueblo, y El Periplo de Hannón ilustrado, que aquí reproducimos. Constituye un análisis, palabra a palabra, del breve texto original, que presenta en griego y en castellano. Luis Gil, en el artículo antes citado señala la repercusión que tuvo en los círculos ilustrados españoles y su difusión internacional. Ahora bien, concluye:

«Valorar con criterios actuales la obra de Campomanes es injusto (...) A lo que hemos llamado ‘panpunicismo’ de sus etimologías hemos de agregar cierto acriticismo ingenuo en dar por ciertos los datos de las fuentes, como ya en su momento señaló el jesuita Sebastián Nicolau en las Observaciones sobre el «Periplo de Hannón» que presentó al director perpetuo de la Real Academia de la Historia, don Agustín de Montiano y Lugendo. Ese respeto crédulo a los textos le induce a tener por genuina carta de navegación el Periplo en la forma en que nos ha llegado, en vez de considerarlo como un relato de viajes legendario cuyo único valor testimonial es el de reflejar una determinada mentalidad y ofrecer una visión del mundo y unos conocimientos geográficos difusos con un remoto fundamento real, como muy bien dice Victor Jabouille. Ese mismo respeto le hace a Campomanes dar por buenas las cifras de relato. ¿Cómo creer que en sesenta pentecóntoros iban nada menos que 30.000 personas con el correspondiente avituallamiento? En descargo suyo digamos que en los mismos o parecidos defectos han incurrido cuantos se han esforzado por identificar con los accidentes de la topografía africana los nombres geográficos que el Periplo ofrece. Por último, frente a la actual manera de concebir el conocimiento histórico, se debe señalar el pedagogismo de sus excursos, sólo disculpable si se tiene en cuenta que el Periplo de Hannón pretende ser una especie de introducción a una historia náutica de España y que el concepto de la historia como magistra vitae y no reconstrucción verídica de los hechos pasados, exenta de toda finalidad utilitaria o moralizante, estaba en plena vigencia cuando Campomanes escribía.»


jueves, 9 de julio de 2015

Voltaire, La filosofía de la historia

Quentin de La Tour, Voltaire
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La obra histórica del ilustrado Voltaire (1694-1778) se caracteriza, al igual que todos sus escritos, en una exhaustiva y mordaz crítica a lo recibido. Desde fecha temprana trabaja en una historia universal que acabará convirtiéndose en su monumental Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, su alternativa al providencialismo que ha constituido el trasfondo de la interpretación cristiana de la historia desde Orosio, y que en estos tiempos cristalizará en la obra de Bossuet. Si en su conjunto han constituido una teología de la historia, Voltaire va a proponer una filosofía de la historia, una reflexión que se quiere exclusivamente apoyada en la razón y que sustituye el concepto del cumplimiento del plan divino por el de un progreso inherente a la naturaleza que conducirá a una sociedad humana perfecta. Como señala Emilio Lledó, «Este perfeccionamiento había de realizarse dentro del ámbito intramundano, cosa que, para Voltaire, no podía ser admitido por el cristianismo. El sentido del progreso, dentro de la escatología cristiana, no se abría hacia un indeterminado futuro, sino hacia un futuro íntimo y personal, independiente de la historia y el tiempo, y que alcanzaba su más absoluta plenitud, en el momento final de la vida e cada creyente. La idea de progreso tenía, pues, para Voltaire un sentido mundano y temporal opuesto a la esperanza cristiana.»

Pues bien, en 1765 publica La filosofía de la historia, a nombre de un difunto (y trasparente) abate Bazin, con pie de imprenta en Ginebra y Amsterdam. Centrado en el mundo antiguo, supone un repaso de las distintas civilizaciones orientales y clásicas, lo que le permite confrontarlas con las tradiciones judeocristiana que son de este modo rechazadas por entero. Presenta su brillantez e ingenio característicos, pero también sus limitaciones: enaltecimiento sin fisuras de un mundo grecorromano modélico que retrata como deísta, tolerante e ilustrado, y condena sin paliativos de la cultura judía, cuyos textos, además, son falsos. Los argumentos son con frecuencias muy débiles aunque ingeniosos, para así justificar sus convencimientos: la cultura egipcia debe ser más reciente (y menos interesante) que la caldea o la china; los misterios eleusinos equivalen a la masonería; en fin, los intelectuales antiguos son auténticos trasuntos de los actuales ilustrados (hasta en su elitismo)... En realidad, Voltaire se limita a sustituir la fe trascendente desde la que se quería hallar el sentido de los acontecimientos de la historia, por una nueva fe inmanente y secularizada. Pero también quiere justificarlos: no ha abandonado un planteamiento teleológico...

La obra tendrá una considerable repercusión que se traducirá en encendidas polémicas, a las que el autor responderá con su La Défense de mon oncle. Quizás por ello, Voltaire la incluirá desde 1769 en el Essai sur les Moeurs et l’Esprit des nations como su Discurso preliminar.