viernes, 27 de septiembre de 2019

Sor Juana Inés de la Cruz, Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz


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Escribe Lourdes Royano Gutiérrez, en su Marcelino Menéndez Pelayo frente a sor Juana Inés de la Cruz: «Una mujer adelantada a su tiempo, increíblemente inteligente, que ya desde niña compone loas, conoce el latín, lee todos los libros que están a su alcance y desde los trece años vive en la Corte del virrey marqués de Mancera, hasta los dieciséis años en que ingresa en un convento como religiosa hasta su muerte. Su personalidad es interesante, su obra lo suficientemente atractiva para la investigación histórica. Porque ser monja, escritora de encargo, poetisa, investigadora y defensora de la mujer puede parecernos interesante o incluso común; pero serlo en México, en el siglo XVII, es extraordinario. Y solo esa clara condición de saberla diferente en un mundo diseñado para la mujer desde la cuna, nos hace acercarnos con cierta expectativa a su obra. Cuando luego comprobamos que sus versos amorosos son de una calidad insuperable para cualquier poeta de su tiempo no podemos menos que reconocer las palabras justas de Menéndez Pelayo cuando afirma que sor Juana es superior a todos los poetas del reinado de Carlos II (…)

»A su afán de saber, hay que añadir la importancia y fama que logró en su momento histórico. Sor Juana vivió sumergida en la vida literaria, se escribe con profesores, poetas de México y España, teólogos... incluso llega más lejos y se opone rebatiéndolo a un sermón del padre jesuita Antonio de Vieyra, célebre por sus prédicas. Su Carta a sor Filotea de la Cruz obra muy estudiada por los investigadores, es un rico y brillante documento autobiográfico, de los más hermosos que existen en castellano, un género poco frecuente hasta el siglo XX. Incluso al lector de hoy le sorprende la propiedad de su lenguaje filosófico, la exactitud de las citas bíblicas y sobre todo la habilidad con que somete a crítica y va rebatiendo los argumentos de Vieyra, a los que encuentra siempre el punto débil que atacar y, al mismo tiempo, mostrar su agudeza. La respuesta a sor Filotea no es autobiografía propiamente dicha sino la narración de la evolución de sus conocimientos; si se prefiere la autobiografía de su saber: cómo aprendió, por qué pensó... Sus palabras al respecto son muy claras:

»El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones ―que he tenido muchas―, ni propias reflejas ―que he hecho no pocas―, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga que daña. Tesis y vida se funden en una respuesta magistral. La tesis de la conveniencia y el derecho de la mujer al campo intelectual y su propia autobiografía mental: pide la igualdad de conocimientos con el hombre.»

viernes, 20 de septiembre de 2019

El voto femenino: debate en las Cortes de 1931

Clara Campoamor

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Desde principios del siglo XX las reclamaciones para el reconocimiento del derecho del voto femenino en España, existentes desde tiempo atrás, se hacen más frecuentes en la vida política: aumenta el asociacionismo de mujeres en todo el arco ideológico y en todos los campos sociales, así como su presencia activa en los medios de comunicación y en la vida de la cultura. En 1907 se produce el primer intento de modificar en este sentido la legislación electoral, aunque sin éxito alguno. Otras enmiendas y proyectos de ley se presentarán en 1908 (por parte de un senador conservador y, de forma independiente, por un grupo de diputados republicanos), y en 1919, por parte de un diputado conservador.

El primer reconocimiento legal del voto femenino tuvo lugar apenas iniciada la dictadura del general Primo de Rivera. En 1924 se aprobó el Estatuto municipal redactado principalmente por Calvo Sotelo, que reconocía el derecho a voto en las elecciones de Ayuntamientos a las españolas mayores de veintitrés años, no sujetas a la patria potestad, autoridad marital, ni tutela, que fuesen vecinas con casa abierta. Consecuencia de ello fue el nombramiento de las primeras mujeres concejales y, en 1927, el de de trece mujeres como miembros de la Asamblea Nacional reunida por el dictador. Entonces, en el Anteproyecto constitucional que se elaboró, se amplió el reconocimiento del voto femenino y se estableció el voto para todos los españoles mayores de 18 años, sin distinción de sexo. Ahora bien, estos cambios se produjeron en un régimen autoritario, en el que no se reconocían las libertades políticas básicas, y en el que no existían elecciones libres, y con su hundimiento quedaron truncados dichos cambios.

En 1931 se produjo la proclamación de la República, con un propósito expreso de democratización de la vida política española. Sin embargo, el gobierno provisional no mantuvo los avances establecidos por la dictadura respecto al voto femenino. La vieja Ley electoral liberal fue modificada, pero sólo concedió a las mujeres el sufragio pasivo, es decir el derecho a presentar su candidatura y ser votadas, y no el sufragio activo, es decir el derecho al voto. Para cambiar la situación hubo de esperarse a la elaboración de la nueva Constitución. Los debates a que dio lugar, tanto en la Comisión correspondiente como en el Pleno de las Cortes, fueron extensos y acalorados, fruto de la división de opiniones en el seno de la mayoritaria conjunción republicano-socialista, dominante entonces, e incluso en el seno de cada uno de los partidos que la componían. El voto femenino fue rechazado sobre todo por sectores radicales y radical-socialistas por motivos de oportunidad: se temía que las mujeres apoyaran en buena medida a las derechas no republicanas.

Este debate se desarrolló en varias sesiones, principalmente en septiembre de 1931, y concluyó con la definitiva aprobación del voto femenino en iguales condiciones que los varones. Aunque intervinieron una treintena de diputados, la voz principal a la que puede atribuirse el resultado fue la de la republicana radical Clara Campoamor, que tuvo que combatir la oposición de miembros de su propio partido, de los radicales-socialistas (entre los que estaba Victoria Kent), y de otros grupos republicanos. Presentamos un completo extracto de las sesiones celebradas entre los días 1 de septiembre y 1 de octubre de 1931, tomadas del Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes de la República Española.

Parte de los miembros de la Comisión Constitucional en las Cortes de 1931

viernes, 13 de septiembre de 2019

Hartmann Schedel, Crónicas de Nuremberg


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Tomo II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo III  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

Hartmann Schedel (1440-1514) fue un humanista, médico e historiador alemán, impulsor y autor de uno de los incunables más bellos, el Liber chronicarum, más conocido como las Crónicas de Nuremberg. Lo editó doblemente en latín y en alemán en 1493, e incluye casi dos millares de grabados en madera (un buen número de ellos repetidos), obra de Michael Wolgemuth y Wilhelm Pleydenwurff. La voluminosa obra contiene una completa historia del mundo, según la concepción tradicional cristiana que se inicia con san Agustín y que amalgama la historia bíblica con las concepciones historigráficas clásicas, como vemos en las Historias contra los paganos del Paulo Orosio. El decurso del tiempo se divide en seis edades, a la que algunos añadirán una séptima y concluyente, el fin de los tiempos. La presente obra narra las cuatro primeras edades a partir del Antiguo Testamento, pero se centra sobre todo en la quinta (desde la deportación de Babilonia) y la sexta (desde el nacimiento de Cristo), lo que le permite explayarse con la historia griega, romana y la que por ese tiempo va a proponerse denominar medieval. Al final se incluye una somera geografía del mundo. Pero la razón por la que presentamos en Clásicos de Historia esta obra es la riqueza informativa de sus grabados. Rosario Quirós los presenta así en el excelente blog La Cámara del Arte.

«Las más de 1.800 ilustraciones, realizadas en los talleres de Wolgemuth, en el que aprendía el joven Durero, y Pleydenwurff, son imágenes de muy variada temática: religiosa, mitológica, histórica y geográfica, ofreciendo además un amplio repertorio de vistas de ciudades. Estas vistas son lo más característico del Liber Chronicarum y de ellas una tercera parte son reconocibles por su topografía y edificios principales, reproduciendo fortificaciones, puentes, palacios e iglesias con rasgos de los estilos arquitectónicos locales. Mención especial merece la vista de Nuremberg, ciudad del editor, a doble página completa, con indudable carácter propagandístico. La obra contiene, además, dos mapamundis: el primero, basado en la configuración de Ptolomeo; el segundo, un mapa de Europa Central y Oriental, y además el primero que aparece en un libro impreso. Las ilustraciones realizadas con grabados a página completa son auténticas obras maestras dentro de la técnica. Ejemplo de ello es la primera ilustración que aparece, dando comienzo a la primera parte, un retrato de Dios entronizado en el momento de la creación del mundo. Toda esta parte está repleta de grandes ilustraciones con escenas del Génesis, incluyendo la creación de Adán, el Pecado original y el Arca de Noé. Por lo general, estas xilografías de mayor tamaño se utilizan para representar los eventos más importantes, recurso también empleado en las laboriosas ilustraciones referentes al Apocalipsis, muy detalladas y cargadas de un expresionismo propiamente centroeuropeo.

»Contiene cientos de retratos acompañados de breves reseñas biográficas, estos se ubican a los lados izquierdo y derecho intercalando el texto e incluyen a personajes históricos en ocasiones acompañados de su genealogía, que desde una perspectiva textual eran muy difíciles de descifrar, motivo por el que los ilustradores emplearon varios diseños para explicar claramente las relaciones familiares altamente complejas descritas en el texto. Además de dioses y reyes, también nos encontramos retratados a filósofos, como Sócrates, Platón o Aristóteles, dramaturgos como Sófocles, y Cleopatra, faraona ptolemaica, entre otros eruditos medievales. Es interesante notar que todos ellos visten con ropajes de época contemporánea a la creación del libro, del mismo modo en que se hacía en las pinturas de la época. Junto a los relatos de la vida y sufrimientos de múltiples mártires y santos reconocidos, a modo de hagiografía, aparecen su retratos o representación de sus martirios, a veces mostrándonos escenas con cierto nivel de acción, como la Judith que porta la cabeza de Holofernes, a quien acababa de decapitar, o las crudas escenas del martirio de San Bartolomé. Las razas imaginarias también tienen su lugar, son fantasiosas criaturas de origen mitológico y medieval, seres marginados, que viven en los extremos más externos del mundo, lugares inhabitables que no aparecen en los mapas.»

Incendio de la Biblioteca de Alejandría por las tropas de Julio César

viernes, 6 de septiembre de 2019

Conrad Cichorius, Los relieves de la Columna Trajana. Láminas

Trajano
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La llamada Columna Trajana de Roma fue construida en piedra y mármol por Apolodoro de Damasco en 113. Estaba situada en el foro de Trajano, en un patio limitado por las Bibliotecas griega y latina, frente al templo dedicado a este emperador. Mide 39,81 m. de alto por 3,83 m. de diámetro. El alto podio cúbico sobre el que se levanta, decorado con relieves de trofeos militares, acoge una cella que contuvo las cenizas del emperador. Desde allí, una escalera de caracol de 185 escalones conduce a lo más alto de la columna. La basa es un gran toro esculpido como corona de laurel, y el fuste culmina en un gran capitel dórico que sostenía una estatua en bronce del emperador (sustituida siglos después por un San Pedro).

Pero lo que nos interesa es el fuste. Está cubierto por un friso helicoidal de más de 200 metros lineales por un metro de alto, y narra dos campañas dirigidas contra los dacios (región del Danubio) por el propio emperador entre los años 101 y 106. Es una narración continuada: los episodios se suceden uno tras otro pero no se confunden, aunque no hay un marco de separación entre ellas. Destaca el realismo y detallismo de sus 2.500 figuras (los setenta retratos de Trajano con diferentes indumentarias, los soldados romanos, los bárbaros) y de sus escenarios naturales y arquitectónicos.

Asistimos a escenas muy variadas: marchas de los romanos y de los bárbaros, fortificaciones, combates, arengas, construcción de puentes o fortificaciones, etc., desde los aspectos más crudos (un legionario avanza atenazando con los dientes los cabellos de un enemigo al que acaba de decapitar), hasta los más benévolos (el emperador acoge generosamente a los enemigos derrotados). En cualquier caso, el elemento que unifica toda la acción es Trajano, que acude en los momentos difíciles, toma las decisiones, e interviene en la batalla como un simple soldado. La glorificación del emperador queda realzada, además, con la presencia de elementos simbólicos y míticos (augurios, genios) que, por contraste, hacen más real la narración.

El historiador alemán Conrad Cichorius (1863-1932) publicó en 1896 un completo estudio sobre los relieves de la Columna Trajana, del que proceden las láminas que aquí reproducimos.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Trescientos Clásicos de Historia (2014-2018)

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«Volviendo este mismo folio aparece bajo un arco muy perfecto el Lector, sentado en rico y delicado sillón, de muchas molduras y labores, con almohadón y respaldo: adorna su cabeza un nimbo verde con estrellas pintadas de color rojo y blanco. La túnica que viste es larga hasta cerca de los pies, que aparecen envueltos en raro calzado, semejante a la madreña de Asturias, dejándose ver también su media corta y verde. Sobre todo lleva un manto abierto por delante, pero sujeto sobre el pecho por una fila de botones blancos, rojos y de fondo azul. Con la mano izquierda sostiene un bastón de punta metálica y puño redondo en el otro extremo. Señalando está con su diestra al códice de los cánones, que bajo otro arco bizantino se ve abierto y colocado en un atril, de molduras y trabajos hechos con elegancia. En la parte más alta del libro asoma una mano muy toscamente dibujada (mano de Dios), que lo mantiene abierto, y por encima está escrito: Codex: por debajo del pequeño facistol dice: Analogium, y a los pies del profesor (Lector) hay estas palabras: Incipit versificatio interrogatioque aput codicem lectoris. Lo que resta del dicho folio está ocupado por la inicial elegantísima de los versos que en preguntas y respuestas siguen sobre lo contenido del códice. En toda esta página abundan los vermiculados bizantinos, y otros mil caprichosos y raros adornos de aquel estilo arquitectónico.» La escena fue así descrita en 1874 por José Fernández Montaña, en el tomo III del Museo español de antigüedades.

En el Índice cronológico de este blog reproduje esta conocida miniatura del folio 20v del Códice Albeldense, en la que el lector conversa animadamente con el libro, convenientemente dispuesto, abierto sobre el atril o analogio (que cobija otros volúmenes). Ambos levantan su respectiva mano derecha, en característico ademán del orador. Y este ha sido el único propósito de Clásicos de Historia a lo largo de sus cinco años de existencia: facilitar que todos aquellos interesados entablen este animado diálogo con tantos testigos de otros tiempos y otros lugares que en muchos casos duermen un sueño persistente en bibliotecas con frecuencia sólo interrumpido por el interés encomiable y fructífero de estudiosos, especialistas e historiadores profesionales. Sus descubrimientos, planteamientos e hipótesis también nos interesarán e iluminarán, pero para nosotros, los meros consumidores de cultura, no sustituyen el contacto, la conversación a veces pausada, pero con frecuencia apresurada (e incluso descuidada), con lo que constituye nuestra verdadera memoria del pasado, con su esfuerzo por entenderse, sus patentes verdades, mentiras y tergiversaciones, sus obsesiones, y sus abundantes ángulos ciegos. Todo ello nos proporcionará espesor, profundidad y perspectiva a los actuales status quaestionis (además de una inconmensurable satisfacción intelectual).

Y la inmensidad de Internet nos posibilita y al mismo tiempo nos dificulta un multiplicado acceso a los textos, que con frecuencia quedan ocultos por océanos de otros productos que obedecen a propósitos diversos. Clásicos de Historia ha querido actuar en este sentido reuniendo y proponiendo el presente elenco, sin pretensiones académicas, científicas ni profesionales. Pero concluyamos ya; y un buen modo será acudir a Jorge Luis Borges en La Biblioteca de Babel (1941): «Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza.»

Ilustración de Joost Swarte

viernes, 21 de diciembre de 2018

Bartolomé y Lucile Bennassar, Seis renegados ante la Inquisición


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El pasado 8 de noviembre falleció el historiador francés y gran hispanista Bartolomé Bennasar, miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia, y con una extensa y variada obra en su haber. En 2005, al hacerse eco (Revista de Libros) de la publicación de su La Guerre d'Espagne et ses lendemains, otro egregio hispanista, el norteamericano Stanley G. Payne, lo caracterizaba así: «Un nuevo libro de Bennassar constituye siempre un acontecimiento especial, ya que no es sólo el más prolífico de los hispanistas franceses, sino también el de mayor alcance y el más versátil. Es un especialista en la historia de España en la época moderna que ha contribuido, asimismo, con importantes estudios a la historia contemporánea. Entre sus numerosísimas obras, Bennassar es conocido sobre todo, probablemente, por su ingente estudio sobre la región de Valladolid en el siglo XVI (1967), por su historia de la Inquisición (1979) y por su penetrante análisis sociocultural L'homme espagnol: attitudes et mentalités du XVIeau XIXe siècle (1975). Su dedicación a la historia contemporánea es más reciente: su biografía Franco (1995) es un relato equilibrado y objetivo del anterior Jefe del Estado, mientras que su breve Franco: enfance et adolescence (1999) es el mejor tratamiento escrito en ningún idioma sobre las tres primeras décadas de vida de Franco.»

En sentido homenaje, Clásicos de Historia quiere comunicar una pequeña parte de la luminosa obra que Bartolomé Bennassar junto con su esposa Lucile dedicaron en 1989 a Los cristianos de Alá. La fascinante aventura de los renegados, cuya traducción de José Luis Gil Aristu data del mismo año, y que desgraciadamente ya no se cita en la página web de la Editorial Nerea, que la publicó en nuestro país. Confiemos en una próxima reedición y, mientras, recomendamos su lectura en bibliotecas públicas, o su adquisición de segunda mano. In memoriam, reproduciremos solamente las seis historias particulares de renegados de distinto origen (un manchego, un portugués, un languedociano, un ferrarés, un siciliano y un segoviano), reconstruidas a partir de los exuberantes archivos de las distintas Inquisiciones que estudiaron sus casos y magistralmente reconstruidas por los autores. Su origen, su trayectoria vital, y su destino posterior no pudo ser más variado. Pero la obra es mucho más que estas peripecias individuales. En la segunda parte (Historia plural: las series) y en la tercera (Sueño turco y nostalgia cristiana), completa el estudio del fenómeno de los renegados, reconciliados o no, que tuvo una considerable incidencia durante toda la Edad Moderna: los Bennassar añaden en anexo un extenso listado que recoge los nombres y datos básicos de 461 renegados españoles que en algún momento posterior comparecieron ante los tribunales de la Inquisición.


Viñeta de Bob de Moor

viernes, 14 de diciembre de 2018

Edmundo de Amicis, Corazón. Historia de un niño


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Comunicamos hoy un excelente y divulgadísimo ejemplo de obra de ficción con intencionalidad política. Toda sociedad, en toda época, se caracteriza por poseer una doctrina dominante, promovida por una minoría e interiorizada a partir de cierto momento por la mayor parte de la población, a pesar de lo cual los principios de conducta que se derivan de ella son conculcados con mayor o menor frecuencia, amplitud y aceptación. Esta doctrina dominante (llamémosle dodo, para abreviar, y en recuerdo del organizador de la competición circular en la que todos ganan), presenta otra característica fascinante: aunque su contenido es tremendamente volátil, y cambia continuamente, su continente y ropajes tienden a permanecer mucho más estables. Así, por ejemplo, hay una manifiesta continuidad entre radicales decimonónicos, revolucionarios de entreguerras, contestarios sesenteros y, por ejemplo, actuales cuadros de Podemos. Y este parentesco espiritual, percibido por sus propios protagonistas, encubre sin embargo dodos no ya diferentes sino incompatibles. Y es que poseen otra característica: dodo aspira a la permanencia y es percibido como permanente e irreversible. Sin embargo el propio éxito que conduce a su difusión, le precipita a la difuminación, a la tergiversación, y a la definitiva transformación en un dodo diferente.

Ahora bien, con el establecimiento de los estados liberales, se diseñaron dos nuevas herramientas para extender su nueva dodo (la más general, compartida por conservadores y progresistas) entre toda la población: el servicio militar obligatorio y la educación obligatoria. Ambas tenían unos propósitos bien definidos, consecuencia de dos de sus principios fundamentales: la soberanía nacional y la igualdad (legal, que no social) que exigen que toda la sociedad se implique en su defensa, y por lo tanto desarrolle un espíritu de comunidad civil que sustituya a las anteriores comunidades basadas en la religión, en el linaje, en el localismo. Nace así definitivamente la educación estatal (tan pública como todas), que satisface el derecho popular de acceder a la cultura, reclamado o tolerado por las distintas clases sociales, y al mismo tiempo las adoctrina en la nueva doctrina, sus valores, sus principios, su ética, sus recetas políticas, económicas y sociales. Y como en todo sistema de adoctrinamiento, se hizo necesario un nuevo ritual, con sus ídolos, con sus ceremonias envolventes, con su santoral laico…

Todo esto lo vamos a observar en esta obra de Edmundo de Amicis (1846-1908). Con apariencia de diario infantil, repleto de un sentimentalismo omnipresente, efectivo pero que ya iba quedando anticuado, era en sentido estricto una transposición de los Años Cristianos y devocionarios usuales entre los católicos, a la nueva realidad creada por la unificación italiana, y a los principios liberales y progresistas que la habían llevado a cabo. Encontraremos frecuentes llamamientos a un interclasismo paternalista que substituya los enfrentamientos sociales por la benevolencia de los de arriba y la aceptación de la condición de cada cual entre los de abajo. Y de igual modo el patriotismo, ya teñido de nacionalismo: se exalta el ejército, consecuente motivo de orgullo, y se rinde culto a los héroes, los auténtico padres de la patria: el rey Víctor Manuel y su sucesor el rey Humberto, Cavour, Mazzini, Garibaldi. Otros valores anteriores se incorporarán a esta nueva cosmovisión, como los religiosos. Pero serán inculcados por la madre del protagonista, mientras que los primeros lo son por el padre, como en estas recomendaciones que le hace a su hijo:

«Saluda a la patria de este modo en los días de sus fiestas: Italia, patria mía, noble y querida tierra donde mi padre y mi madre nacieron y serán enterrados, donde yo espero vivir y morir, donde mis hijos crecerán y morirán; bonita Italia, grande y gloriosa desde hace siglos, unida y libre desde hace pocos años; que esparciste sobre el mundo tanta luz de divinas inteligencias, y por la cual tantos valientes murieron en los campos de batalla y tantos héroes en el patíbulo; madre augusta de trescientas ciudades y de treinta millones de hijos; yo, niño, que todavía no te comprendo y no te conozco por completo, te venero y te amo con toda mi alma, y estoy orgulloso de haber nacido de ti y de llamarme hijo tuyo. Amo tus mares espléndidos y tus sublimes Alpes; amo tus monumentos solemnes y tus memorias inmortales; amo tu gloria y tu belleza, te amo y venero como a aquella parte preferida donde por vez primera vi el sol y oí tu nombre. Os amo a todas con el mismo cariño, y con igual gratitud, valerosa Turín, Génova soberbia, docta Bolonia, encantadora Venecia, poderosa Milán; con la misma reverencia de hijo os amo, gentil Florencia y terrible Palermo, Nápoles inmensa y hermosa, Roma maravillosa y eterna. ¡Te amo, sagrada patria! Y te juro que querré siempre a todos tus hijos como a hermanos; que honraré siempre en mi corazón a tus hombres ilustres vivos y a tus grandes hombres muertos; que seré ciudadano activo y honrado, atento tan sólo a ennoblecerme para hacerme digno de ti y cooperar con mis mínimas fuerzas para que desaparezcan de tu faz la miseria, la ignorancia, la injusticia, el delito; para que puedas vivir y desarrollarte tranquila en la majestad de tu derecho y de tu fuerza. Juro que te serviré en lo que pueda con la inteligencia, con el brazo y con el corazón, humilde y valerosamente; y que si llega un día en el que deba dar por ti mi sangre y mi vida, daré mi vida y mi sangre y moriré elevando al cielo tu santo nombre y enviando mi último beso a tu bendita bandera.»