sábado, 23 de agosto de 2014

Diego Hurtado de Mendoza, Guerra de Granada

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Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) es el autor de esta obra sobre la sublevación de los moriscos en el reino de Granada, en tiempos de Felipe II. Antonio Domínguez Ortiz valora así la obra y el autor (AAVV, Historia de la Literatura I, Cátedra, Madrid 1990, pp.454-455): «La Historia de la guerra de Granada es un hito en nuestra literatura histórica. Pocas obras conjugan como ella la riqueza y exactitud de la información, la profundidad del pensamiento y la galanura del estilo.

»Su autor se formó en la corte del Emperador, de quien fue hombre de confianza, encargado de importantes misiones militares y diplomáticas. Hijo del primer marqués de Mondéjar, nació en la recién conquistada Granada (1503), adquirió vasta experiencia del mundo a través de sus viajes y estancias en Flandes, Inglaterra e Italia, donde fue embajador en Venecia y Roma, gobernador de Siena y representante de Carlos V en el concilio de Trento. Fue, sobre todo, en Italia donde adquirió su extraordinaria colección de códices griegos y latinos que legó a Felipe II para la biblioteca de El Escorial. Humanista y hombre de mundo, cultivó la poesía, que se consideraba parte de la formación de todo hombre culto, pero aquí nos interesa sólo su contribución a la historia, que hasta cierto punto, fue fruto de la casualidad o de las circunstancias. Cayó en desgracia de Felipe II, quien lo desterró de la corte y luego lo envió a servir a la guerra de Granada que acababa de estallar.

»Don Diego estaba muy vinculado a Granada por su familia, que allí ejerció mucho tiempo la Capitanía General. Los marqueses de Mondéjar entraron con frecuencia en conflicto con los poderes locales y la Inquisición, a veces por defender a los maltratados moriscos. Por esa circunstancia y por su carácter humano y cosmopolita comprendía las razones de los sublevados, y una corriente de secreta simpatía hacia ellos aflora en muchos lugares de su Historia, a la vez que la crítica de los que dirigían las operaciones militares. Se comprende, pues, que la obra permaneciera inédita hasta 1627, pero corrieron muchas copias (…).

»Para Menéndez Pelayo, Hurtado de Mendoza  fue el hombre más italiano de todo el Renacimiento español, y esto es cierto también en cuanto a su obra histórica, que no sólo está impregnada del estilo de Salustio y Tácito sino que también muestra las huellas del estudio de Maquiavelo y Guicciardini. El empeño de imitar a los clásicos se traduce en el estilo sentencioso, algo amanerado, lo que no impide que sea la Historia de la guerra de Granada una obra de lectura apasionante y uno de los clásicos de la literatura castellana. Son justamente celebrados sus semblanzas de los castillos de ambos bandos: Abenhumeya, Abenabóo, el marqués de los Vélez... y de episodios como el levantamiento de los moriscos del barrio granadino del Albaicín o el sangriento cerco y asalto de Galera.»


Vista de Granada de Joris Hoefnagel, en Civitates Orbis Terrarum, de Braun y Hogenberg

miércoles, 20 de agosto de 2014

Valera, Borrego y Pirala, Continuación de la Historia General de España de Modesto Lafuente

Juan Valera
Tomo I  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo III  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
 
La Historia General de España de Modesto Lafuente (ya publicada en este blog) tuvo un éxito editorial enorme desde su publicación a mediados del siglo XIX. José María Jover señala cómo «la serie ordenada de sus volúmenes será durante muchas décadas elemento de ornato y de prestigio social en los armarios y en las librerías de las clases media y alta. (…) Para las clases ilustradas españolas de los tiempos de la Unión Liberal, del Sexenio y, sobre todo, de la Restauración, la obra de Lafuente fue la Historia de España por antonomasia. En los planes del autor y en su primera edición, la obra alcanzaba desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII. A partir de la edición de 1887-1890 en 25 volúmenes, aparecerá continuada desde dicha época hasta nuestros días por don Juan Valera, con la colaboración de don Andrés Borrego y don Antonio Pirala; es evidente que ello contribuyó a mantenerla viva, como supremo oráculo de nuestro pasado nacional, durante las primeras décadas del siglo XX.»

Esta Continuación es la que presentamos: una pormenorizada historia de los poco más de cincuenta años, agitados y conflictivos, comprendidos entre 1833 y 1885: la época de las regencias, con especial interés por la primera guerra carlista, el reinado de Isabel II, el sexenio revolucionario, y el reinado de Alfonso XII. Sus autores han tomado parte de los acontecimientos que narran, aunque por lo general en un segundo plano: el aguzado literato Juan Valera (1825-1905) ha sido diplomático, diputado y ministro, aunque hoy se le recuerda ante todo como novelista. Andrés Borrego (1802-1891) dirigió los influyentes periódicos liberales El Español, El Correo Nacional..., con los que tomó parte en las luchas políticas; fue además un influyente cronista parlamentario. Juan Pirala (1824-1903) es el más historiador de los tres, y autor de una monumental Historia de la guerra civil. El resultado, en cualquier caso, parte de los mismos presupuestos nacionales y liberales de Lafuente.

José Manuel Cuenca Toribio valora así esta obra: «Una propuesta centrista, que apelaba al mejor talante del doctrinarismo de mediados de siglo, fue la representada por la continuación de la obra de don Modesto Lafuente apenas iniciada la Restauración. Todavía según sus redactores, don Juan Valera, Andrés Borrego y Antonio Pirala, era posible una concordia liberal, reivindicando el espíritu del primer liberalismo. El escritor egabrense, que pilotaba y coordinaba la obra, era sin duda el más capacitado, por su innato escepticismo y ático estilo, para ofrecer una imagen del último segmento del pasado nacional en consonancia con las miras de un régimen, que aspiraba a hacer de la discreción y la mesura sus valores formales más cotizados. Bienhumorada, sagaz y elegante, la obra —transformada, a las veces, en fuente de gran interés— reconstruyó un ayer conturbado, de acuerdo, más que con los gustos, con las aspiraciones de una burguesía ilustrada y modernizadora.»


Tomo I: Regencia de María Cristina y Primera Guerra Carlista.

Tomo II: Regencia de Espartero y Reinado de Isabel II.

Tomo III: Sexenio Revolucionario y Reinado de Alfonso XII.

lunes, 18 de agosto de 2014

Godofredo de Monmouth, Historia de los reyes de Britania

Retrato imaginario en Tintern, Gales
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Godofredo de Monmouth fue un monje de origen britano de mediados del siglo XII que vivió largo tiempo en Oxford ocupado en tareas docentes (en una época anterior a la fundación de la célebre universidad), que fue ordenado obispo (aunque posiblemente no llegó a ocupar su sede galesa), y que redactó en latín su Historia regum Britanniae, una de las falsificaciones históricas que alcanzaría mayor éxito en una época (¿en cuál no?) en la que abundan considerablemente.

Se propuso un objetivo muy ambicioso, historiar el curso vital de Britania ab initio, desde su primer poblamiento a cargo de Bruto, descendiente del troyano Eneas y emparentado por tanto con los futuros romanos. Tras numerosas aventuras aquel se establecerá en la deshabitada (con la excepción de los gigantes) Albión, a la que dará su nombre. Sus hijos serán el origen de britanos, escotos y galeses. La historia proseguirá con reinados tan sugestivos como el de Lear y sus conflictivas hijas y yernos, la ocupación de Roma por el naturalmente britano Brenio, la posterior conquista romana a cargo de Julio César... Pero la debilidad posterior de los romanos provoca la indefensión de los britanos. Para acabar con esta situación surgirán los grandes y heroicos reyes Aurelio Ambrosio, Úter Pendragón, y sobre todo el poderoso Arturo, modelado a semejanza de Carlomagno. Sus heroicas acciones ocuparán una cuarta parte de la obra.

Pero también aparecen antagonistas como Vortegirn, que por intereses torcidos abre las puertas a los sajones, la gran calamidad de Britania (en opinión del autor, claro). La figura providencial del mago Merlín, medio hijo de un genio o espíritu, profetizará el decurso posterior de la historia: tras una época de gran esplendor en la que Britania con su rey Arturo dominará sobre todo el mundo conocido y derrotará al viejo imperio romano, Britania caerá pero para volver a levantarse siglos después. A partir de los escuetos datos de la Crónica anglosajona y otras escasas obras, completados con viejas tradiciones folklóricas célticas, y aliñados con los más variados recuelos de las viejas historias grecorromanas, Godofredo de Monmouth ha construido una apasionante (aunque falsa) historia, de la que sus paisanos bretones y normandos podrán extraer razones y justificaciones para su presente: orgullo patrio por su mítico pasado en el caso de los primeros, y satisfacción por la valiosa conquista que han concluido recientemente los segundos.

Martín de Riquer y José María Valverde en su conocida Historia de la literatura universal, concluyen: «Hombre de fértil imaginación y hábil en la simulación histórica, Godofredo quiso dotar al pasado de su patria de una historia llena de maravillas que interesara a los conquistadores normandos que acababan de ocupar el país y que realzara la importancia de los bretones. Sus extensos conocimientos en literatura latina le ayudaron en la creación de esta fabulosa historia, de la que son fuentes la Eneida, la Farsalia, la Tebaida, las Metamorfosis y otras obras de Ovidio, la Biblia, cantares de gesta franceses, los libros romances sobre Alejandro, etc. Godofredo de Monmouth es un historiador mentiroso, pero si hubiera sido veraz pocos se acordarían de él. Sus mentiras y sus patrañas constituyen una importante obra de imaginación y la cantera de donde surgirán los primeros temas novelescos de la literatura caballeresca. (…)

»Es importante hacer notar que sus contemporáneos no se dieron cuenta de las supercherías de Godofredo de Monmouth y otorgaron fe a su historia, cuyo culto latín parecía una demostración de gravedad. En los orígenes de la novela románica el género será presentado al público como historia, no como invención, y se creerá ciegamente que personajes como Perceval o Lancelot existieron realmente en un pasado bretón lejano del mismo modo que Alejandro y César en el grecolatino.»


Otras historias míticas: Hal Foster y su Príncipe Valiente

domingo, 10 de agosto de 2014

Juan de Mariana, Del rey y de la institución de la dignidad real

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 «El príncipe, pues, jamás debe creer que es señor de la república y de cada uno de los súbditos, por más que sus aduladores se lo digan; sino que debe juzgarse como un gobernador de la república, que recibe cierta merced de los ciudadanos, la cual no le es permitido aumentar contra la voluntad de ellos. No obstante esto, se le ofrecerán medios honrosos para acumular tesoros y enriquecer el erario público, sin que los pueblos se muestren sentidos; lo uno con los despojos de los enemigos, como lo hizo en cierta ocasión Paulo en Roma, que habiéndose apoderado del tesoro real de los macedonios, tan gran cantidad de dinero atrajo al erario, que con sola la presa que hizo de un solo rey, bastó para no tener necesidad de imponer contribuciones a su pueblo; y lo otro, por el grande cuidado que debe tener de los impuestos, evitando que sean presa de los cortesanos y otros ministros; y de este modo, ¿cómo no quitará la ocasión al robo de las rentas reales? ¿A cuántos fraudes y engaños no está expuesto el manejo de los caudales públicos? Además de esto, la modestia, la sencillez del palacio del príncipe, que es el mayor lauro de los reyes, equivale a grandes riquezas para conservar la república en la paz y en la guerra. Éstas son las verdaderas riquezas que se adquieren sin envidia y sin daño.»

Lo dice Juan de Mariana (1536-1624), de quien ya hemos presentado su Historia general de España, con la que iniciamos este blog de clásicos históricos. La obra que ahora presentamos, se escribió en la época de apogeo de los reyes autoritarios, con los siguientes objetivos: analizar y justificar las monarquías, exponer sus límites, educar al príncipe (se dirige al futuro Felipe III) y determinar sus obligaciones. Sin embargo, la polémica surgirá en lo concerniente a los casos en que el autor admite el tiranicidio, que ejemplifica con el caso reciente de Enrique III de Francia. El preilustrado Pierre Bayle, en su Dictionnaire historique et critique, condena este libro inquietante y venenoso, «que l'Espagne et l'Italie laissèrent passer, et qui fut brûlé a Paris, par arrêt de parlement, à cause de la pernicieuse doctrine au'il contenait. Il n'y a rien de plus sèditieux, ni de plus capable d'exposer les trônes à de fréquentes révolutions, et la vie même des princes au couteau des assassins, que ce livre de Jean Mariana.»

De él comenta Randall G. Holcombe: «Aunque el padre Juan de Mariana escribió muchos libros, el primero de contenido más claramente liberal fue el titulado en latín De rege et regis institutione (Sobre el rey y la institución real), que fue publicado en el año 1598 y en el que se incluye su famosa defensa de la doctrina del tiranicidio. Y es que, para el padre Juan de Mariana, cualquier ciudadano individual puede asesinar justamente a aquel rey que se convierta en tirano por imponer impuestos a los ciudadanos sin su consentimiento, expropiarles injustamente su propiedad, o por impedir que se reúna un parlamento democráticamente elegido.

»Las doctrinas sobre el tiranicidio incluidas en el libro de Mariana fueron las que aparentemente se alegaron para justificar el asesinato de los reyes tiranos franceses Enrique III y Enrique IV, por lo que el libro de Mariana fue quemado en París como resultado de un decreto emitido por su parlamento el 4 de julio de 1610. En España, y aunque las autoridades no se mostraban entusiastas sobre el contenido del libro, lo respetaron, básicamente porque estaba escrito en latín y pensaban que su contenido no habría de hacerse muy popular.

»Sin embargo, Mariana con su análisis no hizo sino defender la idea de que el derecho natural es siempre moralmente superior al poder de cada estado. Idea que había sido previamente elaborada con detalle por ese gran fundador del derecho internacional que fue el dominico Francisco de Vitoria (1485-1546), y que fue el primero en comenzar la tradición de los escolásticos españoles de denunciar la conquista y en particular la esclavización de los indios en la recién descubierta América.»

Hugues Merle,  Asesinato de Enrique III por Jacques Clément (1863)

sábado, 2 de agosto de 2014

Francisco Manuel de Melo, Historia de los movimientos y separación de Cataluña

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«Rompieron con furia y desorden en desconcertadas palabras y algunos hechos de mayor desconcierto: entonces hacían larguísima lista de sus progresos y servicios, celebraban sus obras, exageraban su paciencia: luego cotejaban los méritos con las mercedes, y toda esta cuenta venía a parar en endurecerse más en su propósito: los más atentos clamaban la libertad de sus privilegios, revolvían todas las historias antiguas, mostraban claramente la gloria con que sus pasados habían alcanzado cuanta honra hoy perdían con vituperio sus descendientes. Algunos, con más artificio que celo, daban como un cierto género de queja contra la liberalidad de los reyes antiguos, que tan ricos los habían dejado de fueros, cuya religiosa defensa ya les costaba tanta injuria y peligro.» (I, 45). A pesar de la semejanza (si hacemos abstracción del estilo), estas palabras no corresponden a ningún belicoso blog actual, sino a un destacado militar y escritor hispano luso (hijo de portugués y castellana) que procura historiar la sublevación catalana que se produce a raíz del motín dels segadors.

Con una carrera político militar destacada (muy joven, es recompensado por Felipe IV en 1631 con la orden de Cristo), a fines de 1640 el entonces maestre de campo en Cantabria será enviado a Cataluña como asistente del nuevo virrey marqués de los Vélez. Aunque su papel es relevante, su estancia será breve, ya que la sublevación portuguesa siembra sospechas sobre su conducta. Tras un proceso en el que es declarado inocente, se le destina como gobernador de Ostende, en Flandes. Pero aprovechará el viaje para huir a Inglaterra, desde donde se trasladará a Portugal. Allí ocupará importantes cargos diplomáticos y militares al servicio del nuevo rey Juan IV. Sin embargo, en 1644 se produce un conflicto novelesco y característicamente barroco entre Melo y el monarca, lo que le conducirá a una prolongada prisión seguida del destierro en Brasil. Sólo regresará a Lisboa en 1658, a la muerte del rey. Durante estos años calamitosos escribe la mayoría de sus obras (muchas, paradójicamente, por encargo del propio Juan IV).

Al inicio de su larga etapa de penalidades, Melo publica en Lisboa, en castellano y con nombre supuesto, su Historia de los movimientos... En los años anteriores ha logrado documentarse a fondo: el importante papel desempeñado durante su estancia en Cataluña, su labor diplomática al servicio del rey Braganza, y las estrechas relaciones entre los insurrectos portugueses y catalanes le facilitan abundantes fuentes de información. Además, siempre mantuvo una nutrida correspondencia con un sinfín de personajes. Así lo afirma en su Primeira parte das cartas familiares (1664) «En los primeros seis años de mi prisión escribí veintidós mil seiscientas cartas. ¿Qué será hoy siendo doce los de preso y muchos los de desdichado?»

La obra sólo narra el primer año del enfrentamiento, lo que no le arrebata nada de su valor historiográfico y de su interés literario: «memorable y bella monografía, saturada de tacitismo...», dice Fernando Sánchez Marcos. Melo, admirador de la historia clásica, se esfuerza en mantener la equidistancia: «la verdad es la que dicta, yo quien escribe» (I, 5). Sus descripciones de los excesos de los ejércitos acantonados en el principado se equiparan perfectamente con las de los insurrectos. Además en el libro se esfuerza, sin fáciles tendenciosidades de buenos y malos, por escuchar las distintas razones. Así, cuando (siguiendo los modelos tradicionales) compone los discursos contrapuestos del conde de Oñate, del cardenal Gaspar de Borja y del conde-duque de Olivares, en la Junta recogida en el libro II; o los equivalentes del canciller Juan, obispo de Urgel, y del presidente de la Diputación del General Pau Claris, en el libro III. Discursos ficticios, como era usual, pero basados en los hechos y dichos de la época. Así subraya Melo, en alguna ocasión, la veracidad, aunque no literalidad, de sus discursos: «según de su boca le escuchamos después». El autor antes citado concluye así: «Una de las enseñanzas que Melo parece querer transmitir es que el verdadero combate, más que entre castellanos y catalanes, se libró entre los moderados y exaltados que compitieron dentro de cada uno de los bandos.»

miércoles, 30 de julio de 2014

Paulo Orosio, Historias contra los paganos

Paulo Orosio en el Códice de Saint-Epure

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El hispano Paulo Orosio representa el puente entre el universalismo clásico y el providencialismo cristiano. Nació quizás en Bracara Augusta, en unos años en los que Gallaecia se ve agitada por el polémico desarrollo del priscilianismo, y, a principios del siglo V, con la llegada de los suevos. Es entonces cuando, joven presbítero, Orosio marcha a África. Lo cuenta así en la obra que presentamos: «Que, en un primer momento, me vi frente a frente con los bárbaros a los que no había visto nunca, que los esquivé cuando se dirigían hostiles contra mí, que los ablandé cuando se apoderaron de mí, que les he rogado a pesar de ser infieles, que los he burlado cuando me retenían, y finalmente que he escapado de ellos, cubierto con una repentina niebla, cuando me perseguían en el mar, cuando trataban de alcanzarme con piedras y con dardos, y cuando ya incluso me alcanzaban con sus manos; cuando yo, pues, cuento todo esto, quiero que todos, al oírme, se conmuevan con lágrimas y me duelo en silencio porque los que me escuchan no lo sienten, reprochando la dureza de aquellos que no creen lo que no tuvieron que sufrir ellos» (III, 20). Su marcha precipitada permitirá su encuentro con san Agustín en Hipona (que le encomendará la redacción de esta obra) y, más tarde con san Jerónimo en Belén.

Los Historiarum adversus paganos libri VII constituyen la primera gran historia universal romano-cristiana. Tendrá una gran difusión en Europa durante la Edad Media, como muestran los dos centenares y medio de códices que han llegado a nuestros días. Además contará con versiones al anglosajón en el siglo IX, al árabe en el X, al toscano en el XIII y al aragonés en el XIV. Desde 1471 será repetidamente impresa, y traducida a las principales lenguas modernas.

El objetivo que se propone Orosio es justificar los males del presente (guerras civiles y victorias bárbaras) mediante su confrontación con los que en el pasado han caracterizado a los cuatro grandes imperios de la historia: babilónico (que perdura en el Persa), macedónico, cartaginés y romano. En todos ellos observa calamidades y desastres muy superiores a los de su presente. Así compara la ocupación de Roma por los celtas en el 390 a. C. con la reciente de los godos comandados por Alarico: «En verdad que estos dos saqueos son paralelos y se pueden comparar entre sí: aquel se ensañó con Roma durante seis meses; éste ha durado tres días; los galos, tras aniquilar al pueblo y destruir la ciudad, persiguieron incluso el propio nombre de Roma quemándola hasta el final; los godos, tras abandonar sus intenciones de botín, han conducido a sus hordas, sin que éstas se dieran cuenta, al refugio de la salvación, es decir, a lugares santos; en aquel caso apenas se puede encontrar un senador que escapara, incluso de los que estaban ausentes; ahora apenas se puede encontrar uno que haya muerto ni siquiera casualmente, mientras se escondía. En verdad que con razón podría asegurar, a la hora de hacer la comparación, que el número de supervivientes en aquel momento fue el mismo que el de desaparecidos ahora.» (II, 19).

Siguiendo a Polibio, Orosio considera que Roma está destinada a superar los perpetuos ciclos del devenir histórico. Pero es el imperio cristiano el llamado a lograrlo, primero mediante la cristianización del imperio, después con la de los bárbaros, que, afirma, «despreciando las armas, se dedicaron a la agricultura y respetan a los romanos que quedaron allí poco menos que como aliados y amigos, de forma que ya entre ellos hay algunos ciudadanos romanos que prefieren soportar libertad con pobreza entre los bárbaros que preocupación por tributos entre los romanos» (VII, 41). Los bárbaros han renunciado, pues, a sustituir Romania por Gotia, y prefieren «buscar su gloria mediante la recuperación total y el engrandecimiento del Imperio Romano con la fuerza de los godos.» (VII, 43).

Los desastres del presente han pasado a ser medios permitidos por Dios para alcanzar este espléndido objetivo y, por tanto, conducen a una visión optimista de la Historia. Y este providencialismo nos lleva a otra de las grandes aportaciones de Orosio, la crítica de la propia sociedad y cultura, y la revalorización del otro, del bárbaro, del no romano. «La misma felicidad que sintió Roma venciendo, fue infortunio para los que, fuera de Roma, fueron vencidos. ¿En cuánto, pues, ha de ser estimada esta gota de trabajada felicidad, a la que se atribuye la dicha de una sola ciudad, mientras una gran cantidad de infortunios producen la ruina de todo el mundo? Si se consideran felices aquellos tiempos porque en ellos aumentaron las riquezas de una sola ciudad, ¿por qué no se consideran más bien desafortunados porque en ellos desaparecieron poderosos reinos con lamentable pérdida de muchos y bien desarrollados pueblos?» (V, 1).

Como hemos indicado, las Historias contra los paganos tendrán un gran resonancia posterior. Sin embargo muy pronto el optimismo de Orosio se verá descalificado por los acontecimientos posteriores, tal como se recogerá en la Crónica de su paisano y contemporáneo Idacio. Menéndez Pidal lo resumirá así: «A Orosio sigue Idacio; ambos nacen en el occidente de la Península y son coetáneos (...); pero uno y otro siguen dirección inversa: Orosio redactó en su juventud una obra más personal, complemento de la obra filosófica de san Agustín; Idacio escribió, cincuenta años después, en su vejez última, una breve continuación de la Crónica de san Jerónimo; Orosio es optimista y mira a los bárbaros como providencial sostén del Imperio; Idacio escribe cuando los tiempos han empeorado y no hay lugar sino para el pesimismo.» (AAVV, Historia de España III, p. VII).


Códice de Roda

lunes, 14 de julio de 2014

Historia Silense, también llamada Legionense

Alfonso VI
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La tradicionalmente llamada Historia Silensis fue redactada en latín a principios del siglo XII. Actualmente se pone en tela de juicio la conjetura que atribuía su autoría al ámbito del monasterio de Santo Domingo de Silos, en Burgos. Teniendo en cuenta las numerosas referencias que contiene sobre San Isidoro de León y el monasterio de San Benito de Sahagún, se ha propuesto denominarlo Historia Legionensis. El texto manifiesta además un orgullo por lo leonés, contrapuesto a otros territorios, y considerado heredero legítimo del reino visigodo de Toledo. Es el goticismo convencional, ya presente en los reyes de Asturias, pero que ahora, en tiempos del Emperador se consagra definitivamente.

Otra novedad importante respecto a las Crónicas anteriores. Su desconocido autor se lamenta del retroceso cultural de los siglos inmediatos, cuando «se desvaneció de raíz el estudio junto con la enseñanza». Por ello, no se limita a apuntar de forma escueta acontecimientos descarnados, ordenados de forma estrictamente cronológica, sino que que quiere crear una obra más elaborada tomando como modelos a historiadores y poetas romanos, como Salustio y Ovidio. Para darle esta mayor consistencia literaria, emplea diversidad de registros: narra, interpela al lector, describe edificios y ambientes, y también adoctrina.

Y es que el planteamiento de la obra parece dirigido a ensalzar a Alfonso VI, el conquistador de Toledo, mediante una estructura compleja (e inacabada) en la que todo parece confluir en el emperador de España «primero, porque los más nobles hechos suyos parecen dignos de recuerdo; segundo, porque [salvado] ya en el frágil tiempo todo el trascurso de su vida, resulta celebérrimo sobre todos los reyes que gobernaron católicamente la Iglesia de Cristo». Estructura desordenada o compleja: se confrontan episodios comparables pero con distinto final, como los enfrentamientos entre los hijos del rey Fernando, y los de los hijos de Vitiza con Rodrigo; se engarza la vieja crónica de Sampiro (a costa de repetir sucesos y reinados); se insiste en la labor civilizadora de los antepasados directos de Alfonso, que pacifican, ordenan y construyen; y finalmente se detiene y extiende en el reinado de Fernando, el padre de Alfonso, con el que había comenzado la obra.

Y tras este círculo (im)perfecto, nos queda fuera de la Historia el objeto manifiestado tácitamente al inicio: «las hazañas de don Alfonso, ortodoxo emperador de España, y su vida», ya sea porque el autor dejó inacabados sus trabajos, ya sea por artificio calculado.



Libro de los Testamentos de la catedral de Oviedo