domingo, 28 de junio de 2015

Rodrigo Jiménez de Rada, Historia de las cosas de España (versión de Gonzalo de Hinojosa)

Antonio Ponz, Retrato de Jiménez de Rada a partir del de Juan de Borgoña

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Mario Crespo López, en su estudio crítico (Fundación Ignacio Larramendi, 2015) lo presenta así: «Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247) ha pasado a la historia como una de las personalidades más destacadas de los siglos medievales en la península ibérica, vinculado especialmente a los proyectos políticos de los reyes Alfonso VIII y Fernando III de Castilla. Descendiente del linaje navarro de Velasco de Rada (mater Navarra, según el epitafio con que se le suele identificar), estudió en Castilla (nutrix Castella), en Bolonia (fontibus Bonocica potatus philosophiae) y en París (Parisius studium), fue arzobispo de Toledo (Toletum sedes), murió en el Ródano (mors Rhodanus) y está enterrado en Santa María de Huerta (Horta mausoleum). El epitafio latino que resume su peripecia vital nos informa de lo más granado de una existencia cuajada de lugares y culturas, en el cruce cronológico de finales del siglo XII y la primera mitad del XIII.»

Llamado tradicionalmente el Toledano, su Historia de rebus Hispaniæ sive Historia gothica es una obra clave en la historiografía peninsular. En primer lugar, utilizó todas las fuentes que tuvo a su alcance: La Historia Gothorum de Isidoro de Sevilla, el Origen y gestas de los godos de Jordanes, la Crónica mozárabe, las sucesivas crónicas del reino de Asturias y sus sucesores (Alfonso III, Legionense...) y sobre todo la Crónica de Lucas de Tuy. Pero también tuvo acceso a diferentes textos árabes, y entre ellos, la llamada Crónica del Moro Rasis. Pero su síntesis no es una simple acumulación de textos, a veces contradictorios, método muy frecuente desde la baja Antigüedad. Jiménez de Rada, en sintonía con los nuevos tiempos, escoge y desecha versiones, y elabora su propio discurso. Y aunque incorpora algunas tradiciones y leyendas (por ejemplo, la paradigmática batalla de Clavijo) resulta bastante moderado en este sentido, en comparación con otros textos contemporáneos (y posteriores). Así, es un mero pastor el que indica la ruta que proporcionará una ventaja estratégica a las tropas cristianas en la batalla de las Navas de Tolosa... Por todo ello, las sucesivas generaciones de historiadores tomarán desde entonces como base y referencia la obra del Toledano, aunque sea para corregirla y poner de manifiesto errores, contradiciones y anacronismos varios, como hará Ambrosio de Morales.

Juan Fernández Velarde, en la introducción a su excelente traducción del original latino (Alianza, Madrid 1989; también ha editado críticamente el original: volumen 72 del Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis) señala que «la Historia de rebus Hispanie o Historia Gothica de Jiménez de Rada es la cumbre de la cronística hispano-latina medieval. Por un lado supone la culminación y el compendio de una larga tradición que se remonta a varios siglos atrás y que se había ido configurando paso a paso, lentamente, a instancias de las sucesivas crónicas que, una tras otra, iban acrecentando la memoria histórica de los españoles de aquellos tiempos Por otro lado, es el precedente inmediato y la fuente mas directa de la Primera Crónica General, con la que nace la historiografía española en romance. A este doble valor hay que añadir su propia importancia como obra histórica, original e innovadora en muchos aspectos. Además, la arrolladora y polifacética personalidad de su autor —quizás el personaje histórico más relevante de la España del siglo XIII, sin contar los reyes— aumenta el interés que la obra ya tiene de por sí.»

El éxito de la  Historia gothica fue inmediato, y prueba de ello son las abundantes versiones romanceadas que se confeccionaron desde el mismo siglo XIII. En ellas se solía incluir otras de las obras menores de Jiménez de Rada, como la Historia arabum, la Historia ostrogothorum, y la Hunnorum, vandalorum, suevorum, alanorum et silinguorum historia, así como otros de distinta procedencia, sin faltar los cantares de gesta prosificados. La versión que publicamos es la que realizó el obispo de Burgos Gonzalo de Hinojosa († 1327), autor también de otras obras de historia. La titula Crónica de España, y es perfecto ejemplo de la libertad plena con que se dispone de los textos en la Edad Media: según sus intereses, abrevia, modifica y amplía, sin ocultar nunca que la base la constituye la obra de Jiménez de Rada. Incluye, por ejemplo una extensa versión de la leyenda de los Siete Infantes Salas... Todo ello, junto con algunos patentes errores de traducción, ha dado una cierta mala fama a la obra. Así, Antonio Ubieto: «Quien conozca la obra de Ximénez de Rada a través de esta mala traducción castellana del siglo XIV podrá achacar al arzobispo toledano errores que no cometió.» (El sitio de Huesca y la muerte de Sancho Ramírez). Sin embargo, el juicio parece un tanto excesivo. A pesar de estos defectos, la Crónica de España resulta un excelente acercamiento a la obra del Toledano, y una buena muestra del modo de hacer historia en estos últimos siglos medievales.


La Crónica de España en un manuscrito del s. XV (Bibl. Univ. Sevilla)

sábado, 20 de junio de 2015

Jerónimo Borao, Historia del alzamiento de Zaragoza en 1854

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«D. Jerónimo Borao, conocido desde sus primeros años como poeta, y mucho más adelante como hombre político, había ganado la cátedra de literatura de la Universidad mediante oposición sufrida en Madrid; había sido infatigable campeón de las ideas liberales, ya en el Espectador ya en los periódicos de Zaragoza, cuando había peligro en proclamarlas; había soportado toda clase de persecuciones políticas, en 1844 con motivo del alzamiento de Zurbano, en 1848 con ocasión de los acontecimientos de París y Madrid, en 1854 con el pretexto de los sucesos del 20 de Febrero. Su energía y dignidad se habían revelado en todos los actos de su vida, cuando, rebajando el justo prestigio de la Universidad de Zaragoza, se consiguió hacerla vulgar instrumento de las miras de un gobierno aborrecido, obligando a sus profesores a que firmaran la oferta de vidas y haciendas, él se levantó a a sostener los derechos y la independencia del cuerpo y se negó a suscribir aquel documento que a todas luces debió ser rechazado; cuando el Gobernador Roda quiso obligarle a que votara por el candidato ministerial, le contestó rotundamente con una inesperada negativa; cuando en 1849 se le confió el discurso inaugural de la Universidad, alzó su voz luchando contra el espíritu de la política dominante, y aun pudiéramos decir contra el de aquella corporación, en defensa de la libertad a quien probó que se debían las grandes épocas literarias; cuando los señores Olózaga y Escosura vinieron como candidatos a la diputación por Zaragoza, él, no obstante la presión que el gobierno ejercía y a pesar de la ya dura enemiga que se había suscitado, no omitió medio alguno para coadyuvar al triunfo que después en un banquete patriótico celebró con entusiasmo por medio de unos versos a la Libertad

Así escribe de sí mismo, en tercera persona, nuestro ya conocido autor de La imprenta en Zaragoza, al relacionar el levantamiento progresista de 1854, en el que ha tenido una participación destacada. Es una obra hija del momento, con el que que quiere dejar constancia de los acontecimientos recién sucedidos. El tono general es de una parcialidad manifiesta y consciente, de acuerdo con las características de este género literario de carácter político (que no ideológico). Su talante esparterista brilla dominante y excluyente: por un lado, «reyes fanáticos», «el clero astuto» y «el poder (que) nos ha dado Estatutos, Constituciones de 1845, golpes de Estado»; y por otro, «el pueblo (que) se ha tomado la Constitución de 1837 y la que va a producir en estos momentos la asamblea constituyente». En resumen, una historia de buenos y malos. La simpleza de este planteamiento maniqueo, carente de un análisis ideológico mínimamente riguroso, contrasta más si lo comparamos con la obra que su estricto contemporáneo Francisco Pi y Margall publica al mismo tiempo: La reacción y la revolución. Estudios políticos y sociales. En la presentación de esta obra señalábamos que podía ser considerada el primer intento serio de dotar al liberalismo radical español de una fundamentación filosófica y científica.

De todos modos esta obra de Jerónimo Borao posee en sí misma considerable interés. La narración de los acontecimientos nos muestra la visión, de sí misma y de sus acciones, de la Junta revolucionaria de Zaragoza durante el verano del 54, en el breve periodo en que su influencia se extiende por buena parte del territorio nacional. En dicha narración, y en parte gracia a las mismas limitaciones a que hemos hecho referencia, resalta el esfuerzo de crear un recuerdo, una interpretación canónica (¿una memoria histórica?) que reivindique el carácter determinante que Zaragoza habría tenido en la revolución, con el fracasado pronunciamiento de febrero y el triunfante levantamiento de julio. Por otra parte, el extenso apéndice documental, con más de sesenta documentos, añade interés historiográfico a la obra.


Zaragoza, Puerta del Duque de la Victoria

lunes, 15 de junio de 2015

François Fénelon, Carta a Luis XIV y otros escritos políticos

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La concentración del poder político en los reyes fue un proceso lento que se refuerza desde que Europa, aparentemente debilitada y diezmada, emerge de las graves crisis concatenadas del siglo XIV. El resultado serán estados cada vez más complejos y multiformes, con gran diversidad de instituciones, fueros y organismos, pero que parecen reclamar la reunión de las atribuciones últimas jurisdiccionales y de gobierno en una única persona que, por lo mismo, resultará cada vez más mitificada y sacralizada. Han nacido los estados modernos, las monarquías autoritarias y, finalmente el absolutismo. Este último constituirá el modelo dominante y más generalizado y será promovido en obras tan significativas como el Discurso sobre la Historia Universal de Bossuet. Pero a lo largo de este proceso secular no faltarán las voces que, en distintos grados y desde diferentes presupuestos, se opondrán a lo que consideran excesos contraproducentes. Un ejemplo de ello es la obra de Juan de Mariana Del rey y de la institución de la dignidad real. Por otra parte a fines del XVII surgirá definitivamente la monarquía parlamentaria como alternativa a la absoluta. Si inicialmente pudo ser considerada poco moderna, pronto atraerá la atención de los posteriores críticos del absolutismo, los ilustrados.

François de Salignac de la Mothe, Fénelon (1651-1715), arzobispo de Cambrai y preceptor del nieto de Luis XIV, estuvo implicado en numerosos acontecimientos de la Francia del rey Sol: el edicto de Nantes y el acercamiento a las hugonotes, jansenismo y pietismos varios, junto a un galicanismo cada vez más dominante... Pero también es un buen ejemplo de estas críticas al absolutismo desde posturas religiosas y sociales, lo que finalmente provocará su extrañamiento de la Corte. Presentamos una breve selección de textos: la conocida Carta a Luis XIV, fragmentos de Las aventuras de Telémaco (quizás su obra más destacada) y de los Diálogos de los muertos antiguos y modernos, y el Examen de conciencia sobre los deberes de la dignidad real. Para calibrar la considerable influencia póstuma de sus escritos, incluimos otros fragmentos del Ensayo filosófico sobre el gobierno civil según los principios de Fénelon, del escocés Ramsay (1721). Este interés, sin embargo, conducirá a un cierto equívoco: se le querrá percibir como antecedente de la Ilustración e incluso del liberalismo, lo que objetivamente no parece que se pueda afirmar: Fénelon mantiene su admiración hacia el monarca virtuoso que tiene je en sais quoi de divin.

Dale K. van Kley, en su sugestivo (y por tanto discutible) Los orígenes religiosos de la revolución francesa (1996), comenta: «En las postrimerías del siglo XVII surgía otra novedad: la asociación cada vez más explícita entre la guerra y el lujo como elementos de la política de Estado denominada mercantilismo. La manufactura y la exportación de objetos de lujo artesanales eran medios ordinarios utilizados por el Estado para la obtención de beneficios económicos, mientras que la guerra era la continuación de esa misma política por otros medios. Fénelon oponía al mercantilismo los principios humanistas de la paz y la unidad de toda la humanidad ―la raza humana, sostenía Fénelon, constituía una sola familia― y daba especial preferencia a la agricultura y al libre comercio. Rothkrug (Opposittion to Louis XIV) ha puesto de manifiesto que la oposición devota de fines del XVII al absolutismo y al mercantilismo de Luis XIV fue una de las fuentes de la fisiocracia dieciochesca, del partido de los economistas, o de los que él mismo llama el agrarianismo cristiano


Luis XIV presenta a Felipe de Borbón

jueves, 11 de junio de 2015

Josefa Amar y Borbón, Discurso sobre la educación de las mujeres y otros escritos

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La difusión de la cultura ―las luces― a través de abundantes iniciativas educativas, constituye uno de los objetivos prioritarios de la Ilustración. Se multiplica la reflexión y la acción con propósitos diversos: técnicos y profesionales en unos casos, crítico-científicos en otros, de educación de los niños... Esta preocupación por la mejora del conjunto de la sociedad conserva, sin embargo, un talante profundamente elitista que se transmitirá a las posteriores generaciones liberales. La escritora que incluimos hoy en Clásicos de Historia es un buen ejemplo de ello. Y presenta, además, el interés de su argumentación sobre la igualdad intelectual entre los sexos que la convierte en una de las antecesoras del feminismo contemporáneo, a pesar de justificar las diferencias de condición social para la generalidad de las mujeres. Hemos recogido sus tres textos más significativos en este sentido: el Discurso en defensa del talento de las mujeres y de su aptitud para el gobierno y otros cargos en que se emplean los hombres (1786), la Oración gratulatoria dirigida a la Junta de Señoras de la Real Sociedad Económica de Madrid (1787), y el más extenso Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1790).

En 1802 Félix de Latassa, en el tomo VI de su Biblioteca nueva de los escritores aragoneses (pág. 231 ss.) se refería así a nuestra autora: «Nació esta ilustre aragonesa en Zaragoza de Don Josef Amar, que murió Médico de Cámara de S. M. y de Doña Ignacia de Borbón, hija de Don Miguel, Médico de Cámara del Rey Don Fernando VI y del Consejo de Hacienda. Fue bautizada en la Parroquial de San Miguel de los Navarros a cuatro de Febrero de 1753*. Habiéndose trasladado a Madrid en compañía de su padre, tuvo gran parte en su educación literaria su paisano Don Rafael Casalbón, Bibliotecario de S. M. a quien debió el singular conocimiento que posee de las Lenguas Francesa y Latina, juntamente con los principios de la buena crítica y erudición. Posteriormente se dedicó al estudio de la lengua griega bajo la dirección de Don Antonio Berdejo, que murió Canónigo de la Santa Iglesia de Tarragona. Con estos buenos principios, y estimulada de su afición a las letras, procuró instruirse en los idiomas inglés e italiano, continuando en ilustrar su entendimiento con la lectura de excelentes obras.

»Su afabilidad, singular juicio y erudición, con otras prendas apreciables, al mismo tiempo que ilustran su mérito, sirven de singular lustre a su sexo y a la literatura de nuestro Reino, siendo digna sucesora de otras ilustres Señoras que se distinguieron por el mismo rumbo; en España Doña Ana Cervaton; en Holanda Ana Schuurman, y en Italia Isabel Agnesi y Olimpia Fulvia Morata. En 1782 fue elegida Socia de Mérito de la Real Sociedad de Amigos del País de Zaragoza, dándole un testimonio de su aprecio por la traducción que hizo de un discurso de Don Francisco Griselini, de que se tratará. En 1787 la creó socia de honor y mérito la Junta de Damas unida a la Real Sociedad de Madrid, y después la Real Sociedad Médica de Barcelona la unió a su gremio, habiendo publicado su Discurso de la educación física y moral de las mujeres. Sus notorios talentos , y desvelos literarios acreditan en el día su grande mérito en su patria, donde vive casada con Don Joaquín Fuertes Piquer, Oidor de la Real Audiencia de Aragón, cuya memoria literaria se refiere en este año. La de Doña Josefa recomiendan las siguientes obras», que pasa a enumerar.

* M. López Torrijos y los que le siguen sitúan su nacimiento en 1749.



jueves, 4 de junio de 2015

Jerónimo de Pasamonte, Vida y trabajos

Ilustración de Juillard
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Hemos incorporado por ahora en Clásicos de Historia tres autobiografías de aventureros del Siglo de Oro: el tremendo, experto y veraz Alonso de Contreras, la peleona y busca problemas Catalina de Erauso, y el bondadoso e inocente Bartolomé Lorenzo. Añadimos ahora al lastimoso y aventurero a pesar suyo Jerónimo de Pasamonte (1553–1626?).

Julio Caro Baroja, en su Vidas mágicas e Inquisición (1967), lo estudió bajo el epígrafe «Magia y desequilibrio mental, o el soldado hechizado». Comenzaba así: «Que un fraile tenga vocación de soldado o que un soldado tenga vocación de fraile son dos cosas que en España se han repetido muchas veces. Más común ha sido todavía que el soldado, harto de guerras y matanzas, busque la soledad del claustro y que las vocaciones sean sucesivas en el mismo hombre. Pero ahora nos encontramos ante la figura extraña en verdad de uno que fue soldado sin ninguna vocación real para serlo, que no pudo ser fraile (que era lo que deseaba) y que a última hora vivió, víctima de los demás y de sí, casi enloquecido por miedo a los malos ángeles y a sus agentes en la tierra, anotando en un libro sus experiencias, horribles en verdad.»

En sus memorias, concluidas hacia 1605, Pasamonte nos cuenta de su niñez desgraciada, entre enfermedades y accidentes, y de su carrera militar que le depara estar presente en la batalla de Lepanto, la conquista de Túnez y en la Goleta, donde será hecho prisionero por los turcos. Su cautiverio le llevará a Constantinopla, Alejandría y Argel y durará casi veinte años. Tuerto, desgarbado y cada vez más achacoso volverá al ejército en Italia. El matrimonio que contrae será un fracaso absoluto que incrementará su paranoia sumergiéndolo en un delirio persecutorio de hechiceras, espíritus malignos y envenenadores, a los que combate con una incrementada devoción religiosa que nos detalla pormenorizadamente. Será por entonces cuando escriba su Vida y trabajos. Sin embargo, si Alfonso Martín Jiménez está en lo cierto en su Cervantes y Pasamonte. La réplica cervantina al Quijote de Avellaneda (2005), nuestro autor logró salir de esta crisis profunda, y entre 1622 y 1626 firma un documento como Fray Gerónimo Pasamonte Alcayde. Finalmente habría logrado cumplir sus deseos infantiles de profesar, haciéndolo en el sugestivo Monasterio de Piedra.

Pero el interés por este enloquecido autor se incrementó considerablemente cuando en 1969 Martín de Riquer le atribuyó la autoría del Quijote apócrifo de Avellaneda, posiblemente con el propósito de vengar las ofensas y alusiones maliciosas que su compañero de armas Cervantes había incluido en la primera parte de la inmortal obra. En ella Jerónimo de Pasamonte habría sido transmutado en el Ginés de Pasamonte, galeote como él pero por motivos bien diferentes: es un peligroso jaquetón que también ha escrito su Vida. A pesar de que numerosos críticos han aceptado esta hipótesis, y han multiplicado los argumentos a su favor, sin embargo parece permanecer en pie el contraste descomunal entre ambas obras: la lastimera, quejumbrosa y desquiciada Vida, y el divertidísimo, malicioso e inteligente falso Quijote. Grande tuvo que ser su cambio anímico en los diez años que separan la conclusión de las dos obras, y el documento exhumado por Alfonso Martín, si no lo prueba, a lo menos lo hace posible.


Autógrafo de Pasamonte

sábado, 30 de mayo de 2015

Jerónimo Borao, La imprenta en Zaragoza

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La obra que presentamos ejemplifica el renovado interés por la historia local propiciado por la generalización de los planteamientos románticos, liberales (o antiliberales) y nacionalistas del siglo XIX. La modernización de las sociedades occidentales y sus cambios acelerados (profundos o superficiales, pero siempre patentes) se compensa en muchos casos por una búsqueda de las raíces propias en un pasado, si bien imaginado en gran medida, lo suficiente consistente como para dar firmeza a una sociedad que parece diluirse en constantes transformaciones, y para que ésta mantenga una personalidad diferenciada en un mundo cada vez más homogéneo e intercambiable. Regionalismos y nacionalismos (indiferenciados, u opuestos, o en una suave transición de unos a otros) son el generalizado resultado de todo ello.

Jerónimo Borao (1821-1878) constituye un excelente aunque modesto ejemplo de esta época. Publicista, catedrático de Literatura, político esparterista, rector de la Universidad de Zaragoza (naturalmente en los períodos de predominio de su partido), posiblemente deba ser considerado ante todo un característico prócer local, una de las fuerzas vivas que articulan la vida provinciana. En contacto con los círculos intelectuales y políticos de Madrid y Barcelona, mantendrá una estrecha relación con personajes claves de la época, como Víctor Balaguer. Su obra es reducida pero variada: varios dramas de temática histórica y aragonesa, la interesante Historia del alzamiento de Zaragoza en 1854, la Historia de la Universidad de Zaragoza, La imprenta en Zaragoza, El ajedrez. Tratado de sus principios fundamentales, y sobre todo su Diccionario de voces aragonesas, quizás la que ha gozado de mayor repercusión.

En un reciente estudio biográfico* sobre este autor, José Eugenio Borao Mateo analiza así la obra que presentamos: «Otro de los temas que le mantuvo interesado fue la relación entre la tipografía, la cultura y la política desde un punto de vista histórico, lo cual concluyó en 1860 con la edición de su Historia de la imprenta en Zaragoza. En realidad las “especulaciones”, como él mismo dice, tienen lugar en el capítulo primero de dicha obra, evocando con añoranza romántica un pasado que ve necesario recuperar: Aunque más de una vez nos hemos lamentado del abatimiento literario que pesa sobre la capital de Aragón en pleno siglo XIX, nos es forzoso repetir ahora de nuevo la amargura que nos causa esa atonía inexplicable, habiendo de remontarnos muy pronto á sus épocas de prosperidad, que son las que nos ofrecen más patente aquel contraste. Zaragoza, que tan brillante papel desempeña en la historia de los pueblos tipográficos, hoy no tiene más imprentas, teniendo muchas, que para ocurrir a las necesidades burocráticas é industriales crecientes cada día.

»Pero ese primer capítulo ofrece algo más, pues hace un breve recorrido por lo que ha sido la cultura en Zaragoza en los últimos treinta años. Habla de su lucha personal por el fortalecimiento de las letras, repasando sus principales contribuciones, pero en la otra balanza coloca, en tono de fracaso, la muerte del Liceo, la ausencia de un cronista oficial, la ausencia o apatía de un público interesado que impulsara la iniciativa y creatividad cultural y literaria. Más interesante es la explicación que da de dicha “parálisis literaria”. En primer lugar, la dirección científica que han ido tomando los estudios con su correspondiente énfasis en los intereses materiales. Borao no reniega de ellos, pero reclama la misma protección para las letras. En segundo lugar, el protagonismo de la política, que anula los “perpetuos goces de la belleza literaria”. Y aunque Borao no reniega tampoco del “predominio de la controversia política y del ejercicio de la vida pública”, señala un elemento diferenciador en el caso de Aragón, aunque no explique la razón de ello: Sucede por el contrario que el movimiento, y aún no sabemos si decir la agitación, de los intereses políticos saca á la superficie de la sociedad todas las fuerzas activas de los pueblos y ha producido de hecho en las naciones antiguas y modernas una alta temperatura en el barómetro literario, habiendo esto sucedido en la misma nacion española, pero no por desgracia en Zaragoza (p. 5).

»Aún da una tercera explicación del declive, que según él no es solo provincial, sino de toda la Península, y es “el monopolio privativo y prohibitivo que con una tiranía, verdaderamente sistemática ejerce de suyo la corte”. Pasa a dar ejemplo de ello, y no sin resquemor cita una recién aparecida Antología española, de Carlos Ochoa, publicada en París, en donde solo se citan autores madrileños, ignorando incluso escritores como Arolas. Reconoce, no obstante, que hay ciudades que logran tener su vida literaria propia, en especial Barcelona. Pero no encuentra en ese monopolio la razón suficiente para señalar los verdaderos “fundamentos de la nulidad literaria de Zaragoza y de su apatía inconcebible”. Solamente enumera su contribución literaria y cultural, madura ya a sus 39 años, para exculparse de dicho fracaso. En el extenso capítulo 2 procede a una revisión bibliográfica de las principales obras publicadas en Zaragoza desde el siglo XV, y concluye con las del año 1859, incluyendo su Diccionario de Voces Aragonesas

* José Eugenio Borao Mateo, Jerónimo Borao y Clemente (1821-1878) Escritor romántico, catedrático y político aragonés, Institución Fernando el Católico, Zaragoza 2014, p. 63 ss.


Manipulus curatorum

miércoles, 27 de mayo de 2015

Hesíodo, Teogonía. Los trabajos y los días

Antes Séneca, ahora Hesíodo...
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En su Historia de la literatura universal, Martín de Riquer y José María Valverde escriben: «Hacia el año 700 a. de J. C. floreció en Beocia el poeta Hesíodo, cuya personalidad, sobre la cual no caben dudas, podemos imaginarnos con detalles concretos, en oposición a la vaguedad que envuelve la figura de Homero. Aunque también la leyenda se apoderó de Hesíodo (…) sus obras revelan constantemente la presencia y la intención personal de un autor y sabemos por ellas que el poeta pertenecía a una familia de ricos agricultores, que él mismo cultivó la tierra y que por la posesión de la heredad sostuvo pleitos con un hermano suyo, en los que no siempre resplandeció la justicia. Nos encontramos, pues, frente a un campesino que domina el difícil arte de la poesía en hexámetros, conocedor de mitos y de leyes, y que ha experimentado la injusticia y la ingratitud, lo que halla eco en el pesimismo de su obra. De las leyendas objetivas de Homero, cantor de un mundo heroico y aristocrático, pasamos a la poesía de un campesino que habla en nombre propio y de una experiencia personal, e interpreta el pensamiento de una clase, profundamente religiosa, que sufre con frecuencia el rigor de la injusticia.

»La Teogonía o Genealogía de los dioses (Θεογονία) es un poema de más de mil versos en el que Hesíodo intenta dar una sistematización racional de los principales mitos del pueblo griego, desde las sombras del caos hasta la lucha de los titanes y la victoria de Zeus (Júpiter). La personalidad del poeta se advierte en su esfuerzo de síntesis al conciliar, a veces con poca habilidad, distintas leyendas sobre los mismos temas, y al recoger la tradición mitológica que se funde en las obras homéricas y los datos que podían proporcionarle poemas cosmogónicos anteriores, hoy perdidos. La nota más destacada de la Teogonía es el pesimismo que revela respecto a la condición humana al señalar la voluntad de los dioses como justificación de ciertas miserias de los hombres. (...)

»El pleito con su hermano por la heredad paterna y la corrupción de los jueces que lo fallaron constituyeron el motivo de otro poema de Hesíodo, Los trabajos y los días (Ἔργα καὶ ἡμέραι), conjunto de máximas morales y preceptos que giran en torno a la exaltación del trabajo y de la justicia. De ahí que la obra se extienda, en su segunda parte, en una serie de consejos sobre la economía familiar y las labores del campo, de acuerdo con las estaciones del año, y en una especie de calendario del agricultor. Desaparece la objetividad de la epopeya cuando, partiendo de un acontecimiento real de la vida del poeta, unas verdades de carácter moral y práctico se ordenan en la constitución de un poema que, siempre en actitud profundamente religiosa, desarrolla una especie de filosofía de los ambientes campesinos. La lucha de los héroes de Homero, guerreros o aventureros, se transforma en la lucha cotidiana del labrador con la tierra, en la gesta del campesino que pertenece a una sociedad que necesita del trabajo para vivir. El campo griego es todavía independiente de la Ciudad y Hesíodo se convierte en su educador y mentor moral. El pesimismo del poeta busca su razón de ser en el mito: Prometeo quiso sustraer a los hombres a la voluntad de Zeus (Júpiter); Pandora derramó toda suerte de dolores por el mundo, y de ahí las penas y los trabajos de la vida humana y la necesidad del trabajo. La justicia, por otra parte, se ve constantemente ofendida por la rapacidad de los poderosos, que es patrimonio de las bestias, al paso que la equidad es propia de los hombres.»


William Blake, Hécate (1795)