lunes, 30 de noviembre de 2015

Jonathan Swift, Una modesta proposición.

Jonathan Swift, por Charles Jervas

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Escribe Santi Pérez Isasi, en http://unlibroaldia.blogspot.com/2013/03/jonathan-swift-una-modesta-proposicion.html: «Jonathan Swift (sí, el de Los Viajes de Gulliver) publicó en 1729, anónimamente, Una modesta proposición para prevenir que los niños de los niños de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público, más conocida simplemente como Una modesta proposición, y desde entonces está considerada como una de las mejores muestras de sátira moderna.

»En ella, siguiendo los modelos de la sátira clásica como Juvenal o Tertuliano, Swift presenta la difícil situación de las familias irlandesas, y la triste visión de las madres con “tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna”. Ante esta lamentable situación, Swift propone una original y productiva situación: seleccionar cada año a 100.000 de esos niños mendigos de un año de edad, y utilizarlos como carne para la alimentación de los ricos y los terratenientes. “Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.”

»La propuesta es obviamente satírica, pero está presentada con total seriedad, ofreciendo demostraciones de las ventajas económicas que esta medida supondría tanto para los irlandeses como para los ingleses. La ironía, por supuesto, no está exenta de crítica, con un nivel de acidez que hoy resultaría políticamente incorrecta. Por ejemplo, refiriéndose a los terratenientes ingleses, dice Swift: “Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.” Y más adelante, en relación con la división religiosa de la isla: “en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.”

»Una modesta proposición no pasa de ser un breve panfleto político-literario, pero tiene además la virtud de mostrar de manera oblicua la terrible situación de los campesinos irlandeses y la acción u omisión culpable de los terratenientes ingleses. Leyéndolo es imposible no reírse ante lo absurdo de la propuesta, pero también es imposible no sentir la punzada de la terrible realidad que refleja. En la línea de la mejor sátira política de todos los tiempos...»


viernes, 27 de noviembre de 2015

Textos reales persas de Darío I y de sus sucesores

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En el complejo mosaico del Asia occidental, medos y persas son pueblos de lenguas indoeuropeas que se establecen en el segundo milenio a. de C. en la meseta irania, en la vecindad de las grandes civilizaciones mesopotámicas, por entonces ya predominantemente semitas, de los que tomaran abundantes elementos culturales y materiales. Pero también están en contacto con los pueblos de la Anatolia, de Siria, y a través de ellos con los pueblos mediterráneos. Con el debilitamiento del imperio asirio a partir del siglo VII a. de C., llegará su hora: el persa Ciro creará el gran imperio persa aqueménide que será definitiva y complejamente organizado por Darío I, en su largo reinado del 522 al 486 a. de C.

El gran número de pueblos y culturas del territorio que se extienden entre la India, Asia central y el Mediterráneo (con sus confines en el extremo de Europa y de África) constituirán desde entonces una diversa unidad que tendrá una prolongada continuidad a través de sus sucesores sasánidas, hasta subsumirse como ingrediente principal en la nueva civilización islámica. Pero las fuentes literarias sobre el imperio aqueménide que tradicionalmente se han utilizado son las procedentes de su civilización rival, griegos y romanos, y especialmente Heródoto. De ahí el interés que revisten las abundantes inscripciones rupestres que conmemoran y hacen propaganda de los logros de esta dinastía. Y entre ellas la más destacada es la de Behistum.

Escriben Pilar Rivero y Julián Pelegrín: «La denominada inscripción de Behistum se halla próxima a la aldea iraní del mismo nombre, cerca de Kermanshah y en la vía natural que tradicionalmente comunicaba Hamadán con Babilonia. Se trata de un monumento de 50 metros de largo y 30 de ancho, esculpido sobre la ladera de un acantilado y a más de 50 metros de altura sobre el fondo del valle, lo que lo hace casi inaccesible. En él Darío I aparece representado en un bajorrelieve con el pie derecho sobre el mago Gaumata, y ante el soberano figuran atados quienes se rebelaron contra él. A los lados y debajo de la escena se hallan inscritas catorce columnas de texto redactado en escritura cuneiforme que en tres lenguas ―persa antiguo, acadio y elamita― que explica el ascenso de Darío al trono persa y celebra las victorias y la pacificación conseguida finalmente por el rey tal como él mismo ordenó registrarlas y grabarlas en septiembre del año 520 a.C.

»La narración coincide básicamente con el relato de Heródoto, pero la historiografía actual considera que la rebelión contra Cambises fue dirigida por el propio Bardiya, y que Darío inventó la historia del mago Gaumata y, por ello, la versión oficial de los hechos tal como figura en Behistum y en el autor de Halicarnaso, para justificar su ascensión al trono tras eliminar a Bardiya.

»El texto fue transcrito a partir de 1837 por Henry Creswicke Rawlinson con enormes dificultades dada su ubicación, y este oficial inglés presentó nueve años más tarde ante la Royal Asiatic Society de Londres no sólo la primera copia exacta del texto sino también su traducción completa a partir del desciframiento del cuneiforme persa, al que había llegado independientemente de los trabajos del alemán Georg Friedrich Grotefend.»


lunes, 23 de noviembre de 2015

Joaquín Maurín, Hacia la segunda revolución y otros textos

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Joaquín Maurín (1896-1973) es una excelente muestra del revolucionarismo español de las primeras décadas del siglo XX. Responsable destacado en la CNT, de la que llegó a ser secretario general, evoluciona hacia el marxismo-leninismo, por lo que estuvo entre los partidarios de su incorporación a la Profintern o Internacional Sindical Roja. El predominio de las corrientes anarquistas de la FAI en el sindicato le llevará a ingresar en el PCE, en el que también ocupará puestos destacados. Tras diversas estancias en la cárcel y en Moscú, acaba siendo purgado y expulsado. La proclamación de la Segunda República llega cuando acaba de formar el Bloque Obrero y Campesino que, tras sucesivas fusiones con otros grupos constituirá el Partido Obrero de Unificación Marxista, POUM, en el que compartirá el liderazgo con Andreu Nin. Junto con el rechazo a los dirigentes de las demás fuerzas obreras ―el socialismo por reformista, el anarquismo por la debilidad que entraña su antiautoritarismo, el comunismo oficial por su dependencia absoluta ante Stalin (que no por sus políticas y acciones)― abogan por la Alianza Obrera desde las bases que cree plasmada en el fracaso octubre del 34 asturiano.

«El análisis que el carismático Maurín realizó de la situación apareció en su libro Hacia la segunda revolución, publicado en abril de 1935. En él, afirmaba que España pronto alcanzaría unas condiciones propicias para la revolución, y entonces se hallaría en una mejor situación que la de Rusia en 1917, porque los trabajadores españoles, en un país europeo occidental, poseían una mayor tradición democrática, y por ello podían aportar la democracia a la revolución, apoyados todavía más por el hecho de que existía una mayor conciencia revolucionaria entre la población rural (al menos en la mitad sur del país) de la que había habido en Rusia. Así, mientras Lenin había tenido que renunciar a cualquier posibilidad de mantener una dictadura de tipo democrático, el proletariado español era, en proporción, más numeroso y maduro. En España, el proletariado tendría como tarea completar con rapidez la fase final de la revolución democrática y llevarla, de manera casi inmediata, a la socialista, de modo que pronto se convertiría en una revolución democrática socialista.» (Stanley G. Payne, El colapso de la República)

En cierta medida, el pronóstico se cumplió, incluyendo la guerra que considera necesaria. La fracasada rebelión militar de julio de 1936 propiciará la revolución social en la zona republicana, en la que de facto se establecerá un dominio de facto de las fuerzas obreras hasta cierto punto coordinadas, mientras que las denominadas burguesas tendrán un papel cada vez más testimonial: la Alianza Obrera sustituye en la práctica al Frente Popular. Y sin embargo el POUM, el partido comunista independiente que más ha propugnado aquella, se convertirá en la principal víctima revolucionaria de la revolución. Nos lo narró con tino y desconcierto George Orwell en su Homenaje a Cataluña. Sin embargo, Joaquín Maurín no conocerá los sucesos de mayo de 1937 hasta mucho después. El estallido de la guerra civil le sorprenderá en Galicia, y tras unos meses quedará encarcelado por las autoridades militares. Muchos años más tarde, poco antes de su fallecimiento en el exilio, lo cuenta en sus inacabados Recuerdos, que también incluimos en esta edición.

Portada de un folleto del POUM, febrero 1936

sábado, 14 de noviembre de 2015

Zacarías García Villada, Metodología y crítica histórica

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Con el renacimiento, algunos humanistas se esfuerzan en la depuración de las fuentes históricas, en la eliminación de mitos y leyendas, en el análisis crítico de datos e interpretaciones; en consecuencia, comienza el abandono (lento y laborioso) de la historia como género literario o moral, retórica y magisterio heredado y admirado en los antiguos clásicos. Su tarea, aunque minoritaria, tendrá continuidad (Ambrosio de Morales, Jerónimo Zurita, Nicolás Antonio...) hasta la pléyade de críticos e hipercríticos de la Ilustración: Flórez y Masdeu por ejemplo. Todo este esfuerzo sostenido fructifica definitivamente en el siglo XIX, con la elaboración de un método científico y riguroso para la Historia, basado en el análisis exhaustivo de las fuentes. La paleografía, la archivística y diplomática, la epigrafía, la numismática y la sigilografía…, adquieren el status de ciencias, auxiliares pero imprescindibles satélites de Clío. Entre los más eximios representantes de estos nuevos planteamientos será Leopold von Ranke (1775-1886), Theodor Mommsen (1817-1902), y como obra más característica la oceánica Monumenta Germaniae Historica. Los resultados serán asombrosos: legiones de historiadores, multiplicados al socaire de los nuevos valores románticos y nacionalistas, examinarán, analizarán, editarán cualquier resto, cualquier documento, que haya sobrevivido a la incuria del tiempo. Pero, pese al prurito cientifista y al propósito de objetividad, los conflictos ideológicos y políticos del siglo teñirán poderosamente sus producciones...

En este marco, anterior a la difusión de nuevas corrientes historiográficas como la de los Annales, debemos situar la obra de Zacarías García Villada (1879-1936), maestro de la paleografía española y de la historia eclesiástica de su tiempo. La obra que presentamos tiene un carácter didáctico e introductorio para los estudiantes de Historia y lectores cultos, que busca «iniciar en el modo de trabajar científicamente a todos aquellos que se dedican al estudio de la teología positiva, de la crítica textual, de las investigaciones históricas y, en parte, de sus ciencias auxiliares.» El autor examina con detenimiento las distintas fases del trabajo del historiador: heurística, crítica, síntesis y exposición, ocupándose especialmente de la primera de ellas, el trabajo con las fuentes. En todas ellas nos deja, sin embargo, interesantes reflexiones. 

Por ejemplo, al referirse a la síntesis y exposición: «La interpretación está expuesta a tres escollos que se han de evitar cuidadosamente. El primero es el prejuicio. Hay autores que emprenden la investigación de algún asunto con una idea preconcebida, de donde resulta que todo lo ven de un color. Éstos más que jueces son abogados o acusadores. El peligro mayor lo ofrecen aquellas tradiciones y acontecimientos que nos tocan más de cerca, y que a toda costa se quieren defender. También el prurito por dar al público algún descubrimiento desconocido y obtener cierta celebridad hacen que a veces se retuerzan y fuercen los argumentos, pretendiendo encontrar en ellos lo que no existe en realidad. El segundo escollo es la falsa inducción. Esto tiene lugar cuando de datos incompletos se pretende esclarecer completamente un documento o pasaje obscuro. (...) Sin rechazar por completo, y aun reconociendo la necesidad que hay a veces de llenar las lagunas históricas, aplicando el método inductivo, es del todo indispensable emplearlo con suma cautela y con las debidas precauciones. El tercer escollo es la falsa analogía. Hay hechos que presentan cierta semejanza, y es muy natural que el historiador se sienta impelido a explicarlos de la misma manera. Pero sucede con frecuencia que esa semejanza no es más que aparente o cuando más accidental.» (cap. XX, 102)

Otro ejemplo, curiosamente actual, al referirse al problema de los libros de texto y manuales, y la importancia de las clases prácticas: «La clase sola no basta para obtener la formación deseada, ya por el tono académico que en ella domina, ya por el gran número de alumnos que a ella tienen que concurrir, ya también por la pasividad e inactividad a que estos mismos alumnos están en ella sujetos por el hecho mismo de ser meros oyentes y recipientes de lo que dice el profesor. Entre nosotros suele haber además en varios casos otra dificultad, y es el libro de texto. En Alemania, donde el profesor se ve obligado a dar apuntes que son fruto sazonado de sus estudios e investigaciones propias, las clases son de hecho mucho más provechosas. Allí la ciencia no se queda petrificada en el libro de texto, sino que el profesor está obligado a seguir el movimiento de su ramo en las revistas que van apareciendo, y tiene que proponer al discípulo los últimos resultados histórico-bibliográficos.» (cap. XXII, 110)

El trabajo histórico que nos presenta esta obra, con sus luces y con sus limitaciones, es la de su tiempo. Pero éste va a acelerarse, agitarse y trastocarse: estamos en el umbral de las descomunales transformaciones del corto siglo XX, que se va a llevar por delante toda una época. Y también al propio García Villada. En mayo de 1931 perderá, por un incendio intencionado, toda su biblioteca y archivo paleográfico: más de 30.000 fichas y 2.000 diapositivas de códices medievales. Finalmente, una vez que España alcanza «la orilla donde ríen los locos» (Sender), será asesinado en octubre de 1936. En un momento (el actual) en el que vuelve a plantearse el establecimiento de interpretaciones canónicas del pasado (tanto si las llamamos memoria histórica o memoria democrática) resulta sugestivo considerar la defensa que hace García Villada de la historia como territorio compartido por historiadores de muy distintas ideologías: «Ante todo, es preciso tener bien presente que hay un terreno común a todos los historiadores, tanto ortodoxos como acatólicos, en el cual no cabe divergencia de ideas ni de procedimientos. Este es el terreno de la investigación. Los métodos empleados hoy día para determinar la autenticidad de un documento, la exactitud de un texto o la certeza de un hecho se basan en principios técnicos, taxativamente fijados, que deben ser empleados por todos indistintamente.» (cap. XXI, 105)

Incendio del ICAI de Madrid, con el archivo y biblioteca de García Villada

lunes, 2 de noviembre de 2015

Enrique Flórez, De la Crónica de los reyes visigodos

El padre Enrique Flórez por Andrés de la Calleja

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Con la denominación de Laterculus regum Visigothorum «conocemos un catálogo de los reyes godos que consigna la duración de sus respectivos gobiernos y que ha llegado hasta nosotros con notables diferencias según las versiones conservadas. Por lo general, el Laterculus regum Visigothorum se ha transmitido asociado al Líber Iudicum en los diferentes manuscritos que contienen este importante texto jurídico visigodo; en opinión de algunos autores, esta circunstancia se debe a que su finalidad era la de proporcionar una referencia cronológica a las leyes recopiladas en el Liber, correspondientes a distintos monarcas, imitando para ello la costumbre romana según el modelo representado por el Codex Theodosianus. (...)

»Uno de los primeros autores que profundizó con detalle en el estudio de esta fuente menor fue el agustino E. Flórez, a quien tanto debe la historiografía medieval española. Abundando sobre lo ya dicho por los escritores precedentes, Flórez destacó de manera especial la exactitud de las indicaciones cronológicas del catálogo real, si bien sus más interesantes observaciones tuvieron por objeto las cuestiones relativas a la autoría y época de redacción de esta pieza. El estudio interno del texto permitió a este investigador advertir tres etapas sucesivas en la elaboración del mismo, correspondientes a otros tantos autores distintos: una redacción fundamental, que abarcaría hasta incluir la mención de la subida al trono de Ervigio (a. 680) y que habría sido elaborada durante el reinado de este monarca; una primera continuación, anotada más tarde por distinta mano, alusiva a la elección y consagración de Egica (a. 687); y una segunda ampliación, añadida posteriormente para referir la consagración de Vitiza (a. 700), que Flórez considera obra de un escritor diferente a los dos anteriores. Por lo que respecta a la autoría concreta de las diversas partes, este investigador descartó razonadamente la tradicional atribución de su redacción fundamental a San Julián de Toledo o al supuesto prelado Wulsa, fruto este último de la errónea lectura del incipit en algunos manuscritos del Laterculus; de la misma manera, dudó Flórez en asignar respectivamente las dos continuaciones mencionadas a los obispos Félix y Gunterico —sucesores de San Julián en la sede toledana—, mostrando gran prudencia al incluir el catálogo real godo entre las obras anónimas de la época.»

Mario Huete Fudio, «Fuentes menores para el estudio de la historiografía latina de la Alta Edad Media hispánica (siglos VII-X)», Medievalismo, núm 4 (1994), pp. 5-26

Publicamos el estudio que le dedicó a este Catálogo de los reyes visigodos el padre Flórez en el tomo II de la España Sagrada, acompañado de la traducción que poco después publicó Masdéu, y la posterior edición de la obra por parte de Mommsen.

Códice Vigilano, fol. 145, Biblioteca del Escorial.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Cayo Salustio Crispo, La guerra de Yugurta

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En la presentación de La conjuración de Catilina ya presentamos a este sugestivo historiador, y a su carácter fundamentalmente propagandístico de sus ideas políticas y de su partido. En esta otra obra nos narrará, con el mismo talante, la guerra que había tenido lugar a fines del siglo II a. de C. en la Numidia vecina de la provincia africana de la República. Pero la narración de la historia del ambicioso Yugurta, se convertirá en buena medida en un medio para enaltecer el papel providencial del popular Mario, primero como segundo del aristócrata Metelo, y luego como cónsul, general en jefe, y superior del también aristócrata Sila. Falta más de una década para el inicio de las guerras civiles, pero sus protagonistas ya aparecen claramente delineados.

Salustio nos narrará la el desarrollo de la guerra hasta la captura del tirano. No nos cuenta, en cambio, el desenlace posterior, que tomamos del clásico Theodor Mommsen: «El gran traidor caía por traición de los suyos. Lucio Sila volvió al cuartel general llevando consigo encadenado al astuto e infatigable númida y a sus hijos, y de este modo concluyó la guerra al cabo de siete años de combates. La victoria fue unida al nombre de Mario: cuando hizo su entrada en Roma, el primero de enero del año 650 (de Roma), iba delante de su carro triunfal Yugurta y sus dos hijos, cargados los tres de cadenas sobre sus vestidos reales. Pocos días después, y por orden del mismo Mario, el hijo del desierto fue encerrado en un calabozo subterráneo en el antiguo sótano de la fuente capitolina (el Tullianum), en el baño helado, como lo llamaban los desgraciados, donde pereció estrangulado o se lo dejó morir de hambre y de frío.

»Para ser justos, conviene decir que Mario solo había tenido una parte menor en el buen éxito de esta empresa. La conquista de Numidia hasta el límite del desierto había sido obra de Metelo, y se debía a Sila la captura de Yugurta. El papel desempeñado por Mario entre los dos aristócratas no dejaba de poner en cuidado su ambición personal. Sentía despecho al oír a su predecesor vanagloriarse con el sobrenombre de Numídico, y después se enfureció cuando el rey Bocco consagró en el Capitolio un monumento votivo de oro, en el que representaba la entrega de Yugurta a Sila. Sin embargo, ante la mirada de jueces imparciales, las hazañas de Metelo y de Sila oscurecían las de Mario. Sobre todo Sila, en aquella brillante retirada a través del desierto, había demostrado a los ojos de todos, tanto del general como del ejército, su valor, su presencia de ánimo, su destreza y su poderosa influencia sobre los hombres. Sin embargo, estas rivalidades militares habrían sido una cosa insignificante, si no hubieran ejercido su influencia en las luchas de los partidos políticos: si Mario no hubiera servido de instrumento a la oposición para retirar el mando al general aristócrata, y si la facción reinante no hubiese hecho de Metelo y de Sila sus corifeos militares para elevarlos muy por encima del vencedor nominal de Yugurta.» (Historia de Roma)

sábado, 24 de octubre de 2015

Bernal Díaz del Castillo, Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva España

Rodolfo Galeotti, Retrato imaginario de Bernal Díaz

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Julián Marías, en su luminoso España inteligible. Razón histórica de las Españas, presenta así al autor y a la obra: «La historia verdadera de la conquista de la Nueva España es uno de los libros más apasionantes que se han escrito. Este soldado de Medina del Campo escribió ya viejo sus memorias de la increíble campaña de Hernán Cortés; era uno de los cuatrocientos cincuenta españoles que emprendieron la conquista del inmenso territorio. Hay que advertir desde luego que el descubrimiento y conquista de América no fue buen negocio para los que lo realizaron. Los esfuerzos, fatigas y padecimientos fueron increíbles. La distancia, las dificultades del terreno ―selvas, desiertos, cordilleras, ríos, animales feroces, mosquitos más feroces todavía―, sin contar los combates con los indios y de los españoles entre sí, tan frecuentes, ni los riesgos de la navegación transatlántica en veleros que rozaban las cien toneladas, todo ello hacía la vida de estos hombres extremadamente penosa, esforzada y peligrosa. Las probabilidades de sobrevivir eran mínimas, y bien lo sabían. Si se hiciesen cuentas, se encontraría que los descubridores y exploradores, en su inmensa mayoría, dejaron la piel en la empresa. El utilitarismo, la codicia, no es explicación suficiente.

»Fue decisivo el espíritu de aventura, el deseo de realizar hazañas extraordinarias y dignas de ser recordadas, el orgullo de pertenecer a una minoría capaz de grandes cosas. En el preámbulo de su historia, Bernal Díaz del Castillo habla de “los heroicos hechos y hazañas que hicimos cuando ganamos la Nueva España y sus provincias en compañía del valeroso y esforzado capitán don Hernando Cortés”; y anuncia que va a escribir como buen testigo de vista, “con la ayuda de Dios, muy llanamente, sin torcer a una partes ni a otra, y porque soy viejo de más de ochenta y cuatro años y he perdido la vista y el oído, y por mi ventura no tengo otra riqueza que dejar a mis hijos y descendientes, salvo esta mi verdadera y notable relación...” (…) Y añade: “Y porque haya fama memorable de nuestras conquistas, pues hay historias de hechos hazañosos que ha habido en el mundo, justa cosa es que estas nuestras tan ilustres se pongan entre las muy nombradas que han acaecido.” (…) El ejemplo de griegos y romanos, la voluntad de igualarlos o superarlos, aparece junto con los recuerdos de la caballería medieval y del Romancero, incluso en hombres de pocas letras, como Bernal Díaz del Castillo. (...)

»Al final de su historia, Bernal hace un balance conmovedor. Se dirige a la Fama, y le cuenta que en 1568 en que escribe su relación, de 450 soldados que pasaron con Cortés desde la isla de Cuba no quedan vivos más que cinco, “que todos los demás murieron en las guerras ya por sí dichas, en poder de indios, y fueron sacrificados a los ídolos, y los demás murieron de sus muertes; y los sepulcros que me pregunta dónde los tienen, digo que son los vientres de los indios, que los comieron las piernas y muslos, y brazos y molledos, y pies y manos, y lo demás fueron sepultados, y sus vientres echaban a los tigres y sierpes y halcones, que en aquel tiempo tenían por grandeza en casas fuertes, y aquellos fueron sus sepulcros, y allí están sus blasones.” Y de 1.300 hombres de Pánfilo de Narváez quedan vivos diez u once, y los 1.200 de Francisco de Garay, casi todos están muertos, y todos los quince de Lucas Vázquez de Ayllón. Y en una frase final, llena de veracidad y realismo, Bernal Díaz concluye: “Y a lo que a mí se me figura con letras de oro habían de estar escritos sus nombres, pues murieron aquella crudelísima muerte por servir a Dios y a Su Majestad, y dar luz a los que estaban en tinieblas, y también por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente venimos a buscar.” (...)

»Los descubridores y conquistadores hicieron pésimo negocio: los más consiguieron muerte desastrada, y los supervivientes, después de infinitos padecimientos y calamidades, algo muy parecido a la pobreza; querían evangelizar las Indias, servir al rey, alcanzar gloria y fama, realizar hazañas nunca vistas, tener aventuras, vivir con el alma en un hilo, descubrir novedades. Y además, jugar a la lotería de la riqueza, tener la esperanza de volver un día a Castilla, a Andalucía, a Extremadura, a la tierra vasca, llenos de recuerdos y con algún oro. En el fondo sabían que no lo iban a conseguir, que iban a dejar los huesos en América, y la carne en el vientre de un indio o un ave de rapiña; pero sin esa ilusión, ¿hubieran tenido arranque para pasar aquellos tártagos? Y todavía más, ¿hubieran sabido justificar aquella inverosímil aventura?»

Hasta aquí, Julián Marías. Una última observación; la Verdadera historia sorprende (y maravilla) con el tono coloquial que emplea el autor para referirnos sus descomunales remembranzas. Nos inunda y sumerge en una verborrea que subyuga, formada por incontables series de oraciones concatenadas (y… y… y...) a las que Bernal no sabe poner freno más que cortando el tema y cambiando de capítulo. El autor es consciente de su carácter reiterativo, pero sus frecuentes propósitos de ir a lo principal, de no repetir una y otra vez descripciones y enumeraciones, son siempre incumplidos. Por suerte, porque son estos rasgos los que permiten al lector incluirse en el corro de ávidos oyentes que, en torno al brasero, escuchan al viejo soldado…

Y ello, a pesar de que no dejan de percibir la molesta sospecha que también le surgió varios siglos después a Jorge Luis Borges en unas circunstancias comparables: «El coronel me recibió después de cenar. Desde un sillón de hamaca, en un patio, recordó con desorden y con amor los tiempos que fueron. Habló de municiones que no llegaron y de caballadas rendidas, de hombres dormidos y terrosos tejiendo laberintos de marchas, de Saravia, que pudo haber entrado en Montevideo y que se desvió, porque el gaucho le teme a la ciudad, de hombres degollados hasta la nuca, de una guerra civil que me pareció menos la colisión de dos ejércitos que el sueño de un matrero. Habló de Illescas, de Tupambaé, de Masoller. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi no quedaran recuerdos.» (La otra muerte, en El Aleph.)

No sabemos si este fue el caso de Bernal Díaz del Castillo, que también recordó (rehizo) con amor los tiempos que fueron.

Del Lienzo de Tlaxcala.