viernes, 26 de octubre de 2018

Ángel Pestaña, Setenta días en Rusia. Lo que yo vi


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Juan Avilés Farré, en su exhaustivo La fe que vino de Rusia. La revolución bolchevique y los españoles (1917-1931), publicada en 1999, señala que «Las primeras noticias de la revolución rusa que en marzo de 1917 llegaron a España no causaron una gran impresión. Rusia era un país lejano del que poco se sabía, y toda la atención que los españoles prestaban a los acontecimientos internacionales se concentraba en un tema que se discutía apasionadamente: la Primera Guerra Mundial. Para unos, Francia encarnaba la libertad y el progreso, para otros, Alemania encarnaba el orden y la autoridad, así es que la cuestión de la guerra se incorporó al debate político interno (…) A través del apasionado prisma del debate entre aliadófilos y germanófilos fue como juzgó la opinión española las noticias que iban llegando, con retraso y de manera confusa, acerca de los acontecimientos revolucionarios que tenían lugar en la lejana Rusia.» Por otra parte, solo hubo una periodista española presente en la revolución, la corresponsal del diario ABC Sofía Casanova.

Naturalmente, con la toma del poder por parte de los bolcheviques y el inicio de la construcción de lo que se presenta como la primera sociedad comunista, el interés crece por parte de los distintos movimientos revolucionarios españoles, tanto los de signo marxista como los de tendencia anarquista. Las expectativas y entusiasmo que que despierta son enormes, y ello motivará dos expediciones que tuvieron lugar en 1920, coincidiendo con el final de la guerra civil rusa y de la guerra contra Polonia, en un momento en que parece que el nuevo régimen se afirma definitivamente. Por ello socialistas y anarquistas, de modo independiente, aprueban su adhesión provisional a la III Internacional, y envían sus respectivos representantes. El anarcosindicalista Ángel Pestaña, relojero de oficio y publicista, había sido comisionado por la CNT, y llegó a Rusia en junio. Fernando de los Ríos, catedrático de Derecho y diputado en Cortes, lo hizo en octubre encabezando la delegación del PSOE. Ambos escribieron numerosos informes, artículos y libros sobre su experiencia.

Presentamos hoy la primera de las dos obras que Ángel Pestaña (1886-1937) le dedicó. Setenta días en Rusia. Lo que yo vi, fue publicado en 1924; Setenta días en Rusia. Lo que yo pienso, lo fue en 1929. Durante su estancia estuvo en continuo contacto con dirigentes y funcionarios del nuevo estado, pero también con los cada vez más escasos, limitados y reducidos a la inacción opositores anarquistas o de otras tendencias revolucionarias. Entre ellos, con Kropotkin y su hija Sacha, que ejerce de traductora en ocasiones. La valoración que hace de la naciente Rusia leninista es ambivalente. Al narrar su marcha de Rusia, Pestaña escribe: «Tras nosotros quedaban, a despecho de la dictadura del proletariado, de la Cheka y de las persecuciones y arbitrariedades bolcheviques, los gérmenes de un mundo nuevo, los fulgores de una resplandeciente aurora social. El gesto más grande que por su liberación hiciera ningún pueblo. No importaba que el insano fanatismo de un partido hiciera malograr ese gesto; el pueblo lo había hecho, y esto era lo más interesante para quienes siempre hemos tenido fe en el pueblo.» Juan Aviles Farré concluye: «Antes de que partiera de Moscú, la prensa española ya había informado de su decepción y de una carta suya a la CNT, que no se había publicado pero de la que no era un secreto que mostraba su disconformidad con la III Internacional.»

Coincidencias entre conservadores y anarquistas. Hergé: Tintín en el país de los Soviets.

viernes, 19 de octubre de 2018

Antonio Tovar, El Imperio de España


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Resulta innecesaria cualquier referencia a la altura intelectual y realizaciones del lingüista, catedrático y académico Antonio Tovar (1911-1985). Pero hoy rescatamos una obra de juventud escrita durante su etapa de propagandista de Falange, en la que ocupa importantes cargos en el equipo de Dionisio Ridruejo. Al igual que él, pronto será apartado en la jerarquía del régimen, pero mientras que Ridruejo marchará a la División Azul, evolucionará hacia la oposición al franquismo y dejará una estimable obra literaria, Tovar se empeñará en una labor científica de gran valor. Sin embargo, lo que hoy nos ocupa es una obra menor (que podemos imaginar rechazada por el Tovar posterior), que se publica como folleto anónimo de propaganda a fines de 1936, ya con su firma en 1937 en la revista FE, y posteriormente en 1940, ampliada con cinco conferencias.

La obra recoge un resumen de la historia de España: la interpretación falangista ortodoxa de primera hora, en buena medida deudora de Ramiro Ledesma y Giménez Caballero. Y, naturalmente, contiene todas las características propias del nacionalismo exacerbado: la existencia secular de la nación, que se percibe no sólo como una realidad superior (y más real) que los individuos que la componen. Su sentido ontológico propio (la unidad de destino en lo universal joseantoniana), al que deben contribuir con esfuerzo y devoción sus miembros, pero que también puede ser abandonado y traicionado, con la consiguiente ruina y decadencia de la nación, como ocurrió en el pasado y casi hasta el presente... Sin embargo, más decisivo fue en este sentido fue el ataque de los rivales, de los enemigos exteriores, envidiosos de nuestros éxitos y conjurados en nuestra destrucción… El remedio estará, por tanto, en imponer los objetivos propios de la nación mediante un esfuerzo unitario y violento de todos los nacionales. ¿Y cuál es el objetivo, el sentido del imperio español? Naturalmente, los ideales de la contrarreforma, interpretados ante todo como intolerancia, paradójicamente al modo de los que la rechazan: «prefiero el tremendo Felipe II de la leyenda negra al Felipe II un poco ñoño de los historiadores favorables.»

Y, para terminar, aun cabe otra reflexión sobre la íntima coincidencia argumental de los nacionalismos. Las últimas semanas las hemos dedicado en Clásicos de Historia al nacionalismo catalán. Puede resultar revelador (o a lo menos entretenido) enumerar las abundantes similitudes con la interpretación de la historia de Cataluña que realizó Rovira y Virgili, a pesar de presentarse como radical y conscientemente contrarias. En ambas se parte de la preexistencia de la nación, que en buena medida se articula a través del idioma; en ambas se añora la época espléndida y de plenitud que, en el pasado, supuso convertirse en cabeza de imperio; en ambas esta merecida posición fue truncada por la envidia y odio de los contrarios; en ambas abundan los connacionales débiles o traidores, que deben ser vencidos y convencidos; en ambas se constata la firme resolución presente de lograr por cualquier medio el restablecimiento del elevado papel que en justicia le corresponde a la nación.

viernes, 12 de octubre de 2018

Antonio Royo Villanova, El problema catalán y otros textos sobre el nacionalismo


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La semana pasada constatábamos cómo los argumentos históricos, culturales y políticos con los que Antonio Rovira y Virgili defendía sus planteamientos nacionalistas hace un siglo son en buena medida los mismos que se utilizan hoy en día. Esta pervivencia quizás se deba a que el nacionalismo catalanista es ante todo un creencia, la asunción voluntaria por parte de sus seguidores de un complejo ideológico que se percibe como bueno, como verdadero, y ―lo que quizás sea más decisivo― evidente. De este modo, cualquier crítica a sus presupuestos tiende a desecharse, y pueden atribuirse motivos espurios a sus opositores. Ahora bien, en las críticas al catalanismo nacionalista también observamos un fenómeno paralelo: sus argumentos tienen también una larga vida, en buena medida porque también suelen realizarse desde una postura nacionalista contrapuesta. También insisten en unos presupuestos verdaderos, buenos y evidentes. Quizás la única diferencia estriba en que al partir de un nacionalismo que considera Cataluña y lo catalán como parte constitutiva de España, no necesita multiplicar los gestos de desprecio y descalificación a que se sienten obligados sus oponentes…, pero en cuenta abunda en gestos de ofensa y escándalo. Lo constataremos en la obra de esta semana.

El zaragozano Antonio Royo Villanova (1869-1958), catedrático de derecho administrativo, periodista, político, ministro…, dedicó considerables energías al ya entonces llamado problema catalán. Procedente del ala izquierda del partido liberal, será partidario de la descentralización al modo de Joaquín Costa, al que admira y trata (y que le prologará una de sus primeras obras), aunque se mostrará crítico con los proyectos rivales del conservador Maura. Opositor a la dictadura de Primo de Rivera, recibirá con entusiasmo la proclamación de la segunda República, y será elegido diputado en las Cortes Constituyentes. Desarrollará una abundante actividad en el parlamento y en los periódicos para manifestar su rechazo a la aprobación del Estatuto catalán, siendo considerado como uno de sus más acérrimos opositores. Todavía hoy se le percibe así desde algunos sectores, quizás algo excesivamente. Así, en un reciente número de una revista universitaria de Historia contemporánea―, se le califica como «furibundo anticatalanista», y se titula/define el artículo que le dedican con la expresión «A sangre y fuego», que parece proceder de una cita de la anarquista Solidaridad Obrera que Royo reproduce en uno de los artículos que publica en el izquierdista diario La Libertad. Todo ello parece un poco excesivo.

Incluimos los siguientes textos: El problema catalán (impresiones de un viaje a Barcelona), de 1908, centrado en el triunfo electoral de Solidaridad Catalana, la exitosa coalición construida por catalanistas, carlistas, y un sector del republicanismo, que constata el principio del fin del tradicional y manipulado régimen de elecciones desde la Restauración. Una década después pronuncia en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación la conferencia Las bases doctrinales del nacionalismo (enero de 1917); se manifiesta un deterioro progresivo del sistema (que ese mismo año se agudizará), pero Royo todavía es optimista ante la deriva del catalanismo. La situación cambia desde la proclamación de la República, quince años después, y surge el Royo más bronco ante lo que percibe como cesiones perjudiciales al nacionalismo catalán. Diputado en las constituyentes, desarrollará una considerable campaña en este sentido. Publicamos los artículos que con este tema publica en el diario La Libertad, que hemos mencionado antes, durante los años 1931 y 1932, y su Discurso sobre el Estatuto de Cataluña, en las Cortes (27 de mayo de 1932).


Gracia y Justicia, 7 de mayo de 1932

viernes, 5 de octubre de 2018

Antonio Rovira y Virgili, El nacionalismo catalán. Su aspecto político. Los hechos, las ideas y los hombres


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El publicista y político Antonio Rovira y Virgili (1882-1949), que había evolucionado desde el federalismo republicano hasta la Lliga de Prat de la Riba y de Cambó (de la que separará poco después) presentó en la obra que comunicamos, de 1917, la plasmación aparentemente definitiva del movimiento nacionalista catalán. Es un nacionalismo esencialista, voluntarista, predestinado, que parte de la asunción de una verdad absoluta evidente por sí misma: «Estamos en presencia de la reformación de un pueblo, de la reencarnación de un alma nacional. Cataluña vuelve a ser una nación. No es una teoría. Es un hecho vivo. Y constituye un crimen de lesa libertad, de lesa cultura, de lesa humanidad contrariar este movimiento.» «Desde el punto de vista político, no se trata ya de una cuestión de doctrina, ni de historia, sino de un hecho. La doctrina puede ser discutida, la historia puede ser interpretada diversamente. Pero el hecho no puede negarse: y este hecho es que Cataluña reclama su autonomía plena, política y espiritual. Los políticos y los escritores de la España castellana tienen derecho a discutir nuestras teorías. No lo tienen a oponerse a nuestra voluntad.»

La verdad del hecho nacional, la nacionalidad catalana existente desde la noche de los tiempos (los catalanes son la autentica etnos ibérica), deviene así en una certidumbre, y es indiferente constatar la irrelevancia de la idea nacionalista en el pasado. Cataluña es una realidad objetiva en sí misma, independiente de los meros individuos que la habitan. No es significativo el hecho de que muchos de ellos se sientan españoles o franceses o valencianos; no tienen importancia sus preferencias, gustos, deseos, tanto de ellos como se sus antepasados. Es más, el único criterio válido que parece desprenderse para enjuiciarlos es el siguiente: en su vida, en sus acciones, ¿han contribuido a la afirmación de la nacionalidad, la cultura, la realidad catalana? ¿O se han convertido en un factor de desnacionalización? Pero el nacionalismo catalán es pancatalanista: «para el nacionalismo catalán, Cataluña es una nación formada por cuatro regiones: el Principado de Cataluña o Cataluña estricta, Valencia, las Baleares y el Rosellón.»

Resulta muy significativo el resumen de la historia de Cataluña que ocupa la primera parte de la obra: «El nombre de Aragón y el de aragonés, aplicados a la Confederación catalano-aragonesa y a sus hombres y cosas, no es sino una abreviatura, una designación oficial y diplomática, una denominación convencional, artificial. Pero si se quiere significar, con un nombre solo, el espíritu, la esencia, la médula de la Confederación y de las obras que realizó, entonces debe decirse Cataluña y catalán.» «La cultura francesa y la castellana balbuceaban todavía, cuando ya se hallaba la cultura catalana en plena juventud.» «De algunos de aquellos monarcas, como Jaime I, Pedro III y Martín I, podríamos decir, sin sonreírnos, que eran, no ya catalanes, sino catalanistas. Sus repetidas querellas con los nobles aragoneses son algo así como un antecedente, como una iniciación del secular desacuerdo, profundamente psicológico, entre Cataluña y Castilla.» «Todos los historiadores y tratadistas que han estudiado las instituciones políticas de la Cataluña medioeval, convienen en que nuestra nación fue un modelo de democracia.» Y así sucesivamente hasta que se produce «el fin de la nación catalana», naturalmente por factores espurios, ya sean foráneos (el aragonés Benedicto XIII y el castellano Fernando de Antequera) o traidores (el valenciano Vicente Ferrer)», que provocarán «la castellanización espiritual y política.» Pero el Genio de la nación renacerá…, es el resurgir del nacionalismo que se expone (es quizás lo más interesante) en la segunda parte.

En relación con esta (y todas las demás) interpretaciones nacionalistas e ideologizadas, quizás venga a cuento este pasaje de Emilio Gentile, en las consideraciones finales de su Fascismo. Historia e interpretación: «Evidentemente el historiador no puede eliminar de su mente y su personalidad del estudio del pasado, pero puede esforzarse en no reconstruir el pasado a su imagen y semejanza evitando estudiar la Historia para encontrar complacido, como hacía la reina de Blancanieves interrogando al espejo mágico, la conformación de sus propios prejuicios, sus propios deseos, sus vanidades y ambiciones (…) Creo que el historiador, y sobre todo el historiador del pasado contemporáneo, no debería buscar en la Historia el eco de sus propios prejuicios, el aplauso de sus propios ideales, el pasatiempo para sus propias fantasías y ni siquiera la ocasión para remodelar la humanidad a su imagen o pronunciar veredictos inapelables como un dios joven al inicio de la creación o al final del Juicio Universal. En un debate sobre Historia Contemporánea, hace algunos años, tuve la ocasión de decir que el historiador de nuestro tiempo tiene una enorme responsabilidad que sólo puede ser llevada con un estricto sentido de la humildad en comparación con la propia tarea, que no es la de pedagogo, profeta, moralista o justiciero, sino la tarea del conocimiento racional del pasado humano incluso en sus manifestaciones más cerriles.»

Quince años después: L'Esquetlla de la Torratxa, 1932

viernes, 28 de septiembre de 2018

José del Campillo, Lo que hay de más y de menos en España, para que sea lo que debe ser y no lo que es


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En un libro algo anterior al que hoy comunicamos, España despierta, José del Campillo había escrito: «Voy a escribir de España, contra España (y para España), tres circunstancias que aunque parece no se convienen, haré por manifestar cómo se conciertan. Escribo de España lo que no quisiera escribir, escribo contra España porque la retrato tan cadavérica como hoy está, y escribo para España deseando sea lo que debe ser. De España escribo, no como debiera España merecer que se escribiese, sino como lo pide su lastimosa presente situación. Contra España escribo según merece el descuido de su angustia, pero esto es más para despertarla que para ofenderla; y por esto escribo para España, porque notar el daño y advertir el remedio es más admirable efecto del amor que horrible producto del vituperio.»

Cuando escribe sus obras José del Campillo y Cossío (1693-1743) ha alcanzado la cima de su carrera administrativa durante el reinado de Felipe V. Se inició en labores de gestión de la armada y astilleros, y ocupó progresivamente diversos cargos por toda la monarquía: Cuba, Italia, intendente en Aragón… En 1739 es nombrado secretario de estado de Hacienda, y en 1741 del despacho universal y de Marina, guerra e Indias. Durante dos años, hasta su prematura muerte, dirige el gobierno del imperio. Sus escritos pueden interpretarse como el programa de su acción gubernamental, centrada ante todo en el remedio y mejora de la economía, aunque sus intenciones se vieron obstaculizadas por la intervención en la guerra de sucesión austriaca.

En su Lo que hay de más y de menos en España, para que sea lo que debe ser y no lo que es (1742), Campillo nos manifiesta su talante reformista e ilustrado: «Si todo español verdaderamente instruido tomase a su cargo el declamar con fervor contra aquel descuido, vicio, omisión o defecto en que con más continuación delinquiesen sus paisanos, inclinándolos al aborrecimiento de la pereza y dirigiéndolos a la estimación de la diligencia, tal vez serían más liberales que los flojos, porque una incesante persuasión hasta en los brutos se imprime, pero si los consejeros duermen, si los ministros sueñan y los magistrados descansan cuando lo demás del reino delira, no puede sobrevenir a tan remiso desmayo más que un torpe paroxismo. Estén entregadas a éste aquellas naciones que no tienen aliento en el corazón, vigor en el brazo, poder en el ingenio y nervio en el Erario, pero quien todo esto tiene y tan acreditado como en España, se considerará su flojedad como monstruosa destemplanza si en las otras se advierte como naturaleza.»

Y poco después: «Yo escribo lo mismo que siento, aunque siento haya verdadera causa para lo que escribo. No guardaré aquellos aparentes respetos que dicta la adulación, porque entonces faltaría a las leyes de la verdad, ni se conocerá en mis proposiciones otra aceptación que la que influye el aprecio que hago de lo verídico. Como esta idea es más para ejemplo que para diversión, sin el molde, mi cuidado lo sabrá poner donde me sobreviva sin dar en las manos de quien por enemigo de la patria la devorase.»

Los ideales de estos primeros reformistas seguirán presentes durante mucho tiempo. Un anciano Francisco de Goya (medio siglo más joven que Campillo) los representa para cerrar, con un patente anhelo de esperanza, sus aciagos Desastres de la guerra. Es el grabado 82: Esto es lo verdadero, en el que afirma el único remedio para una España destrozada, la unión de la Paz con el Trabajo, naturalmente representado como un agricultor. Quizás resulta premonitorio de la posterior historia de la España contemporánea, el que este grabado fuera suprimido en las colecciones que se imprimieron y comercializaron más tarde.


viernes, 21 de septiembre de 2018

Miguel Serviá, Relación de los sucesos del armada de la Santa Liga, y entre ellos el de la Batalla de Lepanto, desde 1571 hasta 1574

Jacopo Bassano, Un franciscano

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Miguel Serviá, natural de Mallorca y franciscano, fue uno de los capellanes de Don Juan de Austria que le acompañaron durante las campañas mediterráneas que encabezó contra los turcos, a raíz de la formación de la Santa Liga, compuesta por Venecia, la Santa Sede, y la Monarquía Hispánica. Fue anotando brevemente los principales recursos, mandos, operaciones y acontecimientos, con ocasionales referencias a los lugares que recorre, de los que gusta añadir pequeñas pinceladas repletas de referencias a la Antigüedad, típicamente renacentistas. El relato se trunca con la muerte del autor en Palermo en 1574.

Rafael Altamira, en su Historia de España y la civilización española, nos valora los acontecimientos del siguiente modo, a partir de la exitosa defensa de la isla de Malta: «Esta victoria libró, indudablemente, al Mediterráneo occidental, de convertirse en un mar turco; pero no quebrantaba por completo el poderío del imperio de Constantinopla, el cual siguió extendiendo sus conquistas y desembarcos por el archipiélago griego y el Adriático, atacando principalmente las posesiones venecianas. Al amenazar seriamente la isla de Chipre (1569), que pertenecía a Venecia, esta república pidió auxilio al Papa (Pío V), quien a su vez excitó el celo del rey español para que apoyara una acción decisiva contra los turcos. Felipe (II) contestó afirmativamente, viendo en esto una ocasión de aniquilar el poder turco. Se concertó una liga entre el Papa, España y Venecia, y, predicada la cruzada contra los turcos, formóse una escuadra poderosa, de 264 naves mayores y menores con 79.000 marineros y combatientes, cuyo mando tomó un hijo bastardo de Carlos I, Don Juan de Austria, de quien volveremos a hablar más adelante. La escuadra zarpó de Mesina y se dirigió hacia Grecia, encontrando a la turca en el golfo de Lepanto, donde se dio una terrible batalla (7 de Octubre de 1571) completamente favorable a los cristianos, merced al ardimiento que a sus tropas comunicó Don Juan, y a la serenidad y táctica de Don Álvaro de Bazán. En esta batalla luchó y quedó manco a consecuencia de una herida, Miguel de Cervantes.

»Por segunda vez, España libraba del peligro turco a Europa: pero, como a menudo ocurre en casos semejantes, de la victoria de Lepanto no se sacaron todas las consecuencias políticas que naturalmente pudo producir. En vez de proseguir la campaña, el Rey dio orden a Don Juan para que se retirase hacia Túnez. Contribuyeron a esta decisión varias causas: la muerte de Pío V, que quebrantó la liga; el acomodamiento buscado por Venecia con el Sultán turco; los graves sucesos de Holanda, que preocupaban mucho a Felipe y distraían las fuerzas, y el recelo que el monarca tenía por los planes ambiciosos de su hermano. Don Juan, en efecto, soñaba con reconquistar a Constantinopla, restaurando el antiguo imperio bizantino, y para esto hallaba apoyo entre los personajes de la curia romana, y el clero en general. Pero Felipe no envió los socorros pedidos, y Don Juan tuvo que desistir, dirigiéndose a Túnez (octubre de 1575), cuya capital tomó, trocando su primer sueño por el de un imperio en el norte de África. Tampoco le alentó en esto su hermano. Le ordenó que arrasase las fortificaciones de Túnez, y Don Juan desobedeció la orden, dejando en la plaza una guarnición de 8.000 españoles. El monarca suprimió de raíz todo auxilio, y Don Juan tuvo que renunciar al desarrollo de sus planes. Un año después, Túnez y la Goleta caían nuevamente en poder de los turcos.»

Contemporáneo a los acontecimientos, Juan de Mariana, en su Historia General de España, refleja el entusiasmo que se generaliza a partir de la Batalla de Lepanto: «En conclusión, esta victoria fue la más ilustre y señalada que muchos siglos antes se había ganado, de gran provecho y contento, con que los nuestros ganaron renombre no menor que el que los antiguos y grandes caudillos en su tiempo ganaron. Grandes fiestas y regocijos, llegada la nueva, se hicieron por todas partes, dudo que a los herejes no les fue nada agradable. Diose esta batalla a 7 de octubre; en Toledo se hace fiesta y se celebra la memoria de esta victoria cada un año el mismo día.»


viernes, 14 de septiembre de 2018

Benito Jerónimo Feijoo, Historia, patrias, naciones y España


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Escribió Julián Marías en su España inteligible: «…Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) representa mejor que nadie la nueva época. El espíritu de renovación en lo político y económico es lo que interesa a Macanaz; para Feijoo de trata de las ideas, de la Ilustración, dentro del catolicismo más abierto pero no menos ortodoxo que el de los tradicionalistas. En rigor, lo que pretende Feijoo en su Teatro crítico y en sus Cartas eruditas y curiosas es librar a los españoles de los “errores arraigados”, lo que llamaríamos hoy creencias sociales erróneas. La Inquisición, piensa Feijoo, ha impedido el desarrollo de la herejía en España, que apenas ha caído en pecados contra la fe por defecto; pero no por exceso, es decir, de superstición; los españoles no han dejado de creer en lo que hay que creer, pero han caído en creer muchas cosas indebidas; por otro camino, están en estado de error (…) Y hay un aspecto de la obra de Feijoo, a quien no se suele considerar un gran escritor, que nos llena de asombro: la extraña actualidad de su prosa, que leemos con naturalidad, casi como si se hubiera escrito en nuestro tiempo (…) Y cuando se piensa que se imprimieron y vendieron, en medio siglo, unos 400.000 volúmenes de escritos de Feijoo, en un país cuya población apenas rebasaba los diez millones, con un predominio rural como toda Europa, y por tanto un número reducido de lectores potenciales, asombra la amplitud de su influjo.»

La diversidad de cuestiones que interesan a nuestro autor es sorprendente, aunque predominan temas científicos (especialmente médicos) y tecnológicos, así como lo que podríamos denominar sociológicos, destinados a erradicar las falsas creencias y supersticiones. En esta ocasión hemos seleccionado del Teatro crítico universal (ocho tomos, 1726-39, con adiciones posteriores), un puñado de discursos para desengaño de errores comunes, centrados en las cuestiones históricas que preocupaban especialmente al benedictino: relacionadas con el método y sentido (Reflexiones sobre la Historia, Divorcio de la Historia y la Fábula…), defensa y justificación de España (Glorias de España, Españoles americanos…), sin caer en excesos y exclusiones (Amor de la patria y pasión nacional, Mapa intelectual, y cotejo de Naciones, Antipatía de franceses y españoles…), y otros relacionados (Defensa de las mujeres, Apología de algunos personajes famosos en la historia, Solución del gran problema histórico sobre la población de la América…)

Para explicitar la posición de Feijoo ante lo que más adelante se llamará el problema de España, Julián Marías cita las páginas de dedicatoria a Fernando VI en el tercer tomo de sus Cartas eruditas y curiosas, «tan iluminadoras de la continuidad sin ruptura con que se veía la historia de España, desde la Reconquista, con la cual empareja la empresa de paz y prosperidad de Fernando VI; se mira el pasado reciente (tal vez excesivamente prolongado) como un tiempo de humillación y abatimiento, como un contratiempo histórico, debido a “accidentes adversos”; se señala que esta Nación ha estado “como despreciada de las demás”; y se confía en que verdadera realidad sea pronto restaurada. La presencia de los factores económicos en la mente de este religioso es un signo del tiempo; y no lo es menos su profunda estimación, incluso espiritual, de la riqueza, preferida por él a la pobreza obligada, a la falta de lo necesario. Y su ardiente entusiasmo por la paz, su convicción de que la guerra es un mal para todos, hasta para los vencedores, su esperanza de que haya llegado la época en que los poderosos de la tierra lo comprendan así.»