viernes, 26 de junio de 2020

Herblock (Herbert Block), Viñetas políticas 1930-2000

Herblock, por Jim Borgman
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En el número correspondiente al 12 de julio de 1954 de la revista Noticias de Actualidad de la Embajada de Estados Unidos en Madrid, apareció un artículo sin firma sobre Herbert Block (1909-2001) con el título Caricaturista premiado, que reproducimos a continuación:

Herbert Lawrence Block, caricaturista del periódico Washington Post, cuyos trabajos, con el seudónimo de Herblock, aparecen de vez en cuando en NOTICIAS DE ACTUALIDAD, acaba de ganar un Premio Pulitzer de 500 dólares (20.000 pesetas) por su notable labor como caricaturista durante el año 1953. La caricatura que le ha reportado este galardón se refiere a la muerte de Stalin y se publicó el día 5 de marzo del año pasado. En ella aparecía la encapuchada figura de la muerte diciéndole a Stalin: «José, tú siempre fuiste un gran amigo mío.» Los Premios Pulitzer de Periodismo y Letras, recompensas altamente apreciadas en los Estados Unidos, son conferidos anualmente, desde 1917, por la Universidad de Columbia, que tiene su sede en la ciudad de Nueva York.

Los dibujos de Herblock se publican el mismo día en unos 150 periódicos de los Estados Unidos, en la edición de París del New York Herald Tribune, en el Rome Daily American y en cierto número de periódicos canadienses. Casi a diario, la oficina del periódico de Washington recibe llamadas telefónicas de gentes deseosas de felicitar a Herblock por «haber dado en el clavo» con su caricatura. Las cartas elogiosas, y a veces de censura, que se reciben en la redacción, proceden de lugares tan distantes como Alemania y Filipinas. Una dama escribió en cierta ocasión, desde Italia, lo siguiente: «Me gustan sus caricaturas porque tienen un interés internacional. Soy italiana, pero si fuera holandesa o china gozaría con ellas en la misma medida.»

Herblock parece haber llegado a la eminente posición que ocupa sin ningún presentimiento particular de su destino, aun cuando siempre se sintió inclinado hacía el arte. Hijo de un químico de Chicago, comenzó a dibujar para el periódico de su escuela y continuó haciendo caricaturas en el Colegio de Lake Forest (Illinois). Una vez terminados sus estudios, consiguió empleo en el Daily News de Chicago. En 1933 ingresó en la Newspaper Enterprise Association, sindicato que vendía sus trabajos a 700 periódicos de diferentes partes de los Estados Unidos. Permaneció en esta organización hasta el año 1943, en que se alistó en el Ejército. Durante la segunda guerra mundial, fue destinado como caricaturista al periódico del Ejército Yank.

Después de la guerra, Eugene Meyer, propietario del Washington Post, invitó a Herblock a ir a Washington. El periódico no había tenido caricaturista desde hacía varios años. Los dos hombres hablaron durante una hora de las cuestiones mundiales y la conversación vino a recaer sobre un contrato entre ambos. Herblock dijo: «Mire, antes de pasar adelante, permita que le envíe unas cuantas caricaturas y así podrá usted ver si le gusta mi trabajo.» Mayer contestó rápidamente: «Y yo le enviaré algunos de nuestros editoriales para que usted pueda ver si le gustamos.» Tal conversación fue una confluencia de opiniones que ha subsistido. El periódico deja a Herblock dibujar lo que quiera, ya sea que zahiera a los republicanos, a los demócratas, a la política de los Estados Unidos, a los miembros del Congreso e incluso al propio Presidente. Uno de los tipos famosos de sus caricaturas es «Mr. Bomba Atómica» que tiene el cuerpo en forma de torpedo y una expresión facial humana y amenazadora. Frecuentemente emplea este símbolo para subrayar la necesidad de una inteligencia entre las naciones.

Herblock está asediado siempre por personas que desean saber cómo se le ocurren sus ideas. La sencillez de su respuesta —leyendo los periódicos, escuchando la radio y conversando con gente— parece desilusionar a los consultantes. Herblock, hombre alto, delgado, de aspecto modesto y ojos tristes, es soltero. Juega al golf sin interés y le gusta el cine. Uno de sus mayores placeres es deambular por las galerías de arte de Washington donde se detiene, a veces media hora, ante uno de sus cuadros favoritos. Su trabajo como caricaturista constituye para él la cosa más importante de su vida, y su única ambición es perfeccionar su técnica.

Sello conmemorativo del 175 Aniversario (1966) de
la Declaración de Derechos, diseñado por Herblock.

viernes, 19 de junio de 2020

Aníbal Tejada, Viñetas políticas en el ABC republicano (1936-1939)

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Francisco J. Espinosa-Etxenike presenta así a nuestro clásico gráfico de esta semana en su Viñetas de guerra en el ABC republicano (1936-1939), publicado el pasado año: «Las viñetas de ABC tuvieron un nombre propio, Aníbal Tejada. El ejemplar del 14 de abril de 1937, sexto aniversario de la Segunda República, recoge en primera plana la lista de componentes de redacción. En ella aparece Aníbal Tejada como dibujante. Tejada nació en 1897 en Argentina y existen pocos datos biográficos acerca de este artista. Por lo que se sabe de él, fue un creador muy prolífico que, ya en la década de los años 20, desenvolvió su actividad como fotógrafo, ilustrador y cartelista. La primera referencia de Tejada en ABC la encontramos el 28 de octubre de 1923 como autor de la ilustración de la portada de ese día, con un trabajo titulado La vendimiadora. (...)

»Con el inicio de la Guerra Civil, Tejada volcó gran parte de su actividad en las páginas del ABC republicano, aunque también colaboró con otros medios como en la publicación humorística No Veas. Fue el primer director de la sección de dibujo y pintura de Altavoz del Frente, creado en agosto de 1936. Como responsable de cultura de la 75 Brigada Mixta de la República, fue el alma mater de Balas Rojas, la publicación de la brigada, cuyo primer número (de un total de 29) vio la luz el 20 de febrero de 1937. A modo de «hombre orquesta», Tejada trabaja en Balas Rojas como redactor, dibujante, fotógrafo y diagramador. Esta actividad de Tejada en el frente da idea de su dimensión como creador de propaganda de guerra, cuyos objetivos primordiales consistían en algunos de los objetivos anteriormente mencionados, como mantener la moral alta en el frente y en la retaguardia (...) Al finalizar la guerra, Tejada fue encarcelado y puesto en libertad poco después. Parece que su condición de argentino le ayudó a resolver el trance, pues Franco pretendía establecer una alianza con el país sudamericano después de la contienda. Posteriormente, Tejada trabajó para la agencia Gisbert. No existen apenas datos acerca de las circunstancias de su muerte en los años 70.

»A partir del 29 de octubre de 1936, Aníbal Tejada comienza a publicar sus viñetas como dibujante de cabecera del rotativo madrileño y, desde el comienzo, lo hace prácticamente a diario, con una publicación de entre 20 a 25 viñetas cada mes durante la mayor parte de la guerra. A partir de enero de 1938, el volumen de trabajo de Tejada decreció lentamente (excepto julio y agosto). En julio de 1938, ABC publicó la última viñeta de otros autores, con lo que Tejada se convirtió en la única referencia en este terreno. El 14 de setiembre de 1938, Tejada también publicó su última viñeta previa a un periodo de total inactividad de cuatro meses en los que ABC no publicó una sola caricatura, probablemente debido a su actividad periodística en Balas Rojas y a su enfermedad posterior. Tejada reapareció con un dibujo publicado el 21 de enero de 1939, ausencia que el propio periódico excusaba por razones de enfermedad. La última viñeta firmada por este autor fue publicada el 5 de marzo de 1939, la misma fecha en la que se produjo el golpe del coronel Casado contra el Gobierno republicano de Negrín. Este último trabajo consistió en una llamada de atención a la retaguardia. Aparecía una mano blandiendo un enorme garrote en el que aparecía inscrito el lema Dignidad Ciudadana. En la parte inferior, la consigna rezaba: Contra el bulista empleemos un solo argumento: ¡Aplastarlo!

»Tejada destacó por su producción como cartelista y este hecho se refleja en sus viñetas. Estas se caracterizan por la presencia constante de elementos de movilización y de denuncia. Sus dibujos de trazo fuerte tienden a la utilización de figuras hercúleas para representar conceptos generales como República, España, Pueblo, Ejército del pueblo, Frente Popular o Madrid. En la otra cara de la moneda, Franco, Mussolini, Hitler o el ejército faccioso aparecen bajo figuras grotescas y ridiculizadas. En el caso de Franco, Tejada lo representa durante toda la guerra protegido con un casco prusiano en el que aparece grabado Von Franko, es decir, con una grafía que lo sitúa como lacayo de los intereses superiores de Alemania. Los mensajes son literales y directos e introduce los propios términos escritos dentro de sus viñetas para una directa identificación de los objetos y personajes que aparecen en ellas. Esta inserción de palabras identificativas dentro de las viñetas se convierte en un elemento importante que, en aquel momento, contribuye al proceso de alfabetización de los soldados en el frente y de los lectores en la retaguardia, ya que es importante entender el elemento textual para comprender el conjunto de la caricatura.»

Balas Rojas, septiembre de 1938.

viernes, 12 de junio de 2020

Areuger, Portadas de Gracia y Justicia 1931-1936

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El gaditano Gerardo Fernández de la Reguera y Aguilera, Areuger (1881-1936) es uno de los grandes humoristas gráficos del primer tercio del siglo XX. En Humoristán lo presentan así: «Aunque existen muchas lagunas sobre la biografía de Areuger, se sabe que comenzó estudiando pintura junto a Sorolla y después trabajó como ilustrador gráfico en varias publicaciones catalanas. Se inició como humorista gráfico en El Mentidero, donde trabó amistad con Delgado Barreto. También colaboró en Buen Humor, Muchas Gracias y Satiricón. Alcanzó su mayor popularidad en Gracia y Justicia y Bromas y Veras, de nuevo de la mano de su buen amigo Delgado Barreto, con quien le unían sus afinidades conservadoras, algo que les costó la vida a ambos durante la Guerra Civil. Algunas de sus colaboraciones más interesantes se publicaron en el semanario infantil de Prensa Española Gente Menuda, aunque su estilo muy realista no encajaba demasiado con otros colaboradores de esta editorial como López Rubio, los Bartolozzi, Echea, Serni o K-Hito. Años después su estilo realista fue bien recibido en Gracia y Justicia, donde realizó caricaturas de sus blancos preferidos (Azaña, Prieto y Lerroux). Areuger, quien en algunas ocasiones y publicaciones firmaba como Frag, fue uno de los ilustradores humorísticos más eficaces de su tiempo. De alguna manera, su obra constituye una recuperación del estilo de los grandes maestros de caricaturas de la segunda mitad del siglo XIX, una de las épocas más brillantes del humor político español. Murió fusilado en Madrid.»

En su tesis doctoral de 2016 Manuel Delgado Barreto (1878-1936), Carlos Gregorio Hernández Hernández se refería así a la revista que nos ocupa: «Gracia y Justicia, “Órgano extremista del humorismo nacional”, como rezaba su subtítulo ―“nacional” tuvo que ser modificado por “popular” para adecuarse a las directrices del gobierno, que prohibieron el uso de esta palabra para nada que no fuera oficial mediante decreto de 12 de abril de 1932―, continuó la línea de otras exitosas publicaciones satíricas en las que Delgado Barreto era un auténtico experto. Comenzó a publicarse el 5 de septiembre de 1931 y cesó, tras 217 números, el 15 de febrero de 1936. Al día siguiente se celebraron las elecciones en las que se alzó con el triunfo el Frente Popular, que determinó su suspensión. Delgado Barreto la fundó porque era consciente de que dentro de un régimen democrático la sátira y el humor son dos de las armas más eficaces para combatir al poder, tal y como había hecho con El Mentidero durante la Restauración. Decía: “He podido comprobar que cien artículos de furiosa combatividad o de razonable censura convierten a un títere en un personaje. Y en cambio, una burla a tiempo, sin acritud, sin chabacanería y sin ofensa da al traste con los más corpulentos y engreídos figurones, de los que la actualidad nos ofrece abundante saldo”.

»El éxito de Gracia y Justicia fue fulgurante, a pesar de que comprarla y pasear con ella por las calles de Madrid era en sí mismo una toma de postura contra el régimen. La propia publicación dio la cifra de 212.000 ejemplares vendidos en sus primeras semanas y son varios los historiadores que señalan que llegó a superar en ocasiones los 250.000. Otro factor para inferir la gran difusión de la revista, que era muy superior a la de la prensa diaria, es que los números tenían pocos anuncios y además situados en lugares marginales, por lo que se hace evidente que su sostén procedió fundamentalmente de las ventas o de algún patrocinio. La competencia en su género fue La Traca —llegó a vender cerca de medio millón de ejemplares—, pues Gutiérrez, fundada y dirigida por el dibujante “K-Hito”, ya había comenzado a decaer (...)

»Los contenidos de Gracia y Justicia resultan y resultaron polémicos. La revista fue suspendida y multada en múltiples ocasiones y varios de sus redactores fueron procesados, como ocurrió con “Kin” por una caricatura sobre el ministro Álvaro de Albornoz y “Areuger” por otras de Lerroux y Estadella. César González Ruano cuenta en sus memorias que por sus artículos en Gracia y Justicia sobre Azaña e Indalecio Prieto recibió serias amenazas de muerte por parte de las juventudes socialistas durante los años republicanos. El destino de varios de sus redactores durante la guerra atestigua el gran impacto que causaba esta publicación en sus enemigos políticos. Azaña se quejó amargamente de varias de sus portadas. El presidente fue el principal blanco de los dibujos de “Areuger” y de la mayoría de las viñetas de Gracia y Justicia. Para referirse a él en ocasiones añadía una “h” a su nombre, para convertirlo en “Hazaña”. El político alcalaíno era el símbolo de la República. En el semanario de Delgado Barreto no se le representaba de una forma realista, sino extremando los rasgos que hacían particular al personaje, tanto en lo físico —era conocido como “el verrugas”— como para acentuar el poder de que disfrutaba.

»El golpe de estado del general Sanjurjo le brindó la oportunidad al gobierno Azaña de suspender en bloque a la prensa de las derechas. Hasta esa fecha Gracia y Justicia no había tenido ninguna sanción, pero curiosamente fue el medio que sufrió una suspensión más larga. Duró hasta el 3 de diciembre de 1932, superando incluso al ABC. Gracia y Justicia lo recordaba a su manera: “A nosotros se nos puede acusar de todo lo que se quiera, menos de parecernos a Sbert”, en referencia al presidente de la Federación Universitaria Escolar y diputado de ERC. Para La Nación las razones de esta medida eran muy claras: “Sin duda por considerársele peligrosísimo para el régimen y para el Gobierno” y añadía en su estilo “sus bromas han determinado el levantamiento”. Pocos números después escribió 120 veces la frase “Azaña será siempre el único estadista”. No obstante, hubo para casi todos. El ministro Álvaro de Albornoz era “Álvaro de la Tohalla de Baño” y se le representaba junto a una imagen de la justicia algo más pequeña que él, para significar, como hizo expresamente en alguna ocasión, que la miraba “por encima del hombro”. Indalecio Prieto aparecía caracterizado por su oronda figura —el alcalde Pedro Rico era “El premio Pedro Rico de Navidad”, por la misma razón—, se le llamaba “Don Inda” y aprovechaba el cargo para enchufar a sus compañeros de partido. Luis Jiménez de Asúa es el “Repollo Jiménez”; Largo Caballero “El estuquista” o “Don Paco”; José Ortega y Gasset era “Abel Gasset”, para recordar la imagen del Génesis bíblico; Federico García Lorca fue nombrado en una ocasión “Loca”, en clara alusión a su homosexualidad; el segundo apellido de Ángel Ossorio aparece entre paréntesis “(antes Gallardo)”, para zaherirle por su evolución política; Diego Martínez Barrio fue “grado 33”, “El Niño del mandil” y “Gran Oriente”; Fernando de los Ríos es caracterizado con los rasgos tópicos de los judíos o junto a una estrella de David, etc.

»José Ramón Montero define a este tipo de expresiones como “la mejor expresión del humor burdo, grosero y bajo de que fueron capaces las derechas a partir de 1931” y considera que sus campañas contra Azaña fueron “la ristra más larga de insultos que se han escuchado hacia un Presidente del Consejo”. Ian Gibson dice que estos chistes sobre homosexuales eran la especialidad de la revista junto a los dedicados a los judíos. Álvarez Chillida insiste en este último punto, que llega a afirmar es obsesivo desde 1935. Fernando Montero plantea que el semanario usó a la masonería como “la pieza más importante de una propaganda dura y continua” en su propósito de combatir a la República. Joaquín Arrarás, en cambio, definió a Delgado Barreto como “el ingenio satírico más agudo de su época” y Juan Bautista Acevedo, que era el redactor jefe del ABC, a la revista como “el mejor periódico satírico de España”. Las afirmaciones anteriores no son conciliables entre sí, ni siquiera las contrarias a la revista. Ninguno de los ejemplos aducidos está exentos de humor. Hay ironías, parodias, chistes, ciertas agudezas, sarcasmos y por supuesto también burlas, incluso hacia el propio director y los redactores. Pero para llevar el juicio más allá de lo superficial es necesario contextualizar y comparar la publicación con otras análogas de su tiempo, como fueron La Traca y Fray Lazo

viernes, 5 de junio de 2020

Paul Valéry, La crisis del espíritu


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Antonio R. Rubio Plo, del Real Instituto Elcano, escribía hace un año sobre la Europa de Paul Valéry: «En 1919 el impacto de la Primera Guerra Mundial era muy fuerte en Europa y siguió siéndolo en el período de entreguerras, época en la que el sentimiento de decadencia de Europa, y por definición de Occidente, arraigó en los medios intelectuales y pareció verse confirmado por la ascensión al poder de unos totalitarismos agresivos y expansionistas, cultivadores de un pasado mítico hecho a su medida. En los meses en que se prolongaba la Conferencia de Paz de París, que recogió los dictados de los vencedores de la guerra, se publicaron en una revista literaria londinense, The Athenaeum, dos cartas de Paul Valéry, que poco después se recogieron para su edición en Francia bajo el título de La crisis del espíritu. Desde entonces, y a lo largo de un siglo, en numerosos artículos y discursos, franceses y no franceses, han abundado las citas extraídas de estos textos de Valéry. Algunas de estas citas han sido premonitorias, otras, en cambio, pertenecen al género de apología de la decadencia, aunque siguen sirviendo para hacernos reflexionar a los europeos del siglo XXI. Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales…Elam, Nínive, Babilonia eran bellos y vagos nombres y la ruina total de esos mundos tenía tan poca significación para nosotros que su existencia misma. Pero Francia, Inglaterra, Rusia… serían también bellos nombres… Sentimos que una civilización tiene la misma fragilización que una vida. Las circunstancias que llevarían a las obras de Keats y de Baudelaire unirse a las obras de Menandro no son por completo inconcebibles: están en los periódicos.

»Se diría que Valéry tiene una cierta nostalgia por la Europa de 1914, el mundo de ayer al que se refería Stefan Zweig, un gran europeo que sucumbió a un pesimismo trágico. En efecto, la guerra tiene una capacidad destructiva que ha roto la fe en el progreso técnico-científico, como la única medida de la felicidad. El espíritu, que no es otro que el de la Ilustración, se siente desamparado y descubre, en un amargo despertar, que los logros de la razón han caído en manos de seres irracionalistas con metas tan estrechas como egoístas. La civilización europea puede morir, desaparecer al igual que otras civilizaciones de la Antigüedad, sepultadas en las arenas de un Oriente Medio que hace un siglo fue elevado a la máxima categoría de la geopolítica. ¿No sucederá lo mismo con las viejas naciones europeas, cargadas de siglos y de vastos legados culturales? Pero Valéry probablemente olvida una evidencia: las civilizaciones antiguas murieron porque todas sus ansias eran de conquista y dominio, que luego se pretendía afianzar con muros que al final demostraron ser inútiles. En cambio, Europa era un espacio de síntesis, de progresiva armonía entre culturas diferentes que dieron lugar a una civilización común, con una enriquecedora pluralidad de elementos, en la que el humanismo no excluía a la técnica, ni la técnica al humanismo. Cuando se lleva a cabo esa exclusión, y para ello no hacen falta los conflictos bélicos, se cumple aquello de que el sueño de la razón produce monstruos. Con todo, no deja de llamar la atención las referencias de Valéry a Charles Baudelaire y John Keats. ¿Qué tenían estos dos poetas en común? Quizás la mitificación de un antiguo orden, grecolatino o medieval, y en esa nostalgia, como dice el historiador libanés Georges Corm, Baudelaire se ha impuesto a Víctor Hugo, y acaso podríamos añadir que Keats se ha impuesto al sentido común del doctor Johnson.

»La paz es quizás, el estado de cosas en el que el la hostilidad natural de los hombres, se manifiesta en creaciones, en lugar de traducirse en destrucciones como hace la guerra. Paul Valéry es desconfiado, si bien podemos entender que no le faltan motivos: desde el siglo XVI Europa ha sido un campo de batalla por las pretensiones hegemónicas, pero esto no ha sido obstáculo para la creatividad humana, bien se tratara del Renacimiento o del Barroco, aunque tiene razón en que la paz fomenta mejor la creatividad. Curiosamente esta paz puede asemejarse a la del artesano suizo, maestro en el diseño de los quesos o los relojes, porque, después de todo, como dijo Winston Churchill en su famoso discurso de Zúrich de 1946, Europa debería ser una gran Suiza, libre y feliz. Hoy en día, eso no basta, pues esa Europa-Suiza tiene que abrirse al mundo y no autocomplacerse en su bienestar material. Recordemos que un gran filósofo del siglo XX, Emmanuel Lévinas, siempre recalcaba que los derechos humanos, ese patrimonio de la civilización europea, son los derechos de los otros. Una Europa cerrada nunca será creativa, porque perderá esos rasgos del espíritu europeo que subraya Valéry en sus artículos: una avidez activa, una curiosidad ardiente y desinteresada, una mezcla feliz de la imaginación y del rigor lógico, un cierto escepticismo no pesimista, un misticismo no resignado…

»¿Va a mantener Europa su preeminencia en todos los ámbitos? ¿O se convertirá en lo que es en realidad: una pequeña península del continente asiático? Esta cita es de plena actualidad, cuando tantos escritores y analistas políticos están saludando el retorno de Eurasia al primer plano de la escena internacional. Al parecer, el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda de China o el despertar del nacionalismo ruso a la búsqueda de áreas de influencia pérdidas, sin olvidar las aspiraciones político-económicas de la India y Japón, y unos Estados Unidos que tienen únicamente la predilección por la hegemonía comercial y el control de las rutas oceánicas, arrojaría a Europa a la irrelevancia. La pequeña península de Asia sería un apetecible bloque comercial y de inversiones, pero poco más. Su destino consistiría en mutar en un nuevo Bizancio, petrificado en la historia, condenado a la esclerosis político-económica, y en el que la defensa de sus valores específicos como la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho habría dejado de ser dinámica para convertirse en un dogmatismo sin alma. Esto significaría la victoria del determinismo geopolítico y geoeconómico sobre la libertad. Europa solo puede mantener su primacía, la de su espíritu, si se abre al exterior, a las otras civilizaciones, lo que no sería nada nuevo en su historia, pero no termina de hacerlo porque teme ser conquistada por elementos extraños. Lo cierto es que cuando tienes miedo de que desaparezca tu propia civilización, tiendes a refugiarte en una edad de oro inexistente y no comprendes el significado de esa civilización.

»Un solo ejemplo de ese espíritu, pero un ejemplo de primera clase –y de primera importancia: Grecia, porque hay que localizar Europa en todo el litoral mediterráneo, pues Esmirna y Alejandría son tan de Europa como Atenas y Marsella. Valéry rinde aquí homenaje a sus orígenes mediterráneos, hijo de un padre corso y de una madre de Trieste, un hombre que ve la luz en la localidad mediterránea de Sète, pero sus afirmaciones van más allá de su trabajo literario. Seguimos observando hoy que Europa no puede separarse del Mediterráneo, ni el Mediterráneo de Europa. Ese mar fue el escenario de encuentro de las raíces europeas provenientes de Jerusalén, Atenas y Roma, aunque hoy se ha convertido en un lugar de sombras y de muerte. Si Europa se atreviera a desempeñar un papel más activo, y no se conformara con el mero mantenimiento del statu quo, en la orilla sur, y aún más allá, los europeos no tendrían la percepción, alimentada por intereses políticos de signo diverso, de que el Mediterráneo se ha convertido en una muralla líquida.

viernes, 29 de mayo de 2020

Francisco López de Gómara, Crónica de los Barbarrojas


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En su amena, divulgadora, traducida y reeditada obra de 1932 Historia de la piratería, Philip Gosse (1879-1959) narra así, cinematográficamente, la aparición estelar del primero de los protagonistas de la obra que comunicamos esta semana: «El Papa Julio II había enviado dos de sus más grandes galeras de guerra, poderosamente armadas, con la misión de escoltar un envío de valiosas mercancías de Génova a Civitavecchia. El buque que iba a la cabeza navegando varias millas delante y fuera de vista del otro, costeaba la isla de Elba cuando de pronto vio aparecer una galeota. No teniendo motivo para sospechas, prosiguió su ruta con toda tranquilidad. El capitán, Paolo Víctor, en efecto, no tenía por qué temer la presencia de piratas en aquellos parajes; los corsarios berberiscos no habían visitado el Mar Tirreno desde hacía muchos años, y de cualquier modo no solían atacar sino barcos pequeños. Pero bruscamente, la galeota abordó, y el italiano vio que su puente hormigueaba de turbantes. Sin que se oyese un grito y aun antes que la galera tuviese tiempo para defenderse, una lluvia de flechas y otros proyectiles se abatió sobre el puente obstruido de mercancías, y algunos instantes más tarde los moros se lanzaban al abordaje, conducidos por un jefe rechoncho, distinguido por una barba de un rojo llameante. En un abrir y cerrar de ojos, la galera estaba capturada, y los sobrevivientes de la tripulación se veían empujados como ganado al fondo de la bodega.

»Entonces, el capitán de las barbas rojas puso en ejecución la segunda parte de su programa, que consistía nada menos que en la captura de la otra galera papal. Algunos de sus oficiales opusieron objeciones a esta tentativa considerándola demasiado arriesgada, dadas las circunstancias: la tarea de guardar la presa tomada parecía suficiente, sin que hubiera necesidad de complicarla con otra más. Con ademán imperioso, el jefe les impuso silencio; ya tenía combinado un plan para valerse de su primera victoria como medio de ganar una segunda. Hizo desnudarse a los prisioneros y disfrazó con sus ropas a sus propios hombres, los cuales colocó en puestos muy visibles de la galera; después tomó la galeota al remolque, haciendo creer a los marinos del otro buque papal que sus compañeros habían hecho una presa. El simple ardid tuvo pleno éxito. Los dos barcos se aproximaron uno a otro; la tripulación del segundo se precipitó al abordo para ver lo que había sucedido. Otra granizada de flechas y piedras; otro destacamento de abordaje, y al cabo de algunos minutos, los marinos cristianos se hallaban encadenados a sus propios remos, reemplazando a los esclavos puestos en libertad. Dos horas después de ese original encuentro, la galeota y sus víctimas se dirigían a Túnez.

»Aquello fue la primera aparición de Arudj, el mayor de los dos hermanos Barbarroja, en un escenario, cuyos actores más distinguidos habían de ser él y su familia durante una larga generación. Arudj era hijo de un alfarero griego de religión cristiana, que se había establecido en Mitilene después de la conquista de esta isla por los turcos. Adolescente, se había hecho musulmán por voluntad propia, alistándose a bordo de un barco pirata turco y obteniendo pronto un mando en el Mar Egeo. No era de alta estatura, pero bien formado y robusto. Tenía los cabellos y la barba de un rojo chillón, los ojos vivos y brillantes, una nariz aquilina o romana, y una tez entre morena y blanca.»

En 1853 Pascual de Gayangos editó la obra hasta entonces manuscrita de un viejo conocido nuestro, que presenta así: «La historia que ahora se imprime de los dos célebres corsarios Orúch y Jayre-d-din, llamados vulgarmente los Barbarrojas, es obra de Francisco López de Gómara, clérigo natural de Sevilla, autor de una historia de las Indias de que se han hecho ya varias ediciones, como también de una crónica del Emperador Carlos V, que no ha visto aun la luz pública. Hállase en la Biblioteca Nacional en un tomo en 4.° menor de 54 hojas, señalado con la letra R. 179, y escrito a mediados del siglo XVI. Otra copia más moderna, aunque fiel, se conserva entre los manuscritos de esta Real Academia, de la cual nos hemos servido para esta impresión, cotejándola con la más antigua, siempre que ha parecido conveniente. Tachan algunos a Gómara de sobradamente crédulo, amigo de lo maravilloso y más aficionado a consultar la tradición que a beber en las fuentes puras de la historia; pero sobre ser este un defecto común a casi todos los escritores de su época, la acusación no alcanza al siguiente opúsculo, el cual nada contiene que no esté en armonía con las historias más autorizadas (…) De todos modos, la obra de Gómara se escribió pocos años después de la malhadada expedición de Argel, cuando más pujante se hallaba Jayre-d-din, el menor de los Barbarrojas, y bajo la impresión del terror y espanto causado por sus continuas piraterías. Es, pues, un fiel retrato de los sentimientos y odios de aquella memorable época, y como tal un documento importante que no hemos dudado publicar, ilustrándole con un apéndice de cartas y otros papeles originales referentes a los sucesos que allí se tratan.»


Jeireddín Barbarroja, grabado de Agostino Veneziano (1535)

viernes, 22 de mayo de 2020

Cartas de particulares sobre la rebelión de Cataluña (1640-1648)

Pascual de Gayangos

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Hemos comunicado en las últimas semanas algunas de las principales obras de combate a que dio lugar la rebelión catalana de 1640: la Proclamación católica y el Epítome de Gaspar Sala, del lado «catalán-francés», y el Aristarco de Rioja y La rebelión de Barcelona de Quevedo, del lado hispánico. La semana pasada añadimos un ejemplo de «catalán-hispánico», la Cataluña desengañada de Ros. En realidad, la cosecha propagandística fue exuberante, como en todo conflicto que se enquista y eterniza, y podríamos proseguir con la Súplica de la... ciudad de Tortosa de La Parra, Noticia universal de Cataluña de Francisco Martí y Viladamor, Presagios fatales de Dalmau, Lágrimas catalanas de Gaspar Sala, Idea del Principado de Cataluña de Pellicer, Locuras de Europa de Saavedra Fajardo, y además un sinfín de escritos breves y hojas volanderas a las que contribuyeron los anteriores y otros autores anónimos o reconocidos, pero siempre con similares objetivos políticos, en uno y otro bando.

¿Y qué efectividad tuvo ese enorme esfuerzo publicístico? Hoy proponemos una mirada diferente, y nos volvemos hacia los receptores de toda esa balumba de papel impreso, aquellos sectores de la población española que no sólo se interesan por lo que estaba pasando (aparentemente lo fue toda la población), sino que se preocuparon por estar informados, del modo posible en la época, mediante cartas con corresponsales varios. Pues bien, a mediados del siglo XIX Pascual de Gayangos exploró los abundantes manuscritos incautados a los jesuitas cuando su expulsión en tiempos de Carlos III, que habían sido depositados en la Real Academia de la Historia. «Algunos de los tomos de dicha colección, procedentes del colegio de San Hermenegildo de Sevilla, contienen casi en su totalidad las cartas que ya de la Corte, ya de Salamanca, Valladolid, Segovia, Granada y Cádiz escribían al P. Rafael Pereyra, en Sevilla, sujetos tan autorizados y competentes como el P. Andrés Mendo, autor del Príncipe Perfecto; el P. Juan Chacón, conocido por sus obras teológicas; los padres Avilés, Mendoza, Pimentel, Arriaga, Villacastín, y otros claros varones de la misma Compañía (…) Una correspondencia de este género, seguida por hombres de no vulgar erudición, dotados de penetración y buen juicio, y en posición ventajosa para adquirir noticias y juzgar a su manera de los acontecimientos políticos, no podía menos de ofrecer interés, y contribuir al esclarecimiento de la historia patria.

»Desgraciadamente la colección que empieza en el año 1634 no pasa del 1648, no siendo fácil determinar si la interrupción es debida al fallecimiento de la persona a quien las cartas iban dirigidas, o al extravío de alguno de los tomos (…) Así y con todo, la colección del docto jesuita nos ofrece una serie no interrumpida de cartas, que comprende 14 años del reinado de Felipe IV, desde la célebre batalla de Norlinguen, en Alemania, hasta el levantamiento de Tomás Aniello, en Nápoles, incluyéndose en dicho período las guerras de Francia e Italia, la separación de Portugal y rebelión de Cataluña, la caída del Conde-Duque, el viaje del Rey a Aragón, y otros acontecimientos no menos importantes de la Monarquía. Todas juntas, y prescindiendo de su especial carácter, forman una obra muy parecida en su contexto a las Relaciones de Luis Cabrera de Córdoba, publicadas en 1857 a expensas de la primera secretaría del Despacho, y a las que con el título de Avisos dejó después escritas D. José de Pellicer (…)

»Fáltanos ahora quilatar el valor que en sí pueda tener esta correspondencia, y la fe que merecen las noticias en ella contenidas, pues de otra manera faltaríamos al deber que voluntariamente se impone el que da a luz documentos históricos. El fondo de las cartas, principalmente lo relativo a noticias extranjeras, está tomado de relaciones impresas y manuscritas, avisos de mercaderes y soldados, comunicaciones de jesuitas establecidos en Italia, Inglaterra, Francia y Alemania. Ni podían ser otros los medios de proporcionarse noticias en aquel siglo, en que el Gobierno rara vez daba a luz documentos oficiales. Entre la multitud de relaciones y gacetas impresas durante el largo reinado de Felipe IV, muy pocas tienen autor conocido, y las más son obra de libreros ignorantes que imprimían cuanto les venía a las manos sin reparar en su contenido, con tal que esto excitara la curiosidad del vulgo, y halagase sus pasiones (…) Pero las noticias del P. González, y demás corresponsales del P. Pereyra, preciso es decirlo, están por lo común fundadas en materiales más sólidos y de origen más puro; despachos de embajadores y virreyes, cartas de secretarios de señores y oficiales de graduación se hallan a menudo intercaladas en las suyas, sin contar las comunicaciones de sus mismos hermanos y correligionarios establecidos en todos los países donde el nombre español era aun temido y respetado; alguna vez, aunque rara, usan papeles de carácter reservado e insertan despachos oficiales. Tal es en resumen la correspondencia que ahora se publica.»

Manuscrito de mediados del siglo XVII

viernes, 15 de mayo de 2020

Alejandro de Ros, Cataluña desengañada. Discursos políticos

Clérigo anónimo del siglo XVII

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Tras el Epítome de Gaspar Sala de la pasada semana, que celebraba los primeros éxitos de los catalanes rebeldes con la ayuda de sus aliados franceses, comunicamos hoy otra voz catalana aunque diametralmente opuesta. Ricardo García-Cárcel en un reciente artículo, presentaba así a Alejandro de Ros: «Este personaje es el modelo del clérigo catalán muy bien integrado en las estructuras de poder y de la monarquía española de su tiempo. El contrapunto de Pau Claris. Nació en Lleida, hijo de Doménec de Ros, natural de Berga, y de la noble lleidatana Isabel de Gomar. Estudió gramática en el Estudio de la Compañía de Jesús, en Lleida, y profesó en el mismo colegio como sacerdote. Se desplazó a Zaragoza, donde convivió con Gracián. En 1633 pasó a un colegio de Girona como profesor y tres años más tarde se trasladaría al colegio jesuita de Gandía. Participó en el Concilio Provincial de Tarragona, publicando su célebre Memorial en defensa de la lengua castellana para que se predique en ella en Cataluña, que escribió con el pseudónimo de Juan Gómez Adrín. Su posición fue siempre castellanista como la de la mayoría de los jesuitas (con alguna excepción como Jaume Puig).»

Y más adelante: «La vida de Ros siguió su escalada política. En 1638, era conventual del colegio de Belén de Barcelona. Dejaría el hábito de jesuita hacia 1639 pasando a Roma, donde entró al servicio del cardenal Francesco Barberini y se movió en la órbita del papa francófilo Urbano VIII al que dedicó el panegírico Abeja Barberina. Fue premiado con el decanato de Tortosa del que tomaría posesión en 1642. En el marco del proceso de separación de Cataluña de la monarquía hispánica optaría decididamente por la causa olivarista. Se enfrentó a los Barberini, y huyó a Nápoles donde sirvió a varios nobles castellanos. Escribió en 1642 un sermón de glosa a la figura de Santa Teresa de Jesús, canonizada hacía veinte años y un texto necrológico a la muerte de la virreina Luisa de Sandoval y Rojas.

»En 1646 salió a la luz en Nápoles su obra, la Cataluña desengañada. Aunque algunos se la han atribuido a Guillem de la Carrera está probado que fue Ros quien la escribió. Constituye una crítica dura del gobierno francés en Cataluña. Ros defendía en primer lugar que la guerra entre Cataluña y la monarquía no era útil para Cataluña por las calamidades ocasionadas por los ejércitos extranjeros: Tú que eras la provincia más quieta del mundo te has hecho funesto campo de batallas y teatro sangriento. Por otra parte, para él, la guerra no era fácil porque la monarquía tenía todavía mucho poder: Tuvo Cataluña el error de que ha engañado a muchos creyendo que por las pérdidas y desgracias se acababa la monarquía. Se denuncian los principios falsos en que se basaba la guerra: No es el castellano el que os aflige, sino vuestros mismos naturales que usurpando el santo y venerable nombre de defensores del bien público son tiranos de vuestra libertad. Y desde luego, se esforzaba en demostrar la incompatibilidad estructural entre catalanes y franceses.

»La obra sería traducida inmediatamente al italiano en Nápoles y fue muy bien vista por la corte española. Don Juan José de Austria, enviado a Nápoles para solucionar los conflictos sociales, se hizo muy amigo de Ros. En 1649 éste viajó a Madrid. Dos años más tarde se convertía en predicador real pero por razones desconocidas tuvo que volver a la diócesis de Tortosa. Apoyó a Don Juan José de Austria en el esfuerzo por recuperar Barcelona, lo que se lograría en noviembre de 1652. Un año más tarde publicaría un sermón en acción de gracias por la reducción de Cataluña.

»Ros acabó siendo embajador de la Generalitat en la Corte de Madrid. Se le propuso ser obispo de la Seu d'Urgell aunque él rechazó la prebenda. Murió en 1656 dejando una sobrina en el convento de Santa Clara de Tortosa. Fue, en definitiva, un clérigo fiel a los criterios político-religiosos de la corte de Felipe IV, poco antes de la gran escisión del clero catalán que se produciría en el marco de la guerra de Sucesión. El primer predicador del desengaño político ante las experiencias de ruptura con la monarquía.»