viernes, 24 de junio de 2016

Francisco de Vitoria, Relecciones sobre las potestades civil y eclesiástica, las Indias y la guerra

Retrato ideal, por Vázquez Díaz
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Escribe Ramón J. Fernández de Marcos Morales*: «F. de Vitoria sostuvo, desde su cátedra, que ni el Papa ni el Emperador podían ser considerados señores del universo; que, al contrario, era obligatorio consultar y atenerse al dictamen del sabio, aunque estuviera equivocado. Estableció una doctrina acerca de los derechos humanos, que aún después de cinco siglos, continúa vigente. Así, en pleno siglo XVI, cuando el escenario internacional se caracterizaba por la hegemonía militar española, consiguió que, por iniciativa de una junta convocada por el Emperador Carlos V, se promulgaran las Nuevas Leyes en 1542, las cuales lograron, gracias a la doctrina vitoriana, un trato más humano y sin armas.

»La doctrina vitoriana está contenida, como hemos podido comprobar, principalmente en sus relecciones, así: En Relectio De Potestate civili, leída en 1528, estableció que las leyes civiles obligan en el fuero de la conciencia. Igualmente, en Relectio De Potestate Ecclesiae, leída en 1532, sostuvo que la potestad eclesiástica es un verdadero derecho divino y positivo. Por otro lado, en Relectio De indis, leída en 1539, es el primero en defender y argumentar que los indios tienen los mismos derechos que cualquier otro ser humano y que eran dueños de todos sus bienes y tierras, y que no podían ser desposeídos por los cristianos. Por último, en Relectio De iure belli, leída en 1539, establece los límites del uso de la fuerza para resolver los conflictos entre los distintos pueblos y sostiene que el príncipe tiene autoridad para hacer la guerra, pero lo primero que debe procurar es no buscar ocasión de pelear.

»En suma, Francisco de Vitoria modificó los cimientos del Derecho moderno, de forma que en la Independencia de los EE.UU. de 1776 y en la Revolución Francesa de 1789, podemos apreciar los primeros indicios de la sociedad internacional vitoriana, que serían plasmados en los derechos de los negros o de las mujeres, por ejemplo. Así como afirma Ocaña: La doctrina de Vitoria con respecto a que los derechos humanos están muy por encima del poder y la jurisdicción del Papa o del Emperador, se infiltró y fue calcada tanto en la realidad histórica o las relaciones sociales de nuestro tiempo, como en la propia Constitución de las diferentes democracias actuales.

»En este sentido, hoy en día, en pleno siglo XXI, caracterizado por una incipiente hegemonía militar estadounidense, la O.N.U. debería frenar las pretensiones unilaterales de algunos países, reformando el sistema internacional desde una óptica vitoriana, para solucionar importantes problemas que afectan a todo el orbe, como los económicos o demográficos. Es más, la doctrina del maestro Vitoria, tiene todavía mucho que decir, porque como dice Federico Fernández de Buján: Una visión más vanguardista pretende, desde hace algunos años, situar más el acento en el futuro y considerar que el actual Derecho Internacional público, debe entenderse como el precedente histórico de un deseable Derecho común de la Humanidad

* Ramón J. Fernández de Marcos Morales: “A propósito de algunas relecciones de Francisco de Vitoria”. Revista de Derecho UNED, núm. 4, 2009. Págs. 243-261

sábado, 18 de junio de 2016

Alonso Sánchez y José de Acosta, Debate sobre la guerra contra China

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En la quinta de las llamadas cartas de relación (1526) Hernán Cortés propone al rey Carlos I proseguir las conquistas de la Nueva España hacia lo que ve como su lógica continuación, las Especierías, Malaca y la China… Pero puntualiza: «que vuestra majestad no haya la Especiería por vía de rescate, como la ha el rey de Portugal, sino que la tenga por cosa propia, y los naturales de aquellas islas le reconozcan y sirvan como a su rey y señor, y señor natural; porque yo me ofrezco, con el dicho aditamento, de enviar a ellas tal armada, o ir yo con mi persona, por manera que las sojuzgue y pueble y haga en ellas fortalezas, y las abastezca de pertrechos y artillería de tal manera, que a todos los príncipes de aquellas partes, y aun a otros, se puedan defender.» La propuesta quedó en nada, ya que realmente constituía una mera huida hacia adelante con la que Cortés intenta sin mucho éxito congraciarse con la corte.

Pero a finales del siglo, una situación diferente vuelve a renovar estos proyectos. A la presencia estable española en Filipinas se suma el esfuerzo diplomático para integrar en la monarquía hispánica las posesiones portuguesas, incluyendo la valiosa plaza de Macao, tras la crisis sucesoria de 1580. Los intereses comerciales, religiosos y políticos explican las propuesta de Alonso Sánchez (1545-1593), un jesuita natural de Guadalajara, colaborador del obispo de Manila y que ha realizado varios viajes por China en 1582 y 1585. Firme partidario de la guerra de conquista para lograr la conversión de un imperio que le resulta admirable bajo muchos conceptos, redactará un Memorial en defensa de estos planes, que desgraciadamente no ha llegado a nuestros días. Encontrará considerables resistencias entre las autoridades civiles, religiosas y especialmente de su propia orden, pero finalmente, en 1586 se dirigirá hacia Europa para impulsarlos.

Pero, de camino, en Méjico se encontrará con el también jesuita José de Acosta (1540-1600), recién llegado del Perú, y del que ya hemos editado su magna Historia natural y moral de las Indias, y alguna otra obra. Ahora analizará pormenorizadamente los fundamentos con los que Sánchez justifica la guerra contra China (lo que, ante la ausencia del original, nos permite conocerlos) y rebatirá cada uno de ellos. El resultado son los dos textos que incluimos, que suponen una excelente aplicación práctica del naciente derecho de gentes que la Escuela de Salamanca venía propiciando en aquellos tiempos, especialmente en torno a la figura de Francisco de Vitoria.

Su rechazo a la guerra es patente. Incluso, concluye, si la guerra se produjera, la conquista se consumara, y de resultas se lograra la conversión de China, los que la hubieran llevado a cabo habrían actuado absolutamente mal. «No puedo dar parecer que la guerra sea lícita, ni me cargaré por cuanto haya debajo del cielo de los innumerables daños que se siguieran de esa guerra; si con el parecer de otros, bueno o malo o sin él, se quisiere la guerra y sucedieren después esotros bienes, será coger Dios donde no sembró, sacando bienes de males, y, como dice San Agustín, será extenderse la Iglesia a la siniestra, que es por malos y fingidos cristianos, no a la diestra, que es por medios santos y buenos como está en la profecía, que ha de extenderse a diestra y a siniestra. Mas conviene acordarse mucho quien da parecer en casos tan grandes, de la sentencia de Cristo: Necesse est ut eveniant scandala; verumtamen vae homini illi per quem scandalum venit.»

Página de un sanzijing (una especie de cartilla) cristianizado.

viernes, 10 de junio de 2016

Aristóteles, Política

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Julián Marías se ocupa así de esta obra en su espléndida (y veterana) Historia de la Filosofía: «Aristóteles se ocupó a fondo de los problemas de la sociedad y el Estado en los ocho libros de su Política. Además, poseía un material documental extraordinario sobre las constituciones de las ciudades griegas (158, de las que sólo se ha conservado la de Atenas), y a esto unía un conocimiento profundo de las cuestiones económicas). Aristóteles reacciona frente a los sofistas y los cínicos, que por diversas razones interpretaban la ciudad, la polis, como nómos, ley o convención. Aristóteles, por el contrario, incluye la sociedad en la naturaleza. Su idea rectora es que la sociedad es naturaleza y no convención; por tanto, algo inherente al hombre mismo, no simplemente estatuido. De acuerdo con los principios de la ética aristotélica, toda actividad o praxis se hace en vista de un bien, que es, por tanto, su fin y le confiere su sentido. Aristóteles parte de este supuesto y de que toda comunidad (koinonía) o sociedad tiende a un bien, para interpretar el ser de la polis.

»Aristóteles considera el origen de la sociedad. Su forma elemental y primaria es la casa o la familia (οἰκία), formada por la unión del varón y la hembra para perpetuar la especie; a esta primera función sexual se une la de mando, representada por la relación amo-esclavo; esta segunda relación tiene como fin lograr la estabilidad económica en la oikía; por esto, para los pobres, el buey hace las veces del esclavo, como dice Hesiodo. La agrupación de varias familias en una unidad social superior produce la aldea o kóme. Y la unión de varias aldeas forma la ciudad o polis, forma suprema de comunidad para Aristóteles. El vínculo unitario de la aldea es la genealogía, la comunidad de sangre: los hijos y los hijos de estos. La polis es una comunidad perfecta, autárquica, que se basta a sí misma, a diferencia de las aldeas, que son insuficientes y se requieren unas a otras. El fin de la familia, de la oikía, es simplemente el vivir (τὸ ζῆν); el fin de la aldea o kóme es más complejo: el vivir bien o bienestar (τὸ ευ ζῆν): como la perfección de cada cosa es su naturaleza, y la polis es la perfección de toda comunidad, la polis es también naturaleza. Y, por consiguiente, el hombre es por naturaleza un animal político, un viviente social (ζώον πολιτικόν), y el que vive —por naturaleza y no azarosamente— sin ciudad es inferior o superior al hombre: el que no puede vivir en sociedad o no necesita nada por su propia suficiencia, no es un hombre, sino una bestia o un dios.

»La naturaleza social del hombre se manifiesta en el lenguaje, en el decir o logos. Los animales tienen también voz (φωνή) que expresa el placer y el dolor; pero la palabra (λόγος) está destinada a manifestar lo útil y lo perjudicial, lo justo y lo injusto; el conocimiento de esto es lo característico del hombre y el fundamento de las comunidades. La justicia, pues, es esencial a la ciudad —de acuerdo con Platón—; es el orden de la polis. El hombre puede funcionar como cosa —así la hembra o el esclavo— o como hombre, y esto solo puede hacerlo en la comunidad. El hombre es un animal que habla (ζώον λόγον ἔχον) y el hablar es una función social: es decir a alguien lo que las cosas son —por ejemplo, justas o injustas—. Por esto el hombre necesita una comunidad en que vivir, y su ser político se funda en su ser locuente. Esto es lo que no sucede a Dios —concretamente al dios aristocrático—, y por eso puede ignorar el mundo y ser simplemente nóesis noéseos, pensamiento del pensamiento, visión de la visión. Mientras el hombre necesita un ente sobre el cual verse su contemplación y un prójimo o semejante a quien decir lo que ha visto, Dios es la suma autarquía y se contempla a sí propio.

»Aristóteles concede un gran papel a la voluntad en lo social, y no distingue entre sociedades naturales, como la familia, en la cual se encuentra uno involuntariamente, y asociaciones fundadas por un acto voluntario, como un círculo, al cual se pertenece o se deja de pertenecer cuando se quiere. Más aún: insiste en el carácter voluntario e incluso violento de la constitución de las aldeas y ciudades, y dice que estas comunidades son por naturaleza. Hoy no diríamos esto. Y eso prueba que Aristóteles usa preferentemente el concepto de naturaleza de cada cosa, no en el de la naturaleza. Los dos sentidos se cruzan constantemente desde los presocráticos. Y por esto, por ser natural la sociedad y la culminación o perfección de esta la polis, resulta que la sociedad y el Estado se identifican: lo social es lo político, y la polis significa la interpretación estatal de la sociedad. Aristóteles no se da cuenta de que la sociedad no es el Estado, que en su circunstancia histórica coinciden: la sociedad perfecta es la polis, el Estado-ciudad. Y cuando, desde la fundación del Imperio alejandrino, estos viejos límites helénicos se rompen, el hombre antiguo queda desorientado respecto a los límites reales de las comunidades, con una desorientación que culmina en el cosmopolitismo de los estoicos.

»La jerarquía de los ciudadanos está de acuerdo con los posibles tipos de vida. Los trabajos inferiores, de finalidad económica, están a cargo de esclavos, al menos en parte. Aristóteles mantenía la idea de la esclavitud según la vieja convicción helénica de que los bárbaros debían servir a los griegos. En este punto discrepaba de la política que siguió Alejandro, y que abocó a la formación de las culturas helenísticas. La economía debe tender a la forma autárquica, a que la ciudad se baste en lo posible a sí misma. Aparece aquí nuevamente, trasladado a la comunidad política, el ideal griego de suficiencia. Por esto, Aristóteles es más favorable a la ciudad agrícola que a la industrial.

»Respecto a la forma del régimen o constitución, Aristóteles no cree que haya de ser forzosamente única. Considera posibles tres formas puras, regidas por el interés común. Estas tres formas degeneran si los gobernantes se dejan llevar por su interés personal. Según que la soberanía corresponda a uno solo, a una minoría de los mejores o a todos los ciudadanos, el régimen es monarquía, aristocracia o democracia. Las formas degeneradas respectivas son la tiranía, la oligarquía, basada casi siempre en la plutocracia, y la demagogia. Aristóteles insiste especialmente en las ventajas del «régimen mixto» o república (politeía), mezcla o combinación de las formas puras, por considerar que es el de mayor estabilidad y seguridad (aspháleia), pues esta es el tema fundamental de su Política. Es menester tener presente que Aristóteles, como Platón, piensa siempre en el Estado-ciudad, sin imaginar como formas deseables otros tipos de unidades políticas más amplias. En Aristóteles es esto tanto más sorprendente, aunque se explica por razones profundas, porque estaba siendo testigo de la transformación del mundo helénico, que pasó en su tiempo, y por obra de su discípulo Alejandro, de la multiplicidad de ciudades independientes a la unidad de un gran Imperio territorial, el efímero Imperio macedónico, pronto roto en los reinos de los Diádocos, pero que mantuvo desde entonces la idea de la monarquía de gran extensión, sin volver a la atomización de las ciudades.»

Manuscrito de mediados del siglo XV

viernes, 3 de junio de 2016

Georges Sorel, Reflexiones sobre la violencia

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El francés Georges Sorel (1847-1922), a caballo de dos siglos y dos épocas, rechazará el acomodamiento reformista y burgués de los partidos marxistas, dirigidos por una élite profesionalizada que resume en la figura de su detestado Jaurès. Por contra, defenderá la vuelta a lo que considera un revolucionarismo límpido representado por la voluntarista y violenta huelga general, a la que concede carácter de auténtico mito capaz de movilizar a un proletariado que, en paralelo, adquiere carácter heroico. François Furet, en su determinante El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (1995), nos lo presenta así:

«El desprecio al derecho como a un disfraz formal de la dominación burguesa, la apología de la fuerza como partera de la historia: esos temas son muy anteriores al comienzo del siglo XX en el pensamiento político de Occidente, y su virulencia crece particularmente en los decenios que preceden a la guerra de 1914, tanto en la izquierda como entre la derecha. A este respecto, Georges Sorel sigue siendo uno de los autores más interesantes de esta época, a la vez por el encarnizamiento con que denuncia la irrisoria pusilanimidad del parlamento burgués, y por la esperanza que deposita en la violencia, gran verdad oculta del mundo moderno. Autor interesante pro siempre un tanto sospechoso, porque navega entre el sindicalismo revolucionario y la Acción Francesa, porque es antisemita y porque admirará a la vez a Lenin y a Mussolini, aunque precisamente por esto deberíamos leerlo con una curiosidad particular. Pero lo que aquí me interesa no sólo es lo que sus escritos pueden tener de proféticos, sino también el hecho de que nos permiten medir, una vez más, la distancia que hay entre la teoría y la práctica. O, dicho de otro modo, entre los intelectuales y la vida real.

»La violencia en Sorel es inseparable de la actividad creadora. Aclarada por una gran idea, la huelga general tiende a desgarrar el velo de la mentira que cubre a la sociedad y a restituir a los individuos, con el sentido de su existencia colectiva, su dignidad moral. Permite, como en Nietzsche, el reencuento con la grandeza del hombre por encima de la mezquindad universal de los tiempos democráticos. El burgués vive en la hipocresía; la lucha de clases hace regresar la virtud a la escena pública en provecho del proletariado. Da a la violencia una finalidad ética, y equipara al militante revolucionario con el héroe. Si el hombre de la huelga general admiró a Lenin y a Mussolini, fue como a dos prodigios de voluntad que se hicieron cargo de sus pueblos para conducirlos a la realización del hombre nuevo. ¡Pobre Georges Sorel! Él, el hijo de Proudhon, el anarquista individualista, aquí lo vemos lleno de admiración por los fundadores de regímenes al lado de los cuales el aborrecido Estado burgués parecería una utopía libertaria.

»Sólo ve en ellos lo que los emparenta con sus pasiones y sus ideas. Lenin es el sucesor de los grandes zares, tan revolucionario como Pedro el Grande, tan ruso como Nicolás I. Mussolini se inscribe en la tradición traicionada del Risorgimento republicano. Uniendo el renacimiento nacional a la idea socialista devuelta a su vocación revolucionaria, esos dos conductores de pueblos destruyen por la fuerza el orden burgués en nombre de una idea más elevada de la comunidad. En realidad (concluye Furet), ni el terror rojo ejercido por Lenin para mantenerse en el poder ni el terror fascista utilizado por Mussolini para conquistarlo, tienen mucho que ver con la idea filosófica de la violencia desarrollada por el teórico de la huelga general. Más que de una idea, ambas nacieron de un acontecimiento: la guerra.»

viernes, 27 de mayo de 2016

Mariano José de Larra (1809-1837), Artículos (1828-1837)

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El retrato que le dedica Jorge Vilches (La ilustración liberal, n.º 40) comienza así: «La imagen de Mariano José de Larra (Madrid, 24-3-1809, Madrid, 13-2-1837) que manejamos hoy nos viene directamente de la que pergeñaron los hombres del 98, aquejados de pesimismo y dolor de España. Así, parece que de él nos han quedado unos artículos, la tristeza y una pistola; pero de tal forma que su suicidio se presenta como la expresión culminante de la frustración generada por un país irremediablemente hundido por la ignorancia y los partidismos.

»Sin embargo, Larra fue un personaje complejo y contradictorio. Encasillarlo es tan difícil como hacerlo con otros muchos literatos, militares e incluso políticos de comienzos del Ochocientos. De padre afrancesado, fue profundamente español, lo que no le impidió iniciar una carrera en Francia, a la que renunció por cansancio. En esta vía contradictoria, se apuntó a los Voluntarios Realistas, fernandinos que sostenían por la fuerza el absolutismo, y luego a la Milicia Urbana, para defender el liberalismo. Apoyó la llegada de Mendizábal, pero no por ello se le puede tildar de progresista; de hecho, conviene recordar que el financiero gaditano fue recomendado a la Reina Gobernadora por el Conde de Toreno, uno de los principales políticos moderados, en cuyas listas figuró Larra como candidato por la provincia de Ávila en 1836. Por otro lado, y como es bien sabido, nuestro hombre fue uno de los iniciadores del romanticismo en España, al tiempo que cultivó el costumbrismo como nadie, exceptuando a Mesonero Romanos y Estébanez Calderón.

»Lo de su suicidio como consecuencia de su dolor por España es una imagen excesivamente noventayochista como para ser tomada en serio. Larra no escapó a la mentalidad de su tiempo, la romántica; entonces, como él mismo dejó claro en sus artículos, la muerte era vista como una liberación del dolor espiritual. “El amor mata”, escribió en su crítica a Los amantes de Teruel; y en su vida el desamor fue tan grande y frustrante, tan constante ―tres amores negados―, que el peso de la política y el ambiente cultural y social debieron de hacer el resto. El suicidio era frecuente al principio del XIX; tanto, que tenía presencia diaria en los periódicos de la capital, como un suceso más. El romanticismo había aligerado su penalización social, y la empatía lo convirtió en algo corriente.

»En fin, que adentrarse en la figura de Mariano José de Larra no es indagar en el eterno, y algo pesado, problema de España, sino en los inicios de la contemporaneidad española, con sus brillos y miserias.»

viernes, 20 de mayo de 2016

Félix José Reinoso, Examen de los delitos de infidelidad a la patria imputados a los españoles sometidos bajo la dominación francesa

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Dice el afrancesado (aunque no exiliado) Félix José Reinoso (1772-1841) en el capítulo XXIX de esta obra, con cierto talante profético que sería aplicable a muchos otros conflictos contemporáneos, en España y fuera de ella: «Hemos visto con una frialdad estúpida arrastrar a centenares los españoles a una prisión arbitraria, en los mismos días en que nos llamábamos libres. ¡Bien hecho! decía tal vez el incauto vulgo: que se castigue a los afrancesados. El pueblo sencillo no conoce que, roto una vez el dique de las leyes, que contiene la arbitrariedad de los magistrados, todos quedan expuestos a la inundación. Nunca faltarán ocasiones especiosas para perder al ciudadano, cuando haya interés en hacerlo. Hoy se les persigue con el nombre engañoso de afrancesados; mañana se atropellará a los patriotas más decididos, so color de partidarios de Ballesteros; acaso otro día se les vejará bajo pretexto de secuaces de los ingleses; luego se les proscribirá por el título de serviles o de liberales. ¿Quién dormirá seguro, si la ley no vela en su defensa? (…) Representantes de la nación: si no protegéis la seguridad de los españoles; si acostumbráis al pueblo a tolerar pacientemente la arbitrariedad judicial, ¿qué asilo reserváis para guareceros vosotros? ¿Os defenderán de los atentados dos renglones de la constitución, que os llaman inviolables?»

Naturalmente, la obra fue criticada (y condenada) tanto desde la orilla liberal como desde la tradicionalista. Así, el conde de Toreno, en su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, libro XXI, escribe: «Un literato distinguido y varón apreciable publicó en Francia, años atrás, en defensa de los comprometidos con el intruso, a cuyo bando pertenecía, una obra, muy estimada de los suyos, y en realidad notable por su escogida erudición y mucha doctrina. Lástima ha sido se muestre en ella su autor tan apasionado y parcial; pues al paso que maltrata a las Cortes y censura ásperamente a muchos de sus diputados, encomia a Fernando altamente, calificándole hasta de celestial. Y no se crea pendió el desliz del tiempo en que se escribió la obra; porque si bien suena haberse concluido ésta al volver aquel monarca a pisar nuestro suelo, su publicación no se verificó hasta dos años después, cuando, serenado el ánimo, podría el autor, encerrando en su pecho anteriores quejas, haber dejado en paz a los caídos, ya que quisiera prodigar lisonjas e incienso a un rey que, restablecido en el solio, no daba indicio de ser agradecido con los leales, ni generoso con los extraviados o infieles. El libro que nos ocupa hubiera quizá entonces gozado de más séquito entre todos los partidos, como que abogaba en favor de la desgracia, y no se le hubiera tachado de ser un mero tejido de consecuencias erróneas, mañosa y sofísticamente sacadas de principios del derecho de gentes, sólidos en sí, pero no aplicables a la guerra y acontecimientos de España.»

En cualquier caso, la obra de Reinoso constituyó un considerable éxito. Juan López Tabar, en su Los famosos traidores. Los afrancesados durante la crisis del Antiguo Régimen (Madrid 2001), nos lo expone así: «Pero sin duda sería el Examen de Reinoso la cumbre de la literatura afrancesada. Redactada con gran habilidad y fuerza persuasiva, esta obra, a la que Menéndez Pelayo llamó el alcorán de los afrancesados (…), colmaría las expectativas de los refugiados, que vieron en ella la mejor de sus defensas. El propio calificador de la Inquisición encargado de la censura de la obra se rendiría ante esta evidencia, señalando que el autor ha agotado todo el caudal de su ingenio y podría decirse que nada queda que añadir a la causa que intentan defender. Años más tarde Javier de Burgos era tajante al referirse a este libro, al declarar que la defensa de los afrancesados la hizo ya para siempre Reinoso, y no ha habido entre sus enemigos ninguno tan petulante o tan sabio que se atreva a contradecir ni una sola sílaba de su libro inmortal.» Sin embargo, «Reinoso, que al parecer tuvo muy presente a la hora de escribir su obra a su amigo Sotelo, encarcelado en Zaragoza, tuvo que eliminar algunos pasajes comprometedores en los que criticaba la conducta de Fernando VII ante el cariz que tomaron los acontecimientos políticos, y tras desistir de su publicación en Madrid (para lo cual Joaquín de Uriarte había iniciado algunos contactos con el duque de San Carlos), mandó el manuscrito a Lista para que intentara su publicación en Francia (…) Lista fue el responsable de su publicación en Francia, y en palabras de Juretschke, sólo a su esfuerzo y celo se debe que el libro saliera en Francia, pues él busca papel e imprenta, lee las pruebas y se ocupa de la distribución y venta de la obra. No en vano, Lista se mostraba entusiasta con la misma, como lo certifica en una de sus cartas a Reinoso: ¿qué quieres que te diga de tu obra? Lo que ya te he dicho otra vez. Ella será el código a que recurrirán en los siglos futuros los perseguidos por opiniones políticas, y se muestra tajante en cuanto a sus posibilidades: es esperada tu obra con ansia, le dice, y será devorada.»

Carta anónima en que se acusa de afrancesado a Francisco Castellano

viernes, 13 de mayo de 2016

John Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil

Retrato, por Godfrey Kneller
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René Pillorget (en Del absolutismo a las revoluciones), presentaba así la obra que nos ocupa, del médico y filósofo John Locke (1634-1704), considerándola la primera crítica seria del absolutismo, de la dominante monarquía de origen divino defendida por Bossuet: «Su Ensayo sobre el gobierno civil, publicado en 1690, no debe su resonancia ni a la fuerte personalidad del autor, ni a la osadía de sus tesis. Existían, empezando por el Leviatán, otras obras políticas más vigorosas. Pero apenas si las había cuya influencia fuera tan profunda y duradera. El Ensayo constituye el tipo de libro publicado en el momento pintiparado para obtener un prodigioso éxito y que refleja el estado de ánimo de una clase social en ascensión: Locke, analizador de “Gloriosa Revolución” de 1688, condensó en él lo esencial de su pensamiento y expresó así el ideal de la burguesía.

»Originario de una familia puritana, entusiasta de Cromwell en su juventud, había participado, bajo Carlos II, en las luchas de los whigs, partidarios de la reducción de la prerrogativa regia, contra los tories, partidarios de su extensión. Desterrado cinco años en Holanda, volvió de ella con Guillermo de Orange y, en su Ensayo, justificó a la revolución triunfante. La aspiración profunda de Hobbes, su “sed”, el ímpetu afectivo cuya traducción intelectual constituían sus ideas, no era otro que el deseo de una autoridad absoluta, sin quiebra, que eliminase todo riesgo de anarquía, aun a costa de sacrificar la libertad. La “sed” de Locke, su impulso fundamental, no era otra cosa que una viva hostilidad al Poder absoluto, un deseo de ver a la autoridad contenida, limitada por el consentimiento del pueblo, por el derecho natural, a fin de que fueran eliminados todos los riesgos de arbitrariedad o de despotismo, aun a costa de abrir una brecha a la anarquía. Esta pasión antiabsolutista se explicaba por su educación y por las peripecias de su vida.»

El resultado fue la monarquía parlamentaria, que despertará el interés y la admiración de ilustrados como Montesquieu. Sin embargo, en la misma Inglaterra acabará interpretándose la revolución como una reacción de sus tradiciones políticas, en defensa de su particular forma de vida y en contra del foráneo modelo del absolutismo. Y, por tanto, el posterior liberalismo tendrá raíces británicas (obviando el hecho de la abundancia de puntualizaciones, críticas y reparos, a las pujantes monarquías autoritarias, de forma continuada desde más de un siglo antes: Vitoria, Mariana, Fénelon...)

Recientemente, en su 1688 La primera revolución moderna, Steve Pincus ha puntualizado esta visión tradicional, subrayando el carácter de ruptura que supuso la revolución (y el mismo Locke): En Inglaterra, «después de 1689, los revolucionarios crearon un nuevo tipo de Estado inglés y rechazaron el modelo de Estado absolutista y burocrático, desarrollado en Francia por Luis XIV. Pero no rechazaron el Estado, sino que crearon un Estado intrusista en muchos sentidos. Intentaron que Inglaterra dejara de ser una sociedad agraria y se transformara en una manufacturera, realizaron una masiva concentración militar necesaria para convertirse en el mayor poder militar que Europa jamás hubiese visto y promovieron una sociedad tolerante en cuestiones de religión. John Locke, a menudo descrito como uno de los primeros y más influyentes pensadores liberales, fue uno de estos revolucionarios. Si bien la Revolución Gloriosa constituyó un momento crucial en el desarrollo del liberalismo moderno, dicho liberalismo no fue hostil al Estado. El liberalismo engendrado en 1688-1689 fue revolucionario e intervencionista, más que moderado y antiestatalista.»