lunes, 26 de abril de 2021

Dominique Parennin, Sobre la antigüedad y excelencia de la civilización china (Cartas 1723-1740)


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La semana pasada comunicamos el relato que Diego de Pantoja nos hizo del establecimiento de los jesuitas en China. Durante los siglos XVII y XVIII floreció esta misión gracias a su permanente contacto con la corte del emperador, donde desempeñaron un importante papel a la hora de introducir progresivamente abundantes elementos de las ciencias europeas. Pero hoy nos fijaremos en la dirección contraria, en la difusión del conocimiento en Europa de la civilización china y de otras culturas extraeuropeas, gracias a la abundante correspondencia (escritos, traducciones, obras completas) que los jesuitas establecidos en China mantuvieron con sus superiores, con familiares, académicos y científicos de toda Europa, ya que su procedencia era así de variada. Muchas de estas cartas se coleccionaron en fecha temprana en las Lettres édifiantes et curieuses ecrites des missions etrangeres, par quelques missionnaires de la Compagnie de Jesus, publicadas en Francia entre 1702 y 1776 en 34 tomos. El interés que despertaron hizo que se multiplicaran las traducciones a los principales idiomas modernos. En español, entre 1753 y 1757, en dieciséis volúmenes.

En esta ocasión hemos escogido cinco cartas de Dominique Parennin (1665-1741), uno de los más destacados e influyentes sabios jesuitas, dirigidas unas a Bernard Le Bovier de Fontenelle, de la Academia Francesa y secretario perpetuo de la Academia de las Ciencias, y otras a Jean-Jacques Dortous de Mairan, director de la citada Academia de las Ciencias. Su larga estancia en China de más de cuarenta años, su privilegiada posición en la corte, especialmente en tiempos del emperador Kangxi (1654-1722), y su dominio de las lenguas china y manchú, le permitieron transmitir una visión profunda y realista de la cultura china, nada sesgada en un sentido u otro, con un talante acorde con los valores de la Ilustración. Parennin se admira de los logros chinos, pero no oculta lo que considera elementos retardatarios, y rechaza teorías entonces vigentes como la consideración de la cultura egipcia como origen de la china. (Sin embargo, este planteamiento hiperdifusionista llegará hasta el siglo XX, con autores como Grafton Elliot Smith y William James Perry.) Su prestigio convirtió a Parennin en un importante referente de los cristianos en China y principal interlocutor con las autoridades, especialmente en los reiterativos conflictos y persecuciones, que relata en otras cartas que aquí no incluimos.

Nuestro autor murió en Pekín en 1741, pocos meses después de redactar su última carta. Uno de sus compañeros jesuitas, Chalier, remitirá una carta necrológica que se publicará en la Lettres édifiantes y tendrá considerable repercusión. Entre otros, se extractará en el tomo segundo del Nouveau Supplement au grand Dictionnaire Historique, genealogique, geographique, &c. de M. Louis Moreri, publicado en París en 1749. También Voltaire se referirá a Parennin en su Diccionario Filosófico, de un modo un tanto ambivalente, dado su arraigado y pertinaz prejuicio anticatólico. Es lógico, ya que el conocimiento de China que explaya en esta obra y en su La Filosofía de la Historia, procede básicamente de las Cartas edificantes. No dejará sin embargo de condenar la obra de los misioneros, y de felicitarse de su definitiva prohibición. En esta edición de las cartas de Parennin de temática científica y cultural, reproducimos también la necrología del padre Chalier.


lunes, 19 de abril de 2021

Diego de Pantoja, Relación de las cosas de China (1602)

Retrato ideal por Wan Li

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Diego de Pantoja nació en Valdemoro en 1571, y joven todavía se embarcó en Lisboa con destino a las misiones jesuitas de Oriente. En 1597 se encontraba en Macao a la espera de dirigirse a Japón. Sin embargo, las circunstancias alteran sus planes: dos años después marcha a Nankín para colaborar con Matteo Ricci en sus esfuerzos para integrar el cristianismo en la cultura y la sociedad china; eso sí, cultura confuciana y sociedad acomodada. Las dificultades serán abundantes, pero finalmente lograrán establecerse en Pekín, y relacionarse estrechamente con letrados y mandarines. La carta que remite a Luis de Guzmán, un superior de su orden, en 1602, y que hoy reproducimos, contendrá una relación de la aventura, y sobre todo una extensa descripción de la China de los Ming. Pronto será impresa, con apresuramiento y abundantes erratas que hemos corregido en algunas ocasiones, bajo el título de Relación de la entrada de algunos padres de la Compañía de Jesús en la China, y particulares sucesos que tuvieron, y de cosas muy notables que vieron en el mismo reino. Será pronto traducida y reproducida por toda Europa, y contribuirá a corregir viejos errores, como la distinción entre China y Catay. Aunque también generalizará nuevos estereotipos...

Escribe Ignacio J. Ramos en el volumen colectivo dedicado a nuestro autor con motivo del cuarto centenario de su muerte, titulado Diego de Pantoja SJ. Un puente con la China de los Ming (Aranjuez 2018): «Diego de Pantoja llegó a China por sus grandes dotes para las lenguas, su excelencia en conocimientos humanísticos y científicos (por ejemplo, en retórica, música, matemáticas, astronomía o cartografía), y por la flexibilidad, sagacidad y apertura de su carácter. Fue embajador de valores y creencias alternativas a los de la China Ming, siendo, a la vez, aprendiz aventajado de la cultura autóctona. Eso le hizo protagonista de un modo de inculturación no visto hasta entonces, alternativo a cualquier tipo de parasitismo o actitud colonizadora. Esta forma de vivir como “puente entre culturas” le hizo acreedor de la mayor confianza mostrada por un emperador Ming hacia un extranjero hasta entonces: se le concedió un pedazo de terreno para poder enterrar a su maestro (Matteo Ricci) y asentarse para poder tratar en paz con toda clase de gente, erudita y sencilla, que viniese a verlo. Dicha pieza de terreno se conserva hasta hoy y es el cementerio de Zhalan, un lugar muy especial dentro del propio Beijing que merece la pena conocer.»

Y en el mismo volumen, Fernando Mateos se refiere a su producción escrita: «El P. Pantoja intensificó asimismo su labor de escritor en temas históricos, geográficos, bíblicos, catequéticos y apologéticos. Desde 1611 a 1616 publicó en Pekín nueve obras escritas en chino; entre ellas sobresale la titulada Las siete victorias qikedaquan (contra los siete pecados capitales), varias veces reimpresa en los siglos siguientes. Esta obra mereció que el emperador manchú Chien Lung la incluyera en el año 1778 en su gran colección de libros excelentes.» En relación con estos éxitos literarios de la misión jesuita, escribía ya en 1640 el portugués Álvaro Semmedo en su Imperio de la China y la cultura evangélica en él (Madrid 1642): «Agradábanse mucho de los libros que imprimíamos y derramábamos de nuestra doctrina, compuestos en su propia lengua, como eran un Catecismo copioso, algunos Tratados de cosas morales, algunos de Matemáticas, y otros de religiosas curiosidades. El padre Diego Pantoja publicó uno de las Siete virtudes y de sus siete contrarios, con tanto espíritu, que los propios letrados mandarines, solamente de verlo, fueron conmovidos a imprimirlo por su gusto en diversas provincias, añadiéndole proemios y poesías en alabanza de los padres y de nuestra fe.» Sin embargo, en 1617 los jesuitas serán temporalmente expulsados de Pekín, y Pantoja regresó al Macao portugués, donde fallecerá pocos meses después, tras veintiún años de estancia continuada en China.

Mateo Ricci y Paulo Guangqu,
en Athanasius Kircher,
China Monumentis, qua sacris qua profanis (1667)

lunes, 12 de abril de 2021

Charles-Jacques Poncet, Relación de mi viaje a Etiopía (1698-1701)

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Charles-Jacques Poncet (1655-1708) nació en Saint-Claude del Franco Condado, y por tanto súbdito de la monarquía hispánica. Sin embargo, la Guerra de los Treinta Años había provocado tales padecimientos a este territorio, que hacia la fecha del nacimiento de nuestro autor había perdido dos terceras partes de su población, por las muertes y la emigración hacia las actuales Suiza e Italia. Y a pesar del preponderante sentimiento antifrancés, con el tratado de Nimega (1678) pasó a orbitar definitivamente alrededor del rey-sol, Luis XIV. Poncet, médico, farmacéutico y químico, encomiará (en el texto que nos ha dejado) al rey francés, pero se extrañará joven del reino, y se establecerá en Egipto, desde donde, años después, realizará la expedición cuyo relato hoy reproducimos. Su regreso a Francia será de breve duración, y pasará los últimos años de su vida en Persia, donde morirá en 1706 o 1708, en Ispahan.

Sobre el texto que nos ocupa, escribe Marta Torres Santo Domingo en La aventura de los misioneros en Etiopía: recorrido bibliográfico desde la Biblioteca Histórica (Pecia Complutense 2010): «Un breve testimonio nos queda, todavía, de la visita del único europeo que consiguió entrar en Etiopía en el siglo XVII tras la expulsión de los jesuitas. Nos referimos a Charles Jacques Poncet, físico francés del que se sabe que estaba establecido en El Cairo hacia el año 1698. Un enviado del emperador etíope requirió sus servicios para tratar al emperador de una rara enfermedad que podría ser lepra. Poncet emprendió viaje desde El Cairo remontando el Nilo y atravesando Nubia y Sudán hasta llegar a Gondar, en Etiopía. Consiguió curar al enfermo y, mientras duraba el tratamiento, pasó varios meses en el país, explorándolo y conociéndolo. Tras su regreso, fue a Francia a relatar su viaje e intentó establecer relaciones diplomáticas entre el Emperador y Luis XIV pero, finalmente, el intento fracasó y el viaje quedó desacreditado.

»Fueron los jesuitas quienes tuvieron interés en publicar el relato de este viaje porque, en su inicio, a Poncet le acompañó un jesuita, el padre Brevedent, quien vio la oportunidad de intentar restablecer la misión. Dadas las circunstancias de la marcha de la Compañía de Etiopía años antes, Brevedent viajó de incógnito disfrazado de sirviente, aunque de poco sirvió la estratagema pues murió poco antes de llegar a Etiopía. El relato se difundió a través de las Lettres edifiantes et curieuses cuyo tomo cuarto lo incluye (Paris, chez Nicolas Le Clerc..., 1704; y Paris, chez Jean Barbou.., 1713). A partir de ahí se hizo alguna traducción del viaje. En español, contamos con las Cartas edificantes y curiosas, cuyo primer volumen (Madrid: en la oficina de la viuda de Manuel Fernandez..., 1753) incluye el viaje de Poncet.

»Este viaje ha sido objeto recientemente de una recreación novelada, de mucho éxito, a cargo del escritor francés Jean-Cristophe Rufin quien, con el título El Abisinio, lleva a cabo una fabulación en la que conjuga intrigas palaciegas, misiones diplomáticas e historias de amor y amistad con Etiopía al fondo. Con las aventuras de Charles Jacques Poncet y el padre jesuita Brevedant terminamos estas notas sobre los misioneros en Etiopía. En el siglo XVIII, los misioneros dejan paso a los científicos y comienza una nueva etapa en los viajes de exploración que, para el caso de Etiopía y las fuentes del Nilo, tiene en James Bruce su protagonista indiscutible.»


John Senex, hacia 1725

viernes, 9 de abril de 2021

NUEVO AVISO DE GOOGLE

 


He recibido el aviso cuya captura de pantalla reproduzco arriba. No he recibido ningún correo electrónico, por lo que no dispongo de ningún dato. Tras una tediosa búsqueda, sólo he encontrado una entrada en borrador, perteneciente a un viejo blog de aula inactivo, sin enlaces de descarga. También he revisado los Drive que alojan a los Clásicos de Historia, y aparentemente todos están activos. ¡Lástima de tiempo dedicado a ello!

En fin, esto resulta un tanto reiterativo, lo que comunico a todos los usuarios.

lunes, 5 de abril de 2021

Thomas Robert Malthus, Ensayo sobre el principio de la población

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A lo largo de la historia, numerosos intelectuales han propuesto lo que aprecian como un valioso descubrimiento que les permite reinterpretar en todo o en parte el mundo y el pasado de la humanidad. Hemos visto muchos casos en Clásicos de la Historia: las razas en Gobineau, la lucha de clases en Marx, la magia como origen de la religión en Frazer… A partir de una afirmación inicial, que se presenta como evidente e indiscutible, se desarrollan unas admirables estructuras lógicas que influirán poderosamente en sus contemporáneos, y darán origen a nuevas construcciones racionales. Ahora bien, el punto de partida en todos los casos, tiene mucho de intuición, cuando no de creencia.

Nuestro aporte de hoy es un buen ejemplo: Thomas Robert Malthus (1766-1834) parte de una aseveración que se hará famosa: los recursos aumentan en progresión aritmética, la población lo hace en geométrica. Y a partir de ahí, se adentra en las consecuencias que advierte en la política, la economía y la moral. Y aprovecha para poner los cimientos de la Demografía, y para criticar a numerosos personajes de su época: Condorcet, Godwin, Owen, y al mismo Adam Smith. Naturalmente, sus propuestas quedaron pronto desfasadas y superadas, cuando no directamente rechazadas, lo que no impide reconocer su importancia al abrir nuevas direcciones a la investigación. Sin embargo, en muchos aspectos puede resultar de gran interés apreciar las continuidades que generó y que se han prolongado hasta el presente. El pasado 16 de enero, José Luis Mateos escribía en Heraldo de Aragón un artículo titulado Un virus muy maltusiano, que reproducimos aquí, y que constituyó el acicate para revisitar a Malthus.

«En 1798, un clérigo anglicano llamado Thomas Malthus discurrió la necesidad de todo lo que nos está ocurriendo en la actualidad en su Ensayo sobre el principio de la población. Tanta influencia tuvo el pastor inglés, protegido del primer ministro británico William Pitt, que el mundo actual está bañado en malthusianismo. Charles Darwin, que estuvo estudiando por el mundo la evolución de las especies, no escapó al influjo maltusiano. Su idea de la evolución de las especies nos abrió los ojos al criticar nuestro antropocentrismo, y defender la idea de que el hombre no es sino el primate que mejor se supo adaptar a las dificultades climáticas y de todo tipo. El mejor. Y Malthus propugnó que era necesario que el hombre aprendiese a controlar su excedente de población ―ya lo hacía a través de las guerras― para que los mejores pudiesen sobrevivir con fortuna. Eso cuando no eran las epidemias las protagonistas. Guerras y epidemias han cribado históricamente a la población. Estas ideas, que pasaron también por las cabezas de Nietzsche, de los jerarcas nazis, comunistas (para quien los mejores son sus mejores) o muchos otros totalitarios, tienen su reflejo en las sociedades actuales.

»Precisamente la China comunista impulsó todo un programa de reducción ―obligatoria, claro― de la natalidad. Pero también en el occidente más o menos democrático vamos en la misma dirección: anticoncepción (qué remedio), retraso en la edad del matrimonio (o como lo queramos llamar), eutanasia… Más claro: se trata de quitar gente de en medio. Antes se decía (Malthus) que era porque faltaban recursos para tanto incremento de la población. Ahora se dice que tanta población humana está acabando con el planeta. Y en lugar de luchar contra los que quieren cargarse la Tierra ―por ejemplo, los que deforestan nuestro gran pulmón, la inmensa cuenca del Amazonas― vamos a cortar por arriba y por abajo a la humanidad. Que haya el menor número de viejos y de bebés. Y de enfermos y discapacitados. Sólo debe sobrevivir el superhombre de Nietzsche. Una manera sutil de acabar con los más débiles es por medio de las epidemias, aunque a veces yerran en el blanco. Históricamente las epidemias estaban fuera del control humano. Pero la ciencia ha avanzado tanto por medio de las vacunas que nos creíamos a salvo. Pero también podemos dejar escapar microbios a investigar, queriendo o sin querer. Y es que 7.700 millones de personas dan mucho quehacer. Máxime cuando la inteligencia artificial ya está sustituyendo a muchas.»

lunes, 29 de marzo de 2021

Víctor Pradera, El Estado nuevo

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Hace unas semanas comunicamos la crítica al sistema liberal y el diseño de una Nueva Creación política, obra personal de Fermín Galán, desde presupuestos colectivistas. Desde otros tradicionalistas, se lleva a cabo la misma tarea en la obra que hoy proponemos. A pesar de su oposición mutua, presentan también coincidencias: ambos rechazan radicalmente el sistema democrático, ambos defienden el derecho a la rebelión, ambos serán fusilado por sus oponentes, y de ambos se puede constatar un cierto triunfo póstumo de sus ideales a partir del estallido de guerra civil, en la España del Frente Popular, y en la España franquista.

Escribe Pedro Carlos González Cuevas en su Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días (Madrid 2000): «Víctor Pradera Larrumbe (fue) el discípulo por antonomasia de Vázquez de Mella. Nacido en Pamplona el 19 de abril de 1873, Pradera procedía de una acaudalada familia de la burguesía. Militante desde muy joven en el carlismo, consiguió un acta de diputado en 1899 por el distrito de Tolosa, distinguiéndose como un consumado orador y polemista. A lo largo de su carrera política, Pradera se mostró, como Minguijón, partidario de las alianzas con otros grupos de la derecha. Por otra parte, fue un pensador mucho más sistemático que Mella. Tuvo una esmerada formación en el campo de la filosofía escolástica y de la economía. Su carácter violento le llevó en más de una ocasión a la disidencia. Disconforme con la posición del partido en Guipúzcoa, Pradera se retiró, en 1910, de la vida política durante algunos años, dedicándose al estudio y a los negocios (...)

»Retornado a su militancia carlista en 1917, Pradera inició la etapa cenital de su trayectoria política. Cuando los nacionalistas vascos invitaron a Cambó a pronunciar un discurso en San Sebastián, Pradera no dudó en desafiar al líder catalanista a un debate sobre el problema nacionalista, que éste no se dignó en contestar. En las elecciones de 1918 Pradera consiguió un escaño por Pamplona (…) Las intervenciones de Pradera en las Cortes y en Navarra tuvieron una gran resonancia política; pero igualmente fueron objeto de críticas por parte de los sectores carlistas proclives a un entendimiento con los bizkaitarras y catalanistas; tanto es así que éste amenazó con renunciar a su acta de diputado, porque no deseaba representar a los elementos antiespañoles (…) Pradera siguió a Vázquez de Mella en su disidencia, participando en la fundación del Partido Tradicionalista en agosto de 1919.»

Participó en la Asamblea Nacional Consultiva convocada por Miguel Primo de Rivera pero, desencantado, volverá a integrarse en el carlismo institucional. Ya durante la Segunda República, en 1933, coincidiendo con el declive del gobierno azañista, Pradera será elegido vocal regional del Tribunal de Garantías Constitucionales. En 1934, su prestigio indudable llevará al nuevo líder del partido, Manuel Fal Conde, a nombrarle presidente del recién creado Consejo de Cultura Tradicionalista. «No obstante ―señala González Cuevas―, el hito doctrinal del carlismo en los años republicanos fue la publicación en 1935 de El Estado nuevo de Víctor Pradera, auténtico vademécum del pensamiento tradicionalista, cuyos capítulos habían sido publicados por entregas en Acción Española. La obra supuso, no obstante, la reafirmación denodada de los viejos tópicos carlistas: organicismo, foralismo, Monarquía tradicional y federativa, etc.» Pradera será fusilado en San Sebastián en septiembre de 1936.

Carlos Sáenz de Tejada, Abanderados requetés

lunes, 22 de marzo de 2021

Francisco de Goya: Desastres de la guerra

Academia de San Fernando (1815)

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Escribe Julián Gallego en Los grabados de Goya, con ocasión de la magna exposición que se le dedicó en Zaragoza el año de 1992, al referirse a esta serie: «Se ignora la fecha o período en que estas 82 láminas fueron grabadas, ya que Goya no las anunció ni enseñó, ni siquiera las publicó. Habría que esperar hasta 1863, treinta y cinco años después de muerto el autor, para poder ver la primera tirada hecha en Madrid. Ello explica que no tuvieran la difusión europea y romántica de Los Caprichos. A esa primera edición siguieron otras seis, hasta 1937; en la última, los cobres muestran ya cierta fatiga (…) Goya grabó 82, pero las dos últimas, Fiero monstruo, suerte de tapir devorador de personas diminutas, o Esto es lo verdadero, continuación lógica de las dos anteriores, que representa a la Verdad (o la Paz o España) abrazando a un labriego (la salvación por la Agricultura es una idea fija de los ilustrados del siglo precedente, como demuestran los libros de Jovellanos, de Ponz, de Asso, etc.) entre un gran nimbo, fueron suprimidas de las ediciones, que se limitan a 80 (…) Todas llevan, como las demás series, sus pies o títulos explicativos, escritos por Goya con un estilo conciso y duro que Jacques Lasseigne comparaba con la cornada de un toro. Goya debió de iniciarlas hacia 1810 pero debió de seguir grabándolas durante varios años de la ocupación francesa y las últimas (del número 65 al 82) que suelen llamarse caprichos enfáticos son posteriores a la vuelta de Fernando VII y restauración del absolutismo y la Inquisición (…)

»Para Camón Aznar los Desastres son la interpretación de la guerra y la clave del pensamiento goyesco. “Hasta Goya ―escribe nuestro ilustre paisano― la guerra se presentaba con la brillantez de atuendos heroicos y de gestos caballerescos.” Entre sus dos cuadros de 1814 y esta serie de aguafuertes, “Goya ha limpiado los temas de anecdotismo.” En efecto, para él “la gloria o el fracaso militar son nónadas comparadas con la angustia y las espeluznantes desesperaciones que la guerra provoca…” En general, “la única constante de estas atrocidades es su injustificación.” Es fundamental para apreciar estas láminas que, como el citado profesor señala, “las víctimas apiadables se eligen lo mismo entre los invasores que entre los patriotas” Cabría añadir que, aunque las mayores atrocidades las cometen los invasores extranjeros, los guerrilleros nacionales y el populacho enardecido apenas les van a la zaga. Goya no toma partido sino a favor de la paz, y en eso se separa de colecciones anteriores y posteriores de estampas de desdichas bélicas.(…) El sentido de la belleza da todavía mayor amargura a las láminas más tremendas, de patriotas fusilados, atormentados, descuartizados, ahorcados, que hacen recordar aquella frase de Oscar Wilde cuando lamentaban la destrucción de obras de arte por acciones bélicas: millares de estatuas vivas han sido destrozadas.»