lunes, 27 de septiembre de 2021

Kenny Meadows, Ilustraciones de Heads of the People

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Concluimos esta semana con un tercer ejemplo de las “galerías sociales” que se ponen de moda a mediados del siglo XIX, en los que se quiere catalogar la enorme variedad de tipos (profesionales, étnicos, de clase...) que subsisten en una época en la que la uniformidad burguesa y liberal de la modernidad ha triunfado, aparentemente de forma definitiva. Ya hemos comunicado los casos francés (Les Français peints par eux-mêmes) y español (Los españoles pintados por sí mismos), y ahora vamos con el paralelo británico, que se denominará Heads of the People, or Portraits of the English (1840-1841).

El periodista y dramaturgo Douglas William Jerrold (1803-1857) promueve el proyecto, y será el autor de una buena parte del centenar de tipos que constituirá la obra; entre los restantes y numerosos colaboradores literarios los habrá tan destacados como William Makepeace Thackeray. Sin embargo, parece ser que las ilustraciones se encomendaron previamente al conocido ilustrador Joseph Kenny Meadows (1790-1874) que, de este modo, supondrán el punto de partida para los textos de los escritores. En el aspecto gráfico, la obra adquiere así una mayor unidad gráfica que sus competidoras del continente, así como más talante caricaturesco, como era de esperar del que será uno de los ilustradores del conocido Punch. Un ejemplo de ello es el Bedel de la parroquia, que naturalmente nos recuerda al personaje del recién publicado Oliver Twist. En su vertiente más “seria”, Kenny Meadows destaca por sus ilustraciones de las obras de Shakespeare, que han sido reproducidas en numerosas ediciones posteriores.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Grabados de Les Français peints par eux-mêmes

Léon Curmer

Tomos I, II, III y IV |  PDF  |
Tomos V, VI, VII y VIII |  PDF  |

El impresor francés Léon Curmer (1801-1870) destacó especialmente por la edición de lujosos libros ilustrados, para lo que usó la nueva técnica de la cromolitografía patentada por Godefroy Engelmann en 1837. Uno de sus proyectos más interesantes fue la extensa Les Français peints par eux-mêmes, luego subtitulada Encyclopédie morale du XIXe siècle. Comenzó a publicarse por entregas en 1839 (fueron 422), y definitivamente en ocho volúmenes en 1841-42, a los que se añadió un noveno volumen de regalo a los suscriptores, titulado Le Prisme, con distinta estructura aunque también del género costumbrista. Su éxito fue considerable y rápidamente fue imitada en numerosos países, y, como vimos la semana pasada, también en España (Los españoles pintados por sí mismos).

Los cinco primeros tomos, los más característicos, se centran en tipos parisienses de todas las clases sociales, aunque buena parte del quinto se dedica a las fuerzas armadas, academias militares y Guardia Nacional: estamos en la monarquía de Luis Felipe y del liberalismo doctrinario. Los tres últimos volúmenes se ocupan de “las provincias”, con abundancia de tipos populares tradicionales, y también de los territorios coloniales de Argelia y Senegal, de las Antillas y la Guayana, y de la India. El propósito expreso es mostrar la enorme variedad de la sociedad contemporánea, en pleno proceso de transformación hacia el progreso, que es contemplado con claro orgullo, aunque tampoco falta cierto espíritu crítico y cierta añoranza sentimental por el pasado. Colaboraron un gran número de escritores (citemos a Balzac, autor de la primera entrega de la obra), e ilustradores (Honoré Daumier, Paul Gavarny…). En esta entrega hemos seleccionado los espléndidos grabados a toda página que enriquecen los textos y documentan visualmente los tipos de la época.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Los españoles pintados por sí mismos

Ignacio Boix Blay

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Grabados de 1843  |  PDF  |
Grabados de 1851  |  PDF  |

En el Epílogo a la obra que hoy comunicamos, asevera Ramón de Mesonero Romanos: «No concluiríamos nunca si hubiéramos de trazar uno por uno todos los tipos antiguos de nuestra sociedad, contraponiéndolos a los nacidos nuevamente por las alteraciones del siglo. El hombre en el fondo siempre es el mismo, aunque con distintos disfraces en la forma; el palaciego que antes adulaba a los reyes sirve hoy y adula a la plebe bajo el nombre de tribuno; el devoto se ha convertido en humanitario; el vago y calavera en faccioso y patriota; el historiador en hombre de historia; el mayorazgo en pretendiente; y el chispero y la manola en ciudadanos libres y pueblo soberano. Andarán los tiempos, mudaránse las horas, y todos estos tipos, hoy flamantes, pasarán como los otros a ser añejos y retrógrados, y nuestros nietos nos pagarán con sendas carcajadas las pullas y chanzonetas que hoy regalamos a nuestros abuelos. ¿Quién reirá el último?» La obra fue publicada por el destacado editor Ignacio Boix Blay en dos tomos en 1843 y 1844, con muy abundantes grabados, y constituyó un éxito considerable: en 1851 se reeditó en un único volumen, ahora a cargo de Gaspar y Roig editores, y con una nueva colección de ilustraciones. Prueba de su popularización es la aleluya que incluimos en esta entrada, impresa en Madrid por Marés en 1865. El hispanista italiano Francesco Vian, en la obra colectiva La España liberal y romántica (tomo XIV de la Historia general de España y América, Madrid 1990), se refería así a esta obra:

«El impulso vino de fuera. En Inglaterra se publicó Heads of the People, y en Francia, entre 1840 y 1842, una admirable recopilación, Les Français peints par eux mêmes, en ocho tomos, con una serie de “tipos” de París, de la provincia, del ejército, etc, ilustrada con más de mil litografías de Gavarni, Grandville, Monnier y otros importantes artistas. Su imitación española, más limitada y con cien grabados de Carnicero, Severini, Giménez, etc., consta de 98 piezas, casi todas en prosa, constituyendo en conjunto una preciosa antología del romanticismo español, de lectura ―hay que reconocerlo― agradabilísima, incluso hasta hoy día. Aquí están todos (excepto obviamente los grandes desaparecidos: Larra y Espronceda); los famosos ―Rivas y Zorrilla, Gil Carrasco y Bretón, Mesonero y Estébanez, García Gutiérrez y Hartzenbusch, Salas y Quiroga y Flores, Ochoa y Fermín Caballero―, y los menos o nada conocidos ―Ferrer del Río y Cueto, Navarrete y Asquerino, J. M. Díaz y Vicente de la Fuente, Castañeyra y Pedro de Madrazo, etc―.Y no sólo los escritores, sino también los “tipos” españoles habidos y por haber: el torero y la patrona de casa de huéspedes, el indiano y el ama de cura, el guerrillero y el hortera, el senador y el contrabandista, el calesero y la gitana, el patriota y la maja, el covachuelista y la monja, el gaitero gallego y la politicómana (sic), precursora de la actual feminista, etcétera.

»Estamos siempre, es claro, al nivel del “cuadro de costumbres”, o del “daguerrotipo”, padre legítimo de la “instantánea” fotográfica; pero al que tenga la paciencia de leer estas 382 páginas, a doble columna, le esperan deleitosas sorpresas. El ventero y El hospedador de provincia, de Rivas, por ejemplo, aunque superficiales (como todo lo que salió de la pluma del ilustre duque), se “pueden leer” mucho mejor que el inacabable Moro expósito; El pastor trashumante, El maragato y El segador, de Gil y Carrasco, son quizás las páginas más acabadas de la obra entera del novelista de El señor de Bembibre; El avisador, de Bretón de los Herreros, es un excelente boceto de “teatro por dentro”; brotes de futuros “episodios nacionales” se divisan en seudoautobiografías de “viejos” (escritas por jóvenes) como El diplomático, de Salas Quiroga, o El exclaustrado, de Gil y Zárate; “apuntes del natural” muy bien vistos y diseñados se hallan en El español fuera de España, de Ochoa; y en muchas páginas más se notan gérmenes de lo que serían muy pronto las “historietas nacionales”, “cuentos amatorios” y “narraciones inverosímiles” de Pedro Antonio de Alarcón, trait d’union ejemplar entre los prosadores de las dos mitades del siglo.

»Hasta los trazos más endebles e inconsistentes resultan significativos; como por ejemplo, La celestina, de Estébanez Calderón, un tema dramático eludido por miopía arcaizante e incapacidad de enfocar la realidad presente. La ausencia de espíritu crítico está comprobada, en primer lugar, por la falta absoluta del “retrato” o “perfil” que mejor hubiera configurado la actualidad literaria y artística: el del “romántico”. Lo reemplazan muy chapuceramente dos artículos que son entre los peores del libro: El aprendiz de literato, de un desconocido, Luis Loma y Corradi, y El poeta, que lleva una firma famosa, la de José Zorrilla, y que por eso mismo resulta más deplorable. ¿Quién mejor que Zorrilla hubiese podido expresar la estética de la época? Sin embargo, su artículo es de una increíble pobreza ideológica y ética. Zorrilla declara que no quiere hablar “de aquel muchacho de dieciséis años que viene a Madrid fugado de la casa paterna a sentar plaza de poeta porque ha oído decir que Byron y Walter Scott lo hicieron así…” (esto es, no quiere hablar de sí mismo: lo único que hubiera tenido verdadero interés); ni del “aficionado”, del “artista” y del “mentecato” (lo que también hubiera sido interesante, puesto que tantos existían en la realidad coeva).»

Imprenta Marés, Madrid 1865

lunes, 6 de septiembre de 2021

Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid

Por Rosario Weiss, en 1842

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Julián Marías publicó este artículo el 12 de agosto de 1993, en ABC, y su reproducción nos evitará presentar a nuestro autor de esta semana. El ilustre maestro volvió posteriormente al mismo asunto, en diversas conferencias fácilmente accesibles por la red.

LA ESPAÑA SOSEGADA DE MESONERO ROMANOS

El nombre de Ramón de Mesonero Romanos dice muy poco a la mayoría de los españoles; los madrileños lo asocian al nombre de una pequeña calle del antiguo Madrid, cortada por la Gran Vía; los historiadores, sobre todo los eruditos, lo conocen por algunas de sus obras acerca de Madrid o por sus «Memorias de un setentón». Es de esos autores que son de vez en cuando estudiados, pero no son leídos. Pienso que es el resultado de diversos azares, pero me parece lamentable.

¡Qué español fue don Ramón, y al mismo tiempo qué distinto de lo que suelen ser los españoles! Nació en Madrid en 1803, dentro de un decenio hará dos siglos; tuvo una vida larga para su tiempo, pues murió en 1882. Hijo de un hombre de negocios salmantino, los continuó con próspera fortuna. Fue uno de los pocos escritores que no tuvo problemas de dinero. Vivió con holgura, estabilidad y, lo que es más interesante, generosidad. Gustaba de ayudar a los escritores necesitados ―en principio lo eran casi todos—. Esa generosidad no se limitaba al dinero. Hasta donde se puede inferir, no era soberbio; tenía una actitud favorable, benévola hacia los demás ―caigo en la cuenta de que las palabras «benévolo» y «benevolencia» apenas se usan―. Tenía admiración por Larra, más joven que él, y por Galdós, a quien llevaba nada menos que cuarenta años. Lo ayudó mucho, le dio copiosa información para escribir los «Episodios nacionales», para los cuatro decenios que Mesonero había vivido pero no Galdós. Estaba persuadido de la superioridad del autor joven, y no le dolían prendas; sin duda pensaba que lo que él sabía sería utilizado con gran talento por Galdós.

Mesonero, independiente económicamente, lo fue también por dentro. Durante toda su vida procuró apartarse de la política; sin embargo, en ocasiones se ocupa de ella; siempre con desgana, y sólo en las épocas más críticas y dramáticas, en que la política se impone a la atención y rehuirla es huir de uno mismo. Don Ramón de Mesonero Romanos fue un gran «aficionado»; no fue un escritor «profesional» ―quizá porque no necesitaba vivir de su pluma―, pero escribió más que muchos profesionales. Tenía afición —lo que tantas veces falta hoy―, y algo más: escribía por vocación. No sólo el «Manual de Madrid» o «El antiguo Madrid», las colaboraciones en «Cartas Españolas», «La Revista Española», «Semanario Pintoresco». También «Escenas matritenses», «Panorama matritense», «Tipos y caracteres», «Recuerdo de un viaje por Francia y Bélgica», y como culminación las ya nombradas «Memorias de un setentón». ¿No valdría la pena leerlo?

Escribió gran parte de aquella curiosa publicación «Los españoles pintados por sí mismos» (a la que luego siguió «Las españolas pintadas por los españoles»). A mediados del siglo XIX se produce probablemente la mayor diversidad en la sociedad española: ha crecido, se han multiplicado los modos de vivir, los oficios y profesiones; y responden a otras tantas «formas de vida» ―a diferencia de lo que pasa ahora, en que las profesiones son innumerables, pero los tipos humanos son muy reducidos. Son interesantes los «contrastes» entre 1825 y 1845, los «tipos perdidos» (el religioso, el consejero de Castilla, el lechuguino, el cofrade, el alcalde de barrio, el poeta bucólico) y los «tipos hallados» (el periodista, el contratista, el juntera, los artistas, el elector, el autor de bucólica). ¿Sería posible algo parecido entre 1973 y 1993?

Las «Memorias» cubren la primera mitad del siglo XIX. Mesonero se ocupa de política ―desde fuera, sin partidismo― al narrar el reinado de Fernando VII. Siente profunda repugnancia, pero sin fanatismo: recoge lo poco positivo que puede encontrar; reconoce los momentos de mejoría; señala la torpeza e intolerancia de los constitucionales; siente horror por la violencia y la opresión. Verdadero liberal «sin color ni grito» ―como cantaban en el sitio de Bilbao y recuerda Unamuno―, está deseando dejar de hablar de política y ocuparse de otras cosas que le parecen más importantes, salvo en los momentos en que la política las avasalla. Y hay una extraña omisión: no habla de la separación de América, ocurrida en unos años de obsesión interna.

Lo que me parece más interesante en Mesonero es la presentación de una sociedad que «vive» aun en los peores momentos. Es la negación de la estúpida, y por ello funesta, fórmula: «Los mal llamados años». Para los que se ocupan de política, las cosas son atroces; para los demás, la vida sigue, por muy limitada que esté, y tiene remansos de paz, alegría, mejoras, prosperidad. Mesonero ve y comenta la transformación de Madrid, el lujo modesto, la alegría de la vida cotidiana. Ve, y cómo, las limitaciones de la política y la procesión que va por dentro. Percibe el liberalismo ambiente, el nacimiento del romanticismo, las tensiones que interrumpen una y otra vez la concordia; pero la vida colectiva sigue fluyendo.

Poseyó algo que no es frecuente: libertad interna. Fue siempre «libre» y aprovechó toda la libertad posible en cada momento. La ejerció hasta el máximo, con moderación y educación, sin desplantes ―que tantas veces encubren una retirada real―. En 1837, en pleno desarrollo del Romanticismo español, iniciado públicamente en 1834, escribió el ensayo, tan delicioso como interesante, «El Romanticismo y los románticos», y lo leyó ante ellos, los descritos con enorme ingenio; sí, pero sin perder la benevolencia: el reverso de su amigo Larra. El sosiego interior de Mesonero Romanos le permite descubrir el de España. No era cobarde; no era tampoco agresivo ―el valor no lo exige—. Miliciano nacional, fue con el Rey Fernando VII, conducido a Sevilla y Cádiz, y se expuso a las feroces persecuciones de 1823, sin desafiarlas abiertamente.

Mesonero tiene independencia de juicio frente a todos. No confunde España con grupos minoritarios que usurpan su nombre. A la mirada habitual, la historia española del siglo XIX parece el caos, una época en que la vida no era «posible»; pero fue «real» y esto es lo que muestra la obra de Mesonero Romanos. Es un modelo de percepción, de comprensión, de veracidad. Tenía la tendencia a no dejarse las cosas en el tintero, es decir, a no deformarlas, sobre todo por omisión ―las mayores falsedades consisten en no decir lo que hay que decir―; lo estamos viviendo con una intensidad devastadora y que compromete nuestro porvenir.

En la memoria de los españoles ha quedado la España de Larra; se ha olvidado la de Mesonero. Larra tenía sin duda más fuerza literaria, más «calidad de página», y esto es decisivo. Pero también ha intervenido a favor suyo su acidez, su propensión a lo negativo —es curioso que en su propia obra se olvida demasiado lo que se atreve a afirmar, como «En este país» y otros escritos muy reveladores―. Ha tenido la fortuna de que escritores posteriores y superiores lo hayan ensalzado y hecho revivir. No se podría enfrentar a Mesonero y Larra, porque el primero admiraba y quería al segundo; no se los puede contraponer; se los debería «completar». Eso que casi nunca hacen los españoles.

Julián MARÍAS
de la Real Academia Española

Leonardo Alenza, Café de Levante, 1839

lunes, 30 de agosto de 2021

Joseph-Anne-Marie de Moyriac de Mailla, Histoire generale de la Chine ou Annales de cet Empire traduites du Tong-Kien-Kang-Mou

Zhu xi

De Joseph-Anne-Marie de Moyriac de Mailla (1669-1748), matemático y lingüista, comunicamos en su día una selección de sus cartas desde Pekín, auténticos informes rigurosos que dirige a los superiores de la Compañía de Jesús para ponerles al tanto de los conflictos que periódicamente se producen y afectan a la marcha de la misión. Son consecuencia del choque cultural que supone la introducción y difusión del cristianismo y de otros valores occidentales en el seno de la milenaria civilización china. Pero el padre Mailla destaca sobre todo por su labor como historiador, al emprender la traducción de una de las obras cumbres de la historiografía china, de compleja elaboración. El erudito Sima Guang (1019-1086), en tiempos de la dinastía Song, compiló la historia de China desde el siglo V a. C. en su Zizhi Tongjian (Espejo completo en ayuda de la gobernanza), en 294 volúmenes. Un siglo después, los discípulos del confuciano Zhu Xi (1130-1200), basándose en las enseñanzas de su maestro elaboraron el Tongjian Gangmu (1172), extracto del anterior, y al mismo tiempo reinterpretación crítica. Con la dinastía Quing fue traducida al idioma manchú con el título Tung giyan g’ang mu, y fue esta versión la que usó el padre Mailla para su traducción al francés. Se publicará póstumamente en París entre 1777 y 1783, al cuidado del abate Grossier y de M. Le Roux des Hautesrayes, con el título Histoire générale de la Chine, ou Annales de cet Empire traduites du Tong-Kien-Kang-Mou, en trece volúmenes, los dos últimos a cargo de los editores. A partir de entonces constituirá la principal fuente para el conocimiento de la historia china en Occidente.

Tomo I (1777)
Discours préliminaire de M. l’Abbé Grosier
Observations de M. Deshautesrayes
Préface
Lettres du P. de Mailla a M. Freret en réponse a ses dissertations
Princes antérieurs a la premiere dynastie.
Premiere dynastie. Les Hia (2205 a. C.)
Seconde dynastie. Les Chang (1776 a. C.)
Troisième dynastie. Les Cheou (1122 a. C.)

Tomo II (1777)
Suite de IIIe dynastie, des Tcheou (966 a. C.)
Quatrième dynastie. Les Tsin (249 a. C.)
Cinquième dynastie. Les Han (206 a. C.)

Tomo III (1777)
Suite de la Ve dynastie, des Han (140 a. C.)

Tomo IV (1777)
Suite de la Ve dynastie, des Han (194 de C.)
Sixième dynastie. Les Heou-han, ou les Han postérieurs du San-koué (221)
Septieme dynastie. Les Tçin (264)

Tomo V (1778)
Huitième dynastie. Les Song (420)
Neuvième dynastie. Les Tsi (480)
Dixième dynastie. Les Leang (502)
Onzième dynastie. Les Tchin (557)
Douzième dynastie. Les Soui (590)

Tomo VI (1778)
Treizième Dynastie. Les Tang (619)

Tomo VII (1778)
Suite de la XIIIe dynastie. Les Tang (888)
Quatorzième dynastie. Les Heou-léang ou Léang postérieurs (907)
Quinzième dynastie. Les Heou-tang ou Tang postérieurs (923)
Seizième dynastie. Les Heou-tçin ou Tçin  postérieurs (937)
Dix-septième dynastie. Les Heou-han ou Han postérieurs (947)
Dix-huitième dynastie. Les Heou-tchéou ou Tchéou postérieurs (951)

Tomo VIII (1778)
Dix-neuvieme dynastie. Les Song (960)

Tomo IX (1779)
Extrait d’une lettre du P. Amiot à M. Bertin, ministre, datée de Pé-king le 19 Novembre 1777.
Suite de la XIXe dynastie, des Song (1210)
Vingtième dynastie. Les Mongous ou Yuen (1279)

Tomo X (1779)
Vingt-unième dynastie. Les Ming (1368)

Tomo XI (1780)
Vingt-deuxieme dynastie. Les Tsing (1649)

Tomo XII (1783)
Contenant la Table Alphabétique de cet Ouvrage, précédée des Nien-hao ou noms que les Empereurs ont donné aux années de leurs règnes; d’une Nomenclature Géographique; et de trois Mémoires ou Notices historiques sur la Cochinchine, sur le Tong-king, et sur les premières entreprises contre les Chinois. Par M. le Roux des Hautesrayes.

Tomo XIII (1785)
Volume de supplément, redigé par M. l’Abbé Grosier, contenant:
     1.° La description topographique des quinze provinces qui forment cet Empire, celle de la Tartarie, des Isles, et autres pays tributaires qui en dépendent; le nombre et la situation de ses villes, l’état de sa population, les productions de son sol, et les principaux dètails de son Histoire Naturelle.
     2.° Un précis des conoissances le plus rècemment parvenues en Europe sur le Gouvernement, la religion, les moeurs et les usages, les arts et les sciences des chinois. 



lunes, 23 de agosto de 2021

Fernando de Alva Ixtililxochitl, De la venida de los españoles y principio de la ley evangélica

Retrato de desconocido, por Velázquez

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Asevera el autor: «Mi intención no es sino hacer historia de los señores de esta tierra, especialmente de D. Fernando Ixtlilxochitl, y de sus hermanos, y deudos, porque están muy sepultados sus heroicos hechos, y no hay quien se acuerde de ellos, y de la ayuda que dieron a los españoles.»

Javier Ysern de la Calle en su Manuscritos americanos de la Biblioteca Histórica: Relaciones Históricas de Fernando de Alva Ixtlilxochitl (Pecia Complutense. 2014. Año 11. Num. 20. pp. 16-31) escribe: «Gracias al Códice Chimalpopoca, un manuscrito que perteneció a Alva Ixtlilxochitl, conocemos gran parte de su genealogía. Fernando era hijo de una mestiza y un español. La sangre indígena le venía de su abuela materna, doña Cristina Francisca Verdugo Quetzalmalitzin-Huetzin, hija y heredera del cacique de San Juan de Teotihuacán y mestiza como él. Siguiendo la rama materna, su bisabuela, Ana Cortés Ixtlilxóchitl, era nieta de dos importantes gobernadores: por parte paterna de Nezahualcoyotl, señor de Tetzcoco a finales del siglo XV, y por parte materna, de Cuitlahuac, penúltimo tlatoani de Tenochtitlan, hermano y sucesor del mismísimo Motecuhzoma II. Por este parentesco con las clases gobernantes, Ixtlilxochitl ha sido ubicado habitualmente dentro de la “nobleza”.

»Como mestizo, su educación estuvo a medio camino entre la cultura europea, las creencias cristianas y las tradiciones indígenas. Así mismo, aprendió castellano y la lengua náhuatl mientras estudiaba en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, cuyos alumnos sirvieron tiempo después como intérpretes en las audiencias o gobernadores indígenas. De hecho, en 1612, a los 34 años de edad, Alva fue nombrado por mandato del virrey juez gobernador de la ciudad de Texcoco. A lo largo de los años, se le sumaron a ésta otras localidades de las que también fue nombrado juez gobernador. Poco más conocemos de su vida. Sabemos que en 1624 tuvo un hijo ilegítimo con la mujer que después sería su esposa y madre de dos hijos más. También que en 1640 ejercerá como intérprete del Juzgado de Indios. A partir de ese momento, parece haberse esfumado. Tan sólo sabemos por su partida de entierro que don Fernando de Alva Ixtlilxochitl murió en Ciudad de México el 26 de octubre de 1650.»

Fernando de Alva fue un abundante autor, especialmente de tema histórico: Sumaria relación de todas las cosas que han sucedido en la Nueva España, y de muchas cosas que los tultecas alcanzaron y supieron…; Relación sucinta en forma de memorial de la historia de la Nueva España y sus señoríos hasta el ingreso de los españoles; Compendio histórico del reino de Texcoco; Sumaria relación de la historia general de esta Nueva España; Historia de la Nación Chichimeca.

Con respecto al Compendio histórico del reino de Texcoco, Edmundo O’Gorman, uno de los mayores expertos en nuestro autor, afirma que no es «primariamente una “obra histórica”, sino un documento destinado a la autoridad real y el objetivo de las diligencias fue preconstruir una prueba jurídica para apoyar una decisión favorable al otorgamiento de algún premio o merced en recompensa de aquellos servicios y reconocimiento de señorío indígena.» Y es que Fernando de Alva se lamenta: «En resolución, fue grandísimo y excesivo el gasto que tuvo Ixtlilxochitl en estas conquistas o conversión de esta tierra, como se ha visto, que no fue pequeño servicio a Dios, y a su majestad. El rey de Tezcoco quedó sin capa y sin premio, y el día de hoy se ven sus descendientes sin ningún abrigo, sólo el de Dios, y la clemencia de Felipe III nuestro señor.»

El bautizo de Ixtlilxochitl, por José Vivar y Valderrama (siglo XVIII)

lunes, 16 de agosto de 2021

José Joaquín Fernández de Lizardi, El grito de libertad en el pueblo de Dolores

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Felipe Reyes Palacios, en su Fernández de Lizardi y la comedia lacrimosa, analiza la opinión ilustrada sobre el teatro del gran publicista mexicano y primer novelista hispanoamericano con su divertido Periquillo Sarmiento. Pone de relieve la similitud de su planteamiento a este respecto con el de Jovellanos, y su rechazo hacia los indecentes mamarrachos, de gran éxito popular tanto en la vieja como en la Nueva España. Así, «ya en la época de la república, recuerda con indignación la manera cómo el pueblo novohispano se entusiasmaba viendo las comedias con que se celebraba, el 13 de agosto, la caída de México-Tenochtitlan: “Ocho o quince días se representaba sin cesar la comedia de la Conquista de México. La gente se atropellaba para verla, y al desenrollarse en el vuelo el muchacho que hacía a Santiago, el mismo pueblo ignorante y fanático se moría de gusto y celebraba a palmotazos la odiosa representación de la sangrienta conquista de sus padres, de ellos y de sus hijos venideros, y cuando el Santiago gritaba: A ellos, a ellos, Cortés valeroso, entonces este sencillo pueblo reventaba en aplausos de sus tiranos.”»

Y seguidamente se refiere así a la breve pieza teatral que hoy comunicamos: «Para celebrar entonces la nueva independencia escribe, según dice él mismo, “una cosa como comedia, bien cortita, en dos actos”, titulada El grito de libertad en el pueblo de Dolores, con el objeto de que se representara el 16 de septiembre [su aniversario]. Pero lejos de utilizar los recursos espectaculares propios de este género, como “el vuelo del muchacho que hacía a Santiago”, Lizardi trata de dignificar su asunto combinando las parrafadas patrióticas, en el primer acto, con un número literario-musical a cargo de un coro y, en el segundo, con escenas sentimentales que exaltan las virtudes caritativas del cura Hidalgo con su feligresía.» Y el resultado es la sacralización decisiva del personaje, su conversión en un ser providencial, que levanta a criollos e indios para luchar contra los españoles y por una Libertad con mayúsculas. Y como Moisés del nuevo Méjico, no le será dado alcanzar la tierra prometida… Éste es el Hidalgo que nos presenta Fernández de Lizardi.

Aunque desde los inicios de la independencia se descubren visiones más críticas (por ejemplo, la conservadora de nuestro conocido Lucas Alamán), Hidalgo permanecerá incólume en el altar de la patria largo tiempo. En 1941, el norteamericano Lesley B. Simpson, en su Many México’s, señalaba: «Hablar sobre Miguel Hidalgo resulta muy espinoso. El patriotismo mexicano ha hecho de él el Padre de la Independencia y el símbolo de la revuelta contra todos los males del antiguo régimen, el látigo de los tiranos, el amigo de los oprimidos, el hombre de México. Todo movimiento colectivo ha de tener sus símbolos y mitos. En los Estados Unidos hemos deformado a tal punto la imagen de nuestros grandes hombres que ni sus mismas madres los reconocerían. En estos últimos años, México ha deificado la figura de Hidalgo en los textos escolares y en las pinturas murales, en grado tal que ha perdido toda semejanza con el confuso y entusiasta sanguinario que aparece en los documentos de su época. El mejor partido es reconocer a dos Hidalgos: la figura simbólica y el hombre. De los dos el hombre es infinitamente el más interesante.»

El grito de Dolores. Óleo sobre lienzo. Siglo XIX.