viernes, 24 de abril de 2020

Francisco de Quevedo, La rebelión de Barcelona ni es por el huevo ni por el fuero


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María Soledad Arredondo, en su Armas de papel. Quevedo y sus contemporáneos ante la guerra de Cataluña (1998), estudió y comparó varias obras publicadas como maniobra de propaganda, a raíz de la rebelión catalana de 1640, de las que ya hemos comunicado las especulares Proclamación católica de Gaspar Sala, y Aristarco de Francisco de Rioja. De todos ellos, escribe la autora citada, «La rebelión de Barcelona es el más conocido, tanto por la personalidad de su autor, como por sus características literarias (...) Por otra parte, la obra de Quevedo marca diferencias en cuanto a su gestación, porque se escribe desde la prisión de León, aunque el autor pretenda con ella situarse en el bando del régimen que lo ha encarcelado. La proximidad temporal de La rebelión de Barcelona con el Aristarco oficial, y con la Idea del principado del cronista real Pellicer, pone de relieve la singularidad del escrito quevediano, que sobresale aún más al compararlo con los de sus colegas: su obra pretende sumarse a la propaganda pro-castellana y pro-olivarista, pero desde fuera, porque Quevedo ya no forma parte del equipo bien entrenado por el valido en 1635. Por eso, frente a un Pellicer, con el que entonces coincidió y cuya respuesta cuenta con toda la documentación y las facilidades previsibles en su cargo, Quevedo ha de limitarse a glosar el Aristarco. Esta circunstancia puede explicar el tono estridente de su opúsculo, frente al persuasivo o argumentativo de los otros polemistas.»

Y más adelante: «Quevedo... se refiere al texto de Rioja al comienzo de La rebelión de Barcelona, y lo hace en términos más elogiosos aún que Pellicer. Lo alaba por su argumentación, por su erudición y por su estilo, y considera que la obra es definitiva para responder a los catalanes. No obstante, el texto proporciona a Quevedo la ocasión para participar en una polémica de la que estaba forzosamente apartado. Es muy probable que no conociera los textos más urgentes y locales que precedieron a la respuesta oficial, e, incluso, que las relaciones y noticias del curso de la guerra le llegaran con retraso; así que la difusión de una respuesta que bebía en las fuentes más próximas al poder le brindaba la oportunidad de manifestarse sin riesgos para su delicada situación personal. Como él mismo dice, nada tiene que añadir; su propósito es sólo acompañar al Aristarco, desde su relegada posición, para que los catalanes, que no obedecieron al docto, padezcan al ignorante. Puede que la captatio benevolentiae no sea, en este caso, falsa: Quevedo debía de ignorar detalles de la guerra, no poseía argumentos nuevos que aportar a la polémica y por eso ha de limitarse a infligir padecimientos a los catalanes, en un texto insultante, burlesco en ocasiones, cuyas precisiones proceden casi siempre del pasado, antes de su encarcelamiento en 1639: los hechos de armas de Leucate (1637) y Fuenterrabía (1638), la presión continuada de Francia, las desdichadas Cortes de 1626 en Barcelona o la anécdota del catalán Ferrer, cuya herejía (de 1624) extrapola en La rebelión de Barcelona a la totalidad de los catalanes.»

Y termina afirmando que «La rebelión de Barcelona es el más literario de los seis textos [estudiados], porque su autor no participa en la guerra ni desde el frente de batalla, ni desde la oficina de propaganda. Comparado con los textos contemporáneos ―memorial, tratado, diálogo o relación― el de Quevedo es la manipulación de un refrán; no suministra datos, sino que intensifica consignas para congraciarse con el poder, gracias a su pericia literaria. En conclusión, las armas de papel, que de poco sirvieron en una guerra larga y dolorosa, son, en cambio, muy elocuentes para descubrir matices personales de una ideología común. Con la perspectiva del tiempo, la belleza de las palabras y el ingenio de los autores que supieron domeñarlas representan la contribución de la literatura a la política de su época. En 1640 se aprecia el declive de una hegemonía española, que todavía contaba con brillantes autores para defenderla.»

viernes, 17 de abril de 2020

Francisco de Rioja, Aristarco o censura de la Proclamación católica de los catalanes

Supuesto retrato, por Velázquez

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Ante el primer escrito en defensa de la sublevación catalana de 1640, que comunicamos la pasada semana, y para darle oportuna respuesta, parece ser que el conde-duque de Olivares acudió su bibliotecario, erudito y poeta, amigo desde antiguo, y su confidente más íntimo, Francisco de Rioja (1583-1659). Éste analizará, comentará y descalificará la Proclamación católica, poniendo de relieve errores históricos, inconsistencias jurídicas, intenciones torcidas cuando no directamente aviesas y, sobre todo, traiciones manifiestas. Y aunque destaca oportunamente la lealtad al rey de numerosos personajes catalanes (que además se incrementará progresivamente con la dominación francesa) no deja de transmitir una cierta descalificación global de Cataluña, en el pasado y en el presente. La obra fue publicada de forma anónima, como había hecho Gaspar Sala, e incluso sin autorizaciones, fecha ni lugar de impresión, lo que no oculta su carácter de respuesta oficial del valido. J. H. Elliott, en su El conde-duque de Olivares. El político en una época de decadencia, sintetiza así la cuestión:

«El tema principal del panfleto de Gaspar Sala era que el conde-duque y el protonotario habían causado la ruina de la monarquía mediante sus desastrosas innovaciones y su política mal concebida. Olivares dio instrucciones a su bibliotecario, Francisco de Rioja, para responder al ataque. Su panfleto, el Aristarco, refutaba punto por punto todas las acusaciones que presentaban los catalanes. La política del conde-duque se veía justificada, como lo había sido ya durante los últimos años en los círculos ministeriales, por la doctrina de la necesidad, que podía resultar de lo más flexible siempre que conviniera. Según alegaba Rioja, cuando lo que amenazaba era la ruina, el rey tenía derecho a no respetar los privilegios sin tener que obtener una dispensa formal previa. El alojamiento de las tropas en Cataluña era un caso de clara necesidad, pues la propia defensa era algo que exigía la misma ley natural, y esta ley tenía preferencia sobre cualquier otra, incluso aquellas que se habían promulgado por mutuo acuerdo.

»No es lícito ―decía el Aristarcoque por la conveniencia o comodidad de pocos se pierda toda una monarquía. La actitud de Cataluña suponía una amenaza para el concepto de reciprocidad que era parte fundamental de la visión que tenía el conde-duque de la monarquía. Para los catalanes, dicha visión era de todo punto poco realista. Condenaban sus políticas imaginarias y platónicas, dirigidos no a vasallos de la corona de carne y hueso, sino a vasallos imaginarios, sueño o capricho del todopoderoso ministro. Pero para Olivares no se trataba de cómo debía ser la monarquía, sino de cómo tenía que ser para sobrevivir. Nunca insistiría tanto en la necesidad de que los premios y los sacrificios se repartieran equitativamente entre los distintos reinos de la monarquía como en aquel año terrible de 1640, en la que ésta había empezado a derrumbarse.»

viernes, 10 de abril de 2020

Gaspar Sala y Berart, Proclamación católica a la majestad piadosa de Felipe el Grande, rey de las Españas y emperador de las Indias, nuestro señor

Otro agustino del siglo XVII

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Discrepancias, enfrentamientos, conflictos y guerras (en suma, la política) constituyen ubérrimo campo para la proliferación de la propaganda. Volvamos pues la mirada al fecundo problema catalán, aunque ni al bronco nacionalismo de hace un siglo, ni al posmoderno ―con tintes de comedia― actual; en esta ocasión nos centraremos en el germinal del siglo XVII. En su día comunicamos la clásica, equilibrada y luminosa obra del hispano luso Francisco Manuel de Melo, Historia de los movimientos y separación de Cataluña. Pero ahora nuestra pretensión es otra: revisitar la abundante literatura de combate, en uno y otro campo, a que dio lugar la rebelión iniciada en 1640. Naturalmente, el entusiasmo sustituye a la reflexión. Los hechos, aducidos como armas, se consideran firmes como rocas: sólo la mala fe puede dudar de ellos. La pureza de intención se acapara en un bando, sin que reste ni un átomo para el contrario. Soy responsable de mis merecidos ―casi debidos― éxitos, mientras que no lo soy de mis fracasos, fruto de una tenebrosa conjunción de malicia, abuso y traición. En fin, resulta tentador aunque anacrónico, buscar paralelos con situaciones posteriores…

Debemos comenzar con la Proclamación católica de Gaspar Sala y Berart, autor al que tendremos que volver más adelante. Félix Torres Amat, en su Memorias para ayudar a formar un diccionario crítico de los escritores catalanes (Barcelona 1836) nos lo presenta así: «Nació de padres catalanes estando estos en Zaragoza [en 1605]. Entró en la religión de S. Agustín. Estudió filosofía y teología en Barcelona. En 1628 fue hecho lector y en 1635 el convento de Barcelona le adoptó por hijo con aprobación del capítulo provincial celebrado aquel año en Épila. Fue famoso predicador y profundo teólogo, de cuya facultad recibió el grado de doctor por la universidad de Barcelona en 1639 a 14 de noviembre, y en 1641 fue nombrado catedrático perpetuo de la misma facultad. Luis XIII rey de Francia en 1642 le hizo su predicador y cronista. Al año siguiente le nombró abad de S. Cugat del Vallés. Siendo rector en su colegio de S. Guillermo de Barcelona, en 1636 imprimió una obrita en catalán con este título: Govern politich de la ciutat de Barcelona pera sustentar los pobres y evitar vagamundos.—Otra en castellano intitulada: Noticia universal de Cataluña en amor, servicios y finezas admirables. Barcelona 1639*. N. A. p 447. Massot. Pag. 163 y 293.—Epitome dels principis y progresos de las guerras de Cataluña de los años 1640 y 1641: impreso en Barcelona por Pedro Lacaballería año 1641. Esta última obra se halla entre los prohibidos en el expurgatorio del Sto. Oficio, año 1707 tomo 1° pag. 478. Massot p. 293. El P. Sala siguió el partido de Luis XIII y en consecuencia procuró sostenerle con razones en la obra intitulada: Proclamación católica; aunque no la publicó en su nombre. Imprimióse en Barcelona en 1640 en un tomo en fol.—Llágrimas catalanas al enterro y exequias del Iltre. diputat eclesiastich de Cataluña Pere Claris. Está dedicada la obra al cardenal de Richelieu. Se publican por orden de los M. Illtres. Sres. diputados y oidores del principado de Cataluña. Por Gabriel Nogués 1641. Barcelona 1 tomo en 4°. Bib. Episcopal.

»Escribió también, aunque no la imprimió, otra obra con este título: De la división geográfica de los reinos de Francia y España. Viola y la leyó el P. Gaspar Roig en casa del mismo autor, como dice en el Resumen p. 135. Formó esta obrita por orden del obispo de Orange Jacinto Serronio, a quien el rey de Francia había enviado para designar los límites entre aquel reino y el nuestro.—Armonía geográfica Hispaniæ. En esta obra conciliaba los cuatro príncipes de la geografía, Mela, Estrabón , Ptolomeo, Plinio, y a otros en orden a las ciudades, montes y ríos de la península, y aun con respecto a las cosas más notables de cada región de ella. «Obra (dice) que perdió en sus viajes y persecuciones, con otros muchos MSS. de cátedra y púlpito, e historia que como los haya hallado quien los entienda no los dará por perdidos.» D. Nicolás Antonio dice que tradujo al francés la obra del Sr. Ceviziers: El héroe francés o la idea del gran Capitán, esto es, el elogio de Henrique de Lotaringia, conde de Harcourt, gobernador de Cataluña por el rey de Francia. Obra impresa en 1646 un tomo en 4°.—Sermón de S. Jorge, predicado a los diputados de Cataluña en 23 de abril de 1641. El P. Sala fue nombrado abad de S. Cugat en 15 de marzo de 1642. La bula de la confirmación es de 1645, y en el mismo año tomó posesión a 16 de octubre. Recobrada Cataluña del poder de los franceses en 1652 se fue a Perpiñán: pero en consecuencia de la paz llamada de los Pirineos, que hicieron los dos reyes en 1660 [1659], se restituyó a su abadía en 31 de agosto de 1662. Murió el día 7 de enero de 1670. Si hubiese vivido el P. Sala en tiempos más tranquilos hubiera ilustrado mucho mas a su patria con su inmensa erudición y conocimientos históricos.»

*. En realidad es de Francisco Martí y Viladamor, y es posterior la edición que manejo: cita en el texto la Proclamación Católica y el estallido del Corpus.

viernes, 3 de abril de 2020

François Bernier, Nueva división de la Tierra por las diferentes especies o razas humanas que la habitan


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Es poco digno el concepto moderno de razas humanas, cuyo origen muchos tratadistas sitúan en la breve obra que comunicamos. Desde antiguo se había reconocido nuestra enorme diversidad, que causaba asombro en Plinio el Viejo: «Ver cuán diferentes son los razonamientos, el lenguaje y las palabras entre los hombres, de suerte que un forastero o extraño de una nación, al que es de ella le parece no ser hombre; y ver también, que supuesto que en nuestro rostro hay diez miembros, o pocos más, apenas se hallarán dos entre tantos millares de hombres, que el uno no se diferencie del otro; cosa que cuando quisiese hacerla un gran artífice, aun no podría en pocas figuras.» Esta enorme variedad es inclasificable, y por tanto prefiere adentrarse en una atractiva relación de seres prodigiosos: arismaspos, androginos, cinocéfalos, monoscelos, astomos… Múltiples viajeros posteriores visitarán, si no países remotos, estas páginas de la Historia Natural, como hizo siglos después nuestro improbable conocido, Juan de Mandeville.

Pero la antigüedad cristiana subrayó el origen común de la humanidad, hija de Adán y Eva. Y así Isidoro de Sevilla aborda el problema de forma distinta: «Gens es una muchedumbre de personas que tiene un mismo origen o que proceden de una nación distinta de acuerdo con su particular identificación como Grecia y Asia. De ahí su nombre de gentilidad.» Y a partir de los tres hijos de Noé y sus descendientes acabará por contar hasta setenta y dos o setenta y tres gentes diferentes, de las que emanan todos los pueblos existentes, que enumerará con morosidad en el libro IX de las Etimologías. Posteriormente, viajeros, comerciantes, piratas y conquistadores recorrieron mares y continentes y mantuvieron esa capacidad de asombro ante la inagotable variedad humana.

Pues bien, en un momento determinado François Bernier, del que ya hemos comunicado sus aventuras en la India del Gran Mogol, tiene la idea de racionalizar ―estamos en el siglo de Luis XIV― la frondosa maraña de grupos humanos, y dejarla reducida a cuatro únicas razas. Atiende a las características física, especialmente del rostro, y no a a sus capacidades y temperamentos, como se generalizará más adelante. Tampoco acuña todavía las que pronto serán denominaciones canónicas, pero de algún modo se encuentran implícitas la de blancos, negros y orientales. Añade un poco sorprendentemente una cuarta raza, la de los lapones, de la que asegura haber visto sólo dos individuos. Y tras valorar la existencia de una raza de aceitunados en América, generosamente la incluye en la nuestra.

Todo esto asemeja una mera ocurrencia, traída un tanto por los pelos, sin elaborar ni desarrollar, destinada a llenar unas pocas páginas en Le Journal des Sçavans del 24 de abril de 1684. Podría ser prueba de ello el hecho de que agota pronto su argumento, y en elegante quiebro pasa a tratar de la hermosura de las mujeres, partiendo del hecho de que «ciertamente, se encuentran bellas y feas en todas partes», y en todas las razas, como ejemplifica con la ajada galantería de la época. Parece, pues, un poco excesivo considerar este mero, vulgar, casi inane divertimento como punto de partida del racismo moderno, existente desde tiempo atrás en su vertiente práctica, pero que aun tardará en gozar de una construcción ideológica que lo justifique e impulse, como ocurrirá a partir de la sombría obra de Gobineau y su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas.


viernes, 27 de marzo de 2020

Christoph Weiditz, Libro de vestimentas (Trachtenbuch)

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Katherine Louise Bond, en su reciente tesis Costume Albums in Charles V’s Habsburg Empire (2017) estudia con profundidad la obra que hoy presentamos: un manuscrito con cuidadosas ilustraciones que representan las diferentes formas de vestir, según regiones y grupos sociales, que a su autor le fue dado observar durante un viaje por España. Y entre todas ellas, algunos retratos aislados: el de Hernán Cortés (que ya utilizamos en su día en Clásicos de Historia) y el de Andrea Doria, recién incorporado al servicio del Emperador. Traducimos de forma apresurada algunos párrafos de la profesora Bond: «El Trachtenbuch, o álbum de vestimentas, del retratista sobre medallas de Augsburgo Christoph Weiditz (c. 1500-59)... constituye una obra de profunda observación etnográfica en la que se representan costumbres y culturas en gran medida contempladas directamente por el artista cuando viajó a la corte española de Carlos V en 1529.»

«En 1927, Theodor Hampe, director del Germanisches Nationalmuseum en Nuremberg, identificó a Christoph Weiditz como el autor del vívido manuscrito ilustrado de formaba parte de su colección, y que contenía trajes regionales y actividades populares, que había permanecido desapercibido en el departamento de grabados y manuscritos durante casi sesenta años. Contiene 154 folios con ilustraciones en su mayoría situadas en España, aunque también se hallan representados individuos de Portugal, Italia, Francia, los Países Bajos y Alemania, entre otros lugares. Hampe relacionó el álbum con el itinerario que siguió en su viaje Weiditz durante los años 1529-32, concluyendo que la figura ilustrada del álbum de un hombre con ropa de marino y llamado Stoffel weyditz era el propio autor de aquellas pinturas al gouache.

»Georg Habich había identificado en 1913 a Christoph Weiditz como un hábil creador de retratos sobre medallas. Los documentos descubiertos en los archivos y un rastro de medallas producidas para los clientes en toda Europa, llevaron a Habich a determinar que Weiditz hizo un viaje a la corte imperial española alrededor de 1529 para intentar ser recibido por el emperador Carlos V, y así resolver un conflicto con el gremio de orfebres de Augsburgo. Diversos detalles del álbum sugieren que acompañó al famoso armero Kolman Helmschmid (c. 1471-1532), protegido desde hacía tiempo por los Habsburgo, antes de unirse al séquito imperial en Castilla (...) Si bien la relación del álbum con los viajes de Weiditz entre 1529 y 1532 se ha demostrado de manera irrefutable, es importante destacar que el trabajo no es un cuaderno de bocetos de vistas contempladas in situ. Fue realizado posteriormente en el taller del artista, y presenta un dibujo a tinta trazado con esmero, un color cuidadosamente aplicado, y áreas delicadamente superpuestas pan de oro y plata. Pero a pesar de su producción posterior, los bocetos producidos en el campo seguramente determinaron el resultado final reelaborado que ha sobrevivido.

»El debate académico sobre el álbum de Weiditz ha tendido a centrarse en su propósito general y la naturaleza de sus contenidos, lo que lleva a diferentes posturas sobre cómo debe clasificarse. Ha sido muy cuestionado hasta qué punto los vestidos son el objetivo principal del trabajo. El álbum es generalmente conocido como Trachtenbuch de Weiditz (Libro de vestimentas), una denominación que fue utilizada por primera vez por Hampe para llamar la atención del público. Situando la obra en el género de libros de vestimentas, definido por Heinrich Doege en 1903, Hampe afirmó que (...) podría reconocerse como la más antigua de éstos. El álbum comparte con los libros de vestimentas posteriores un interés palpable en la ropa de diversas poblaciones, así como un diseño de composición que aísla las figuras contra un fondo en blanco y las combina con breves descripciones. Sin embargo, existe un consenso en la investigación actual de que esta obra hace algo más que mostrar diferentes formas de vestir, y que mantiene ambiciones más amplias. Se ha convertido, por ejemplo, en una fuente visual utilizada frecuentemente por los académicos para analizar la cultura y la sociedad de la España de principios del siglo XVI. Albrecht Classen y Dennis Conrad han preferido interpretar el álbum de Weiditz en relación con la literatura de viajes.»

Danza morisca

viernes, 20 de marzo de 2020

Isa Gebir, Suma de los principales mandamientos y devedamientos de la ley y sunna


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Pascual de Gayangos (1809-1897) editó en 1853 dos interesantes obras redactadas en el seno de las comunidades musulmanas del reino de Castilla. Las presenta así en su introducción, con ocasionales y característicos tonos elevado de la época: «De los dos tratados que a continuación se imprimen, el primero es copia de un códice del siglo XIV que se conservaba hace algunos años en la biblioteca del Colegio mayor de S. Ildefonso de Alcalá (…) Su contenido se reduce a una de esas compilaciones legales que tan comunes debieron ser entre los mudéjares de Castilla y Aragón sujetos a nuestra dominación, y que habiendo con el tiempo olvidado su propia lengua, hubieron necesariamente de valerse de la castellana en sus escritos, así como en toda clase de contratos civiles. Sabido es que luego que empezó la obra grandiosa de la reconquista, cuando Toledo y toda Castilla la Nueva cayó en manos de Alfonso VI, gran número de moros quedaron para siempre privados de todo roce y comunicación con sus hermanos de allende Sierra Morena, prefiriendo la condición de vasallos al abandono del hogar doméstico. Otro tanto sucedía en Aragón y Valencia, donde D. Jaime el Conquistador extendiendo los límites de sus fronteras, dejaba encerrados dentro de ellas a millares de muslimes. Pero tanto en Castilla como en Aragón los conquistadores otorgaron al vencido el libre ejercicio de su religión, sus leyes, usos y costumbres, como se echa de ver por los fueros y capitulaciones de Toledo, Zaragoza, Tudela, Tortosa y otras ciudades.

»Nada, pues, tiene de extraño que entre los mudéjares de Castilla corriera una compilación autorizada de las leyes que los regían, hecha por algún alfaquí o persona notable de entre ellos, y en castellano por haber olvidado su lengua natal aquellos mismos para quien se escribía. Aun cabe la suposición de que este código civil, si así puede llamarse, recibiera la sanción del soberano que a la sazón reinaba en Castilla, pues habiéndose de juzgar por él súbditos de su corona, aunque moros e infieles, parece razonable tuviera en él algún género de intervención. Como quiera que esto sea, es el más antiguo de cuantos han llegado hasta nosotros, y presenta la singularidad de hallarse omitida en él toda la parte ritual y ceremonias de la ley mahometana, quedando reducido a un mero código civil. Por lo que respecta a sus disposiciones, nada hemos hallado en él que no esté enteramente conforme con los principios consignados en el Corán, con la tradición y la Zunna, con las doctrinas del rito málequi que se siguió en África y en España, y con la letra de otras compilaciones legales del mismo género; sólo sí se advierte de vez en cuando alguna mas minuciosidad en explicar y comentar ciertas leyes relativas al comercio y a todo género de contratos civiles.

»Del segundo (texto, el que aquí comunicamos) que es de época más reciente, puesto que lo escribió en 1462 Ice Gebir, alfaquí mayor y muftí de la aljama de Segovia, se conservan además del códice original y autógrafo que ha servido para esta impresión, dos copias bastante antiguas, de las cuales una, en 4.°, señalada Q. 195, se halla en la Biblioteca Nacional, y parece hecha por algún morisco por los años de 1600, y la otra, en folio con la marca G. 138, fue del doctor Zárate, del tribunal de la Inquisición. Este segundo tratado, que se intitula Suma de los principales mandamientos y devedamientos de la Ley y Çunna, comprende todo lo que el muslim debe creer y está obligado a hacer; los cinco fundamentos en que estriba la religión mahometana, que son: 1.° La confesión de la unidad de Dios. 2.° La azala u oración. 5.° La limosna. 4.° El ayuno del mes de Ramadán. 5.° La hicha o peregrinación a los santos lugares; y por último un resumen de las principales leyes acerca del matrimonio, divorcio, compras y ventas, tutorías, encomiendas, etc. Es, pues, un compendio de la Sunna que abraza a un tiempo la parte religiosa y civil del Corán.»

El prestigio de Isa Gebir debió ser considerable. Se sabe que colaboró en una traducción del Corán que el teólogo Juan de Segovia (1395-1458), asistente al Concilio de Basilea y muy activo por toda Europa en defensa del conciliarismo, utilizó en su refutación del Islam.


Familia morisca de viaje. Christoph Weiditz, Trachtenbuch, c. 1530

viernes, 13 de marzo de 2020

Sebastian Münster, Cosmographiae Universalis. Mapas y vistas urbanas

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El alemán Sebastian Münster (1488-1552) es un acabado ejemplo de humanista. Nacido en la vieja Renania, ingresó en la orden franciscana lo que le llevó a estudiar y después enseñar en numerosas universidades: Heildelberg, Lovaina, Friburgo y otras. Su adhesión a la Reforma le decidió a establecerse en Basilea, donde desarrolló lo más granado de su carrera académica. Aunque sus intereses fueron múltiples (matemáticas, astronomía, gnomónica, cartografía, por supuesto teología), Münster fue ante todo hebraísta: estudios gramaticales, vocabularios, y sobre todo la edición, traducción y comentario de numerosos textos: desde la Biblia hebrea hasta las obras de Maimónides.

Sin embargo, su mayor éxito editorial le vendrá por su Cosmographiae Universalis, editada en alemán en 1544 y pronto traducida al latín, al italiano, al francés y al checo. Con los años fue ampliada y modificada, hasta alcanzar 35 ediciones diferentes en menos de un siglo. Su propósito, dejó escrito, había sido elaborar una «Cosmografía o descripción de todas las tierras, principados y ciudades importantes de toda la tierra, así como sus circunstancias, características, religión, costumbres, historia y sus particularidades.» Buena parte de su éxito procedió de los abundantes grabados en madera que enriquecen la obra, como ya había hecho medio siglo antes Hartmann Schedel con sus Crónicas de Nuremberg (1493). Sin embargo, a partir de 1570 la obra quedará definitivamente superada con el Theatrum orbis terrarum de Abraham Ortelius y las Civitates orbis terrarum, de Braun y Hogenberg.

Presentamos un repertorio bastante completo de los mapas y las vistas de ciudades de la obra de Münster.