lunes, 19 de mayo de 2025

Jacob Burckhardt, La época de Constantino el Grande. Paganismo y cristianismo

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En su obra ¿Qué es la historia cultural?, Peter Burke se refiere así al que puede considerarse como uno de los primeros y más importantes creadores de esta corriente historiográfica, el suizo Jacob Burckhardt (1818-1897).

«No es casual que los historiadores culturales más destacados del período, Jacob Burckhardt y Johan Huizinga, pese a ser académicos profesionales, escribieran principalmente sus libros para el gran público. Tampoco es casual que la historia cultural se desarrollara en el mundo de habla alemana antes de la unificación de Alemania, cuando la nación era una comunidad cultural más que política, ni que la historia cultural y política llegasen a concebirse como alternativas o incluso como opuestas. En Prusia, sin embargo, la historia política era dominante. Los discípulos de Leopold von Ranke tachaban la historia cultural de marginal o de asunto de aficionados, por no basarse en documentos oficiales de los archivos ni contribuir a la tarea de construcción del Estado

»En su producción académica, Burckhardt abarcaba un amplio espectro, desde la Grecia antigua, pasando por los primeros siglos del cristianismo y el Renacimiento italiano, hasta el mundo del pintor flamenco Pedro Pablo Rubens. Hizo relativamente poco hincapié en la historia de los acontecimientos, prefiriendo evocar una cultura pasada y resaltar lo que llamaba sus elementos “recurrentes, constantes y típicos”. Procedía intuitivamente, empapándose del arte y la literatura del período que estaba estudiando y estableciendo generalizaciones que ilustraba con ejemplos, anécdotas y citas, evocadas con su vívida prosa.»

Y más adelante: «...Burckhardt defendía la relativa fiabilidad de las conclusiones sacadas por los historiadores culturales. La historia política de la antigua Grecia, sugería, está plagada de incertidumbres porque los griegos exageraban o incluso mentían. “En cambio, la historia cultural posee un grado primario de certeza, pues consta en su mayor parte de material transmitido de modo no intencionado, desinteresado o incluso involuntario por las fuentes y los monumentos.”

»En lo que atañe a la relativa fiabilidad, Burckhardt tenía sin duda su parte de razón. Su argumentación acerca del testimonio “involuntario” resulta asimismo convincente: los testigos del pasado pueden decirnos cosas que ellos no sabían que sabían. Con todo, sería imprudente asumir que las novelas o los cuadros son siempre desinteresados, que están libres de pasión o de propaganda. Al igual que sus colegas de la historia política o económica, los historiadores culturales necesitan practicar la crítica de las fuentes, preguntándose por qué llegó a existir un determinado texto o imagen; si tenía como propósito, por ejemplo, persuadir a los espectadores o a los lectores para que emprendiesen un determinado curso de acción.»

Presentamos en esta entrega una obra de 1853, La época de Constantino el Grande, que en español fue titulada Paganismo y cristianismo, ya que son estos aspectos ideológicos los que entonces ocuparon a un todavía joven Burckhardt. Naturalmente, la investigación histórica, el conocimiento y crítica de las fuentes del siglo IV han avanzado mucho en estos últimos siglo y tres cuartos. Como ejemplo, sirva la valoración de la Historia Augusta, que nuestro autor emplea profusamente, y que, como vimos en su día, desde fines del siglo XIX fue muy cuestionada. Y sin embargo, con esta obra de Burckhardt nos encontramos ante un auténtico clásico, con el que podemos llevar a cabo un original acercamiento a una época clave en la historia.

Luis Suárez, en su Grandes interpretaciones de la Historia, lo elogiaba así: «Burckhardt, uno de los historiadores más grandes que hayan existido...». Y de sus principales obras, La época de Constantino el Grande, La cultura del Renacimiento en Italia, y su Historia de la cultura griega, señala que «siguen siendo básicas en la formación de cualquier historiador. Él mismo las definía diciendo que de ninguna manera quería hacer simple erudición ni tampoco Filosofía de la Historia, sino un esfuerzo comprensivo sobre determinadas épocas del pasado. Historiar es ejercer “el registro de los hechos que una edad encuentra notables en otra” (...) De su definición de esta ciencia nacía el hecho de que cada generación descubre perspectivas nuevas al suceder histórico. En cierto modo puede decirse que rehace la Historia, aunque no en el sentido de que abandone cuanto se hiciera anteriormente.»

lunes, 5 de mayo de 2025

Rufo Festo, Breviario de las victorias del pueblo romano

Sólido de Valente

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Rufo Festo, que murió en 380, fue un alto funcionario, quizás magister memoriæ, de Valente (328-378), el augusto del Imperio Romano de Oriente que muere en la Batalla de Adrianópolis ante los godos dirigidos por Fritigerno. En realidad, se ignora casi todo sobre el autor de esta entrega. Incluso su nombre está poco claro. En los manuscritos conservados (el más antiguo del siglo VII) aparece como Rufus Festus, Sextus Rufus, Sextus Festus… Por otra parte, los expertos discuten su identificación con el citado magister memoriæ Festo de Tridentum, severo procónsul en Asia, enviado por Valente para reprimir una sublevación, y mencionado por numerosos historiadores de la época, como Amiano Marcelino y Zósimo.

En cualquier caso, el Breviarum rerum gestarum populi romani se presenta (en muchos manuscritos) dedicado al emperador. No posee un excesivo valor historiográfico. Es un breve resumen de las sucesivas conquistas de los romanos desde sus orígenes, aunque centrado especialmente en su frontera oriental contra los herederos del antiguo Imperio Persa, partos y sasánidas. Festo, aunque celebra las victorias y conquistas romanas, no oculta algunos fracasos. Generalmente se ha considerado esta obra como un informe con finalidad de propaganda, elaborado de cara a la campaña que hacia el 370 prepara Valente contra Sapor II.

A pesar de lo superficial de su contenido y lo breve de su extensión, o quizás por eso mismo, esta obra fue copiada repetidas veces en un buen número de códices durante la Edad Media. En ocasiones está acompañada por otras dos obras aun más escuetas, que incluimos en esta entrega, y que algunos atribuyeron al propio Festo, algo hoy rechazado. Ambas son meros listados de datos. El Catálogo de las provincias romanas enumera las once regiones y ciento trece provincias del Imperio Romano, y añade las principales ciudades de las provincias de las Galias; parece ser posterior a Rufo, de tiempos de Teodosio. 

La Descripción de la ciudad de Roma, que está incompleta, relaciona templos, termas, teatros, arcos y otros monumentos, junto con otros muchos datos: plazas, barrios, cisternas..., de cada una de las catorce regiones en que divide la Urbe. Se han conservado diversas versiones con títulos diferentes y contenidos variables: Curiosum urbis Romae regionum XIIII, o Notitia urbis Romae regionum XIV. Entre tanta magnificencia citada, llama la atención el hecho de que no se mencione ninguna iglesia, por lo que se sugiere que el original perdido fue redactado a principios del siglo IV.

Se incluyen los correspondientes textos latinos.

Xilografia de Antiquae Urbis Romae cum Regionibus Simulacrum, Roma 1532

lunes, 21 de abril de 2025

Lucio Cecilio Firmiano Lactancio, Cómo mueren los perseguidores

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Bernardino Llorca, en La Iglesia en el mundo grecorromano, primer tomo de la extensa Historia de la Iglesia Católica de la BAC publicada a partir de 1949 y con abundantes reediciones, nos presenta así al clásico de esta entrega, Lucio Cecilio Firmiano Lactancio (c. 245-325):

«Del África procedía el escritor más insigne del Occidente cristiano en este período, Lactancio. Había sido discípulo de Arnobio, pero abandonó el África y se dirigió al Oriente, a la importante ciudad de Nicomedia, donde fue empleado por el emperador como profesor de retórica. Bien instruido en la cultura y en la filosofía antigua, antes de la persecución de Diocleciano se convirtió al cristianismo. Después del año 305, en que, habiéndose retirado Diocleciano, quedó Galerio único dueño del Imperio en Oriente, mandó éste cerrar las escuelas de retórica, y Lactancio se vio reducido a la más espantosa miseria. De ella vino a sacarlo Constantino, quien lo llamó a las Galias el año 311, nombrándolo preceptor de su hijo Crispo. En esta ocupación continuó pacíficamente hasta el fin de su vida, entretenido en la composición de sus obras.

»Muchas son las que escribió Lactancio antes y después de su conversión, en todas las cuales aparece su estilo escogido y clasicista, que le mereció el renombre de Cicerón cristiano. Entre sus escritos cristianos merecen especial mención las obras Sobre la operación de Dios y De la ira de Dios. Más notable todavía es otra de carácter dogmático, titulada Instituciones divinas, verdadera apología de la religión cristiana y compendio de su doctrina. En esta última obra es donde más se muestra la deficiencia de la instrucción de su autor, pues en realidad resulta floja e incompleta.

»Mucho más nombre le ha dado el trabajo histórico Sobre la muerte de los perseguidores, que trata del fin trágico de los que persiguieron a la Iglesia y reúne multitud de tradiciones y leyendas sobre este tema. Es, juntamente con Eusebio [de Cesarea] la fuente principal, sobre todo para la persecución de Diocleciano. A imitación de Eusebio, tiene especial predilección en citar fragmentos de autores de su tiempo, que dan un sabor de objetividad relativa a su obra.»

Por otra parte, nuestro conocido Jerónimo de Estridón, en su Varones ilustres, nos informa de más obras de este prolífico autor, de temática no religiosa, la mayoría de las cuales no han llegado hasta nosotros. «Firmiano, también llamado Lactancio, discípulo de Arnobio, fue llamado a Nicomedia en tiempos de Diocleciano junto con Flavio el Gramático, cuyo poema De la medicina se conserva todavía, y allí enseñó retórica. Y como no tenía discípulos (ya que era una ciudad griega), se dedicó a escribir.

»Tenemos un Banquete suyo, que escribió siendo joven en África, y un Itinerario de un viaje de África a Nicomedia escrito en hexámetros, y otro libro que se llama El Gramático, muy hermoso, De la ira de Dios y De las instituciones divinas contra las naciones, siete libros, y un Epítome de la misma obra en un solo volumen, sin título; también dos libros A Asclepíades, un libro De la persecución, cuatro libros de Epístolas a Probo, dos libros de Epístolas a Severo, dos libros de Epístolas a su discípulo Demetrio y un libro al mismo tiempo De la obra de Dios o de la creación del hombre. En su extrema vejez fue tutor de Crispo César, hijo de Constantino en la Galia, el mismo que luego fue condenado a muerte por su padre.»

Y Ernst Bickel, en su Historia de la literatura romana, nos recuerda que tras el envenenamiento de su discípulo, «bajo la impresión de este suceso, Lactancio suprimió la dedicatoria de su obra principal [Divinæ Institutiones] a Constantino el Grande.» Y «al mismo tiempo Lactancio, en la nueva edición de la obra, aprovechó la ocasión para suprimir pasajes escandalosos desde el punto de vista dogmático.»

En relación con las persecuciones a los cristianos a principios del siglo IV comunicamos en su día el Peristephanon o Libro de las Coronas del hispano Aurelio Prudencio Clemente. Y sobre el talante bastante cruel y sanguinario de la sociedad romana de la época que se desprende de la obra de Lactancio, encontraremos abundantes muestras que lo corroboran en la Historia del Imperio Romano del 350 al 378 de Amiano Marcelino.


lunes, 7 de abril de 2025

Luis Zapata de Chaves, Miscelánea o Varia historia

El Arte Poética de Horacio, por Luis Zapata, Lisboa 1592

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En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva un curioso manuscrito de fines del siglo XVI, transcrito y publicado por Pascual de Gayangos en 1859. Contiene dos centenares y medio de capítulos, la mayoría muy breves, con un sinfín de anécdotas, pensamientos, chistes, lecturas, noticias verdaderas y rematadamente falsas… De ahí que se la haya titulado comúnmente como Miscelánea, aunque su autor la denomina Varia historia. Realmente, no es equiparable a las Noches Áticas de Aulo Gelio, o a los Ensayos de Montaigne, pero poseen un gran atractivo como medio para acercarnos a los valores, intereses y vivencias de un representativo personaje renacentista.

La obra fue dictada a lo largo de los últimos años de su vida por el caballero extremeño Luis Zapata de Chaves (1526-1595), de la Orden de Santiago, y señor de vasallos. En el prólogo de su Libro de Cetrería (1583), nos informa de lo que podemos considerar su proyecto vital: «Por tres cosas alababa Platón a sus dioses: que le habían hecho hombre y no bestia, varón y no hembra, griego y no bárbaro; yo, en la juvenil edad que me hallé con aquellas mismas, y mejor la postrera, que es ser español, deseé otras tres: ser gran cortesano y ser gran poeta y justador. Lo que de esto alcancé, que cierto fue poco, a los juicios ajenos, que son los jueces, lo remito.»

Cortesano lo fue durante veinte años, desde que con nueve de edad se incorporó como paje al séquito del futuro Felipe II, del que era coetáneo. Junto a él recibió una extensa formación intelectual y física, el hábito de la Orden de Santiago, y la oportunidad de acompañar al príncipe en su felicísimo viaje (1548-1551) a través de Italia, Alemania y Flandes. En 1556 se desvinculará de la corte, cuando la abdicación del emperador. Zapata se casa y se establece en su Llerena natal, con frecuentes desplazamientos a Sevilla, Talavera…

Ejercitó con maestría las actividades más propias de la nobleza, la caza (especialmente la altanería) y las justas. Hay numerosas referencias a ello en la Miscelánea, y en obras de otros autores. Pero un caballero renacentista ha de ser también poeta. Su obra más ambiciosa es el Carlo Famoso (1566), epopeya que narra los hechos de Carlos I. Su publicación le deparó cuantiosos gastos, una escasa repercusión, y además fue seguida por una profunda caída que le conduce a una prisión severa durante dos años, y más limitada (vive con su familia y seis criados) durante otros veinte, hasta su rehabilitación plena en 1591.

Marcelino Menéndez Pelayo, en su Orígenes de la novela, se refiere así la obra que presentamos: «El caballero extremeño don Luis Zapata (...) retrájose en su vejez, después de haber corrido mucho mundo, a su casa de Llerena, “la mejor casa de caballero de toda España (al decir suyo), y aun mejor que las de muchos grandes”, y entretuvo sus ocios poniendo por escrito, sin orden alguno, en prosa inculta y desaliñada, pero muy expresiva y sabrosa, por lo mismo que está limpia de todo amaneramiento retórico, cuanto había visto, oído o leído en su larga vida pasada en los campamentos y en las cortes, filosofando sobre todo ello con buena y limpia moral, como cuadraba a un caballero tan cuerdo y tan cristiano y tan versado en trances de honra, por lo cual era consultor y oráculo de valientes.

»Resultó de aquí uno de los libros más varios y entretenidos que darse pueden, repertorio inagotable de dichos y anécdotas de españoles famosos del siglo XVI, mina de curiosidades que la historia oficial no ha recogido, y que es tanto más apreciable cuanto que no tenemos sobre los dos grandes reinados de aquella centuria la copiosa fuente de Relaciones y Avisos que suplen el silencio o la escasez de crónicas para los tiempos de decadencia del poderío español y de la casa de Austria.

»Para todo género de estudios literarios y de costumbres; para la biografía de célebres ingenios, más conocidos en sus obras que en su vida íntima; para empresas y hazañas de justadores, torneadores y alanceadores de toros; para estupendos casos de fuerza, destreza y maña; para alardes y bizarrías de altivez y fortaleza en prósperos y adversos casos, fieros encuentros de lanza, heroicos martirios militares, conflictos de honra y gloria mundana, bandos y desafíos, sutilezas corteses, donosas burlas, chistes, apodos, motes y gracejos, proezas de grandes soldados y atildamiento nimio de galanes palacianos; para todo lo que constituía la vida rica y expansiva de nuestra gente en los días del Emperador y de su hijo, sin excluir el sobrenatural cortejo de visiones, apariciones y milagros, alimento de la piedad sencilla, ni el légamo de supersticiones diversas, mal avenidas con el Cristianismo, ofrece la Miscelánea de Zapata mies abundantísima.»

Del manuscrito original

lunes, 24 de marzo de 2025

Nicolás de Condorcet, Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano

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La Ilustración troca el viejo mito de la pasada y admirable Edad de Oro, por el nuevo mito del futuro y admirable Progreso; hay una ley en la naturaleza humana que la aboca a una perfectibilidad sin límite. Sólo cuando la sociedad da la espalda a la razón (por culpa de la tiranía y la superstición) se producen retrocesos o estancamientos de los que saldrá gracias a las luces de los filósofos. La confianza en el Progreso se convierte así en el elemento central de la nueva religión secular, todavía hoy dominante.

Son progresistas los que incorporan esta creencia a su modo de enfrentarse a la realidad, para comprenderla, y para actuar en ella. Resulta, además, muy satisfactoria: sitúa a su practicante en el lado bueno de la historia, ya que está destinado necesariamente a triunfar: trabajan por el Progreso, son necesariamente beneméritos. El rechazo al Progreso es en cambio abominable: lo practican los reaccionarios que rehúsan la aplicación de las correctas medidas a que induce la razón; necesariamente son necios o malvados (o las dos cosas).

Pero aquí se nos plantea un problema de considerable entidad. Los que se han caracterizado como progresistas en estos últimos dos siglos y medio, se han representado (con esforzado convencimiento) el Progreso de la humanidad de formas muy variadas: poco tienen que ver el futuro y las recetas para alcanzarlo que ofrecen ilustrados y revolucionarios de fines del XVIII, con el de los liberales doctrinarios, con el de los radicales y republicanos del XIX, con el de los socialistas y comunistas del XX, con el de los posmodernos actuales.

Todos sus futuros son contradictorios entre sí, y resultan inservibles para la siguiente generación. Y sin embargo, al reflexionar sobre el pasado se mantiene un sentimiento de hermanamiento con todos los progresistas, del ayer, hoy y mañana, y lo más que se hace es desplazar a los reaccionarios actuales los futuros rechazados de los progresistas pretéritos. El talante progresista se convierte así en una cáscara vacía, a rellenar con los valores, principios ideológicos, gustos estéticos, que estén de moda en cada época.

Podemos considerar al ilustrado Nicolás de Caritat, marqués de Condorcet (1743-1794) como uno de los más prestigiosos fundadores del progresismo. Matemático, científico, filósofo y político, se implicó a fondo en la Revolución francesa, desde el primer Comité de los Treinta hasta acabar militando en las filas girondinas. El terror jacobino le amenazó de muerte y le obligó a esconderse, y durante varios meses redactará este Bosquejo, el plan de una extensa obra destinada a examinar pormenorizadamente la historia de la Humanidad, en su progreso indefinido. Finalmente será detenido y encarcelado, y parece ser que se dio muerte apenas dos días después.

Luis Suárez en sus Grandes interpretaciones de la historia nos lo presenta así: «El libro del marqués de Condorcet, Esbozo de un cuadro histórico de los progresos de la mente humana, es en cierto modo una obra trágica, pues fue escrito por su autor cuando esperaba ser guillotinado en el Terror de 1793. Constituye un a modo de testamento de la Ilustración. Condorcet arrancaba de dos principios en los cuales creía firmemente: a) la perfectibilidad humana es indefinida, y b) la razón nunca puede retroceder. De modo que, mientras la tierra pueda soportar a los hombres, éstos seguirán progresando en sabiduría, en virtud y en libertad, sin que quepa la menor duda de ella. Por vez primera se formula la famosa ecuación de Auguste Comte: sabiduría, riqueza y felicidad.

»Condorcet creía haber descubierto una ley universal, la del progreso, válida para explicar la Historia y para predecir el futuro. Un día llegará en que los hombre vivan en libres comunidades nacionales, sin tiranos ni sacerdotes, subordinados todos a la razón. El progreso abarca todos los aspectos. Es riqueza que aparece como resultado de la ciencia. Es larga vida, que nacerá de los nuevos conocimientos médicos e higiénicos. Es virtud, porque la educación sistemática heredada hará del hombre una criatura moral. Nos parece escuchar, en estos principios, el credo social de nuestros abuelos. Pese a todo, Condorcet admite que el progreso no es función natural y necesaria: dos obstáculos se le oponen, la religión, que divide a los hombres, y el exceso demográfico —una preocupación europea muy de su tiempo—, que puede quebrantar el índice de riqueza. Como remedio a lo primero aconseja la instrucción laica; para lo segundo, el maltusianismo.»

En Clásicos de Historia comunicamos en su día las siguientes obras de Condorcet: Reflexiones sobre la esclavitud de los negros (1781), y el Compendio de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith (1776).

lunes, 10 de marzo de 2025

Martín Hume: Historia del pueblo español; su origen, desarrollo e influencia

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«Yo podría citaros, y aquí los traigo, algunos textos admirables del gran historiador Martín Hume, que honra hoy a la ciudad de Madrid que le hospeda. No los leo; son tan vivos, afirman con tanta intensidad esa diferencia [la personalidad nacional de Cataluña, a la que acaba de referirse], que supongo que, al través de mis labios, esos textos os ofenderían, y yo no he venido aquí para ofenderos.» Es Francisco Cambó el que se dirige así en 1907 a los diputados en el Congreso, en el curso de la discusión sobre la Ley de reforma de la Administración Local presentada por el gobierno largo del conservador Antonio Maura.

El historiador al que se refiere es Martin Andrew Sharp Hume (1843-1910), y posiblemente los textos a los que alude proceden de la obra The Spanish people; their origin, growth, and influence (1901), cuya temprana traducción (1904) comunicamos hoy aquí. Este importante hispanista británico, establecido en España durante una parte considerable de su vida, gozó de una considerable fama en nuestro país por sus estudios, centrados sobre todo en los siglos XVI y XVII y en las relaciones entre España e Inglaterra.

Trató y fue apreciado por buena parte de la intelectualidad española de su época, que se refirieron así la obra que presentamos. Rafael Altamira, en su Psicología del pueblo español: «Merece respeto, aunque cabe discutirla en muchos puntos, la opinión de míster Martin A. S. Hume formulada en su libro The Spanish peopleJulián Juderías, en La leyenda negra y la verdad histórica: «Hasta ahora no ha escrito ningún español un… análisis de la época de Felipe IV como el de Martin Hume.» Miguel de Unamuno: «Pocos libros me han sido más sugestivos de reflexiones respecto a nuestra España y a nosotros los españoles, que este libro de un inglés que nos conoce y nos estima. Es a primera vista un excelente compendio de historia de España; pero si bien se mira, resulta un excelente tratado de psicología del pueblo español.» En cambio, tras reconocer su popularidad e influencia, el hispanista mejicano Carlos Pereyra concluye: Hume ha construido una «fantástica historia de un pueblo imaginario».

Y hoy, siglo y cuarto después de su publicación, ¿cómo podemos valorarla? Y ¿qué interés tiene su lectura? Hume no muestra ninguna animadversión hacia España y los españoles. Al contrario, muestra ese interés y cercanía característico de tantos hispanistas, que les lleva a emprender la confección de síntesis históricas sobre España con las que pretenden darla a conocer a sus compatriotas y explicarla, y que suelen ser recibidas con interés y reconocimiento en los medios cultivados españoles. (Una de las últimas muestras de ello, que todavía no he tenido ocasión de leer, es The Penguin History of Modern Spain, 1898 to the Present, de Nigel Townson.)

Quizás el problema (y por tanto el interés en su lectura) radique en el punto de partida de Martin Hume: «Se intenta en este libro trazar la evolución de un pueblo muy complejo, a partir de sus varias unidades étnicas, y buscar en las particularidades de su origen y en las circunstancias de su desarrollo la explicación de su carácter e instituciones, y de las principales vicisitudes que ha atravesado como nación.» El subrayado es mío.

A la hora de emprender su síntesis totalizadora de la historia de España, Hume acude ante todo a la herramienta entonces aun no desprestigiada que oscila entre el etnicismo y el racismo: los pueblos constituyen entidades cerradas en sí mismos que conservan a través de los siglos sus características primordiales, para bien y para mal. Un acercamiento a dicho planteamiento lo hicimos en Las razas europeas en la Antropología racista, y una manifestación clara es La Raza, de Pere M. Rossell. Así, Hume considera el sustrato hispánico-ibérico como africano, beréber, que continuamente aflora a través de los siglos, pero que cuando interesa se fragmenta en etnias contrapuestas, «los celtíberos romanizados y bautizados, y los francogodos feudales». Aquí radica el entusiasmo que mostraba Cambó por nuestro autor.

Pero es que además, Hume en su esfuerzo de entender y explicar la historia de España, asume buena parte de la leyenda negra: el esplendor y tolerancia de Al Ándalus, donde «la gran mayoría de la población civil mozárabe estaba muy contenta con su suerte»; el papel de la Iglesia es dominante en lo social, económico y cultural; la Inquisición española parece asumir en sí toda la intolerancia europea; la casi eterna decadencia española, que se inicia apenas se sale de las brumas medievales, que dura casi hasta el presente, y sólo se interrumpe brevemente por la acción limitada de ilustrados y liberales…

En realidad estos despropósitos y exageraciones ya habían sido aceptados como hechos evidentes por una parte significativa de la intelectualidad y de la clase política española, especialmente desde la orilla progresista y radical. Y, naturalmente, no resultaron eficaces para contrarrestarlos la leyenda rosa del nacionalismo más conservador o tradicionalista. Ya lo señaló Julián Juderías: «Esta leyenda, convertida en dogma, hace que los liberales, para serlo, tengan que afirmar públicamente que la historia de España va envuelta en las sombras de la intolerancia y de la opresión, y que los reaccionarios, para serlo también, entonen himnos de alabanza al Santo Oficio y consideren como un timbre de gloria para nuestra patria el haber mantenido tan benéfica institución por espacio de tres siglos.»

Hemos incluido como Anexos dos interesantes artículos en los que se enjuicia y valora la Historia del pueblo español. El primero, patentemente laudatorio, de Unamuno, que encuentra coincidencias de pensamiento con Hume en lo referente al individualismo español. El segundo, de Pereyra, evidentemente crítico, que enumera lo que considera errores, omisiones y contradicciones por parte de Hume.

lunes, 24 de febrero de 2025

François Plaine, Los pretendidos terrores del año mil

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La creencia en el fin del mundo es un lugar común en muchas civilizaciones, quizás como mera consecuencia del hecho, fácilmente constatable, de que todas las cosas caducan. Y por lo general, se asocia ese futurible con grandes catástrofes naturales y humanas. Tampoco ha sido infrecuente el anuncio de la inminencia de dicho evento, con más o menos seguidores fanatizados, pero siempre con el mismo nulo acierto. Esto mismo, pero a una escala muy superior es lo que, durante mucho tiempo, se sostuvo que ocurrió en el año 1000 de nuestra era.

En 1503 el importante humanista alemán Johannes Trithemius concluyó la redacción de unos anales y crónica del monasterio de Hirsau. Allí relaciona ciertas catástrofes naturales del año 1000 con la creencia en un próximo fin del mundo que había anunciado un clérigo cuarenta años antes. Sin embargo, no parece que ni la profecía ni el texto tuvieran un difusión apreciable.

Fue el cardenal César Baronio (1538-1607) en su monumental obra Anales Eclesiásticos, ingente recolección y crítica de cuantas fuentes alcanzó, el que partiendo de la sugestión anterior, la convirtió en lo que podría considerarse un auténtico fenómeno de masas, que se habría «difundido por todo el mundo, creído por muchos, aceptado con temor por los más simples, pero rechazado por los más doctos.»

Poco después Jacques Le Vasseur, en una obra de carácter local publicada en 1633, ya acude al mito del año 1000 para explicar el ímpetu constructivo que, a su parecer, se inicia con el inicio del siglo XI. Y la presunción se mantendrá durante muchos años. Así, en 1769, le servirá al ilustrado William Robertson para explicar el origen de las cruzadas...

Pero el relato de los omnímodos terrores del año mil alcanzará su estado definitivo a principios del siglo XIX, por la yuxtaposición de liberalismo y romanticismo, aliñado con un patente anticlericalismo. Y el mito alcanza su paroxismo. En 1822 Simonde de Sismondi, en su Historia de la caída del Imperio Romano, describe patéticamente la supuesta parálisis absoluta en la que se sumió Europa: «todo trabajo corporal o espiritual perdió su sentido.» Y Jules Michelet presenta la supuesta psicosis colectiva del año 1000 como un hecho probado en su pletórica Historia de Francia (1833).

Pero también desde el ámbito católico se acepta la leyenda, como hace en 1846 la influyente, extensa y muy traducida Historia Universal de César Cantú. Sin embargo, también se plantean ciertas críticas: por ejemplo poniendo de manifiesto el enorme número de programas constructivos y fundaciones diversas que se llevan a cabo en la segunda mitad del siglo X, cuando supuestamente el mundo se ha paralizado.

Pues bien, el benedictino François Plaine puso punto final en el ámbito académico (en la cultura popular es otra cuestión) a este mito en 1873, por medio de un artículo con el que pretende «averiguar de buena fe qué ocurre con esta consternación general, con este pánico universal que se atribuye a la generación de la segunda mitad del siglo X. ¿Fueron los hombres de esta época, sí o no, sus víctimas? En otras palabras, ¿la opinión sobre los terrores supersticiosos del año 1000 tiene alguna base sólida que se apoye en los testimonios de autores de esa época? ¿Se basa en algún documento digno de ser tenido en cuenta, o este sentimiento sólo habría quedado acreditado en una fecha muy posterior al hecho mismo, por ejemplo, alrededor del siglo XVI? ¿No tendrá por base únicamente conjeturas engañosas e hipótesis sin demostrar?»

Y resuelve la cuestión por el simple método de confrontar las fuentes en que dicen apoyarse Sismonde y Michelet, con lo que realmente dicen dichas fuentes. Y observa que ningún autor aludió a un terror generalizado por un supuesto y próximo fin del mundo, antes de que lo manifestara así Baronio. Y tampoco demuestra nada el hecho de que el final del siglo X esté repleto de acontecimientos variados, guerras, destronamientos, triunfos y derrotas; o de que se produzcan hambrunas, terremotos y otras catástrofes naturales; todo esto es, en resumidas cuentas, lo mismo que ocurre en cualquier otra época, la nuestra por ejemplo.

El benedictino François Plaine (1833-1900) fue un prolífico medievalista que se ocupó especialmente de la Bretaña francesa. Le interesaron las hagiografías alto medievales, la llamada guerra de sucesión (inmersa en la de los Cien Años), el duque Carlos de Blois, la colonización de la vieja Armórica por los bretones… Residió en los monasterios de Solesmes y de Ligugé, hasta que en 1881, exclaustrado por los decretos anticlericales de la tercera República, se estableció en España, en el monasterio de Santo Domingo de Silos.

Presentamos la traducción de Les prétendues terreurs de l’an mille, acompañada de una selección de textos diversos de los autores que sostuvieron el mito, y de aquellos en los que éstos quisieron fundamentarse. Para saber más se puede acudir al artículo del profesor Eloy Benito Ruano, titulado El mito histórico del año mil (1999)

Códice de Fernando I y Dña. Sancha (1047)