sábado, 30 de mayo de 2015

Jerónimo Borao, La imprenta en Zaragoza

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La obra que presentamos ejemplifica el renovado interés por la historia local propiciado por la generalización de los planteamientos románticos, liberales (o antiliberales) y nacionalistas del siglo XIX. La modernización de las sociedades occidentales y sus cambios acelerados (profundos o superficiales, pero siempre patentes) se compensa en muchos casos por una búsqueda de las raíces propias en un pasado, si bien imaginado en gran medida, lo suficiente consistente como para dar firmeza a una sociedad que parece diluirse en constantes transformaciones, y para que ésta mantenga una personalidad diferenciada en un mundo cada vez más homogéneo e intercambiable. Regionalismos y nacionalismos (indiferenciados, u opuestos, o en una suave transición de unos a otros) son el generalizado resultado de todo ello.

Jerónimo Borao (1821-1878) constituye un excelente aunque modesto ejemplo de esta época. Publicista, catedrático de Literatura, político esparterista, rector de la Universidad de Zaragoza (naturalmente en los períodos de predominio de su partido), posiblemente deba ser considerado ante todo un característico prócer local, una de las fuerzas vivas que articulan la vida provinciana. En contacto con los círculos intelectuales y políticos de Madrid y Barcelona, mantendrá una estrecha relación con personajes claves de la época, como Víctor Balaguer. Su obra es reducida pero variada: varios dramas de temática histórica y aragonesa, la interesante Historia del alzamiento de Zaragoza en 1854, la Historia de la Universidad de Zaragoza, La imprenta en Zaragoza, El ajedrez. Tratado de sus principios fundamentales, y sobre todo su Diccionario de voces aragonesas, quizás la que ha gozado de mayor repercusión.

En un reciente estudio biográfico* sobre este autor, José Eugenio Borao Mateo analiza así la obra que presentamos: «Otro de los temas que le mantuvo interesado fue la relación entre la tipografía, la cultura y la política desde un punto de vista histórico, lo cual concluyó en 1860 con la edición de su Historia de la imprenta en Zaragoza. En realidad las “especulaciones”, como él mismo dice, tienen lugar en el capítulo primero de dicha obra, evocando con añoranza romántica un pasado que ve necesario recuperar: Aunque más de una vez nos hemos lamentado del abatimiento literario que pesa sobre la capital de Aragón en pleno siglo XIX, nos es forzoso repetir ahora de nuevo la amargura que nos causa esa atonía inexplicable, habiendo de remontarnos muy pronto á sus épocas de prosperidad, que son las que nos ofrecen más patente aquel contraste. Zaragoza, que tan brillante papel desempeña en la historia de los pueblos tipográficos, hoy no tiene más imprentas, teniendo muchas, que para ocurrir a las necesidades burocráticas é industriales crecientes cada día.

»Pero ese primer capítulo ofrece algo más, pues hace un breve recorrido por lo que ha sido la cultura en Zaragoza en los últimos treinta años. Habla de su lucha personal por el fortalecimiento de las letras, repasando sus principales contribuciones, pero en la otra balanza coloca, en tono de fracaso, la muerte del Liceo, la ausencia de un cronista oficial, la ausencia o apatía de un público interesado que impulsara la iniciativa y creatividad cultural y literaria. Más interesante es la explicación que da de dicha “parálisis literaria”. En primer lugar, la dirección científica que han ido tomando los estudios con su correspondiente énfasis en los intereses materiales. Borao no reniega de ellos, pero reclama la misma protección para las letras. En segundo lugar, el protagonismo de la política, que anula los “perpetuos goces de la belleza literaria”. Y aunque Borao no reniega tampoco del “predominio de la controversia política y del ejercicio de la vida pública”, señala un elemento diferenciador en el caso de Aragón, aunque no explique la razón de ello: Sucede por el contrario que el movimiento, y aún no sabemos si decir la agitación, de los intereses políticos saca á la superficie de la sociedad todas las fuerzas activas de los pueblos y ha producido de hecho en las naciones antiguas y modernas una alta temperatura en el barómetro literario, habiendo esto sucedido en la misma nacion española, pero no por desgracia en Zaragoza (p. 5).

»Aún da una tercera explicación del declive, que según él no es solo provincial, sino de toda la Península, y es “el monopolio privativo y prohibitivo que con una tiranía, verdaderamente sistemática ejerce de suyo la corte”. Pasa a dar ejemplo de ello, y no sin resquemor cita una recién aparecida Antología española, de Carlos Ochoa, publicada en París, en donde solo se citan autores madrileños, ignorando incluso escritores como Arolas. Reconoce, no obstante, que hay ciudades que logran tener su vida literaria propia, en especial Barcelona. Pero no encuentra en ese monopolio la razón suficiente para señalar los verdaderos “fundamentos de la nulidad literaria de Zaragoza y de su apatía inconcebible”. Solamente enumera su contribución literaria y cultural, madura ya a sus 39 años, para exculparse de dicho fracaso. En el extenso capítulo 2 procede a una revisión bibliográfica de las principales obras publicadas en Zaragoza desde el siglo XV, y concluye con las del año 1859, incluyendo su Diccionario de Voces Aragonesas

* José Eugenio Borao Mateo, Jerónimo Borao y Clemente (1821-1878) Escritor romántico, catedrático y político aragonés, Institución Fernando el Católico, Zaragoza 2014, p. 63 ss.


Manipulus curatorum

miércoles, 27 de mayo de 2015

Hesíodo, Teogonía. Los trabajos y los días

Antes Séneca, ahora Hesíodo...
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En su Historia de la literatura universal, Martín de Riquer y José María Valverde escriben: «Hacia el año 700 a. de J. C. floreció en Beocia el poeta Hesíodo, cuya personalidad, sobre la cual no caben dudas, podemos imaginarnos con detalles concretos, en oposición a la vaguedad que envuelve la figura de Homero. Aunque también la leyenda se apoderó de Hesíodo (…) sus obras revelan constantemente la presencia y la intención personal de un autor y sabemos por ellas que el poeta pertenecía a una familia de ricos agricultores, que él mismo cultivó la tierra y que por la posesión de la heredad sostuvo pleitos con un hermano suyo, en los que no siempre resplandeció la justicia. Nos encontramos, pues, frente a un campesino que domina el difícil arte de la poesía en hexámetros, conocedor de mitos y de leyes, y que ha experimentado la injusticia y la ingratitud, lo que halla eco en el pesimismo de su obra. De las leyendas objetivas de Homero, cantor de un mundo heroico y aristocrático, pasamos a la poesía de un campesino que habla en nombre propio y de una experiencia personal, e interpreta el pensamiento de una clase, profundamente religiosa, que sufre con frecuencia el rigor de la injusticia.

»La Teogonía o Genealogía de los dioses (Θεογονία) es un poema de más de mil versos en el que Hesíodo intenta dar una sistematización racional de los principales mitos del pueblo griego, desde las sombras del caos hasta la lucha de los titanes y la victoria de Zeus (Júpiter). La personalidad del poeta se advierte en su esfuerzo de síntesis al conciliar, a veces con poca habilidad, distintas leyendas sobre los mismos temas, y al recoger la tradición mitológica que se funde en las obras homéricas y los datos que podían proporcionarle poemas cosmogónicos anteriores, hoy perdidos. La nota más destacada de la Teogonía es el pesimismo que revela respecto a la condición humana al señalar la voluntad de los dioses como justificación de ciertas miserias de los hombres. (...)

»El pleito con su hermano por la heredad paterna y la corrupción de los jueces que lo fallaron constituyeron el motivo de otro poema de Hesíodo, Los trabajos y los días (Ἔργα καὶ ἡμέραι), conjunto de máximas morales y preceptos que giran en torno a la exaltación del trabajo y de la justicia. De ahí que la obra se extienda, en su segunda parte, en una serie de consejos sobre la economía familiar y las labores del campo, de acuerdo con las estaciones del año, y en una especie de calendario del agricultor. Desaparece la objetividad de la epopeya cuando, partiendo de un acontecimiento real de la vida del poeta, unas verdades de carácter moral y práctico se ordenan en la constitución de un poema que, siempre en actitud profundamente religiosa, desarrolla una especie de filosofía de los ambientes campesinos. La lucha de los héroes de Homero, guerreros o aventureros, se transforma en la lucha cotidiana del labrador con la tierra, en la gesta del campesino que pertenece a una sociedad que necesita del trabajo para vivir. El campo griego es todavía independiente de la Ciudad y Hesíodo se convierte en su educador y mentor moral. El pesimismo del poeta busca su razón de ser en el mito: Prometeo quiso sustraer a los hombres a la voluntad de Zeus (Júpiter); Pandora derramó toda suerte de dolores por el mundo, y de ahí las penas y los trabajos de la vida humana y la necesidad del trabajo. La justicia, por otra parte, se ve constantemente ofendida por la rapacidad de los poderosos, que es patrimonio de las bestias, al paso que la equidad es propia de los hombres.»


William Blake, Hécate (1795)

sábado, 23 de mayo de 2015

Ambrosio de Morales, Crónica general de España

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Tomo II  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |
Tomo III  |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  |

El humanismo renacentista se caracterizó, entre otros aspectos, por el enorme esfuerzo crítico con que se enfoca cualquier problema intelectual, tanto si se refiere a una delicada cuestión filológica, a un dilema ético o a los más variopintos asuntos políticos o religiosos. Y esto, naturalmente, también se aplica a la Historia, en la que se inicia un estudio exhaustivo de las fuentes que exigirá la construcción de un verdadero método científico. Ahora bien, este talante convive con la reverencia dominante hacia los modelos clásicos (y especialmente a Tácito), lo que conduce a una atractiva multiplicación de registros en la obra histórica: el autor analiza, reflexiona, moraliza..., y hace que los personajes interpelen al lector con floridos discursos. Algunos como Juan de Mariana (que no es investigador histórico) logran un eficaz equilibrio entre el rigor crítico y el rigor literario, pero otros sucumben a los intereses de los tiempos y construyen auténticas ficciones cuya utilidad hoy radica en mostrar la mentalidad de la época.

El cordobés Ambrosio de Morales (1513-1591) no es uno de ellos, sino su contrario: ocupado toda su vida en lo que hoy llamaríamos programas de investigación, recorre archivos y bibliotecas, cataloga inscripciones, estudia ruinas y viejos edificios... Sus obras se resentirán de este rigor, y ya en su tiempo se les acusará de descuido literario y falta de proporción y armonía, como en la Crónica General de España que editamos. Al servicio de Felipe II, Morales recibe el encargo de continuar la magna historia de España que Ocampo había iniciado, e interrumpido en la segunda guerra púnica. Antonio Domíguez Ortiz señala: «Su continuación de la Crónica de Florián Ocampo, aunque sólo llega hasta el siglo XI, es una obra de grandes alientos, en la que completa los escasos datos que suministran las primeras crónicas de la Reconquista con otros tomados de los archivos, monedas e inscripciones. Entremezcla con los hechos militares y dinásticos otros de historia religiosa, cultural, e incluso económica que, de alguna manera, lo acercan al concepto moderno de la historia total.»

Por su parte, en la Introducción de su edición del manuscrito de Las antigüedades de las ciudades de España (Madrid, Real Academia de la Historia, 2012) Juan Manuel Abascal Palazón escribe:

«La vida y los escritos de Ambrosio de Morales... han sido objeto de numerosos estudios desde que, en el siglo XVIII, Enrique Flórez comprendiera la importancia de publicar sus trabajos inéditos. La bibliografía del último siglo se ha ocupado de sus datos biográficos, de la relación con los círculos políticos e intelectuales de su tiempo, de su magisterio sobre grandes figuras de la anticuaria renacentista, de sus viajes, de su interés por las inscripciones de todas las épocas, de su forma de escribir, etc. (…) Pese a la falta de reconocimiento intelectual por parte de Hübner, que le calificó como homo mediocris ingenii... neque ultra patriam et sæculum sapiens, sed probus et sani in rebus antiquariis iudicii..., Morales significó un antes y un después en los estudios históricos sobre España. Sabido es que fue nombrado Cronista de Felipe II con el encargo de continuar el trabajo emprendido por Florián de Ocampo..., el cronista de Carlos I. Y ese fue el trabajo que emprendió con la redacción y edición de los volúmenes de la Coronica. Otra cosa distinta fue el proyecto de redactar el volumen de las Antigüedades. Cuando se trata de esta obra, con frecuencia se olvida que el libro se denomina Las antigüedades de las ciudades de España que van nombradas en la Coronica y no simplemente Las antigüedades de las ciudades de España. Porque Morales no pretendía hacer una colección anticuaria de todo el territorio sino sólo destacar aquello que previamente había desfilado por las páginas de los dos primeros libros de su crónica histórica.

»Ese esfuerzo metodológico es lo que confiere valor a la obra de Morales porque significa poner en valor las fuentes como argumento primario para escribir la historia en una época en que circulaban generosamente por los ambientes eruditos las noticias sobre las inscripciones recogidas por Ciriaco de Ancona y en que el propio Morales sufría la contaminación de textos espúreos recibidos a través de otros libros. En ese sentido, su esfuerzo de renovación es notable y hay que reconocerlo como un precedente del esfuerzo ilustrado por liberar a la historia de las patrañas con que se ha contaminado. Menos de dos siglos después, nacería la Real Academia de la Historia con parecidos objetivos. Ese esfuerzo por depurar las fuentes –no siempre con resultados satisfactorios– ya fue reconocido por sus contemporáneos y por la generación ilustrada del siglo XVIII. En una carta del 19 de marzo de 1570, el erudito portugués Luis Andrés Resende (1498-1573) decía a Morales: Alabo tu interés en reunir afanosamente inscripciones antiguas. Y no considero necesario advertir a un hombre como tú que no confíes fácilmente en la honradez ajena si no estudias la piedra por ti mismo. Era la misma máxima que repetirían hasta la saciedad Antonio Agustín o Gregorio Mayans en momentos diferentes. Por eso el propio Mayans se hizo eco de ese comentario y lo consideró como el ejemplo de la renovación de los estudios históricos en el siglo XVI.»

Ya en 1868 José Godoy Alcántara, en su Historia crítica de los falsos cronicones, señalaba: «Morales es el verdadero padre de nuestra historia; él fue el primero a proclamar que había que estudiarla en los monumentos originales, y uniendo el ejemplo al precepto, emprendió un viaje literario por iglesias y monasterios, como en el siglo pasado los jesuitas franceses Marténe y Durand, y a imitación suya nuestro Villanueva; él se entregó a las más perseverantes investigaciones e hizo pedir relación a todos los pueblos de la monarquía de cuanto podía interesar a la historia y a las costumbres. La crítica histórica toma bajo su pluma un vuelo inesperado. No es esto decir que en la crítica de los documentos se haya elevado a buscar en los textos, en el estilo, en las nociones que forman el horizonte intelectual del escritor, en las indicaciones que se le escapan, noticias sobre el autor, la época o el fin de la obra; (...) ni que en la crítica de los hechos se proponga por la comparación de los datos, por el examen de la verosimilitud y del contexto de las relaciones, determinar el grado de confianza que éstas merecen, y separar en ellas la verdad de la ficción; pero se atreve a pesar el valor de los testimonios antiguos, a discutir su autenticidad, y sobre todo se adhiere a los textos, a las inscripciones, a los códices, a los monumentos, que publica, analiza y comenta. El pagar tributo a muchas de las preocupaciones dominantes, y el contemporizar por estado con otras, no le libró de que se le acusara de que trataba de desacreditar las historias; acusación fundada, aunque tal no era su objeto, y de que él se dolía y se esforzaba por justificarse. Todo esto necesita Morales para que se le perdone el afán con que procuraba que se raspasen los adornos e inscripciones de las aras y piedras tumulares que encontraba sirviendo de altares o aplicadas a usos religiosos. (…) Morales y Mariana fueron excepciones; se les olvidaba cuando no se les injuriaba; la historia siguió escribiéndose en la manera de Ocampo y Garibay.»


Grabado de la edición de 1574

Tomo I: España romana.

Tomo II: España cristiana y gótica.

Tomo III: La restitución de España.

viernes, 15 de mayo de 2015

Antonio Cánovas del Castillo, Discursos del Ateneo

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Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) fue ante todo político, desde su temprana participación en la revolución de 1854, su posterior dirección del partido alfonsino durante el Sexenio Democrático, hasta su papel decisivo en la Restauración, con la que intenta dotar de estabilidad al hasta entonces agitado sistema liberal español. Pero a lo largo de su vida compaginó su dedicación a la vida pública con otras tareas intelectuales y especialmente hacia la historia; quizás su mayor contribución en este campo fue la dirección de la Historia general de España escrita por individuos de número de la Real Academia de la Historia, de la que se publicaron numerosos volúmenes en la década de los noventa. Sin embargo para Cánovas la historia no es solamente una disciplina rigurosa: también es una herramienta para entender ese presente en el que él actúa. Interpreta así los acontecimientos contemporáneos, españoles y extranjeros, en la perspectiva de los acontecimientos históricos. Naturalmente, iluminados por conceptos y nociones muy de su época: nación, raza, decadencia de las razas latinas ante las germánicas...

Su oposición al régimen nacido de la gloriosa revolución de 1868 está en el origen de los cuatro primeros textos que aquí presentamos. Son los discursos anuales de apertura de actividades del Ateneo Científico y Literario de Madrid, que le permiten elaborar unas obras en las que prima el análisis teórico de las grandes cuestiones de actualidad: la guerra franco-prusiana y sus consecuencias (1870), los sistemas políticos con especial referencia al británico (1871), el problema religioso en su relación con lo político (1872), y los conceptos de libertad y progreso (1873).

Años después y en circunstancias muy distintas regresará en diversas ocasiones a la misma tribuna (generalmente cuando abandona las responsabilidades de gobierno). De estas nuevas intervenciones ateneístas hemos seleccionado tres que resultan muy representativas de su pensamiento político: el discurso sobre la nación (1882), del que posee interés observar sus coincidencias y divergencias con el discurso de Ernest Renan sobre el mismo tema; el centrado en los sistemas políticos y especialmente en lo referente al sufragio (1889); y el que dedica a la cuestión obrera y las políticas sociales (1890).

José María Jover Zamora señala en su Restauración y conciencia histórica: «Por lo general, los discursos de Cánovas no suelen ser exposiciones académicas, separables de las circunstancias de tiempo y lugar en que se pronuncian. Más bien respondes, en su ideación, a otro mecanismo: el hombre de Estado percibe, más o menos intuitivamente, los componentes de una situación histórica sobrevenida, y vuelca sobre ellos una reflexión fundamentada en sus abundantes lecturas y en su experiencia de historiador.» (En España. Reflexiones sobre el ser de España. Real Academia de la Historia. Madrid 1997. Pág. 348)


La revista El Motín no era muy partidaria de nuestro autor en 1881...

domingo, 3 de mayo de 2015

Crónica de San Juan de la Peña

Techumbre de la catedral de Teruel
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Antonio Ubieto Arteta escribe en su Historia de Aragón. Literatura medieval I, Anubar ediciones, Zaragoza 1981, pp. 53-55 y p. 25:

«El rey Pedro IV de Aragón (1336-1387) mantuvo un gran interés por las narraciones históricas. Incluso llegó a dictar una crónica que figura a su nombre y autoría, dedicándola a los primeros años de su reinado. Pero precisó conocer los los hechos de los monarcas que le antecedieron. Así, a partir de 1345-1349 acopiaba manuscritos, según denota una carta propia. En 1355 encargaba a su secretario Tomás de Cañellas la continuación de una crónica. El 18 de junio de 1359 enviaba al monasterio catalán de Poblet un libro de las “Cròniques dels reys d'Aragó entró que nós començam a regnar, les quals son en pergamí escrites en latí.” Este texto escrito en latín sobre los reyes de Aragón hasta la muerte de Alfonso IV (muerto en 1336) parece evidentemente el que conocemos bajo la denominación de Crónica de San Juan de la Peña, texto latino, que posteriormente recibiría algunas notas, terminando con el traslado de los restos de este monarcal monasterio de los franciscanos de Lérida el 17 de abril de 1369.

»De esta forma se puede precisar que este texto latino se terminó hacia 1359, aunque la versión definitiva se acabó después de abril de 1369. Y antes de 1372, ya que ese año el mismo monarca entregaba un ejemplar a la catedral de Valencia, en cuya biblioteca se ha conservado (manuscrito 198). El texto definitivo de la Crónica de San Juan de la Peña debía estar redactado en latín, que era la lengua oficial y común a todos los territorios que comprendía la Corona de Aragón. Pero al mismo tiempo se habían utilizado una serie de textos escritos en aragonés, catalán y latín para redactar la versión definitiva latina. Así se emplearon literalmente párrafos enteros de la Crónica de los estados peninsulares, antes citada. Por eso resulta muy difícil precisar con exactitud la elaboración de esta crónica pinatense.

»Partiendo de la base de que el texto oficial era el escrito en latín y que estaba redactado en 1372, se puede aceptar que existiesen textos intermedios ―aragoneses, catalanes, sicilianos o latinos―, pero las versiones en lenguas romances deberían hacerse sobre la base del texto oficial. Así se explica que en carta dirigida por el rey Pedro IV de Aragón al castellán de Amposta Juan Fernández de Heredia le comunicaba que haría traducir al aragonés “las crónicas de los señores reyes de Aragón”, esto es, del texto oficial de la Crónica latina de San Juan de la Peña. La traducción se hizo prontamente , y así aparecen las diversas versiones en lenguas romances. Aquí nos interesa la aragonesa. La versión aragonesa de la Crónica de San Juan de la Peña es una historia general de la Corona de Aragón, donde se recoge al principio la historia de los reyes aragoneses, luego la de los condes catalanes, y en su parte última y más amplia la de los reyes de Aragón y condes de Barcelona, a partir de Alfonso II, persona en que se unieron ambos títulos gracias al matrimonio de su madre Petronila (reina de Aragón) con su padre Ramón Berenguer IV (conde de Barcelona).»

«En la Crónica de San Juan de la Peña se incluyen textualmente unos Anales procedentes del monasterio de San Juan de la Peña. Comienza con la noticia de la introducción del rito romano en el monasterio (1071) y acaban con la toma de Naval, la construcción del Pueyo de Sancho en Huesca y la fortificación de Marcuello, Loarre y Alquézar. Aunque quizá llegase hasta la muerte de Pedro I (1104). Por las noticias contenidas debieron escribirse durante los primeros años del reinado de Alfonso I el Batallador (1104-1134).»

Publicamos la versión en aragonés según la edición de Carmen Orcástegui, a la que añadimos una versión modernizada en castellano propia.


Biblioteca Nacional, copia manuscrita del siglo XVI

domingo, 26 de abril de 2015

Cayo Julio César, La guerra de las Galias

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Theodor Mommsem, en su clásica Historia de Roma, presentaba así a nuestro autor, al que enaltece de forma entusiasta:

«Tenía apenas cincuenta y seis años el nuevo señor de Roma, Cayo Julio César (nació el 12 de julio de 652), el primero de los soberanos a quienes rindió vasallaje el antiguo mundo grecorromano, cuando la victoria de Thapsus, último de sus grandes hechos de armas, puso en sus manos el cetro y los destinos del mundo. ¡Pocos hombres han logrado ver su actividad sometida a una prueba tan grande! Pero ¿no fue por ventura Julio César el único genio creador que ha dado Roma, y el último que la antigüedad ha producido? Descendiente de una de las más antiguas y nobles familias del Lacio, cuya genealogía se remontaba a los héroes de la Ilíada y a los reyes romanos y alcanzaba a Venus Afrodita, diosa común a las dos naciones, había llevado en su infancia y adolescencia la vida propia de los jóvenes nobles de su tiempo. Tipo acabado del hombre a la moda, recitaba y declamaba, era literato y componía versos cuando se hallaba descansando en su cama. Era experto en todo linaje de asuntos amorosos, conocía los más nimios detalles del tocador, cuidaba con esmero de sus cabellos, de su barba y de su traje, y tenía, sobre todo, gran habilidad en el arte misterioso de levantar diarios empréstitos y de no pagarlos nunca. Pero su naturaleza, de flexible acero, pudo resistir esta vida disipada y licenciosa, conservando intactos el vigor del cuerpo y el expansivo fuego de su corazón y de su espíritu. En la esgrima, o en montar a caballo, no había ningún soldado que lo igualase. En cierta ocasión, hallándose delante de Alejandría, salvó su vida nadando sobre las encrespadas olas. Cuando estaba en campaña, hacía casi siempre las marchas durante la noche con objeto de ganar tiempo. Su increíble rapidez contrastaba con la majestuosa lentitud de los movimientos de Pompeyo, y a esa misma rapidez, que maravillaba a sus contemporáneos, debió Julio César buena parte de sus victorias.

»Sus cualidades de alma corrían parejas con las condiciones de su cuerpo: en sus órdenes, siempre seguras y de fácil ejecución, aun cuando fueran dadas lejos del campo de operaciones, se reflejaba su admirable golpe de vista. Su memoria era incomparable: con frecuencia se ocupaba a la vez en muchos asuntos, sin embarazo y sin tropiezo alguno. A pesar de ser hombre del gran mundo, hombre de genio y árbitro de los destinos de Roma, tuvo abierto su corazón a tiernos sentimientos. Durante toda su vida rindió un culto de cariño y veneración a su digna madre Aurelia (César, siendo muy joven, había perdido a su padre). Fue en extremo complaciente con sus hermanas, y muy particularmente con su hija Julia, complacencia que no dejó de influir en los asuntos políticos. Con los hombres más inteligentes y de más carácter de su tiempo, fuesen de alta o de humilde condición, había anudado las mejores relaciones de una recíproca amistad: trataba a cada uno según su carácter y, lejos de caer en la pusilánime indiferencia de Pompeyo para con sus amigos, jamás abandonó a sus partidarios, quienes fueron sostenidos por él sin ningún cálculo egoísta, tanto en la próspera como en la adversa suerte. Muchos, entre ellos Aulo Hircio y Cayo Macio, le dieron aun después de su muerte noble testimonio de su adhesión. El único rasgo predominante y característico de esta maravillosa organización, cuyas cualidades estaban perfectamente equilibradas, era el desvío que mostraba hacia todo lo ideológico y fantástico.

»César era apasionado: sin pasión no hay genio; pero en él la pasión no tuvo una gran fuerza. En su juventud, el canto y los placeres de Baco y de Venus habían tenido una gran influencia en las facultades de su espíritu. Sin embargo, jamás se entregó por entero a estas pasiones. La literatura fue para él una ocupación seria y duradera. Así como el Aquiles de Homero había quitado el sueño a Alejandro, César consagró largas veladas al estudio de las desinencias de los sustantivos y de los verbos latinos. Escribía versos como toda la gente de su tiempo, mas sus versos eran flojos; en cambio, mostraba gran interés por las ciencias astronómicas y naturales. Alejandro, para alejar de sí los cuidados, se entregó a la bebida, y entregado a ella estuvo hasta el fin de sus días; el sobrio romano, por el contrario, abandonó esta pasión una vez superados los años de su fogosa juventud. Todos aquellos que en su adolescencia han sido afortunados en las lides amorosas conservan siempre un imperecedero recuerdo de aquellos tiempos, algo así como el reflejo de la brillante aureola con que se vieron un día coronados. Esto le aconteció a César. Las aventuras y galanteos fueron achaque suyo aun en la edad madura.

»En su aire conservaba una cierta fatuidad o, mejor dicho, una cierta satisfacción de las ventajas exteriores de su varonil belleza. Cubría cuidadosamente su cabeza, calva muy a pesar suyo, con la corona de laurel, sin la cual no se presentaba jamás en público. Habría dado gustoso la mayor de sus victorias por recobrar la flotante cabellera que en su juventud lo adornaba. Aunque se complacía en el trato con las mujeres, siendo ya el verdadero emperador de Roma, no las consideró sino como un mero pasatiempo, ni les dejó la más leve sombra de influencia. Se ha hablado mucho de sus amores con Cleopatra, pero lo cierto es que, si se entregó a ellos al principio, fue para ocultar el punto débil de la situación del momento. Como hombre positivo y de claro entendimiento, se ve en sus concepciones y en sus actos la fuerte y penetrante influencia de un sobrio pensamiento: su rasgo esencial era el no embriagarse nunca. De aquí que pudiera desplegar toda su energía en el momento oportuno, sin extraviarse en los recuerdos ni en las esperanzas. De aquí su fuerza de acción, reunida y desplegada cuando había de ello verdadera necesidad. De aquí su genio, obrando en escasas ocasiones a favor del interés más pasajero. De aquí esa poderosa facultad para abrazar y dominar todo lo que la inteligencia concibe y todo lo que la voluntad quiere; esa fácil seguridad tanto en la disposición de los períodos, como en un plan de batalla; esa maravillosa serenidad que no lo abandonó nunca, ni en sus buenos ni en sus malos tiempos. Y de aquí, por último, esa completa independencia, que no se dejó jamás arrebatar ni por un favorito, ni por una dama, ni por un amigo. Esta misma perspicacia de su espíritu no le permitía hacerse ilusiones sobre la fuerza del destino y el poder del hombre: frente a él se había levantado el velo bienhechor que nos oculta la debilidad de nuestro esfuerzo en la tierra. Por sabios que fueran sus planes, aunque hubiese previsto todas las eventualidades de una empresa, comprendía que el éxito de todas las cosas depende en gran manera del azar, y con frecuencia se lo vio comprometerse en las más arriesgadas empresas, y exponer su propia persona a los peligros con la más temeraria indiferencia. Es, pues, muy cierto que los hombres de un entendimiento superior se entregan voluntariamente a los azares de la suerte; y no ha de maravillarnos, por lo tanto, que el racionalismo de César llegase a parar en un cierto misticismo.

»De tal organización había de salir necesariamente un hombre de Estado, y César lo fue, en toda la acepción de la palabra, desde su juventud. El fin que se propuso fue el más alto que se puede proponer hombre alguno: levantar en el orden político, militar, intelectual y moral a su nación del decaimiento a que había llegado, y levantar asimismo a la nacionalidad helénica, esta hermana estrechamente ligada a su patria, y que se hallaba aún más postrada que ella. Después de treinta años de experiencia, cuyas severas lecciones no podrían ser estériles para un hombre como César, modificó sus opiniones sobre el camino que debía seguir y los medios a utilizar. Se propuso el mismo fin en los días de infortunio, cuando no abrigaba ninguna esperanza en el porvenir, que en la época de su omnipotencia; en los días en que, demagogo y conspirador, penetraba en un sombrío laberinto, que en aquellos en que, compartiendo con otro el poder soberano o siendo absoluto señor de Roma, trabajaba en su obra a la luz del día y de cara al mundo. Todas las medidas que él había tomado en diversas ocasiones iban encaminadas a la realización de los vastos planes que se había propuesto. Parece, en verdad, que no pueden citarse hechos aislados llevados a cabo por él, pues ninguno fue realizado de esta forma. Con justicia se alabará en él al orador de enérgica palabra, que desdeñaba los artificios retóricos, y persuadía y arrebataba al auditorio con su vivo y claro ingenio. Con justicia se admirará en él al escritor que se distingue por la inimitable sencillez de su composición, por la singular pureza y belleza del lenguaje. Con justicia los hombres entendidos en el arte de la guerra en todos los siglos consideran a César como un gran general. Nadie mejor que él, pues abandonó los procedimientos tradicionales y rutinarios y supo inventar la estrategia que en el momento oportuno conduce a la victoria, a la que desde entonces es la verdadera victoria. ¿No inventó para cada fin los buenos medios, dotado de una seguridad que casi parecía adivinación? ¿No estaba siempre, aun después de una derrota, dispuesto a resistir, a combatir de nuevo y, como Guillermo de Orange, a no terminar la campaña sin haber derrotado al enemigo? El secreto principal de la ciencia de la guerra, aquel por el que se distingue el genio del gran capitán del talento vulgar del oficial, el rápido impulso comunicado a las grandes masas, lo ha poseído César, y lo ha utilizado con una perfección admirable. Nadie lo ha aventajado en esta cualidad:  él supo encontrar el éxito de las batallas, no en la superioridad de sus fuerzas, sino en la rapidez de sus movimientos; no en los lentos preparativos, sino en la acción rápida y aun temeraria cuando conocía la insuficiencia de sus recursos.

»Pero todas estas no eran más que cualidades secundarias. Llegó a ser un gran orador, un gran escritor y un insigne general, porque era un eminente hombre de Estado. El carácter militar es en Julio César de muy secundaria importancia: uno de los rasgos que más lo distinguen de Alejandro, de Aníbal y de Napoleón es el haber empezado su carrera política en la demagogia y no en el ejército. Al principio pretendió llegar a la realización de sus proyectos, como Pericles y como Cayo Graco, sin tener necesidad de hacer uso de las armas. Estuvo dieciocho años a la cabeza del partido popular, y no abandonó nunca los tortuosos senderos de las cábalas políticas, hasta que convencido, no sin pena y a la edad de cuarenta años, de la necesidad de apoyarse en los soldados, tomó finalmente el mando de un ejército. Y, aun después de esto, continuó siendo un hombre de Estado antes que general distinguido. De la misma manera Cromwell, jefe al principio de un partido de oposición, llegó a ser sucesivamente capitán y rey de la democracia inglesa. Y llegó a decirse, si es que puede haber comparación entre el rudo héroe puritano y el atildado romano, que aquel es entre todos los grandes hombres de Estado el que más se asemeja a César, tanto por las vicisitudes de su carrera, como por el fin que se proponía.

»Hasta en la manera de dirigir la guerra se veía en César al general improvisado. Cuando Napoleón
preparaba sus expediciones a Egipto y a Inglaterra, se manifestó en él el gran capitán formado en la escuela del oficial de artillería. Pero en César se descubría el demagogo convertido en general en jefe. ¿Qué táctico de profesión, por razones puramente políticas y no siempre absolutamente imperiosas, habría despreciado, como lo hizo César con frecuencia, y sobre todo cuando desembarcó en Epiro, las prudentes enseñanzas de la ciencia militar? Desde este punto de vista, más de una de sus empresas podrían ser censuradas; pero lo que perjudique al general, enaltecerá al hombre de Estado. La misión de éste es universal por su naturaleza, y universal era el genio de César. Por múltiples y separadas en el tiempo que fueran sus empresas, todas se dirigían a un gran fin, al que permaneció siempre fiel sin desviarse de él un punto. En el inmenso movimiento de una actividad que a todas partes se dirigía, jamás sacrificó un detalle por otro. Aunque era un consumado estratega, hizo todo lo posible, obedeciendo a consideraciones políticas, para evitar que estallara la guerra civil, y, cuando la consideró inevitable, puso de su parte para que no se ensangrentaran sus laureles. Aunque fue fundador de una monarquía militar, se opuso, con una energía sin ejemplo en la historia, a que se elevara una jerarquía de generales o un régimen de pretorianos; y, en fin, como último y principal servicio a la sociedad civil, prefirió siempre las ciencias y las artes de la paz a la ciencia militar. En su aspecto político, el carácter predominante es una perfecta y poderosa armonía. La armonía es, sin duda, la más difícil de todas las manifestaciones humanas. En la persona de Julio César todas las condiciones se reunían para producirla. Espíritu positivo y amante de la realidad, no se dejó jamás seducir por las imágenes del pasado ni por las supersticiones de la tradición. En los asuntos políticos no atendía sino a la realidad presente, a la ley motivada en la razón.

»De la misma suerte, en sus estudios gramaticales rechazaba la erudición histórica de la antigüedad, y no reconocía otra lengua que la usual, ni otras reglas que la uniformidad. Había nacido soberano, y ejercía sobre los corazones el mismo imperio que el viento ejerce sobre las nubes, atrayendo a sí mismo, de buen grado o por la fuerza, las más diversas naturalezas: al simple ciudadano y al rudo oficial, a las nobles damas de Roma y a las bellas princesas de Egipto y de Mauritania, al brillante jefe de caballería y al calculador banquero. Su genio organizador era maravilloso. Ningún hombre de Estado, por lo que respecta a sus alianzas, ni capitán alguno respecto de su ejército, tuvo que enfrentarse con elementos más insociables y dispares. César los supo amalgamar cuando hizo la conciliación u organizó sus legiones. Ningún soberano juzgó a sus instrumentos y medios de acción con tan penetrante mirada; nadie como él supo designar a cada uno su lugar. Él era el verdadero monarca, jamás quiso jugar al oficio de rey. Si llegó a ser señor absoluto de Roma, guardó todas las apariencias de jefe de partido. En extremo dócil y complaciente, de trato sencillo y afable, al estar por encima de todos parecía no pretender otra rosa que ser el primero entre sus iguales. Evitaba el defecto en que incurren con tanta frecuencia los caudillos: el de llevar a la política el duro tono del mando militar; y, aunque tuviese algún motivo de disgusto por alguna provocación del Senado, no quiso nunca emplear la fuerza bruta o hacer un dieciocho de brumario. Era el verdadero monarca sin experimentar el vértigo de la tiranía. Quizá fue el único de los poderosos ante el Señor que en los asuntos más baladíes obedeció siempre a su deber de gobernante, sin guiarse jamás por sus afecciones y caprichos. Al volver la vista a su pasado, encontraba en él algunos falsos cálculos; pero no halló errores en que la pasión lo hubiera hecho incurrir, y de los cuales tuviera que arrepentirse. Nada hay en su carrera que nos recuerde los excesos de la pasión sensual; tampoco hay la muerte de un Clitus, el incendio de Persépolis y aquellas poéticas tragedias que la historia une al nombre de su gran predecesor en Oriente. En fin, de todos los que han alcanzado el poder supremo, es quizás el único que hasta el término de su carrera conservó el sentido político de lo que era posible e imposible, y no fracasó en esta última prueba, la más difícil de todas para las naturalezas superiores: el reconocimiento del justo y natural límite en el punto culminante de los acontecimientos. Cuando una cosa era posible, la realizaba sin dejar de cumplir un bien por conseguir otro mayor que estaba fuera de su alcance. Y, cuando un mal se había cumplido y era irreparable, nunca dejó de poner los paliativos que lo atenuaran; pero, una vez pronunciado el fallo del destino, siempre se sometió a él. Una vez que Alejandro había llegado a Hipanis, se batió en retirada, y otro tanto hizo Napoleón en Moscú, ambos contrariados e irritados contra la fortuna, que ponía un límite a la ambición de sus favoritos. Sobre el Rin y sobre el Támesis retrocede César voluntariamente, y cuando sus designios lo llevan hasta el Danubio o el Eúfrates, no se propone la conquista del mundo, sino que busca una frontera segura y racional para el Imperio.

»Tal fue este hombre, cuyo retrato parece fácil de hacer, y del cual es en extremo difícil trazar el más ligero rasgo. Su naturaleza toda no es sino claridad y transparencia, y la tradición conserva de él recuerdos más completos y más vivos que de otros héroes de los antiguos anales. Si se lo juzga a fondo o superficialmente, el juicio será siempre el mismo: ante todo hombre que lo estudie, su figura se presenta con sus mismos caracteres esenciales, y por lo tanto nadie ha sabido todavía reproducirla en su total realidad. El secreto consiste aquí en la perfección del modelo. Humana o históricamente hablando, está colocado César en ese punto donde vienen a confundirse los grandes caracteres contrarios. Inmenso poder creador e inteligencia infinitamente penetrante, no tiene los inconvenientes de la vejez ni adolece de los defectos de la juventud. Todo en él es voluntad y acción, su alma está llena del ideal republicano, y, sin embargo, parece haber nacido para ser rey. Romano hasta el fondo de su espíritu, y al mismo tiempo llamado a conciliar en el interior y en el exterior las civilizaciones griega y romana, César es el gran hombre, el hombre completo. También le faltan, más que a ninguna otra figura importante en la historia, esos rasgos que se dicen característicos, que son las desviaciones del desarrollo natural del ser humano. Si algún detalle nos parece en él individual al primer golpe de vista, desaparece cuando se lo considera de cerca y se pierde en el tipo más vasto de la nación y de su siglo. En sus aventuras de joven, imitó a sus contemporáneos y a sus opulentos iguales: su natural, refractario a la poesía, pero enérgicamente lógico, es el natural del ciudadano romano. Como hombre, su verdadera manera de ser consistió en saber regular y medir admirablemente sus actos según el tiempo y el lugar. El hombre, en efecto, no es un ser absoluto: vive y se mueve en conformidad con su nación, con la ley de una civilización determinada.

»César es completo porque supo, mejor que todos, colocarse en medio de la corriente de su siglo; y porque, mejor que todos, poseyó la actividad real y práctica del ciudadano romano, esa sólida virtud que fue propiedad de Roma. El helenismo no es en él otra cosa que la idea griega fundida y transformada en el seno de la nacionalidad itálica. Y en esto consisten la dificultad y, podría decirse, la imposibilidad de retratarlo. El artista puede ensayar toda suerte de retratos, pero se detiene en presencia de la belleza absoluta. Lo mismo acontece al historiador: es más prudente que guarde silencio, cuando, una vez en mil años, se encuentra frente a un tipo acabado. La regla se puede expresar sin duda, pero no nos da sino una noción negativa, la de la ausencia de toda falta. Nadie sabe traducir este gran secreto de la naturaleza, la alianza íntima de la ley general y la individualidad en sus creaciones más acabadas. ¡Dichosos aquellos a quienes fuera dado contemplar de lleno la perfección, y reconocerla al resplandor del rayo de brillante luz que cubre las obras inmortales de los grandes hombres! Y, sin embargo, el tiempo ha marcado en ellas sus caracteres indelebles. El romano había observado la misma conducta que su joven y heroico predecesor en Grecia. O, mejor dicho, lo había excedido; pero en el intervalo transcurrido entre la vida de uno y otro héroe, el mundo había envejecido y su cielo oscureció. Los trabajos de César no son, como los de Alejandro, una entretenida conquista, avanzando en una extensión sin límites. A él le fue forzoso construir sobre las ruinas y con las ruinas mismas. Por vasta que fuera su empresa, era limitada, y tuvo necesidad de aceptarla, sosteniéndose en ella y asegurándola lo mejor que pudo. La musa popular no se ha equivocado en el carácter de estos dos héroes, y, prescindiendo del positivo romano, ha adornado al hijo de Filipo de Macedonia con los más bellos colores de la poesía y con el arco iris de las leyendas. En su vida política, después del transcurso de muchas centurias, las naciones se ven conducidas incesantemente a la línea que la mano de César les trazara. Si los pueblos que comparten la posesión de la tierra dan su nombre a sus más altos monarcas, ¿no puede verse en esto una lección tan profunda como humillante?»


jueves, 23 de abril de 2015

Montesquieu, El espíritu de las leyes

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Luis Suárez nos presenta así a nuestro autor en su Grandes interpretaciones de la Historia:

«Por sus mismos principios la Ilustración se sentía empujada en dos sentidos: hacia el pasado, donde creía descubrir la forma en que se había desarrollado un progreso racional a partir de fuerzas puramente irracionales, y hacia el futuro, anunciando el óptimo resultado de dicho progreso. Montesquieu y Gibbon —historiadores ambos que se sintieron atraídos por el mismo tema, el Imperio romano— son muestra de la primera tendencia; Condorcet lo es de la segunda. Para explicar las causas del retroceso medieval, que todos abrazaban como un dogma de fe, Gibbon tuvo que admitir la existencia de una época, el siglo de los Antoninos, verdadera Edad de Oro del predominio de la razón; el triunfo del Cristianismo era causa o consecuencia de un movimiento negativo. El marqués de Condorcet nos proporciona el modelo de la segunda tendencia; la ilimitada perfectibilidad humana producirá, en plazo ya breve, una era de libertad, sin tiranos ni sacerdotes.

»Abrazando la doctrina del progreso, la Historia de la Ilustración se hizo apocalíptica en grado extremo. Los hombres serían cada vez más dueños de la Naturaleza por medio de la razón. Pese a todas las apariencias, esta explicación era bastante superficial, tendía a considerar la evolución humana como meramente cuantitativa: siendo siempre el mismo, los conocimientos no podían hacer otra cosa que enriquecer al hombre, adecuándole en ciencia y moral, lo que es un principio falso. De este modo el binomio causa-efecto, esencial para la Historia, era también superficialmente tratado; las explicaciones resultaban demasiado simplistas. Fueron, por ejemplo, los ilustrados quienes atribuyeron la caída del Imperio romano a la catastrófica invasión de los bárbaros, y el Renacimiento a la dispersión de sabios griegos, consecuencia de la conquista de Constantinopla por los turcos. En cierta ocasión Pascal dijo que si la nariz de Cleopatra hubiera sido más larga, sin duda la Historia del mundo habría cambiado. (...)

»Las dos obras más importantes de Montesquieu, las Cartas persas (1721) e Ideas acerca de las causas de la grandeza y decadencia de los romanos (1734), coinciden en la intención, ya que ambas son análisis de problemas políticos; la primera, de los de su propio tiempo; la segunda, de los de ese pueblo singular, Roma, en quien veían los hombres de la Ilustración un precedente y que se ofrecía como material homogéneo.

»Este es el punto de partida: si en los hombres, género igual, se contienen las causas de la prosperidad y decadencia de los Estados, debe bastarnos uno solo, el romano, para comprender la estructura de la Historia. El esquema que de éste nos ofrece Montesquieu suena a algo ya conocido. Roma es una nación dura y belicosa, creada por reyes; cuando éstos constituyen un obstáculo a su desarrollo, el pueblo los expulsa. Un Estado tiene determinados sus límites por la comunidad nacional y sólo sujetándose a ellos puede conservar el equilibrio. Roma se expansionó mucho más de lo que debía y sus ejércitos, alejados de la capital, acabaron siendo unos extraños a su propia patria, mientras que el viejo pueblo romano degeneraba en populacho de ciudad privilegiada. La tensión social engendra los tiranos y el Imperio acabó por descubrir su paradoja, pues necesitaba de los tiranos para tener a raya las fuerzas que él mismo había desencadenado y, al mismo tiempo, el despotismo hacía cada vez más aguda la crisis porque disminuía la riqueza. Hasta que, al fin, se consuma la catástrofe de las invasiones.

»Las líneas anteriores bastan para demostrarnos que Montesquieu poseyó todo el nervio de un auténtico historiador. Sus obras aún se leen con interés. La influencia de Polibio es indudable: admite el decurso de los regímenes, monarquía, aristocracia, democracia y despotismo, pero no como si fueran el resultado de una fuerza ciega. La evolución política obedece a causas de psicología colectiva y es como el resultado de un cierto juego entre dos elementos: las instituciones creadas por el Estado hacen al pueblo; éste, por su parte, actúa sobre las instituciones. El exceso de cualquiera de ambos provoca el desequilibrio. Conocida así la dinámica de la Historia mediante el análisis de un modelo cabal, Roma, Montesquieu cree posible hallar los medios que permitan prevenir las crisis. Es la fórmula de un Estado ideal lo que se intenta exponer en el Espíritu de las leyes (1748).

»Cuando Montesquieu hace referencia a leyes da a esta expresión un sentido tan amplio que caben en ella las que nosotros considerarnos instituciones políticas, sociales o culturales. Todos los seres se comportan según leyes que proceden de su misma naturaleza; puesto que la naturaleza del hombre es racional, sus instituciones proceden de la razón y han de poder ser explicadas por ella. El conjunto de instituciones, que comporta un determinado orden de valores religiosos, jurídicos, éticos o estéticos, equivale a nuestra definición actual de cultura. Montesquieu afirma que ellas están condicionadas al espíritu general, entendiendo por tal la coincidencia de tres factores distintos: el clima, el medio ambiente y los caracteres psicológicos de los hombres.

»La conclusión de Montesquieu es muy importante. Los Estados se originan en la naturaleza psicológica de los hombres que los componen. Pero esta psicología es individualmente libre; por  consiguiente se puede modificar lentamente las instituciones influyendo sobre la psicología del pueblo. Es un juego sutil en el que la educación —piénsese en Rousseau— desempeña un papel decisivo. Pero si los Estados —monarquías, repúblicas o imperios— son susceptibles de evolución no lo son de traslado; la forma de gobierno ha de ser deducida poco a poco del carácter de cada pueblo.»