lunes, 22 de enero de 2024

Francisco Cambó, Un catalanismo de orden; textos 1907-1937

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Se puede considerar a Francisco Cambó (1876-1947) como el principal colaborador y sucesor de Enric Prat de la Riba, el primero de los patriarcas del nacionalismo catalán que ocupó una importante parcela de poder al ser nombrado presidente de la Diputación Provincial de Barcelona y de la Mancomunidad catalana. A su muerte en 1917, Cambó se convirtió en el máximo dirigente de la Lliga Regionalista (luego Catalana), fuerza política conservadora, dominante hasta que fue desplazada por Esquerra Republicana en la Segunda República.

Pero su protagonismo era anterior: en 1906 jugó un papel decisivo en la creación de Solidaridat Catalana, la efímera coalición de partidos tan opuestos entre sí como los carlistas, los republicanos, los integristas, además de los catalanistas. Su triunfo en las elecciones del año siguiente llevó a Cambó al Congreso de los Diputados, desde donde su creciente influencia contribuyó a la expansión de la Lliga y a la creación de la Mancomunidad de Cataluña y, más tarde, a su nombramiento como ministro en dos ocasiones.

Cambó fue en su tiempo el máximo representante de un catalanismo conservador que rechazaba el separatismo, preocupado por la economía y por el orden público, en los años de los eufemísticamente llamados problemas sociales. Fue un catalanista de orden, lo que a veces ha llevado a aplicarle el calificativo de moderado. Y desde el punto de vista ideológico no lo fue en absoluto, sino un nacionalista estricto: «Ante una afirmación nacionalista, las opiniones callan y hablan únicamente los sentimientos. El nacionalismo no se discute, no se analiza; se repudia o se ama... es un hecho, es una realidad, más fuerte y más sólida que una montaña, y ante esa realidad no caben más que dos caminos: o aceptarla como cosa fatal, como cosa santa, como son santas todas las cosas vivas, o considerarla como una monstruosidad, como un pecado, combatirla sin compasión, combatirla con todo el ímpetu, con toda la intensidad del odio, y mirar si se puede acabar con ella.»

La personalidad nacional catalana (para la que luego acuñará la expresión del hecho diferencial) existe desde hace milenios, y se entronca con la etnia ibérica. Y si el nacionalismo crea este pueblo catalán idealizado, abstracto, necesita asimismo crear el antagonista perfecto: un pueblo castellano igualmente abstracto siempre obsesionado por asimilar al pueblo catalán. Contra asimilistas y contra separatistas, ambos considerados extremistas, Cambó exige una autonomía política total, integral, aunque dentro de España, que tenga la capacidad de influir en la marcha del conjunto, de la España grande.

Cambó es nacionalista, conservador, de orden… pero también oportunista. Supo reaccionar y adaptarse a las cambiantes circunstancias históricas: de la petición de la descentralización administrativa, a la defensa de la autonomía política total; del enfrentamiento a la colaboración; de promover una ruptura del régimen político (1917), a ser nombrado ministro al año siguiente… La variación de estas circunstancias durante la Segunda República le llevarán a constituir el Frente Catalá d’Ordre para las elecciones de febrero de 1936, y su derrota, junto con los desmanes de la primavera trágica, le conducirán a apoyar la sublevación militar, como hicieron también otros muchos liberales, republicanos, y también nacionalistas vascos y catalanes.

Una cosa más. Puede resultar de interés (y quizás de actualidad) algunas reflexiones que Cambó hace sobre los revolucionarios y sublevados de octubre de 1934. Su opinión sobre Companys y Esquerra no puede ser más dura: «El 6 de octubre es la primera locura en la que Cataluña ha quedado en ridículo; ¡y eso es lo que Cataluña no puede perdonar! El 6 de octubre es una cosa tan vergonzosa que no me explico, si no es por debilidad, cómo hombres respetables puedan asociarse a una campaña en la que se defiende esta fecha. El 6 de octubre es un movimiento revolucionario único en la historia; es un movimiento revolucionario que concluye en el momento exacto en que comienza la violencia. ¿Para qué los fusiles, las armas, las municiones, si habían hecho la reserva mental de no utilizarlos?»

Y sobre la amnistía con la que ya se cuenta un mes escaso después, en una intervención parlamentaria del 5 de noviembre de ese año (no incluida en esta selección de textos) afirma: «Yo pediría a todos los Sres. Diputados que nos comprometiéramos a que el día en que se discuta la reforma constitucional se establezca en ella un precepto que dificulte la concesión de la amnistía en España para los delitos que se llaman políticos y sociales... Recordad, Sres. Diputados y señores del Gobierno, que en menos de cuatro años se han dado tres amnistías generales. ¿Creéis, Sres. Diputados, que cualquier pena que no sea la de muerte —que todos hemos de tener interés en que no se prodigue— tiene ejemplaridad alguna? Si todos los que están hoy encausados y tienen la convicción de que no se les ha de aplicar la pena de muerte, están convencidos de que los años de presidio que se les impongan no han de tener efectividad alguna, porque regirán las mismas normas que han regido en los últimos años, y a los ocho, diez o doce meses se verán amnistiados, entonces el espíritu de justicia habrá desaparecido en el animo de los legisladores... La legislación española, en realidad, es una legislación que consagra el más absoluto impunismo.»

¿Resulta o no aplicable esta reflexión al momento presente?

Asistentes a la conferencia de Cambó en San Sebastián, el 15 de abril de 1917.

lunes, 8 de enero de 2024

Macalister y otros, Palestina en 1911 (Encyclopædia Britannica)

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En la entrada anterior de Clásicos de Historia comunicamos el viaje de George Robinson a Siria y Palestina en 1830. Describió un territorio complejo con una población de abundantes identidades contrapuestas. Fenómenos y acontecimientos posteriores agudizaron esta complejidad: el incremento de la decadencia otomana; los efectos de la guerra de Crimea; el intervencionismo creciente de las grandes potencias; la misma modernización progresiva del país con la construcción de carreteras y ferrocarriles; el aumento de la colonización judía, cada vez más organizada; la profunda transformación en un sentido nacionalista moderno que impulsaron desde el poder los Jóvenes Turcos…

Ochenta años después del viaje citado, en 1911, se publicó la décimo primera edición de la prestigiosa Encyclopædia Britannica, y puede resultar interesante consultar en ella el extenso artículo consagrado a Palestina, así como otros artículos conexos, entre ellos el que se ocupa del reciente fenómeno del sionismo. Vistos en conjunto, consisten básicamente en una síntesis de la geografía y sobre todo la historia de este viejo territorio, realizada por varios reconocidos profesores: arqueólogos, orientalistas, historiadores. Todos ellos tenían un conocimiento directo del territorio y abundantes publicaciones; y alguno de ellos estaba en relación con el más tarde famoso Thomas Edward Lawrence…

Lógicamente, el enfoque de la Britannica es totalmente distinto a la obra de Robinson. Del talante romántico y religioso de éste, pasamos a un trabajo básicamente académico, que se quiere científico, con abundantes notas y referencias. Naturalmente, se elabora desde la óptica y los valores dominantes en la alta cultura europea de la época, desde el positivismo y el laicismo, y por ello puede observarse un cierto esfuerzo por distanciarse en estos artículos de la tradicional Tierra Santa bíblica y sus Santos Lugares, desmitificándolos a fondo. La monumental enciclopedia rezuma optimismo desde su seguridad en un inevitable futuro de progreso para la Humanidad.

Chesterton, en una de sus primera obras, se explayó con lo que llamó el juego de ¡estafa al profeta!, para subrayar la imposibilidad de adivinar el futuro, en unos años —los anteriores a la Gran Guerra— en los que se multiplicaron las certidumbres en un futuro con progresos, paraísos y superhombres, siguiendo las contradictorias recetas de las más variopintas ideologías. Y, por supuesto, nuestros autores tampoco vislumbraron el futuro de Palestina, con la caída del Imperio Otomano, la ocupación británica y francesa de las regiones situadas al sur y al este de Asia Menor, la partición de la Palestina tradicional por el Jordán, y, sobre todo, la afirmación y enfrentamiento de dos nacionalismos extremos, judío y árabe-musulmán.

El optimismo todavía decimonónico de la sociedad europea de ese tiempo, la confianza en un progreso humano indefinido, impide a estos eruditos autores (y a tantos otros) adivinar el negro futuro que se acerca, con las guerras mundiales y los totalitarismos. Resulta ejemplar en este sentido el artículo sobre el Sionismo, obra del periodista e historiador Lucien Wolf, judío reformista, cuya confianza en el éxito del asimilacionismo le lleva a unir su patriotismo británico con su pertenencia al judaísmo, y considerar poco viable la creación de un estado judío, propuesta fundamental de Herzl. De hecho, unos años después, en 1917, fundará con otros personajes destacados la League of British Jews que se opondrá a la conocida Declaración Balfour.

martes, 26 de diciembre de 2023

George Robinson, Viaje a Palestina y Siria en 1830

Un George Robinson de principios del XIX

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Son muy abundantes las relaciones de viajes a Tierra Santa, desde los tiempos del relato venerable de la dama Egeria. A veces no son muy fiables, como el incluido en los viajes del fantástico John de Mandeville. En el siglo XV, el del deán de Maguncia Bernardo de Breidenbach fue un auténtico best-seller de la época, con múltiples ediciones. Buena parte de su éxito procedía de los espléndidos grabados que acompañaban al texto. Su traducción por el humanista aragonés Martín Martínez Dampiés fue impresa por Juan Hurus en Zaragoza en 1498, y es uno de los más destacados incunables españoles. Y muchos otros más.

Muy distinto es el caso de la obra que presentamos esta semana. George Robinson es un británico (del que desconozco su biografía) que viajó por Oriente en 1830, y que unos años después publicó el relato de su estancia en Palestina y Siria. Aunque en la tradición del género se ocupa también de monumentos y reliquias religiosas, corresponde ya a una época muy distinta a los anteriores. Sus intereses y sensibilidad son ya románticos, y presta especial atención a los paisajes, a sus propias emociones, y a la búsqueda de lo exótico, esto es, a lo distanciado cultural o cronológicamente del mundo moderno del que procede.

El territorio que Robinson recorre forma parte del Imperio Otomano, y está administrado por los valíes de Beirut y de Damasco, ambos pertenecientes a la gran provincia de Siria. Palestina está dividida entre estos dos valiatos, y es fundamentalmente un término geográfico, con límites precisos al oeste (el Mediterráneo) y al sur y al este (los desiertos del Sinaí, del Néguev y de la Arabia Pétrea), e imprecisos al norte del lago de Tiberíades, aunque incluyendo Tiro y Sidón. Abarca, por tanto la zona costera, ambas márgenes del valle del Jordán y del mar Muerto, y las colinas existentes entre ellas.

La población no está en absoluto cohesionada: la división básica es entre los ganaderos beduinos itinerantes y la mayoría sedentaria, profundamente dividida entre los mayoritarios musulmanes sunnitas y las dos considerables minorías, cristiana (a su vez con múltiples divisiones: ortodoxos, católicos latinos y maronitas, armenios...) y judía. A ellos han de agregarse otros grupos, como los drusos con un cierto origen chiita, y los turcos dominantes, que traen consigo gentes procedentes de todo el Imperio, como los soldados albaneses.

Tras el viaje de Robinson la región se transformará con rapidez: primero con la ocupación temporal por parte del Egipto de Mehemet Alí, que intenta separarse del Imperio Otomano; después, el gobierno directo de Jerusalén y su territorio por parte de las autoridades de Constantinopla, en paralelo a las creciente intervención occidental. Luego, el incremento sostenido de la inmigración judía, la procedente de Rusia y la de carácter sionista. Finalmente, la formación y eclosión de dos novedosos nacionalismos, el judío y el musulmán (autodenominado palestino), cada uno de los cuales se identificará con el territorio y se esforzará por controlarlo, se impondrá en su comunidad respectiva, y ante todo se enfrentará a las identidades rivales. Y se iniciará así el proceso por el que abundantes personas y grupos de la compleja Palestina, al quedar al margen de estos encuadramientos, tenderán a ser ignoradas en el mejor de los casos, cuando no borradas más o menos sistemáticamente.

domingo, 24 de diciembre de 2023

viernes, 15 de diciembre de 2023

Augusto Conte, Recuerdos de un diplomático

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Stefan Zweig, en sus conmovedoras memorias El mundo de ayer, señala que «si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad.» Es la llamada Belle Époque, ese medio siglo sucesor de la larga etapa revolucionaria, orgulloso de sus logros políticos, sociales y económicos, firmemente confiado en la inevitabilidad de un progreso acelerado y sin fin, rebosante de un desmedido complejo de superioridad edificado sobre certidumbres nacionalistas y racistas. En realidad, ese mundo tan satisfecho de sí mismo está incubando el atroz siglo XX, que lleva a Zweig a idealizar la época anterior:

«Antes de la guerra había conocido la forma y el grado más altos de la libertad individual y después, su nivel más bajo desde siglos. He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre. Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea. Me he visto obligado a ser testigo indefenso e impotente de la inconcebible caída de la humanidad en una barbarie como no se había visto en tiempos y que esgrimía su dogma deliberado y programático de la antihumanidad.»

Cuando Zweig nace, el diplomático español Augusto Conte y Lerdo de Tejada (1823-1902) se encuentra ya próximo a su jubilación. Su vida se desarrolló, pues, en esa época de plenitud y soberbia europea, y desempeñó su carrera sucesivamente en Lisboa, México, Roma, Florencia, Turín, Nápoles (capitales de cuatro estados anteriores a la unificación italiana), Londres, Copenhague, y tras el paréntesis del sexenio revolucionario, Constantinopla y Viena. Cosmopolita y políglota, con parientes por toda Europa (su padre era francés y su esposa inglesa), y muy bien relacionado con la extensa y todavía poderosa aristocracia europea, se establecerá definitivamente en Florencia, donde redactará las memorias que comunicamos esta semana.

A diferencia de las de Zweig, no destacan por su profundidad aunque sí por su amenidad. Conte nos describe como espectador los principales acontecimientos y personajes de su época, y sólo en un par de ocasiones ejerce un cierto protagonismo: en Roma durante su efímera república, y en Viena con los tratos sobre el matrimonio de Alfonso XII. El papel secundario de España en el siglo XIX no da para más. En compensación, se extiende en la descripción de los distintos países en los que vive, con especial atención a su historia, sus monumentos y sus museos, sus escritores, músicos y artistas, y por supuesto su buena sociedad: bailes, recepciones y tés de las cinco de aristócratas y diplomáticos. Sus opiniones son por lo general conservadoras y convencionales, y en ocasiones un tanto ramplonas, aunque en ocasiones nos sorprende abogando (un tanto a toro pasado) por el abandono de Cuba y el rechazo a la ocupación del norte de Marruecos.

Las críticas a su obra no fueron siempre positivas. Por eso, en el tercer volumen (publicado póstumamente) el autor se cura en salud: «Mas antes de proseguir, quiero justificarme de una tacha que quizá merezca a primera vista. El severo censor podrá decirme que hago con harta frecuencia toda clase de digresiones, ora históricas, ora descriptivas, las cuales no tienen mucho que ver con el objeto principal de mi libro, de tal suerte que más parece éste un Manual de Historia o una Guía del viajero que no una relación de recuerdos. Yo, sin embargo, creo poder justificar esta, que parece falta, haciendo advertir que mal podrían comprenderse las cosas que de cada país voy refiriendo, si no las acompañase de aquellos antecedentes que las explican y de aquellas descripciones que les dan un color local, no de otra suerte que el novelista las introduce a cada paso en sus ficciones a fin de comunicar más vida a los personajes que pinta.»

En fin, el Augusto Conte que en su retiro florentino compone sus memorias, benevolente y superficial, nos recuerda al Mr. Audley de Gilbert Keith Chesterton en Las pisadas misteriosas: «Era un anciano afable que todavía gastaba cuellos a lo Gladstone: parecía un símbolo de aquella sociedad, a la vez fantasmagórica y estereotipada. Nunca había hecho nada, ni siquiera un disparate. No era derrochador, ni tampoco singularmente rico. Simplemente, estaba en el cotarro y eso bastaba. Nadie, en sociedad, lo ignoraba; y si hubiera querido figurar en el Gabinete, lo habría logrado… Mr. Audley, que nunca se había metido en política, trataba de estas cosas con una seriedad relativa. A veces, hasta ponía en embarazos a la compañía, dando a entender, por algunas frases, que entre liberales y conservadores existía cierta diferencia. En cuanto a él, era conservador hasta en la vida privada. Le caía sobre la nuca una ola de cabellos grises, como a ciertos estadistas a la antigua; y visto de espaldas, parecía exactamente el hombre que necesitaba la patria. Visto de frente, parecía un solterón suave, tolerante consigo mismo, y con aposento en el Albany, como era la verdad.»

Proclamación de la república romana en 1849

lunes, 27 de noviembre de 2023

Pere M. Rossell, La Raza

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Pere Màrtir Rossell i Vilà (1882-1933) fue un destacado veterinario natural de Olot, con una dilatada carrera profesional en el primer tercio del siglo XX; director de la Escuela de Agricultura y del Zoológico de Barcelona, publicó numerosos libros y artículos sobre zootecnia, en catalán, en castellano y en otras lenguas. Pero también fue desde su juventud un acérrimo nacionalista catalán, con obras como Diferències entre catalans i castellans: les mentalitats específiques (1917), Las razas animales en relación con la etnología de Cataluña (1930), Organització de la defensa interior (1931), y numerosos artículos. Pero no sólo fue un intelectual: su compromiso le llevó a afiliarse a Estat Català, el partido de Macià, y luego a Esquerra Republicana de Cataluña, con la que obtuvo un escaño en el Parlamento de Cataluña, tras las sorprendentes elecciones de 1932.

Como los principales forjadores del catalanismo político, Rossell es racista; pero quizás influido por su labor profesional, se adentra con decisión en el campo del mal llamado racismo científico, muy difundido entre un sector radical de la intelectualidad europea y europeizada. Ahora bien, como su racismo es consecuencia de su nacionalismo catalán, no le sirven buena parte de los planteamientos de los expertos consagrados (de los que incluimos algunas pinceladas en la última entrega de Clásicos de Historia). Y así, publicará en 1930 su obra más ambiciosa, la que hoy comunicamos: un exhaustivo análisis de lo que él entiende por raza. Como en tantas pseudo-ciencias, ideologías políticas o sociales, y supersticiones varias, parte de una creencia (aunque no la considera tal): las razas surgieron en la prehistoria por la acción del medio ambiente, y se mantienen perennes, inalterables, incomunicables. Esta verdad se proclama como evidente e irrebatible, lo que hace superflua cualquier demostración.

A partir de ahí funda su raciología o ciencia de las razas, como síntesis realizada desde todas las ciencias…, y desvela el papel decisivo que en todas ellas han jugado siempre las razas. Pero éstas no se diferencian entre sí tanto por sus características morfológicas (aunque también), sino por su mentalidad propia y exclusiva; ésta es la aportación innovadora de Rossell: «Los múltiples aspectos que pueden revestir las actividades de una raza, la filosofía, la ciencia, el arte, la literatura, la economía, la vida social, todas y cada una de las manifestaciones humanas, están presididas por una idea básica, que es la mentalidad. Una manera especial de cultivar la tierra supone igualmente una literatura determinada. Dentro de una misma raza, la unidad mental abarca todas las disciplinas, y está presente en cada una de sus obras. Una vez establecida la mentalidad, es inalterable.»

Pero existen unas calamidades que destruyen la supuesta feliz coexistencia separada de las razas: el imperialismo, auténtico motor de la historia, que supone la conquista de unas razas por otras, la existencia de razas dominadoras y razas dominadas. Pero mucho peor es el mestizaje, la mezcla de razas: «Los elementos extraños que se reproducen dentro de una raza, con la consiguiente mezcla de características, causan alteraciones profundas que tardan en desaparecer por lo menos cuatro generaciones. Las consecuencias se agravan cuando la reproducción se practica entre individuos ya mezclados: entonces el estado de desorden somático puede prolongarse indefinidamente, si los sujetos mezclados reciben nuevas aportaciones de elementos perturbadores.»

Pero esta llamativa construcción que se quiere científica a veces hace sospechar al lector de la existencia de un curioso trampantojo: las características de las razas son aquellas que el autor puede aplicar a la raza catalana; son calamidades las que puede percibir en la raza catalana; las razas decaen al modo de la decadencia catalana, y se recuperan, naturalmente, como en la Renaixença… La enorme estructura raciológica que ha levantado parece tener un objetivo mucho más concreto y práctico que finalmente se desvela: justificar el nacionalismo catalán. Veamos algunos párrafos de la obra.

«El área geográfica de la raza catalana ocupa el Limousin, parte de Guyena y Gascuña, el condado de Foix, el Languedoc, Auvernia, Provenza, Condado de Venaissin, Condado de Niza, Rosellón, el Principado o Cataluña estricta, Andorra, zona pirenaica y parte del Bajo Aragón, Valencia, una parte de Murcia y las Baleares. Llamar al conjunto de todos estos pueblos con el nombre genérico de raza catalana se debe al hecho de que entre todos sus componentes la región del Principado es la que se ha diferenciado más persistentemente, la que presenta más homogeneidad entre todos, la más irreductible a las influencias exóticas, y por último, la que ha creado una cultura propia en los últimos períodos ya muy evolucionados de la prehistoria, lo que se repite en la edad media; además, modernamente ha sido la primera en renacer.»

«El núcleo racial catalán, y con él la mayoría de las otras fracciones de la raza, se pueden considerar establecidos en el solutrense. La mentalidad surgiría y se fijaría entre el final del musteriense y las últimas etapas del solutrense, período que habría durado aproximadamente 50.000 años.» «Las razas vecinas de la catalana son la cantábrica, la francesa, la ligúrica, la almeriense o andaluza y la española. Las diferencias culturales entre estas razas a lo largo de la prehistoria y de la historia son grandes y persistentes. (…) Y así la mentalidad específica de la raza catalana se explica únicamente por haber existido en el paleolítico superior una raza cuya mentalidad ya estaba definitivamente formada, y suficientemente fuerte para así neutralizar y absorber a los que les invadían.»

La aplicación de sus estrictos principios raciales llevan a Rossell a reivindicar la catalanidad de Frédéric Mistral, Joaquín Costa, y Ramón y Cajal, aunque ninguno haya nacido en Cataluña, y en cambio negársela a Albéniz y a Granados,  nacidos en Cataluña pero españoles, y a Manolo Hugué por mestizo. Más curioso es el caso de Fortuny, hijo y nieto de catalanes, pero en el que percibe la presencia de un atavismo salido a flote desde un lejano antepasado, que le hace español. «No sabemos qué gloria puede proporcionar a una raza la producción de sujetos cuyas obras, extrañas a la mentalidad autóctona, sean al contrario en espíritu, plasmación y técnica, propias de otra raza. La raza catalana en este caso ha hecho simplemente el papel de nodriza, y toda su gloria sería la que corresponde a la nodriza de un gran hombre. El caso de Fortuny enseña que un mínimo de sangre extranjera que se infiltre en una raza, puede ser una perturbación o una servidumbre que a la larga se paga.»

¿Y merece la pena leer este libro, con frecuencia farragoso y repetitivo, y otras veces contradictorio? ¿Este descabellado monumento encaminado a sumergir a las personas reales en unas supuestas razas, meras construcciones imaginarias e irreales, pero que dictan con talante totalitario la conducta del individuo, cuáles son las costumbres, las acciones, las preferencias, los sentimientos, las creencias, las diversiones propias de su raza? En último término, quién es un buen catalán y quien es un mal catalán (o español, o francés...) Pienso que sí, ya que conviene tomar como aviso los monstruos que produce el sueño de la razón.

Buena parte de los planteamientos de este racismo científico siguen hoy plenamente activos, por ejemplo, la preocupación por determinar quién es catalán en este foro, al que también corresponde este otro hilo. Y del mismo modo está hoy bien vigente el uso de argumentos cientifistas que revisten con una apariencia de rigor epistemológico lo que con frecuencia no son más que elucubraciones y consejos de calendario. Para muchos hoy, como en La Raza, no todos merecen la misma valoración y respeto, sino que ambas dependen de la pertenencia o proximidad a ciertos grupos o creencias. Rossell reinterpretó el mundo y su historia a partir de sus fantasías zoológicas y nacionalistas. Creó una humanidad ficticia regida con mano de hierro por la ley de las razas. Muchos ideólogos han creado y crean humanidades paralelas regidas por principios tan vaporosos como el de nuestro autor: la clase, el género, el progreso... El problema es que detrás de ellos marchan políticos voluntaristas dispuestos a tender a la sociedad en el lecho de Procusto.

Macià y Companys en las elecciones al Parlamento de Cataluña en 1932.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Haeckel, Ripley, Vacher de Lapouge, Deniker y Grant: Las razas europeas en la Antropología racista. Textos, mapas y gráficos

Ernst Haeckel

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El norteamericano Luther L. Bernard escribía en 1926 en su An introduction to social psychology: «La raza es principalmente un concepto sintético abstracto, una manera de clasificar, utilizado para simbolizar una síntesis conceptual de muchas características que, más o menos arbitrariamente, acordamos denominar colectivamente con algún nombre específico de raza. Su unidad es simplemente una abstracción que existe como media estadística o promedio en nuestras propias mentes, sin una realidad objetiva concreta. No hay ninguna persona en una de las llamadas razas que sea totalmente típica de nuestro concepto abstracto y sintético de esa raza. Tampoco encontramos ninguna unidad o identidad concluyente de rasgos en los diversos miembros de una llamada raza. Siempre los rasgos extremos en una raza muestran mayores diferencias entre ellos, que los de las medias de dos razas cualesquiera. También hay un gran número de pueblos a los que es imposible clasificar de manera definitiva y científica dentro de una raza frente a otra, excepto sobre bases arbitrarias. Así, en este país clasificamos como negro a cualquier persona que se sepa que tiene rastros de sangre negra, aunque sólo una pequeña proporción de su herencia pueda haber provenido de ascendencia negra.

»Por lo tanto, la raza es principalmente un concepto estadístico abstracto, basado en promedios de ciertos rasgos aislados, y no un hecho biológico y psicológico concreto. Es un concepto colectivo o social. Pero no está totalmente divorciada de rasgos biológicos concretos. De hecho, el promedio estadístico se construye en torno a una síntesis de rasgos biológicos concretos. Estos constituyen la base de las distinciones raciales. Reconocida como tal, la raza es un símbolo social eficaz mediante el cual se controlan las relaciones humanas y se imponen ajustes colectivos a gran escala. Como fenómeno social abstracto o conceptual, la raza es muy real. También lo es el prejuicio racial, que es un fenómeno psico-social que surge de nuestro concepto sintético abstracto de raza y se ve reforzado por él. No todas las realidades son biológicas y concretas. Algunas son abstractas y sociales. Y este último puede ser tan poderoso a efectos de control como el primero. Pero no debemos confundir en nuestro pensamiento un hecho social conceptual abstracto con uno biológico concreto.»

En contra de lo sensatamente sostenido en el texto anterior, el llamado racismo científico asevera la división concluyente de la humanidad en especies o razas diversas tanto en el plano físico como en el psíquico y espiritual, y por tanto también en sus capacidades y en su valoración. Constituyó en su origen un consciente esfuerzo ideológico para justificar, expandir y generalizar el patente racismo práctico existente en diferente medida desde la Antigüedad. Podemos situar el origen del racismo científico en algunos pensadores de la Ilustración, que en su esfuerzo por mejorar la humanidad a la luz de la razón, quisieron debelar todo aquello que percibían como pretérito y oscurantista. Y entre ello la consideración de la unidad del género humano, cuya paternidad se atribuye a prejuicios religiosos... La conjunción de ciencia positivista, darwinismo social, progresismos políticos, e imperialismos nacionalistas, hará que durante los siglos XIX y XX el racismo científico se popularice en los países europeos y europeizados, y sirva para justificar el atroz reparto del mundo entre un puñado de potencias. Sin embargo, no faltarán tampoco los intelectuales, instituciones y amplios sectores sociales que se posicionen radicalmente en su contra. En Clásicos de Historia hemos comunicado abundantes obras en uno y otro sentido.

Pero aquí nos vamos a circunscribir a la Antropología física y, más en concreto, a la orientación racista que revistió en buena parte durante el siglo XIX y primera mitad del XX, consecuencia en gran medida del darwinismo social que convertía en dogmas la selección natural y la supervivencia del más apto. Se centró en el estudio, no de los seres humanos en su individualidad, sino en función de los supuestos grupos a los que pertenecían; y estos grupos (especies, razas, sub-razas…) pasaron a constituir el objeto de la ciencia: se les estaba concediendo a las razas un mayor grado de consistencia, de realidad, que a las personas. Con todo un aparatoso mecanismo metodológico que pesaba, medía, clasificaba, comparaba y, lógicamente, al final valoraba la distinta calidad de cada grupo, esta pseudociencia gozó de un inmerecido prestigio académico y social, que nos recuerda el caso tan anterior de la astrología judiciaria. Hoy aparentemente ambas están repudiadas en su totalidad.

Pero el caso de la Antropología física no constituía un hecho excepcional, ya que algo semejante se daba en otros muy diversos campos: por aquel tiempo se consideraba más existente la Nación, el Pueblo, la Clase, que los meros individuos, que parecían interesar solamente en función de su inclusión en una de las categorías anteriores. Y en buena medida este planteamiento ha sobrevivido hasta nuestros días, popularizado por políticos, educadores e intelectuales. Y aun se han agregado nuevas categorías totalizantes, como el Género. El antiguo microcosmos que era antiguamente una persona, parejo en todos sentidos al universo completo, pasa a constituirse como mera fracción de los grupos con los que se identifica (o con los que se le identifica), recibiendo de ellos todo su valor, su mérito o su demérito. Lógicamente la libertad individual ya no es «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos», la voluntaria búsqueda de lo verdadero, lo bueno y lo hermoso, sino la mera satisfacción de deseos y pasiones.

Pero volvamos a estos nuestros oscuros clásicos de esta entrega. Naturalmente, las distintas razas se valoraban en función de aquella con la que cada autor se identificaba. De ahí la importancia que revisten las razas consideradas superiores, las europeas; nos centraremos en ellas. Y en este sentido hemos seleccionado algunos textos, mapas y esquemas, obra de algunos de los antropólogos físicos más destacados y representativos de los tiempos de la Belle Époque, antes y después del antepasado cambio de siglo. Son los siguientes: el naturalista y pensador alemán Ernst Haeckel (1834-1919); el economista y antropólogo norteamericano William Z. Ripley (1867-1941); el magistrado, antropólogo y político socialista, además de conde, Georges Vacher de Lapouge (1854-1936); el naturalista y antropólogo francés Joseph Deniker (1852-1918); y el abogado antropólogo y eugenista norteamericano Madison Grant (1865-1937).