lunes, 19 de septiembre de 2022

Nuño de Guzmán, Jornada de Nueva Galicia y otras cartas


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Aunque apenas dura diez años, la carrera de Nuño de Guzmán (1490-1558) en las Indias constituye un excelente ejemplo de los éxitos y los fracasos, los conflictos y las ambiciones, las luces y las (muy oscuras) sombras, en fin, las desmesuras de todo tipo que parecen caracterizar los primeros decenios de la conquista de América. A nuestro protagonista lo vimos representado en el Lienzo de Tlaxcala: al frente de sus tropas españolas y tlaxaltecas (a las que denomina los amigos, a pesar de no mostrarles ninguna simpatía) procede a la conquista de Michoacán. Al fondo el cacique Cazonzi aparece ahorcado.

De familia noble, Guzmán formó parte del círculo cortesano del Emperador, lo que propició su nombramiento como gobernador del Pánuco, al norte de México, del que tomó posesión en 1527. Su administración fue más que dura, según lo recuerda Bernal Díaz del Castillo: «En todas las provincias de la Nueva España otra gente más sucia y mala y de peores costumbres no la hubo como ésta de la provincia de Pánuco, y sacrificadores y crueles en demasía, y borrachos y sucios y malos, y tenían otras treinta torpezas; y si miramos en ello, fueron castigados a fuego y a sangre dos o tres veces, y otros mayores males les vino en tener por gobernador a Nuño de Guzmán, que desque le dieron la gobernación, los hizo casi a todos esclavos y los envió a vender a las islas», a cambio de ganado, añadimos, para los pobladores españoles.

Pero por entonces la corte pretende recortar el excesivo poder de Hernán Cortés en la Nueva España, que provoca frecuentes conflictos y banderías, lo que lleva a establecer la primera Audiencia, en la que Guzmán tomará posesión como Presidente en 1528. Naturalmente, se posiciona en contra de Cortés, a la sazón en España. Entre los expedientes iniciados, resulta especialmente novelesco el proceso por la muerte de la primera esposa del conquistador, cuya documentación nos recogió Juan Suárez de Peralta. Pero pronto las denuncias de arbitrariedades, corrupciones y otros excesos que llegan a la corte apuntan en contraria dirección, y Guzmán decide contrarrestarlas con una expedición de conquista con el objetivo de crear al norte, entre el Pacífico y el Golfo de México, un nuevo reino comparable al de la Nueva España. Es la jornada de Michoacán a la que nos referíamos al inicio, que Guzmán emprende a fines de 1529 tras dejar a sus representantes en el gobierno de Pánuco y en la Audiencia de Méjico. Un año y medio después la narrará en la extensa carta que dirige a Carlos I, emulando así a las de Hernán Cortés.

El historiador Francisco López de Gómara, firme partidario de este último, la contó así: «Fue Nuño de Guzmán gobernador en Pánuco y presidente de México (...) Entendiendo Nuño de Guzmán que le quitaban de la presidencia, temió y fuese contra los chichimecas en demanda de Culuacán, que según algunos, es de donde vinieron los mexicanos. Llevó quinientos españoles, los más de ellos a caballo. Unos presos, otros contra su voluntad; y los que iban de grado eran novicios en la tierra, y casi todos los que con él pasaron. En Mechuacán prendió al rey Cazoncín, amigo de Cortés, servidor de españoles y vasallo del emperador, y que estaba en paz. Y sacóle, según fama, diez mil marcos de plata y mucho oro. Y después quemóle con otros muchos caballeros y hombres principales de aquel reino, porque no se quejasen, que perro muerto no muerde. Tomó seis mil indios para carga y servicio de su ejército. Comenzó la guerra, y conquistó a Xalixco, que llaman Nueva-Galicia, como en otro cabo dije. Estuvo Nuño de Guzmán en Xalixco hasta que el virrey don Antonio de Mendoza y la chancillería de México le hizo prender y traer a España a dar cuenta de sí; y nunca más le dejaron volver allá. Si Nuño de Guzmán fuera tan gobernador como caballero, habría tenido el mejor lugar de Indias; empero húbose mal con indios y con españoles.»

El gobierno de la llamada Nueva Galicia lo mantendrá hasta 1536, pero su declive es patente: sometido a procesos de residencia, despreciado o ignorado por Cortés, que organiza expediciones armadas en su territorio, y finalmente arrestado en enero de 1537, en México. Más tarde será enviado a España (la leyenda quiere, como en el caso de Colón, que enjaulado), en la que pasará sus últimos años en la oscuridad, intentando reivindicar su nombre y cobrar los sueldos que se le deben.

En este entrega de Clásicos de Historia incluimos, además de la extensa carta en que refiere la jornada de Michoacán, otras dirigidas al Emperador, al Consejo de Indias y a la Segunda Audiencia, en las que se justifica de aquello de lo que le acusan, a la vez que imputa a Cortés diversos desmanes, y con todo ello pretende frenar su inevitable caída. Su desencanto es patente: «Y de todo siempre he dado cuenta a la Audiencia Real, y a tiempo que lo pudiera remediar, así lo que el Marqués ha hecho, como lo que tocaba al remedio de esta gobernación, y hales parecido que era mejor dejarlo venir en estos términos y que se pierda, y a mí ponerme en demasiados trabajos, donde ya mis fuerzas no bastan ni hacienda, a cabo de once años que ando sirviendo a Vuestra Majestad noches y días sin descansar, y como un alárabe, durmiendo en un rancho. Y de todo estaría muy alegre, si viese que Vuestra Majestad lo recibe en servicio, y lo que el Marqués conmigo ha hecho, aunque sea con pérdida de mi hacienda, porque no vine a estas partes ni estoy en ellas para tener propia voluntad, ni querer sino el de Vuestra Majestad.»

Lienzo de Tlaxcala

lunes, 12 de septiembre de 2022

Alfredo Chavero, Explicación del Lienzo de Tlaxcala

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Hacia 1552, las autoridades tlaxaltecas, copartícipes con los españoles de las conquistas de Hernán Cortés, Nuño de Guzmán o Pedro de Alvarado, entre 1519 y 1541, patrocinaron la elaboración del denominado Lienzo de Tlaxcala, un extenso documento pictográfico sobre algodón, de unos cinco por dos metros, en el que se testimonia su participación en las anteriormente citadas campañas. Se realizaron tres originales: uno se remitió a Carlos I, otro al virrey de la Nueva España, y el tercero se conservó en el ayuntamiento de Tlaxcala. En la segunda mitad del siglo XIX ya sólo se conservaba el último, pero reclamado por las autoridades del segundo imperio, fue llevado a Méjico y se perdió su rastro. Sin embargo se conservan varias copias totales o parciales, más o menos fidedignas: Diego Muñoz Camargo copió en el siglo XVI numerosas imágenes en sus Relaciones Geográficas de Tlaxcala; en 1773 Juan Manuel Yllanes realizó una copia directa del original, al óleo, aunque introduciendo ciertos cambios al gusto dieciochesco, como el modelado; por último, existió otra copia fidedigna en manos de Alfredo Chavero (1841-1906), a partir de la cual encargó a Genaro López las excelentes litografías que aquel publicó en 1892, y que aquí reproducimos. Historiador y artista colaboraron en numerosas ocasiones (lo que aparentemente condujo al artista a emprender una cierta carrera de falsificador de códices mesoamericanos...)

Antonio Jaramillo, Margarita Cossich y Federico Navarrete han publicado recientemente (Glocalism 2021) un interesante artículo sobre el Lienzo y su importancia, del que entresacamos algunos párrafos: «La versión tlaxcalteca de la “conquista” consignada en el Lienzo y los documentos relacionados a éste gozó de gran prestigio durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Los herederos de Maxixcatzin, Xicoténcatl el viejo, Tlehuexolotzin y Citlalpopoca, señores de Tizatlan, Ocotelulco, Tepeticpac y Quiahuiztlan respectivamente, lograron mediante probanzas de méritos y servicios que les fueran reconocidos sus derechos como conquistadores. Por estas razones, podemos estar seguros que el Lienzo de Tlaxcala ―¿o deberíamos llamarlo el mapa de la conquista de la Nueva España de 1552?― es una historia visual compleja en la que los conquistadores tlaxcaltecas y sus descendientes guardaron la memoria social de su participación protagónica en los acontecimientos de la primera mitad del siglo XVI. Esta memoria fue constituida muy tempranamente, dos o tres décadas después de los eventos de la conquista, por una generación que la había vivido y sus herederos, en el afán de consolidar la condición de Tlaxcala como ciudad en el Imperio Español, con su territorio sagrado construido a la manera mesoamericana y cristiana (…)

»Por otro lado, es también la historia más extensa y completa de las guerras mesoamericanas de 1519 a 1541. Fue comisionado meses antes de la publicación de la Historia de la Conquista de México de Francisco López de Gómara y antecede por varias décadas al famoso texto de Bernal Díaz del Castillo. Ningún autor o colectivo europeo pudo haber escrito una historia tan extensa y detallada como la presentada en el Lienzo de Tlaxcala, pues ningún capitán castellano estuvo en todas las campañas descritas en el Lienzo (…) La versión tlaxcalteca de los acontecimientos de la conquista tuvo enorme éxito durante la época colonial dentro y fuera de Tlaxcala. A nivel imperial, los tlaxcaltecas lograron hacerse un espacio en el orden legal español, manteniendo grandes niveles de autonomía y de gobierno propio. Además, la exitosa campaña tlaxcalteca en la corte española se convirtió en un precedente para otros americanos que buscaron conservar y ampliar sus privilegios legales. Incluso es posible que la manera en que los tlaxcaltecas adoptaron y adaptaron las instituciones de gobierno españolas en el interior de su altépetl, pudo haber servido como modelo e inspiración para el régimen de “repúblicas de indios” establecido a mediados del siglo XVI en la Nueva España. Los fueros tlaxcaltecas ganados por las acciones de los indios conquistadores provenientes de su ciudad en la primera mitad del siglo XVI, seguían siendo parte de las Leyes de Indias que regían en toda América hasta el siglo XVIII.»



lunes, 5 de septiembre de 2022

Ramón Menéndez Pidal, Tres artículos sobre Bartolomé de Las Casas

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En los Preliminares a su El Padre Las Casas. Su doble personalidad, Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) se refiere así a los tres artículos que comunicamos esta semana: «Este esbozo biográfico responde a una preocupación mía ya antigua. Comenzó ella en 1940 a causa de una sugestión por mí recibida para que ampliase ideas sobre América y Carlos V, adelantadas hacía poco en La Habana; mi impresión entonces fue francamente adversa respecto a Las Casas, al observar su intenso y monótono apasionamiento, siempre violento en acusar a conquistadores y encomenderos, siempre melifluo en exaltar a los indios. Mucho después, en 1956, los dominicos del célebre convento de San Esteban de Salamanca me hicieron la invitación, para mí tan atrayente como honrosa, de que hablase en el solemne centenario de aquella insigne casa, y al tratar entonces del Padre Vitoria y de Las Casas, comencé a ver que la grave inequidad de éste no era una falta moral, sino intelectual; aclarándoseme todo por completo, en 1957, mediante la consideración de un documento fehaciente. Desde entonces, a pesar de otros trabajos para mí más apremiantes, no cesó mi preocupación en el problema lascasiano, impresionado sobre todo por una notable falta de crítica muy arraigada en las biografías de Las Casas, falta debida a muy particulares circunstancias que concurrieron para formar y propagar la fama póstuma del biografiado.»

Naturalmente, la figura y la obra de Bartolomé de las Casas sigue siendo controvertida, desde lo hagiográfico a lo kakográfico, aunque no falte el esfuerzo en ponderar y comprender. Pero es que, además, debe valorarse el uso que la posteridad le ha dado. El norteamericano Philip W. Powell, en su Árbol de odio, señala que «Bartolomé de Las Casas, héroe de los hispanófobos desde mediados del siglo XVI hasta nuestros días, es la persona más responsable de nuestros deformados puntos de vista sobre los españoles y su papel en América. Este obispo español, tan a menudo santificado en la literatura durante cuatro siglos y colocado hoy en un nicho de santo de la propaganda antiespañola, hizo más que cualquiera otro individuo para manchar el nombre de un pueblo y de una nación ―la suya propia. Seguramente no fueron estas sus intenciones, ya que no podía adivinar cuánto su trabajo iba a favorecer los propósitos extranjeros; pero sus escritos permanecen cerca del corazón y centro de la denigración de España. Él es, entre otras cosas, un magnífico caso de estudio para valorar el daño que a largo plazo puede hacer un exaltado irresponsable, cuando es explotado por los fabricantes de propaganda dirigida contra su propia casa.»

Y más adelante: «La controversia sobre los méritos y defectos de Bartolomé de Las Casas continuará sin duda eternamente, en principio, porque siempre habrá gente que creerá en su total condenación de los españoles y porque otros habré que reconocerán y censurarán sin reservas el prejuicio y fanatismo patentes que guiaron su lengua, su personalidad y su pluma. Hay quienes respetan a Las Casas, pasando por alto la injusticia de sus métodos, para guardar como reliquia la nobleza de su causa, y existen aquellos que ya durante siglos, sin preocuparse mucho de la causa, los métodos o los hechos verídicos, se recrean solamente en la elevación de Las Casas a la categoría de héroe de la propaganda antiespañola.»

La Brevísima relación de la destrucción de las Indias, y las intervenciones de Las Casas en la conocida Controversia de Valladolid, están disponibles en Clásicos de Historia. De Menéndez Pidal, asimismo, su Idea imperial de Carlos V, a la que añadimos los textos de los discursos del Emperador en los que se basa el gran filólogo e historiador.

Fray Bartolomé de Las Casas, por Félix Parra (1875)

lunes, 29 de agosto de 2022

Américo Vespucio, Tres cartas sobre el Nuevo Mundo (1500-1504)

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Roberto Levillier inició su estudio de la carta Mundus Novus, de Américo Vespucio, con el epígrafe «la carta que revolucionó la geografía», en referencia a su afirmación de que las tierras descubiertas por Colón constituían un nuevo continente. Tradicionalmente se atribuyen al florentino varias cartas dirigidas a su protector, Lorenzo Pedro de Medicis, con el relato de sus viajes, que fueron múltiples veces traducidas e impresas por toda Europa, con las consiguientes variantes, imprecisiones y contradicciones. Su éxito y gran difusión, justifica que en la temprana fecha de 1507 el cartógrafo Martín Waldseemüller denominara con su nombre de pila al cuarto continente y, en las ilustraciones del mapa, lo confrontara (imagen superior) junto al Nuevo Mundo, con el venerable Ptolomeo acompañado del Viejo.

El historiador argentino antes citado valora así la importancia de Vespucio: «Las noticias eran revolucionarias. Revelaban por primera vez estos secretos de la naturaleza: las nuevas tierras descubiertas forman un continente independiente; es lícito llamarlas un nuevo mundo; los antípodas son habitables por los blancos; las gentes de esas tierras son casi todos caníbales, sin dioses, ni reyes. Vespucio indica en la primera edición de París [del Mundus Novus], con el gráfico de un triángulo recto, que la posición de la gente que habita las nuevas tierras hasta 50° Sur, es en relación a la que vive en Lisboa como la hipotenusa que partiendo del zenit de Lisboa, en 40° Norte, se une al zenit de 50° S. formando los catetos, un triángulo recto (...) Estas cuatro novedades aislaron a Vespucio de los demás nautas, y lo elevaron a una notoriedad sin par, acaso algo exagerada, no porque hubiese hecho más que otros, sino porque ningún español, portugués o italiano innovó en geografía, contra la tradición de Tolomeo, concretándolo como él lo hizo (…) Lo que hizo Vespucio fue dirigir la visión de los nautas hacia las tierras australes y hacer progresar la conquista de ellas hasta 50° de latitud, preparando así la ruta a Magallanes, que reconoció expresamente en Patagonia, en 1519, la precedencia del florentino, en ese suelo.»

Por su parte, y más recientemente, Dietrich Briesemeister valoraba así las cartas de nuestro autor: «Al inicio de la época moderna, ningún otro corpus de textos ha fijado tan duraderamente la imagen del Nuevo Mundo en Europa como las relaciones sobre el descubrimiento de aquella parte de América llamada Brasil que desde 1512 circulaban en numerosas ediciones tanto latinas como vernáculas y en folletos ilustrados bajo el nombre de Vespucci (…) Solamente en el primer tercio del siglo XVI salieron de las imprentas europeas más de 60 ediciones (sin contar las perdidas) del texto presuntamente vespuciano. Entre las 37 ediciones tempranas ―en italiano, francés, neerlandés, pero ninguna en castellano ni en portugués― se registran nada menos que 17 en alemán, mientras que sólo 23 de las 60 ediciones aparecieron en latín. En la literatura extensa y controvertida sobre la imagen temprana de América estos textos impresos son muchas veces interpretados sin vacilar como si hubieran sido escritos de la mano de Vespucci, pero no es así. La mayoría de los investigadores modernos admite sólo dos de los cuatro viajes transatlánticos de Vespucci como comprobados.»

Y más adelante: «Las cartas dirigidas a Lorenzo di Pier Francesco de Medici están dirigidas a impresionar a quien es su Patrón y se adaptan en el estilo al rango del alto destinatario: le informan de los conocimientos más recientes del mundo, comunican experiencias personales y observaciones nuevas, suscitan intereses y procuran el apoyo para futuras empresas, instruyen y ofrecen el deleite de la lectura “come frutta dipoi levata la mensa”, Vespucci define sus misivas como scritta, menzione, lettera o “buena e vera relazione” con la función de “dare notizia” o “dare conto per lettera”. En la época de los descubrimientos el género epistolar alcanza una importancia extraordinaria. La carta como informe oficial adquiere el carácter de confirmación oficial de la toma de posesión, hace una relación de los hechos en la ejecución de un encargo (Cristóbal Colón, Hernán Cortés). La carta transmite novedades y comenta los eventos (Pedro Mártir de Anglería), profiere acusaciones públicas (Bartolomé de las Casas). La carta erudita está muy cerca del ensayo o del tratado.»

lunes, 22 de agosto de 2022

Publilio Siro, Sentencias

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Disfrutábamos la pasada semana con las Noches áticas de Aulo Gelio. En el libro XVII, cap. XIV, nos presenta así a nuestro autor de esta semana: «Publio escribió mimos que le merecieron puesto al lado de Laberio. C. César estaba de tal manera ofendido por la malicia e insolencia de Laberio, que prefería a sus mimos los de Publio. Cítanse de éste multitud de pensamientos notables, muy a propósito para adornar la conversación; de los que elijo los siguientes, contenidos [cada uno en un único verso], que tengo verdadera satisfacción en copiar aquí: Mala resolución es aquella que no puede uno cambiar. Dar a quien lo merece, es recibir al dar. Soporta y no te quejes de lo que no puedes evitar. Se puede más allá de lo justo, se quiere más allá de lo posible. En viaje un compañero que habla bien, vale por un carro. La buena reputación la robustece la frugalidad. Lágrimas de heredero, risa oculta. Paciencia cansada se convierte en furor. No se debe acusar a Neptuno en el segundo naufragio. Al vivir con tu amigo, piensa que podrá ser tu enemigo. Perdonar una injuria antigua es provocar una nueva. No se triunfa del peligro sin peligro. Excesiva discusión aleja la verdad. Atenta negativa es semi favor.»

Publilio Siro se cree que nació hacia el 85 a de C. en Antioquía. Todavía niño, fue hecho esclavo y conducido a Roma, donde algunos años después obtuvo la libertad y se dedicó al mimo, el género teatral de origen griego y carácter popular que por entonces se difundía con gran éxito por Italia. Este género menor se caracterizaba por la actuación de actores y actrices (mimi y mimæ), sin caretas ni coturnos, que imitaban, reproducían de forma grotesca la vida cotidiana, con breves escenas humorísticas, canciones, bailes, improvisaciones y abundante gestualidad. Con frecuencia las representaciones derivaban hacia lo chabacano y licencioso, lo que motivó cierto rechazo por parte de algunos censores. Nuestro Marco Valerio Marcial, ya en el Imperio, se burla de dichos críticos en el prólogo a su libro I de epigramas: «Conociendo los dulces ritos de la jocosa Flora, las chanzas festivas y la licencia del vulgo, ¿por qué has venido, severo Catón, al teatro? ¿No habrás venido tan sólo para salirte?»

El autor de esta semana alcanzó gran fama en estos menesteres, y reconocimiento del mismo Julio César. Sin embargo, cuando dos siglos después lo evoca Aulo Gelio, como indicábamos más arriba, ya se había producido una curiosa conversión del personaje y de su obra: ésta se ha reducido a una extensa colección de breves sentencias, destiladas de sus mimos, y aquel ocurrente satírico se ha transmutado en profundo moralista. El éxito y pervivencia de este su nuevo avatar fue considerable: las Sentencias fueron usadas para la enseñanza, copiadas y citadas durante la baja romanidad y la época medieval. Su fama se revitalizó con el Renacimiento: aunque se imprimen por primera vez en Nápoles en 1475 (atribuidas a Séneca), será la selección y publicación que lleva a cabo Erasmo de Rotterdam en Lovaina en 1514, la que la popularice y difunda, como prueban las numerosas ediciones en las siguientes centurias.

Junto al texto latino, tomado de la Bibliotheca Augustana, reproducimos la vieja traducción (1893) de nuestro conocido Francisco Navarro y Calvo.

Ilustraciones de Delaby & Dufaux.

lunes, 15 de agosto de 2022

Aulo Gelio, Noches áticas

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Presentamos esta semana lo más semejante a un misceláneo blog de la época de los Antoninos. Aulo Gelio, nacido en Roma hacia el año 130, residió en su juventud en Atenas (etapa que parece añorar el resto de su vida), en estrecho contacto con gramáticos y filósofos varios. Es posible que entonces iniciara su hábito de anotar y extractar sus lecturas, las enseñanzas de sus admirados maestros (coetáneos o no) como Favorino, sus animados debates con amigos en ocios y festines, sus perspicaces desenmascaramientos de pretenciosos falsarios e ignorantes… Él mismo expresa su propósito: «mi único objeto al componerla ha sido preparar a mis hijos recreos literarios, para cuando, libres de negocios, quieran proporcionar plácido descanso al espíritu. He seguido el orden fortuito de mis apuntes, porque acostumbraba, siempre que leía un libro griego o latino, u oía algo notable, anotar en seguida lo que me llamaba la atención, y conservar de este modo, sin orden ni concierto, apuntes de toda clase; viniendo a ser como materiales que hacinaba en mi memoria, a la manera de almacén literario, con objeto de que, si me ocurría necesitar un hecho o un vocablo y me faltaba el recuerdo, o no tenía a mano el libro necesario, tener medio seguro de encontrarlo en seguida. Así, pues, en este trabajo aparece la misma incoherencia de materias que en las breves notas tomadas sin método alguno en medio de mis investigaciones y variadas lecturas.»

Javier Velaza, en un interesante artículo de 2012, en el que señalaba (y emprendía) la necesidad de una edición crítica de esta obra, nos la caracterizaba así: «El compendio de informaciones que Gelio fue recopilando desde sus años de estudiante in agro terrae Atticae y que decidió mucho más tarde redactar en forma de miscelánea para provecho de sus hijos es de tal variedad y abundancia que abarca prácticamente todos los ámbitos de la erudición, desde la fonética, la morfología y la lexicografía hasta el derecho, de la filosofía a la estética, de la mitología y la religión a la historia pasando por la música, la geometría, la anticuarística o la crítica textual. Los veinte libros que contienen 369 commentarii de desigual extensión y en voluntario desorden son hoy la fuente fundamental, cuando no única, para nuestro conocimiento de anécdotas y episodios de todo tenor, de textos fragmentarios y de palabras o expresiones que solo gracias a ellos se nos conservan. Por lo demás, constituyen el testimonio de una sociedad tan culta como decadente, por más que el propio autor se esfuerce en el prefacio en revestir su inagotable curiositas con los ropajes de la utilitas y de identificar su público con el prototipo del vir civiliter eruditus

Reproducimos la venerable traducción de Francisco Navarro y Calvo (1893), en la Biblioteca Clásica. Como ya señalamos en la entrada correspondiente a la Historia Augusta, también suya, fue supuestamente vertida desde el original latino, aunque en realidad ambas eran plenamente deudoras de versiones francesas anteriores, y contenían no pocos errores. Francisco García Jurado estudió a fondo esta cuestión, de especial interés porque «esta fue precisamente la traducción que hizo posible la moderna lectura de Gelio dentro del ámbito hispano a uno y otro lado del Atlántico, pues hasta el siglo XXI, curiosamente, no se llevarán a cabo las nuevas traducciones al español», y recalca la gran difusión de que gozó, y su influencia en «autores capitales como Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar.»

lunes, 8 de agosto de 2022

Tito Lucrecio Caro, De la naturaleza de las cosas

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Escriben Martín de Riquer y José María Valverde en su clásica Historia de la literatura universal: «Escasas noticias se tienen de Tito Lucrecio Caro (c. 98-55 a. de J.C.), de quien testimonios tardíos bastante suspectos nos informan de que se suicidó y de que redactó su famoso poema en los intervalos de lucidez que presentaba su locura. De la naturaleza (De rerum natura) quedó a su muerte en estado inconcluso y falto de revisión, tarea a la que, según se cree, se entregó Cicerón. Se trata de una epopeya científica y filosófica escrita en verso hexámetro, en la cual Lucrecio, con un vigor y a veces una destemplanza impresionantes, desarrolla de un modo personal las ideas físicas, morales y religiosas de su maestro Epicuro, a favor de las cuales intenta un ferviente proselitismo. Lucrecio, que abomina del arte insubstancial y que no lleve en sí una intención superior al mero placer literario o a la pura experiencia intelectual, cree que la poesía es un agradable recurso engañador, un halago o cebo para atraer al lector a unas ideas de carácter científico y filosófico en las que cree ciegamente y que quiere imponer, aun en pugna contra el más común opinar de sus contemporáneos y en franca oposición a las creencias religiosas del vulgo, al que en el fondo desprecia.

»Su exaltado entusiasmo y la intensidad de su sentimiento hacen que lo que pudiera haber degenerado en una fría exposición filosófica se eleve a una brillante interpretación poética, llena de episodios vigorosos y que desborda incluso cuando desarrolla temas abstrusos y apunta genialmente en medio de disquisiciones prosaicas. Lucrecio ha dado a su libro este aliento poético con toda conciencia y con preocupación de escritor, a pesar de su creencia en el valor accidental de la poesía. Afirma en una ocasión: “No se me oculta cuán oscura es la materia; pero, con agudo tirso, una gran esperanza de gloria hirió mi corazón y, a la vez, le infundió un dulce amor a las Musas; instigado por él, con vívido pensamiento recorro ahora los descaminados parajes de las Piérides, de nadie antes hollados. Pláceme descubrir fuentes intactas y de ellas beber; pláceme coger flores recientes y tejer para mi sien una insigne guirnalda, como nunca las Musas ciñeron la frente de un hombre”. La poesía de Lucrecio, trasunto de un drama personal, es, en efecto, de visión límpida y da una extraordinaria vida a todo cuanto cae en sus manos y a cuanto fantasea su intensa imaginación. El estilo de Lucrecio es rudo y sus versos no son perfectos (sin duda por haber muerto el poeta antes de poder limar su obra); la austeridad se impone a la belleza formal y la concepción del arte, típicamente arcaizante, se vincula a la obra de Ennio.»

Presentamos la ya venerable traducción en endecasílabos blancos de José Marchena (1768-1821), obra de juventud, elogiada por Menéndez Pelayo, su primer editor. En su Historia de los heterodoxos españoles escribió: «No era Marchena bastante poeta para hacer una traducción clásica de Lucrecio, pero estaba identificado con su pensamiento; era apasionadísimo del autor y casi fanático de impiedad; y, traduciendo a su poeta, le da este fanatismo un calor insólito y una pompa y rotundidad que contrasta con la descolorida y lánguida elegancia de Marchetti y de Lagrange. Los buenos trozos de esta versión son muy superiores a todo lo que después hizo, si es que la vanidad de poseedor no me engaña.»

Recientemente se preguntaba el afamado traductor Jordi Fibla sobre esta versión: «¿Vale la pena leerla? Uno de los aspectos más interesantes del libro que sobre el abate publicó Menéndez Pelayo es la ecuanimidad con que señala los fallos y aciertos de la traducción. Sí, contiene errores que claman al cielo, pero también logros que rozan lo sublime. Marchena hace suya la filosofía epicúrea de Lucrecio, se mete en su piel, por así decirlo, y, en 1791, traduce De rerum natura en unos versos que se me antojan más modernos que buena parte de lo que se escribía bien entrado el siglo XIX.» Y concluye: «Para Menéndez Pelayo “traducir no es ceñirse a poner en una lengua los pensamientos o los afectos de un autor que los ha expresado en otra. Débense convertir también en la lengua en que se vierte el estilo, las figuras; débesele dar el claro oscuro del autor original”. Y también: “Añadiremos que ninguno es buen traductor sin ser excelente autor, y que todavía es dable ser escritor consumado y menos que mediano intérprete”. En definitiva, a la pregunta de si vale la pena leer la traducción del poema de Lucrecio que hizo José Marchena en su juventud, respondo que sí, y lo mismo digo de la obra que Menéndez Pelayo, en sus antípodas ideológicas, escribió sobre él.»