lunes, 19 de diciembre de 2022

Alonso de Sandoval, Mundo negro y esclavitud

José de Ribera, Un jesuita.

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Nacido en Sevilla, Alonso de Sandoval (1576-1652) vivió desde los siete años en la América hispana, sobre todo en Lima y en Cartagena de Indias. Jesuita, trabajó especialmente con los esclavos africanos, como indica en la obra que presentamos: «Si es cierto, como lo es, que nuestra principal vocación en las Indias es el empleo de los indios, tan encomendado por nuestras constituciones, no es menos cierto ser empleo muy propio nuestro en ellas, el de los negros que en estas partes nos sirven, porque es sin duda, que los motivos que los de la Compañía acá tenemos de ayudar a los naturales, esa misma, sin diferencia ninguna, tendremos de ayudar a los negros (…) por ser mucho mayor la necesidad de los negros de que tratamos, y mucho más extrema (como claramente hemos visto) que la que padecen los indios.» Fruto de ello fue su obra De instauranda ætiopum salute. Historia de Etiopía, naturaleza, policía sagrada y profana, costumbres, ritos y catecismo evangélico de todos los etíopes conque se restaura la salud de sus almas, publicada en Sevilla en 1627, y vuelta a imprimir en Madrid en 1647, aunque sólo el primero de los dos tomos previstos; eso sí, considerablemente ampliado.

El profesor Jaime José Lacueva en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, resume así el contenido de la obra, dividida en cuatro libros: «El primero de ellos es toda una descripción antropológica de los pueblos africanos de los que procedían los esclavos. El segundo detalla la injusta situación de los negros sin llegar a condenar, no obstante, la esclavitud. El tercero recoge la metodología fruto de su propia experiencia y aborda el problema de los “rebautismos”. El cuarto, finalmente, es una apología del apostolado jesuítico con los negros de Nueva Granada.» Para esta entrega de Clásicos de Historia he seleccionado diversos capítulos, agrupados en tres bloques: El primero es una descripción del mundo negro, que rebasa el África subsahariana, y se prolonga por Asia hasta las Filipinas y Nueva Guinea. Es un trabajo elaborado a partir de los libros y noticias que le llegan al autor. El segundo bloque aunque más breve puede resultar el más interesante, al describir las informaciones que ha recogido de diversos interlocutores y por su propia experiencia, sobre la trata de esclavos y las penosas condiciones de vida y trabajo de la población esclava en las Indias. En un tercer bloque recogemos la valoración extremadamente positiva que tiene de los africanos, y que quiere apoyar en un buen número de autoridades y escritores religiosos.

En su día vimos la admirable actitud radicalmente contraria a la esclavización de poblaciones indias y africanas por parte de Vasco de Quiroga (1472-1565), Julián Garcés (1452-1541), Bernardino de Minaya (1485-1565), Tomás de Mercado (1523-75) y Bartolomé de Albornoz (1524-73). Mucho más ambivalente es la postura de Sandoval. Si por un lado no se puede dudar de su auténtica obsesión por denunciar la trata y las condiciones de vida de los esclavos, de su preocupación por su bienestar material y religioso, nos decepciona su aceptación de la institución de la esclavitud, de las causas lícitas de su existencia, revestida con el oropel de una vasta erudición antigua y moderna. En realidad, y de algún modo, se deja llevar por el espíritu de su tiempo, por los valores dominantes de su época, por lo oportuno y lo políticamente correcto de entonces (de igual modo que tantos lo hacen ahora). A pesar de los cuantiosos y aberrantes datos que proporciona en su obra sobre la procedencia, captura y trato de los africanos, no llega a cuestionarse su licitud y moralidad, como sí hicieron los autores antes citados y unos años después, otros como Francisco José de Jaca (1645-1690) y Epifanio de Moirans (1644-1689).

Portada de la segunda edición (1647)

lunes, 12 de diciembre de 2022

Claudio Claudiano, Elogio de Serena

Jean-Paul Laurens, Honorio (1880)

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La hispana Flavia Serena, sobrina del emperador Teodosio, fue adoptada por éste y casada con su más destacado general, el vándalo de origen aunque romanizado Estilicón. Cuando muere en 395 aquel último gran emperador romano, y con sus hijos y herederos Arcadio y Honorio se consuma la división entre Oriente y Occidente, Estilicón se hará cargo del segundo, de apenas once años de edad, como su tutor y regente. Durante una década Estilicón será el auténtico gobernante de las provincias del oeste, y casará al nominal emperador sucesivamente con sus dos hijas, María y Termancia. Pero las abundantes incursiones germánicas y la sucesiva pérdida de apoyos acabará con su poder: en 408 será acusado de conspirar contra Honorio, y ejecutado. Poco después lo será Serena, su esposa, parece ser que a instigación de su prima Gala Placidia.

Con un estilo que nos puede resultar un tanto declamatorio y decimónico, Adolfo de Castro publicó en 1870 una obra con el título de Serena. Recuerdo de historia y filosofía cristiana. En ella se refiere así al autor de esta semana: «Al par de un guerrero de origen bárbaro [Estilicón] que quería restaurar la libertad de Roma, había un poeta egipcio que hacía revivir las glorias de las Musas latinas. Claudiano vivió en Alejandría treinta años hasta la destrucción del templo de Serapis. Pasó a Bizancio, y de Bizancio a Italia en la hueste que Teodosio mandaba para el castigo de los matadores de Valentiniano. En Roma con Olybrio y Probino, sus Mecenas, oradores, poetas y ciudadanos, aprendió la lengua latina; en el ejército de Estilicón, político y guerrero, hábil sobre todo encarecimiento, recibió las inspiraciones para sus cantos. Homero, Virgilio y Lucano celebraron héroes que no conocieron sino por las tradiciones. Claudiano celebraba lo que veía y lo celebraba con más enérgico colorido que Tíbulo y que Lucano mismo. Estilicon fue su protector: también fue el objeto de la mayor parte de sus poemas. La admiración y la gratitud acrecentaban su numen. ¿Y Serena? Serena también sirvió de bellísimo asunto a sus alabanzas: él celebró la rubia cabellera y la blancura de Serena: él la ofrece a nuestros ojos como discreta al par que modesta uniendo dos virtudes desconocidas en aquel siglo...»

Es decir, el alejandrino (algunos lo hacen originario de Asia Menor) Claudiano se convirtió en el poeta cortesano de la poderosa pareja que constituían Estilicón y Serena. De modo más conciso lo expresan así Martín de Riquer y José María Valverde en su conocida Historia de la literatura universal: «Claudio Claudiano, nacido en Alejandría y cultivador de la literatura griega, fue entre los años 394 y 404 poeta oficial de la corte de Arcadio y Honorio, protegido por Estilicón; logró dominar la versificación latina, en la que tuvo por modelos a los clásicos. Claudiano es un fervoroso admirador de la pretérita gloria de Roma, cuyos valores, virtudes y estilo pretende hallar en la decadente corte a la que se encuentra vinculado; escribe poemas sobre temas mitológicos, como el rapto de Prosérpina, poesías ocasionales laudatorias y aparatosamente solemnes, epigramas con agudeza e intención. En conjunto la obra de Claudiano semeja un hábil y barroco remedo de los antiguos líricos latinos, si bien su condición de poeta áulico hace que en ciertos aspectos parezca un escritor medieval.»

Su Elogio a Serena, que no ha llegado íntegro a nuestros días, nos puede interesar también por otro motivo: el panegírico de Hispania, origen de ella y de su familia. Ramón Menéndez Pidal, en su Universalismo y nacionalismo, romanos y germanos (Introducción al tomo III de la Historia de España que dirige), la compara con la conocida Laus Spaniae de Isidoro de Sevilla: «Esta férvida Laus Spaniae se inspira, a mi ver, principalmente en la Laus Serenae de Claudiano… Isidoro, con su vaga mención de la riqueza de España en príncipes y gentes, nos impresiona menos que Claudiano con sus precisas alusiones a los augustos hispanos; es que Isidoro tiene el mal acuerdo (lo mismo en todo su relato histórico) de buscar elevación o elegancia en la vaguedad, huyendo la individuación de personas y lugares; no estima, como Claudiano, el alto valor poético de lo concreto.»

Presentamos el original latino y la esmerada traducción que Luis María Ramírez y de las Casas-Deza publicó en la revista El mundo pintoresco del 7 de octubre de 1860.

Díptico de Estilicón, Serena y su hijo Euquerio (hacia el año 400).

lunes, 5 de diciembre de 2022

Concilio IV de Toledo (633)

Tremis de Sisenando

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En la Introducción al tomo III de la gran Historia de España que dirige, Ramón Menéndez Pidal subraya la importancia de las ideas políticas de Isidoro de Sevilla: «Esta concepción de San Isidoro era participada por todos. La patria y los godos son dos cosas inseparables; Gothorum gens ac patria es la expresión corriente, lo mismo en las leyes que en los cánones, para significar el interés general del Estado. En esta edad germanorromana el universalismo imperial desaparece, quedando sólo representado por el universalismo eclesiástico, y surge un sentimiento contrario: el nacionalismo político y cultural. Los germanos son los que suelen dar nombre a estos círculos nacionales nuevos: Anglia, Francia, Burgundia, Lombardía…; España está a punto de ser una Gotia si no es porque Ataúlfo dijo que no quería que eso sucediera; pero aunque el rasgo fisonómico más saliente de los nuevos países es germánico, el sentimiento nacional es una creación románica.»

Pues bien, tras el decisivo Concilio III de Toledo este proceso culminará en el IV, convocado en 633 para solucionar una de las frecuentes crisis políticas. Suintila había sido depuesto por Sisenando, con ayuda militar de los francos, y el nuevo rey de los godos ―nos cuenta Juan de Mariana en su Historia general de España― «como persona discreta advirtió que, por estar los naturales divididos en parcialidades y quedar todavía muchos aficionados al partido contrario, corría peligro de perder en breve lo ganado si no buscaba alguna traza para acudir a este peligro. Parecióle que el mejor camino sería ayudarse de la religión y del brazo eclesiástico, capa con que muchas veces se suelen cubrir los príncipes y aún solaparse grandes engaños. Juntó de todo su señorío como setenta obispos en Toledo con voz de reformar las costumbres de los eclesiásticos, por las revueltas de los tiempos muy estragadas; mas su principal intento era procurar que el rey Suintila fuese condenado por los padres como indigno de la corona, para que los que le seguían y de secreto le eran aficionados, mudado parecer, sosegasen (…) Lo que se pretendía con este decreto, y a que todo lo demás se enderezaba, era asegurar en el reino a Sisenando, y junto con esto para lo de adelante dar aviso que ninguno imitase ni se atreviese a hacer locuras semejantes.»

Lo que respondió inicialmente a un intento de remediar un conflicto determinado, acabará por tomar una importancia decisiva. Así lo explica José Orlandis, en su Época visigoda (409-711): «El canon 75, último de los promulgados por el concilio, tuvo extraordinaria importancia y puede considerarse como el fundamento de la constitución política del reino. El carácter notoriamente excepcional que en la España del siglo VII se atribuía a este decreto lo resalta el hecho de que el quinto concilio toledano ordenase que en todos los concilios que se celebrasen en lo sucesivo fuera preceptiva la lectura de aquel texto, para que su memoria no se perdiera con el paso del tiempo. El canon del cuarto concilio toledano debía ser ―así se pretendió― la ley fundamental de la Monarquía católica y el texto constitucional por el que los principios doctrinales isidorianos se plasmaban en la realidad política. La finalidad perseguida por el decreto conciliar era, según sus propias palabras, fortalecer el poder de los monarcas y garantizar la estabilidad de la gens gothorum ―el pueblo de los godos― frente a las infidelidades y traiciones, tantas veces reiteradas en tiempos pasados. Como fundamento del deber moral de respeto y obediencia a los reyes, se aducen aquí unas razones de índole religiosa, que eran las apropiadas para la monarquía electiva y sacral que se trataba definitivamente de instituir.»

Sin embargo Chris Wickham, en su El legado de Roma, señala que «las leyes sobre la sucesión legítima dictadas por el cuarto concilio de Toledo en 633, por ejemplo, casi nunca se cumplieron. Pero los textos legales, tanto seculares como canónicos, eran moneda corriente en la práctica política hispánica. La gente (al menos cuando se trataba de obispos o aristócratas) sabía de su existencia; e incluso los reyes, si no disponían de apoyos lo bastante fuertes… podían verse atrapados por ellas. Esto indica una diferencia con respecto al estilo de la política franca [y de los otros reinos germánicos, añadimos]: en la Hispania visigoda, como también en menor medida en la Italia lombarda, los principios legales representaban importantes puntos de referencia; lo mismo había ocurrido en el imperio tardorromano, un imperio del cual, en ciertos aspectos, visigodos y lombardos distaban menos que de los francos.»

Códice Albeldense

lunes, 28 de noviembre de 2022

Pedro Bosch Gimpera, España, Para la comprensión de España, y otros textos

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En 2010, Jon Juaristi escribía un interesante artículo, algunos de cuyos párrafos nos sirven para presentar la obra de esta semana: «En septiembre de 1937, Pere Bosch Gimpera, a la sazón conseller de Justicia de la Generalitat catalana y rector de la Universidad de Barcelona, de la que era catedrático de Prehistoria, pronunció en el paraninfo de la Universidad de Valencia la lección inaugural del curso académico. Valencia era entonces, fuera de toda discusión, la capital cultural de la República. No hacía dos meses que se había inaugurado, en su Ayuntamiento, el Segundo Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, de modo que podía considerarse la lección de Bosch Gimpera como el acontecimiento más representativo de la política cultural republicana en el comienzo del nuevo curso. Nada se había dejado al azar. El conferenciante era, sin duda, después del propio presidente del Consejo de Ministros, la personalidad académica más conspicua del campo leal a la República, y, además, catalán, un rasgo importantísimo en aquella coyuntura, cuando el territorio controlado por el Gobierno se reducía prácticamente al Madrid sitiado, a Valencia y a Cataluña. Por otra parte, el acto contaba con la presencia del, para entonces, muy disminuido presidente de la República, figura sin relevancia académica, pero de innegable prestigio como intelectual.

»Bosch Gimpera pertenecía a Acció Republicana de Catalunya, pequeña formación de sesgo federalista sin representación en el Gobierno de Negrín, aunque afín al mismo. Lo suficientemente afín, por lo menos, para que se pudiera encomendar al catedrático y conseller la elaboración de un texto que, con independencia de lo que tuviera de originalidad teórica, reflejase de algún modo el consenso alcanzado por el «gobierno de la victoria» tras los sucesos de mayo; es decir, tras la represión y neutralización de los partidarios de la revolución inmediata, anarquistas y trosquistas. Y lo cierto es que Bosch Gimpera consiguió adaptar sus teorías a lo que podría ser, en adelante, el denominador común de la visión de España en aquel entramado de fuerzas que comprendía a un sector de los socialistas, a los comunistas de observancia estalinista, algunos saldos del republicanismo histórico, y a nacionalistas vascos y de Esquerra Republicana. Se amparó en Azaña —que asistiría mudo y más bien pasivo a su disertación—, atribuyéndole una sustancial conformidad con sus propias ideas, pero este recurso se había convertido en un hábito de los restos del federalismo español desde 1932, cuando creyeron ver en los discursos de aquél sobre el Estatuto de Cataluña una afirmación de los principios federalistas, lo que estaba muy lejos de las intenciones de un jacobino bastante convencional. Sea como fuere, la lección de Bosch Gimpera trascendería su circunstancia histórica y sentaría un paradigma que todavía hoy domina en el medio académico, por no hablar de las ideologías políticas al uso.

»La lección trataba de España, de su identidad histórica y de sus distintas concepciones en la cultura española contemporánea. Bosch Gimpera reduce éstas a dos: la “ortodoxa” —tradicional y oficial—, y otra, vista en un tiempo como “subversiva”, que habría terminado por imponerse en el medio académico (y que en ese mismo momento, aunque eso Bosch Gimpera no lo dice, se consagraba como concepción oficial en el bando republicano, al contar con la aquiescencia silenciosa de Azaña). La primera, la “ortodoxa”, se caracterizaría por partir de “la idea dogmática de la unidad y cohesión esencial de España, como de un ente metafísico”. La segunda, por subrayar “la diversidad de los pueblos hispánicos”, la pluralidad constitutiva de lo español. Es obvio que semejante dicotomía se proyectaba sobre el conflicto bélico en curso, y que, si la concepción pluralista aparecía identificada con la República (a través de Azaña), la ortodoxa y unitaria se hacía implícitamente corresponder a los sublevados, que no se nombran en toda la lección sino a través de metáforas (la Monarquía, la Iglesia, la aristocracia, etcétera).

»Fatalmente, la traslación de lo que había sido un debate rico en matices y posiciones al plano de una dialéctica de confrontación entre la República y sus enemigos, reducía a dos toda la variedad posible (y real) de las interpretaciones historiográficas anteriores, de modo que Bosch Gimpera incluye en la historia “ortodoxa” tanto la versión tradicionalista o providencialista del pasado español como la liberal, y atribuye a la pluralista o “subversiva” orígenes tan aparentemente contradictorios como Pi y Margall, Prat de la Riba y Menéndez Pelayo, que habría descubierto la diversidad hispánica en su maestro, Milá y Fontanals (…) Y es que Bosch Gimpera ejercía, ante todo, de catalán o, más exactamente, de catalanista, y sólo en segundo lugar de republicano federal. La asimilación de esta última lealtad a la primera había sido un fenómeno frecuente en Cataluña desde los tiempos de Valentí Almirall, e iba a generalizarse a lo largo de ese curso académico 1937-1938 entre los partidos republicanos catalanes de la Generalitat, quizá a causa de la pugna entre dos gobiernos, central y autonómico, que, en la práctica, trataban de controlar un mismo territorio. En cualquier caso, la lección inaugural de Bosch Gimpera parte de algo parecido a una profesión de fe, tácitamente catalanista, en la inexistencia de la pretendida unidad nacional urdida por cabezas castellanas.»

Al discurso España (1937) comentado por Juaristi acompañamos en el aporte de esta semana el artículo Para la comprensión de España. Notas marginales a libros nuevos y viejos (1943), así como una serie de parlamentos de Bosch más breves e incidentales, pero en los que reaparecen los mismos planteamientos. Los motivan ocasiones muy diversas: la gubernamental «Fiesta de la Raza» (¡en la Barcelona de 1938!), un homenaje a Companys (1944), y los Jocs florals de llengua catalana (1957). Los dos últimos así como el artículo antes citado fueron publicados en México, donde se exilia tras la guerra civil. Concluimos con unos pocos fragmentos de la extensa e doblemente interesante entrevista (por su contenido y por lo que expresa de la época final del franquismo) que le hizo en París un joven Baltasar Porcel en 1971, y publicada, naturalmente en catalán, en Barcelona.

En todos estos textos se presenta y defiende una interpretación de la historia de España construida desde los presupuestos ideológicos del catalanismo: las auténticas realidades persistentes en el tiempo son los originales pueblos primitivos, cuya idiosincrasia y valores diferentes se han mantenido en lo esencial a lo largo de los siglos, a pesar de las superestructuras que en tantas ocasiones se les han impuesto. En realidad no es una visión excesivamente diferente, a pesar de lo que pueda parecer, de la que presentan sus oponentes noventayochistas y sus continuadores, que buscan el sentido de la realidad de España y se conduelen de ella: todos son, con su época, profundamente nacionalistas, y subrayan el carácter decisivo que en la nación reviste la lengua, ya sea el español, ya sea el catalán, el vasco o el gallego. Y en todos ellos hay un fondo de creencia, un juicio previo sobre lo que es la propia nación, que luego se racionaliza, se documenta y se quiere demostrar. Si el historiador o intelectual que reflexiona desde este libérrimo y subjetivo punto de partida lo hace con honradez, conocimiento e inteligencia, su obra mantiene valor, interés y atractivo: es el caso de Pedro Bosch Gimpera, y también de Ramón Menéndez Pidal, Claudio Sánchez Albornoz, Ortega y Gasset… No así cuando se convierte en un mero vehículo de agitación y propaganda.

La Publicitat del 29 de junio de 1937 informa sobre el nuevo gobierno de la Generalitat
en el que Bosch es conseller de Justicia. Este nombramiento será rechazado
por la CNT, que es excluida del
govern, y que expresa su malestar
en el comunicado publicado (en español) en esta portada.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Ramón Menéndez Pidal, Lenguas y nacionalismos. Artículos y polémicas

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Cuando en 1982 Diego Catalán presenta una nueva edición de Los españoles en la Historia, el prólogo de Menéndez Pidal al tomo I (1947) de la Historia de España que dirigió, originalmente con el expresivo subtítulo Cimas y depresiones en la curva de su vida política, subraya su carácter liberal, su pertenencia a la nacionalista generación del 98, y su relación con los trágicos enfrentamientos de los años anteriores, en España y en el mundo. Y concluye: «Pero en 1947 le pareció a Menéndez Pidal perentorio proponer unas bases para la reconciliación entre esas semi-Españas que, en el decenio anterior, habían intentado desembarazarse la una de la otra. Con un optimismo que pocos compartían por entonces, creyó posible superar “el siniestro empeño de suprimir al adversario” y pretendió convencer a las dos mitades de España de la necesidad de huir de extremosidades y reducir su lucha a la pugna natural de las fuerzas necesarias a la vida de todo pueblo: tradición e innovación. Esta “España total”, “sin amputar su brazo izquierdo ni su brazo derecho”, que Menéndez Pidal proponía en 1947 (reafirmando su vieja fe en un concepto progresista de la “tradición”, sonaba en aquel entonces como una visión utópica, sospechosamente teñida de nacionalismo para la España del exilio, subversiva para la España sin problema».

Presentamos esta semana una pequeña colección extraída de la ingente y capital obra de nuestro autor: principalmente artículos de prensa con los que quiere informar, puntualizar e influir en la sociedad, respecto al problema que cada vez resulta más conflictivo, de la convivencia de las lenguas españolas y la emergencia de los nacionalismos particularistas. Considera el bilingüismo un fenómeno natural y predominante por todo el mundo, y procura aunar la defensa del español con el conocimiento y defensa de las lenguas regionales. Sus títulos son suficientemente expresivos: El catalán y los catalanistas. Cataluña bilingüe (1902), La expansión del castellano. Lo que fue y lo que será en Cataluña (1916), La lengua española (1918), Federarnos es algo parecido a divorciarnos, Personalidad de las regiones. Sobre la supresión de la frase “nación española”, Más sobre la nación española (los tres de 1931).

Y con ellos, su discurso en el Homenatge als intel·lectuals castellans (1930) en Barcelona, el momento en el que, tras la dictadura del general Primo de Rivera, más próximos (afectiva, aunque por los resultados no efectivamente) se mostraron los intelectuales catalanes y los del resto de España. Pero junto con la toma de postura y los ocasionales aplausos, la polémica. Menéndez Pidal será contestado con artículos y cartas privadas por parte de numerosos publicistas, en tonos muy variados: Arturo Masriera, Jaume Massó Torrents, Antoni Rovira y Virgil, Francesc Pujol… Incluimos algunos textos, y las respuestas y argumentos de Menéndez Pidal. Concluimos con un pequeño fragmento del ensayo antes citado, Los españoles en la historia.

lunes, 31 de octubre de 2022

Charles Van Zeller, Guerra civil en España. Esbozos y recuerdos

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«Durante la Primera Guerra Carlista un buen número de ingleses visitó España, unos como simples viajeros o aventureros y otros como corresponsales de guerra o combatientes en uno u otro bando. España, sus paisajes, monumentos, tipos y costumbres, y también la Causa por la que se desangraba –la legitimidad o el liberalismo- tenían un atractivo irresistible para aquellos viajeros o militares románticos. Algunos de ellos, dotados de un mayor o menor talento artístico, pero haciendo siempre gala de sus dotes de observación, plasmaron con el lápiz o el pincel sus impresiones del país y también de la guerra que lo devoraba.» Javier María Pérez-Roldán ha publicado recientemente en el blog del Museo Carlista de Madrid un interesante estudio sobre el joven luso-británico Charles Van Zeller (1811-1837), a pesar de su juventud participante en las dos guerras civiles, portuguesa y española, y del que entresacamos algunos párrafos.

«Carlos van Zeller (también escrito como Vanzeller), nació en Londres, el 31 de julio de 1811. Fue bautizado el 1 de agosto de 1811 en la Real Capilla Portuguesa de Londres... A pesar de su nacimiento, fue siempre ciudadano portugués. Su familia era natural de Rotterdam (Países Bajos), eran católicos, y alcanzaron gran influencia social en la vida portuguesa del siglo XVIII.»

«En 1831, ilusionado con la proyectada expedición de don Pedro I de Brasil y IV de Portugal y la formación de un batallón de extranjeros, decide participar en la guerra civil portuguesa… Asciende a alférez, y el 1 de diciembre a teniente. El 21 de diciembre embarcó para las Azores, y el 8 de julio de 1832 participó en del desembarco de Mindelo (en el que intervinieron 60 navíos y 7.500 hombres) que permitió la toma de Oporto el 9 de julio de 1832, pasando a soportar el asalto a la ciudad por las tropas miguelistas el 29 de septiembre de 1832 y el subsiguiente asedio… El 5 de septiembre de 1833 nuestro biografiado se distingue en las líneas de Lisboa. El 11 de enero de 1834 pasa al Regimiento de Granaderos británicos al mando del coronel Daniel Dodgin, y allí, el 28 de mayo de 1834, asciende a major-graduado.»

«Por Orden del día nº 28, de 29 de junio de 1835, obtiene licencia de dos meses para pasar a Gibraltar con objeto de incorporarse a la División Auxiliar de España, y el 2 de septiembre de 1835 el Estado Mayor General le concede licencia ilimitada para servir en España a las órdenes del teniente coronel Joaquim Antonio Vélez Barreiros. Se unió a su nueva unidad en octubre de 1835, presentándose en Burgos. Desde entonces estuvo adscrito al Cuartel General, a las órdenes de Barreiros, al que acompañó en expediciones extraordinarias. Se encargó de hacer copias en inglés de múltiples oficios y de observar de cerca los movimientos de tropas en los días de combate. El 19 de mayo de 1836 Barreiros recibió la orden de hacer regresar a nuestro biografiado a Lisboa.

»No obstante Carlos van Zeller dilató la vuelta a Lisboa hasta después de las acciones de Arlabán del 21 al 24 de mayo, en la que fue herido Barreiros, y en la que nuestro biografiado recibió, por su conducta, la Cruz de Primera Clase de San Fernando. Finalmente está de regreso en Lisboa el 19 de julio de 1836... y luego volvió a España, visitando Murcia, Zamora, Valladolid, Burgos, Miranda y Vitoria. El 4 de marzo de 1837 solicita licencia por dos años. En ese mismo año parte para Mesopotamia, y desde el 25 de noviembre del año 1837 pasa a residir en Mosul, en la casa del Arzobispo Católico de Siria, Gregorio Flisa. Falleció en Mosul, el 4 de diciembre de 1837, en brazos del padre José Khandi, tras recibir los últimos sacramentos.»

Meritorio pintor, aunque se presente a sí mismo sólo como aficionado, publicó en enero de 1837 en Londres doce litografías realizadas por James William Giles y W. R. D., e iluminadas por J. Graf, a partir de algunos de sus dibujos y acuarelas de la guerra carlista. El título es expresivo: Civil War in Spain. Characteristic sketches of the different troops, regular and irregular, native and foreign, composing the armies of Don Carlos and Queen Isabella, also various scenes of military operations, and costumes of the spanish peasantry, by Major C. V. Z. attached to the Staff of the Queen’s Army. Y en ese mismo año, último de su vida, se publica en París otra colección de sus estampas: Sketches and remembrance of the Carlist Army / by Major Charles Vanzeller = Esquisses et souvenirs de l'Armée Carliste / par le Major Charles Vanzeller.

«Tanto va ser faccioso como cristino. Don Carlos no pierde,
la Reina no gana, nosotros comemos, y el pueblo lo paga.»