lunes, 27 de febrero de 2023

G. Lenotre, Historias íntimas de la revolución francesa

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Escribe el autor (cuyo verdadero nombre es Théodore Gosselin, 1855-1935): «Los novelistas pueden darse por muy dichosos, pues con sólo contemplar la vida o dar rienda suelta a su imaginación, componen trescientas páginas que premian las Academias e imprimen los editores, en número de cien mil ejemplares. Comparad esta envidiable suerte con la de un pobre historiador que, antes de escribir una sola línea, tiene que pasarse meses y años hojeando legajos de archivos y leyendo documentos soporíferos y a menudo indescifrables. Cuando, a fuerza de sudores, decepciones, terquedades e indiscreciones, logra al fin poner en claro el relato de un acontecimiento de tiempos pasados, se da cuenta —demasiado tarde— de que esa crónica, articulada al precio de tantos sinsabores, sólo le interesa a él, y con él a algunos pedantes hostiles, que se abalanzarán sobre el libro con afán de revisarlo, expurgarlo, corregirlo y disecarlo, para proclamar al fin, con pruebas en la mano, que se trata de una obra mentirosa, merecedora del desprecio de las personas honradas.»

Pues bien, con esta excusatio non petita, nos propone su remedio: dar a la historia el interés y el estilo formal de la novela. Y es que debemos reconocer el carácter literario de ésta y tantas otras obras históricas suyas, centradas principalmente en la revolución francesa. Y su considerable éxito ―siguen reeditándose con frecuencia― justifica el gran esfuerzo divulgador que realizó en su abundante producción. Es realmente un historiador: utiliza fuentes primarias, rebusca, relee, está al tanto del estado de la cuestión… Pero se centra preferentemente en lo anecdótico, en aspectos o sucesos menudos que, sin embargo, dan color y avivan el interés para la comprensión del personaje, en muchos casos de segunda fila. Es lo que en ocasiones se denomina pequeña historia, en realidad una parte de la prosopografía. En su día comunicamos parte de un libro ejemplar en este sentido, a cargo de los Benassar.

G. Lenotre nos presenta en los treinta y siete capítulos de esta obra una nutrida galería de personajes, destacados o no, pero que nos ayudan a acercarnos a la época. Conoceremos al barón de Frénilly, que conoció, siendo niño, a Voltaire; a Mauchossé, síndico perpetuo (y único habitante) de un pequeño pueblo cerca de París; al auténtico doctor Guillotin, que no fue el inventor de la guillotina (se atribuye a Víctor Hugo: «Hay personas sin suerte. Colón no pudo asociar su nombre a su descubrimiento, y Guillotin no pudo retirar el suyo); a Desmurs, que fue sucesivamente novicio, soldado, fraile y miliciano revolucionario; a Paillet, atareado diputado de la Asamblea legislativa; a Goy, un superviviente de una de las matanzas del Terror; a Chaumette y su breve carrera revolucionaria; a la mujer de Marat; a un prisionero de los vendeanos, y a un vendeano sin importancia que sin embargo fue mitificado durante un tiempo...

Robespierre guillotina al verdugo. Grabado francés del siglo XVIII.

lunes, 20 de febrero de 2023

Pierre Gaxotte, La España de los años treinta. Artículos de «Je suis partout»

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Vamos esta semana con el periodismo político. En 1917 un joven Pierre Gaxotte (1895-1982) se incorpora a Action française, el movimiento de la derecha tradicionalista, nacionalista y monárquica, que naturalmente deriva en radical, autoritaria y antisemita. Será uno de los secretarios de Charles Maurras, su líder indiscutido. En los siguientes años, y en paralelo a su carrera académica como historiador (con obras tan destacadas y polémicas como La revolución francesa (1928), desarrolla una considerable actividad política en diferentes periódicos, especialmente en Candide y más tarde en su vástago, el semanario Je suis partout, centrado en la información internacional. En ambos desempeña cargos de responsabilidad: director, redactor jefe, editorialista. Tanto él como los restantes colaboradores critican duramente a los políticos e instituciones de la tercera república, pero reservan el grueso de sus condenas al comunismo soviético. ¿Y el fascismo italiano? Las opiniones son más ponderadas y variadas: desde los que sienten más atraídos por sus programas y acciones, hasta los que, como el propio Maurras, «subrayaba en ocasiones las diferencias entre la Action Française y el fascismo italiano, criticaba el radicalismo y la demagogia de éste, la importancia que confería a la política moderna de masas en vez de dársela a las élites, el carácter dudoso de su monarquismo, su falta de consistencia doctrinal y su uso indisciplinado de la violencia.» (Stanley G. Payne)

Sin embargo, ante el establecimiento de la segunda república en España, el posicionamiento de Gaxotte y de la revista fue claro: se ha entrado en un plano inclinado que conduce a políticas cada vez más extremistas, a un desorden progresivo, a una violencia desatada y a la amenaza revolucionaria. La insurrección de 1936 se verá como el cumplimiento de las predicciones, y como la sana reacción del pueblo español ante el ominoso frente popular. Además ―la visión del semanario está lógicamente centrada en Francia― la revolución marxista y anarquista que se implantaba en España, amenaza también a Francia, gobernada por su propio frente popular. Naturalmente el tono combativo, dogmático y maniqueo aumenta muchos grados: la información y los datos, la interpretación y la opinión, se han convertido en meros vehículos de propaganda. Se utilizan todas las armas al alcance para poner de relieve los errores y fracasos del contrario, para difamar, ridiculizarlo y anonadar al enemigo.

Pero Pierre Gaxote, a pesar de defender y exigir el reconocimiento de Franco por parte de Francia, ha comenzado su personal distanciamiento de la fascistización progresiva del nacionalismo autoritario francés. Es sobre todo la preocupación ante la amenaza que supone la Alemania nazi, la que le lleva a dar este paso. Así, en marzo 1939 escribe en La Nation Belge: «Entre el bolchevismo y el hitlerismo hay muchas menos diferencias que entre el bolchevismo y la monarquía inglesa. La revolución alemana tuvo lugar en un país que estaba varios siglos por delante de la Rusia de los zares. La experiencia de la socialización tiene lugar a un nivel superior, en un pueblo entrenado desde hace mucho tiempo en una disciplina exacta y que lleva la burocracia en la sangre. No es una socialización menor. Hitler es tan antiburgués y anticapitalista como Stalin.»

El pacto germano-soviético inmediato le reafirmará en su postura, y publicará, ya en 1940, en vísperas de la derrota, Francia frente a Alemania (que más tarde será prohibido por los alemanes). Desde entonces se desvinculará de la política activa, y posteriormente rechazará colaborar con los ocupantes y con el régimen de Vichy. Deberá evitar a la Gestapo y buscar un refugio donde pasar desapercibido, lo que tras la guerra le permitirá evitar el destino de muchos de sus compañeros políticos y periodistas, sometidos a la durísima depuración, primero a cargo de la Resistencia, y luego de las instituciones de la República. En cambio Gaxotte reanudará su carrera académica como historiador, colaborará habitualmente en Le Figaro desde posturas conservadoras, y será elegido como miembro de la Academia Francesa en 1953.

Je suis partout, 23 de abril de 1932

lunes, 13 de febrero de 2023

Lucio Marineo Sículo, Crónica de Aragón

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José Ramón Rivera Martín, en su tesis sobre nuestro autor, nos lo presenta así: «Lucio Marineo Sículo es la transcripción latina de Lucas di Marinis, su verdadero nombre. Poeta, escritor de cartas, filósofo, orador y por encima de todo historiador, Marineo fue un destacado representante dentro del movimiento humanista en España. Nació en torno a 1444 en Vizzini, (Catania)…  y murió en Valladolid en 1536.» Tras varios años dedicado a la enseñanza de la gramática latina en Palermo, en 1484 «llegó a España acompañando al almirante Fadrique Enríquez y a su esposa Ana Cabrera, condesa de Módica. En Salamanca visitó a don Fernando Enríquez, hermano del Almirante, quien lo presentó al Claustro de la Universidad y tales elogios hizo de él que inmediatamente le ofrecieron las cátedras de Poesía y Oratoria, aceptándolas Marineo de inmediato. Allí fue profesor desde 1486 a 1497 (…) Alfonso Segura, su discípulo predilecto, dirá que con las enseñanzas de Marineo no sólo fue eliminada la barbarie, sino que fue extirpada y arrancada de raíz para que no resurgiese de nuevo.

»Al igual que habían hecho los reyes de Inglaterra, Francia, Polonia y Hungría, llamando a sus cortes a humanistas italianos para redactar en buen latín la crónica de sus reinados, también los reyes de España acogieron con benevolencia a alguno de ellos, deseando que la historia de España se conociese en el extranjero. En 1497 los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, llamaron a la corte a Marineo, siendo nombrado Capellán Real e Historiador Oficial. Desde su nuevo cargo seguía impartiendo clases de latín a los cantores y demás miembros de la capilla y también a algunos nobles, y no por ello descuidó en ningún momento su producción literaria. En España se instaló con carácter definitivo asimilando profundamente nuestra cultura y sólo regresó a Italia en 1506, acompañando al rey Fernando en un viaje a Nápoles. Su actividad literaria perduró al menos hasta 1530, año en que publicó su De rebus Hispaniæ memorabilibus en veinticinco libros, obra que dedicó al nuevo monarca Carlos V y que justificaba su empleo de cronista.»

Por su parte, Sergio García Sierra en un interesante artículo, compara el original latino de 1509 De primis Aragoniæ regibus, y sus traducciones al castellano en 1524 con el título de Crónica d’Aragón por Juan de Molina, y al italiano en 1590 con el de La Croniche d’Aragona por Federico Rocca. Reproducimos algunos párrafos: «En una carta del 5 de abril de 1509, Lucio Marineo Sículo afirma que, siguiendo órdenes del rey Fernando, se había trasladado a Zaragoza en julio del año anterior para terminar la biografía de Juan II que el monarca le había encargado años atrás y para traducir del castellano al latín ciertos escritos sobre la genealogía de los primeros reyes de Aragón que se conservaban en una biblioteca de dicha ciudad. El fructífero resultado de su estancia en la capital del Ebro será la Vita Ioannis II y la crónica De primis Aragoniae regibus. De la primera obra sabemos por otra carta que fue concluida antes del 24 de noviembre de 1508 y que tras su lectura recibió el beneplácito del arzobispo Alfonso de Aragón (...)

»Fue seguramente el arzobispo Alfonso quien instó a su padre, el rey Fernando, para que Marineo fuera a Zaragoza a trabajar sobre la genealogía de los reyes aragoneses de común acuerdo con los diputados de Aragón, auténticos promotores materiales del proyecto. La crónica del siciliano se insertaba así en la serie de obras impresas, por lo general de carácter histórico y jurídico, que la Diputación del Reino editó durante los siglos XV y XVI con fines utilitarios basados fundamentalmente en la propaganda política de las instituciones aragonesas (…) Sin embargo parece que los servicios del humanista fueron en realidad requeridos para reelaborar ciertos manuscritos en latín y no, como dice él en la primera carta mencionada, para traducir del castellano a la lengua del Lacio. Así lo confirmarían los documentos conservados en el Archivo de la Diputación Provincial de Zaragoza, que recogen las disposiciones concertadas por los diputados del reino, no para que Marineo traduzca, sino para que reconozca, corrija, complete y ponga en buen estilo y forma el árbol e descendencias, siquiere genealogía, de los reyes de Aragón que fizo Antich de Vages

No se conserva ninguna copia del árbol genealógico trazado por el destacado jurista aragonés, aunque sabemos que se presentó en pergamino y en papel. Pero su influjo ―añadimos por nuestra parte― se observa posiblemente en la propia estructura de la obra y, en lo formal, en la espléndida serie de grabados en madera con las efigies imaginarias de los reyes de Aragón y condes de Barcelona, así como escudos de armas y monedas. Estas ilustraciones recorren toda la obra, y poseen un gran protagonismo tanto en la edición príncipe obra del taller zaragozano de Jorge Coci, en latín, como en la edición castellana de Joan Jofré.

Marineo debió quedar satisfecho con la traducción al castellano de Juan de Molina, ya que la reproduce tal cual (sin citarlo) en su última gran obra, De las cosas memorables de España (Alcalá de Henares 1530), publicada al mismo tiempo en latín y en castellano. Reedita en ella numerosas obras anteriores, a las que agrega otras inéditas hasta entonces. Incluye De laudibilis Hispaniae, auténtica geografía antigua y moderna de España (libros I al IV), De los santos y mártires de España (libro V), De los primeros pobladores de España (libro VI), De la venida de los moros, en realidad una historia de los reyes de Asturias, León, Castilla y Portugal (libro VII), nuestra conocida De primis Aragoniæ regibus (libros VIII al XI), la Vida de Juan II (libros XII al XVIII), la de Fernando el Católico (libros XIX al XXI), y De los claros varones de España (libro XXII al XXV).

lunes, 6 de febrero de 2023

Gonzalo de Céspedes, Excelencias de España y sus ciudades

Velázquez, Retrato de un hombre

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El patriotismo, querencia por la tierra de los padres, sus habitantes, su idioma, sus costumbres, su historia… es una constante que se observa en todo tiempo y lugar. Da lugar a una preferencia por lo propio, una elección voluntaria que con frecuencia no es reflexiva ni meditada sino intuitiva. No tiene por qué impedir el gusto, la atracción, la admiración, la imitación de aspectos de los otros, y esa conectividad osmótica es otra constante de la cultura humana. Sin embargo, al considerar lo propio como lo normal evidente, ha producido con frecuencia fenómenos de rechazo, desprecio u odio de lo extraño, lo forano, lo bárbaro, considerado ridículo, ofensivo e incluso amenazador, por su misma existencia. Es el amplio campo que va del chauvinismo más necio a la peligrosa xenofobia.

Ahora bien, la afirmación de los estados modernos, que perseguían en diferentes grados una mayor homogeneidad interna; la Ilustración, que los concibe sobre los individuos como absolutos en sí; las revoluciones que consagran el concepto de progreso y proponen de forma voluntarista una meta ideal a alcanzar en un futuro indeterminado; los cambios económicos, el romanticismo… Todo ello acabará dando lugar al nacionalismo moderno, auténtica exacerbación del patriotismo tradicional, que será dominante en los siglos XIX y XX.

Pero podemos advertir la existencia de un protonacionalismo en los siglos anteriores, que se ve reforzado con la atracción humanista por los tiempos antiguos, reverenciados e idealizados a partes iguales. La identidad patria, con las características y virtudes con los que se identifican en el presente, se retrotraen a la época romana y a las míticas anteriores. Resulta paradigmático el caso español. Su conversión en primera potencia con el descubrimiento y conquista de América, con los recursos materiales y humanos de que dispone, con sus éxitos militares pero también culturales, van a potenciar el patriotismo hispano sin romper con los patriotismos regionales o locales, con un orgullo tal que con frecuencia será percibido como deplorable soberbia por los extraños. Este protonacionalismo gozará de una considerable difusión, rebasará los círculos de las élites políticas y culturales, e impregnará toda la sociedad.

Presentamos esta semana un ejemplo de ello. Gonzalo de Céspedes (1585-1638), un escritor de ajetreada vida (lances, prisiones y destierros), que alterna la producción de obras amenas en busca de públicos amplios, con otras más selectas de carácter histórico y político, publica en 1623 una colección de seis relatos novelescos, con formularia pretensión de ser hechos verdaderos, cada uno de los cuales transcurre en una distinta ciudad. Y como estamos en un momento de grandes éxitos militares de la monarquía, aquellos que precisamente en la siguiente década se plasmarán en los espléndidos cuadros de batallas del Salón de Reinos, en el nuevo palacio del Buen Retiro, quizá sea esta circunstancia la que le induce a envolver y presentar con lo que podemos considerar propaganda patriótica su obra, titulada Historias peregrinas y ejemplares con el origen, fundamentos y excelencias de España, y ciudades a donde sucedieron.

En 1906, al reeditarla, lo explicaba así Emilio Cotarelo: «Como entonces absorbían la atención de Céspedes estudios de carácter histórico, hizo preceder la narración de cada aventura de un rápido bosquejo acerca del origen, condición y ventajas de cada una de las ciudades en que habían ocurrido (Zaragoza, Sevilla, Córdoba, Toledo, Lisboa y Madrid), y algunos capítulos al comienzo de toda la obra sobre la grandeza y excelencias de España. Tanto en esta última como en las demás reseñas históricas, la crítica de Céspedes deja bastante que desear; pues no sólo defiende las patrañas del Viterbiense, sino las otras y más antiguas leyendas contenidas en nuestras primitivas crónicas y antiguas historias de pueblos. No debemos, sin embargo, condenar con demasiado rigor la credulidad del autor madrileño, pues con no mejor criterio se escribía entonces la historia en el resto de Europa. En cambio ¡con qué vigorosa y concisa expresión enumera, al llegará su tiempo, las grandezas nunca vistas que atesoraba su patria! Céspedes conoce bien todos los dominios españoles y su verdadera importancia. En él hallamos ya el pensamiento, después tan famoso y repetido, aunque en otra forma: El dominio de España está tan dilatado y extendido que, de Oriente a Poniente, dando el sol vuelta al círculo del orbe, siempre va caminando por tierras y provincias que le son tributarias.»

Incluimos en la entrega de esta semana exclusivamente esas pocas páginas introductorias de la obra y de cada novela. Naturalmente son esbozos apresurados, en los que parece haber trabajado con un interés declinante conforme avanzaba en su confección. Pero resultan interesantes por mostrar esa concepción, esa visión del propio país que se propagaba en la sociedad española de su tiempo, hasta hacerse dominante y general. Una última observación. No debe sorprender la mayor extensión y prolijidad con la que se ocupa de la ciudad de Zaragoza, a la que asimismo dedica el libro. El motivo parece ser su residencia allí (al haber sido desterrado de Madrid)… y algo tan actual como la subvención de trescientas libras jaquesas que obtiene de sus autoridades para su publicación.

Juan Bautista Martínez del Mazo, Vista de Zaragoza, 1647

lunes, 30 de enero de 2023

Plinio el Joven, Panegírico de Trajano y correspondencia con el emperador

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Aunque Cicerón afirmaba que «no quiero alabar, para no parecer adulador», no parece ser ésta una actitud muy corriente. Los elogios al jefe son una constante en la historia de la humanidad… y en el presente, especialmente en las vísperas electorales. Toman y han tomado múltiples formas, acordes a los gustos y modas de la época, y a los objetivos de la adulación que son básicamente la consecución de beneficios para el adulado (fama que da poder) y para el adulador (cargos que dan influencia). Y caso aparte, nada infrecuente, es el de elogiar a uno para denigrar a otro sin nombrarlo. Hoy presentamos el venerable ejemplo del Panegírico que Plinio el Joven dedicó en el Senado romano al emperador Trajano, con ocasión de su toma de posesión del consulado en el año 100 de nuestra Era. Poco después lo reelaboró y amplió para difundirlo mediante su publicación mediante numerosas copias, y así contribuir a la propia carrera política de nuestro autor. De este modo, con su estilo retórico y un tanto hinchado y pomposo, quedará como ejemplo y modelo de nuevos panegíricos en alabanza de otros emperadores. Acompañamos esta obra con el décimo libro de sus Cartas, en la que recoge las que envía a Trajano, y las respuestas del emperador (o de sus secretarios, en su nombre).

Ernst Bickel en su conocida Historia de la literatura romana, nos presenta así a nuestro autor de la semana: «Plinio el Joven debe su fama literaria a sus cartas; nacido en Como en el año 61 o 62, adoptado por el hermano de su madre, C. Plinio Secundo, autor de la Naturalis Historia, murió hacia el año 114 en el reinado de Trajano, rico y siendo alto funcionario de la administración. El año de su nacimiento queda precisado por su propia noticia de que tenía 18 años cuando la erupción del Vesubio. Los dos polos, alrededor de los cuales giró la existencia de Plinio, fueron la amistad y la fama. Pero la apetencia de gloria de Plinio no era verdadera presunción, ni menos, por supuesto, el deseo de grandes hechos, sino, dado su prurito retórico, la necesidad de una real y elevada estima que sus amigos los contemporáneos y la posteridad tenían que sentir por él, y que él tenía de sí mismo.

»A tal finalidad servía su dedicación a escribir cartas; pero también sus fundaciones en su ciudad natal a orillas del lago Como, una biblioteca con capital para sostenerla, y un establecimiento para la educación de niños del que nos informa él mismo. Pero también inscripciones, que pasaron a la posteridad, nos transmiten su nombre. Sus cartas abordan cuestiones sobre costumbres, historia y arte; nos transmiten sus impresiones sobre el abigarrado conjunto de la vida, pero son también una fuente importante de circunstancias y sucesos contemporáneos. La fuerza emocional es su mayor mérito… El último libro de la extensa colección de cartas, compuesta de diez libros, trae la correspondencia entre el emperador Trajano o su cancillería y Plinio, que se aparta del artificio retórico de los nueve libros restantes y es un libro documental con valor propio. Las cartas 96 y 97 se refieren a los manejos criminales de los cristianos, sobre los cuales Plinio, como gobernador de Bitinia, había consultado al emperador.»

Por su parte, José María Blázquez, en el diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia, valora así el Panegírico desde el punto de vista histórico: «Es pieza clave para conocer las ideas políticas del primer emperador hispano, y su programa político. El Panegírico que hoy se lee no es el que Plinio el Joven pronunció en el Senado en el año 100, sino una refundición, ampliada con posterioridad, publicada en el año 101. Probablemente Plinio el Joven elaboró un discurso idóneo y extenso, que se convirtió en el modelo de los panegíricos imperiales. Trató el panegirista sobre la actitud de Trajano antes del tercer consulado; de su generosidad y su buen gobierno; de Trajano en el tercer consulado; de la vida privada del Emperador. Plinio le da las gracias y termina con unas conclusiones. El discurso primitivo debió de ser fundamentalmente la última parte del publicado más algunos trozos sueltos del anterior.»

Y más adelante: «Plinio el Joven expuso los tópicos políticos propios de todos los escritores políticos de la época, cuyo máximo exponente fue el discurso Sobre la monarquía de Dión de Prusa, contemporáneo del panegirista, que dirigió, igualmente, a Trajano como a príncipe modelo. El tópico del buen príncipe insiste en la contraposición entre el buen rey y el tirano, que Plinio el Joven encarna, respectivamente, en las personas de Trajano y de Domiciano. Las virtudes y los defectos explican las diferencias entre los dos modelos. Dión de Prusa había tratado este tema. La imagen del tirano contrario al buen rey cuadraba bien con Domiciano. Dión de Prusa, desterrado, recorrió varias ciudades haciendo propaganda contra el déspota. Al llegar Trajano al poder imperial, el nuevo príncipe fue el modelo del rey de la teoría cínico-estoica, que obtenía el poder como una carga, que era un excelente padre para el pueblo, que era bienhechor para todos los ciudadanos libres, no un amo despótico, amigo de los senadores, valiente y guerrero, amante de la paz y de la caza. Plinio el Joven sigue este programa.»

Juan Pablo Alfaro en su Memoria y proyecto político en el Panegírico de Plinio, caracteriza la ideología de este círculo aristocrático de Plinio con el concepto de civilitas: «Este concepto lleva consigo una ideología que sugiere cómo convenía comportarse a un ciudadano, en este caso el emperador. En términos semánticos, la civilitas implicaría dos tendencias complementarias: moderación en el ejercicio del poder (moderatio) y condescendencia (comitas) para con sus conciudadanos, en particular sus pares estamentales. Por otro lado, estos ideales, definirían una serie de comportamientos en el centro del poder que tendrían por objeto crear un contexto de estabilidad política en el cual quedaran garantizadas la securitas y la dignitas de los miembros de la aristocracia.

»Una de las estrategias por medio de las cuales se intentó afectar la realidad política en dicha dirección fue a partir de la configuración de un discurso... fundamentalmente ético. Pues al no estar claramente delimitadas sus atribuciones jurídicas, el carácter personal del emperador resultaba una cuestión política vital. Esto dio forma a una “ética de la autocracia” que tenía por objeto brindar un marco ético, coincidente con la ideología de la civilitas, dentro del cual el emperador debía desenvolverse... Plinio exalta en este emperador diversos comportamientos que definen una serie de virtudes que dan forma semántica a la noción aristocrática del bono principe. Por oposición, los respectivos antónimos enuncian una serie de vicios que quedarían englobados en una conducta que define el comportamiento típico del mal gobierno: superbia

Y esta propuesta ideológica triunfará: «En tanto amici de Plinio, miembros de su “círculo intelectual” y de la corte de Trajano, Tácito y Suetonio re-proyectan en sus obras historiográficas los recursos retóricos y la ideología subyacente del Panegírico de Trajano. En la medida que este “proyecto político” tuvo éxito en imponer de manera hegemónica esta opinión dentro de la corte imperial, ámbito política y culturalmente rector de la sociedad, aquella memoria resultó en cierta medida “institucionalizada” y, por ende, consolidada.»

lunes, 23 de enero de 2023

Auca de l’Estatut de Cataluña (1932)

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L’Esquella de la Torratxa fue una revista republicana de carácter satírico editada en Barcelona desde 1872, inicialmente como compañera y ocasional sustituta de La Campana de Gràcia, del mismo editor, Inocencio López y su Librería Española. Tuvo un éxito considerable, y durante la Segunda República se convirtió en un órgano de propaganda, oficioso pero patente, de Esquerra Republicana de Catalunya. Manifestaba un fuerte talante nacionalista, anticlerical y de izquierdas (pero enfrentado a los anarquistas y a las izquierdas obreras). Durante la guerra civil, sin embargo, fue colectivizada por la UGT, y su catalanismo se diluyó considerablemente. La prensa de este tipo tuvo una larga vigencia, y en Clásicos de Historia ya hemos comunicado algunos ejemplos: la también republicana La Flaca durante el Sexenio revolucionario, la derechista Gracia y Justicia durante la Segunda república, y La Ametralladora durante la Guerra Civil, en el bando nacional.

La proclamación de la República, la recreación de la Generalitat, y los debates y aprobación del Estatuto de Cataluña en septiembre de 1932, ocuparon ampliamente (si no en exclusiva) a los colaboradores de la publicación, autores de textos y dibujos. A partir del 23 de septiembre, y durante nueve semanas, el Estatuto recibió un peculiar homenaje (más que análisis) de la revista. Tomó la forma de uno de los géneros de impresos populares más difundidos por toda la cultura occidental, especialmente en el siglo XIX y principios del XX: las aleluyas (auca, en catalán), quizás la modalidad de literatura de cordel más característica, junto con los romances de ciego, los gozos y novenas, etc. Consisten en relatos gráficos en los que cada viñeta es acompañada por un modesto pie en verso, con frecuencia simple pareados, dirigidas a las clases populares. Naturalmente en los años treinta las tradicionales aleluyas, distribuidas por pueblos y barriadas en pliegos sueltos, ya se encuentran en trance de desaparición. Sin embargo era un género tan conocido y difundido que se siguió recurriendo a él en revistas, con objetivos, autores y público totalmente diversos del original.

Es el caso que nos ocupa. Aparentemente se trata de resumir el contenido del Estatuto, artículo a artículo. En realidad es tan sólo propaganda del nacionalismo que practica Esquerra, y, sobre todo, del combate con los enemigos políticos del partido, al que se identifica a las claras con la propia Cataluña. El centenar y medio de viñetas y pareados permiten ajustar cuentas a personajes y entidades rivales, desde Alfonso XIII hasta la FAI, pasando por Unamuno y Ortega y Gasset. Monárquicos, católicos, agrarios, republicanos radicales, los mismos nacionalistas catalanes de la Lliga, son simplemente descalificados con todo tipo de insultos gruesos: ladrón, criminal, corrupto, fracasado, burro, idiota, carcamal, cabeza de chorlito, cara de orangután, ignorante, pedante, búho taciturno, violento… Ahora bien, las más gruesas y repetitivas invectivas se reservan a lo que se perciben como los más tenaces opositores al Estatuto, sus auténticas bestias negras: el republicano Miguel Maura y el agrario Royo Villanova. En cambio, las alabanzas son mucho más escasas: se reservan a Francesc Maciá y otros dos miembros de Esquerra Republicana, Ventura Gassol y Joan Lluhí. Y además, a un único no catalán, Manuel Azaña, elogiado hasta el ditirambo.

El tono violento de la revista (por entonces se multiplican los dibujos de horcas que se destinan a todo tipo de rivales) choca con estas loas a Azaña y los genéricos a la República española, que con frecuencia se presenta hermanada con Cataluña. En realidad, domina una concepción nacionalista que lleva a descalificar en bloque a los españoles, y a oponerlos tajantemente a los catalanes. Así, al ocuparse del artículo cuarto, sobre la condición de catalán, se ignora su contenido, y se extienden chuscas condiciones para ser reconocido como tal: rechazar los toros y el flamenco, saber decir “setze” y beber en porrón… Y un paso más: se señalan quiénes no pueden ser catalanes: los vagos, los chulos, los anarquistas, los católicos, los policías murcianos… Es decir, los españoles. Pero se sienten generosos, y dejan un portillo abierto: “Será catalá l’espanyol que aquí es porti com hom vol.”

Pero es que incluso entre los catalanes, Esquerra y la revista niegan la catalanidad de muchos de ellos. En diciembre, L’Esquella de la Torratxa incluye un dibujo sobre la constitución del Parlamento regional. La joven que personifica Cataluña agradece a Macià la tarea realizada, pero le asevera: “No debes ser blando con los no republicanos y con los falsos catalanes.”

lunes, 16 de enero de 2023

Thomas Macaulay, Constructores del imperio británico en la India

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El autor de esta semana, político e historiador, escribía en 1840: «Siempre nos ha parecido extraño que mientras no hay en Europa una persona medianamente ilustrada que ignore la historia de la conquista, población y progresos de los españoles en América, sea tan escaso el interés que despierten las grandes cosas realizadas por los ingleses en Oriente, aun en la misma Inglaterra. Todos saben el nombre de Hernán Cortés y el de Pizarro, y muy pocos, aun entre las personas ilustradas, conocen el del vencedor de Buxar, o el de aquel sobre quien pesa la responsabilidad terrible de la matanza de Patna (…) Pero es lo cierto que ha permanecido este asunto, interesante por demás, como si no lo fuera para la inmensa mayoría de los lectores, siendo para otros muchos hasta desabrido y repugnante.»

La India venía siendo frecuentada por comerciantes europeos desde la llegada de Vasco de Gama a Calicut en 1498. El predominio portugués fue mermando y sustituido desde el siglo XVII por holandeses, franceses e ingleses, aunque se mantuvieron los objetivos de los primeros: su interés radicaba en hacerse con enclaves costeros desde los que establecer beneficiosas relaciones económicas con el interior del subcontinente, sin pretender llevar a cabo una auténtica colonización (como sí se realizaba en América). En el fondo, constituía un mero desarrollo de los antiguos viajes de rescate. Pero en cambio resultó una novedad la creación de Compañías comerciales, privadas, que obtenían el monopolio de estas actividades por parte de sus respectivas autoridades estatales (que las mediatizaban en mayor o menor grado), y que acompañaban con un respetable poder político en los pequeños territorios ultramarinos. Pues bien, a mediados del siglo XVIII, en el marco de la rivalidad franco-británica (guerra de los Siete Años) y de la decadencia del Gran Mogol, las acciones de una serie de empleados de la Compañía inglesa de las Indias Orientales convirtieron su dominio comercial en territorial y político en apenas unos pocos años, aunque manteniendo el peculiar protagonismo de la Compañía durante largos años, hasta la rebelión de 1857 (guerra de los Cipayos).

Thomas Macaulay (1800-1859) compaginó una importante carrera política (fue miembro del Parlamento desde 1830, y miembro del Consejo supremo de la India, en la que residió un tiempo) con su dedicación a la historia. Destaca entre sus obras su extensa Historia de Inglaterra, que en cierto modo tomó el relevo a la de Hume. En esta entrega de Clásicos de Historia he reunido las biografías que dedicó a los dos auténticos responsables, en lo militar y en lo administrativo, de iniciar y consolidar la gran conquista del subcontinente, la construcción del imperio británico de la India: Robert Clive (1725-1774) y Warren Hastings (1732-1818), ya como gobernador general. Los dos pasaron de simples empleados de la Compañía, a disponer de un poder cuasi absoluto aunque temporal sobre la colonia. Mostraron una gran capacidad para aprovechar las circunstancias, y una considerable falta de escrúpulos, y asimismo, los dos fueron procesados a su regreso a Europa por su conducta, aunque finalmente fueron en la práctica exonerados.

El juicio de Macaulay sobre ellos es ambivalente: si por un lado no oculta los trágicos excesos de que fueron responsables, concluye por justificarlos en buena medida. Así respecto del primero: «Que Clive cometió grandes faltas, es innegable; pero si las ponemos en parangón con sus merecimientos, teniendo en cuenta las tentaciones a que se halló expuesto, no podrán ser parte, a nuestro parecer, a privarle del lugar preferente que por sus virtudes merece ocupar en la historia, y que la posteridad debe concederle.» E incluso: «La historia considera los hechos y las acciones de los hombres de una manera más elevada que los tribunales y los jueces, y por lo tanto el mejor tribunal para entender en los grandes procesos políticos sería aquel cuya sentencia se anticipara al fallo de la historia.» Naturalmente, se refiere sólo a «hombres que ocupan un lugar muy por encima de la generalidad.»

Acompaño estos estudios biográficos con dos discursos de Macaulay pronunciados en la Cámara de los Comunes, uno de ellos anterior a su estancia en la India como alto cargo de la Compañía, y el otro posterior; en ambos se ocupa del gobierno colonial, y en el segundo se puede observar el elevado tono de las discusiones parlamentarias de la época. Por último, recojo algunos extractos de las cartas privadas (la mayoría a su familia) que envía desde Calcuta, y tres ejemplos de epitafios que redacta para algunos altos cargos de la administración colonial, como gobernadores o jueces de la Corte Suprema.

Naturalmente, Macaulay constituye un acabado ejemplo de los logros, pero también los defectos de la historia decimonónica: un nacionalismo desatado que ya se transforma en un imperialismo exacerbado; un complejo de superioridad racial que pronto será racismo científico; una llamativa falta de empatía hacia las poblaciones y culturas de la India; una fe ciega en el progreso que proporciona la seguridad de que los benevolentes proyectos para la humanidad justifican las conquistas, el dominio, la imposición a los que se percibe como inferiores o incapaces… hasta llegar en caso necesario al exterminio. Y desde su alto tribunal, la Historia juzga (absuelve, condena) sobre si acontecimientos, instituciones, ideologías, grupos e individuos se adaptan o no a la autodeclarada marcha del Progreso… Ya se perciben asomos de los totalitarismos, y sus largas sombras.

Herbert Butterfield, en 1931, iniciaba así su polémico La interpretación whig de la historia: «Se ha dicho que el historiador es el vengador, y que actuando como juez entre las partes, las rivalidades y las causas de generaciones pasadas, puede levantar a los caídos y derrotar a los orgullosos, y mediante sus denuncias y sus veredictos, su sátira y su indignación moral, puede castigar la injusticia, vengar a los agraviados o premiar a los inocentes. Uno podría ser perdonado por entusiasmarse con cualquier división de la humanidad en buenos y malos, progresistas y reaccionarios, negros y blancos; y no está claro que la indignación moral no sea una dispersión de las propias energías que redunda en la confusión del propio juicio. No puede haber queja contra el historiador que personalmente y en privado tiene sus preferencias y antipatías, y que como ser humano simplemente tiene la fantasía de participar en el juego que está describiendo; es grato verlo ceder a sus prejuicios y asumirlos emocionalmente, para que se llenen de color mientras escribe; con tal de que cuando entre así en la arena reconozca que está entrando en un mundo de juicios parciales y apreciaciones puramente personales y no imagine que está hablando ex cathedra. Pero si el historiador puede erigirse como un dios y juez, o presentarse como el vengador oficial de los crímenes del pasado, entonces se le puede exigir que sea aún más divino y se conciba a sí mismo más como el reconciliador que como el vengador; entendiendo que su fin es lograr la comprensión de los hombres y las partes y las causas del pasado, y que en esta comprensión, si puede ser completa, todas las cosas finalmente se reconcilien.»

Quizás todavía hoy resultan actuales.

Benjamin West (1818): Robert Clive y emperador mogol Shah Alam en 1765.