lunes, 29 de noviembre de 2021

Julián Garcés, Bernardino de Minaya y Paulo III, La condición de los indios (1537)

Paulo III

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Desde su descubrimiento, las Indias dieron lugar a un encendido debate ético, jurídico y religioso sobre la licitud de la propia conquista, ocupación y dominio de los naturales, y sobre qué procedimientos utilizar en todos esos campos. Ya hemos comunicado en Clásicos de Historia algunos documentos en este sentido: la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de Las Casas, el Demócrates segundo de Juan Ginés de Sepúlveda, y la conocida Controversia de Valladolid, en la que intervienen los dos anteriores junto con Domingo de Soto. Desde el terreno universitario fueron decisivas las Relecciones correspondientes de Francisco de Vitoria, así como desde el más pegado a la realidad cotidiana lo fueron las obras de Motolinía y Acosta y la muy posterior de Juan de Palafox… Pues bien, en 1534 y desde Toledo se autoriza mediante una Real Provisión la esclavización de los indios en ciertos casos, lo que desata un movimiento contrario en su favor. Isacio Pérez, en su contribución a la obra colectiva La ética en la conquista de América (Madrid 1984), nos lo cuenta así:

«Al recibirla en México, la Audiencia ―y en particular el oidor Vasco de Quiroga― escriben cartas en las que exponen sus reservas respecto a la ejecución de tal Provisión (…) En 1534 se encontraba Fray Bernardino de Minaya de Paz, O.P., en México (recién llegado del Perú), de cuyo convento era prior. De hecho, en México se atribuía ―parece que equivocadamente― la expedición de la mencionada Provisión al influjo en España del Parecer entregado años antes al Consejo de Indias por Fray Domingo de Betanzos, O.P., en el que presentaba a los indios como bestias humanas, incapaces de recibir la fe y de integrarse en una vida civilizada. Ante esta situación, Minaya, hacia fines de 1534, habla con el oidor Quiroga y, seguramente también… con el obispo Juan de Zumárraga, O.F.M.; y a principios de 1535, emprende (de modo fugitivo) viaje a Veracruz con el propósito de embarcar para España y llegar a Roma. Y al pasar por Tlaxcala, obtiene del obispo Garcés, O.P., la conocida carta latina de súplica al Papa Paulo III a favor de la racionalidad de los indios y de su capacidad para recibir la fe, que también es una carta de presentación de Minaya ante el Papa y que Minaya llevó en mano. En Roma, como es sabido, consigue la famosa bula Sublimis Deus, con la cual se desfonda de un pretendido justificante ético la esclavización de los indios y las guerras de conquista o saqueo conducentes a ella.»

En el mismo sentido, León Lopetegui señala que «La bula Sublimis Deus, del 2 de junio de 1537, término de las gestiones proindias en Roma, fue precedida en algunos días (29 de mayo de 1537) por la carta apostólica de Paulo III al cardenal Juan de Tavera, arzobispo de Toledo, ordenándole prohibir bajo pena de excomunión ipso facto incurrenda, el reducir a los indios a la esclavitud en cualquier forma y por cualquiera. Esta intervención pontificia, un poco a espaldas de la corte y del cardenal Loaysa, dominico y presidente del Consejo de Indias, irritó a Carlos V, que ordenó recoger las bulas y consiguió de Paulo III que derogara el breve concedido al cardenal Tavera, en cuanto lesiva de los derechos patronales del emperador, o también perturbadora de la paz en las Indias. Una curiosa querella entre el Papa y el emperador en aquellos momentos decisivos en que se estudiaba la convocación del famoso concilio que definiera el campo doctrinal católico frente a la seudorreforma protestante. Nótese bien que el Papa anuló sólo el breve al cardenal Tavera por otro breve de 19 de junio de 1538 ―Non indecens videtur―, pero no la bula o las bulas sobre la racionalidad de los indios y diversas disposiciones disciplinares.» (Historia de la Iglesia en la América española, tomo I, Madrid 1965)

Bula Altitudo divini consilii, de Paulo III

lunes, 22 de noviembre de 2021

Napoleone Colajanni, Raza y delito

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El racismo práctico es muy antiguo en la historia; no así el llamado racismo científico, que eclosiona en el siglo XIX entre algunos intelectuales hijos de la Ilustración. Pretende proporcionar un discurso, una justificación racional, secular y progresista al orgullo del propio grupo y al desprecio de los extraños, y al dominio de aquellos sobre éstos: el imperialismo. Su éxito será considerable, y en buena medida las sociedades occidentales (y otras extraeuropeas) interiorizarán un racismo muy extendido y muy variado: desde un humillante paternalismo hacia los considerados inferiores, hasta el exterminio de grupos enteros, pasando por la general explotación económica y la discriminación social. Políticos y publicistas de todas las tendencias se verán afectados, pero no todos: por muy diversos motivos (religiosos, filosóficos, políticos…) hubo numerosas personas e instituciones que rechazaron en mayor o menor medida ese consenso generalizado de la época; dominante pero no absoluto. Esas voces aisladas y minorizadas consuelan al espectador actual, ante otros consensos dominantes de nuestro tiempo...

Si las semanas pasadas comunicábamos en Clásicos de Historia a Ángel Pulido, uno de ellos, hoy presentamos al médico italiano (y también criminólogo, y sociólogo, y político republicano), Napoleone Colajanni (1847-1921), que se ocupó en varias obras del problema de las razas, especialmente en su Latini e Anglo-sassoni (Razze inferiori e razze superiori), publicada en 1903, donde estudia desde la fisiología, psicología y sociología de las razas, y rechaza las supuestas características definitorias de cada una de ellas y, por supuesto, la imaginada superioridad de unas sobre otras. Una derivación de estos planteamientos hacía depender la delincuencia de factores congénitos, es decir, de la raza. Lo cual conducía (todavía lo hace hoy) a identificar el crimen con los inferiores: pobres, extraños e inmigrantes. En la misma Italia, los mayores índices de delitos en el sur respecto del norte, eran atribuidos por diversos expertos de forma determinista, a factores antropológicos y ambientales: es decir, a un determinismo que se impone al individuo. En contra, Colajanni recalca la importancia decisiva de los factores culturales, sociales y económicos.

Comunicamos esta semana el breve artículo que sobre esta cuestión publica en 1899 en la revista porteña Criminología Moderna.

lunes, 15 de noviembre de 2021

Ángel Pulido Fernández, Españoles sin patria y la raza sefardí

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La pasada semana comunicamos Los israelitas españoles y el idioma castellano, obra con la que Ángel Pulido impulsó la campaña por él emprendida para lograr la reconciliación definitiva con los descendientes de los judíos expulsados en 1492. La nutrida correspondencia a que dio lugar constituye la parte esencial de este nuevo libro:

«Hemos procurado reivindicar la significación intelectual y moral que hoy demandan, ante la justicia y la razón, Israel en general y los expulsados de Iberia en particular; las consideraciones sociales que gozan en unas partes y merecen por natural y legítimo derecho en todas; su importancia cuantitativa y cualitativa; su cooperación a la obra del progreso humano; el estado en que se halla el ladino, ese testimonio de nuestra alma nacional, que llevaron consigo y mantuvieron más o menos alterado durante cuatro siglos (...) Hemos procurado, en fin, que acudan con una información amplia, inteligente y sincera, a exponer ante su antigua patria el estado de su alma y las emociones y afectos que les sugieren, no nuestra persona, de todos desconocida intelectual y moralmente, sino nuestras aspiraciones y el símbolo de nuestra nación querida, el cual hemos levantado como si fuese una bandera, que proclama la esperanza de futuras reconciliaciones y convivencias de Israel con España. No se podrá desconocer el valor de nuestra información. Damas y señoritas, rabinos, filósofos, jurisconsultos, médicos, literatos y periodistas eximios, banqueros, catedráticos y profesores, comerciantes y comisionistas de todas las grandes naciones, nos han favorecido con sus aplausos y consejos, formando un testimonio colectivo sin precedente.»

Ahora bien, el autor considera necesario dar un nuevo rumbo a su campaña a favor de los sefardíes, y se propone implicar en ella a otras instituciones: la Academia de la Lengua, la Asociación de Escritores y Artistas, la Unión Ibero-Americana, las Cámaras de Comercio, el Gobierno, la Prensa… Y concluye: «El autor de este libro ha realizado solo, cuanto le fue dable hacer, y ya no puede, ni debe, continuar haciendo nada, sino acompañado. Si, como cree, su pensamiento y sus aspiraciones responden a la conveniencia de grandes intereses hermanos, de raza y de nación, deben ser muchos los que acojan su idea y la realicen (…) Si estamos, o no, solos en adelante, lo sabremos pronto: seis meses de información tuvimos para conocer el espíritu israelita y traerlo a esta obra; pues otro período de seis meses abriremos, para recoger adhesiones con las cuales fundar una Alianza hispano-sefardita, que realice lo que demandan estos intereses. Si Dios se sirve conservarnos con vida y salud, volveremos por Octubre a ocuparnos en esta tarea, no para escribir un libro, sino para fundar una Asociación.» El resultado será la Alianza Hispano-Hebrea, la Casa universal de los sefardíes, la apertura de sinagogas, y un creciente interés por el estudio de la cultura judía española y la recuperación de sus monumentos.

Estamos, pues, ante una interesante muestra del talante liberal, nacionalista, regeneracionista… y expansionista (si no imperialista), característico de la España del penúltimo cambio de siglo, todavía partidaria en buena medida de las reformas, la moderación y el diálogo entre contrarios, y por tanto esperanzador: «No obstante sus desastres coloniales, sus agitaciones regionalistas y anarquistas, sus desaciertos políticos y la frivolidad de sus gobernantes, España es una nación que, por lo copioso de sus fuentes de vida, está presentando una evolución sorprendente y desarrollando, por donde quiera se la contemple, energías y progresos que tienden a juntarla con esos pueblos adelantados, de los cuales venía muy separada, con un retraso imposible de calcular.» Y es que «Los españoles somos un pueblo mal conocido y peor juzgado, y con fundamento nos indignan todas las majaderías que de nuestras costumbres, carácter y condiciones se propalan; y sin embargo, hacemos con los demás pueblos lo mismo exactamente que tanto nos subleva y nos irrita cuando se refieren a nosotros.»

Carta póstuma de Albert Kabili, Bulgaria 1943.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Ángel Pulido, Los israelitas españoles y el idioma castellano. Intereses nacionales

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Tras la Gran Guerra, y en el marco de la conflictiva descomposición del Imperio Otomano, el Directorio Militar de Primo de Rivera aprobó el Real Decreto de 20 de diciembre de 1924 «sobre concesión de nacionalidad española por carta de naturaleza a protegidos de origen español», en cuyo preámbulo se afirma que «Existen en el extranjero, principalmente en las naciones de Oriente y en algunas del continente americano, antiguos protegidos españoles o descendientes de éstos, y en general individuos pertenecientes a familias de origen español que en alguna ocasión han sido inscritas en registros españoles, y estos elementos hispanos, con sentimientos arraigados de amor a España...» Naturalmente, aunque no los menciona, se refiere exclusivamente a la nutrida y dispersa población sefardí. Ahora bien, continúa, «representa la naturalización menos una concesión propiamente dicha que el reconocimiento de una realidad ya existente». El destacado hispanista Joseph Pérez (fallecido el pasado año), apostilla en su Los judíos en España: «No se puede decir de forma más clara que, para el Directorio, los sefardíes son españoles de hecho, si no de derecho.»

Este reconocimiento jurídico fue consecuencia directa del cambio de actitud con los descendientes de los judíos expulsados en 1492, superando la tradicional y rotunda descalificación por motivos religiosos aun generalizada en el siglo XIX, como observamos en la Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España de Vicente de la Fuente. Los contactos se habían reiniciado a raíz de la expedición militar a Marruecos de 1859, aunque con limitados resultados. Hubo, por tanto, que esperar al gran activismo desarrollado por el senador Ángel Pulido Fernández (1852-1932), médico, académico y político en la órbita del partido liberal de Sagasta. El motivo de su interés nos lo cuenta así Joseph Pérez: «en el verano de 1880, un médico español, con ocasión de un viaje por el Danubio y la Europa oriental (...) se llevó una inmensa sorpresa al encontrarse con varios judíos que le hablaron en español y le dieron noticia de las comunidades sefardíes de Serbia, Bulgaria, Rumanía y Turquía. Al regresar a España, el doctor Pulido escribió un primer artículo en forma de carta abierta en El Liberal de Madrid para informar de lo que había descubierto y llamar la atención de sus compatriotas sobre aquella situación totalmente desconocida.»

Y continúa: «Durante otros viajes a la Europa central, Pulido acumuló datos y documentos que le sirvieron para realizar una intensa campaña a favor del acercamiento a los sefardíes, campaña que impulsó en estrecha colaboración con el rabino de Bucarest, Enrique Bejarano. Pulido opinaba que el antisemitismo popular español iba orientado contra un judío casi legendario y añadía que la gran mayoría rechazaba el fanatismo de antaño (...) El 13 de noviembre de 1903, Pulido pidió en el Senado que España se acercase a los sefardíes balcánicos, nombrando cónsules entre ellos en las ciudades principales, abriendo escuelas para difundir la enseñanza en castellano y anudando vínculos comerciales. Al año siguiente, desarrolla su campaña por medio de la prensa —artículos en El Liberal, La Ilustración Española y Americana—. Recoge estos artículos en un libro, Los judíos españoles y el idioma castellano. Amplía esta campaña en 1905 con otro libro, Españoles sin patria y la Raza Sefardí

Naturalmente, la obra que comunicamos es hija de su tiempo: junto con lo que podemos considerar motivaciones humanitarias, generosas y admirables, percibimos un potente nacionalismo basado en la lengua, que envidia las campañas y proyectos que desarrollan en Oriente franceses, alemanes, ingleses e italianos. Por tanto, plantea que hay que actuar de modo semejante a aquellos, aprovechando la ventaja que supone el uso habitual del castellano por parte de los sefardíes, y que se deben estrechar vínculos comerciales y culturales que posibiliten mutuos beneficios de todo tipo. Ahora bien, los planes de Pulido no tienen en cuenta la existencia de múltiples fidelidades nacionales entre dicha población: turca, rumana, y cada vez más, sionista que quiere construir un hogar nacional en Palestina. Así, aunque algunos sefardíes se establecieron en España, las consecuencias prácticas de este acercamiento fueron muy limitadas. No deben sin embargo descalificarse: las reformas a que dieron lugar, y que hemos citado al inicio de esta entrada, constituyeron la base legal que posibilitó, pocos años después, el rescate de un número no despreciable de judíos europeos en las tremendas circunstancias del Holocausto.


La Alborada, de Sarajevo, escrito en castellano con caracteres hebreos.

lunes, 1 de noviembre de 2021

George Dawson Flinter, Examen del estado actual de los esclavos de la isla de Puerto Rico bajo el gobierno español

Ferdinand Machera, Oficial

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Estamos ante una triste obra. George Dawson Flinter fue un militar irlandés que en 1811 es enviado a las Indias Occidentales. Al servicio de las autoridades británicas se establecerá en Venezuela, donde contraerá matrimonio, se naturalizará, y se convertirá en el acomodado propietario de una hacienda. El triunfo definitivo de los insurgentes le conducirá a las Antillas, donde redactará varias obras, en inglés y castellano, entre ellas la que nos ocupa, publicada en 1832. Ante la progresiva liberación de los esclavos en las colonias francesas e inglesas, Flinter levanta la voz para rechazar rotundamente su abolición en las españolas. Sus argumentos resultan llamativos: los esclavos ya lo eran en África, antes de ser trasladados a América; el excelente trato que se les da en Cuba y Puerto Rico, lo que les hace rechazar su devolución a África; las inferiores condiciones de vida a que se someten a innumerables campesinos europeos, comenzando por los de Irlanda; el inatacable derecho de propiedad que sobre ellos tienen sus amos; su inferioridad indudable que les incapacita para una vida ordenada y laboriosa sin subordinación total; el ejemplo de los Estados Unidos, «única república que existe, o que probablemente puede existir prácticamente sobre la faz de la tierra con instituciones libres»; las calamidades sin cuento que se constatan en la isla de Santo Domingo, en Jamaica, en las provincias españolas ya independientes…

La esclavitud, según Flinter, asegura por tanto el orden, la estabilidad y el bienestar común ¿Y cuáles son las causas de los ataques que sufre esta única forma viable de organización social en la región? No tiene ninguna duda, y en una segunda parte nos las refiere: «Rápido examen de los espantosos efectos de las revoluciones en la felicidad de las naciones. Ilustrado con un bosquejo del estado actual del Mundo Nuevo y Antiguo, corroborado con documentos oficiales, que manifiestan el floreciente estado de la agricultura y comercio, bajo el gobierno de España, y su decadencia desde el establecimiento de las Repúblicas en la América Española.» Han sido los principios revolucionarios los que está provocando este desmoronamiento general: la revolución francesa de 1793, las invasiones napoleónicas, las rebeliones en América, la española de 1820, y otra vez la francesa de 1830… «¿Por qué han de creer ciegamente los hombres en los preceptos de los demagogos o seguirlos, sin primero examinar la sinceridad de su fe y los motivos de su patriotismo? Examínense estos motivos y se encontrará que de las mil plumas y espadas alistadas en la causa de la revolución, las novecientas noventa y nueve son dirigidas por las más innobles pasiones.»

Ahora bien, paradojas de la vida, muy poco después de escribir estos encendidos períodos, nos encontramos al brigadier Jorge Flinter encabezando briosamente ejércitos liberales en contra de los carlistas. Antonio Pirala en su pormenorizada Historia de la Guerra Civil y de los partidos liberal y carlista, nos relaciona su desempeño, especialmente por tierras de Extremadura, La Mancha y Toledo en persecución de las famosas expediciones que recorren toda la península. También recoge proclamas y otros textos de nuestro autor, en alguno de los cuales parece buscar el ya inexistente entendimiento entre los propios liberales. Podemos intuir que este vuelco llamativo de principios y prácticas hubo de suponerle un desgaste anímico considerable. Así, el ilustre historiador, en su última referencia a Flinter nos indica que en 1838 sus operaciones militares «demostraban ya el extravío de su razón, que había de serle a poco tan funesto.» Destituido, se quitará la vida en septiembre de ese año.

Sobre la esclavitud disponemos en Clásicos de Historia de las siguientes obras: Tomás de Mercado y Bartolomé de Albornoz: Sobre el tráfico de esclavos (1571-73); Isidoro de Antillón: Disertación sobre el origen de la esclavitud (1802); y Rafael María de Labra: La emancipación de los esclavos en los Estados Unidos (1873), además de múltiples referencias en otras. Una última observación. Resulta llamativo comparar los falaces y endebles argumentos que Flinter emplea para justificar la esclavitud, con los que en el pasado y en el presente se han usado y se usan para blanquear distintas instituciones sociales, auténticas calamidades, de consecuencias atroces para la humanidad: la guerra, la explotación económica, los tormentos judiciales, la pena de muerte, la discriminación racial, los duelos de honor, la eugenesia, el aborto, la eutanasia...

lunes, 25 de octubre de 2021

Vicente de la Fuente, Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España y especialmente de la Francmasonería

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Estamos ante un libro de combate. Con la culminación de la revolución liberal en España, durante el conocido como Sexenio Democrático, el bilbilitano Vicente de la Fuente (1817-1889) encuentra el acicate para llevar a cabo un proyecto largo tiempo acariciado: «deseaba escribir acerca de la francmasonería y demás sociedades secretas en España, y presentar el verdadero origen de las continuas sediciones y pronunciamientos con honra y provecho.» En realidad, su obra es una condena sin paliativos del modo como dicha revolución (y la lucha contra ella) se ha llevado a cabo, con sublevaciones, golpes militares, asonadas varias y continuos amotinamientos (cadañeros, dice), de los liberales entre sí y contra los realistas, y de estos de igual modo. Y la consiguiente y habitual represión, expresada en los habituales fusilamientos de los vencidos…

La obra no es un aséptico estudio histórico, aunque se documenta y somete a crítica fuentes de las distintas opiniones. Rechaza por igual a liberales y carlistas, pero lo hace desde sus propios planteamientos ideológicos, anclados en la tradición y el catolicismo, que le llevan a condenar un modo de hacer política basado en la conspiración como medio de alcanzar y conservar el poder. Y atribuye a las sociedades secretas, formas embrionarias de los partidos políticos, una responsabilidad decisiva en los acontecimientos. Estas asociaciones tuvieron una gran difusión entre los herederos de la Ilustración en la medida que la sociedad se tiñe de romanticismo y nacionalismo. Ahora bien, en este sentido nos parece que fueron meras herramientas para la acción política ―revolucionaria o reaccionaria―, aunque percibidas ominosas y todopoderosas, dando lugar a algunas de las primeras teorías de la conspiración.

Quizás por ello, lo más interesante de la obra (además de los abundantes y variados textos que reproduce y valora) es la crítica persistente a la política entendida como lucha sin cuartel, que se practica en España desde el inicio de la revolución por parte de todas las tendencias e ideologías. Así, tras narrar el asesinato del esquilador de Ateca, exclama: «¡Cómo callar a vista de tales horrores! ¡¡Hay derecho para escribir los unos y callar los otros!! La prensa periódica que sistemáticamente execra los horrores de los contrarios, y absuelve, atenúa, disculpa, o niega los de los suyos, extravía la educación del pueblo, de eso que se llama pueblo y no es más que populacho fanático y grosero, que hoy con su porra aplasta a los realistas, y mañana en nombre de Dios quemaría a los liberales.» Y poco antes: «Notábase gran excitación en los barrios bajos de Madrid, feroces liberales en 1820, y feroces realistas en 1823, como fueron feroces degolladores de frailes en 1834 y como serían mañana feroces sarracenos si viniera por rey absoluto el moro Muza.»

Y tras narrar los fusilamientos del Conde de España: «He preguntado a varios realistas catalanes y barceloneses acerca de sus impresiones en aquel tiempo, y me han asegurado que no tuvieron terror ninguno en 1827 y 28, pero que lo tuvieron muy grande en 1834 y 35, cuando los liberales fusilaban a los realistas por represalias. Ya me figuraba yo esto mismo antes de que me lo dijeran, y no se necesitarán grandes esfuerzos para probar a los lectores, que cuando los vencedores políticos fusilaban a sus enemigos, los correligionarios de los fusilados se asustan mucho y creen que todo el mundo está asustado, y viste luto, siendo así que los amigos de los fusiladores hallan aquellos suplicios la cosa más natural del mundo.»

Lo que De la Fuente todavía ignora al publicar esta obra en 1870-71, es que poco después se va iniciar una exitosa nueva etapa en la historia de España, la de la segunda Restauración borbónica (la primera fue la de Fernando VII, y la tercera la de la Transición...), en la que se alcanzará un entendimiento estable que permitirá la alternancia política pacífica y civilizada… aunque también corrupta. Durará medio siglo, y tras la repetida crítica a lo que es percibido como marasmo, se volverá inopinadamente al espasmo (en expresiones de Julián Marías) de la lucha cainita, que se plasmará en intolerancia, enfrentamiento, dictaduras, persecución, guerra civil: el intento de imponer una solución única y definitiva.

De Vicente de la Fuente contamos en Clásicos de Historia con los dos tomos que aportó a la magna España Sagrada (1865-66), con La sopa de los conventos, y con sus juveniles contribuciones (cuando todavía era un estudiante de leyes recién llegado a Madrid) a Los españoles pintados por sí mismos (1843-44).

Ilustración de Carlos Tauler

lunes, 18 de octubre de 2021

Francesco Guicciardini, Historia de Italia donde se describen todas las cosas sucedidas desde el año de 1494 hasta el de 1532

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Tomo II |  PDF  |  EPUB  |  MOBI  | 

Como dijo en su día Harry Lime, en parte sin mucho acierto, «en Italia, en 30 años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? El reloj de cuco.» Y es por esta época por la que nos va a guiar magistralmente el princeps de los historiadores renacentistas, Francesco Guicciardini (1483-1540). Luis Suárez, en sus Grandes interpretaciones de la historia, califica así esta obra: «Pura obra de arte, con el recurso a la descripción minuciosa de batallas, o a los discursos, es apenas la exaltación de los grandes hombres del Renacimiento, el recuerdo analístico de los sucesos y la amarga confesión de la crisis política de Italia.» Autor y actor de los acontecimientos, resultará interesante confrontar su extensa obra con otras coetáneas ya editadas en Clásicos de Historia: El Diálogo de las cosas acaecidas en Roma de Alfonso de Valdés, la Historia de la guerra de Lombardía de Juan de Oznaya, la Relación de lo sucedido en la prisión del rey de Francia de Gonzalo Fernández de Oviedo, y, por supuesto, las Memorias de Carlos V.

A continuación extraemos del utilísimo Diccionario Histórico de la Traducción en España (Madrid 2009) lo más destacado del artículo de la profesora Montserrat Casas sobre nuestro autor: «Historiador, tratadista y político italiano, perteneciente a una de las familias aristocráticas más prestigiosas de Florencia. Estudió jurisprudencia y se ocupó de los intereses de grandes familias de la ciudad. En plena juventud escribió las Storie fiorentine (1509), su primera obra histórica. Fue luego embajador de Florencia en la corte de Fernando el Católico. Resultado de esta experiencia fue la descripción del itinerario seguido en Diario del viaggio in Spagna (1512). También escribió el célebre Discorso di Logroño: Del modo di ordinare il governo popolare (1512), donde se plantea la cuestión de la reforma del gobierno florentino y la Relazione di Spagna (1513) que comprende una descripción global del país y la personalidad del rey Católico. Mientras estaba en España, cayó la república de Florencia y los Medici retomaron el poder. La figura política de Guicciardini se reforzó notablemente y fue nombrado gobernador de los Estados de la Iglesia por León X.

»Cuando se agudizó el conflicto franco-imperial con Clemente VII, organizó y dirigió el ejército pontificio y todavía tuvo tiempo para escribir el Dialogo del reggimento di Firenze (1526), la más importante de sus obras políticas (...) A este período corresponde la última redacción de los Ricordi (1530), obra fundamental para comprender la evolución de su pensamiento y por la cual Guicciardini puede ser considerado como el fundador del aforismo, género literario que gozará de gran éxito en Europa; publicada póstuma en París (1576) por I. Corbinelli con el título: Consigli e avvertimenti in materia di repubblica e di privato (...) Fue uno de los principales promotores de la Liga de Cognac contra el emperador (1526), pero no consiguió evitar el saco de Roma, por lo que fue relevado de su cargo. Contraponiéndose a Machiavelli, escribió las Considerazioni sui Discorsi (1529), y Del modo di riformare lo stato dopo la caduta della repubblica (1531), donde analiza las causas de la crisis florentina. Ocupó sus últimos años en escribir la Storia d’Italia, que no se publicó íntegramente hasta 1567. Su éxito fue tal que al poco tiempo aparecieron ediciones y traducciones en toda Europa, y se convirtió en modelo a seguir para las historias nacionales de las monarquías europeas.

»En España, la recepción de La historia de Italia fue inmediata y, como en el resto de Europa, despertó gran interés, pero tuvo que hacer frente a los recelos de la Inquisición, que prohibió los últimos cuatro libros, de forma que la versión castellana completa no llegó a publicarse hasta el siglo XIX. De las versiones reducidas, la primera apareció en Baeza, en 1581, realizada por Antonio Flores de Benavides, un experto en la materia que ya había traducido con anterioridad a otros autores italianos; pero de esta traducción sólo pudo salir de la imprenta la primera parte (siete libros). Entre 1610 y 1628 el prestigioso historiador eclesiástico Luis de Bavia, capellán de la Capilla Real de Granada, realizó una nueva traducción que quedó inédita, y únicamente se sabe de su existencia por Nicolás Antonio, quien afirma que constaba en la biblioteca del conde-duque de Olivares.

»Poco después Felipe IV tradujo La historia de Italia junto con la biografía del autor, escrita por Remigio Fiorentino. Se trata de la primera versión completa, de la que se conservan cuatro redacciones manuscritas en la Biblioteca Nacional de España, una de ellas autógrafa y otra, copia caligráfica aparentemente preparada para la imprenta, con prólogo del traductor, que no declara el propio nombre. La fecha de redacción de la traducción debería fijarse entre 1633 (según declaración del propio autor en el epílogo) y 1640, inicio de la guerra de Cataluña; en cualquier caso, la época más serena de su reinado. Sin embargo, esta magna obra quedó inédita hasta el siglo XIX, cuando Antonio Cánovas del Castillo impulsó su edición* para rehabilitar la imagen del monarca (M., Viuda de Hernando y C.ª, 1889-1890); en ella no se declara si fueron cotejados todos los manuscritos, o si se utilizó ―cosa probable― únicamente la copia caligráfica.

»Pocos años después de la versión de Felipe IV se publicó una traducción compendiada por Otón Edilo Nato de Betisana, nombre encubierto de Antonio Sebastián de Toledo, segundo Marqués de Mancera; (M., Imprenta de Antonio Román, 1683) se trata de una síntesis de los primeros diez libros en un solo volumen, tomando como modelo alguna de las compilaciones existentes en italiano. El traductor no repara en alterar alguna que otra vez el sentido de los pasajes, ajustándolos al resultado de los hechos históricos o al punto de vista español. Se trata, por tanto, de una traducción libre y demuestra las muchas dificultades políticas y religiosas existentes en España en el periodo final de la Monarquía de los Austrias que dificultaron la recepción y la divulgación completa de La historia de Italia. En la Biblioteca Nacional de España se conserva también otra versión manuscrita e inédita de la Historia de Italia, traducida por Gonzalo José Hurtado, natural de Toledo, realizada entre los años 1691 y 1697.»

* Es la que reproducimos nosotros.

Éloi Firmin Féron: Entrada de Carlos VIII en Nápoles (1837)